viernes, 29 de febrero de 2008

CINCO LECTURAS ARAGONESAS

Una de las mejores cosas que tiene el verano es que se puede leer más y con mayor tranquilidad y sosiego que en el resto del año. Entre los libros que llevo leídos en estas vacaciones estivales, voy a referirme aquí a cinco que tienen en común que sus autores - antólogo en el último caso - son aragoneses. No pretendo utilizar el adjetivo con fines reduccionistas, sino simplemente como nexo de unión entre cinco buenos libros que demuestran que también en Aragón se hace en la actualidad una buena literatura.

Los libros en cuestión son tres novelas, un libro de cuentos y una antología poética. Las novelas: "Por escribir sus nombres", de Víctor Juan; "El laberinto de los goliardos", de Ricardo Serna; y "Pastoral", de Ángel Gracia. El libro de relatos, "Hermanos de sangre", de Ramón Acín Fanlo. La antología poética, "Los chicos están bien. Poesía última", seleccionada por el escritor barbastrense Manuel Vilas. (1)

Víctor Juan Borroy es profesor en la Escuela Normal de Huesca. Ha escrito sobre todo de maestros y de docencia y es en la actualidad director del Museo Pedagógico de Aragón. "Por escribir sus nombres" es su primera novela y con ella fue finalista del Premio Novela Corta Ciudad de Barbastro del año 2005. No es de extrañar que los dos protagonistas de su novela sean también maestros, aunque la guerra civil truncó de forma trágica su trabajo como docentes. Ambos son personajes reales y comprometidos en una época de pasiones políticas fervorosas y absorbentes. Francisco Ponzán nació accidentalmente en Oviedo, pero se trasladó a Huesca a los dos años y siempre se consideró oscense. Fue militante anarquista y durante la guerra civil fue miembro del Consejo de Aragón que presidió Joaquín Ascaso y tuvo su sede en Caspe. Allí conoció a Palmira Plá, maestra socialista y encargada durante el conflicto de las colonias infantiles de los niños del frente que continuaron su escolaridad en la retaguardia. Entre ambos surgió la atracción y un amor lleno de dificultades que Víctor Juan narra en su novela con maestría y concisión. Un amor que nunca se materializa del todo por las peripecias históricas que a los personajes les toca vivir, por su dedicación intensa a las tareas y responsabilidades que se les asignan y por sus filiaciones políticas distintas, entonces tan exclusivistas y sectarias. Ambos consiguen salir de España tras la derrota y continuar su actividad en una Francia claramente hostil en un principio a los exiliados españoles. Ponzán ayudó después de manera destacada a las fuerzas aliadas con la creación de una importante red de evasión a través de los Pirineos. Murió abrasado por los nazis en Toulouse, dos días antes de la liberación de la ciudad y un mes antes de la entrada en París de unos tanques que en su mayoría conducían resistentes españoles. Ponzán fue un verdadero héroe, hasta hace poco del todo olvidado en una España casi siempre olvidadiza, aunque reconocido y póstumamente laureado por las potencias aliadas que se beneficiaron de sus servicios y que luego también se olvidaron de España. Palmira Plá sobrevivió a la dictadura y reside actualmente en Benicàssim. Paralelamente a la historia de amor y de guerra de los dos personajes principales, el narrador cuenta - un poco a la manera de la exitosa "Soldados de Salamina" - su investigación de la historia y su propia y difícil relación amorosa con Irene, ambos habitantes de la ciudad de Huesca. Todo ello narrado con contención y sencillez, sin florituras gratuitas y con una prosa sobria y correcta. "Por escribir sus nombres" es una buena novela, concisa y precisa, en la doble acepción de este último adjetivo: una novela sin paja, que va directa al grano, y a la vez una novela necesaria. Porque reescribe los nombres y las vidas de dos perdedores, dos luchadores derrotados por la historia que merecen sin duda ser recordados por su abnegación y entrega en los tiempos convulsos que les tocó vivir.

"El laberinto de los goliardos" ha sido para mí una agradable sorpresa, y su lectura un verdadero placer desde la primera hasta la última de sus páginas. Su autor, el zaragozano Ricardo Serna, es escritor consagrado que ha cultivado diversos géneros literarios. El protagonista de la novela es Jaime Iturbe, profesor de literatura en un instituto de Zaragoza y felizmente casado con Sara, pintora de cierto éxito en Francia y más tarde también en Cataluña. Con la intención de escapar a menudo de la capital, la pareja decide comprar una casa en la pequeña localidad oscense de Sopeira, en la frontera con Cataluña, junto al magnífico monasterio románico de Santa María de Alaón. Allí se ambienta esta magnífica novela de intriga bien administrada, que siempre mantiene la atención del lector y lo atrapa hasta el final. Desde su llegada al pueblo, Iturbe siente una irreprimible curiosidad por la red de pasadizos subterráneos que supuestamente recorren el subsuelo del lugar y su famoso monasterio. Mientras prepara su aventura subterránea y se interesa por la rica historia de Sopeira y Alaón, la novela se llena de espléndidos diálogos y situaciones cotidianas narradas siempre con sencillez y naturalidad. Magnífica es la presencia de la maestra Susana Alcanchel. La fuerte atracción erótica que ejerce sobre Jaime añade una capa más de ambigüedad a los diferentes planos temporales y espaciales que se entrelazan en la novela, y que, con la irrupción de la sensual maestra, no sólo se producen entre el ayer y el hoy, sino también en las dobles vivencias del presente. Además, la aparición de Susana puede vincularse al fervor hedonista de los goliardos - los pasados y tal vez los presentes - que dan título a un libro que merece por muchos motivos ocupar un lugar destacado en la actual narrativa aragonesa.

La tercera novela - en orden de lectura, que no de importancia - es también una magnifica opera prima de su autor en este género literario. Ángel Gracia era hasta ahora conocido como poeta, creador de poemarios tan hermosos como "Libro de ibones", que comentamos aquí hace unos meses. "Pastoral" es su primera novela, ganadora del Premio de Narrativa Universidad de Zaragoza 2006. Escrita en primera persona, parece tener bastante de autobiográfica, aunque eso sea lo de menos a la hora disfrutar de su lectura. Hay en ella dos planos espaciales muy diferenciados: la ciudad alemana de Jena, donde el protagonista estudia la obra del gran poeta Hölderlin y se empapa de la filosofía de Confucio, y los pueblos de la comarca de Cariñena de donde proceden el narrador y su familia. Precisamente la muerte de su abuelo es el motivo de un delicioso viaje en bicicleta por varios lugares en busca de huellas y recuerdos de su familia. El autor no cae, sin embargo, en la nostalgia fácil y casi siempre empalagosa, sino que mezcla situaciones y reflexiones diversas que hacen de estas páginas las más originales y destacadas del libro. No por ello deja de mostrar la novela la sorprendente y rápida metamorfosis que supone el contraste entre unos antepasados pastores de áridas tierras y criados en alejadas parideras y un joven estudiante recién llegado de una prestigiosa universidad alemana. Un joven a quien pocos años antes llamaban tonto porque no se emborrachaba, iba en bicicleta o leía libros bajo los chopos. Todo ello contado con originalidad y buena prosa, en una narración que fluye con naturalidad y lleva al lector a disfrutar plácidamente de una página tras otra, como si fuera pedaleando por tranquilas carreteras secundarias alejadas del trajín y el ruido.

"Hermanos de sangre" es el último libro de Ramón Acín. Son catorce relatos agrupados en tres partes: "Odio" (seis), "Tradición" (tres) y "Rareza" (cinco). Tras la historia de maquis de su anterior novela "Siempre nos quedará París", el escritor de Piedrafita de Jaca vuelve al tema de la guerra civil, ahora desde una visión aún más intrahistórica si cabe: la guerra civil española es aquí de manera absolutamente literal una guerra fratricida: el odio se apodera de las relaciones familiares y lanza a hermanos contra hermanos, a padres contra hijos, sin respetar siquiera los vínculos de parentesco más íntimos y estrechos. Es la verdadera faz de la guerra: el odio atroz que todo lo impregna y llena la vida de una violencia brutal y destructiva. Magníficos los cuentos de la primera parte del libro. En la segunda, el autor muestra su conocimiento del mundo tradicional pirenaico, con pastores, noches de San Juan y enigmáticas machorras. Los últimos relatos nos llevan a situaciones de cierta rareza y exotismo y transcurren en países lejanos. Así encontramos en Goristy (Rusia) una vieja botella de vino del Somontano de la cosecha del 36 o nos perdemos en Méjico, en una ultima narración que por momentos nos recuerda algún cuento de Cortázar. Un buen libro de relatos breves que se leen con gusto y que parece estar obteniendo un merecido éxito de ventas.

La antología "Los chicos están bien" - editada en un bonito libro de tapas verdes plastificadas - fue consecuencia directa de la I Semana de la Poesía Última celebrada en Zaragoza entre los días 13 y 19 del pasado mes de abril. Reúne una breve selección de 19 poetas españoles (incluido un exiliado cubano), siete de los cuales son aragoneses (2). Se trata de un grupo de poetas, en su mayoría de entre treinta y cuarenta años, que cultivan una poesía moderna, en ocasiones de corte realista, aunque muy variada de contenidos y registros. Manuel Vilas, novelista y poeta barbastrense de reconocido prestigio, ha hecho la selección y le ha puesto el título de una de las más conocidas canciones de The Who. "The Kids Are Alright" o "My generation" son canciones que nacieron a la par que muchos de los poetas que aparecen en la antología y que hoy el veterano grupo británico sigue tocando con energía y convicción. Es una selección muy recomendable para ponerse al día de la poesía joven que hoy se hace en nuestro país.

Para terminar: cinco libros de escritores aragoneses - con el matiz ya comentado de la antología poética -, que se leen con gusto y que, junto a otros varios aquí no recogidos, confirman que en nuestra comunidad también se escribe literatura de la buena.

NOTAS (1) - "Por escribir sus nombres", Víctor Juan. Prames, Zaragoza, 2007.
"El laberinto de los goliardos", Ricardo Serna, Arbalea, Zaragoza, 2005.
"Pastoral", Ángel Gracia, Prames, Zaragoza, 2007.
"Hermanos de Sangre", Ramón Acín, "Páginas de espuma, Madrid, 2007.
"Los chicos están bien. Poesía última", Edición de Manuel Vilas, Olifante. Zaragoza, 2007
(2) Los poetas aragoneses que aparecen en la antología son Sergio Algora, Octavio Gómez Milián, Ángel Gracia, Jesús Jiménez Domínguez, David Mayor, Carmen Ruiz y Gabriel Sopeña. Los demás poetas son Pablo García Casado, Martín López-Vega, Aurora Luque, Elena Medel, Dolan Mor, Luis Muñoz, Lorenzo Oliván, Antonio Orihuela, Carlos Pardo, José Luis Piquero, Javier Rodríguez Marcos y Eva Vaz.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 28 de febrero de 2008

HENRY RUSSELL, EL ENAMORADO DE LOS PIRINEOS

Henry Russell fue uno de los grandes pirineístas del siglo XIX. Dedicó gran parte de su vida al conocimiento inagotable de las altas montañas que se extienden a ambos lados de la cordillera. Impregnado del espíritu romántico de su tiempo, buscó la plenitud en la inmensidad de los paisajes pirenaicos y escribió después sobre su experiencia pionera en unas cumbres por aquellos días casi vírgenes y aún desconocidas del gran público. Vivió la montaña con la pasión de un enamorado y con el recogimiento franciscano de un místico. En la soledad y la belleza de los espacios agrestes de los Pirineos, persiguió una elevación espiritual que al descubrimiento de lo nuevo añadía un deseo casi panteísta de fundirse con la naturaleza en su estado más puro y genuino. En el esfuerzo de las largas caminatas, supo apreciar con sensibilidad exquisita toda la poesía que atesoran las piedras, las nieves, las aguas y los bosques de las hermosas montañas pirenaicas.

Sobre este personaje singular, de titánico y descomunal esfuerzo montañero, ha sido publicada una bella autobiografía ficticia editada por Prames en su colección Las Tres Sorores y titulada "Yo, Henry Russell". El libro, que cualquier amante de la montaña leerá con placer, ha sido escrito por Alberto Martínez Embid, montañero de experiencia, colaborador en diversas publicaciones y autor de obras tan excelentes como "La brecha de Rolando" ( Desnivel, 2000). Sin duda, escribir el libro que nos ocupa ha supuesto una ardua labor de documentación, que ha pasado necesariamente por la lectura de la extensa obra de Russell a la que se puede acceder a través del trabajo de Jacques Labarère "Henry Russell-Kilough (1834-1909). Explorateur des Pyrénées. Bio-bibliografhie".

Henry Russell nació en Toulouse en 1834 en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Thomas John Russell-Killough, era un irlandés, defensor a ultranza de la causa católica, que por motivos religiosos y políticos emigró a Francia en 1820. Tras enviudar de su primera mujer, casó en segundas nupcias con Ferdinande-Clementine de Groselles, segunda hija del marqués de Flamarens y hermana de un chambelán del emperador Napoleón III. Henry, que poseía el título de conde, fue el primero de los cuatro hijos de ese enlace franco-irlandés y, aunque fue registrado como súbdito británico, se educó en la lengua francesa de su madre y en ella escribió su extensa obra literaria. Tras unos años de vida nómada, su familia se trasladó a la villa termal de Bagnères-de-Bigorre, donde el joven Russell entró en contacto con la montaña y el excursionismo en el que su madre lo inició progresivamente. Tras su paso por Luchon, la familia se desplazó a Irlanda, pero Henry decidió regresar pronto al continente. Fascinado por las noticias que leía sobre guerras lejanas y países exóticos, sintió la imperiosa necesidad de viajar y conocer el mundo. En 1856 se enroló como marinero para alcanzar el continente americano y llegar hasta el Perú. Enfrentado con el capitán de su barco, regresó a Europa para iniciar un nuevo viaje a los Estados Unidos y Canadá, sobre cuya experiencia escribió a su vuelta algunos artículos en la gaceta "Mémorial des Pyrénées". Fue en París donde se enamoró de la joven Maud, hija de un pastor protestante y por ello vetada enérgicamente por el ultracatólico padre de Russell como futura esposa de su hijo. Parece que fue tan grande la decepción del joven Henry que nunca más albergó deseos serios de casarse y se mantuvo para siempre en una contumaz soltería.

Entre 1858 y 1861, y ya con el soporte económico de su familia, lo que no le evitó pasar algún momento de apuro, el conde Russell realizó un extraordinario viaje que le permitió atravesar Rusia y la estepa siberiana y penetrar después en la lejana China. Camuflado entre una delegación diplomática rusa, logró salvar la prohibición que impedía a los occidentales la entrada en el país. Desde allí navegó hasta Japón y llegó más tarde a Australia, donde quedó sorprendido por el alto grado de alcoholismo de sus habitantes, y a Nueva Zelanda. A su regreso a Europa dio a conocer sus experiencias en el trabajo "Seize mille lieues à travers l'Asie et l'Océanie". Se ha dicho con frecuencia que Julio Verne pudo documentarse en el viaje de Russell para su novela "Michel Strogoff", y que incluso el joven Henry pudo inspirar al gran escritor francés el personaje Phileas Fogg, protagonista de "La vuelta al mundo en ochenta días".

De nuevo en Francia, Russell fijó, desde finales de 1861, su residencia definitiva en la villa pirenaica de Pau, en el número 14 de la calle Marca. A través de la ventana de su austera habitación, contemplaba la cadena montañosa que iba a recorrer de extremo a extremo y que sería durante toda su vida el objeto de una pasión irrefrenable. El conde vivía de las rentas de sus granjas y posesiones y decidió convertirse en sucesor de los primeros grandes pirineístas, como Louis Ramond o su idolatrado Vicent de Chausenque. Inició así la enorme y casi obsesiva afición a explorar continuas rutas y descubrir nuevas vías de ascenso a las cumbres pirenaicas, en una febril e inagotable actividad montañera a la que dedicó sus descomunales energías. Puede decirse que pocos fueron los picos de más de tres mil metros no conquistados en su frenético deseo de poseer la cordillera. Ataviado con una llamativa indumentaria a la que se había aficionado en oriente, calzado con las botas de clavos que se hacía fabricar y apoyado en su bastón de madera de fresno, eran infatigables sus excursiones por los montes de Pirene. Famoso por su voraz apetito, sabía adaptarse a la escasez de víveres que a veces los imprevistos de la marcha le deparaban. Poco amante de madrugar, realizaba con frecuencia sus excursiones con el objeto de dormir sobre las cimas conquistadas o de efectuar el regreso en plena noche. Henry Russel pasa por ser el iniciador de las ascensiones invernales y el inventor del saco de dormir. Este último lo copió en realidad de un aduanero español al que vio pernoctar envuelto en un saco hecho con el vellón de varias ovejas. Tomándolo como modelo, se hizo fabricar uno igual con las pieles cosidas de seis corderos. El invento pesaba tres kilos y Russell lo probó satisfactoriamente una gélida noche sobre la cima del Aneto. Nunca faltaban en sus largas caminatas el "chartreuse", el ponche y los cigarrillos. Como era propio de una época en que muchos de los montañeros con afanes de descubridores y deseosos de dejar su nombre en la cordillera eran aristócratas, el conde Russell se hacía acompañar de guías y porteadores que realizaban casi siempre lo más penoso de los trabajos de escalada. Tuvo algunos guías fieles y muy queridos, casi todos franceses, pero fueron españoles algunos ocasionales, como el panticuto Pablo Belio, el benasqués Marcial o el también altoaragonés Antonio Pueyo, quien le condujo con sabiduría de los Eristes al macizo de Llardana.

Se convirtió asimismo en el cronista de sus propias gestas pirenaicas, papel que, según él, el gran Chausenque había dejado vacante. Escribió numerosos libros, colaboró en diversas publicaciones montañeras y recopiló artículos y trabajos que sirvieron de base para su magna obra y gran legado literario "Souvenirs d'un montagnard", cuya edición definitiva apareció en 1908. Ayudó a fundar la "Société Ramond" de Bagnères-de-Bigorre, una de las primeras sociedades europeas de montaña, a la que pertenecieron algunos de los más eminentes pireneístas franceses del momento. Apadrinado por el inglés Packe, gran amigo suyo y también inveterado amante de los Pirineos, ingresó en el elitista Alpin Club británico y contribuyó más tarde a la creación del Club Alpin Français. Desde esta entidad impulsó la construcción de una cabaña en Monte Perdido que supuso el embrión de los posteriores refugios de montaña pirenaicos. A pesar de su concepción romántica y solitaria de la práctica montañera, cayó en ocasiones en la tremenda competencia que se desató entre los pirineístas por dar a conocer las exploraciones de la época. Tampoco pudo evitar verse envuelto en algunas polémicas y rechazó las prácticas modernas y exhibicionistas de los más jóvenes aficionados que introducían métodos más propios de funambulistas que de verdaderos amantes de la montaña. Detestó el montañismo de salón y llegó a abandonar a los brindis un banquete del Club Alpin Français para "purificarse" con una nueva ascensión al Vignemale. En los últimos años de su vida se alarmó ante el creciente número de turistas que invadía la paz y el silencio de sus queridos Pirineos.

Tras una larga poligamia con casi todas las cumbres de la cordillera, Rusell se hizo finalmente monógamo de una sola de sus montañas: el Vignemale, denominado Comachibosa en la vertiente aragonesa. La ascendió treinta y tres veces y logró una simbólica concesión de propiedad sobre doscientas de sus hectáreas en las que horadó hasta siete cuevas, bautizadas con nombres como Ville Russell, Belle-Vue, Paradis o Cueva de las Damas. Hasta estas oquedades subieron numerosos invitados a celebrar fiestas y banquetes, e incluso las hizo consagrar por un sacerdote en una ceremonia religiosa que remedaba el matrimonio de Russell con su montaña preferida.

Tras este delirante paroxismo de amor al Vignemale, las fuerzas del conde comenzaron a decaer y una enfermedad incurable le obligó a retirarse a Biarritz, donde siempre había pasado temporadas de descanso. Henry Russell murió a principios de febrero de 1909 a los 75 años. Su cadáver fue trasladado a Pau, en cuyo cementerio fue enterrado en el panteón familiar. En 1901 el gobierno galo ya le había concedido la Legión de Honor; tras su muerte, diversas calles y plazas francesas recibieron su nombre en Lourdes, Luchon, Tarbes, Toulouse, Biarritz o Bagnères-de-Bigorre. En España, en el macizo de la Maladeta, el pico que él denominó Pequeño Aneto, conocido también como Tuca del Cap de la Vall, pasó a llamarse Pico Russell aún en vida del insigne montañero y escritor.

Quiero terminar reproduciendo las bellas palabras que Henry Russell escribió en "Souvenirs d'un montagnard" y que encabezan el magnífico libro de Alberto Martínez Embid del que he extraído los datos de este artículo: "He visto bastantes montañas: el Himalaya, los Andes, los picos fúnebres de Nueva Zelanda, los Alpes y el Altai; todas, más nevadas que ahora. Durante toda mi vida he amado, yo diría que he adorado a las montañas, ascendiéndolas con pasión. Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero, por ciego que sea el amor, creo tener razón al admirar más que nunca a los Pirineos, a su cielo tan azul y limpio, a sus hielos resplandecientes, a sus aspectos vaporosos, a las llanuras ardientes y aterciopeladas adormecidas en su base bajo el sol más hermoso, y a esas aguas maravillosas que escapan de las nieves con furor, para calmarse enseguida sobre céspedes horizontales y serpentear en silencio entre tapices de flores tan raras y encantadoras que apenas nadie osa caminar sobre ellas. En la naturaleza pirenaica existe una poesía extrema, una armonía de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna otra parte".

Carlos Bravo Suárez 
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 26 de febrero de 2006)

LAS AVENTURAS DEL CONDE RUSSELL EN COTIELLA

Henry Russell (Toulouse, 1834 - Biarritz, 1909) es sin duda el más famoso de los pirineístas franceses del siglo XIX. A lo largo de su vida ascendió a buena parte de las cumbres pirenaicas y vivió en ellas numerosas aventuras. Una de las más singulares le aconteció en las montañas de Cotiella, cuya cima alcanzó en dos ocasiones, en los veranos de 1865 y 1870. El excéntrico aristócrata franco-irlandés narró esas experiencias en el libro "Recuerdos de un montañero", editado en castellano por Barrabés en 2002. El relato se recoge también en uno de los capítulos de "El Pirineo aragonés antes de Briet" (Prames, 2004), que este diario ha publicado recientemente en forma de coleccionable.

En muchas de sus excursiones por el Pirineo español, cuando dirigía su mirada al sur, Russell se encontraba en el horizonte con el pico Cotiella, "una montaña orgullosa y árida, cuya altura y aspecto africano me intrigaban tanto, que apenas podía resistirme al deseo de subirla". El conde, que desconocía entonces el nombre de aquella cumbre, veía Cotiella "como una especie de esqueleto solitario y lúgubre, apenas cubierto de carnes ardientes, como un viejo volcán que va a apagarse". Las dificultades que se le presentan para alcanzar su objetivo le llevan a pensar que "esa persecución de una montaña imposible de encontrar tiene sin duda grandes encantos, pero amenazaba con ser tan ardua y larga como la búsqueda de una bella idea que se resiste a venir". Sin embargo, el apasionado viajero encontró su anhelada montaña, y el enorme macizo de Cotiella, con su aspecto lunar y su aridez sahariana, fue el marco de una de sus aventuras más inolvidables.

En el verano de 1865 Russell acababa de pasar unos días agotadores en los Montes Malditos cuando decidió dirigirse, en compañía de su fiel porteador Francisco, a la conquista de aquella montaña que aún desconocía. Descendió de Ballibierna a Benasque y en el albergue de Juan se hizo cocer tres tiernas y suculentas piernas de cordero, que - según escribe - le iban a salvar la vida en los horribles desiertos de Cotiella. Bajó hasta Sahún y emprendió el ascenso al puerto homónimo, desde donde vio de nuevo al gigante descarnado que tanto deseaba conquistar y cuyo nombre allí mismo conoció.

Desde el puerto de Sahún se dirigió a otro collado, llamado Las Coronas, que comunica el valle de Gistaín con el de Barbaruens. Entró en una zona caliza, de enorme sequedad, "donde el agua es tan escasa como en Arabia" y donde las sombras brillaban por su ausencia. Por fin, en la base de un pequeño bosque, encontró una buena fuente, muy cerca de donde pastaban unos rebaños vigilados por sus pastores. Russell, tras enviar a su "dócil Francisco" a buscar vino a Barbaruens, decidió tumbarse al sol "como un pachá" y dormir sobre la hierba de aquel lugar dulce y tranquilo. Pero he aquí que, de repente, miles de ovejas furibundas se dirigieron hacia él, dispuestas a embestirlo pese a los desaforados gritos de los pastores que en vano intentan impedirlo. Un poco de sal sirvió para calmar a unas ovejas que llevaban varios días sin tomarla y que engañosamente habían creído que aquel extraño visitante se la iba por fin a proporcionar.

No acabaron aquí los sobresaltos de Russel en aquel lugar majestuoso. Francisco no había regresado y él decidió dormir envuelto en su famoso saco hecho de pieles de cordero. Era el mes de agosto y, aunque estaba a casi 2000 metros de altitud, la temperatura no era fría. En medio de la noche, tres lobos que antes habían husmeado su saco se llevaron un cordero entre sus fauces. Enseguida reaparecieron los pastores que lanzaron sus gritos y sus canes contra los lobos que atacaban su ganado. Una tremenda algarabía de aullidos y ladridos entremezclados resonó largo rato en la inmensa noche de Cotiella.

Al día siguiente  -se supone que Francisco había regresado, porque Russell se olvida de él en su relato posterior-, un pastor lo guió hasta el circo de Armeña, "un mar solidificado en medio de una tempestad", donde sorprende al pirineísta la abundancia, en medio de aquel desierto, de "gnaphanallium leontopodium", la famosa edelweis o flor de nieve. Desde allí, por la vía que luego se ha convertido en tradicional, Rusell pudo alcanzar la deseada cima de Cotiella. Con sus 2912 metros, la cumbre "es uno de los observatorios más grandes del Pirineo, y esto, por tres razones: su aislamiento, su gran altura, y su distancia de la cadena principal". Sin embargo, la satisfacción del conde no fue completa: las nubes le impidieron disfrutar del inmenso paisaje y sólo consiguió identificar unas pocas cimas de la cordillera. Cinco años después tendría mejor suerte y podría contemplar sin trabas la magnífica panorámica con que esta esquiva montaña recompensa a quien logra alcanzar su cumbre.

En efecto, en el verano de 1870 Russel volvió a Cotiella. Esta vez acompañado por Lequeutre, admirador y estudioso del Pirineo, y por dos de sus guías preferidos, los hermanos Henri y Célestin Passet. Salieron una mañana de julio desde Gavarnie, donde tomaron provisiones para varios días, "pues en España, a menudo hay que vivir del aire, de pan y resignación". Tenían previsto regresar a Francia por Luchón, pasando antes por Bielsa, Saravillo, Plan y Benasque. Y, claro está, el conde deseaba subir de nuevo a Cotiella. Esta vez desde Saravillo, por la cara noroeste.

Caminaron diez horas desde Gavarnie hasta Bielsa, disfrutando de las incomparables bellezas de esa parte del Pirineo. En Bielsa descansaron en el albergue de Antonio Vidaillet, ubicado en la plaza mayor de la villa. De la posada dice el conde que "era pasable, pues se encuentran truchas, huevos, y dos buenas camas". Tras caminar tres horas llegaron a Saravillo. Encontraron allí una excelente fuente y en la casa Baila se aprovisionaron de truchas frías para el viaje. La inmensa aridez del macizo de Cotiella, que se va descubriendo a su vista, hace que Russell se pregunte si "estas montañas son de los Pirineos o de Arabia". La subida hasta la cumbre resulta más lenta de lo esperado. La alcanzan ya al atardecer y eso les obliga a pernoctar en ella. Sólo Russell tiene su saco de pieles de cordero; los hermanos Passet únicamente llevan sus chaquetas. El ambiente es frío, pero se toman la noche con humor. Sin una nube en el cielo, disfrutan de un magnífico amanecer y del extraordinario panorama que se abre poco a poco ante sus ojos. Luego, sentados en la roca y vueltos hacia oriente, "como los mahometanos frente a La Meca", duermen una hora al sol de la mañana. Henri y Célestin roncan felizmente, mientras Russell y Lequeutre, en estado contemplativo, parecen dos náufragos o dos monjes en total recogimiento.

El descenso es por la cara noreste, por donde Russell había ascendido cinco años antes. Esta vez no encuentran flor de nieve, pero sí otras flores de gran variedad y colorido. Llegan al circo de Armeña y beben de una fuente, cuya agua es "mil veces mejor que todos los vinos del mundo". El cansancio y la falta de sueño les hace desistir de su intención primera de ir a dormir a Plan. Russell recuerda una cabaña junto a un bosque, cerca del collado Coronas, donde estuvo en su excursión anterior. La encuentran y se disponen a descansar y a prepararse la cena. No hay agua por ninguna parte y el vino se ha terminado. Encuentran a un pastor y le ofrecen dos francos si les trae cinco litros de vino desde Plan. El pastor acepta, aunque la distancia del pueblo le hará tardar varias horas. Hacen fuego y disfrutan de la paz del atardecer, a la espera de que la luna llena ilumine el firmamento. Es casi medianoche cuando, resoplando por el esfuerzo, llega el pastor con el vino y pueden por fin cenar.

La noche no es fría, pero Russell y Lequeutre duermen dentro de la cabaña; los hermanos Passett lo hacen al aire libre, junto al fuego de una hoguera. De repente, en la madrugada, son despertados por cuatro hombres de mal aspecto, armados con puñales, un hacha y un fusil. Russell sale soñoliento de la cabaña y en su mal español intenta negociar con ellos. Les ofrece provisiones y una indemnización por haber usado la choza sin su permiso. La respuesta es un disparo cuya bala silba entre Lequeutre y uno de los guías. Russell entra corriendo en la cabaña, coge la pequeña mochila en la que lleva el dinero y, mientras el bandido recarga su fusil, escapa a toda prisa en dirección al bosque. Corre como un poseso, arrastra piedras que caen con estrépito por las laderas y logra esconderse en la oscuridad tras el tronco de un abeto. Oye los gritos y los golpes de bastón de sus perseguidores, cuya presencia siente muy cerca en algún momento. Cuando amanece los ruidos cesan y el asustado conde abandona su escondite y desciende veloz hasta Plan, donde despierta al alcalde y a los carabineros. Éstos envían a un fornido lugareño hasta la cabaña en que Russell y los suyos habían sido asaltados. El conde espera en el pueblo, en la Casa del Sol, agotado y muerto de sueño, pero con los ojos fijos en la ventana, temeroso de que sus amigos hayan sufrido peor suerte que la suya. Al cabo de unas horas, aparecen éstos sanos y salvos con el montañés que había ido en su busca. Lequeutre había sido acorralado por los bandoleros que le robaron su dinero, su reloj y sus anillos. Pese a ello, le prestaron una camisa de franela para combatir el frío y tabaco para calmar sus nervios. Henri Passet se escondió tras un abeto pero acabó siendo descubierto. Uno de los bandidos le puso el hacha en el cuello y le exigió la mochila del conde, donde suponían que estaba el dinero del viaje. Al no lograr ese botín, y tras robarle su reloj, lo dejaron marchar. Su hermano Célestin pasó la noche errando por el bosque y regresó a la cabaña con el día.

En Plan, los agotados viajeros permanecieron dos días declarando y reponiéndose. Recibieron ayuda y ánimos de un grupo de franceses trabajadores de unas minas cercanas. Aunque no logró identificar a sus asaltantes entre las diez personas que fueron detenidas, Russell mostró su agradecimiento al alcalde de Gistaín y a su yerno el alcalde de Plan. Del pueblo, el conde destacó las bondades de la Casa del Sol donde, pagando poco, comieron bien y, algo menos habitual en la zona, durmieron en camas limpias.

En fin, Russell y sus acompañantes, con dos mulos y escoltados por varios carabineros, marcharon de Plan a Benasque por el puerto de Sahún. Comieron en Benasque y durmieron en el albergue que había en el puerto que lleva a Francia, a escasos cinco minutos de la frontera. Se trataba sin duda de la antigua casa Cabellud, situada junto al paso del Portillón. Al día siguiente llegaron a Luchón completando el itinerario previsto. Lo que no estaba en sus planes era vivir las aventuras que aquí, casi ciento cincuenta años después, hemos querido recordar.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 16 de septiembre de 2007.
(Fotos: Cotiella en invierno y en verano)

TOPONIMIA DE LOS GRANDES PICOS DEL PIRINEO

En los últimos años, con mis amigos del Centro Excursionista de la Ribagorza, he ascendido a un buen número de cimas pirenaicas. Además de disfrutar de sus maravillosos paisajes, ha ido creciendo en mí el interés por conocer otros aspectos de estas magníficas montañas: su historia, sus mitos y leyendas, los hombres y mujeres que las exploraron, y también el origen de sus nombres.

Sobre toponimia trata el hermoso y completo libro "Pirineo Aragonés: la magia de sus nombres", de Francho Beltrán, en edición bilingüe aragonesa y castellana. También hay referencias al tema en las magníficas monografías de Alberto Martínez Embid sobre la Brecha de Roldán, el Aneto, el Vignemale y el Monte Perdido, y en varios de sus artículos en diversas publicaciones. Además, son destacables las dos libros de Bienvenido Mascaray sobre toponimia ribagorzana: "El misterio de La Ribagorza" y "De Ribagorza a Tartessos". Y es espléndida la obra, de gran formato y preciosas ilustraciones, "Grandes picos del Pirineo central", donde Fernado Biarge, en la introducción a sus excelentes reportajes fotográficos, escribe algunas concisas pero interesantes notas sobre la toponimia de las grandes cimas pirenaicas, fotografiadas en las páginas del libro con profusión y primor.

La toponimia es un terreno proceloso y difícil. Es fácil caer tanto en elucubraciones como en interpretaciones simples. En el caso de los picos del Pirineo, buena parte de sus denominaciones actuales son relativamente recientes. Además, las montañas reciben nombres diferentes según desde donde se las mire: desde Francia o desde España, desde un valle o desde el vecino. A eso hay que añadir la obsesión de los pirineístas franceses por bautizar con sus nombres los picos de una cordillera que recorrían con febril afán descubridor. Por todo ello, algunas de estas montañas tienen dos y hasta tres denominaciones distintas.

En este artículo me referiré brevemente al origen de los nombres de algunas de las cimas del Pirineo. Me centraré en seis grandes picos de la cordillera, siguiendo un orden decreciente de altitud. Haré referencia luego, ya sin ninguna gradación, a algunas otras cumbres de nuestra cadena montañosa.

El Aneto, con sus 3404 metros, es el pico más alto de los Pirineos. Sin embargo, tardó algún tiempo en lograr ese reconocimiento. Su posición poco individualizada y no demasiado visible desde la lejanía, hizo que otras cimas fueran consideradas antes como las primeras de la cordillera. En un principio ese honor recayó en Monte Perdido, y más tarde en la Maladeta. Fue el geógrafo francés Henry Reboul quien, en 1817, confirmó la supremacía del Aneto. Y también quien le puso el nombre. Consultando los mapas españoles, vio que, en línea recta, el pueblo más próximo al pico era la pequeña localidad de Aneto, en el valle del río Noguera Ribagorzana, casi en la frontera con Cataluña. Por ese motivo denominó a la montaña como pico de Aneto. El nombre hizo fortuna, aunque los franceses pronto lo convirtieron en Néthou. Enseguida surgieron leyendas cuyo protagonista era un ser mitológico homónimo.

La primera ascensión al Aneto se produjo en 1842. La realizaron conjuntamente un antiguo militar ruso de nombre Platón de Tchihatchchieff y un botánico aristócrata francés llamado Albert de Franqueville. Fueron acompañados por otras cuatro personas, contratadas como guías y porteadores. Al llegar al final de su ascensión, vieron que una estrecha y peligrosa arista los separaba de la cima. Fue el ruso quien comparó aquel angosto paso con el estrecho puente, cortante como un sable, que, según escribió Mahoma en "El Corán", sólo los musulmanes justos podrán cruzar para alcanzar el paraíso. Franqueville reprodujo el comentario de su compañero en un librito sin pretensiones que narraba aquella ascensión. El libro tuvo un éxito inesperado y la expresión Puente o Paso de Mahoma se convirtió en nombre propio y en parte inseparable, hasta hoy mismo, de la mitología pirenaica.

La segunda cima de la cordillera es el pico Posets o Llardana (3375 metros). Desde el valle de Chistau se denominaba pico de los Posets, en referencia a los pozos o a las "posetas" (rellanos pastoriles) de sus laderas. Sin embargo, desde los valles más orientales, su nombre era Llardana, es decir "quemado", un término cuya raíz es "lar" o "llar" ("hogar" o "fuego"). El ya citado Henry Reboul adoptó la primera de las denominaciones, que a la postre resultó triunfadora, aunque la segunda está hoy ganando nuevos adeptos.

Durante varios años el Monte Perdido (3355 metros) fue considerada la máxima elevación pirenaica. El nombre tiene origen francés y resulta paradójico en España. Desde el sur, su silueta y la de sus dos acompañantes se ve desde casi todas partes. En la toponimia aragonesa esas tres cumbres fueron siempre las Tres Serols o las Tres Sorores ("las tres hermanas o las tres monjas"). El geógrafo Labaña ya usó el nombre en el siglo XVII, y Lucas Mallada en el XIX. En el XX, Ramón J. Sender tituló así una de sus novelas, e incluso denominó a las sorores Ana, Clara y Pilar. Sin embargo, para los primeros pirineístas galos, con Ramond de Carbonnièrs a la cabeza, se trataba de una montaña alejada y perdida, poco visible desde el norte francés del que ellos procedían, un remoto "mont perdu". Con este nombre aparece ya en el mapa de Aragón de Sánchez Casado de 1898, y su traducción a Monte Perdido ha resultado desde entonces inamovible. Sus cimas compañeras son el Cilindro de Marboré y el pico Añisclo, llamado también Soum de Ramond, en honor a Ramond de Carbonnièrs, proclamado primer conquistador del Mont Perdu en 1787. El francés estaba entonces convencido de haber alcanzado la primera cima pirenaica.

Un tiempo después ese honor fue para la Maladeta (3308 metros). Hasta que en 1816 Fiedrich von Parrot y el mítico guía Pierre Barrau pisaron su cima, desde donde vieron otra cercana de apariencia algo mayor. Era el Aneto. Parece que el nombre Maladeta procede de "mala eta", que significaría "la montaña más alta", y que luego se italianizó en Maladette con el significado de "maldita". Triunfó esta segunda forma y por extensión se denominó Montes Malditos al conjunto de montañas circundantes, y con ese nombre pasaron a los mapas. Parecía una denominación acertada: se trataba de una montaña difícil, casi inaccesible, donde no había pastos ni riqueza, sólo innumerables peligros. En 1824, la montaña hizo honor a su nombre y una grieta de su glaciar se tragó al mítico guía Barrau. No devolvió su cadáver hasta 107 años después, en 1931. Este hecho frenó a sus pretendientes, aterrados por la terrible fama de la montaña maldita, y retrasó por un tiempo la conquista del Aneto.

La toponimia del Vignemale (3298 metros) es complicada. Estrictamente el nombre designa a todo el macizo, compuesto de varias cimas, la mayor de las cuales es el pique Longe. Sin embargo, a veces, usando el todo por la parte, llamamos a esta cima Vignemale. El término se remonta a 1290, cuando en un documento sobre límites se escribe "Vinhe Male". A finales del XIX, los españoles Heredia y Zamora utilizan Villa Mala y Villamana, respectivamente. El significado del término puede derivar de "bigno" ("giba") o "vinia" ("roca") y "mala" (montaña). También aquí el topónimo francés ha desplazado al español. En la vertiente aragonesa la montaña se llama Comachibosa. Parece un topónimo descriptivo que tal vez venga a significar lo mismo que el término francés.

El nombre de Perdiguero (3222 metros), que ya aparece en el mapa de Labaña del siglo XVII, tiene fundamentalmente dos explicaciones. Como derivado de perdiz, quizás aludiendo a la abundancia en otro tiempo de perdices nivales en sus laderas. O, como parece más probable, por deformación de "pedriguero". Tantas son las piedras de esta montaña que hay quien dice, exagerando se supone, que piedra a piedra podría desmontarse por completo y quedar reducida a la nada.

Bienvenido Mascaray, en sus dos interesantes libros sobre toponimia ribagorzana, explica algunos de estos nombres como derivados de un idioma ibero-vasco prerromano. Así, el nombre Aneto procedería de "ain-eto" ("altura terrible o pendiente tremenda"); Llardana, de "llarde-da-ana" ("el que está despellejado o desollado"); Maladeta, de "mala-dets-a" ("tierra y piedras arrastradas por un torrente poderoso"); Perdiguero, de "pertika-ero" ("forma de aguja o conjunto de puntas").

Muchos picos tienen un nombre más o menos descriptivo. Por ejemplo: el Balaitus (o Balaitús), procedente tal vez de "bal laitous", es decir, "valle lechoso o valle blanquecino"; Ballibierna, "valle invernal"; Neouvielle, "nieves viejas"; Bachimala, "valle rocoso"; Malpas o Maupas, "paso malo o peligroso". Otros nombres indican abundancia de algún animal o planta: Anayet, quizás procedente de "anabione" (arándano), o Crabioules, del francés "chèvres" (cabras); en esta misma línea, el nombre de Bujaruelo o Buxaruelo vendría de "boj o buixo". No así el pico Culebras, cuyo nombre no responde a la presencia del reptil sino a los retorcidos y muy visibles estratos de sus laderas, o el Paso del Caballo, así llamado porque debe atravesarse a horcajadas. Algunos apenas necesitan explicación: Pico del Infierno, Tempestades o Pico Maldito. Otros indican el color predominante de sus rocas: Pico Royo, Garmo Negro, Garmo Blanco, Tucarroya, Tuca Blanca o Sierra Negra. Su forma: Casco, Cilindro, Espadas (crestas afiladas), Foratata (agujereada), Forcanada y Pedraforca (forma de horca). Algunos tienen un origen latino más o menos claro: La Munia, quizás derivado del verbo latino "munio" ("fortificar"); Cotiella, procedente tal vez de "cos - cotis" ("piedra") más un diminutivo; el Turbón, del latín vulgar "turbo-onis", ("tempestad, tormenta"), aunque su raíz también podría ser "taur" ("montículo"). Son frecuentes en el Pirineo galo los que llevan el nombre de Midi - el Midi d´Ossau es el más famoso -: indican su situación al sur o mediodía ("midi" en francés), o tal vez que el sol señala la hora central del día al caer directamente sobre ellos. Así, en Aragón, encontramos en el macizo de Cotiella cuatro montañas curiosamente denominadas peñas de las Diez, de las Once, del Mediodía y de la Una: la situación del sol sobre ellas sirvió durante siglos de reloj natural a los lugareños.

En fin, se acaba el espacio de este artículo y quedan sin citar otras muchas cumbres de los Pirineos. Sirvan estas líneas como una modesta referencia al posible origen de los nombres de algunas de ellas.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: el Aneto)

EL PIRINEO ARAGONÉS EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

A pesar de sus altas e imponentes cumbres, sobre todo en su parte central, los Pirineos nunca han constituido una barrera infranqueable para el tránsito humano. Durante siglos han sido lugar de paso e intercambios, y entre las dos vertientes de la cordillera se han establecido relaciones humanas de todo tipo. A lo largo de los tiempos, las montañas pirenaicas han visto pasar gentes en ambas direcciones y por causas diversas: en busca de trabajo y de una vida mejor, huyendo de situaciones dramáticas motivadas por el hambre o por la guerra, formando parte de ejércitos invasores o de expediciones religiosas, escapando de intransigencias y persecuciones o, simplemente, con el fin de comprar y de vender, estableciendo lazos comerciales entre ambos lados de una cadena montañosa que los avatares de la historia han hecho pertenecer a países diferentes. Durante mucho tiempo, buena parte de este comercio se ha efectuado al margen de las leyes económicas dictadas por las autoridades de España y Francia. Fueron los contrabandistas quienes trazaron rutas y caminos que en algunos momentos de la historia se utilizaron también para otros fines. Así ocurrió entre 1939 y 1945, cuando Europa se estaba desangrando en una terrible guerra provocada por el expansionismo de la Alemania nazi. Atravesando los Pirineos, pudieron salvarse miles de personas que escapaban del terror para evitar la deportación y la muerte y que, en muchos casos, siguieron luchando contra él en otros frentes.

Este tránsito organizado de personas que pasaron de Francia a España durante los años de la Segunda Guerra Mundial ha sido tema de algunos libros recientes (1). Destaca entre ellos "Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos" del historiador catalán Ferran Sánchez Agustí (Ed. Milenio, Biblioteca de los Pirineos, nº 6, Lérida, 2003). El libro trata, principalmente, de las redes de evasión que operaban a lo largo de toda la cordillera y, aunque se extiende más en el paso registrado por el Pirineo catalán y, en menor medida, por el navarro (más utilizados por su menor dificultad), también hace referencias al Pirineo aragonés. En buena parte, he basado la confección de este artículo en los datos e informaciones que hacen alusión a nuestras montañas. Antes de centrarnos en ellas, es conveniente hacer algunas apreciaciones globales sobre quiénes y en qué número atravesaron la cordillera pirenaica durante ese convulso periodo de nuestra historia reciente.

Desde la ocupación del norte de Francia por los alemanes y el establecimiento en el sur del gobierno títere del mariscal Petain, las potencias aliadas crearon numerosas redes que permitieran cruzar a España tanto a sus espías en misiones secretas como a los resistentes "quemados" o a los pilotos derribados en territorio francés. Esas cadenas de evasión facilitaron además la huida de otros grupos perseguidos por los nazis: principalmente judíos y antifascistas de diversas nacionalidades (canadienses, belgas, holandeses, estadounidenses, británicos y, sobre todo, franceses). Su objetivo era alcanzar las embajadas o consulados en España del Reino Unido, Bélgica o los Estados Unidos, o las sedes que la Cruz Roja francesa tenía abiertas en Madrid y Barcelona. A continuación, era preciso llegar por tren a alguno de los puertos españoles o portugueses que permitieran abandonar la península hasta países más seguros. Muchos combatientes de la Resistencia francesa  -fichados o "quemados"-  continuaban en el Norte de África o desde Londres su lucha contra los nazis. Fueron más de doscientas las redes ("résaux") creadas por los aliados, cada una con su denominación correspondiente. Las hubo británicas, belgas y, sobre todo, francesas, financiadas en gran medida con dinero estadounidense. Al menos veinte mil voluntarios trabajaron en ellas y constituyeron, como escribe Sánchez Agustí, una gran obra de ingeniería clandestina de los servicios secretos aliados.

En la organización y puesta en práctica del paso de los Pirineos participaron numerosos españoles, muchos de ellos instalados en el sur de Francia como emigrantes económicos primero y como exiliados políticos desde el final de la Guerra Civil. Casi todos lucharon en la Resistencia francesa contra los alemanes y un buen número murió ejecutado o fue deportado a campos de concentración. Otros participaron a partir del otoño de 1944 en las incursiones maquis que intentaban derrocar al régimen de Franco. Las personas que guiaban a los huidos por las montañas eran llamadas "passeurs" en Francia, pero muchos eran españoles que utilizaban las rutas usadas desde siempre por los contrabandistas, oficio que algunos de ellos practicaban o habían practicado en algún momento. Bastantes actuaron sin otro interés que sus ideales políticos y humanitarios; algunos otros vieron en esta actividad una manera de conseguir beneficios económicos. De todas maneras, su trabajo entrañaba enormes riesgos que eran tenidos en cuenta por quienes los contrataban.

Según la historiadora francesa Émiliene Eychenne, fueron 33.000 los franceses evadidos a través de los Pirineos. Otras fuentes estiman que los huidos galos pudieron ser unos 25.000, a los que habría que sumar unos 500 oficiales en misiones secretas, varios cientos de polacos, unos 5.000 aviadores (sobre 3.800 británicos y canadienses y algo más de 1.000 estadounidenses). Además de los muchos judíos, aunque algunos de ellos son incluidos en los franceses y polacos. Ante el baile de cifras, Sánchez Agustí sitúa el número de fugitivos por los Pirineos entre un mínimo de 30.000 y un máximo de 50.000; algún historiador como Daniel Arasa eleva la cifra hasta 80.000. Al final de la guerra, cuando las tornas cambiaron, unos cuantos miles de alemanes buscaron también refugio en España.

A las dificultades de la geografía y el clima, enormes en personas sin preparación para largas travesías, había que añadir el control cada vez mayor que nazis y colaboracionistas franceses realizaban en el sur del país vecino, la presencia de infiltrados y delatores y los muchos obstáculos que había que superar una vez en España. En el sur de Francia patrullaban los gendarmes, reforzados desde finales de 1942 por unos 12.000 alemanes que perseguían con saña la desarticulación de las redes. La frontera española estaba vigilada casi exclusivamente por la Guardia Civil, aunque desde el otoño de 1944, tras las primeras incursiones de los maquis, se produjo el despliegue del Ejército. Para pasar al país vecino era necesario un salvoconducto cuya obtención no era fácil. Se estableció una línea de demarcación (en Aragón seguía el trazado Canal de Berdún - Sabiñánigo - Fiscal - Aínsa -Campo - Pont de Suert) para acceder a la cual era necesario un pase autorizado. Si alguien era detenido a menos de cinco kilómetros de la frontera, podía ser inmediatamente devuelto a Francia; si no estaba tan cerca, era probable su encarcelamiento hasta aclarar su situación y decidir sobre él. El final más temido era el campo de concentración de Miranda de Ebro. Parece que el trato a los evadidos se suavizó algo a medida que los aliados ganaban la guerra y volvió a endurecerse cuando, con la contienda ya decidida, los maquis iniciaron sus incursiones en territorio español.

El paso por los Pirineos centrales era el más dificultoso y, por ello, el menos utilizado por las redes. Su complicada geografía hacía, sin embargo, más difícil su vigilancia. Fueron muchos los pasos utilizados y muchos los altoaragoneses que guiaron a los huidos en su arriesgada travesía. La forma más cómoda de cruzar la barrera fronteriza era llegar, en el único tren que la atravesaba, hasta la estación internacional de Canfranc, donde el jefe de aduanas francés al parecer facilitaba la tarea. Fue utilizada por algunas redes que desembocaban en Pamplona, aunque los aduaneros españoles siempre podían abortar el intento. Para evitar su detención, la mayoría de evadidos se encomendaba a las buenas artes de los guías o paqueteros. Ahora los fardos eran sustituidos por personas a quienes los guías seguían llamando "paquetes". Un famoso paquetero fue José Gistau "Barranco", nacido en Chisagüés en 1910 y emigrado a Francia en 1927 para trabajar en la hidroeléctrica de Aspe. Fue militante comunista y abasteció a la 46 División republicana durante la Bolsa de Bielsa. En 1934 se había casado en Le Plan d'Aragnouet, muy cerca de la frontera, a 10 Kms en línea recta desde Parzán. Durante la Segunda Guerra Mundial, Gistau ayudó a pasar la frontera a muchos aliados, checos, polacos, franceses y a un buen número de judíos. Realizaba las travesías por la noche por los puertos de Barrosa, Viejo y Bielsa. Tuvo que suspender su actividad y esconderse cuando los nazis fueron a buscarlo. Ayudó después a los maquis y durante años la casa Barranco de Le Plan d'Aragnouet constituyó el punto de partida del contrabando de la zona (2). Otros paqueteros recordados fueron José Brun, de casa Xanca; Salvador y Jodías, en Bielsa; Domingo Vera Bandrés, "Domingón de Botaya", en Jaca; Juan Bernard, en Parzán; Francisco Pérez, en Ansó; Juan de Tardán y los hermanos Antonio y Joaquín Ballarín, en Gistaín. Luis Auset "Moliner" pasó por Plan a evadidos procedentes del valle d'Aure y desapareció a finales de los años cuarenta en el sur de Francia.

El gallego Manuel Castro Rodríguez, teniente coronel de la Fuerzas Francesas del Interior, dirigió una red de evasión desde Sant-Lary-Soulan hacia el Sobrarbe por el puerto de Urdiceto. Entró en España con los maquis y fue fusilado en 1946. José Cortés, natural de Hecho y muerto en 1994 en Bizanos, cerca de Pau, dirigió un grupo que pasaba a polacos, aviadores aliados, resistentes franceses que se dirigían a África y judíos por el puerto de Plana Castet y el barranco de Trigoniero. El polifacético Joan de Riquer, nacido en Oloron, fue uno de los pilares de la Resistencia francesa y ayudó a huir a gente por el Pirineo navarro y el Somport. Desde el valle d'Ossau se intentaba pasar a Sallent de Gállego y Lanuza por el vigilado Portalet; menos arriesgado era el Puerto Viejo. Los campeones de esquí Favé y Cazaux guiaron peligrosas expediciones por Vignemale, Marboré y la Brecha de Roland. Por Plan actuaban dos pasadores conocidos como Pujol y Ángel. También pastores de Gistaín y Pineta pasaron a evadidos. Desde el puerto de Benasque se intentaba llegar a Seira y seguir en algún vehículo hasta Barbastro. La estación de tren de esta ciudad era una primera meta para muchos, pues desde allí podía alcanzarse pronto Barcelona. Sin embargo, las detenciones en la capital del Somontano eran frecuentes, y los prisioneros, recluidos en las cárceles que para hombres y mujeres se habían habilitado en las Capuchinas y las Clarisas respectivamente.

Una de las principales redes de evasión fue la dirigida por Francisco Ponzán Vidal, conocido como "el maestro de Huesca". A él dedicaré mi próximo artículo en estas páginas.

NOTAS: (1) - "La guerra secreta del Pirineu (1936-1945)", Daniel Arasa, Llibres de l'index, Barcelona, 2000; "Los senderos de la libertad (Europa 1936-1945)", Eduardo Pons Prades, Flor del Viento, Barcelona, 2002; "La línea de la libertad". P. Eisner, Taurus, Madrid, 2004. Citaré en mi próximo artículo los referidos a la red Ponzán.
(2) - Sobre el personaje: "José Gistau, paquetero de suerte", Sergio Sánchez, en la revista "El mundo de los Pirineos", nº 3, mayo 1998.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragó, el 30 de octubre de 2005)
(Foto: Estación de Canfranc)

UN HÉROE DESCONOCIDO: FRANCISCO PONZÁN, "EL MAESTRO DE HUESCA"

Francisco Ponzán Vidal, conocido como "el maestro de Huesca" (también "François Vidal", "Paco", "Gurriato" y " El gafas"), fue el más legendario de los resistentes españoles que, durante la Segunda Guerra Mundial, organizaron desde Francia redes de evasión a España a través de los Pirineos. Estas redes, a las que dediqué mi artículo anterior en estas páginas, permitieron a miles de personas escapar del horror nazi y evitar así la deportación y la muerte.

Aunque Ponzán nació en Oviedo en 1911, se crió en Huesca, de donde su madre era originaria. Estudió magisterio en la capital oscense y ejerció como maestro en Castejón de Monegros y otros pueblos de la provincia. Militante anarquista desde muy joven, tuvo a Ramón Acín (fusilado en 1936) como profesor de dibujo, y junto a él se inició en el activismo político que le ocasionó varias detenciones en los años anteriores a la Guerra Civil. Durante la contienda, perteneció al Servicio de Inteligencia Militar y fue responsable de Transportes y Comunicaciones en el Consejo de Aragón. Luchó en la 127 Brigada ("Roja y Negra"), luego 28 División, principalmente en el frente de Zuera. Mariano Constante, que tiene para Ponzán un emocionado recuerdo en uno de sus libros, rememora cómo éste, pese a las pocas simpatías que anarquistas y comunistas se profesaban, ayudó a sacar de la prisión de La Seo de Urgel a un comisario comunista injustamente encarcelado. Una de las características que se destaca del "maestro de Huesca" es su saber estar por encima de los sectarismos imperantes en la época. Al parecer, la decisión de poner su red al servicio de los aliados no fue muy bien aceptada por algunos de sus correligionarios anarquistas.

En los libros "La red de evasión del grupo Ponzán: anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo, (1936 - 1944)" y "Francisco Ponzán Vidal y la red de evasión Pat O'Leary (1940-1944)" (Ediciones Virus, 1996 y 1998), Antonio Téllez Solá trata sobre la actividad de nuestro personaje. También Sixto Agudo hizo una breve semblanza biográfica de Ponzán en el congreso "La España exiliada de 1939", celebrado en Huesca en 1999 y cuyas actas han sido editadas por el Instituto de Estudios Altoaragoneses y la Institución Fernando el Católico.

Pilar Ponzán, hermana de Francisco, era maestra en Jaca cuando se produjo el alzamiento militar de 1936. Fue detenida y encarcelada junto a la madre de Mariano Constante en el fuerte Rapitán de la capital jacetana. Logró salir de la prisión en un canje de prisioneros gracias a la intervención de su cuñado, militar participante en la sublevación contra la República. Tras la Guerra Civil, pasó a Francia donde conoció la decepción y la incomodidad de los campos de internamiento para los exiliados españoles. Durante la Segunda Guerra Mundial, luchó activamente contra los alemanes, colaboró con su hermano en la organización de las cadenas de evasión y recibió tras la contienda la Cruz de Guerra como reconocimiento a su labor. Plasmó por escrito sus experiencias en el libro "Lucha y muerte por la libertad (1936-1945)", editado en Barcelona en 1998.

Francisco pasó también a Francia después de la derrota republicana de 1939 y fue internado en el campo de Vernet d'Ariège. Pudo salir de allí gracias al contrato de trabajo que le ofreció el dueño de un garaje. Poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, entró en contacto con los servicios de inteligencia británicos y empezó a organizar, desde Toulouse y junto a su hermana Pilar, la más importante de las redes que facilitaban el paso de evadidos de Francia a España. Se trataba de una amplia tela de araña que comenzaba en Bruselas y terminaba en Lisboa, tenía como centro Toulouse y se ramificaba hacia los Pirineos franceses y Andorra y, en la costa mediterránea, llegaba hasta Banyuls, muy cerca ya de la frontera española. Ponzán contó con la colaboración de sus contactos anarquistas españoles y sus hombres guiaban a los evadidos hasta los consulados del Reino Unido, Bélgica o Estados Unidos en Barcelona y Madrid, desde donde se les facilitaba el viaje hasta Lisboa o Gibraltar y la salida de la península hacia sus nuevos destinos. Entre 1941 y 1943, esta red salvó a numerosos franceses, ingleses, polacos, belgas y judíos. Según Ferran Sánchez Agustí  -de cuyo libro "Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos" (Milenio, Lérida, 2003) extraigo bastantes datos de este artículo-, fueron unos 2000 los aliados evadidos, de los cuales unos 200 eran aviadores británicos de la RAF. Una de las anillas de evasión vinculadas a la red de Ponzán era la del médico y general belga Albert Guérisse ("Pat O'Leary" y "Josep Catier"), que sobrevivió a los campos de exterminio de Dachau y Mauthausen. Entre los personajes salvados por la red puede destacarse al príncipe Werner de Merode, nacido en Bélgica y piloto de la RAF durante la guerra. Fue derribado en 1941 en Boulogne-sur-Mer y se le sacó de Francia por Banyuls, desde donde pudo llegar al consulado belga de Barcelona y volver a cruzar la frontera en 1943.

Fueron muchos los colaboradores de Ponzán en su cadena de evasión, y bastantes de ellos eran altoaragoneses. Es el caso de Prudencio Iguacel Piedrafita, nacido en Botaya (Jaca) en 1913 y muerto en Burdeos en 1979, que había coincidido con Ponzán en la Guerra Civil y en el campo de internamiento francés de Vernet. También Antonio Saura y Carmen Mur, de Calasanz; y los hermanos Rafael, Eusebio ("Coteno") y Pascual ("Sixto") López Laguarta, naturales de Fontanelles, cerca de Ayerbe. El castellonés Josep Albalat Ripollés, carpintero de oficio, pasó con Ponzán a España en mayo de 1940 con la intención de liberar a presos anarquistas en Zaragoza. Ponzán resultó herido y tuvieron que refugiarse en Boltaña. Ambos compartieron prisión en Vernet en 1942; Albalat es un caso excepcional pues consiguió sobrevivir al paso por cinco campos de exterminio. Floreal Barberà trabajó en la red y en una ocasión ayudó a cruzar a España por Viella y Esterri d'Àneu a un grupo excepcionalmente numeroso de 62 judíos. Entre los expedicionarios hubo dos bajas: un anciano que murió de agotamiento y un joven que se despeñó. Barberà fue detenido en España durante una misión y tras una breve estancia en la cárcel logró salir en libertad. Junto a otros miembros de la Asociación General Francesa de Antiguos Combatientes y Resistentes Españoles reivindicó la figura de Ponzán, en cuya memoria se colocó en Montjuïc una placa en el monumento a los voluntarios españoles muertos en la guerra europea. No tenemos espacio aquí para nombrar a otros muchos compatriotas que colaboraron con "el maestro de Huesca", gran número de los cuales sufrió deportación a los campos de exterminio nazis.

Mención aparte merece Josep Ester Borrás, natural de Berga, íntimo colaborador de Ponzán. Su mujer, Alfonsina Bueno Vila, era natural de Moros, en la provincia de Zaragoza. Ester fue enviado a Mauthausen de donde salió con vida. Fue condecorado por los gobiernos británico, francés y estadounidense, y entre 1947 y 1965 fue secretario general de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos Víctimas del Fascismo. Murió en Francia en 1980. Su mujer, Alfonsina, también sobrevivió al campo de mujeres de Ravensbrük, aunque, a causa de un experimento que los fanáticos médicos nazis le practicaron durante su internamiento, contrajo una enfermedad crónica y perdió la salud hasta su muerte en 1979. Su padre, Miguel Bueno Gil, murió en Mauthausen como consecuencia de esos terroríficos experimentos.

La red dirigida por Ponzán, financiada por los aliados, además de ayudarlos a salir de Francia, facilitaba a los evadidos una impecable documentación falsa. En su casa de Toulouse había abundante material para realizar falsificaciones: matrices metálicas, sellos de administraciones, pasaportes, certificados de casamiento británicos, documentos oficiales, etc. Hay que destacar la enorme inteligencia y capacidad que demostró Ponzán en los años que estuvo al frente de esa extensa organización clandestina. Destacable es también su tolerancia política y su visión global del conflicto que vivía Europa. Sánchez Agustí recoge en su libro unas palabras, pronunciadas por "el maestro de Huesca" en una reunión celebrada en septiembre de 1940 en su domicilio de la calle Montplisir de Toulouse, que reproduzco: "No es hora de lamentarse de nada, señores, sino el momento de las decisiones. No es la patria francesa la que está en juego; es la libertad, la cultura, la paz...No somos nosotros quienes estamos en peligro; es el mundo. Y no olviden que cuando se fusila a un hombre existe la posibilidad de que un día se fusile a toda la humanidad". Como muchos otros españoles que lucharon en Francia, estaba convencido de que ayudando a los aliados éstos precipitarían después la caída del régimen de Franco.

Ponzán fue arrestado en 1942 e internado de nuevo en el campo de Vernet, del que logró escapar con varios miembros de su red. Se instaló en el hotel París de Toulouse, centro de actividades de la Resistencia, que le proporcionó medios para continuar con su labor de ayuda a los evadidos. Detenido nuevamente en abril de 1943, fue encerrado en la prisión de Saint-Michel y condenado a seis meses de reclusión por indocumentado. Localizado por la Gestapo, fue sometido a nuevos interrogatorios y a un nuevo juicio que le condenó a nueve meses de cárcel. Cumplidos éstos, los nazis se negaron a ponerlo en libertad. Cuando Toulouse estaba a punto de ser liberada, Ponzán fue sacado de la prisión de Saint-Michel junto a otros 52 detenidos. Todos ellos fueron ejecutados en el bosque de Buzet sur Tarn, a 27 km de la ciudad. Los cuerpos de los prisioneros fueron arrojados a tres enormes hogueras, sin que se haya podido saber si fueron lanzados a ellas aún con vida o habían sido previamente fusilados. Sus cenizas fueron depositadas en tres féretros en un mausoleo de Buzet donde en una placa puede leerse: "A nuestro hermano Francisco Pozán Vidal, exiliado político español, Gran Resistente muerto por Francia el 17-8-1944 a la edad de 33 años".

Francisco Ponzán recibió a título póstumo las más altas consideraciones por parte de los gobiernos aliados. La distinción de Su Majestad británica por "su valiente conducta y el servicio prestado" con el emblema de la Hoja de Laurel de la Corona y la "Medalla por la libertad" del Reino Unido, el grado de capitán de las Fuerzas Francesas, la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Guerra y el "reconocimiento y la admiración de las naciones aliadas". Además del Certificado de Gratitud firmado por el presidente de Estados Unidos Dwight D. Eisenhower, que también recibió su hermana Pilar. Contó siempre con el respeto y la admiración de sus colaboradores y de todas las fuerzas aliadas, y su labor permitió salvar muchas vidas, aunque en ese empeño sacrificara la suya. Su contribución, junto a la de muchos otros españoles, fue decisiva en la victoria sobre el fascismo que amenazaba al mundo. Es de justicia que en la provincia en la que pasó buena parte de sus primeros años y de la que era originario también recordemos su abnegación y su humanitarismo ejemplares.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 27 de noviembre de 2005)

ALTOARAGONESES Y RIBAGORZANOS EN EL INFIERNO DE MAUTHAUSEN

Hace 60 años, el 5 de mayo de 1945, fue liberado por las tropas estadounidenses el campo de concentración nazi de Mauthausen. El lugar está situado en Austria, a unos 20 Km de la ciudad de Linz, en un hermoso paraje a orillas del Danubio. Los SS alemanes lo convirtieron en uno de sus siniestros campos de prisioneros en los que llevar a cabo sus delirantes planes de exterminio de enemigos y de seres considerados inferiores. Como en el resto de campos creados a este fin (Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Flossenburg, Neuengamme, Sachenhausen o Rawensbruck), allí sufrieron y murieron miles de internados de diferentes procedencias. En Mauthausen se explotaba laboralmente a los prisioneros hasta su extenuación antes de ser aniquilados. En él dejaron su vida entre 120.000 y 150.000 prisioneros. Aunque hubo españoles en otros campos, éste fue el que albergó al mayor número de ellos, unos 7100. Alrededor de 850 eran aragoneses; por lo menos 640 murieron. De estos últimos, como poco, 247 habían nacido en el Alto Aragón.

El campo de Mauthausen fue creado por los nazis en 1938, tras la anexión de Austria. Allí se mandó en un principio a delincuentes alemanes a trabajar en sus canteras, que proporcionaban granito de gran calidad para la construcción de los nuevos ministerios en Berlín. Los fanáticos SS (Schutz-Stafel o Secciones de Seguridad) tenían en propiedad la concesión del yacimiento que explotaban en su beneficio. Ellos dirigían el campo, látigo en mano, con sus expeditivos y sanguinarios métodos. El trabajo más sucio recaía sobre los "capos", elegidos entre los delincuentes más brutales y mafiosos. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, fueron llegando prisioneros de diferentes nacionalidades -los hubo de 27 diferentes- y las condiciones de vida y de trabajo se degradaron hasta extremos de crueldad insospechados. Mauthausen se convirtió en un infierno programado en el que los internos eran obligados a trabajar hasta el límite de sus fuerzas antes de ser eliminados en las cámaras de gas o convertidos en ceniza en los hornos crematorios. Muchos morían de agotamiento por el trabajo en las canteras, que sus cuerpos mal alimentados no podían soportar. Se les daba un café -agua manchada- por las mañanas, una sopa acuosa con peladuras de patata y nabos a mediodía, y un minúsculo trozo de pan para tres personas con 20 gramos de un salchichón sintético para la cena. La mayoría trabajaba en la cantera transportando grandes bloques de piedra y acarreando vagonetas que a veces se escapaban de sus manos arrastrando a quienes estaban cerca. En la tristemente famosa escalera de 186 peldaños, dejaron su sangre miles de prisioneros. Cínicamente, los nazis llamaban al precipicio de la cantera "la pendiente de los paracaidistas". Muchos judíos fueron despeñados por ella sin compasión y algunos internos buscaron allí el suicidio que pusiera fin a su sufrimiento.

Con la continua llegada de prisioneros, se crearon campos anexos que los alemanes denominaban "comandos". Uno de ellos fue el de Gusen, a tres kilómetros del central de Mauthausen. Era un lugar de exterminio rápido al que se mandaba a los internos que ya no tenían fuerzas para seguir trabajando. Allí acababan en la cámara de gas y en los hornos crematorios encendidos día y noche. El espeso olor de la carne quemada impregnaba el campo y sus alrededores. Algunos de los deportados, extenuados por el trabajo, ya no llegaban a esta prisión terminal porque eran eliminados en el propio Mauthausen con una inyección de bencina en el pecho, o en el llamado "camión fantasma" que servía de ambulante cámara de gas. Los fanáticos médicos nazis utilizaban algunos cuerpos para sus siniestros experimentos realizados en el cercano castillo de Hartheim.

Los españoles internados en Mauthausen eran republicanos que habían pasado a Francia después de su derrota en la Guerra Civil. Tras su estancia en los nada acogedores campos de refugiados, muchos se enrolaron en el ejército del país vecino y lucharon contra los invasores alemanes. Otros formaron parte más tarde de la Resistencia dirigida desde Londres por el general De Gaulle. Muchos fueron hechos prisioneros y fusilados en el acto; un buen número de ellos sería enviado por los nazis a los campos de concentración. La mayoría de estos últimos acabó en Mauthausen. Allí fueron catalogados como "rojos españoles". En la manga del traje de rayas azules y blancas que llevaban los prisioneros, se les puso un triángulo invertido de color azul con una "S" (spanier) de color blanco y un número de cuatro cifras, escrito en negro sobre una banda blanca. Ésta era su nueva identidad y debían saberla de memoria en alemán. Los españoles fueron abandonados a su suerte y en un principio se les consideró como apátridas. Tras la visita al campo de Heinrich Himmler, jefe de las SS, fueron tratados con especial crueldad, y entre 1941 y 1942 miles de ellos perecieron en aquel infierno. En el momento de la máxima "ofensiva", llegaron a morir unos 3000 en un periodo de sólo tres meses. La mayoría lo hizo en el campo anexo de Gusen, donde en un solo día perdieron la vida setenta españoles. Con la llegada masiva de prisioneros soviéticos, fueron éstos -junto a los judíos- las víctimas preferidas de los nazis, y para ellos se creó un segundo campo en el propio Gusen. Paradójicamente, el ensañamiento con los nuevos deportados rusos alivió algo la situación de los españoles. Éstos -curtidos en mil batallas desde hacía tiempo- resistieron mejor que otros las duras condiciones de vida, e incluso llevaron la batuta de la red clandestina de resistencia que se había creado en el interior de la prisión. Suya fue la acción de robar y conseguir sacar del campo los negativos de las fotografías que los propios nazis tomaban de sus atrocidades y de las visitas de sus jefes. Fue ésta una valiosa prueba acusatoria en los juicios de Nuremberg. Cuando los norteamericanos liberaron el campo, una gran pancarta escrita en español, además de en inglés y en ruso en letras más pequeñas, les dio la bienvenida.

Entre los primeros españoles -catalanes en su mayoría- enviados a Mauthausen, figuran los 927 integrantes del llamado "convoy de la muerte". Se trataba de republicanos refugiados en la ciudad francesa de Angulema, que el 24 de agosto de 1940 fueron hacinados en un tren de ganado y, tras un recorrido infernal, conducidos al siniestro campo austriaco. Allí los nazis separaron a los varones mayores de trece años de las mujeres y de los niños. Este último grupo fue devuelto a España por la frontera de Irún; el primero quedó internado en el campo. De los 470 deportados recluidos, murieron 409.

Muchos españoles llegaron a Mauthausen después de su paso por los "stalag", cárceles de menor dureza en las que los alemanes encerraban a los prisioneros hechos al ejército francés. Entre esos españoles estaba Mariano Constante, nacido en la localidad monegrina de Capdesaso en 1920 e hijo de un conocido maestro del mismo nombre. Ingresó en Mauthausen el 7 de abril de 1941 y logró sobrevivir hasta la liberación del campo en mayo de 1945. Es uno de los cada vez más escasos supervivientes de aquella terrible experiencia, y ha contado en sus libros el drama que le tocó vivir. "Los años rojos", "Yo fui ordenanza de los nazis" o "Republicanos aragoneses en los campos nazis" son magníficos documentos que mantienen en el recuerdo necesario unos hechos que no deben ser olvidados por las sucesivas generaciones. En la última de las obras citadas, recuerda a algunos de los altoaragoneses con los que coincidió en su paso por Mauthausen. En un anexo final, recoge la relación de los 247 prisioneros nacidos en la provincia de Huesca y muertos en el fatídico campo. Casi todos ellos perecieron en Gusen y seguramente fueron algunos más, puesto que la lista está tomada de las actas de defunción expendidas por los propios nazis, que no anotaban todas las desapariciones. También es probable que bastantes altoaragoneses de nacimiento figuraran en la relación como catalanes, por estar afincados en la comunidad vecina cuando vivían en España.

Entre los oscenses citados, aparecen muchos maestros hacia los que los SS manifestaban especial aversión. Se destaca entre ellos a José Sampériz Janín, natural de Candasnos y muerto en Gusen, de quien Constante sospecha que sirvió de conejillo de indias a los cirujanos nazis en el terrorífico castillo de Hartheim. Dejaron también su vida en el campo otros maestros como Matías Cuello, de Rodellar, Luis Dieste Pérez, de Ayerbe, y José Santaeulalia Vera, natural de Orús. Antonio Monreal, el maestro de Lierta, fue enviado al "comando Steyr", otro de los campos anexos a Mauthausen, y logró salir con vida. Tras la guerra, se embarcó con rumbo a Venezuela, donde se le pierde el rastro. Sobrevivió también Carlos Alonso Buegui, hijo de oscenses, nacido en un pueblecito navarro próximo a Sos del Rey Católico, estudiante de magisterio en Huesca y maestro en el valle de Ansó. Era conocido como "el maestro zapatero" por haber aprendido de su padre este segundo oficio que compartía con el primero. Vivió en Francia tras la guerra y murió en 1975.

Hubo algunos miembros de una misma familia entre los deportados altoaragoneses. Ángel Franco Burriel y Francisco Santaeulalia Capablo, tío y sobrino, originarios de Fiscal y ambos muertos en aquel infierno. Lo mismo que los hermanos Gascón, mineros en Utrillas y nacidos en el pequeño pueblo pirenaico de Parzán. De los Alcubierre, Miguel y José, padre e hijo, originarios de Tardienta y llegados al campo en el citado convoy de los 927, sólo el hijo -aún vivo- pudo resistir el trato inhumano al que fueron sometidos. Caso excepcional fue el de la familia Casabona de Sariñena: el padre y los dos hijos lograron salir con vida del terror del campo.

Perecieron en Mauthausen Francisco Beltrán Cuartero y Valero Zapater Pullosa, ambos originarios de Ballobar; también Esteban Muñoz, zaragozano de las proximidades del Moncayo, pero criado en Sabiñánigo donde sus padres habían encontrado trabajo. Lograron salir vivos de aquel infierno Isidoro Escartín Coronas, agricultor de Riglos, que jamás se recuperó del desgaste físico y psicológico sufrido; Antonio Uruén, el sastre de Huesca, que tuvo una importante intervención en el robo de las fotos nazis y que nunca más quiso hablar de aquel terrible drama; el montisonense Francisco Bravo, ejemplo de solidaridad y fortaleza; el monegrino de Robres Ángel Colominas, que aún pudo volver a España donde murió en 1975; y Miguel Malle Jáureguy, "el gran capitán jacetano", llegado a Mauthausen en 1944 tras una intensa actividad en la Resistencia por la que después se le condecoró en Francia, donde murió en 1970.

Hubo también ribagorzanos en Mauthausen. En la lista de los fallecidos en el campo que aparece en el anexo final del libro de Constante, se incluyen catorce prisioneros en cuya ficha consta como lugar de nacimiento una población de la actual comarca aragonesa de la Ribagorza. En las páginas de internet dedicadas a los aragoneses internados en los campos nazis (www.http//:aragoneses.webcindario.com/víctimashuesca.pdf) y www.ceibm.org/alexca0000.html) encontramos cinco víctimas más que no se hallan en el citado libro. Sumados los nombres de ambos lugares, confeccionamos la siguiente lista de 19 ribagorzanos que encontraron la muerte en Mauthausen y sus campos anexos.

Antonio Cosialls Sallant, de Aler.
Vicente Palacio Sirena, de Benabarre.
Martín Sarroca Llaquet, de Capella.
Ramón Sigirán Barrau , de Castejón de Sos.
Emilio Demás Mora, de Chía.
José Saura Oliva, de Eresué.
Agustín Teres Miranda, de Estopiñán del Castillo.
Juan Campo Pérez, de Graus.
Gerardo Quiroga Andreu, de Graus.
Antonio Sesa Grau, de Graus.
Teótimo Sesa Grau, de Graus.
Modesto Escales Subirats, de Montanuy.
Simón Sampietro Alegre, de Montañana.
Joaquín Alós Villadier (o Vidaller), de Morillo de Liena.
José Gea Ricarte, de Morillo de Liena.
José Lloret Truch, de Neril.
Enrique Espot Badía, de Raluy.
José Demur Abad, de Sahún
Ramiro Porquet Castaraín, de Torres del Obispo.

Vicente Palacio Sirera, Martín Sarroca Llaquet, Joaquín Alós Villadier y Antonio Cosialls Sallant murieron en el campo central de Mauthausen en 1944. Todos los demás perdieron la vida en Gusen entre 1941 y 1942, excepto José Ges Ricarte que lo hizo en 1943. No he logrado aclarar si el deportado José Mur Castán muerto en Gusen, era de Alins (Ribagorza) o Alins del Monte (La Litera). Creo, pero no he podido confirmarlo plenamente, que el también fallecido José Senz Sesé era natural de Morillo de Liena.

De la lista de internet que aparece en la primera de las páginas citadas, extraigo los nombres de tres ribagorzanos que lograron salir vivos del horror de Mauthausen:

Román Egea Garcés, de Graus, con fecha de nacimiento del 9 -8 -1919.
Juan Mayora (o Mayoral) Murciano, de Benabarre, nacido el 10-3-1915.
Ángel Torrente Suelves, de Benabarre, nacido el 15 -3-1919.

Aunque hoy no pertenecen a la actual comarca de Ribagorza, pero sí a su ámbito lingüístico y al de difusión de esta publicación, añado los nombres de dos supervivientes de Mauthausen nacidos en Estadilla y Fonz. Se trata, respectivamente, de José Puy Lisa (18-8-1911) y Valero García Vilellas (22-9-1910).

Todos ellos, y todos los que pasaron por los campos de concentración nazis, los que murieron y los supervivientes de todas las nacionalidades, merecen ser recordados porque fueron víctimas de una de las experiencias más terribles de la historia de la humanidad, que debe permanecer en la memoria para que nunca más pueda llegar a repetirse.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado el 17 de abril de 2005 en Diario del Alto Aragón y ampliado luego para su publicación en "El Ribagorzano")

"PUEDO CONTAR CONTIGO": LA RELACIÓN EPISTOLAR ENTRE RAMÓN J. SENDER Y CARMEN LAFORET

En 1944, contra todo pronóstico y en un rasgo de valentía por parte del jurado, una joven de 23 años, llamada Carmen Laforet, ganó el premio Nadal con su primera novela titulada "Nada", que significaba una apuesta innovadora en la insulsa narrativa española de la posguerra. Ramón J. Sender, exiliado en Estados Unidos pero siempre atento a lo que ocurría en España, leyó la novela tres años más tarde y se percató de inmediato de que se trataba de una obra excepcional. Consiguió la dirección de Laforet a través de la editorial Destino, que patrocinaba el premio y también editaba su obra, y envió una carta a la joven novelista en la que, además de mostrar su admiración por el talento de la escritora, se ofrecía para facilitar su traducción al inglés y dar a conocer el libro en Estados Unidos. Carmen Laforet, que no conocía entonces la obra de Sender, impublicable en la España de aquel tiempo, dejó la carta sin respuesta, pero, cuando en 1965 fue invitada a una gira por varias universidades americanas, recordó su existencia y escribió al autor altoaragonés para agradecerle aquella misiva de veinte años atrás y solicitar una entrevista con él en su visita a Los Ángeles. Laforet ya había podido leer algunas novelas de Sender -sentía devoción por "Crónica del alba"- y admiraba su escritura y su dedicación literaria. Tras su breve encuentro al otro lado del Atlántico y el regreso a España de la novelista, se inicia entre ambos una larga relación epistolar que alcanza hasta 1975. La correspondencia de esa década entre dos de los mejores narradores de nuestra reciente literatura ha sido publicada hace algunas fechas por la editorial Destino con el título de "Puedo contar contigo", en edición a cargo de Israel Rolón Barada.(1)

Aunque la lectura privada de la correspondencia entre dos personas siempre puede parecer una cierta violación de intimidad, en este caso, y con el consentimiento de la familia Laforet -admirable ejercicio de síntesis es el prólogo de Cristina Cerezales, hija de Carmen-, nos permite conocer aspectos importantes de las biografías y los procesos de creación de dos escritores extraordinarios y en muchos aspectos antagónicos. Carmen Laforet, que cumplió 82 años el pasado septiembre, es uno de los casos más sorprendentes de la literatura española. Tras deslumbrar con su primera y premiada novela "Nada", sin duda una de las mejores obras de la narrativa española del pasado siglo, entró en una crisis de creación -algunas de cuyas causas este epistolario nos ayuda a conocer-, y escribió nuevas obras con cuentagotas, sin que ninguna de ellas se acercara a la cima creativa alcanzada con su novela de debut. Ramón J. Sender, veinte años mayor que Carmen, murió en San Diego (California) a punto de cumplir los 81 años y tras una intensísima actividad literaria que le llevó a escribir decenas de novelas y centenares de artículos, amén de alguna pequeña incursión en otros géneros. Destacó sobre todo como novelista y algunas de sus narraciones, como "Crónica del alba", "Réquiem por un campesino español" o "Imán", pueden figurar también entre las mejores novelas españolas de la pasada centuria.

Como decimos, la correspondencia entre los dos escritores nos permite conocer algunas facetas de su personalidad y la disparidad de sus situaciones vitales. Sender está solo y en el exilio, añora -y en cierto modo idealiza- tanto a España como a su Alto Aragón y anhela volver a ellos, aunque la permanencia en el poder del "César pequeñito", como llama en sus cartas a Franco, se lo impida. Carmen Laforet vive en esa España gris de la dictadura y desea -como hará en algún momento marchándose a vivir a Italia- alejarse de ella. Es muy ilustrador el pasaje de una de sus primeras cartas, cuando al regresar de Estados Unidos escribe: "¡Qué sensación más horrible volver! (...) Yo le cuento todo esto para que no se haga ilusiones cuando venga a recorrer Madrid y el Alto Aragón con nosotros. Solamente estando tres meses fuera, ya se nota que esto no es lo que nosotros creíamos que era". Sender responde: "Sí, aquí todo está mejor que en España a primera vista. (...) ¡Todo tan limpio y bien organizado! Pero ¡qué vamos a hacerle! ¡A mí me encanta la mugre española! (...) Yo quiero ir a España -a una aldea de Aragón- y dormir tres semanas, día y noche, hasta hartarme. Desde que salí de España, no he dormido bien una sola noche". Sin embargo, Laforet insiste en recordarle al nostálgico Sender cómo es el país real: "Usted se ha olvidado que vivimos siempre en los pequeños reinos de Taifas, y que una persona que no está declaradamente en ninguno de esos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos. O tonta, o malvada, o lo que sea".

Las situaciones familiares de ambos son también antagónicas. Sender vive -y se siente- solo, trabaja como profesor en la universidad, a veces ve a su última esposa, mantiene algunas relaciones esporádicas y sus hijos se han independizado por completo; combate la soledad escribiendo sin tregua. No asimila muy bien hacerse viejo y sus achaques de salud, se vuelve raro. Laforet está casada -su marido trabaja en una editorial- y tiene cinco hijos; la vida familiar le absorbe y le impide dedicarse a fondo a la escritura. También aquí sus anhelos son opuestos: él parece añorar una estabilidad familiar acorde con su monotonía cotidiana; ella pretende volar sola y vivir nuevas experiencias. Hay un momento, cuando Carmen le informa de su separación matrimonial, en que parece que él desea con fuerza que ella vaya a Estados Unidos, pero ella se va a Italia, donde vive una cierta bohemia en la Roma de Paco Rabal -una de sus hijas se casa con el hijo del actor- y de Rafael Alberti y María Teresa León. Sender tiene seguridad y oficio como escritor, su obra es sólida y conocida y su prolijidad y dedicación a la escritura son sorprendentes. Laforet duda de su capacidad para escribir, necesita tiempo y concentración, atraviesa crisis -espirituales, familiares, de confianza en sí misma-, por una constante y agotadora búsqueda que paraliza su creación literaria. Sender, continuamente y desde el primer momento, la anima y le reconoce una gran valía y un talento literario que no debe desperdiciar porque "nos pertenece a todos".

Aunque pudieran ser fuente de discrepancia, ni la religión ni la política son temas que aparezcan demasiado en sus cartas. La escritora desde el principio declara no saber de política ni sentir interés por ella; él, salvo sus referencias a Franco como obstáculo para su regreso, apenas toca el tema y cuando lo hace, olvidada ya su fogosa juventud, se aparta de cualquier toma de partido: "Yo no hago política de ninguna clase. No pienso hacerla ni en realidad la he hecho nunca (digo de partidos). Pero, claro, el nombre de cada escritor va unido a alguna clase de tendencia. La mía es sólo un deseo de libertad como la que tenemos aquí. Es decir, la posibilidad de leer, escribir y publicar lo que uno cree que está bien. Así puede un país conocerse a sí mismo, y poner en orden y en acción todos los recursos de su pueblo. Pero política, no. Ni ahora ni -creo- nunca. Uno va siendo viejo además para esos trotes." En lo espiritual, Laforet deja traslucir en sus primeras cartas un fuerte sentimiento religioso -producto de una intensa crisis religiosa es su novela "La mujer nueva", de 1955, y que acaba de ser reeditada- y se observa, en la década en la que dura su correspondencia con Sender, un difícil proceso de búsqueda de una liberación personal en conflicto con algunas de sus creencias anteriores. Se intuyen, más que se explicitan, en las cartas que comentamos, unos momentos de fuertes tensiones internas -el camino elegido no era fácil para una mujer en aquel tiempo- en una escritora de intensa vida interior y gran sensibilidad y, a la vez, abierta a explorar nuevos territorios personales. Sender aborda poco el tema; lo hace en una de las primeras cartas en la que escribe: "No sé si debo decirle que soy muy religioso a mi manera. Poco asiduo al ritual, claro. Los españoles que nos consideramos un poco leídos tenemos que ser discrepantes por algún lado. Un sacerdote me decía: eso es orgullo. Yo le dije: 'mayor orgullo es hablar en nombre de Dios. Yo no me atrevería a tanto' ".

La confianza entre ambos crece carta a carta y, tras dos años de tratarse de "usted", pasan a utilizar el "tú" que abre el camino a una mayor intimidad. Vemos crecer su amistad, sus confidencias familiares, las referencias a los hijos respectivos, las alusiones a sus situaciones económicas, las opiniones sinceras sobre diversos asuntos y también la admiración mutua, por la personalidad y la obra literaria del otro. En realidad sólo se vieron dos veces: en 1965, cuando Carmen Laforet visita Estados Unidos, y en 1974, cuando Sender regresa a España en un primer y breve viaje. Pero ello no es óbice, más bien al contrario, para que ambos sepan que el otro está ahí para ayudar en lo que sea y que los dos pueden decir con total seguridad uno del otro, como subraya la propia Laforet en una de sus cartas, "puedo contar contigo". En resumen, el libro es un hermoso documento epistolar que nos permite conocer mejor a dos de nuestros mejores escritores en dos momentos cruciales de sus vidas.

NOTAS: (1) "Carmen Laforet/Ramón J. Sender. Puedo contar contigo. Correspondencia". Edición a cargo de Israel Rolón Barada. Ediciones Destino, Colección imago mundi, Volumen 32, Barcelona, 2003.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón (15-2-2004)

LAS COLONIAS INFANTILES EN RIBAGORZA DURANTE LA GUERRA CIVIL

En la pasada Guerra Civil, el territorio aragonés quedó partido en dos: la zona occidental, con las tres capitales de provincia incluidas, cayó en manos de los insurgentes golpistas; la zona oriental permaneció fiel al Gobierno de la República. Con la llegada de las milicias catalanas se creó un frente de guerra, con algunos focos más activos, a lo largo de toda la comunidad. La Ribagorza, en la zona más oriental de Aragón, permaneció, en un principio, alejada de las operaciones militares y a salvo de los peligros inmediatos del frente. Para apartar a algunos niños de los riesgos de éste y continuar con su educación, lejos del fragor y las penalidades de los enfrentamientos bélicos, se crearon en algunas poblaciones de esta comarca una serie de colonias infantiles que acogieran a los niños desplazados desde las zonas de combate. A explicar la creación y el funcionamiento de estas colonias ha dedicado Enrique Satué Oliván su último libro, aparecido en fechas recientes, "Los niños del frente", editado por el Ayuntamiento de Sabiñánigo, el Instituto de Estudios Altoaragoneses y el Museo Ángel Orensanz y Artes del Serrablo, dentro de la colección "A lazena de yaya" y espléndidamente ilustrado por los dibujos de Roberto L´Hôtellerie, profesor de Dibujo del I.E.S. Pirineos de Jaca.

Como en libros anteriores ("Religiosidad popular y romerías en el Pirineo","El Pirineo contado", "Cabalero, un viejo pastor del Pirineo" o "Caldearenas. Un viaje por la historia de la escuela y el Magisterio rural"), Enrique Satué lleva a cabo una valiosa aportación, en este caso histórica, al conocimiento de nuestro territorio. El libro informa sobre un aspecto poco conocido de la Guerra Civil y lo hace con documentación de primera mano: el autor ha localizado a algunos de los niños todavía vivos y, entre recuerdos veraces y algunos desvirtuados por el paso del tiempo y la propaganda posterior, ha reconstruido con rigor, fidelidad y detalle un episodio casi del todo olvidado de aquellos años de nuestra última contienda civil. Importante es también para esta reconstrucción el testimonio de personas como Palmira Pla, delegada regional de Colonias en el Gobierno regional de Aragón durante la guerra y prologuista del libro, cuya localización y encuentro en Benicàssim son narrados con emoción por el autor, y Pepita Facerías, directora de la colonia de Estadilla, que vivieron, desde dentro, la gestación, organización y desarrollo de esa singular experiencia educativa. También han servido al autor para su documentación las publicaciones de la FETE - sindicato ugetista de la enseñanza -, algunos fragmentos de las cuales aparecen, a modo ilustrativo, en los anexos finales del libro.

El fenómeno de las colonias escolares empieza a producirse en Europa a finales del siglo XIX. La II República, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, fomenta su creación, que, con la Guerra Civil y la necesidad de evacuación de la población civil de Madrid y de otros lugares asediados por el conflicto bélico, se convierte en una necesidad y una manera de alejar a los niños de los horrores de la guerra y de continuar su educación en las zonas rurales, que proporcionan una mayor tranquilidad y un contacto con la naturaleza que favorecen su formación integral. La mayoría de estas colonias se crean en Cataluña y Levante y reciben, fundamentalmente, a los niños que deben abandonar la asediada capital de España. En Aragón se ponen en funcionamiento algunas colonias en las zonas orientales de las provincias de Huesca y Teruel. El libro de Enrique Satué se centra en las oscenses, que, salvo la ubicada en Tamarite, de carácter anarquista y de la que apenas se tienen datos, se sitúan en la comarca de Ribagorza, en las poblaciones de Graus, Benabarre, Benasque, Estadilla -hoy perteneciente al Somontano, pero histórica y lingüísticamente ribagorzana - y Las Vilas del Turbón.

Estas colonias, excepto la de más tardía creación de Las Vilas del Turbón, tienen una duración de un año: se crean en marzo de 1937 y se desmantelan, ante el imparable avance franquista, en el mismo mes de 1938. Los niños, que fueron trasladados hasta ellas en autobús y de noche para evitar posibles bombardeos, tenían tres lugares principales de procedencia: la ciudad de Madrid, en su mayoría trasladados a la colonia de Graus; el Sobremonte y la zona de Oliván, en el frente del río Gállego, al norte de Sabiñánigo; y el frente de Teruel, muy activo en algunos momentos y con alternancia en los avances bélicos de las fuerzas contendientes. La colonia de Las Vilas del Turbón fue creada en octubre de 1937 y sólo duró medio año; su creación se debió a la necesidad de acoger a los niños de Biescas, que, tras caer en manos franquistas, fue recuperada momentáneamente por las fuerzas republicanas en septiembre del 38. En total estas cinco colonias ribagorzanas acogieron a unos 350 niños, cuyas edades irían de los 6 a los 14 o 15 años. Unos cien tuvo la colonia de Graus, casi todos ellos procedentes de Madrid y muchos de ellos huérfanos de maestros; sólo unos pocos eran de algunos pueblecitos de Sobremonte, cerca de Biescas. Otro centenar de niños había en la de Estadilla, procedentes fundamentalmente de Gavín y Yésero y una docena de una más variada procedencia (Hostal de Ipiés, Pina de Ebro, Fuentes y Candasnos). Una cincuentena hubo en la de Benabarre, con algunos niños de Madrid y otros de Sobremonte, Grañén y alguno de Lafortunada y Bolea. Los casi noventa de la colonia de Las Vilas procedían en su totalidad de la recuperada Biescas.

Los edificios que albergaron estas colonias son viejos caserones nobiliarios (Estadilla), modernas quintas de recreo (Graus y Benabarre) y establecimientos hoteleros (Benasque y Las Vilas del Turbón). En la mayoría de los casos eran edificios incautados que pertenecían a familias adineradas que huyeron o fueron fusiladas al inicio del conflicto. En Benasque, se trató del Hotel Benasque, situado a las afueras del pueblo, camino de Anciles, y propiedad de Valero Llanas Tolosa, nacido en Capella en una familia humilde y hombre emprendedor y laborioso que se vio obligado a huir de Benasque cuando estalló la guerra. Era un lujoso edificio - ya desaparecido- decorado con exquisito gusto, que disponía de una rica biblioteca y que, a buen seguro, debió de impresionar a los niños que en él se instalaron. En Las Vilas del Turbón, la colonia se ubicó en el hotel-balneario, que pertenecía a una familia que había vuelto rica de Fernando Poo, entonces posesión española en África. Era una modernista y luminosa construcción que sigue, con las transformaciones y modificaciones posteriores, en uso en la actualidad. El edificio de la colonia de Graus era la Torre Pentineta, también llamada Torre Romero, por pertenecer al diputado conservador José Romero Radigales, que residía habitualmente en Madrid. Se halla muy cerca de Las Ventas de Santa Lucía, a la izquierda de la carretera que une Graus con Benasque. Era una lujosa y moderna finca de recreo, espaciosa y dotada de los mayores adelantos (agua caliente, lavadora...), que incluso contaba con una capilla que fue convertida en sala de cine. En Estadilla, la colonía se instaló en un viejo caserón, situado en medio de la población y perteneciente al barón de la Menglana, quien, al parecer, lo cedió de manera voluntaria - lo que le costaría luego la cárcel, a la que sobrevivió - por su fidelidad a la República. Finalmente, el edificio destinado a colonia en Benabarre, que aún puede verse hoy a la entrada de la población, era también un moderno y acristalado edificio perteneciente a un propietario local que fue fusilado junto a otras 17 personas en los sangrientos primeros días de la guerra. Cuando las fuerzas franquistas tomaron Benabarre instalaron en este edificio su Estado Mayor.

En las páginas del libro de Enrique Satué conocemos muchos detalles - que aquí resumimos - sobre las colonias y las peripecias vividas por los niños en ellas alojados. Sabemos los nombre de dos de ellas. La de Graus se denominó "Joaquín Costa". Sabido es que el ideario de Costa ha sido valorado y apreciado con diferente intención y deseo de apropiación, por otra parte imposible por su riqueza e independencia, desde todas las posiciones políticas. La colonia de Las Vilas, según algunos informantes del autor, se habría llamado "Julián Mur", en honor al ex alcalde de Jaca, muerto en los combates del frente de Biescas. El libro explica con detalle el tipo de maestro que se ocupó de la educación de los niños de estas colonias y que fundamentalmente se ajustaba a varios criterios de selección: estar próximos o pertenecer al sindicato FETE, tener destino en territorio ocupado, formar matrimonios de enseñantes y, finalmente, estar mutilado, tener alguna minusvalía, tener hijos discapacitados o ser viudo. Conocemos en el libro los nombres de los directores de estas colonias y el ideario pedagógico y político que inspiraba su línea educativa, así como la vida cotidiana de las mismas en el breve periodo de su existencia.

La ofensiva franquista obligó a su desaparición en marzo de 1938. Vivimos en las páginas del libro esos terribles días y cómo resolvió cada una de las colonias la desastrosa situación y el final que de manera irreversible se avecinaba. Muchos niños fueron evacuados a Cataluña, a la zona de Tarrasa: así ocurrió con los de Estadilla, los de Graus, que luego fueron llevados, en su camino hacia Francia, a la provincia de Gerona, y muy probablemente los de Benabarre. Más caótico y temerario fue el final de la colonia de Las Vilas, donde, ante la llegada de los franquistas, algunos niños - al menos una veintena - quisieron unirse a quienes pasaban a Francia y, hambrientos y medio descalzos, lograron llegar andando hasta la localidad de Pont de Suert. Los de Benasque vagaron varios días por Anciles hasta la llegada de los llamados nacionales. Cuenta también el libro el éxodo final de algunos de los niños evacuados a Cataluña, desde donde pasaron a Francia, llegando en un par de casos hasta la vecina Bélgica. Algunos se reunieron con sus familias, en su mayor parte huidas a Francia a través de la Bolsa de Bielsa. Muchos de ellos vivieron de manera heroica y emotiva el reencuentro con sus familiares, algunos volvieron a España y otros vivieron el inicio de un duro y largo exilio en los campos de refugiados franceses.

Para terminar este artículo hay que decir que la lectura del libro es muy recomendable, porque saca a la luz, con rigor, documentación y amenidad, un episodio de la Guerra Civil, que muchos, incluso siendo ribagorzanos, desconocíamos por completo y que, gracias a la labor investigadora y tenaz de Enrique Satué, hemos incorporado al conocimiento de nuestra Historia más reciente.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: La Torre Romero o de Pentineta en la actualidad)