miércoles, 27 de agosto de 2008

LITERATURA ALTOARAGONESA ACTUAL

Creo que se puede, incluso se debe, llamar la atención sobre la existencia de una interesante literatura altoaragonesa en la actualidad. Una literatura cada vez más importante en cuanto al número de autores y a la calidad de las obras, hecha en lengua castellana por escritores nacidos o afincados en nuestra provincia. Algunos de los últimos libros que he leído pertenecen a ella. Son obras de distintos géneros literarios que me permito recomendar desde estas páginas. Sería lamentable que, como ha ocurrido con frecuencia, sus autores no tuvieran el reconocimiento y la acogida que merecen por parte de sus propios paisanos. Haré en este breve artículo una rápida relación de algunos libros destacables que han aparecido en los últimos meses en el mercado editorial.

Son varias las novelas altoaragonesas que he leído recientemente y quiero destacar aquí: “Naturaleza infiel”, de Cristina Grande (Lanaja, 1962); “Los amantes de silicona”, de Javier Tomeo (Quicena, 1932); “El perfume de la higuera”, de Damián Torrijos (Huesca, 1962), ganadora del II Premio de Novela Ínsula del Ebro; “Muerde el silencio”, de Ramón Acín (Piedrafia de Jaca, 1953); “España”, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962); “Mientras caen las hojas”, de Ramón Gil Novales (Huesca, 1928); y “Memoria de un montañés”, de José Satué Buisán, en edición de su hijo José María Satué Sanromán (Escartín, 1941). Me permito añadir a esta lista la novela “La frontera dormida”, de José Luis Galar (Zaragoza, 1968), libro escrito en el hermoso pueblo oscense de Triste y cuya intriga transcurre, entre otros muchos lugares, en el enclave pirenaico y fronterizo de Canfranc. Son ocho novelas, enumeradas aquí en orden aleatorio, que narran historias variadas escritas en estilos muy distintos. Todas ellas alcanzan un buen nivel de calidad y pueden satisfacer en su conjunto a lectores de gustos literarios dispares.

Entre los recientes libros de relatos, destacan sobre todo los de Carlos Castán  (Barcelona, 1960), escritor nacido en Barcelona y criado en Madrid, pero de familia oscense y afincado en la capital altoaragonesa donde trabaja como profesor de instituto. Su último libro, “Sólo de lo perdido”, sigue la magnífica línea iniciada con “Frío de vivir” y continuada con el extraordinario “Museo de la soledad”, reeditado recientemente. Otra espléndida colección de relatos es “Trescientos días de sol”, de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Muy recientemente ha sido editado el libro colectivo de relatos breves “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, en el que participan varios escritores altoaragoneses. Puede añadirse a esta relación “Pirineos, tristes montes”, de Severino Pallaruelo, excelente colección de cuentos hace poco tiempo reeditados.

También muy recomendable es “Leyendario. Criaturas de agua”, un relato escrito por Óscar Sipán (Huesca, 1974) y magníficamente ilustrado por Óscar Sanmartín (Zaragoza, 1972). La obra, de gran belleza y fantasía, recibió el premio al mejor libro editado en Aragón en 2007. En este año de la Expo del agua, la historia que se cuenta en el relato se inicia y se cierra con una frase significativa y certera: “El hombre está compuesto de agua y vanidad”.

En poesía hay que destacar el último libro del ya citado Manuel Vilas, titulado “Calor” y ganador del VI Premio de Poesía Fray Luis de León. Es un poemario breve pero intenso, que se abre con un estupendo poema sobre la boda de los Príncipes de Asturias y contiene una poesía moderna - a veces escrita en prosa- sobre aspectos cotidianos tratados con un enfoque crítico y en ocasiones irreverente y provocador, como ocurre también en su novela “España”.

También notable, aunque de más difícil clasificación literaria, es “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, de José Antonio Martín Otín , más conocido como “Petón”, periodista deportivo de familia altoaragonesa y muy vinculado a Huesca y a su equipo de fútbol. Se trata de una magnífica obra, entre el ensayo y la biografía, en la que, a través de las conversaciones que el autor mantuvo con el recientemente fallecido Pepín Bello, conocemos las opiniones y la trayectoria vital de este ilustre e irrepetible personaje oscense cuya vida abarca, y de qué manera, un siglo entero de la cultura española.

Tal vez me haya olvidado involuntariamente de alguno, pero los libros aquí citados, publicados todos ellos en el último año, son un claro ejemplo del vigor que muestra en la actualidad la literatura altoaragonesa. Utilizando un símil futbolístico, tan en boga, de la misma manera que el equipo del Huesca jugará la próxima temporada en la segunda división del fútbol español, podría decirse que hay hoy en nuestra provincia un variado grupo de excelentes escritores, algunas de cuyas obras pueden situarse sin duda en la primera división de la literatura actual.


Bibliografía citada:

- “Naturaleza infiel”, Cristina Grande, RBA Libros, Barcelona, 2008.
- “Los amantes de silicona”, Javier Tomeo, Anagrama, Barcelona, 2008.
- “El perfume de la higuera”, Damián Torrijos, Prames, Zaragoza, 2007.
- “Muerde el silencio”, Ramón Acín, Algaida, Sevilla, 2007.
- “España”, Manuel Vilas, DVD Ediciones, Barcelona, 2008.
- “Mientras caen las hojas”, Ramón Gil Novales, Prames, Zaragoza, 2008.
- “Memoria de un montañés”, José Satué Buisán, Edición de José Mª Satué Sanromán, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “La frontera dormida”, José Luis Galar, Destino, Barcelona, 2008.
- “Museo de la soledad”, Carlos Castán, Espasa, Barcelona, 2000, y Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Sólo de lo perdido”, Carlos Castán, Ediciones Destino, Barcelona, 2008.
- “Trescientos días de sol”, Ismael Grasa, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, Varios Autores, Tropo Editores, Zaragoza, 2008.
- “Pirineos, tristes montes”, Severino Pallaruelo, Xordica Editorial, Zaragoza, 2008.
- “Leyendario. Criaturas de agua”, Óscar Sipán y Óscar Sanmartín, Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Calor”, Manuel Vilas, Visor Libros, Madrid, 2008.
- “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, José Antonio Martín Otín, Editorial Pre-textos, Valencia, 2008.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 24 de agosto de 2008)


lunes, 18 de agosto de 2008

EL VALLE DE BENASQUE Y LA RIBAGORZA DURANTE LA GUERRA CONTRA LA CONVENCIÓN (1793-1795)

La Guerra contra la Convención fue un conflicto bélico, hoy casi olvidado, que enfrentó a España y Francia entre 1793 y 1795. El escenario geográfico de esta corta guerra fueron las regiones fronterizas entre ambos países y, por lo tanto, la cadena pirenaica en toda su extensión. Aunque por sus menores dificultades orográficas tuvo una mayor incidencia en las zonas extremas de la cordillera, la guerra también se dejó sentir, si bien con menor intensidad, en el Pirineo aragonés.

Eclipsada por la posterior Guerra de la Independencia, de mucha mayor trascendencia y envergadura, la Guerra contra la Convención, que en Cataluña se conoce como Guerra Gran, ha sido poco estudiada por los historiadores modernos. En Aragón, este episodio bélico fue analizado con gran detalle por José Antonio Ferrer Benimelli en una magnífica tesis doctoral que fue publicada en forma de libro con el título de “El Conde de Aranda y el frente aragonés en la Guerra contra la Convención” (Publicaciones Revista Universidad, Zaragoza, 1965). Ferrer Benimelli es también autor del capítulo “Aragón ante la Revolución francesa”, dentro del libro colectivo “España y la Revolución francesa” (Crítica, Barcelona, 1989), del historiador galo Jean-René Aymes, gran especialista en este periodo.

Desde el punto de vista militar, hay varios gruesos volúmenes del Estado Central del Ejército dedicados al conflicto, publicados entre 1949 y 1959 por el Servicio Histórico Militar con el título de “Campañas en los Pirineos a finales del siglo XVIII”. Más recientemente, en 1997, dentro de las “Actas del III Congreso Internacional de Historia Militar”, editadas por la Institución Fernando el Católico, se incluyen varias ponencias relacionadas con la participación aragonesa en la Guerra contra la Convención.

La causa primera del conflicto fue la Revolución francesa de 1789. El estallido social que supuso y especialmente su contenido anticlerical y antimonárquico pusieron en alerta a la Corona española, cuyo titular Carlos IV había establecido un pacto de familia con su primo, el derrocado y después guillotinado Luis XVI. La nobleza y el influyente y beligerante clero español iniciaron una fuerte campaña antirrevolucionaria y antifrancesa que tuvo una entusiasta respuesta popular en el primer año del conflicto, pero que se fue desinflando a medida que éste avanzaba y llegaban los reveses para el ejército español.

No toda la sociedad española estaba a favor de la guerra. Algunas minorías intelectuales e ilustradas -luego tildadas de afrancesadas- preferían evitar el conflicto con Francia. Uno de los más destacados partidarios de la neutralidad armada frente al expansionismo ideológico revolucionario francés fue el Conde de Aranda. El ilustrado aristócrata aragonés era el valido real al inicio del conflicto y su oposición al mismo le costaría el puesto y el exilio interior. Ferrer Benimelli, en su magnífico libro, desmonta las tesis de quienes creen que Aranda era simpatizante de la Revolución francesa y lo acusan de masón. Aranda simpatizó con las ideas ilustradas, pero se mostró claramente defensor de la Monarquía al ver los derroteros que habían tomado los acontecimientos en Francia. Sus argumentos contra la guerra, luego convertidos desgraciadamente en realidad, eran que España poco tenía que ganar en ella y sí mucho que perder, sobre todo frente a la rapiña inglesa en las colonias españolas en América. Aranda siempre consideró a Inglaterra, y no a Francia, como el verdadero enemigo de España.

Sea como fuere, la escalada entre ambos países tomó un cariz irreversible y Francia declaró la guerra a España el 7 de marzo de 1793. España devolvió la declaración bélica el día 23 del mismo mes. Siguiendo casi en todo a Ferrer Benimelli, pretendo resumir aquí la incidencia que el conflicto tuvo en la comarca oscense de La Ribagorza y, sobre todo, en el valle de Benasque, escenario de algunas escaramuzas armadas durante la guerra que nos ocupa.

Una de las primeras consecuencias de la Revolución fue la llegada a España de muchos exiliados franceses, nobles y clérigos en su mayoría. Huían de las persecuciones revolucionarias, pero pronto supusieron un problema para las autoridades españolas a quienes, al igual que al pueblo llano, impregnado de galofobia, no inspiraban demasiada confianza.

Ya desde el estallido revolucionario en el país vecino, el gobierno español, con Floridablanca como primer ministro, tomó medidas drásticas para evitar que las ideas revolucionarias penetraran en España. Fue el llamado cordón sanitario, que se estableció a lo largo de la frontera pirenaica desde 1790. Uno de los aspectos destacables de esta guerra fue el uso de espías y confidentes a ambos lados de la frontera. Así, en junio de 1792, llegó al gobernador español del Valle de Arán la noticia de la existencia de un complot francés para matar al rey de España. Según las informaciones, tres franceses, cuyo nombre y descripción física se conocían con detalle, pretendían atravesar la frontera haciéndose pasar por caldereros para intentar llegar a Madrid y consumar el magnicidio. El gobernador de Viella escribió al caballero benasqués José Ferraz para ponerlo sobre aviso. El alcalde de Benasque, Juan Ignacio Cornel, ordenó una intensa vigilancia de la frontera y se consiguió detener a uno de los sospechosos, un tal Bautista Labadens, que sabemos falleció en la cárcel unos años más tarde. Los franceses que viajaban con él, y contra quienes nada se pudo probar, seguían en prisión “por si acaso” en 1796, una vez que las hostilidades ya habían terminado.

A finales de 1792 se fue preparando la guerra con la movilización de unidades militares y la formación de milicias populares en cada provincia. En el partido de Benabarre, al que correspondía la comarca de Ribagorza, según un documento fechado el 24 de mayo de 1793, se habían apuntado 288 voluntarios. Las milicias populares fueron, sin duda, fundamentales en el frente de Aragón.

Al iniciarse la guerra se crearon tres ejércitos en el Pirineo. El más numeroso fue el del frente catalán, con unos 32.000 hombres al mando del general Ricardos, barbastrense de nacimiento. El frente occidental vasco-navarro, a las órdenes del general Caro, contaba con un total de unos 20.000 hombres, entre soldados y voluntarios. El frente aragonés estaba al mando de Don Pablo Sangro y Merode, príncipe de Castellfranco, y entre militares y paisanos se aproximaría a los 6.000 hombres. Su misión era defender los difíciles pasos centrales del Pirineo y ayudar, si la situación lo exigía, como así ocurrió, a los otros dos ejércitos pirenaicos.

A finales de marzo, nada más iniciarse las hostilidades, los franceses ocuparon por completo el Valle de Arán. La operación resultó fácil por encontrarse esta región en la vertiente norte de los Pirineos. La situación obligó tanto al ejército catalán como al aragonés a defender bien las posiciones montañosas y evitar que los galos continuaran hacia el sur, como al parecer llegó a ser su intención en algunos momentos. Pese a que hubo algunas disidencias entre Castellfranco y Ricardos, el ejército español, con gran participación de paisanos, logró contener los intentos franceses de superar los elevados puertos que separan las dos vertientes pirenaicas.

Cuando el conflicto se declaró, se puso en marcha un gran movimiento patriótico impulsado por la iglesia y la nobleza. Ambos estamentos participaron activamente en la movilización. Desde el primer momento la Iglesia trató de convertir el conflicto en una guerra de religión, en la que los españoles defendían el trono y el altar frente a los impíos franceses, republicanos y ateos. Hubo una activa participación de sacerdotes rurales en las actividades bélicas. En un documento que se conserva, los curas del valle de Puértolas, en Sobrarbe, solicitan armas al mando militar, que les contesta que éstas les serían enviadas desde Benasque. Los clérigos responden que prefieren ir ellos mismos a buscarlas a Barbastro, porque les resulta más fácil y podrán así disponer antes de ellas. El obispo de Barbastro ofreció al ejército los derechos y las rentas de las villas ribagorzanas de Graus y Chía. Cuando Castellfranco subió con su ejército desde Huesca hasta Graus, el obispo barbastrense lo alojó en su palacio episcopal y se sumó a la expedición. El teniente coronel de las Reales Guardias Walonas, en una carta escrita desde Graus a un colega suyo, hace esta irónica observación sobre el hecho de que Castellfranco contara con la compañía del prelado: “El segundo (el obispo) me parece más necesario que el primero (el príncipe), pues nos proporciona víveres y nos prodiga muchas bendiciones”.

Los tres lugares principales de Ribagorza con contingentes militares fueron, por este orden de importancia y número de efectivos, Benasque, Vilaller y Graus. Aunque Vilaller pertenece en la actualidad a Cataluña, en aquel tiempo se incluía en Aragón y durante el conflicto fue custodiado por el ejército aragonés de Castellfranco. Vilaller era, además, un punto estratégico para la defensa de las incursiones francesas desde el Valle de Arán. En el primer año de guerra, el sector oriental del Pirineo aragonés estaba al mando del comandante Mariano Ibáñez y contaba con 1476 hombres para la defensa de Benasque, Viella, Vilaller y todos sus núcleos agregados.

Fue en los meses de septiembre y octubre de 1793 cuando se registraron importantes combates en el valle de Benasque. Tras una acción española en el valle de Tena, los franceses que ocupaban el valle de Arán intentaron romper las defensas españolas y penetrar en nuestro país: primero por Vilaller, luego por Esterri d´Àneu y más tarde por Benasque. En este último caso, su plan consistía en descender hasta Graus y continuar después hacia Barbastro, Monzón y el valle del Ebro. Los intentos franceses resultaron infructuosos por la enconada resistencia ofrecida por los españoles.

El 4 de septiembre los galos atacaron los puertos de Rius y Viella y el Coll de Toro y el puerto de los Araneses en Benasque. Incendiaron varios barracones y se retiraron. El 3 de octubre el ataque se extendió también a los valles de Bielsa y Gistaín. La fuerte ofensiva de ese mismo día sobre Benasque y Plan obligó al príncipe de Castellfranco a desplazarse con urgencia desde Jaca para dirigir personalmente las operaciones de defensa. Los franceses, con una columna de un millar de efectivos, atacaron la zona del Hospital de Benasque desde los puertos de los Araneses y Gorgutes. Simultáneamente, los galos atacaron con dos mil soldados el puerto de Plan. Los combates duraron todo el día y los franceses, con muchas bajas, tuvieron que retirarse por la tarde. Sin embargo, los días 6 y 9 de ese mismo mes, aún con más efectivos y con cuatro cañones, volvieron a atacar el valle de Benasque. La situación fue muy delicada para el ejército aragonés que logró detener el ataque en las inmediaciones del Hospital, principalmente en el paraje denominado Esquerrero, entre los Baños y el propio Hospital de Benasque. Tras fuertes combates y una operación envolvente de las fuerzas españolas, los franceses tuvieron que retirarse definitivamente.

Esos días de 1793 serían sin duda de gran agitación y temor en el valle de Benasque. Se conservan dos documentos - uno del 22 de agosto y otro del 6 de septiembre - en los que se insta a todos los pueblos próximos a Benasque a poner a disposición del ejército todas las caballerías existentes. Entre éstas, que son denominadas bagajes, se distingue entre mayores y menores. Las mayores son los caballos y mulos; las menores, los burros. Además, se diferencia también entre las caballerías de los infanzones, las del estado llano y las del clero. Los pueblos incluidos en esta lista son: Cerler, Anciles, Eresué, Ramastué, Liri, Arasán, Urmella, Bisaurri, San Feliu, San Martín, Gabás, El Run, Castejón, Sos, Sesué, Villanova, Sahún, Eriste y Benasque. En total hay 335 bagajes mayores y 122 menores. También se demanda un total de 130 mozos, repartidos proporcionalmente entre los distintos pueblos, para conducir las caballerías mayores.

Tras este intento fallido, y con la llegada de los fríos y las nieves, los franceses abandonaron la idea de penetrar en España por el Pirineo central. Aunque hubo algunas escaramuzas en la zona de Canfranc y en el valle de Arán, el valle de Benasque ya no volvió a ser objeto de ataques hasta el final de la contienda. La guerra pasó a librarse en los frentes occidental y oriental del Pirineo y allí fueron desplazados casi todos los efectivos del ejército aragonés. En abril de 1795, cuatro meses antes del armisticio, en las guarniciones ribagorzanas sólo quedaban 511 hombres en Benasque, 443 en Vilaller y 70 en Graus.

Después de los éxitos iniciales del ejército español, la guerra cambió radicalmente de signo en 1794 y 1795. Los franceses llegaron a tomar las ciudades de San Sebastián, Bilbao y Vitoria en el frente occidental y el castillo de Figueras en el oriental. Finalmente, las negociaciones entre ambos países llevaron a la firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795. España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo y reconoció al nuevo régimen francés, a cambio los franceses se retiraron de los territorios que habían ocupado y la línea fronteriza pirenaica volvió a quedar tal como estaba antes del conflicto. Pocos años tardarían sin embargo España y Francia en enfrentarse de nuevo en otra guerra aún más larga, desgarradora y cruel que la que acabamos de relatar.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: Valle de Benasque, zona del Hospital)
(Artículo publicado en agosto del 2008, en el especial San Lorenzo del Diario del Alto Aragón)

DE MURO DE RODA A LIGÜERRE DE CINCA POR EL ENTREMÓN












Hace unos meses realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una magnífica excursión por la vecina comarca de Sobrarbe. Desde el conjunto monumental de Muro de Roda, siguiendo el GR-1 o Sendero Histórico por su itinerario original, llegamos hasta Ligüerre de Cinca, después de atravesar el impresionante congosto del Entremón.

En Tierrantona, capital del extenso municipio de La Fueva, el autobús que nos había transportado desde Graus tomó una pista de tierra y nos dejó a dos kilómetros escasos de la espléndida y altiva fortaleza de Muro. Iniciamos allí nuestra caminata continuando lo que quedaba de pista. En pocos minutos llegamos a las puertas del amplio recinto amurallado, que nos dispusimos a visitar con detenimiento.

Muro de Roda es un lugar magnífico, digno de mayor fama de la que disfruta en la actualidad. A poco más de mil metros de altitud, su emplazamiento fue elegido por su privilegiada situación defensiva, que permitía ejercer un completo dominio sobre los territorios circundantes. Desde lo alto de la montaña en que se ubica se divisa una amplia panorámica de impresionante belleza. Muro de Roda es un extenso recinto rodeado por una larga muralla de perímetro ovalado, cuyos extremos se orientan al sur y al norte, con una longitud y anchura máximas de unos ciento cincuenta y casi cincuenta metros respectivamente. La muralla este es algo más elevada que la oeste, casi innecesaria por elevarse sobre un espolón que sirve de defensa natural prácticamente inaccesible. En el extremo norte del recinto se encuentra la iglesia de Santa María o de la Asunción, con tres magníficos ábsides románicos que ejercen como cubos exteriores de la muralla y cierran una cripta bajo el altar mayor del templo. Tiene éste una torre con forma de prisma cuadrangular, almenada y con claras funciones de vigilancia. Junto a la iglesia se hallan el cementerio, la antigua casa-abadía y algunas otras dependencias arruinadas. En el extremo sur del recinto encontramos la iglesia de Santa Bárbara, del siglo XVII, adosada a un cubo de la muralla y en la actualidad recubierta con yeso y cal. En el extremo norte, a extramuros del recinto, se levanta la ermita de San Bartolomé, que pertenece a un románico muy primitivo y constituye la parte más antigua de todo el conjunto medieval. Junto a ella, se hallan otras dependencias construidas posteriormente y hoy en ruinas, entre las que destaca un reducido claustro de forma cuadrangular distribuido en torno a un pozo central.

Las murallas -de las que se habían desprendido algunos lienzos con el paso del tiempo-, el exterior de la iglesia de Santa María y la ermita de San Bartolomé han sido objeto de una reciente restauración que ha mejorado considerablemente el aspecto exterior del conjunto. Quedan pendientes de actuaciones posteriores el interior de la iglesia y otras dependencias anexas que podrían ser utilizadas con fines turísticos en el futuro. Sería deseable que la fortaleza sobrarbense tuviera el protagonismo que merece, pues es sin duda uno de los lugares históricos más destacados de nuestra provincia.

Muro de Roda fue construido por el rey navarro Sancho el Mayor en el siglo XI, en un momento de fortificación de sus extensos dominios. Por su elevación e importancia el recinto se denominó en un principio Muro Mayor (“muro maiore”). Posteriormente, en el siglo XIII, cuando el rey Ramiro II el Monje donó el lugar al obispado de Roda de Isábena, cambió su antigua denominación por la actual. El conjunto defensivo fue levantado fundamentalmente en dos etapas constructivas: una primera en los siglos XI y XII y otra posterior en los siglos XVI y XVII. La fortaleza comunica visualmente con otros castillos próximos como los de Troncedo y Samitier, situado este último en un impresionante escarpe sobre el desfiladero del Entremón.

Muro de Roda es un ejemplo muy ilustrativo de lo que era una fortaleza defensiva medieval. En caso de guerra servía como refugio a los habitantes de los lugares del contorno, sobre los que desempeñaba funciones de capitalidad y centro. Mantuvo en cierta manera esa condición hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, en que aún ejercía como cabeza de un municipio al que daba nombre. Un total de quince pequeños lugares desparramados por sus laderas tenían allí su ayuntamiento, su iglesia, su escuela y su cementerio. Hasta este último eran subidos desde las diversas aldeas, a hombros y por empinados y serpenteantes caminos, los féretros de los vecinos fallecidos, en un último y verdadero ejercicio de penitencia y esfuerzo físico al que los muertos sometían a los vivos.

Al final del muro oriental de la fortaleza, y en dirección al sur, arranca el antiguo sendero por el que discurría hasta hace poco el GR-1, antes de ser desviado por la ladera desde la pista que sube de Tierrantona. Nosotros seguimos el viejo trazado, sin duda más atractivo y recomendable que el itinerario actual. El camino desciende por un frondoso y húmedo bosque, que en algunos momentos se muestra casi alfombrado de verde musgo. Desemboca en una pista que es necesario cruzar para seguir después por un sendero, bastante oculto e invadido por las ramas de algunos arbustos, que se dirige hacia el pueblo abandonado de Ministirio. Pasamos por algunas de sus antiguas eras antes de alcanzar una nueva pista. Las ruinas de Ministirio quedan a nuestra derecha, pero nosotros continuamos hacia la izquierda e iniciamos enseguida una fuerte bajada que desemboca en la pequeña población de Humo de Muro.

Humo de Muro es un topónimo erróneamente castellanizado. En realidad su nombre correcto y original es el descriptivo Lumo de Muro, es decir, el lomo o la loma de Muro, derivado del término latino “lumbus”. El pueblo, que pertenece al municipio de La Fueva, tiene pocas casas, pero todas ellas bien arregladas en la actualidad. Destaca la casa Clavería, hoy convertida en un conocido establecimiento de turismo rural. Desde Humo descendemos hacía el río, contemplando a la izquierda de nuestro camino un espléndido ejemplar de roble o "caixigo".

El río Usía, que atraviesa por su centro el fértil valle de La Fueva, se deja cruzar fácilmente saltando entre sus piedras. En la otra orilla se encuentra el viejo molino de Palo, pueblo al que no tardaremos en llegar.

Palo es una pequeña localidad con municipio propio, situada en la ladera de un tozal de formas redondeadas al que da nombre. La población tiene algunas construcciones interesantes y en sus proximidades -no hemos pasado muy lejos de él- se encuentra el santuario de Bruis, objeto de una de las romerías más concurridas de las celebradas en el Alto Aragón.

Continuamos el camino, siguiendo las marcas rojiblancas del GR-1, en dirección a la presa de Mediano, embalse que muy pronto vamos a divisar. El camino rodea el rechoncho tozal de Palo, que queda a nuestra izquierda; a la derecha, el río Usía se encajona profundo entre las rocas buscando su desembocadura en el Cinca. De las aguas del embalse emerge frente a nosotros el tozal de Monclús, en cuya cima se hallaba en otro tiempo un importante castillo del que hoy apenas quedan restos. Al parecer fue en su origen fortaleza musulmana, tal vez la que las crónicas medievales denominan al-Muns. Del antiguo pueblo de ese nombre, de su importante puente medieval y de su judería arrasada por los fanáticos “pastorcillos” llegados de Francia en el siglo XIV, escribí hace ya unos años en estas mismas páginas.

Enseguida llegamos a la presa del embalse de Mediano. El actual pantano fue construido en 1974 con la intención de regular el que unos años antes se había levantado en El Grado, aguas abajo del Cinca. El viejo pueblo de Mediano quedó sumergido por el gran embalse. Cuando el nivel del agua desciende aún asoma a la superficie, queriendo recordar su existencia, la vieja torre de su iglesia. Con el pueblo quedaron sepultados muchos retazos de historia de una zona de gran importancia estratégica desde la antigüedad. Cubierto por las aguas, cerca de la actual presa, quedó el legendario puente del Diablo, que algunos remontan a la época romana y que unía en este punto las dos orillas del Cinca. Es probable que este puente hubiera sido construido, sin embargo, en los siglos XVI o XVII y fuera el de Monclús, situado algo más al norte, el que correspondiera a épocas más antiguas.

Desde la presa de Mediano continúa el GR-1 por la margen izquierda del Cinca, hasta adentrarse en las angosturas del desfiladero del Entremón. El camino es bonito y, salvo un pequeño paso con algo más de dificultad, bastante cómodo y llevadero para el caminante. Sobre las verticales paredes de la orilla derecha asoma el impresionante castillo de Samitier. Se trata de un conjunto religioso-militar construido en el siglo XI, bajo el reinado de Ramiro I. En un emplazamiento inverosímil, se conservan los restos de la torre del castillo y, no hace mucho tiempo restaurada, la iglesia románica de San Emeterio -de donde deriva Samitier- y San Celedonio, de planta basilical y tres ábsides. Ramiro I encargó la custodia del recinto defensivo a una comunidad de monjes soldados en aquellos lejanos tiempos medievales, de los que el lugar trae abundantes y sugestivas evocaciones.

Nosotros, bajo la permanente vigilancia de Samitier desde las alturas, salimos del Entremón y llegamos al puente de Ligüerre, donde nos esperaba el autobús y terminaba nuestra caminata. Sólo restaba un obligado alto en el Mesón de Ligüerre para reponer nuestras menguadas energías tras el esfuerzo realizado.

Ligüerre, o Lligüerri en aragonés, pertenece hoy al pequeño municipio de Abizanda. Quedó despoblado tras la construcción del pantano de El Grado y posteriormente fue cedido al sindicato UGT, que lo rehabilitó con buen gusto y ha convertido en un agradable y acogedor lugar de vacaciones y descanso. Tuvo el pueblo su importancia histórica. Madoz cita a mediados del siglo XIX la existencia en sus proximidades de una barca que permitía, previo pago obligado al barquero, el paso de una a otra orilla del río Cinca. Su mesón fue también durante siglos lugar de parada y fonda para muchos viajeros que transitaban entre el somontano y la montaña.

Desde Muro de Roda hasta Ligüerre de Cinca, hemos andado por antiguos caminos que en otros tiempos vieron el incesante trasiego de gentes diversas y afanosas, forjadoras de la rica identidad de estas tierras del Sobrarbe.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragon el 3 de agosto de 2008)

(Fotos: Muro de Roda -doce primeras fotos, la decimosegunda corresponde al interior de la ermita de San Bartolomé-, Ministirio con el tozal de Palo al fondo, iglesia de Mediano con el pantano bajo, Entremón, conjunto de Samitier desde el Entremón, Ligüerre de Cinca desde el Entremón y Ligüerre de Cinca.)