domingo, 28 de diciembre de 2008

PERSONAJES QUE SENDER CONOCIÓ

Ramón J. Sender escribió mucho a lo largo de su vida. Sobre todo, novelas y artículos periodísticos. Pero también cultivó otros géneros literarios. Entre ellos el ensayo. El año de su muerte, 1982, se publicó en España Álbum de radiografías secretas, en Destino, su editorial de siempre. El libro fue un encargo de su editor José Vergés, quien creía interesante que Sender escribiera sobre algunas de las personas que había conocido en los diferentes lugares en que vivió. Por diversos motivos, la obra no tuvo entonces una buena acogida. Ahora Tropo Editores la rescata en una magnífica edición, con breve y espléndido prólogo del especialista senderiano José Domingo Dueñas Lorente.

Por las 500 páginas del libro desfilan multitud de personajes. Unos famosos y otros no tanto. La escritora francesa Simone Weil es quien recibe mayores alabanzas. Sender la conoció en Barcelona durante la Guerra Civil. “Tenía aquella mujer un don sobrenatural de renuncia a todas las tentaciones del bienestar, de la vanidad y del amor y una aptitud excepcional para ver la entraña de las cosas, de los seres y de los acontecimientos”. También muy favorable es la opinión sobre Picasso, que ocupa el último capítulo del libro. Todo lo contrario ocurre con Hemingway, de quien Sender ya había escrito en Nocturno de los 14, libro sobre suicidas que va a cumplir cuarenta años y que quizás merecería una reedición: “Yo no hice buenas migas con Hemingway tal vez porque no tomaba, como él, la literatura por el lado deportivo, ni crematístico”. Hay opiniones literarias que quizás sorprendan a lectores de hoy: “Al fin, el tiempo sitúa a cada uno en su lugar y el de Neruda es y será el de un poeta menor, discípulo politizado del gran Rubén”. Por el contrario se destaca a “los verdaderos poetas líricos, y los místicos de cualquier iglesia, aunque a veces, creo que los verdaderos no tienen Iglesia alguna y han sido mirados con recelo y escama siempre por todas ellas”.

Aparecen algunos otros grandes nombres de la literatura universal. Como Albert Camus, “un mestizo iluminado” al que se dedica un capítulo. O Louis-Ferdinand Céline. El relato de la visita que Sender en compañía de un amigo hizo al escritor francés y sus opiniones sobre el autor de Viaje al fin de la noche son para mí una de las mejores “radiografías” del libro que nos ocupa.
Entre los políticos, las mejores opiniones se las llevan algunos anarquistas, sobre todo el sindicalista Cipriano Mera. Conocemos también a unos cuantos exiliados rusos en Estados Unidos. Y a algunas ricas damas norteamericanas, amigas de nuestro autor, que compiten entre sí en gastar en acontecimientos culturales una parte de sus fortunas.

Sender desgrana en el libro interesantes opiniones sobre temas literarios, políticos, sociales, sexuales e incluso astronómicos. Siempre con su prosa espléndida, fácil y fluida. En fin, Álbum de radiografías secretas se lee con amenidad y agrado y nos ayuda a conocer mejor al más importante de los escritores altoaragoneses.

Álbum de radiografías secretas, Ramón J. Sender, Tropo editores, 2008

Carlos Bravo Suárez

jueves, 25 de diciembre de 2008

MONCLÚS: CASTILLO, PUENTE Y JUDERÍA

Monclús no existe en la actualidad. Hace mucho tiempo, y por motivos no del todo conocidos, el pueblo desapareció. Sin embargo, en la Edad Media, el lugar tuvo una considerable importancia. Estaba situado en el valle sobrarbense de La Fueva, a unos diez kilómetros de Aínsa, junto al río Cinca, al pie de una colina sobre la que todavía queda algún pequeño resto de su viejo castillo. No sabemos cuándo fue abandonado, pero en 1610 el geógrafo Juan Bautista Labaña no menciona ni la población ni su castillo. Si algún resto quedara de su existencia, se hallaría hoy sumergido bajo las aguas del pantano de Mediano.

Según explica Jaume Riera en su reciente libro sobre la entrada de los "pastorellos" en Aragón en 1320 (1), al que dedicamos un artículo en este diario hace unas semanas, Monclús debería su importancia, además de a su estratégico castillo sobre un cerro desde el que se dominaba el valle, al hecho de ser lugar por donde, a través de un puente de madera o de una barca, se atravesaba el río Cinca.

El castillo de Monclús -"monte cluso", esto es, "monte cerrado"- aparece documentado desde muy pronto. Quizás fuera ya un enclave árabe (al-Muns) en la parte más septentrional de la Barbitania. Según Antonio Ubieto (2), figuraba entre las fortalezas cristianas del rey Sancho el Mayor y tuvo tenentes entre 1036 y 1206. A finales del siglo XIV, seguía siendo uno de los más fuertes castillos de la zona. Tomando como núcleo pueblo y castillo, se creó la baronía de Monclús, que incluía varios lugares próximos, alguno de los cuales, como Murillo de Monclús, aún muestra en su topónimo esa antigua dependencia. Cuando en 1460 Juan II vendió el castillo y el lugar a Rodrigo de Rebolledo, de la familia Palafox, los vasallos se rebelaron y tomaron con violencia la fortaleza. Ésta fue reconquistada, pero siguió el descontento y en 1519 el castillo fue destruido por los aldeanos. Parece que en 1583 Guillén de Palafox aceptó a cambio de dinero la restitución de la baronía a la corona. Esta revuelta antiseñorial es, con las de Ariza, Ayerbe y Ribagorza, una de las principales alteraciones que se producen en Aragón en el siglo XVI. Es probable que el linaje de los Monclús, familia infanzona documentada en Capella desde ese siglo, proceda de este lugar. Adolfo Castán, en su magnífico libro "Torres y castillos del Alto Aragón"(3), realiza una minuciosa y precisa descripción de los escasos restos que todavía quedan de la antigua fortaleza.

No sabemos si en estas feroces luchas el pueblo vería afectada también su integridad, pero, como indica Riera, en un momento indeterminado de los siglos XV o XVI, Monclús deja de ser un lugar de paso obligado y pierde su importancia. Desconocemos la causa; tal vez una riada modificó el curso del río, o quizás resultara decisiva la construcción, algo más abajo, de otros puentes sobre el Cinca. Uno de piedra empezó a levantarse en El Grado en 1405, y Labaña nombra el de Mediano en 1610. Monclús perdió su condición estratégica y eso precipitó su decadencia.

Riera aporta documentos que permiten situar el pueblo con cierta precisión en el valle de La Fueva. En 1314 se produce una disputa entre las gentes de Monclús y las de los vecinos Palo, Samitier, Coscujuela y Muro. En 1391, Juan I, para satisfacer sus deudas, concede a Pere d'Esplugues la jurisdicción sobre Palo, Trillo y Murillo, y dice que los rodeaban Ligüerre, Clamosa, Pano, Troncedo, Salinas, Formigales, Arcusa, Muro y Monclús. En 1460, Juan II vende a Rodrigo de Rebolledo los lugares y castillos de Olsón, Arcusa, Castellazo, Mediano, Plampalacios, Monclús, Palo, Trillo, Murillo y Arasanz. De Monclús se dice que confrontaba con Palo y Muro. Parece que los lugares citados constituyeron la baronía. En 1610, Labaña sitúa Mediano como cabecera de la misma y no nombra ya a Monclús.

En Monclús existía una comunidad judía que fue atacada por los llamados "pastores" que procedentes de Francia cruzaron la frontera en 1320. Al parecer, los judíos se habían ido estableciendo en el lugar desde mediados del siglo XIII. Las principales poblaciones del reino contaban con aljamas judías: eran las más importantes las de Zaragoza, Calatayud y Huesca; también numerosas fueron las de Alagón, Daroca, Teruel y Barbastro; y, un poco menos, las de Jaca, Tarazona, Uncastillo, Ejea, Monzón o Fraga. Tras éstas, en algún momento casi equiparable a ellas, estaba la de Monclús, por encima de las más reducidas de Borja, Sos, Ruesta, Biel, Tauste, Luna o de las oscenses de Pomar, Albalate y Estadilla, aún menores y adscritas a la de Monzón. La de Monclús estaba muy relacionada con esta última y con la de Barbastro, y con ambas compartía intereses.

No tenemos datos del censo de judíos de estos lugares y medimos su importancia por los tributos que pagaban. De Monclús sólo conocemos que en un documento real se dice que los judíos muertos por los "pastores" en 1320 fueron 337. Riera rechaza esa cifra: según dice, no había ningún lugar en Aragón donde los judíos superaran 12% de la población total. Si la cifra de muertos fuera cierta, el conjunto de habitantes de Monclús sería desmesurado para su importancia y situación. Estima, incluso haciendo del lugar una excepción, que en el momento de la matanza no habría allí más de 120 judíos y que los habitantes del pueblo no superarían los 400. Si bien en el documento referido se citan los nombres de los 337 asesinados, el historiador catalán cree que es falso y que el número de muertos se incrementó para que la corona - que había impuesto a los encausados el pago de 500 sueldos por judío asesinado - pudiera recaudar más dinero.

Sin embargo, otros historiadores -aunque ninguno de los que he leído presenta tantos argumentos como Riera- dan por buena la cifra de muertos y consideran que en Monclús podía haber más judíos que cristianos (4). Aducen que aquéllos pagaban más impuestos que éstos, si bien ello podría deberse a sus mayores rentas. Hay otro hecho que puede considerarse importante: Monclús era una judería bastante próxima a la frontera francesa. En el país vecino, los judíos sufrían persecuciones y matanzas, y algunos pasaban a España porque en el reino de Aragón se sentían protegidos. Durán Gudiol (5) escribe que en 1293 un grupo de judíos franceses fue detenido en Bielsa y que, unos años más tarde, cuatro familias judías expulsadas de Francia se refugiaron en Monclús. Aunque en principio no se autorizase a los desterrados a instalarse en el reino, vemos que en ocasiones se toleraba. Incluso durante el año 1306 el rey Jaime II permitió que los judíos expulsados de Francia por Felipe IV fueran acogidos en aljamas de Aragón y Cataluña. La casa real aragonesa mantenía buenas relaciones con la comunidad judía, de la que, además de percibir elevados impuestos, recibía préstamos y los servicios de sus prestigiosos médicos. En esos años, los "pastores" realizaron tremendas matanzas en el mediodía francés -las mayores, en Toulouse y sus alrededores- y parece lógico pensar que muchos hebreos escaparan pasando a España. La proximidad de la frontera de la judería de Monclús y su alejamiento de los lugares más poblados pudo hacer de ella un refugio que pareciera seguro. Lo que no podían sospechar los huidos era que las huestes de fanáticos llegarían hasta allí y que, antes de que las autoridades aragonesas pudieran reaccionar, acabarían con casi todos ellos.

Los judíos de Monclús se dedicaban exclusivamente al préstamo de dinero. Riera señala que realizaban dos tipos de cesiones económicas: aquéllas en las que el solicitante empeñaba a cambio algo de mayor valor que la cantidad prestada, y las que se hacían con acta notarial sobre las cantidades y los plazos de devolución. Los intentos de la corona por cobrar para las arcas reales los préstamos concedidos por los judíos degollados en Monclús permiten destapar la extensa red de deudores existente en toda la comarca. Tan intrincada y compleja que el poder real tuvo que desistir de su empeño. Se descubre que a la aljama de Monclús, asociada en su actividad económica con la de Barbastro, se le debía dinero desde muchos lugares del contorno. Riera cita, además del propio Monclús, localidades como Aínsa, Mipanas, Salinas, Paúl, Crostán (Grustán), Olsón, Nocito, Bara, Formigales, Banesco (¿Banastón?), Buil, Naval y más. Como dice el historiador catalán, "el capital que los judíos de Monclús movían y dirigían no era cosa de broma".

Es evidente que los "pastores" que los asesinaron no les debían dinero y que actuaron por fanatismo religioso, y porque uno de sus principios era eliminar a los infieles y apoderarse de sus bienes. Pero a su ataque se sumaron de muy buen grado muchas gentes de los alrededores, sobre todo -como se observa por el número de encausados- de la vecina villa de Aínsa, donde habían pernoctado los "pastores" que llegaron a Monclús. Los judíos intentaron refugiarse en el castillo, pero tampoco allí encontraron protección. El alcalde de la fortaleza estaba ausente y los dos subordinados que debían custodiarla no movieron un dedo en su favor. Los tres fueron acusados por los hechos y los tres escaparon a Francia. Volvieron años más tarde y consiguieron evitar su condena. Riera da la lista de los lugares de procedencia de los encausados del país que acompañaron a los "pastores" en sus desmanes: veintiséis de Aínsa (al parecer, todos huyeron a Francia), diez de Puértolas, siete del propio Monclús, seis de Boltaña (uno, notario), cuatro de Olsón (uno, el alcalde), tres de Silves, Sieste y Espierlo (¿Espierba?), dos de Naval (uno, notario) y de Estaso (tal vez Ascaso), y uno de Troncedo (el alcalde), de Buil, de Arcusa y de Aineto. En la lista faltan eclesiásticos y militares, más que probables participantes en los hechos, que por pertenecer a jurisdicciones especiales no aparecen en los documentos estudiados. Todos consiguieron, de una manera u otra, evitar su condena física. Lo que a la corona le interesaba era cobrar fuertes multas o confiscar los bienes de los que huían o no podían pagar.

Judíos de Barbastro, Monzón y Lérida acudieron a Monclús a enterrar a los muertos y a tomar represalias. Al parecer destruyeron un puente, cortaron árboles e hicieron varios destrozos más. En Monclús quedaron algunos que habían escapado a la matanza y siguieron residiendo en el lugar. Los niños bautizados por la fuerza fueron considerados como cristianos por orden real. Tal vez se mantuviera allí una pequeña comunidad judía hasta su expulsión definitiva de 1492. Un tiempo después, también el pueblo que había vivido aquella terrible matanza desapareció del mapa para siempre.

NOTAS
(1) "Fam i fe (L'entrada dels pastorells)". Jaume Riera, Pagès editors, Lleida, 2004.
(2) "Historia de Aragón" . A. Ubieto Arteta, Anúbar Ediciones, Zaragoza,1981.
(3) "Torres y castillos del Alto Aragón". Adolfo Castán, Alto Aragón, Huesca, 2004
(4) Así, en "Historia del Alto Aragón". D. Buesa Conde, Editorial Pirineo, Huesca, 2000.
(5) "La judería de Huesca". A. Durán Gudiol, Guara Editorial, Huesca, 1984. Existe una pequeña monografía, en catalán, dedicada a la judería de Monclús: "Montclús: una aljama jueva a la capçelera del Cinca", J. Boix Pociello, en "Homenatge a J. Lladonosa", Barcelona, 1985.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 20 de marzo de 2005)
(Foto: El tozal de Monclús reflejado en el pantano de Mediano. Vista tomada desde el castillo de Samitier)

http://carlosbravosuarez.blogspot.com.es/2008/12/la-entrada-de-los-pastores-franceses-en.html

http://caminosdebarbastro.blogspot.com.es/2013/03/castillo-y-juderia-de-monclus.html

LA ENTRADA DE LOS "PASTORES" FRANCESES EN EL REINO DE ARAGÓN EN JULIO DE 1320

En la segunda mitad del siglo XIII y la primera del XIV, dentro de un clima de exaltación religiosa y en una situación de hambre y crisis económica, se produjo en Francia la llamada "cruzada de los pastores". Sus integrantes se denominaban a sí mismos con el diminutivo "pastorells", convertido en "pasteraux" en francés moderno. Toman el nombre por identificación con aquellos que, según el Evangelio, fueron elegidos para adorar a Cristo en su cuna de Belén; pero ni eran pastores de profesión ni eran todos jóvenes. Se trataba en su mayoría de gentes humildes, aunque los hubiera pertenecientes a la baja nobleza e incluso algunos clérigos. En España se conocen como "pastores" o "pastorcillos" y en los documentos de la época se les denomina "pastorellos". Se trata de un movimiento que, tras el fracaso de la séptima cruzada, congregó a miles de personas en el país vecino. Su primera aparición se produjo en 1251 tras el encarcelamiento en Tierra Santa del rey Luis IX. Una masa de gentes sencillas, imbuidas de un religiosidad primaria y convencidas de que están predestinadas para liberar al rey, exige al Papa ser protagonista de una nueva cruzada. El movimiento, visto al principio con simpatía por buena parte de la población, deriva hacia formas extremas de renovación religiosa y social que no son aceptadas por el poder. La cruzada es reprimida brutalmente y muchos de sus integrantes son colgados en los caminos.

Unos años después, en 1320, con la llegada del buen tiempo, entre los meses de mayo y septiembre, se produce un rebrote del movimiento. Para los "pastores" era el momento de instaurar el reino de Dios en la tierra y ello debía hacerse sobre tres pilares básicos: la eliminación de los infieles, la redistribución de la riqueza y la conquista de Tierra Santa. Las principales víctimas de su primer objetivo fueron los judíos, sobre los que se realizaron matanzas en diversas poblaciones; el segundo consistía en expoliar a los ricos y eliminar a los clérigos que se habían aposentado en exceso; el tercero, en exigir al Papa y a las autoridades políticas que organizaran su viaje a los lugares santos en manos de los infieles. Tras unos momentos de vacilación, el movimiento fue de nuevo reprimido y aplastado. Sin embargo, durante el mes julio, un grupo de "pastores" franceses efectuó una inesperada entrada en España.

Cuando muchos de ellos vagaban por el sur de Francia en busca de su objetivo, les llegó la noticia de que el rey de Aragón, Jaime II, estaba organizando una expedición -capitaneada por su hijo y heredero al trono, el infante Alfonso- para hacer frente a los moros del reino de Granada que, al parecer, pretendían adentrarse en tierras de Valencia. Los "pastores" encuentran un motivo para ver cumplidos sus deseos de luchar contra el infiel y, en número de unos cinco mil, atraviesan los Pirineos y penetran en el reino de Aragón para participar en la cruzada contra los sarracenos.

A esta incursión de los "pastores" franceses en España, hasta ahora muy poco estudiada, ha dedicado recientemente un libro -"Fam i fe" ("Hambre y fe") (1)- el historiador catalán Jaume Riera i Sans. Se trata de la primera monografía que estudia este episodio en nuestro país y, aunque ha sido publicada en lengua catalana, narra unos sucesos que se produjeron en su integridad en tierras aragonesas. Jaume Riera es licenciado en filología semítica y desde hace más de veinte años trabaja en el Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona. Ha estudiado a fondo los documentos de la época que hacen referencia a la entrada de estos "cruzados" en el reino de Aragón -reproducidos en un apéndice al final del libro- y, a partir del contenido de los mismos, reconstruye su periplo por estas tierras.

Los "pastorellos" conocerían la noticia de la organización de la campaña contra los moros de Granada a finales de junio de 1320. Su entrada en Aragón se produjo por los puertos de la cabecera del río Cinca, por los valles de Bielsa y Broto. Debió de tener lugar entre los días 29 de junio y 1 de julio. El día 2 se concentraron en Aínsa, donde pernoctaron. Su irrupción, no anunciada, cogió por sorpresa a la corte real aragonesa. Jaime II se encontraba en Calatayud. Desde allí siguió la crisis y delegó en el infante Alfonso su resolución directa.

Los "pastores" fueron bien acogidos en Aínsa, según se deduce de los procesos judiciales posteriores contra algunos de sus habitantes. En la villa no había judíos ni moros y los "cruzados" no permanecieron en ella. Quizás algunos regresaron a Francia al conocer la casi segura desconvocatoria de la expedición contra los musulmanes de Granada. Sin embargo, la mañana del día 3, un numeroso grupo se dirigió hacia Monclús, localidad situada a 10 Km descendiendo por el Cinca. En esta población -importante paso fluvial en la época y siglos después abandonada y desaparecida- había una aljama judía, cuyos habitantes se dedicaban sobre todo al préstamo de dinero (2). Los "pastorellos" sitiaron el pueblo y el castillo donde se habían refugiado los judíos y, ante la pasividad o impotencia de las autoridades locales y con la participación de gentes de los alrededores, degollaron a todos los adultos que no quisieron bautizarse, saquearon sus casas y robaron sus pertenencias. Según un documento real, en Monclús fueron asesinados 337 judíos. A Riera le parece una cifra inflada por motivos económicos, y cree que son demasiados si tenemos en cuenta que los judíos solían ser un pequeño porcentaje de las poblaciones en que vivían. Pero algunos historiadores piensan que en Monclús podían ser mayoría y, además, es muy probable que allí se refugiaran algunos que habían sido expulsados o que escapaban de los pogromos del país vecino. No todos los judíos de Monclús fueron degollados: unos pocos aceptaron bautizarse y lo fueron por la fuerza los niños, a los que después, por orden real, se permitió vivir entre cristianos.

Tras la sangrienta matanza, camino de Barbastro, grupos de "pastores" pasaron por Naval donde residía una pequeña y empobrecida comunidad morisca. Al parecer, los sarracenos se refugiaron en el viejo castillo; no se les persiguió y no se produjeron muertos. La morería del lugar fue saqueada por los franceses y por las gentes del país que los acompañaban. Todas las autoridades del pueblo fueron luego encausadas en los hechos, aunque al final todo quedó -como en la mayoría de los casos- en el pago de una cantidad de dinero para evitar la condena.

Cuando el día 4 de julio los "pastores" -entre dos y tres mil según las declaraciones de los testigos- llegaron a Barbastro, las autoridades ya estaban advertidas y tomaron medidas para proteger a la población judía e impedir su entrada en la ciudad. Permanecieron en las afueras, en las proximidades del convento de los franciscanos. Se toleró que la población les llevara alimentos y muchos aprovecharon para comprarles a bajo precio los bienes saqueados en Monclús. También parece que se produjo el soborno por parte de algunos judíos a varias autoridades locales para que les otorgaran protección. Aquí, los "pastores" se enteraron de que la campaña contra los moros de Granada había quedado definitivamente cancelada. Ahora, la estrategia del poder real era procurar que abandonaran el país, para lo que se les puso como límite el final de ese mismo mes. Puede decirse que en Barbastro quedó desactivado el grave peligro que suponía la entrada en el reino de estos grupos de exaltados religiosos, aunque el problema no desaparecería hasta que cruzaran de nuevo la frontera.

Parece ser que, desde Barbastro, el mayor grupo se dirigió, bajo cierto control, a Huesca y luego a Jaca, ya de regreso a Francia. No hay noticias exactas de lo ocurrido en la capital, pero tampoco hubo desmanes y los "pastores" no entraron en la ciudad. En Jaca, sin embargo, se produjo un hecho destacable y significativo: un grupo de estos "cruzados", prisioneros en la ciudad, fue liberado por la población. Las autoridades fueron inculpadas por no evitarlo. Durán Gudiol apunta la posibilidad -sólo muy de pasada- de que la judería de Jaca fuera atacada por los "pastores". Riera no menciona esa hipótesis, pero cita la existencia de un documento en el que se procede contra algunos vecinos de Ruesta - ya en el límite de Aragón con Navarra - por haber participado junto a los exaltados franceses en un ataque contra los judíos locales. No hubo muertes porque éstos habían huido, y todo quedó en el saqueo de sus casas. Con esta noticia del suceso de Ruesta se cierra el capítulo de las estaciones de los "pastores" por territorio aragonés (3). Suponemos que antes del final del mes, y atendiendo al ultimátum real, habían regresado a Francia.

Es justamente el 30 de julio cuando se dictan las primeras sentencias de muerte contra algunos de ellos, hechos prisioneros en los sucesos que se han relatado. El infante Alfonso mandó colgar a cuarenta en Barbastro, ordenando que varios fueran llevados a Huesca y Jaca para que ser expuestos y servir de escarmiento. En un documento aparecen los nombres de 32 "pastores" declarados inocentes y casi todos tienen apellidos gascones. También fue condenado a muerte un hombre del país: Pedro Sánchez Lazcano, que les había servido de guía en los primeros días de sus andanzas por tierras altoaragonesas. El rey ordenó que fuera colgado, pero, a petición del infante y por su condición de hijo de militar, aceptó su decapitación.

Los inculpados aragoneses por los sucesos ocurridos superan en poco el centenar, citados en el libro por sus nombres. En todo el proceso se observa la voracidad recaudatoria del poder real, la existencia de recomendaciones y de personajes "intocables", así como el intento de unos y de otros de aprovecharse de la situación creada. Los pastores se nos presentan movidos, sobre todo, por unos motivos religiosos que los llevan al fanatismo y a la eliminación de los infieles -en consonancia con el espíritu de cruzada de la época-, pero a los que se teme, principalmente, por sus proclamas sociales contra el poder establecido.

Como hemos visto, y aunque quedan muchas incógnitas por resolver, el libro de Riera es una magnífica aportación al conocimiento de unos hechos que alteraron gravemente las tierras septentrionales del Reino de Aragón durante el mes de julio de 1320.

NOTAS: (1) "Fam i fe. L'entrada dels pastorells. (juliol de 1320)". Jaume Riera i Sans. Pagès editors. Lleida, 2004. Sería recomendable la traducción del libro al castellano, para favorecer la divulgación y el conocimiento de unos hechos que se desarrollan casi por completo en tierras oscenses. Hay referencias a los "pastores" en el libro "Comunidades de violencia. La persecución de las minorías en la Edad Media", de David Nirenberg. (Península, Barcelona, 2001).
(2) Sobre la aljama judía de Monclús ver "La judería de Huesca", A. Durán Gudiol, Guara editorial, Zaragoza, 1984, pág. 23-26.. Sobre la ubicación y los restos del antiguo castillo de Monclús, "Torres y castillos del Alto Aragón", Adolfo Castán, Huesca, 2004, pág..344 -346.
(3) Aunque Riera no lo mencione, es posible que los "pastorellos" que atacaron la juderías de Ruesta y, tal vez, de Jaca pertenecieran a grupos entrados por Somport. En el asalto de Ruesta participaron, al parecer, clérigos locales; Riera no hace referencia a la intervención de eclesiásticos y militares en los ataques de los "pastores" porque, al pertenecer a jurisdicciones especiales, no aparecen en los documentos que ha estudiado.


Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 20 de febrero de 2005)

jueves, 11 de diciembre de 2008

PEDRO CUBERO SEBASTIÁN, EL ARAGONÉS QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO

España ha dado a lo largo de la Historia, sobre todo en los siglos XVI y XVII, algunos grandes viajeros y descubridores. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en otros países, salvo unas pocas excepciones, muchos de ellos apenas son hoy recordados y no han tenido el reconocimiento histórico que merecen.

Así ocurre, por ejemplo, con el jesuita Pedro Páez, que a principios del siglo XVII fue el primer europeo que llegó a las fuentes del río Nilo, aunque otros se atribuyeran después el descubrimiento. El libro de Javier Reverte “Dios, el diablo y la aventura: La historia de Pedro Páez, el español que descubrió el Nilo Azul.”, publicado en 2001, logró sacar ligeramente del olvido al jesuita madrileño. Esa misma condición de olvidado tiene el religioso aragonés Pedro Cubero Sebastián, quien a finales del mismo siglo XVII dio la vuelta al mundo en sentido inverso al que entonces era habitual. Cubero recorrió el continente euroasiático de oeste a este, atravesó el Pacífico hasta llegar a Méjico y regresó a España por el Atlántico. De ese largo viaje escribió una larga crónica titulada “Peregrinación del mundo”, que no hace mucho ha sido publicada por Miraguano/Polifemo Ediciones (Madrid, 2007) (1). Antes, de una manera literaria y dialogada, José María Serrano había recordado al viajero aragonés en “El insólito viaje de Pedro Cubero alrededor del mundo” (Mira Ediciones, Zaragoza, 1996).

Pedro Cubero Sebastián, según dato que él mismo ofrece al inicio de su libro, había nacido en la localidad zaragozana de El Frasno, cerca de Calatayud, en 1645. Estudió Gramática y Filosofía en Zaragoza con los jesuitas y, más tarde, Teología en la Universidad de Salamanca, donde se ordenó sacerdote. Su deseo de propagar la fe cristiana hizo que en 1670 viajara por tierra a Roma para conseguir el título de Predicador Apostólico y poder ejercer como misionero en las Indias Orientales. Logrado su propósito, continuó viaje hacia Oriente hasta culminar la vuelta completa al planeta con su regreso a España en 1679. Casi de inmediato viaja de nuevo a Roma para informar al Papa Inocencio XI de su largo periplo anterior. Cubero continuó viajando por Europa en diversas misiones religiosas y lo encontramos sucesivamente en Constantinopla, Nápoles, Flandes o Inglaterra. Pasa en Cataluña parte de la Guerra de los Nueve Años y realiza estancias en Madrid, Valencia, Ceuta y Cádiz. En 1697 se publicó en Valencia una “Segunda Peregrinación del Doctor Don Pedro Cubero Sebastián”, cuya próxima edición creo que se está preparando. A partir de 1699 dejamos de tener noticias suyas y desconocemos la fecha de su muerte.

De “Peregrinación del mundo” se hicieron en vida del autor al menos tres ediciones: en 1680 en Madrid, en 1682 en Nápoles y en 1688 en Zaragoza. A diferencia de otros viajeros de la época que caen con frecuencia en la exageración y la fantasía, restando credibilidad a sus escritos, Pedro Cubero Sebastián narra el viaje que le llevó a dar la vuelta al mundo con bastante rigor y veracidad. A su misión religiosa une un espíritu descubridor, consciente de recorrer unas tierras que en muchos casos son totalmente desconocidas en España. Así, cuando en Rusia navega a través del Volga, va anotando con detalle todas las poblaciones que encuentra en sus orillas y las distancias existentes entre ellas. Su deseo de aportar datos que sirvan al desarrollo de la Geografía de su tiempo queda claro en estas palabras: “He puesto este viaje lo más extenso que he podido inquirir, por ser la cosa más peregrina para nuestra España, y mucho más el haberla hecho un Padre español. Y porque en todas cuantas mapas he visto, este río, tan célebre en el mundo, lo ponen desierto, y despoblado: así me parece que los estudiosos lo agradecerán, pues en toda mi peregrinación ninguna cosa escribí con tan particular cuidado, y con más aplicación, que esta navegación por este río Volga, o Raaha, hasta el emporio de Astracán. Si acaso hubiera en él algún yerro, no fue culpa mía, sino del intérprete que me lo decía: y de noche navegando no pude sacarlo con más primor: podrá mi Nación Española recibir la buena voluntad que puse en servirla”.

El libro de Cubero es un interesante documento para conocer el mundo de su tiempo. El viajero aragonés es ante todo un misionero católico, convencido de la superioridad de su religión sobre las demás y deseoso de ejercer su labor apostólica. Por eso, aunque describe con rigor las costumbres de otros pueblos, utiliza a menudo el calificativo de herejes y en ocasiones otros más duros para referirse a ellos. Es necesario destacar su gran valentía por atreverse a predicar en tierras en que eso podía acarrearle graves problemas. De hecho, estuvo encarcelado en varias ocasiones y nunca renunció a polemizar y a defender con encono su fe católica, tanto frente a otras religiones como, lo que le supuso sus mayores apuros, frente a los cristianos protestantes holandeses de las costas orientales de Asia. A pesar de todo ello, y comparándolo con otros misioneros y religiosos de su tiempo, puede considerarse en buena medida al Padre Cubero como un hombre bastante abierto, tolerante y diplomático dentro del pensar general de su época. Sería erróneo juzgarle desde patrones modernos que tardarían mucho tiempo en imponerse.

Cubero describe con detalles las principales ciudades que visita, que son muchas y variadas, con sus monumentos y construcciones más importantes. Aunque en la reciente edición del libro se ha actualizado la ortografía, no se ha hecho lo mismo, de manera acertada, con los nombres geográficos, manteniendo las formas españolizadas que se usaban en la época. Así escribe León de Francia (por Lyon), Versavia, Moscua, Malaca o Sincapura. En algún caso, como en la ciudad rusa de Cassin, no resulta fácil saber a qué población actual corresponde dicho nombre, hoy creo inexistente. También se ha mantenido en la reciente edición el femenino, propio del castellano de la época, en palabras como “puente” o “mapa”.

En los dos primeros capítulos da algunos datos sobre su vida pasada y hace una protocolaria alabanza del Reino de España y de su Monarquía. A partir del capítulo cuarto, comienza a narrar su viaje a Roma para lograr la autorización que le permita ir a Asia. La narración del viaje comienza en los Pirineos, que el autor atraviesa para pasar a Francia. Esto es lo que Cubero escribe sobre la cadena montañosa: “Llegué a los tan nombrados Montes Pirineos, tan célebres entre los cosmógrafos antiguos, que dividen España de Francia; por otro nombre les llaman los puertos de Haspa, no sé si lo dicen por su aspereza, pues puedo asegurar al lector, ser bien ásperos de pasar; y por eso hay un adagio que dice ‘puertos de Haspa, muchos los ven y pocos los pasan’ y con razón, porque son de las ásperas montañas que he visto, cuyas cumbres parece se están deslizando para caer sobre los pasajeros: no se encuentra otra cosa que calaveras de hombres muertos que, o el rigor del tiempo les quitó la vida, o algún duro peñasco les sirvió de mortaja: es cierto que da horror el pasarlos. Pero dejada la aspereza de esos montes, entré en el delicioso, cuanto fructífero y abundante, Reino de la Francia”. Sobre los Pirineos franceses escribe: “En estos montes se hallan muchos baños y venas de agua caliente, que son muy salutíferas para curar muchas enfermedades de nuestra frágil naturaleza; como por experiencia lo vi, pues muchos con diversos achaques, bañándose en esas aguas, restauraron felizmente su salud”.

Antes de dirigirse a Roma, Cubero visita Francia, sobre todo París, donde en Versalles le recibe Luis XIV que le firma un salvoconducto el 6 de junio de 1670, y Lyon, de donde, como hombre culto que es, destaca la abundancia de librerías e de impresiones de libros en la ciudad. De camino a Roma visita también Ginebra, Milán y Florencia.

En febrero de 1671 se encuentra en Roma, donde recibe la autorización que buscaba, patentes firmadas por diversas órdenes religiosas y la bendición del Papa Clemente X. De la ciudad eterna se dirige a Venecia, Alemania, Viena, Hungría y, por el Danubio, a Constantinopla, que los turcos, dice, llaman Estambol. Se admira de la grandeza de esta ciudad y de sus enormes mezquitas, y aprovecha para escribir un capítulo sobre Mahoma y una condena de su libro “Alcorán”.

De Constantinopla el viajero religioso marcha a Transilvania y al Reino de Polonia, donde visita Varsovia y Cracovia. Llega más tarde a Moscú; allí permanece tres meses y medio y es recibido por el Zar. Por el Volga se dirige a Astracán y tras cruzar el mar Caspio llega a Derbent y se adentra en Persia, visitando ciudades como Qazwin e Isfahán, de cuyo rey dice que “no es muy observante en el Alcorán, pues el vino lo bebía muy bien, y no era muy desafecto a los cristianos, y los europeos, que ellos llaman franchis, en ninguna parte de Oriente son más estimados que en Persia”. Por el mar de Ormuz, y tras casi dos años de caminar por tierra, se dirige a las Indias, llegando a Surat, lugar en que encontró a algunos católicos portugueses. Continúa por Damao, Bombay, Goa, Ceylán y Santo Tomé hasta llegar a Malaca. Aquí es donde tuvo mayores problemas y fue encarcelado por los holandeses, de cuyo protestantismo aborrece, pues cree que son más tolerantes con los paganos que con los católicos. Expulsado de Malasia, cruza el estrecho de Singapur y llega a las españolas islas Filipinas, donde es hospedado en casa de don Francisco Antonio de Egea, cargo real y natural de Barbastro. La noche del 29 de noviembre de 1677 fue testigo del tremendo terremoto que sacudió la ciudad de Manila. Aunque no llegó a visitarlo, Cubero dedica varios capítulos a realizar una descripción de interés geográfico y cultural del gran Imperio de la China, entonces enfrentado a los belicosos tártaros.

Desde Filipinas embarcó hacia Méjico (Nueva España) en el famoso galeón de Acapulco. Fue una larga travesía que duró medio año y en la que de las aproximadamente cuatrocientas personas que iban en el barco llegaron vivos ciento noventa y dos, nueve de las cuales murieron al arribar a Acapulco y otras llegaron tan enfermas que ya no se restablecieron.

Desde Acapulco, Cubero atravesó Méjico y en el puerto de Veracruz se embarcó hacía España. Tras una parada de nueve días en La Habana, cruzó sin mayores problemas el Atlántico y arribó al puerto de Cádiz. El 13 de enero de 1680, el viajero aragonés se encontraba ya de nuevo en Madrid, tras haber culminado un extraordinario viaje alrededor del planeta.

NOTA: “Peregrinación del mundo”, Pedro Cubero Sebastián, Miraguano Ediciones/ Ediciones Polifemo, Madrid, 2007. Existe otra edición de 1993, publicada por la misma editorial. Hay una edición más antigua, de 1943, en la Colección Cisneros.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 2 de agosto de 2009)

domingo, 7 de diciembre de 2008

UNA EXCURSIÓN DE PEDRO PACH, UN RIBAGORZANO EN EL CENTRO EXCURSIONISTA DE CATALUÑA

Del Ésera al Isábena a través del Turbón

Hace un tiempo cayó en mis manos un pequeño libro titulado “Pere Pach i Vistuer: Articles Ribagorçans i altres escrits”, publicado en 1991 por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en edición de Hèctor Moret i Coso. Del libro me atrajeron sobre todo dos aspectos que comparto con su autor: su condición de ribagorzano y su afición al excursionismo.

Pedro (o Pere, como fue llamado siempre en Cataluña) Pach nació en Roda de Isábena en 1862 y murió en Barcelona en 1945. Su padre fue carpintero de Roda hasta que un accidente laboral lo dejó ciego. Su madre era originaria de la también ribagorzana población de La Puebla de Fantova, próxima a Graus. En 1874, tras la muerte de su padre, el pequeño Pedro, al que llamaban en la comarca “Periquet de Sarroca”, emigró con su madre a Barcelona, donde ya estaban instalados sus hermanos mayores. Allí trabajó varios años en una serrería y a partir de 1893 ocupó el puesto de conserje del Centro Excursionista de Cataluña, trabajo que desempeñó durante cincuenta y dos años hasta su muerte. Su trabajo y dedicación de tantos años le fueron reconocidos con la entrega en 1933 de la Medalla de Oro del Centro, galardón que sólo recibían personas de gran significación cultural en Cataluña.

Aunque en su infancia apenas pudo recibir educación escolar, su prolongado contacto con la prestigiosa asociación excursionista, de fuerte vocación cultural, y su formación autodidacta le permitieron escribir algunos artículos de diferente extensión y temática. Cuatro de ellos, escritos en catalán, se reproducen en el libro editado por Moret. Son los titulados “Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó”, “El bisbat de Roda”, “Autobiografia” y “La nit de Nadal a Núria y Ull de Ter”. Pach publicó, además, dos artículos en castellano: “Reseña histórica de la antigua e ilustre ciudad (hoy villa) ribagorzana de Roda” y el póstumo e inacabado “Itinerarios por la cuenca del Noguera Ribagorzana”.

De todos ellos, dos me han interesado especialmente: “Autobiografia”, donde Pach explica en primera persona el tramo de su vida que va desde su infancia en Roda hasta su entrada como conserje en el Centro Excursionista de Cataluña, y, sobre todo, “Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó”, en el que narra una larga excursión, realizada junto a su hijo a principios del siglo XX o finales del XIX.

En su actividad como conserje del Centro Excursionista de Cataluña, Pach se impregnó de los relatos de viajes que publicaba el boletín de la asociación. Leyó también sin duda a los pirineístas franceses, que estaban de moda en aquellos años. Uno de los principales, Maurice Gourdon, es citado por Pach en el artículo que aquí se destaca y que tiene bastantes similitudes con algunos de los trabajos del gran excursionista galo.

“Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó” fue publicado por el Boletín del CEC en 1923. Posteriormente fue traducido al castellano por el escritor y político tamaritano Isidro Comas Macarulla, que firmaba con el pseudónimo “Almogávar”, en la revista “Ebro”, publicación aragonesista editada en Barcelona. Sin embargo, el artículo sería escrito algunos años antes. Aunque el autor nos dice que era el mes de agosto, en ningún momento especifica el año exacto en que realizó la excursión que relata en su artículo. Por distintos motivos puede deducirse que se produjo a finales del siglo XIX o a principios del XX. En un momento del artículo Pach dice que algunos años antes, en 1889, ya había ascendido al Turbón con un amigo desde el pueblecito de Espés.

En su relato, Pach aporta bastantes datos sobre las poblaciones y lugares por los que transcurre su larga caminata. Aunque todas sus informaciones son de interés, resumiré aquí los aspectos del trabajo del excursionista rotense que más han llamado mi atención.

La primera intención del autor era efectuar una fácil travesía desde el valle del Ésera al del Isábena y realizar de camino la ascensión al Turbón. El itinerario se inicia en la villa de Campo, donde los caminantes se hospedan en “la nueva fonda de Antonio Canales, situada en la carretera, modesta y muy recomendable”. Tanto la villa, de unos 800 habitantes, como sus alrededores son descritos con bastante detalle. Destaca la concesión histórica al lugar de una feria o mercado semanal que la falta de ganado obligó a convertir en anual. Por celebrarse a finales de octubre, época habitualmente lluviosa, se acuñó la expresión “Feria de Campo, feria de fango”.

Tras dos horas y media de caminata desde Campo, los excursionistas llegan a Egea, pequeña población situada en el centro de la Vall de Lierp. Seis pueblos componen el valle: Egea, Espluga, Paderníu, Piniello, Serrate y Las Vilas del Turbón. En Egea los caminantes buscan hospedaje en casa de Sebastián Serena, “persona muy simpática”, de la que ya tenían buenas referencias anteriores.

Al declarar su propósito de ascender al Turbón, varias personas del pueblo se ofrecen a acompañarlos: el párroco Arcadi Alemany, el señor Serena y su hija Pilar, el señor Ariño y su hermana Consuelo, y, más tarde, el señor Garanto, uno de los principales propietarios del valle. Desde Egea los caminantes se dirigen al vecino pueblo de Serrate y al cabo de una hora se encuentran en el collado de la Creueta. Otra hora más les cuesta llegar a la fuente de la Pedreña, donde descansan y reponen fuerzas. Hora y media después, tras una fuerte subida por una tartera de piedra fina, alcanzan la cima del Turbón. Allí permanecen durante dos largas horas, recreando la vista en todas las direcciones. Pach describe con minucioso detalle el impresionante panorama divisado desde la cumbre de esta espléndida y mítica montaña ribagorzana.

Eligen para comer una pequeña fuente situada algo más abajo, en la Forada de San Adrián. En ese paraje se hallan los restos de la ermita homónima, que según Pach fue edificada por el monje Pedro, venido desde el monasterio sobrarbense de San Victorián en 1138 para santificar un lugar que se decía era muy frecuentado por las brujas. Nadie se había atrevido antes a vivir en un sitio tan frío durante todo el invierno y, según se contaba, los cánticos y las oraciones del anacoreta eran confundidos por quienes los oían con voces y lamentos de brujas y demonios.

Desde la cima del Turbón descienden por una canal que les enseña un pastor y se dirigen a Ballabriga, adonde llegan a las seis y media de la tarde. En el pueblo no hay hostal ni fonda, pero son acogidos con hospitalidad en casa Pellicer, donde encuentran “personas amables, buena comida y limpieza”. Desde Ballabriga, en una corta excursión de una hora entre la ida y la vuelta, se acercan al paso de la Croqueta, único camino que permitía cruzar el aislado congosto de Obarra. El paso tiene algún peligro y “de vez en cuando cae un macho con su carga al fondo del río”, pero ahí queda todo; “así ha sido siempre y, por desgracia, así seguirá siendo en el futuro”, concluye el autor con fatalismo.

Al día siguiente, los caminantes bajan a Obarra, cuyo monasterio es visitado con detenimiento y desde donde deciden continuar su excursión siguiendo el curso descendente del Isábena. Van pasando en su camino por los pueblos próximos a las orillas del río. El primero es Las Ferrerías, cuyo antiguo molino, a diez horas de camino desde Graus, se ha convertido en el hostal más recomendable de la zona. Poco después llegan a Beranuy, que “gallardea en lo alto a unos trecientos metros del río” y cuyo hostal o venta, situado junto al puente, no es muy recomendable por ser en él “la limpieza cosa poco conocida”.

Continúan su camino por la orilla del río, dejando sin visitar algunos pueblos que se divisan en lo alto. Cuando pasan cerca de Visalibons, Pach señala que en 1743 ocurrió en el pueblo un extraño fenómeno: sus casas, salvo la iglesia, se deslizaron unos 500 metros al abrirse la montaña, seguramente -opina el excursionista- a causa de algún temblor de tierra o movimiento sísmico.

Un lugar muy destacado por el viajero son las fuentes de San Cristóbal, que “en general brotan pausadamente, pero que, a veces, en épocas de lluvias, son tan abundantes que llegan a inundar el camino por completo, dificultando el paso”. Tras cuatro horas de caminata desde Obarra, Pach y su hijo llegan a Serraduy, donde se detienen en el hostal de Antonio Barrabés. El pueblo, sus barrios y sus alrededores son descritos con pormenor y simpatía.

Por camino llano, en tres cuartos de hora alcanzan La Puebla de Roda, cuyas “casas están colocadas una sobre otra y alineadas a ambos lados de una calle única, larga y empinada”. Desde allí ascienden hasta Roda de Isábena, que el autor no reseña por haberlo hecho ya en otros escritos. Es su propósito dirigirse a Graus, a seis horas de camino. Con la intención de aligerar su carga, entregan sus mochilas al correo para que las lleve en burro hasta Lascuarre y desde allí sean transportadas en tartana hasta Graus por carretera.

Ya sin peso, deciden cambiar de itinerario y, tras cruzar el Isábena por el puente románico de Roda, se dirigen, pasando por la masía del Villar, a San Esteban del Mall y Cajigar, pueblo este del que se destacan su iglesia, con elevado campanario, y su feria de buhoneros y quincalla que se celebra el 25 de julio. De Cajigar descienden a Monesma y, pasando por las casas de La Morera, Sallant, Llenero y Estaña, llegan a Castigaleu, desde donde se dirigen a Lascuarre, villa comercial de 580 habitantes que celebra una importante feria para San Martín. Allí se hospedan en la posada de Antón Lasheras. Escribe Pach que, aunque el gobierno hace cincuenta años que tiene aprobada la carretera de Graus a Vilaller por el Isábena y otro tramo de Lascuarre a Arén por Puente de Montañana, sólo ha construido los catorce kilómetros que separan Graus de Lascuarre, y eso en épocas de elecciones y porque el terreno es llano y no presenta dificultad.

En vez de seguir la citada carretera, los caminantes toman el camino que lleva de Lascuarre a Benabarre, pasan por la casa de La Ternuda y ascienden a lo alto de la sierra, contemplando desde allí un espléndido panorama. Descienden a Laguarres y continúan hasta Capella, villa de 500 habitantes, de la que son notables el gran puente románico de ocho arcadas y el magnífico retablo gótico que alberga su iglesia parroquial.

Por la orilla del Isábena, y tras una hora de camino, los viajeros llegan a Graus. Aquí, el río cuyo curso han seguido desde el monasterio de Obarra entrega sus aguas a las del Ésera, y la excursión de los caminantes llega también a su fin.

Carlos Bravo Suárez
 (Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 20 de marzo de 2005)