domingo, 28 de septiembre de 2014

NOSTALGIA

    
              “Nostalgia”. Mircea Cartarescu. Impedimenta. 2012. 384 páginas.
     
     Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) es el escritor rumano actual más conocido internacionalmente. Profesor y teórico de literatura, autor de varios libros de poesía y de unas cuantas novelas, su nombre –muy valorado por la crítica literaria más exigente– suena como candidato al Premio Nobel, un galardón que, salvo la escritora rumano-alemana Herta Müller en 2007, nunca ha recibido un autor de aquel país.

A pesar del reconocido prestigio internacional de Cartarescu, sólo recientemente han sido traducidos al español algunos de sus libros. Aunque ya en 2006 la modesta editorial Funambulista había publicado la colección de relatos “Por qué nos gustan tanto las mujeres”, es la exquisita editorial Impedimenta la que está publicando su obra en España. Empezó en 2010 con el relato breve “El ruletista”, integrado luego como prólogo de “Nostalgia”, su obra más conocida, también editada aquí por Impedimenta hace un par de años. La misma editorial ha publicado recientemente las novelas “Lulu” y “Las bellas extranjeras”, y tiene intención de seguir acercando a los lectores españoles otras obras del escritor.

“Nostalgia” fue publicado en Rumanía en 1993. Aunque su autor insiste en que se trata de una novela, el libro está constituido por cinco relatos que solamente mantienen muy ligeras conexiones en cuanto a personajes y argumento se refiere. Los relatos breves “El ruletista” y “El arquitecto” abren y cierran la obra y son considerados respectivamente como su prólogo y su epílogo. Los tres relatos centrales, progresivamente más extensos, se titulan “El Mendébil”, “Los gemelos” y “REM”.

“El ruletista” narra la historia de un hombre que sale de la pobreza jugando a la ruleta rusa en lugares subterráneos, sórdidos y clandestinos, de la capital rumana. Allí se reúnen políticos, empresarios y gentes diversas de la ciudad, dispuestos a apostar su dinero por la supervivencia o la muerte de alguien que añade en cada apuesta una bala más al tambor de su revólver, con el que, ante la tensión general, dispara a ciegas sobre su sien. “El arquitecto” cuenta una historia desmesurada y kafkiana sobre un famoso arquitecto de Bucarest que a partir de su repentina pasión por el claxon de su automóvil se convierte en un prodigioso músico universal.  

“El Mendébil”, “Los gemelos” y “REM” son relatos más largos, con unas estructuras narrativas bastante complejas. Los tres transcurren en un barrio popular de Bucarest y tienen como elemento común los recuerdos de infancia y juventud del propio escritor. En “El Mendébil” se recrean algunos juegos de los niños del barrio; mientras que en “REM” son las niñas las protagonistas. “Los gemelos” se inicia con la detallada transformación de un hombre en mujer. Una metamorfosis que es consecuencia del enamoramiento del joven de una chica caprichosa y voluble que juega despiadadamente con sus sentimientos. “REM” es el más complejo y difícil de los cinco relatos, con una atractiva y sugerente mezcla literaria entre lo real y lo onírico. Para Cartarescu, “el sueño no es una huida de la realidad, es una parte de esa realidad trenzada de forma inseparable con todo lo demás”.

La edición de Impedimenta cuenta con la que parece una magnífica traducción de la bilbaína Marian Ochoa de Eribe, y con una pequeña y acertada introducción del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. La lectura de “Nostalgia” supone para el nuevo lector todo un sorprendente descubrimiento. El de un escritor original y diferente, dotado de una enorme cultura literaria, que amalgama, con una prosa detallista y barroca, influencias de muy diversos escritores. Auténtica literatura de calidad.

Carlos Bravo Suárez

martes, 23 de septiembre de 2014

LAS COSAS COMO SON

Creo que sobre el nacionalismo catalán y su desafío soberanista hay que hablar claro de una vez por todas. Respetando las posturas supuestamente conciliadoras y bienintencionadas que expresan, debo decir que me sorprende el “buenismo” con que un sector de la izquierda española y algunos medios de comunicación de tendencia más o menos progresista abordan este tema. Parecen ignorar o no querer ver que el objetivo del nacionalismo catalán no es tanto la consulta en sí misma -supuesta expresión máxima de la democracia- sino lograr la independencia de Cataluña y, como consecuencia, la desmembración de España. En ese proyecto llevan ocupados muchos años, invirtiendo en él muchos esfuerzos y medios de todo tipo, y no van a parar hasta lograrlo.

Pensar que con determinadas concesiones se va a terminar con esa intención es desconocer la esencia del nacionalismo y no haber entendido los últimos años de la historia de España. Por eso, a algunos nos resulta incomprensible que algunos sectores de la izquierda española, posiblemente de manera ingenua y voluntarista, ayuden y acompañen a los nacionalistas en esa empresa. En cualquier caso, como ya vio con claridad Ortega y Gasset en su momento, habrá que hacerse a la idea de que “el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar."

domingo, 21 de septiembre de 2014

LA VIDA DE UN HOMBRE COMÚN


          
               “Stoner”. John Williams. Editorial Baile del Sol. 2013. 242 páginas.

“Stoner”, de John Williams (Texas, 1922 – Arkansas, 1994), es una espléndida novela que, al menos en nuestro país, ha pasado injustamente desapercibida. Y eso que, en los últimos años, ha sido editada varias veces por la modesta editorial Baile del Sol, cambiando en cada ocasión su portada, cuyo diseño resultaba en algún caso muy poco atractivo. Sin embargo, ha sido la transmisión boca oreja o las referencias a la obra de prestigiosos escritores, como Rodrigo Fresán o Enrique Vila-Matas –en un artículo de 2001 titulado “Obra maestra ignorada”–, lo que ha hecho que algunos lectores la hayamos buscado y leído con interés,

 John Williams  fue profesor universitario en Missouri y Denver, escribió  poesía y publicó después varias novelas, entre las que destacan “Butcher's Crossing”, “Augustus” –traducida al español como “El hijo de César”– y, sobre todo, “Stoner”, que fue  publicada en Estados Unidos en el año 1965 y contiene posiblemente muchos elementos autobiográficos del propio autor.

“Stoner” cuenta la vida de William Stoner, desde su nacimiento en 1891 en una pequeña granja en el estado de Missouri hasta su muerte, tras una forzada jubilación, en el inicio de la década de los cincuenta del pasado siglo. Con gran esfuerzo familiar, el joven William es enviado a la universidad de Columbia donde, siguiendo un sentido práctico y con intención de asegurar su retorno al campo, va a cursar estudios en la facultad de Agricultura. Sin embargo, la influencia de uno de sus profesores cambia su objetivo inicial y el joven acaba estudiando Literatura inglesa, convirtiéndose más tarde, y ya de por vida, en profesor de la materia en esa misma universidad.

A partir de aquí, seguirá una vida académica monótona y convencional, soportando sucesivas intrigas y venganzas por no plegarse a algunos deseos de sus superiores. Seguirá un matrimonio no demasiado afortunado, la paternidad de una hija que aún será menos feliz que sus padres, alguna aventura extraconyugal con sentimientos verdaderos que será abortada por habladurías y envidias y, en general, una vida gris cargada de sinsabores y renuncias, aunque, eso sí, con un trabajo de profesor menos exigente físicamente que la dura y sacrificada existencia campesina de sus antepasados.

Con una prosa austera y una narración lineal y sobria, “Stoner” es una novela sobre la vida cotidiana de un profesor esforzado y recto, pero en general infeliz y desdichado. Una vida gris, anodina, tal vez vulgar, sin ningún heroísmo literario y carente de toda épica, excepto –aunque no es poco– la de sobrevivir a los sinsabores y las pequeñas renuncias de cada día. No obstante, tampoco será todo renuncia en Stoner, un hombre común que representa la humildad del esfuerzo y la abnegada dedicación al trabajo. Y que mantiene con firmeza su integridad ética cuando resiste sin plegarse a las presiones para que apruebe a un alumno protegido que de ninguna manera lo merece.

Descubierta gozosamente esta espléndida novela, uno siente deseos de leer las otras cuatro escritas por el autor. La editorial Lumen publicó “Butcher's Crossing” el pasado año en nuestro país y de la novela histórica “El hijo de César” hay una edición de Pamies del año 2008. No creo que ninguna de las dos pueda superar esta biografía literaria de William Stoner que, como escribió hace unos años Enrique Vila-Matas, debería ser considerada una obra maestra de la literatura norteamericana del pasado siglo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

EL ANTICUERPO

   
               “El Anticuerpo”. Julio José Ordovás. Anagrama. 2014. 135 páginas.

            No es fácil escribir una reseña de “El Anticuerpo”, la primera novela de Julio José Ordovás (Zaragoza, 1976). Empezaré diciendo que el libro me ha gustado mucho y que Ordovás es un magnífico escritor, singular y diferente, que domina como pocos el lenguaje y los diversos registros literarios. Colaborador en suplementos y revistas culturales, agudo y penetrante crítico, autor de dos diarios personales y dos libros de poesía, ahora ha dado otro paso más en su carrera literaria con la publicación de “El Anticuerpo” en la importante editorial Anagrama.

            Ambientada en los años 80 del pasado siglo XX, “El Anticuerpo” está escrita en primera persona por un chico que vive con su padre y una tía suya en un pueblo aragonés no muy alejado del viejo y destruido Belchite. El joven va conociendo y trabando cierta amistad con algunas personas mayores que él, con quienes establece un tipo de relación que, en cierta manera, recuerda a las narradas en obras literarias clásicas como “La isla del tesoro” o “Las aventuras de Huckleberry Finn”. Estos personajes, a través de los que el narrador protagonista descubre una nueva y sugestiva realidad, son José Luis, un cura “progre”, y, sobre todo, Josu, un drogadicto marginal y viejo punk al que parece hacer referencia el título del libro.

            Pero, aunque transcurra en un pueblo, de ninguna manera es “El anticuerpo” una novela rural al uso. Todo lo contrario: muchos pasajes de la narración muestran una acerada dureza que parece más propia de los ambientes urbanos que de los campestres. Porque, siguiendo el símil cinematográfico extraído de la afición al western de su padre, el joven narrador, ante las recriminaciones de su tía por pasar tanto tiempo en la calle, confiesa que, aunque él se consideraba un piel roja que jamás acataría las normas del hombre blanco, “escuchaba el murmullo del asfalto como los indios escuchaban el susurro de los ríos” y que “tanto como a ellos les gustaba el olor del viento purificado por la lluvia de mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos, a mí me gustaba el olor de las cloacas”. Tampoco hay nostalgia alguna por la infancia, de la que solo se añoran aquellos sueños que permitían volar y no respetaban las leyes de la verosimilitud. Hay, por otro lado, en las páginas del libro, una considerable y variada presencia de animales. Reales, como los gatos, las moscas o la lechuza que merodea por la iglesia del pueblo; o figurados, como las urracas, que es como el narrador denomina a las parlanchinas y chafarderas mujeres del pueblo, siempre en busca de carnaza para su destructivo cotilleo.

            Pero si algo caracteriza a esta novela es la mezcla que hay en ella de ambientes y géneros literarios diversos. Lograda y sugerente mixtura de lo juvenil y lo adulto, lo rural y lo urbano, lo narrativo y lo poético. El relato es en realidad una sucesión de recuerdos de infancia a los que tal vez falte cierto ensamblaje narrativo, pero dotado cada uno por sí mismo de la densidad y la fuerza literaria de un poema redondo. De tal forma que lo que pudiera parecer el punto débil de la novela puede convertirse, por su carácter original y diferente, precisamente en su singularidad literaria y su máximo valor.

            Y, desde luego, sobre todas las cosas, destaca la extraordinaria prosa de Julio José Ordovás, un auténtico escritor de fuste.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL JILGUERO




“El jilguero”. Donna Tartt. Editorial Lumen. 2014. 1.152 páginas.

 “El jilguero” está siendo, sin duda, uno de los libros del año también en España. Las buenas críticas recibidas, la transmisión boca oreja entre sus lectores y el éxito de las dos obras anteriores de su autora lo han convertido, a pesar de sus más de mil páginas, en un considerable éxito de ventas. Ganadora del último Premio Pulitzer, “El jilguero” es la tercera novela de Donna Tartt (Greenwood, Mississippi, 1963). Antes, la escritora estadounidense había publicado “El secreto” (1992) y “Juego de niños” (2002). Entre la aparición de cada una de sus tres novelas, todas muy largas, media un intervalo temporal de una década. Al contrario que la mayoría de escritores de éxito actuales, Donna Tartt se toma su tiempo para elaborar y construir sus narraciones. Y eso parece redundar favorablemente en la calidad literaria de las mismas.

Más de mil páginas dan para mucho y el “El jilguero” es un relato denso, pero no espeso ni aburrido, aunque es verdad que podría haber sido escrito, sin perder su esencia, con unas cuantas páginas y algunos detalles menos. Sin embargo, la novela es entretenida y su ritmo atrapa al lector que, al menos en mi caso, no llega en absoluto extenuado al final de tan largo recorrido. “El jilguero” está narrado en primera persona por Theo Decker, quien a los doce años pierde a su madre en un atentado terrorista, del que él logra salir vivo, en el Museo Metropolitano de Nueva York. Sin nadie que lo reclame, pasa a vivir con una familia burguesa neoyorquina de uno de cuyos hijos es amigo de colegio. Hasta que reaparece su padre, alcohólico y jugador, que se lo lleva a Las Vegas con su nueva mujer Xandra, hortera y drogadicta, polo opuesto a la clase, el estilo y la cultura de la madre muerta. En Las Vegas, Theo conoce a Boris, hijo de otro alcohólico que ha vivido en medio mundo, un muchacho sin ningún temor que se convierte en un personaje clave en la novela. La amistad entre ambos jóvenes, que comparten drogas, lecturas y algunas fechorías, es uno de los aspectos más destacados y positivos de un relato que abarca al menos una década y transcurre principalmente en Nueva York, Las Vegas y Ámsterdam.

Hay otros personajes interesantes y bien trazados en la obra: la joven Pippa, amor platónico de Theo y superviviente como él del atentado del museo, la señora Barbour, exquisita representante de la clase alta neoyorkina, o el bondadoso anticuario y restaurador Hobie, personaje muy dickensiano en una novela en la que Dickens es la mayor y más reconocida influencia literaria.

Y, como hilo conductor del relato, está “El jilguero”, pequeño y delicado cuadro que el holandés Carel Fabritius pintó en el siglo XVII y que Theo recoge en el Museo Metropolitano tras la explosión que mata a su madre. Hay, como corresponde a una buena novela, muchos temas y géneros narrativos en esta tercera obra de Donna Tartt. Es obviamente un relato de iniciación narrado por momentos con la emoción y el ritmo trepidante de un thriller, aparecen extensamente tratados temas como el consumo de drogas o el turbio mundo de las antigüedades y el tráfico ilegal de obras de arte, asoma también una clara crítica a un mundo basado sobre todo en las falsas apariencias, se muestra la dolorosa y cínica contraposición entre el amor que nace de los sentimientos y las relaciones por interés económico o social, y se entona a lo largo de sus páginas un bello canto a la amistad que se cierra con una reflexión sobre el azar y los extraños e inescrutables designios que mueven nuestras vidas. Un mundo desordenado y caprichoso que no tiene respuesta para muchas de las preguntas que le formulamos.

No hay espacio en estas breves líneas para abordar más a fondo otros aspectos de “El jilguero”, que tal vez no sea la primera obra maestra del siglo XXI como su promoción proclama, pero que, en cualquier caso y sin ninguna duda, es una extraordinaria y excepcional novela.

Carlos Bravo Suárez

lunes, 1 de septiembre de 2014

EL CER Y LOS MONUMENTOS MEGALÍTICOS DE LA RIBAGORZA









Un año más el Centro Excursionista de la Ribagorza acude fiel a su cita con El Llibré de las Fiestas de Graus. Y lo hace para certificar otra completa temporada repleta de excursiones y actividades que han contado con una alta participación de gentes de todas las edades y procedencias geográficas. Seguimos superando los cuatrocientos socios y tenemos una importante presencia en la sociedad ribagorzana y en los medios de comunicación locales, provinciales y regionales.

Hemos seguido contando con la colaboración del Patronato Municipal de Deportes, cuyo respaldo queremos agradecer sinceramente, así como el trabajo cotidiano y casi diario, codo a codo con algunos de nosotros, de sus trabajadores y técnicos. De nuevo podemos también presentar un balance económico favorable que nos permite seguir autofinanciándonos dentro de nuestra vocación de servicio no lucrativo. Una vocación que se hace extensiva a nuestra voluntad de promocionar nuestro municipio y nuestra comarca, de manera desinteresada y con la mayor dimensión geográfica posible. También figura entre nuestras prioridades –y creemos que en buena medida vamos logrando este fin– fomentar la convivencia y las relaciones humanas entre los participantes en nuestras actividades. Ellos son, sin duda, nuestro mejor activo y quienes sostienen el éxito del CER en los últimos años.

Y, como en ediciones anteriores, queremos escribir aquí unas líneas sobre algún aspecto geográfico y cultural de nuestra comarca vinculado a nuestras excursiones. En esta ocasión, nos referiremos brevemente a los monumentos megalíticos prehistóricos existentes dentro del territorio ribagorzano. Por casi todos ellos hemos pasado en algunos de los itinerarios recorridos por el CER en las últimas temporadas.

En la Ribagorza contamos con varios monumentos prehistóricos de gran interés. Entre todas ellas sobresale el conjunto megalítico de Cornudella, situado en el precioso bosque de robles de Transás, cerca de la casa Hostalet, en el actual municipio de Arén. Consta de dos dólmenes y un posible menhir. Los dos dólmenes de Cornudella, conocidos como la Cabaneta del Tancat de Dalt y la Cabaneta del Forno, son posiblemente los más importantes y mejor conservados de la provincia de Huesca. Otro interesante conjunto de dólmenes en nuestra comarca es el del Mas de Abad y el Mas de Balón, muy próximos a la localidad de Benabarre. De los dos del Mas de Abad, uno está completo y al otro le falta la losa superior o cubierta. El del Mas de Balón, de difícil localización y denominación geográfica errónea, también carece de cubierta. Otro dolmen ribagorzano, este también completo, es el de Seira. Se encuentra a escasamente dos kilómetros del originario pueblo de Seira, muy cerca de la margen derecha del río Ésera.

La palabra “dolmen” procede etimológicamente del bretón. Los términos “dol” y “men” significan respectivamente “mesa” y “piedra”. Los dólmenes son sepulcros megalíticos prehistóricos, utilizados para inhumaciones colectivas, que se construyeron principalmente en la vertiente atlántica europea durante el final del Neolítico y la Edad del Cobre, entre dos y tres mil años antes de Cristo. Los dólmenes encontrados en nuestra provincia se sitúan en la zona pirenaica. Algunos, en los altos valles septentrionales; otros, en las sierras exteriores más meridionales. Su distribución suele coincidir con el itinerario de caminos tradicionales, cabañeras para el ganado o pasos importantes y estratégicos. Esto hace pensar que estas construcciones tal vez tuvieran relación con la vida pastoril y que, además de su carácter funerario, sirvieran también como posible delimitación de territorios.

Otra muestra prehistórica de gran interés en la Ribagorza es el menhir de Merli, situado junto a un camino en un campo de cultivo, muy próximo a esta pequeña población del municipio de Isábena.  En los Llanos del Hospital de Benasque y en las laderas del monte Turbón, sendos círculos de piedras han sido considerados asimismo como monumentos megalíticos prehistóricos.

La despedida de esta colaboración no puede ser otra que la de desear a todos los grausinos y ribagorzanos unas felices Fiestas 2014. Y, a la vuelta de estos días de celebraciones y excesos, algunos de nosotros volveremos a encontrarnos caminando.

Artículo publicado en El Llibré de las Fiestas de Graus 2014.

Fotos: Dólmenes, menhir y bosque de Transás en Cornudella, menhir de Merli, dolmen del Mas de Abad en Benabarre, dolmen del Seira.

LOS JESUITAS DE GRAUS Y LA REVOLUCIÓN DE 1868





Que la presencia histórica de los jesuitas en Graus ha sido determinante y fundamental para la educación de sus habitantes y los de su comarca parece algo fuera de toda duda desde que, gracias al mecenazgo de Esteban de Esmir, en 1651 se construyó en la villa un colegio de la Compañía de Jesús. Pese a ello, la relación de los miembros de esta orden religiosa con la capital ribagorzana ha estado sometida a los mismos vaivenes y avatares vividos por la Compañía en nuestro país a lo largo de su existencia. Haciendo algunas breves referencias al antes y al después, trataré en este artículo sobre la corta estancia de los jesuitas en la población durante el año 1868, cuando en Graus, como en todo el territorio español, estalló la revolución liberal conocida como “La Gloriosa”.

La llegada de los padres jesuitas a nuestra localidad en 1868 se produjo pocos días antes del estallido de la citada revolución. Esta era la tercera vez que la Compañía de Jesús abría su colegio en la villa. Desde aquella lejana fundación en unos terrenos donados por el obispo Esmir a mediados del siglo XVII, la orden había ejercido la enseñanza en Graus sin interrupción hasta su expulsión del territorio español en 1767, bajo el reinado de Carlos III. La Compañía fue restablecida brevemente en nuestro país entre los años 1815 y 1820, y el colegio grausino fue reabierto en 1816. En el libro “Política religiosa de los liberales en el siglo XIX”, de Manuel Revuelta González, publicado por el CSIC en 1973, se hace referencia a una carta enviada por el obispo de Barbastro al rey Fernando VII, fechada el 20 de noviembre de 1817, en la que el prelado manifiesta que le parece increíble que los cuatro jesuitas de Graus (“dos profesos de los venidos de su destierro en Italia, y dos novicios de los que han tomado la ropa nuevamente, uno escolar y otro lego”) fueran capaces de tener abiertas dos aulas de Latinidad con más de sesenta discípulos, y una escuela de primeras letras “de más de ciento y tantos niños”. Cuando la Compañía fue de nuevo expulsada en 1820, la de Graus era una de las diecisiete casas de jesuitas que había en territorio español y que fueron entonces cerradas.

Es también Manuel Revuelta González en su obra “La Compañía de Jesús en la España contemporánea. Tomo I: Supresión y reinstauración (1868-1883)”, publicada por Ediciones Mensajero de Bilbao en 1984, quien aporta algunos datos sobre la llegada de los jesuitas a Graus en 1868. El Ayuntamiento grausino les había ofrecido el templo y el edificio de la antigua Compañía en la localidad y, según se desprende de algunas cartas enviadas por su hermano Joaquín, a mediados de agosto de ese año, el Padre Tomás Suárez, de la residencia de Zaragoza, estuvo en Graus para preparar la apertura del colegio. Volvió el 1 de septiembre con el Padre Provincial para “dirigir las obras del antiguo colegio, abrirlo y dejarlo todo arreglado para cuando llegue el Padre que esté nombrado Rector del mismo y que no podrá ir allá hasta fines de mes”. La apertura del colegio se realizó el domingo día 20 de septiembre, entre volteos de campana y músicas de júbilo, “con solemnidad eclesiástica y literaria y con grande entusiasmo del pueblo”.

En esos mismos días de septiembre de 1868, la Revolución había estallado en toda España. El día 17, las fuerzas navales al mando del brigadier Topete se amotinaron en Cádiz. Dos días más tarde, todos los generales sublevados hicieron público un comunicado que terminaba con la famosa frase “¡Viva España con honra!”. El día 28, el ejército realista era derrotado en la población cordobesa de Alcolea y, en la jornada siguiente, la reina Isabel II, que estaba veraneando en San Sebastián, huyó a Francia.

En Aragón, “La Gloriosa” comenzó a extenderse a partir de día 21 y, como en el resto del país, en todas las poblaciones se crearon las llamadas Juntas Revolucionarias. En el libro “La Revolución de 1868 en el Alto Aragón”, de Alberto Gil Novales, publicado por Guara Editorial en 1980, se dice que la de Graus, refrendada definitivamente el 8 de octubre por más de quinientos votos, estaba presidida por Antonio Monclús Balaguer y eran sus vocales Faustino Lacambra Gambón, Justo Lacambra Naval, Teodosio Dumas Lobera y Domingo Lacambra Naval.

Los jesuitas prácticamente no habían acabado de instalarse en Graus cuando se proclamó el triunfo revolucionario. Escribe Manuel Revuelta que “la clase de gramática comenzó con veinticuatro niños, y no se interrumpió cuando el pueblo celebró el triunfo de la revolución”. Según explica, la gente del lugar se mostró unánime en la protección de los jesuitas y solo una persona, un antiguo senador, gritó “mueran los frailes” desde un balcón, “pero el silencio y disgusto con que la turba acogió sus gritos le hicieron meterse de nuevo dentro de su casa”.

La junta democrática grausina no solo no decretó, como la mayoría, medidas hostiles contra los jesuitas, sino que se constituyó en su defensora. Cuando la junta de Barbastro pidió a la de Graus que le entregasen al Padre Tomás Suárez, si es que allí estaba refugiado, esta fue, según transcribe Revuelta, la respuesta de los grausinos: “No podemos buscar al Padre porque se marchó el día 28 de septiembre; no sabemos dónde ni en qué dirección; tampoco sabemos dónde se encuentra; ni nos interesa. Los demás jesuitas permanecen muy tranquilos entre nosotros, pero la junta de Graus, que desde el principio se ha instalado sobre la base del derecho y de la justicia, se ve obligada a comunicaros que no quiere ni puede entregar a los jesuitas a la junta de Barbastro, ni tampoco hacer salir del pueblo a unos varones eminentes en ciencia y en virtud que se han ganado la simpatía de toda la ciudad. Sepan, por tanto, los ciudadanos de Barbastro que tanto esta junta como todo este pueblo están dispuestos a defender a los jesuitas con las armas”. Además de mostrar su independencia respecto a la junta de Barbastro, esta respuesta recogía la simpatía popular hacia los jesuitas. Hay que tener en cuenta que estos habían sido llamados por el pueblo para cumplir, en un modesto colegio para niños externos, una importante labor educativa, y suprimir aquel colegio cuando se acababa de abrir era matar una esperanza y abortar una función educadora largamente deseada.

Alberto Gil Novales hace también referencia a este asunto y alude a la declaración de principios de la junta de Graus en la que defiende su radicalismo liberal, es decir, la defensa absoluta de todas las libertades: “Nuestro lema es radicalismo absoluto. Esto es: desde la más completa libertad individual hasta la abolición del más ínfimo impuesto indirecto”. En defensa de esa libertad, se critica la decisión de la junta de Huesca, que según Gil Novales en realidad fue de la de Zaragoza, de expulsar a los jesuitas. En opinión de la junta grausina, esa decisión iba contra la libertad de culto, la seguridad personal, la inviolabilidad de domicilio y la libertad de enseñanza. Y a los autores de la orden de expulsión los acusa de ser “antimoderados pero no liberales.”

No se cita en la canónica, consultada por Revuelta, en qué día se marcharon los jesuitas de Graus; solo sugiere que, a pesar de la protección que se les ofrecía, lo hicieron por propia iniciativa “para impedir disensiones”. La junta de Huesca expidió el 3 de octubre un decreto que ordenaba “la disolución de todas las comunidades religiosas de varones y las sociedades religiosas de varones y hembras” (art. 3º) y “expulsar de la Provincia a la Compañía de Jesús” (art. 9º).  Parece seguro que los jesuitas abandonaron Graus en esas primeras jornadas de octubre, por lo que apenas llegaron a estar en la villa unos quince días desde su llegada a la misma.

Sin embargo, la Compañía de Jesús retornó de nuevo a Graus dos años después, en 1870. En el tan citado libro de Revuelta se dice que a principios de 1871 solamente había diez jesuitas (seis sacerdotes y cuatro hermanos) en toda la región aragonesa, y que siete de ellos estaban repartidos en dos pequeñas residencias de Zaragoza y los otros tres se hallaban en Graus. Y añade que, según un testigo, esta villa valoraba la presencia de los jesuitas “como el premio gordo de la lotería”. Sin embargo, con la proclamación de la I República, los miembros de la Compañía tuvieron que salir de la capital ribagorzana y su residencia en la localidad se cerró en 1873 “por efecto de su persecución promovida por algunos sectarios”. A pesar de su brevedad, estas dos últimas estancias de la Compañía de Jesús en la villa despertaron la vocación de tres jóvenes grausinos que acabaron ingresando en la orden. Según Revuelta, pudiera tratarse de los padres Vicente Gambón (en cuya casa se hospedaban los jesuitas que enseñaban en el colegio), Anselmo Aguilar y Antonio Coscolla.

Los jesuitas ya no volvieron a Graus, aunque “los de este pueblo lo procuraron años más tarde” y “al no conseguirlo encomendaron el colegio a sacerdotes que establecieron allí unas escuelas del Ave María”. Aunque otros religiosos continuaron de una u otra manera su labor educativa, la presencia de la Compañía de Jesús en nuestra villa había terminado definitivamente.

Carlos Bravo Suárez 

Artículo publicado, con ligeras variaciones, en El Llibré de las Fiestas de Graus 2014 y en el número especial de las Fiestas de San Lorenzo de Huesca del Diario del Alto Aragón.

Fotos antiguas de Graus: Colegio de los jesuitas antes de su demolición, placeta de San Miguel, plaza Mayor y calle del Barranco.