domingo, 30 de agosto de 2015

LA GUERRA CONTRA LA CONVENCIÓN EN RIBAGORZA

                    


La Guerra contra la Convención fue un conflicto bélico, hoy casi olvidado, que enfrentó a España y Francia entre 1793 y 1795. El escenario geográfico de esta corta guerra fueron las regiones fronterizas entre ambos países y, por lo tanto, la cadena pirenaica en toda su extensión. Aunque por sus menores dificultades orográficas tuvo una mayor incidencia en las zonas extremas de la cordillera, la guerra también se dejó sentir, si bien con menor intensidad, en el Pirineo aragonés.

Eclipsada por la posterior Guerra de la Independencia, de mucha mayor trascendencia y envergadura, la Guerra contra la Convención, que en Cataluña se conoce como Guerra Gran, ha sido poco estudiada por los historiadores modernos. En Aragón, este episodio bélico fue analizado con detalle por José Antonio Ferrer Benimelli en una magnífica tesis doctoral que fue publicada en forma de libro con el título de “El Conde de Aranda y el frente aragonés en la Guerra contra la Convención” (Publicaciones Revista Universidad, Zaragoza, 1965). Ferrer Benimelli es también autor del capítulo “Aragón ante la Revolución francesa”, dentro del libro colectivo “España y la Revolución francesa” (Crítica, Barcelona, 1989), del historiador galo Jean-René Aymes, gran especialista en este periodo.

Desde el punto de vista militar, hay varios gruesos volúmenes del Estado Central del Ejército dedicados al conflicto, publicados entre 1949 y 1959 por el Servicio Histórico Militar con el título de “Campañas en los Pirineos a finales del siglo XVIII”. Más recientemente, en 1997, dentro de las “Actas del III Congreso Internacional de Historia Militar”, editadas por la Institución Fernando el Católico, se incluyen varias ponencias relacionadas con la participación aragonesa en la Guerra contra la Convención.

La causa primera del conflicto fue la Revolución francesa de 1789. El estallido social que supuso y especialmente su contenido anticlerical y antimonárquico pusieron en alerta a la Corona española, cuyo titular Carlos IV había establecido un pacto de familia con su primo, el derrocado y después guillotinado Luis XVI. La nobleza y el influyente y beligerante clero español iniciaron una fuerte campaña antirrevolucionaria y antifrancesa que tuvo una entusiasta respuesta popular en el primer año del conflicto, pero que se fue desinflando a medida que éste avanzaba y llegaban los reveses militares para el ejército español.

No toda la sociedad española estaba a favor de la guerra. Algunas minorías ilustradas e intelectuales –luego tildadas de afrancesadas– preferían evitar el conflicto con Francia. Uno de los más destacados partidarios de la neutralidad armada frente al expansionismo ideológico revolucionario francés fue el Conde de Aranda. El ilustrado aristócrata aragonés era el valido real al inicio del conflicto y su oposición al mismo le costaría el puesto y el exilio interior. Ferrer Benimelli, en su magnífico libro, desmonta las tesis de quienes creen que Aranda era simpatizante de la Revolución Francesa y lo acusan de masón. Aranda simpatizó con las ideas ilustradas, pero se mostró claramente defensor de la Monarquía al ver los derroteros que habían tomado los acontecimientos en Francia. Sus argumentos contra la guerra, luego convertidos desgraciadamente en realidad, eran que España poco tenía que ganar en ella y sí mucho que perder, sobre todo frente a la rapiña inglesa en las colonias españolas en América. Aranda siempre consideró a Inglaterra, y no a Francia, como el verdadero enemigo de España.

Sea como fuere, la escalada entre ambos países tomó un cariz irreversible y Francia declaró la guerra a España el 7 de marzo de 1793. España devolvió la declaración bélica el día 23 del mismo mes. Siguiendo casi en todo a Ferrer Benimelli, pretendo resumir aquí la incidencia que el conflicto tuvo en nuestra comarca ribagorzana y principalmente en el valle de Benasque, escenario de algunas escaramuzas armadas durante la guerra que nos ocupa.

Una de las primeras consecuencias de la Revolución fue la llegada a España de muchos exiliados franceses, nobles y clérigos en su mayoría. Huían de las persecuciones revolucionarias, pero pronto supusieron un problema para las autoridades españolas a quienes, al igual que al pueblo llano, impregnado de galofobia, no inspiraban demasiada confianza.

Ya desde el estallido revolucionario en el país vecino, el gobierno español, con Floridablanca como primer ministro, tomó medidas drásticas para evitar que las ideas revolucionarias penetraran en España. Fue el llamado cordón sanitario, que se estableció a lo largo de la frontera pirenaica desde 1790. Uno de los aspectos destacables de esta guerra fue el uso de espías y confidentes a ambos lados de la frontera. Así, en junio de 1792, llegó al gobernador español del valle de Arán la noticia de la existencia de un complot francés para matar al rey de España. Según las informaciones, tres franceses, cuyo nombre y descripción física se conocían con detalle, pretendían atravesar la frontera haciéndose pasar por caldereros para intentar llegar a Madrid y consumar el magnicidio. El gobernador de Viella escribió al caballero benasqués José Ferraz para ponerlo sobre aviso. El alcalde de Benasque, Juan Ignacio Cornel, ordenó una intensa vigilancia de la frontera y se consiguió detener a uno de los sospechosos, un tal Bautista Labadens, que sabemos falleció en la cárcel unos años más tarde. Los franceses que viajaban con él, y contra quienes nada se pudo probar, seguían en prisión “por si acaso” en 1796, una vez que las hostilidades ya habían terminado.

A finales de 1792 se fue preparando la guerra con la movilización de unidades militares y la formación de milicias populares en cada provincia. En el partido de Benabarre, al que correspondía la comarca de Ribagorza, según un documento fechado el 24 de mayo de 1793, se habían apuntado 288 voluntarios. Las milicias populares fueron, sin duda, fundamentales en el frente de Aragón.

Al iniciarse la guerra se crearon tres ejércitos en el Pirineo. El más numeroso fue el del frente catalán, con unos 32.000 hombres al mando del general Ricardos, barbastrense de nacimiento. El frente occidental vasco-navarro, a las órdenes del general Caro, contaba con un total de unos 20.000 hombres, entre soldados y voluntarios. El frente aragonés estaba al mando de Don Pablo Sangro y Merode, príncipe de Castellfranco, y entre militares y paisanos se aproximaría a los 6.000 hombres. Su misión era defender los difíciles pasos centrales del Pirineo y ayudar, si la situación lo exigía, como así ocurrió, a los otros dos ejércitos pirenaicos.

A finales de marzo, nada más iniciarse las hostilidades, los franceses ocuparon por completo el valle de Arán. La operación resultó fácil por encontrarse esta región en la vertiente norte de los Pirineos. La situación obligó tanto al ejército catalán como al aragonés a defender bien las posiciones montañosas y evitar que los galos continuaran hacia el sur, como al parecer llegó a ser su intención en algunos momentos. Pese a que hubo algunas disidencias entre Castellfranco y Ricardos, el ejército español, con gran participación de paisanos, logró contener los intentos franceses de superar los elevados puertos que separan las dos vertientes pirenaicas.

Cuando el conflicto se declaró, se puso en marcha un gran movimiento patriótico impulsado por la iglesia y la nobleza. Ambos estamentos participaron activamente en la movilización. Desde el primer momento la Iglesia trató de convertir el conflicto en una guerra de religión, en la que los españoles defendían el trono y el altar frente a los impíos franceses, republicanos y ateos. Hubo una activa participación de sacerdotes rurales en las actividades bélicas. En un documento que se conserva, los curas del valle de Puértolas, en Sobrarbe, solicitan armas al mando militar, que les contesta que éstas les serían enviadas desde Benasque. Los clérigos responden que prefieren ir ellos mismos a buscarlas a Barbastro, porque les resulta más fácil y podrán así disponer antes de ellas. El obispo de Barbastro ofreció al ejército los derechos y las rentas de las villas ribagorzanas de Graus y Chía. Cuando Castellfranco subió con su ejército desde Huesca hasta Graus, el obispo barbastrense lo alojó en su palacio episcopal y se sumó a la expedición. El teniente coronel de las Reales Guardias Walonas, en una carta escrita desde Graus a un colega suyo, hace esta irónica observación sobre el hecho de que Castellfranco contara con la compañía del prelado: “El segundo (el obispo) me parece más necesario que el primero (el príncipe), pues nos proporciona víveres y nos prodiga muchas bendiciones”.

Los tres lugares principales de Ribagorza con contingentes militares fueron, por orden de importancia y número de efectivos, Benasque, Vilaller y Graus. Aunque Vilaller pertenece en la actualidad a Cataluña, en aquel tiempo se incluía en Aragón y durante el conflicto fue custodiado por el ejército aragonés de Castellfranco. Vilaller era, además, un punto estratégico para la defensa de las incursiones francesas desde el valle de Arán. En el primer año de guerra, el sector oriental del Pirineo aragonés estaba al mando del comandante Mariano Ibáñez y contaba con 1476 hombres para la defensa de Benasque, Viella, Vilaller y todos sus núcleos agregados.

Fue en los meses de septiembre y octubre de 1793 cuando se registraron importantes combates en el valle de Benasque. Tras una acción española en el valle de Tena, los franceses que ocupaban el valle de Arán intentaron romper las defensas españolas y penetrar en nuestro país: primero por Vilaller, luego por Esterri d´Àneu y más tarde por Benasque. En este último caso, su plan consistía en descender hasta Graus y continuar después hacia Barbastro, Monzón y el valle del Ebro. Los intentos franceses resultaron infructuosos por la enconada resistencia ofrecida por los españoles.

El 4 de septiembre los galos atacaron los puertos de Rius y Viella y el Coll de Toro y el puerto de los Araneses en Benasque. Incendiaron varios barracones y se retiraron. El 3 de octubre el ataque se extendió también a los valles de Bielsa y Gistaín. La fuerte ofensiva de ese mismo día sobre Benasque y Plan obligó al príncipe de Castellfranco a desplazarse con urgencia desde Jaca para dirigir personalmente las operaciones de defensa. Los franceses, con una columna de un millar de efectivos, atacaron la zona del Hospital de Benasque desde los puertos de los Araneses y Gorgutes. Simultáneamente, atacaron también con dos mil soldados el puerto de Plan. Los combates duraron todo el día y los franceses, con muchas bajas, tuvieron que retirarse por la tarde. Sin embargo, los días 6 y 9 de ese mismo mes, aún con más efectivos y con cuatro cañones, volvieron a atacar el valle de Benasque. La situación fue muy delicada para el ejército aragonés que logró detener el ataque en las inmediaciones del Hospital, principalmente en el paraje denominado Esquerrero, entre los Baños y el propio Hospital de Benasque. Tras fuertes combates y una operación envolvente de las fuerzas españolas, los franceses tuvieron que retirarse definitivamente.

Esos días de 1793 serían sin duda de gran agitación y temor en el valle de Benasque. Se conservan dos documentos –uno del 22 de agosto y otro del 6 de septiembre– en los que se insta a todos los pueblos próximos a Benasque a poner a disposición del ejército todas las caballerías existentes. Entre éstas, que son denominadas bagajes, se distingue entre mayores y menores. Las mayores son los caballos y mulos; las menores, los burros. Además, se distingue también entre las caballerías de los infanzones, las del estado llano y las del clero. Los pueblos incluidos en esta lista son: Cerler, Anciles, Eresué, Ramastué, Liri, Arasán, Urmella, Bisaurri, San Feliu, San Martín, Gabás, El Run, Castejón, Sos, Sesué, Villanova, Sahún, Eriste y Benasque. En total hay 335 bagajes mayores y 122 menores. También se demanda un total de 130 mozos, repartidos proporcionalmente entre los distintos pueblos, para conducir las caballerías mayores.

Tras este intento fallido, y con la llegada de los fríos y las nieves, los franceses abandonaron la idea de penetrar en España por el Pirineo central. Aunque hubo algunas escaramuzas en la zona de Canfranc y en el valle de Arán, el valle de Benasque ya no volvió a ser objeto de ataques hasta el final de la contienda. La guerra pasó a librarse en los frentes occidental y oriental del Pirineo y allí fueron desplazados casi todos los efectivos del ejército aragonés. En abril de 1795, cuatro meses antes del armisticio, en las guarniciones ribagorzanas sólo quedaban 511 hombres en Benasque, 443 en Vilaller y 70 en Graus.

Después de los éxitos iniciales del ejército español, la guerra cambió radicalmente de signo en 1794 y 1795. Los franceses llegaron a tomar las ciudades de San Sebastián, Bilbao y Vitoria en el frente occidental y el castillo de Figueras en el oriental. Finalmente, las negociaciones entre ambos países llevaron a la firma de la Paz de Basilea, el 22 de julio de 1795. España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo y reconoció al nuevo régimen francés; a cambio, los franceses se retiraron de los territorios que habían ocupado y la línea fronteriza pirenaica volvió a quedar tal como estaba antes del conflicto. Pocos años tardarían sin embargo España y Francia en enfrentarse de nuevo en otra guerra mucho más larga, desgarradora y cruel que la que acabamos de relatar.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en el Llibré de las Fiestas de Graus 2015)

Foto: Estrecho de Esquerrero, cerca de los Baños de Benasque.

lunes, 10 de agosto de 2015

RIBAGORZANOS EN MAUTHAUSEN



En mayo de 2005, con motivo del sesenta aniversario de la liberación del campo de concentración nazi, publiqué en el suplemento “Domingo” de este diario un artículo titulado “Altoaragoneses en el infierno de Mauthausen”. Unos años después, y para la publicación comarcal “El Ribagorzano”, añadí al texto originario la posible relación de los internados en aquel terrible lugar que habían nacido en la comarca oscense de La Ribagorza. Desde entonces, y a través de diferentes fuentes e informaciones recibidas, he intentado completar, y corregir de algunos posibles errores, esa lista de nombres y lugares de origen de los prisioneros ribagorzanos que estuvieron en Mauthausen. En el presente artículo, que coincide con el setenta aniversario de la liberación del campo por las tropas estadounidenses en mayo de 1945, mantendré una parte de la introducción escrita hace diez años e intentaré fijar en lo posible la citada relación de los ribagorzanos que sufrieron el horror de aquel infierno.

El campo de concentración nazi de Mauthausen está situado en Austria, a unos 20 Km de la ciudad de Linz, en un hermoso paraje a orillas del Danubio. Los SS alemanes lo convirtieron en uno de sus siniestros campos de prisioneros en los que llevar a cabo sus delirantes planes de exterminio de enemigos y de seres considerados inferiores. Como en el resto de campos creados a este fin (Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Flossenburg, Neuengamme, Sachenhausen o Rawensbruck), allí sufrieron y murieron miles de internados de diferentes procedencias. En Mauthausen se explotaba laboralmente a los prisioneros hasta su extenuación antes de ser aniquilados. En él dejaron su vida entre 120.000 y 150.000 prisioneros. Aunque hubo españoles en otros campos, éste fue el que albergó al mayor número de ellos, unos 7.100. Alrededor de 850 eran aragoneses; por lo menos 640 murieron. De estos últimos, como poco, 247 habían nacido en el Alto Aragón y, por lo menos, 21 eran ribagorzanos.

Con la continua llegada de prisioneros, se crearon campos anexos que los alemanes denominaban "comandos". Uno de ellos fue el de Gusen, a tres kilómetros del central de Mauthausen. Era un lugar de exterminio rápido al que se mandaba a los internos que ya no tenían fuerzas para seguir trabajando. Allí acababan en la cámara de gas y en los hornos crematorios encendidos día y noche. El espeso olor de la carne quemada impregnaba el campo y sus alrededores. Algunos de los deportados, extenuados por el trabajo, ya no llegaban a esta prisión terminal porque eran eliminados en el propio Mauthausen con una inyección de bencina en el pecho, o en el llamado "camión fantasma" que servía de ambulante cámara de gas. Los fanáticos médicos nazis utilizaban algunos cuerpos para sus siniestros experimentos realizados en el cercano castillo de Hartheim.

Los españoles internados en Mauthausen eran republicanos que habían pasado a Francia después de su derrota en la Guerra Civil. Tras su estancia en los nada acogedores campos de refugiados, muchos se enrolaron en el ejército del país vecino y lucharon contra los invasores alemanes. Otros formaron parte más tarde de la Resistencia dirigida desde Londres por el general De Gaulle. Muchos fueron hechos prisioneros y fusilados en el acto; un buen número de ellos sería enviado por los nazis a los campos de concentración. La mayoría de estos últimos acabó en Mauthausen. Allí fueron catalogados como "rojos españoles". En la manga del traje de rayas azules y blancas que llevaban los prisioneros, se les puso un triángulo invertido de color azul con una "S" (spanier) de color blanco y un número de cuatro cifras, escrito en negro sobre una banda blanca. Ésta era su nueva identidad y debían saberla de memoria en alemán. Los españoles fueron abandonados a su suerte y en un principio fueron considerados como apátridas. Tras la visita al campo de Heinrich Himmler, jefe de las SS, fueron tratados con especial crueldad, y entre 1941 y 1942 miles de ellos perecieron en aquel infierno. En el momento de la máxima "ofensiva", llegaron a morir unos 3.000 en un periodo de sólo tres meses. La mayoría lo hizo en el campo anexo de Gusen, donde en un solo día perdieron la vida 70 españoles.

Con la llegada masiva de prisioneros soviéticos, fueron éstos, y los judíos, las víctimas preferidas de los nazis, y para ellos se creó un segundo campo en el propio Gusen. El ensañamiento con los nuevos deportados rusos alivió algo la situación de los españoles, quienes, curtidos en mil batallas desde hacía tiempo, resistieron mejor que otros las duras condiciones de vida e incluso llevaron la batuta de la red clandestina de resistencia que se había creado en el interior de la prisión. Suya fue la acción de robar y conseguir sacar del campo los negativos de las fotografías que los propios nazis tomaban de sus atrocidades y de las visitas de sus jefes. Fue ésta una valiosa prueba acusatoria en los juicios de Nuremberg. Cuando los norteamericanos liberaron el campo, una gran pancarta escrita en español, además de en inglés y en ruso en letras más pequeñas, les dio la bienvenida.

 Muchos españoles llegaron a Mauthausen después de su paso por los "stalag", cárceles de menor dureza en las que los alemanes encerraban a los prisioneros hechos al ejército francés. Entre esos españoles estaba Mariano Constante, nacido en la localidad monegrina de Capdesaso en 1920 e hijo de un conocido maestro del mismo nombre. Muerto en Montpelier en 2010, ingresó en Mauthausen en 1941, logró sobrevivir a aquella terrible experiencia y contó en sus libros el drama que le tocó vivir. "Los años rojos", "Yo fui ordenanza de los nazis" o "Republicanos aragoneses en los campos nazis" son magníficos documentos que mantienen en el recuerdo unos hechos que no deben ser olvidados por las sucesivas generaciones. En la última de las obras citadas, recuerda a algunos de los altoaragoneses con los que coincidió en su paso por Mauthausen. En un anexo final, recoge la relación de los 247 prisioneros nacidos en la provincia de Huesca y muertos en el fatídico campo. Casi todos ellos perecieron en Gusen y seguramente fueron algunos más, puesto que la lista está tomada de las actas de defunción expendidas por los propios nazis, que no anotaban todas las desapariciones. También es probable que bastantes altoaragoneses de nacimiento figuraran en la relación como catalanes, por estar afincados en la comunidad vecina cuando vivían en España.

Como ya me referí a algunos de esos altoaragoneses en el citado artículo anterior, voy a centrarme aquí en los ribagorzanos que estuvieron como prisioneros, y en su mayor parte murieron, en el campo de Mauthausen. En la lista de los fallecidos que aparece en el anexo final del libro de Constante, se incluyen catorce prisioneros en cuya ficha consta como lugar de nacimiento una población de la actual comarca oscense de la Ribagorza. A través de otras fuentes consultadas en Internet o por informaciones recibidas en mi blog, he añadido siete nombres más hasta confeccionar la siguiente lista, tal vez no definitiva y con algún posible error de transcripción, de 21 ribagorzanos que encontraron la muerte en Mauthausen y sus campos anexos. Son estos:

Antonio Cosialls Sallant, de Aler.
Vicente Palacín Sirera, de Benabarre.
Martín Sarroca Llaquet, de Capella.
Ramón Sigirán Barrau, de Castejón de Sos (casa Tintorero).
Emilio Demás Mora, de Chía.
José Saura Oliva, de Eresué.
Agustín Terés Miranda, de Estopiñán del Castillo.
Juan Campo Pérez, de Graus.
Gerardo Quiroga Andreu, de Graus.
Antonio Sesa Grau, de Graus.
Teótimo Sesa Grau, de Graus.
Modesto Escales Subirats, de Montanuy.
Simón Sampietro Alegre, de Montañana.
Joaquín Alós Villadier, de Morillo de Liena.
José Gea Ricarte, de Morillo de Liena.
José Senz Sesé, de Morillo de Liena
José Salamero Salamero, de Morillo de Liena
José Lloret Truch, de Neril.
Enrique Espot Badía, de Raluy.
José Demur Abad, de Sahún
Ramiro Porquet Castarlenas, de Torres del Obispo (casa Blasco o Bllasco).

Vicente Palacín Sirera, Martín Sarroca Llaquet, Joaquín Alós Villadier y Antonio Cosialls Sallant murieron en el campo central de Mauthausen en 1944. Todos los demás perdieron la vida en Gusen entre 1941 y 1942, excepto José Gea Ricarte que lo hizo en 1943. Aunque durante un tiempo dudé si el deportado José Mur Castán, muerto en Gusen, era de Alins (Ribagorza) o Alins del Monte (La Litera), he podido finalmente confirmar que era natural del hoy literano Alins del Monte.

En lo que yo he podido saber, solamente tres ribagorzanos lograron salir vivos del horror de Mauthausen:

Román Egea Garcés, de Graus, nacido el  9 de agosto de 1919.
Juan Mayora Murciano, de Benabarre, nacido el 10 de marzo de 1915.
Ángel Torrente Suelves, de Benabarre, nacido el 15 de marzo de 1919.

He podido saber que Román Egea Garcés, a día de hoy, sigue con vida y reside en Toulouse (Francia). Juan Mayora Murciano murió no hace mucho en su Benabarre natal. No he logrado información sobre Ángel Torrente Suelves.

Aunque hoy ya no pertenecen a la actual comarca de Ribagorza, pero sí a su ámbito cultural e histórico, añado los nombres de dos supervivientes de Mauthausen nacidos en Estadilla y Fonz. Se trata, respectivamente, de José Puy Lisa (18-8-1911) y Valero García Vilellas (22-9-1910).

Todos ellos, y todos los que pasaron por los campos de concentración nazis, los que murieron y los supervivientes de todas las nacionalidades, merecen ser recordados como víctimas de una de las experiencias más terribles de la historia de la humanidad, que debe permanecer en la memoria para que nunca más pueda llegar a repetirse.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo -rehecho de otros publicados anteriormente- que se publica hoy en el suplemento de San Lorenzo de Diario del Alto Aragón)