jueves, 28 de febrero de 2008

LAS COLONIAS INFANTILES EN RIBAGORZA DURANTE LA GUERRA CIVIL


TORRE PENTINETA O TORRE ROMERO EN LAS VENTAS DE SANTA LUCÍA, CERCA DE GRAUS


                                       BALNEARIO DE LAS VILAS DEL TURBÓN

En la pasada Guerra Civil, el territorio aragonés quedó partido en dos: la zona occidental, con las tres capitales de provincia incluidas, cayó en manos de los insurgentes golpistas; la zona oriental permaneció fiel al Gobierno de la República. Con la llegada de las milicias catalanas se creó un frente de guerra, con algunos focos más activos, a lo largo de toda la comunidad. La Ribagorza, en la zona más oriental de Aragón, permaneció, en un principio, alejada de las operaciones militares y a salvo de los peligros inmediatos del frente. Para apartar a algunos niños de los riesgos de éste y continuar con su educación, lejos del fragor y las penalidades de los enfrentamientos bélicos, se crearon en algunas poblaciones de esta comarca unas cuantas colonias infantiles que acogieran a los niños desplazados desde las zonas de combate. A explicar la creación y el funcionamiento de estas colonias ha dedicado Enrique Satué Oliván su último libro, aparecido en fechas recientes, "Los niños del frente", editado por el Ayuntamiento de Sabiñánigo, el Instituto de Estudios Altoaragoneses y el Museo Ángel Orensanz y Artes del Serrablo, dentro de la colección "A lazena de yaya" y espléndidamente ilustrado con los dibujos de Roberto L´Hôtellerie, profesor de Dibujo del I.E.S. Pirineos de Jaca.

Como en libros anteriores ("Religiosidad popular y romerías en el Pirineo","El Pirineo contado", "Cabalero, un viejo pastor del Pirineo" o "Caldearenas. Un viaje por la historia de la escuela y el Magisterio rural"), Enrique Satué lleva a cabo una valiosa aportación, en este caso histórica, al conocimiento de nuestro territorio. El libro informa sobre un aspecto poco conocido de la Guerra Civil y lo hace con documentación de primera mano: el autor ha localizado a algunos de los niños todavía vivos y, entre recuerdos veraces y algunos desvirtuados por el paso del tiempo y la propaganda posterior, ha reconstruido con rigor, fidelidad y detalle un episodio casi del todo olvidado de aquellos años de nuestra última contienda civil. Importante es también para esta reconstrucción el testimonio de personas como Palmira Pla, delegada regional de Colonias en el Gobierno regional de Aragón durante la guerra y prologuista del libro, cuya localización y encuentro en Benicàssim son narrados con emoción por el autor, y Pepita Facerías, directora de la colonia de Estadilla, que vivieron, desde dentro, la gestación, organización y desarrollo de esa singular experiencia educativa. También han servido al autor para su documentación las publicaciones de la FETE  sindicato ugetista de la enseñanza , algunos fragmentos de las cuales aparecen, a modo ilustrativo, en los anexos finales del libro.

El fenómeno de las colonias escolares empieza a producirse en Europa a finales del siglo XIX. La II República, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, fomenta su creación que, con la Guerra Civil y la necesidad de evacuación de la población civil de Madrid y de otros lugares asediados por el conflicto bélico, se convierte en una necesidad y una manera de alejar a los niños de los horrores de la guerra y de continuar su educación en las zonas rurales, que proporcionan una mayor tranquilidad y un contacto con la naturaleza que favorecen su formación integral. La mayoría de estas colonias se crean en Cataluña y Levante y reciben, fundamentalmente, a los niños que deben abandonar la asediada capital de España. En Aragón se ponen en funcionamiento algunas colonias en las zonas orientales de las provincias de Huesca y Teruel. El libro de Enrique Satué se centra en las oscenses, que, salvo la ubicada en Tamarite, de carácter anarquista y de la que apenas se tienen datos, se sitúan en la comarca de Ribagorza, en las poblaciones de Graus, Benabarre, Benasque, Estadilla hoy perteneciente al Somontano, pero histórica y lingüísticamente ribagorzana y Las Vilas del Turbón.

Estas colonias, excepto la de más tardía creación de Las Vilas del Turbón, tienen una duración de un año. Se crean en marzo de 1937 y se desmantelan, ante el imparable avance franquista, en el mismo mes de 1938. Los niños, que fueron trasladados hasta ellas en autobús y de noche para evitar posibles bombardeos, tenían tres lugares principales de procedencia: la ciudad de Madrid, en su mayoría trasladados a la colonia de Graus; el Sobremonte y la zona de Oliván, en el frente del río Gállego, al norte de Sabiñánigo; y el frente de Teruel, muy activo en algunos momentos y con alternancia en los avances bélicos de las fuerzas contendientes. La colonia de Las Vilas del Turbón fue creada en octubre de 1937 y sólo duró medio año; su creación se debió a la necesidad de acoger a los niños de Biescas, que, tras caer en manos franquistas, fue recuperada momentáneamente por las fuerzas republicanas en septiembre del 38. En total, estas cinco colonias ribagorzanas acogieron a unos 350 niños, cuyas edades irían de los 6 a los 14 o 15 años. Unos cien tuvo la colonia de Graus, casi todos ellos procedentes de Madrid y muchos de ellos huérfanos de maestros; sólo unos pocos eran de algunos pueblecitos de Sobremonte, cerca de Biescas. Otro centenar de niños había en la de Estadilla, procedentes fundamentalmente de Gavín y Yésero y una docena de una más variada procedencia (Hostal de Ipiés, Pina de Ebro, Fuentes y Candasnos). Una cincuentena hubo en la de Benabarre, con algunos niños de Madrid y otros de Sobremonte, Grañén y alguno de Lafortunada y Bolea. Los casi noventa de la colonia de Las Vilas procedían en su totalidad de la recuperada Biescas.

Los edificios que albergaron estas colonias son viejos caserones nobiliarios (Estadilla), modernas quintas de recreo (Graus y Benabarre) y establecimientos hoteleros (Benasque y Las Vilas del Turbón). En la mayoría de los casos eran edificios incautados que pertenecían a familias adineradas que huyeron o fueron fusiladas al inicio del conflicto. En Benasque, se trató del Hotel Benasque, situado a las afueras del pueblo, camino de Anciles, y propiedad de Valero Llanas Tolosa, nacido en Capella en una familia humilde y hombre emprendedor y laborioso que se vio obligado a huir de Benasque cuando estalló la guerra. Era un lujoso edificio ya desaparecido decorado con exquisito gusto, que disponía de una rica biblioteca y que, a buen seguro, debió de impresionar a los niños que en él se instalaron. En Las Vilas del Turbón, la colonia se ubicó en el hotel-balneario, que pertenecía a una familia que había vuelto rica de Fernando Poo, entonces posesión española en África. Era una modernista y luminosa construcción que sigue, con las transformaciones y modificaciones posteriores, en uso en la actualidad. El edificio de la colonia de Graus era la Torre Pentineta, también llamada Torre Romero, por pertenecer al diputado conservador José Romero Radigales, que residía habitualmente en Madrid. Se halla muy cerca de Las Ventas de Santa Lucía, a la izquierda de la carretera que une Graus con Benasque. Era una lujosa y moderna finca de recreo, espaciosa y dotada de los mayores adelantos (agua caliente, lavadora...), que incluso contaba con una capilla que fue convertida en sala de cine. En Estadilla, la colonia se instaló en un viejo caserón, situado en medio de la población y perteneciente al barón de la Menglana, quien, al parecer, lo cedió de manera voluntaria lo que le costaría luego la cárcel, a la que sobrevivió por su fidelidad a la República. Finalmente, el edificio destinado a colonia en Benabarre, que aún puede verse hoy a la entrada de la población, era también un moderno y acristalado edificio perteneciente a un propietario local que fue fusilado junto a otras 17 personas en los sangrientos primeros días de la guerra. Cuando las fuerzas franquistas tomaron Benabarre instalaron en este edificio su Estado Mayor.

En las páginas del libro de Enrique Satué conocemos muchos detalles que aquí resumimos sobre las colonias y las peripecias vividas por los niños en ellas alojados. Sabemos los nombre de dos de ellas. La de Graus se denominó "Joaquín Costa". Sabido es que el ideario de Costa ha sido valorado y apreciado con diferente intención y deseo de apropiación, por otra parte imposible por su riqueza e independencia, desde todas las posiciones políticas. La colonia de Las Vilas, según algunos informantes del autor, se habría llamado "Julián Mur", en honor al ex alcalde de Jaca, muerto en los combates del frente de Biescas. El libro explica con detalle el tipo de maestro que se ocupó de la educación de los niños de estas colonias y que fundamentalmente se ajustaba a varios criterios de selección: estar próximos o pertenecer al sindicato FETE, tener destino en territorio ocupado, formar matrimonios de enseñantes y, finalmente, estar mutilado, tener alguna minusvalía, tener hijos discapacitados o ser viudo. Conocemos en el libro los nombres de los directores de estas colonias y el ideario pedagógico y político que inspiraba su línea educativa, así como la vida cotidiana de las mismas en el breve periodo de su existencia.

La ofensiva franquista obligó a su desaparición en marzo de 1938. Vivimos en las páginas del libro esos terribles días y cómo resolvió cada una de las colonias la desastrosa situación y el final que de manera irreversible se avecinaba. Muchos niños fueron evacuados a Cataluña, a la zona de Tarrasa: así ocurrió con los de Estadilla, los de Graus, que luego fueron llevados, en su camino hacia Francia, a la provincia de Gerona, y muy probablemente los de Benabarre. Más caótico y temerario fue el final de la colonia de Las Vilas, donde, ante la llegada de los franquistas, algunos niños al menos una veintena  quisieron unirse a quienes pasaban a Francia y, hambrientos y medio descalzos, lograron llegar andando hasta la localidad de Pont de Suert. Los de Benasque vagaron varios días por Anciles hasta la llegada de los llamados nacionales. Cuenta también el libro el éxodo final de algunos de los niños evacuados a Cataluña, desde donde pasaron a Francia, llegando en un par de casos hasta la vecina Bélgica. Algunos se reunieron con sus familias, en su mayor parte huidas a Francia a través de la Bolsa de Bielsa. Muchos de ellos vivieron de manera heroica y emotiva el reencuentro con sus familiares, algunos volvieron a España y otros vivieron el inicio de un duro y largo exilio en los campos de refugiados franceses.

Para terminar este artículo hay que decir que la lectura del libro es muy recomendable, porque saca a la luz, con rigor, documentación y amenidad, un episodio de la Guerra Civil, que muchos, incluso siendo ribagorzanos, desconocíamos por completo y que, gracias a la labor investigadora y tenaz de Enrique Satué, hemos incorporado al conocimiento de nuestra Historia más reciente.

Carlos Bravo Suárez

(Foto: La Torre Romero o de Pentineta, en Las Ventas de Santa Lucía, cerca de Graus, en la actualidad, y balneario de Las Vilas del Turbón, actualmente)


Artículo publicado en Diario del Alto Aragón

ANA TENA PUY, ESCRITORA RIBAGORZANA

Se cumplen ahora diez años de la publicación de la primera novela escrita en la variedad ribagorzana de la lengua aragonesa. Se trata de "Ta one im" ("Adónde vamos"), de Ana Tena Puy, escritora nacida en 1966 en Panillo, pequeña localidad perteneciente al municipio de Graus. En la década transcurrida desde la aparición de la novela, Ana Tena ha escrito un buen número de relatos y poemas con los que ha ganado numerosos premios en diversos certámenes de literatura aragonesa. También con "Ta one im" ganó en 1996 el IV Premio Internazional de Nobela Curta en Aragonés "Chusé Coarasa".

Debo decir para empezar que, aunque casi no lo hablo en la actualidad y nunca he escrito en él, el aragonés ribagorzano es mi lengua materna. En mi infancia, en Torres del Obispo, todo el mundo lo hablaba, salvo el cura, el médico y el maestro. Se daba, por tanto, y sigue dándose, aunque tal vez menos, una clara situación de diglosia: el castellano era la lengua culta, de la enseñanza, los medios de comunicación, la misa y la administración, y el ribagorzano era el idioma familiar y coloquial que se hablaba en las casas y en la calle. Así mismo ocurría en Panillo, donde Ana Tena se imbuyó de esa lengua que tan bien utiliza en su literatura. Escribo esto porque mi condición de hablante ribagorzano me permite apreciar mejor el profundo dominio que Ana Tena tiene del habla ribagorzana, de sus giros, de sus expresiones, de sus frases hechas, de las entrañas de esa lengua en proceso tal vez irreversible de desaparición. La lengua ribagorzana en toda su riqueza es, pues, el primer elemento destacable de "Ta one im" y de la obra literaria de Ana Tena en su conjunto. Expresiones como "asabelo", quemesió", "manimenos", "encetar" o "alzar", por citar sólo unas pocas, me recuerdan el ribagorzano genuino de mi infancia que, con el paso del tiempo, a la vez que perdiéndose, ha ido sufriendo un acelerado proceso de castellanización.

La primera referencia literaria de "Ta one im" es, sin duda, "La lluvia amarilla", de Julio Llamazares. Hay que decir, sin embargo, que, según confesión propia, la autora ribagorzana no había leído la exitosa novela del escritor leonés cuando escribió la suya. No es de extrañar la coincidencia temática entre ambas, pues la despoblación galopante fue por un tiempo el primer problema de la España rural. Como la novela de Llamazares, el relato de Ana Tena cuenta la historia, narrada en primera persona, del último habitante  en "Ta one im", uno de los últimos de un pueblo al que la masiva emigración a la ciudad ha ido dejando vacío. Sin embargo, y paradójicamente, aunque en "La lluvia amarilla" ese pueblo es Anielle, en Sobrepuerto, el lugar descrito podría ser cualquiera de los cientos que en esos años sufrieron abandono y ruina en la España interior. Por el contrario, el pueblo de "Ta one im", cuyo nombre no se cita en la novela, sólo puede ser, casi en todos los aspectos, un pueblo ribagorzano. Obviamente, por la lengua que usa su protagonista, pero también por las costumbres y otros elementos que del lugar se describen.

No me resisto a añadir aquí, porque viene al hilo, una vinculación casi anecdótica entre "La lluvia amarilla" y Ana Tena. En la novela de Llamazares, una de las casas de Ainielle se llama casa Sosas. En una visita que el novelista leonés hizo hace unos años al instituto Baltasar Gracián de Graus dentro del programa "Animación a la lectura", le pregunté si era ése un nombre real de Ainielle o si lo había inventado o tomado de otro lugar. Me contestó que el nombre procedía de una aldea cercana a Panillo, en la que había estado en una ocasión. Pues bien, en esa casa Sosas, aún hoy habitada por sus padres, nació y se crió Ana Tena.

"Ta one im" adopta la técnica literaria, resuelta y mantenida con maestría y rigor desde la primera hasta la última de sus páginas, del llamado monólogo interior. Se trata de un recurso narrativo que empieza a usarse en la novela española sobre todo a partir de los años sesenta, con la emblemática y fundamental "Tiempo de silencio", de Luis Martín Santos. En esa década fue utilizado, entre otros, por Miguel Delibes en "Cinco horas con Mario", todo un largo monólogo interior. Los pensamientos del protagonista de "Ta one im", cuyo nombre sólo se dice una vez en la novela cuando él mismo lo lee en unos papeles, lejos de cargar de estático inmovilismo al libro, le aportan fluidez narrativa y nos informan tanto de las reflexiones interiores como de los movimientos físicos y desplazamientos del personaje. La propia decadencia física de éste va pareja a la del pueblo en que vive, al que ve desmoronarse día a día. Con él, también se derrumba un mundo que había permanecido casi inmutable durante siglos, y que ahora repentina y velozmente toca a su fin. Para el protagonista de la novela adaptarse a los nuevos tiempos es ya tarea imposible, prefiere por eso morir entre las ruinas de su pueblo, con su mundo y con una época que irremediablemente se acaba para siempre. Puede decirse, aquí sí con propiedad, que "Ta one im" es, como "La lluvia amarilla, una novela crepuscular: el final definitivo de un tiempo y de un mundo que ya nunca volverán. Y quizás también el de una lengua que durante siglos estuvo ligada a un microcosmos ajeno a transformaciones, y a la que los nuevos tiempos van arrinconando en el desván de los trastos viejos, con los objetos y utensilios que pertenecen al pasado.

Además de "Ta one im", la obra narrativa de Ana Tena se compone de varios relatos breves, premiados todos ellos en concursos literarios y publicados por O Consello d'a Fabla Aragonesa, y algunos cuentos de corte más tradicional. La autora muestra siempre una gran habilidad en estas narraciones breves: al interés de los contenidos se añade una cuidada escritura y un adecuado uso de léxico y sintaxis. También aparecen con frecuencia comparaciones sugerentes, como la expresiva "feba un diya cllaro como el güello de un mixón", que se repite en varios relatos. "Rayadas de sol en pardinas obagas" (premio "Lo Grau" 1997) se inicia con la lograda y bella metáfora "La fuella de papel bllanca y bacía me s'arremeteba". En el relato, la autora, a la manera de Unamuno en “Niebla", dialoga con un personaje con quien mantiene una jugosa conversación sobre la creación literaria y otros temas diversos. Tanto "Tornasols" (premio "Billa de Sietemo" 1997) como "La bullonera d'un alma" ("Lo Grau" 1998) son dos magníficos relatos breves donde varios personajes comparten protagonismo. Estos personajes, como corresponde a la brevedad del relato, aparecen sólo en sugerentes esbozos, pero con esos pocos y certeros trazos el lector se hace una idea de su situación y de su vida. Sin duda, su desarrollo potencial podría convertirlos en personajes de novela, pero la suma de sus situaciones en un espacio compartido otorga al relato una visión poliédrica, y es una muestra de la variedad y relativismo observables en cualquier conjunto humano. En "Tornasols", vemos las historias diferentes de tres personajes que vuelven a su pueblo por los días de la fiesta mayor, cada uno con su mundo y su particular relación con el lugar y sus gentes. En "La bullonera d'un alma", el espacio compartido es una estación de tren en la que un observador del trasiego diario intenta adivinar las vidas y situaciones que se esconden tras la apariencia de algunos viajeros. En "Más t'allá" ("Billa de Sietemo" 2001), a través de un diálogo en un bar entre la narradora y su interlocutor, se explica una historia sugerente relacionada con el vino de las bodegas de casa La Mora, del arruinado lugar de La Penilla, perteneciente en su tiempo al barón Rodrigo de Mur. En "L´ombre la santeta" ("Sietemo" 2005), Ana Tena, en un relato de final sorprendente, convierte en protagonista a un personaje citado antes brevemente en "Ta one im" y lo sitúa en las viejas historias de maquis, cuya actividad se dejó sentir por tierras ribagorzanas en los años cuarenta del pasado siglo. No ha sido publicado, y no he leído todavía, el relato "La garnacha Secastilla", ganador de la pasada edición del premio literario "Lo Grau".

Destaca también la escritora ribagorzana en la composición de hermosos cuentos, de lectura recomendable para niños y mayores. En el año 2001 publicó "Cuentos pa biladas sin suenio", que reúne seis bonitos relatos, casi todos de corte tradicional, aunque en uno aparezca el tema del racismo, tratado desde una óptica actual y moderna. De todos ellos se desprende una rica y provechosa moraleja. En una atractiva edición ilustrada, fue publicado el cuento "La gaita", que resultó ganador en el I Concurso de Cuento Infantil "Ciudad de Monzón 2001" en aragonés. Es una deliciosa narración con el tema de la amistad como fondo y con un destacado protagonismo de un instrumento tan aragonés como la gaita de boto. Para completar este recorrido por la obra en prosa de Ana Tena, sólo queda por citar su breve "Carta dende un llugar sin mar", que cierra la obra colectiva "Nuei de tiedas", publicada por Xordica en 1999.

Ana Tena, además de la narrativa, cultiva también el verso. "Bardo que alenta" es un libro de 1998 que reúne casi una cuarentena de poemas de temática variada. Van desde la introspección intimista hasta los temas sociológicos más actuales; en algunos casos, como en el poema "Los templos zevilizaus", con una manifiesta crítica a algunos aspectos de la modernidad. Largo, armonioso y de fondo historicista es el magnífico "Romanze del castiello de Paniello", sobre la muerte en Graus del rey Ramiro I, cuyas mesnadas salieron de dicha fortaleza con la intención, posteriormente frustrada, de tomar la plaza grausina, entonces bajo el poder musulmán. Tal vez sea "El tión" el mejor poema del libro; estos espléndidos versos son su final: "Y en la bilada, / soniarás con caminos que fan tornar las mozas; / cabilarás con rabia lo qu'ese podiu ser, / rebibín el rescoldo / de un fuego que no calenta / y que crema los trallos, / las fuellas y las benas. / ...Seguiz quedán-tos solos / el fogaril y tú, / anda que to se creme". Han recibido premios literarios sus colecciones de poemas "Como minglanas", "Zinco poesías tristas y una canta d'asperanza" con título nerudiano , "Y la lluna me sentiba" y "Retals de bersos". Además, la escritora de Panillo ha colaborado en publicaciones aragonesas como "O Rayón", "El Ribagorzano", "O Espiello" o "El Llibré" de Graus.

Ana Tena, siempre modesta y alejada de afanes protagonistas y oportunismos fáciles, es una magnífica escritora en lengua ribagorzana. Su talento y su capacidad para llegar a muchos sitios a la vez nos permite esperar de ella nuevas obras en el futuro, que puedan igualar o superar la mejor de las que hasta hoy ha escrito: la novela corta "Ta one im", cuyo décimo aniversario celebramos este año.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 11 de noviembre de 2007)

SAN MIGUEL O "LOS TEMPLARIOS" EN LA UBAGA DE GRUSTÁN




La iglesia de San Miguel, más conocida en la comarca como "Los Templarios", es un sorprendente y muy poco conocido lugar en las proximidades de Graus. Para llegar hasta él, tomamos en la villa ribagorzana el GR-1 en dirección a Grustán (1), pero, más o menos a mitad de camino, en vez de seguir las marcas que indican un atajo que se aparta momentáneamente de la pista, seguimos por ésta hasta llegar a un recodo de la misma a cuya izquierda se encuentra una pequeña y bien trabajada viña. Desde el camino, casi ya del todo tapados por el bosque de pinos que crecen en la ladera que desciende desde las rocas de la sierra de la ermita de San Pedro, en el paraje conocido como La Ubaga de Grustán, se pueden ver algunos restos del ábside de la iglesia que es fácil confundir en la distancia con las grisáceas peñas que asoman entre el verde de los pinos. Unos prismáticos pueden facilitar la identificación de nuestro objetivo y dirigir hacia él nuestros pasos con mayor seguridad. Si entramos, con el necesario cuidado con el cultivo, en la citada viña, descubriremos un estrecho sendero que unas pinturas rojas en algunos árboles nos ayudan a no perder. Llegamos de inmediato a un pequeño barranco, que atravesamos por un puentecito hecho con troncos, e iniciamos el ascenso por la ladera del pinar, por un terreno algo emboscado, pero, al menos en la actualidad, transitable sin gran dificultad. El lugar es húmedo y muy frío en invierno por encontrarse -como indica el topónimo con el que se conoce la zona- en la parte más umbría o "ubaga" de la sierra. Varias pinturas más en algunos árboles nos ayudan a no extraviarnos y en muy poco tiempo -desde nuestra salida desde Graus ha transcurrido, andando sin prisa, aproximadamente una hora-  nos topamos con los restos de la iglesia de San Miguel (2).

Se trata de una magnífica construcción que sorprende por la solidez y anchura de sus muros y la precisión y encaje de su sillería. Enseguida descubrimos que no estamos ante una simple ermita, sino ante un recinto religioso de una sola nave de cierta envergadura y de mayores pretensiones que muchas de las más rústicas edificaciones religiosas de la zona. La techumbre está hundida por completo, aunque las gruesas paredes del perímetro se mantienen en pie hasta el arranque de la bóveda, cuyos sillares hace tiempo que cayeron en el interior de la iglesia. El ábside, como siempre orientado al este, no se conserva íntegro, porque una parte se derrumbó según parece no hace demasiado tiempo. La puerta, abierta hacia el sur en la parte alta de la ladera, ha sido algo enterrada por los deslizamientos de tierra de la misma, pero conserva su arco de medio punto y sus jambas a ambos lados. En ese mismo muro encontramos una ventana completa, de arco de medio punto y de forma abocinada. Habría en el ábside otra ventana que ha desaparecido por el derrumbe de este lado de la iglesia. En ninguna de las paredes encontramos ningún motivo ornamental y el recinto presenta la austeridad propia del arte románico. Aunque no puede asegurarse tras la contemplación de su actual estado, la ermita tal vez tuviera una pequeña cripta bajo el altar, como ocurre en algunas construcciones con las que guarda un cierto parecido, como la iglesia de San Juan Bautista en la Vila de Besians o la iglesia del antiguo monasterio de San Martín de Caballera.

Fuera del recinto puede observarse un sarcófago de piedra antropomórfico y, a unos metros de distancia, la que sería la losa que lo tapaba. Se observan algunos restos que podrían ser de otros sarcófagos; personas que estuvieron bastantes años atrás en el lugar nos han contado que recuerdan con precisión la existencia de al menos tres de ellos, en aquellos años todavía bastante bien conservados. Además, encontramos algunos otros sillares diseminados por las proximidades del recinto. Aparecen también visibles las paredes de piedra de lo que, antes de la repoblación forestal de la zona, serían bancales escalonados, cultivados sin duda en tiempos no muy lejanos. Aunque el lugar parece haber sido recientemente algo desembarazado de ramaje, éste vuelve a invadir la zona y en el interior de la iglesia y en sus paredes han crecido algunos árboles que amenazan con emboscar el recinto de forma completa. Lo mismo puede decirse de su camino de acceso que, de no ser desbrozado con cierta frecuencia, puede acabar cerrado por el bosque si tenemos en cuenta que no parece, al menos hasta ahora, muy transitado. Tal vez el citado sarcófago debería ser trasladado a algún lugar protegido para evitar que sufra daños mayores. Creemos que, sin duda, la ermita de San Miguel merece ser más conocida y cuidada por el valor arquitectónico y la historia que encierran sus gruesos muros. A pesar de su importancia, y a buen seguro por su escondida ubicación y durante mucho tiempo difícil acceso, apenas es citada en los libros que recogen la relación de construcciones de estilo románico en la comarca o la provincia.

La tradición ha trasmitido en Graus el nombre de "Los Templarios" para esta construcción. Sabemos que hay mucha leyenda y poca documentación sobre la presencia en estas tierras de las órdenes militares, pero su influencia en Aragón durante el reinado de Alfonso el Batallador fue tan grande que el citado monarca les legó el Reino en su testamento, y trabajo tuvo Ramiro II el Monje, cuando fue nombrado rey tras la muerte de su hermano, para frenar las reivindicaciones de las citadas órdenes que exigían, apoyadas incluso por el papa Inocencio II, el cumplimiento de la voluntad última del monarca fallecido. En su reciente libro Septembris, Jorge Mur hace una breve referencia al lugar al señalar que a la muerte del rey Alfonso el Batallador tras el intento fallido de tomar Fraga en 1134, su hermano, el nuevo rey Ramiro II el Monje, "fue uno de los artífices de que las Órdenes Militares renunciasen a los derechos testamentarios en el reino a cambio, eso sí, de algunos lugares y bienes en Ribagorza. A los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén se les entregaron Siscar, Chiró y otras plazas, mientras que a los templarios Mongay, La Mellera, Purroy, Estopiñán y, cercanas a Graus, Grustán y el lugar de San Miguel, en el barranco de Regrustán" (3). Parece difícil, aunque no totalmente descartable, que, dada su proximidad a Graus, la iglesia fuera construida antes de la toma definitiva de la actual capital ribagorzana en 1083; pero, si hacemos caso a lo anterior, debía de estar ya terminada a la muerte del rey Alfonso en 1134. Por ello, puede creerse con bastante lógica que  sería levantada entre esas dos fechas, es decir, entre los finales del siglo XI y los principios del XII.

Sabemos también que el lugar pertenecía al término de Grustán, en la actualidad incluido dentro del extenso municipio de Graus. Entre los dos pueblos -Graus y Grustán- se establece un curioso paralelismo: ambos poseen una iglesia denominada de Santa María de la Peña -la actual basílica en Graus y la parroquial de Grustán- y, además, los dos tienen otra iglesia dedicada a San Miguel -la actual parroquial en Graus y la de "los templarios" en Grustán-. A su vez, la capital ribagorzana celebra, desde el año 1201, su más importante feria anual el 29 de septiembre, festividad de San Miguel. El arcángel San Miguel tenía una gran importancia en la religiosidad medieval y sobre todo para las órdenes militares. Se trata del ángel protector de los hombres frente al Anticristo y quien disputa con el diablo, delante de la balanza que pesa el bien y el mal y con la espada en la mano, cada una de las almas en el Juicio Final. Para los templarios era un modelo de ángel guerrero al que ellos pretendían imitar en su condición de clérigos soldados.

No sabemos qué suerte correría ni qué cambios experimentaría con la posterior caída en desgracia y expulsión de los templarios del Reino de Aragón. Ha llegado hasta nuestros días en el estado que hemos descrito y sería importante, para honrar nuestra historia y por el valor que posee, que la iglesia de San Miguel o Los Templarios sea preservada, sacada de su olvido y conocida como un importante vestigio de la rica historia de estas tierras.

NOTAS:
(1) Grustán es un pequeño pueblo deshabitado, situado en un paraje con una vista excepcional, cuya iglesia románica de Santa María de la Peña, donde se han realizado recientemente algunas obras de restauración, es una verdadera joya merecedora también de una detenida visita.
(2) Después de escribir este texto, que se publicó en Diario del Alto Aragón en 2002 y en El llibré de las fiestas grausinas del año 2003, se ha abierto un nuevo camino de acceso a la ermita y se ha colocado una indicación de madera, además de señalizar todo el itinerario con las marcas rojas y blancas de GR hasta la misma iglesia. El desvío del nuevo acceso se toma en el mismo camino a Grustán, en el lado izquierdo subiendo, pero un poco más arriba del que aquí hemos indicado.
(3) MUR LAENCUENTRA, Jorge. “Septembris. Historia y vida cotidiana en Graus entre los siglos XI y XV”. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca. 2003. Páginas 82-83.


Carlos Bravo Suárez y Francisco Rubio Fuster

(Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón en
el año 2002 y en El Llibré de Graus en 2003)

(Fotos actualizadas en 2010 y, excepto la última, tomadas todas tras la excavación realizada en el recinto en el verano de este año)

ESCENAS DE AYER EN LA ESCUELA RURAL


I

Tras veinte años en tierras catalanas, hace ya casi cinco que regresé a Ribagorza para trabajar como profesor en el I.E.S. Baltasar Gracián de Graus y para volver a vivir en esta tierra. Cuando llegué al instituto, me pidieron que diera una pequeña charla - embrión de la primera parte de otra dada después en la Casa de la Cultura de la capital ribagorzana y de esta serie de artículos - dirigida a los alumnos del centro; así lo hice, y eso me permitió realizar un ejercicio de memoria personal, que no necesariamente de nostalgia. Además, pensé que mis recuerdos podían servir de ejemplo para observar la evolución y los cambios producidos en la educación y en la enseñanza y, de fondo, en la sociedad en general, en nuestra comarca en las últimas décadas. Me disculparán, pues, si escribo sobre mí mismo, aunque en realidad mi papel en este recorrido sólo pretende ser el de un mero acompañante por los tiempos que en esta comarca me correspondieron vivir.

Yo nací en Torres del Obispo, pequeña localidad ribagorzana próxima a Graus, a cuyo municipio hoy pertenece. Fueron mi infancia y mi adolescencia las de un chico de pueblo en una época en que la postguerra comenzaba a quedar atrás y se iba notando una lenta modernización, si bien todavía muy lejos de los cambios que, a gran velocidad, se produjeron años más tarde. Comencé a estudiar en la primera mitad de la década de los sesenta en dicho pueblo, cuando en él había una escuela con un maestro para los chicos o "zagals" y una maestra para las chicas o "zagalas"; entre unos y otras sumaríamos entonces no menos de cincuenta alumnos. ¡Qué tristeza produce ahora ver esa escuela cerrada y en un lastimoso abandono por falta de niños en el pueblo! ¡Qué silencio, salvo en verano, reina hoy en aquellas calles por las que corríamos en tropel y alegre bullicio cuando salíamos de la escuela! Por esos años de mis inicios escolares, se produjo también el comienzo de una sangrante despoblación a causa de la emigración masiva a las ciudades industriales, en este caso, sobre todo, a Barcelona y alrededores. Ello coincidió, como bien se sabe, con la mecanización del campo, que hizo innecesaria la abundante mano de obra requerida hasta entonces para las tareas agrícolas, y que pasó a ser necesaria en los nuevos focos industriales creados en determinadas zonas de España. Esta comarca ribagorzana, como tantas otras de la España rural, vio partir a gran parte de sus habitantes en esa masiva emigración. En pocos años la despoblación fue galopante; sin embargo, como he dicho, cuando yo empecé a asistir a la escuela de Torres del Obispo, todavía éramos muchos los niños del pueblo. Recuerdo perfectamente aquella escuela, con sus roídos pupitres de madera, aún con sus agujeros para encajar en ellos el tintero que nosotros ya dejábamos de usar, pero cuya tinta anterior había dejado indelebles manchas sobre sus viejas superficies; y recuerdo sus antiguos mapas, físicos y políticos, y su crucifijo en la desconchada pared, tras la mesa del profesor.

Tampoco he olvidado a todos aquellos que en ella fueron mis maestros. El primero, Don Eugenio, - que nosotros pronunciábamos Donugenio, todo junto, comiéndonos la "e" inicial- sólo tardó un año en jubilarse. Aún me parece ver a su mujer, Doña María, entrar cada mañana en la escuela con un vaso de leche y unas galletas para su marido. Las energías y travesuras de una treintena de chavales de entre cinco y catorce años desbordaban sus ya escasas fuerzas para gobernarnos. Pienso ahora en aquellos maestros y maestras rurales con sueldos de miseria, con viviendas casi siempre mal equipadas - en Torres en el mismo edificio de la escuela- y teniendo que dar todos los cursos y todas las asignaturas a la vez - eso sí, no tantas como ahora- a un conjunto de muchachos, todos revueltos, bastante traviesos, - "trafegaus" dicen en mi pueblo - y algo asilvestrados por las circunstancias. Recuerdo cómo la escuela quedaba medio vacía en épocas de recolección porque muchos alumnos tenían que ayudar a los padres en los trabajos del campo. El maestro ponía cara de resignación cuando un alumno le decía que al siguiente día no iría a la escuela porque tenía que ir a "apacentar las ovejas" o a "ayudar a coger almendras". Creo que Don Eugenio se sentiría aliviado al jubilarse y librarse por fin de nosotros. Vivió después, hasta su muerte, bastantes años en el pueblo y era frecuente encontrarse con su figura, aún ágil, paseando por los alrededores del lugar con paso todavía ligero y moviendo con garbo su bastón. Era famoso, y a veces objeto de burla, por su estricta aplicación de una férrea economía ahorrativa, - su máxima favorita era "orden y economía" - que con toda seguridad tuvo que poner en práctica para no sufrir en propias carnes aquella terrible sentencia que lo dice todo sobre la situación de los maestros de aquel tiempo: "pasar más hambre que un maestro escuela". En fin, ahora, con el paso de los años, no puedo sino recordarlo con cariño y rendir homenaje en su figura a todos aquellos esforzados maestros que intentaban, y muchas veces conseguían, enseñar en una situación de penuria generalizada en todos los aspectos.

Vinieron al pueblo, tras Don Eugenio, otros maestros más jóvenes, que duraban poco tiempo en él, buscando quizás otros destinos menos inhóspitos y remotos. Los recuerdo a todos por sus nombres, con su incuestionable e inseparable "don" delante; uno de ellos encontró allí novia y, a causa de sus cortejos, casi siempre demoraba su llegada a la escuela, provocando sus tardanzas gran alegría y regocijo entre nosotros, que aprovechábamos para subirnos a sillas y pupitres y desmadrarnos a espuertas, excepto el encargado de vigilar su llegada, quien desde su puesto de guardia y al grito de "¡que viene!", frenaba en seco nuestro descontrol y nos devolvía a la seriedad y a las caras de no haber roto nunca un plato más absolutas. Pero no todos los recuerdos son amables ni gratos, también vienen a mi mente los frecuentes castigos físicos de todo tipo: coscorrones, bofetadas, azotes con la regla en la palma de la mano, en las puntas de los dedos y en los muslos que dejaban al descubierto nuestros pantalones cortos en primavera, las largas estancias de rodillas sobre el frío suelo que se clavaba en nuestros huesos y, de manera habitual con Don Manuel, los castigos encerrados - "los zagals s´han quedau encerraus"- en la escuela durante horas después de terminado el horario normal. Recuerdo, ahora con cariño, aunque entonces ponía en entredicho mi reputación ante los compañeros que se burlaban de mí por ello, cómo más de una vez, mi abuela, ante la previsión de que el castigo como de costumbre se prolongara hasta la noche, llamaba a la puerta de la escuela y, con la mayor amabilidad y sin el menor reproche, le decía al maestro que "me subía una chaqueteta no fuera a ser que me enfriara al salir".

Y eso me lleva a recordar el frío de los largos inviernos, las escarchas matinales, las orejas y los pies helados, y la estufa de leña con su largo caño en forma de "ele" presidiendo el aula. Los mismos alumnos nos encargábamos de alimentar de leña aquella vieja estufa; cada día, cada uno de nosotros llevaba a la escuela su pequeño tronco de leña, su "tizón", y ¡ay del que se olvidara!, porque el maestro, con cajas destempladas, le hacía volver a su casa a buscar el "tizón" que le correspondía aportar al montón de leña que se apilaba ordenada en la entrada de la escuela. El "tizón" matinal, en los días de invierno, era tan sagrado como el "Ave María Purísima" o el "usted lo pase bien" que repetíamos uno tras otro en un retahíla musical, día tras día, al entrar y al salir de la escuela en la más estricta fila. A veces, el caño de la estufa se rebelaba y la escuela se llenaba de humo hasta que conseguíamos hacerlo tirar como debía, entre el alboroto general y en medio de un concierto de toses exageradas que el maestro tardaba en lograr extinguir. Como tardaba en apagar y hacer volver al punto de partida nuestro estudio en voz alta de las lecciones, que iba aumentando de volumen hasta convertirse en un desaforado concierto de voces que ponían música a la lista de los ríos de España o de las capitales europeas, que más tarde éramos incapaces de repetir si no era con el correspondiente acompañamiento musical.

No puedo olvidar algo que hoy nos parece tan alejado y que entonces era habitual: la estricta y severa separación por sexos en la escuela, mucho más severa que en la calle. Recuerdo que chicos y chicas compartíamos el patio, aunque nuestro espacio de recreo estaba separado por una pequeña acequia que lo cruzaba y dividía en dos partes casi iguales; los chicos jugábamos a un lado, las chicas lo hacían al otro y nadie osaba traspasar aquella línea fronteriza. Aquella pequeña acequia tenía para nosotros el mismo poder disuasorio que un foso lleno de hambrientos cocodrilos en un castillo medieval. Cuando nos hicimos un poco mayores, los niños podíamos ir a jugar al fútbol a las eras próximas a la escuela. Recuerdo las porterías, hechas con dos montoncitos de piedras, y los desniveles del suelo sobre el que corríamos, todos en un montón, detrás de la pelota; en uno de los laterales de la "era gran o de arriba"- el campo de juego de los mayores, los pequeños jugaban en la "era chica o de abaix"-, había un estercolero ("femero") y a veces alguno de nuestros patadones arrojaba sobre él la única pelota de que disponíamos y había que intentar sacarla de allí con alguna caña larga o lanzándole piedras que la acercaran a la superficie seca; eso, en ocasiones, consumía casi todo el tiempo de un recreo, por no hablar del olor y el aspecto de la pelota rescatada y sus efectos sobre nuestra higiene, ya de por sí un tanto descuidada.

II

Llegaban también los meses del rosario y de las flores - octubre y mayo -, con la obligada asistencia a los rosarios de la tarde en la iglesia, que cortaban de cuajo nuestros juegos callejeros. Doña Pilar, la maestra de la escuela de niñas de Torres del Obispo, controlaba la asistencia y exigía un silencio absoluto y la observancia de la debida compostura durante los oficios religiosos; y más valía no exponernos a sus enfados, que hasta el propio maestro temía. Como algunos de estos maestros no se quedaban en el pueblo durante los fines de semana, era ella la que vigilaba nuestro comportamiento en la misa dominical, y los lunes no respirábamos tranquilos hasta que no veíamos que, por suerte, no estábamos incluidos -¡ay de los que lo estaban!- en la lista que entregaba al maestro con los nombres de los que el día anterior habían cometido uno de los mayores delitos posibles: enredar en misa. Tampoco he olvidado las clases de doctrina en la abadía, como se llama en Torres a la casa donde vive el cura, ni la tremenda Semana Santa, con las procesiones, la confesión obligatoria o "cumplimiento" y los sermones de los predicadores que venían de fuera y que, más de una vez, provocaron en mí un miedo atroz y hasta pesadillas con sus descripciones terroríficas del infierno y del demonio.

Las celebraciones religiosas, de diferente cariz y condición, jalonaban el año, y las horas pasadas en la iglesia, a veces sudando, otras tiritando y con los pies helados, fueron muchas. Navidad, San Antonio y San Sebastián - con las ventas o subastas de los productos recogidos en las casas del pueblo- , La Candelera, San Blas, Miércoles de Ceniza, la citada Semana Santa, la Ascensión - cuando se celebraban las primeras comuniones -, el Corpus - con los llamados monumentos en las diferentes calles de la población -, San Juan y San Pedro - con las hogueras nocturnas para las que recogíamos los días previos trastos viejos para quemar en esas noches de una magia especial -, Santiago y Santa Ana - la fiesta mayor, que esperábamos y preparábamos desde que empezaba el verano; ¡qué expectación se despertaba en nosotros con la llegada de la orquesta ("las trompas", decían los mayores ), y con los primeros pasacalles!; eran días de estreno y verdaderamente únicos en el calendario anual -, la Virgen de Agosto, la Virgen de las Ventosas - sin duda la más divertida, con la romería, que en los primeros años hacíamos andando y después todos los jóvenes en el remolque de un tractor con "pacas" de paja como asiento, hasta la ermita rupestre situada en un hermoso paraje entre rocas en el término de Puyvert y donde concurrían por aquel tiempo gentes de Torres, de Aler, de Castarlenas, de Benabarre y hasta de Juseu, según creo recordar; "la juventud", como nos decían, comíamos siempre bajo la gratificante sombra de una gran carrasca que ya teníamos para nosotros reservada de un año para otro- , y, cerrando el ciclo, la Purísima, segunda fiesta o de invierno, con el frío y el baile en el viejo salón que se abarrotaba de gente en esos días.

Volviendo a la escuela, la de los chicos tardó algún tiempo en disponer de servicios - todavía no había agua corriente en el pueblo- y teníamos que hacer nuestras necesidades fisiológicas en alguna era, a la intemperie, buscando algún rincón donde no pudiéramos ser vistos y expuestos al crudo frío invernal. Para orinar era más sencillo, pues teníamos reservado un rincón detrás de la propia escuela, en sus paredes posteriores, que ya habían sufrido una clara erosión por la reiterada sucesión de nuestros desahogos. Recuerdo el azoramiento que se apoderaba de nosotros en los primeros días de escuela al pedirle al maestro que nos dejara salir, y el intento de suavizar mediante eufemismos ("puedo ir a hacer de cuerpo") las expresiones tabú que usábamos sin complejos entre nosotros.

Podría recordar muchas anécdotas de esos primeros años de escuela, y no me resisto a añadir aquella que vivimos varios de los chicos del pueblo cuando una tarde, esperando para entrar, pasó una caravana de camiones de color verde que despertó nuestra curiosidad. Alguien dijo que eran petroleros y que iban a buscar petróleo por los alrededores del pueblo. Sin pensarlo dos veces, olvidados de la hora, tomamos la carretera de Benabarre, convencidos de que enseguida nos encontraríamos con aquellos vistosos y, para nosotros, exóticos camiones; anduvimos un buen rato seguros de que a la siguiente curva aparecerían ante nuestra vista, pero eso nunca ocurría y cada vez estábamos más lejos del pueblo. La decepción se tornó en miedo cuando recordamos que era hora de estar en la escuela. Volvimos con inquietud creciente y el temor al castigo del maestro y de nuestros padres hizo que decidiéramos escondernos en una de las eras de los alrededores del pueblo. En éste, la alarma fue en aumento: no habíamos estado en la escuela, nadie nos había visto, nadie sabía nada de nosotros y la preocupación era grande. Finalmente, y para alivio de todos, fuimos descubiertos y volvió a reinar la tranquilidad, aunque nada nos libró de las sucesivas regañinas y castigos de los que ingenuamente habíamos pretendido escapar.

Y un día llegó el momento de empezar el Bachillerato, que entonces se iniciaba a los diez años y estaba repartido en los cuatro cursos del Bachillerato Elemental y los dos del Superior más la Reválida, en nuestro caso ya sustituida por el nuevo COU. Éramos muy pocos en el pueblo los que podíamos o queríamos estudiarlo. Mis padres siempre quisieron que yo lo hiciera, aunque eso les supusiera esfuerzos y sacrificios económicos importantes: pero, como para otros en la misma situación, el problema era que para estudiar Bachillerato tuviéramos que salir del pueblo, era complicado y costoso tener que enviarnos tan pronto fuera de casa. Por suerte para todos, cuando llegó el momento, nuestros padres alcanzaron un acuerdo con el nuevo maestro del lugar y él accedió a prepararnos como alumnos libres sin tener que salir de la localidad. Aquel maestro fue el más importante para mí; siempre lo recordaré; se llamaba Don Emilio y creo que era de un pequeño pueblo llamado Fuendecampo. Él despertó en mí un interés por el estudio que ya nunca he abandonado, me dio confianza, me animó a estudiar y aplicó unos nuevos métodos pedagógicos, sin recurrir nunca al castigo físico que hasta entonces había sido bastante habitual. Cuando terminaba su jornada escolar con los alumnos de la Enseñanza Primaria, a las seis de la tarde, nos recibía en su casa - recuerdo cómo, más de una vez, hacía su cena mientras repasaba nuestras lecciones -, para prepararnos como alumnos libres a los cinco únicos chicos del pueblo que cursábamos entonces el Bachillerato. Mientras tanto, durante el día, estudiábamos en nuestras respectivas casas; yo lo hacía casi siempre, al menos durante el largo invierno, en la cocina de la mía, junto a aquella cocina económica que había sustituido hacía poco a la de tierra y que años más tarde sería a su vez sustituida por la de butano, y mientras mi madre trajinaba por la casa o preparaba la comida cuya elaboración, con sus ruidos y sus olores, acompañaba mis esfuerzos por aprender las materias que estudiaba.

La cocina, como en tantas casas pirenaicas, era el núcleo vital de la nuestra - en invierno salir de ella significaba entrar en el reino de los fríos -, y aunque luego fue reformada, recuerdo, con todos los detalles, aquel espacio en el que pasé tantas horas, desde las negras arandelas concéntricas de la citada cocina económica hasta el aparador sobre el que descansaba uno de aquellos primeros aparatos de radio, que todavía conservo como una valiosa pieza de museo y que, si la actividad lo permitía, me acompañaba en mi tarea o me procuraba algún pequeño descanso en el estudio, con aquellas mañanas de canciones dedicadas en Radio Huesca, el omnipresente "parte" en los mediodías y el muy bien sintonizado "aquí Radio Andorra". A mi casa, como a la mayoría de las del pueblo, todavía no había llegado la televisión, que en un principio sólo tuvieron el bar y algunas pocas familias del lugar. Recuerdo cómo se llenaba aquel bar, sobre todo los sábados por la noche o las tardes de toros o de fútbol; todo el pueblo acudía a lo que eran verdaderos acontecimientos sociales para los que hacía falta colocar hileras de bancos que dieran cabida a toda aquella concurrencia. Los niños, en las tardes de vacaciones, íbamos por las pocas casas que disponían de televisión para pedir que nos dejaran ver las películas o aquellas series de las tardes de domingo que nos entusiasmaban, como "Bonanza" o "El Virginiano". Aún me parece oír aquella pregunta - "¿que mos dejan subí a ve la tele?"- a la que esperábamos ansiosos una respuesta afirmativa que cuando no se producía nos frustraba enormemente y nos obligaba a continuar con nuestra peregrinación. En algunas casas siempre acababan entonces mismo de fregar y no podíamos pisar el suelo, en otras nunca acababan de comer y en el bar solíamos terminar haciendo demasiado ruido y molestando y nos mandaban a la calle.

Pero volviendo al Bachillerato y al abnegado Don Emilio, nuestra condición de alumnos libres de un pueblo pequeño nos obligaba a examinarnos en Huesca - aunque creo recordar que algún año ya lo hicimos en Graus -, en una de las contadas ocasiones en que salíamos del pueblo. Nos lo jugábamos todo a una carta en un solo examen de toda la materia de cada asignatura, sin ningún tipo de evaluación trimestral o parcial y ante unos profesores examinadores que nunca nos habían visto antes ni sabían nada de nuestra trayectoria anterior. A pesar de los nervios que esa situación nos producía, nuestro esfuerzo y la buena preparación que nos proporcionaba nuestro maestro siempre obtuvieron brillante recompensa, y volvíamos al pueblo dispuestos a disfrutar de las vacaciones de verano, con los baños en el río y las largas noches en la calle, saboreando una libertad que nos llenaba de vida y de alegría.

III

Pero un día las cosas cambiaron para los alumnos de Bachillerato del pequeño pueblo de Torres del Obispo y para nuestra desgracia Don Emilio, el maestro que nos impulsó a estudiar, no recuerdo bien si porque fue trasladado o porque necesitaba un merecido descanso con más tiempo libre para otras cosas, dejó de poder ocuparse de nosotros. En nuestras familias volvió a cundir el pánico; para nuestros padres, y para nuestras madres, sobre todo, todavía era un drama que tuviéramos que salir del pueblo. Por fin, y tras insistir en ello, el cura párroco, Mosén José Escalona, persona amante de los libros - en su casa tenía muchos y de variados temas - y de la cultura, del que guardo un buen recuerdo como hombre muy abierto para su época y su condición, y sin ninguna pretensión de adoctrinarnos - aún lo veo arremangándose su sotana para jugar con nosotros a la pelota en el frontón o trinquete del pueblo -, casi como una obra de caridad, y como último y único remedio, accedió a prepararnos para tercero de Bachillerato. Ahora ya no estudiábamos en nuestra casa sino en la suya - la abadía -, que convertimos en nuestro campo de acción.

Mosén José sólo pudo aguantarnos un año; creo que aquél coincidió con el momento máximo de nuestras energías que se desbordaban en forma de continuas travesuras. Teníamos doce o trece años y estábamos en nuestro apogeo. Recuerdo muchas y variadas travesuras en aquella casa y creo que poco faltó para que sólo cinco mocosos volviéramos locos a Mosén José y a su casera, la señora Mercedes, una mujer mayor, casi una anciana, que, ante las muchas ausencias del párroco que debía atender varios pueblos, se ocupaba de nosotros buena parte del tiempo y de cuya ingenuidad abusábamos engañándola sin piedad. Recuerdo, como ejemplo, que en la "falsa" o "perche" de la casa - así se llama en el pueblo al último piso, el más alto - había un pequeño conejar cerrado por una tela metálica con una pequeña puerta, donde Doña Mercedes criaba algún conejo y, como a la mujer le costaba mucho subir las escaleras hasta allí, nosotros nos ofrecíamos para darles comida a los animales. Cuando entrábamos en el conejar, buscábamos a los conejos en aquellos "cados" o madrigueras de obra, hechos con yeso y tejas, y los soltábamos por el resto de la "falsa", empezando una competición - como si de un nuevo deporte se tratara - hasta ver quién los cogía primero. Así pasábamos largo rato, y como Doña Mercedes, en su despiste senil, no medía bien el tiempo, cuando alguna vez nos decía que tardábamos mucho, le respondíamos que se nos había escapado un conejo y que nos había costado bastante poder cogerlo. Hasta algunas botellas de licor, que estaban guardadas en un armario del comedor y que un día descubrimos en nuestras incursiones por todos los rincones de la casa, rebajaron algo su nivel. Fue un verdadero milagro que aquel año aprobáramos el curso.

Para el curso siguiente, cumpliríamos los catorce años, edad que entonces se consideraba prácticamente la frontera de la adolescencia, ya seríamos casi mayores y, además, se había puesto en funcionamiento el nuevo instituto de Graus, en la placeta de la Compañía. Iríamos a Graus a seguir nuestros estudios. Pero entonces las cosas eran más difíciles que ahora. Había que resolver varios problemas. En primer lugar, el del desplazamiento: no funcionaba en aquel tiempo ningún tipo de transporte escolar como el actual, y tendríamos que ir y volver cada día con lo que llamábamos el coche de línea, al que todo el mundo conocía como el "ford", porque el primero que había funcionado en ese itinerario era de esa marca y dejó el nombre acuñado para los posteriores. Nosotros, de niños, hacíamos un juego de palabras que nos resultaba divertido y que se ajustaba bastante a la realidad: "el ford e fort" ("el ford es fuerte"). Fuerte tenía que ser, aunque a veces renqueara por la "puyada" de Santo Domingo, para recorrer cada día aquella estrecha y sinuosa carretera, una sucesión interminable de curvas que unía Graus y Benabarre y que según decían en el pueblo por fuerza tenía que haber sido diseñada por algún ingeniero que empinara el codo más de la cuenta. Esa mareante carretera, en poco diferente a tantas otras de nuestra geografía, no fue mejorada en su trazado hasta hace unos pocos años.

Aquel autobús pasaba por Torres a las siete y media de la mañana y no volvía hasta las ocho de la tarde, noche cerrada en invierno. Apenas había coches en el pueblo y no había otro transporte posible - y aún gracias, porque otros pueblos vecinos ni siquiera disponían de autobús de línea que pasara por ellos -. Cuántas anécdotas y recuerdos en aquel viejo autobús. En un principio tenía un conductor y un cobrador-recadero, separados en dos trabajos realizados por personas diferentes y más tarde desempeñados ambos por el propio chófer. Mucha gente usaba aquel autocar que, principalmente los lunes, registraba unos llenos completos. La gente bajaba al mercado a Graus a primera hora de la mañana y no volvía hasta la noche. Ha quedado en mi memoria olfativa el penetrante olor a trufa que impregnaba hasta el último rincón del autobús muchos de aquellos lunes. Los truferos llevaban su valiosa mercancía al importante mercado grausino en medio de un secretismo absoluto de unos para con otros; se hacían bromas y comentarios, pero yo creo que nadie sabía la cantidad de trufas que los demás llevaban en sus zurrones: era un mundo misterioso del que aquel fortísimo y penetrante olor era la única constancia. Recuerdo también que, en Pueyo de Marguillén, subía al autocar un buen número de chicas que iban a trabajar a los dos talleres textiles existentes entonces en Graus: San Fertús y el conocido como "Los cueros". Nosotros, en nuestra rudeza, las hacíamos enfadar algunas veces diciéndoles que trabajaban en cueros. Los chicos nos sentábamos casi siempre al fondo del coche y, a menudo, aprovechábamos para fumar a escondidas nuestros primeros cigarrillos: una vez provocamos un pequeño incendio que hizo caer sobre nosotros una tremenda bronca del conductor que cortó así de raíz aquella mala y peligrosa costumbre. Por la tarde, íbamos a la taquilla, situada junto al bar Lleida, a sacar el billete, y allí esperábamos la salida del autobús de vuelta, en aquella estación que ver hoy en estado de abandono no deja de producirme cierta pena.

Pero había que resolver aún otro importante problema: ¿dónde estaríamos desde que llegáramos a Graus -a las ocho de la mañana- hasta las nueve o las nueve y media en que empezaban las clases y desde que éstas terminaran hasta que el autobús nos devolviera al pueblo? Y, sobre todo, ¿dónde comeríamos? No había en Graus ninguna residencia para estudiantes, ni comedor, ni nada parecido, para los alumnos del instituto. Al final, se halló una solución. Nuestros padres encontraron una familia de Graus, aunque recuerdo que era originaria y llegada hacía poco de Grustán, que accedió a dejarnos estar en su casa durante las horas mencionadas. En aquella casa, situada en un callejón que iba a dar a la carretera o calle Ángel Samblancat, junto a las entonces Metálicas Grustán, y con aquella familia, comíamos cada día, siguiendo un curioso sistema: con ellos compartíamos su primer plato, mientras que el segundo y el postre lo llevábamos nosotros en una fiambrera que dejábamos en la casa por la mañana y que nos era servida caliente al mediodía. Recuerdo con cariño a aquella familia compuesta por seis mujeres - abuela, madre y cuatro hijas- y un solo hombre. Lamenté la muerte de la abuela recientemente, porque, en mi recuerdo, era la imagen de una mujer vigorosa que gobernaba la casa con gran energía. De esa manera comimos durante tres años, hasta que, terminado el Bachillerato Superior, fuimos a Barbastro a estudiar COU.

Por las tardes, íbamos a estudiar, y en invierno a estar calientes, a la biblioteca de la plaza Mayor y en ocasiones al domicilio de algún compañero del instituto. Cuando llegaba el buen tiempo y se acercaban los exámenes finales, más de una vez íbamos a Regrustán, lugar - entonces cuidado y bastante frecuentado - parecido al denominado "locus amoenus" o "sitio ideal" por los clásicos, con la sombra de los árboles y el ruido del agua y el canto de los pájaros que casi ahogaba el de los no demasiados automóviles que circulaban entonces por la carretera; apoyábamos los libros o apuntes en las mesas de piedra y encontrábamos allí, en la frescura apacible del lugar, una concentración que el calor nos impedía alcanzar en otros sitios.

En ese momento, el instituto de Graus estaba ubicado en la placeta de la Compañía, donde estuvo funcionando hasta hace pocos años, en que se construyó el actual. Entonces se trataba de un C.L.A. (Colegio Libre Adaptado) y su puesta en marcha, ya unos años antes en los cuarteles, fue una iniciativa fundamental para Graus y toda la comarca, por ello hay que reconocer y valorar el esfuerzo de todos los que trabajaron en él. A mí, después de los años anteriores en el pueblo, me parecía una maravilla. Sobre todo, recuerdo que lo que más me impresionó fue el gimnasio, con sus espalderas, su potro y su plinto; hasta entonces, en el pueblo, hacíamos la gimnasia - más tarde llamada educación física - en alguna era, y la única manera que teníamos de saltar el "potro" era haciéndolo sobre la espalda de un compañero agachado. Visto con la perspectiva de los años y comparándolo con la actualidad, era aquél un centro casi de mínimos. Las carencias se suplían con un gran voluntarismo por parte de todos, los profesores eran pocos y algunos se veían obligados a impartir varias asignaturas, a veces ni siquiera relacionadas entre sí. Siempre he tenido un excelente recuerdo de esa época: los estudios me fueron bien y he creído siempre que los estudiantes que poníamos un poco de nuestra parte salíamos con una más que aceptable formación. Luego, así me lo reconocieron cuando continué estudios en otros lugares. Recuerdo con cariño y aprecio a todos esos profesores. A Don José Naya, que nos hacía fáciles las matemáticas y nos resolvía todos los problemas, por difíciles que fueran, Don Roberto Subirá, Don Alberto, Mosén Joaquín Rivera, que, a media mañana, viendo que mi voraz apetito no podía esperar hasta la hora del recreo, me dejaba comer un poco del bocadillo que traía y sobre cuyo enorme tamaño hacía broma, Aurora Blanco, que fue mi profesora de Lengua y ahora, años después, es compañera de trabajo, y otros cuyos nombres no recuerdo con tanta precisión. En los recreos, subíamos a jugar a fútbol a La viñeta, donde hoy se halla la Residencia de la Tercera Edad y por donde, hacia la Iglesia de San Miguel, realizábamos auténticas incursiones arqueológicas entre los restos de tumbas y huesos que se amontonaban por la zona.

IV

Cómo no recordar aquel primer viaje de estudios por la costa mediterránea que realizamos los alumnos del Instituto de Graus durante el último curso de nuestro Bachillerato Elemental. En él, llegamos hasta Alicante, y el plato fuerte fue la estancia en Benidorm, entonces el no va más de la nueva industria turística española, portadora, por fin, de aires nuevos y nuevas costumbres que sirvieron para arrancar definitivamente al país de su anclaje en una tradición cerrada y cada vez más anacrónica. Nos hospedamos en uno de aquellos nuevos y grandes hoteles, nada menos que siete plantas tenía y un enorme vestíbulo - o debería usar el anglicismo "hall" como, en el colmo de la modernidad, se decía entonces y aún sigue diciéndose -. Hace poco, leí que se había inaugurado en esa ciudad, prototipo de la antiestética arquitectura turística costera, el hotel más alto de Europa, que debe de dejar como diminuto enano a aquel que a nosotros tanto nos impresionó y nos parecía entonces edificio gigantesco. Allí vimos a los turistas extranjeros con sus llamativos atuendos y a unas chicas altas y rubias ante las que nos quedábamos embobados y a las que, por lo mucho que de ellas se hablaba entonces, creíamos a todas suecas escandinavas.

También me acuerdo de nuestras primeras incursiones por los bares de Graus y, en el último curso, de nuestra costumbre - en consonancia con la moda de irse de vinos, que se consolidaba entonces entre los estudiantes, - de acercarnos los viernes por la tarde a una vieja pastelería de la calle Mayor que regentaba un señor, ya casi anciano, a comernos unas pastas acompañadas de unos vasitos de moscatel. O de nuestras primeras bodegas, recuerdo la de Miguel Bonsón en casa Botero, donde algunos amigos compartíamos nuestra afición por la música y los discos. Viene también a mi memoria la tremenda sensación que causó el atentado contra Carrero Blanco y nuestra incipiente, y algo desorientada por nuestra juventud, primera toma de conciencia política, que estaba en el ambiente general e iría en aumento en los siguientes años. También el hacernos mayores nos llevaba a algunos a adoptar las modas del momento en nuestra apariencia externa y modos de vestir. Mi afición a la música rock me llevó a empezar a dejarme el pelo largo y eso provocaba algunos conflictos con las personas mayores: un abuelo de mi pueblo llegó a retirarme la palabra por llevar, según él, "aquellas greñas como si fuera un marrano". A nosotros nos reafirmaba aquella rebeldía y hacía creernos diferentes, cuando en realidad era una moda que se extendió por todas partes. Crecieron también con la edad nuestros deseos de independizarnos, de salir por la noche, de ir a las fiestas de los pueblos. Eso aumentaba, en consecuencia, los conflictos con nuestros padres, quienes, además, veían cómo se incrementaban nuestros gastos. Recuerdo que, para empezar a ganar un dinero para nuestros dispendios personales, un amigo y yo nos fuimos un verano a Benabarre a trabajar en la construcción; al cabo de unos días, y con las manos llenas de callos, decidimos que aquello no era para nosotros. Yo empecé entonces a dedicarme a otra actividad que me proporcionaba algunos ingresos, que seguí realizando durante muchos veranos y para la que estaba mucho más preparado: dar clases particulares de repaso. Algún verano hubo en que llegué a dar, durante algunos días de agosto, ocho horas diarias de las mismas, y nuestra casa parecía una academia con niños entrando y saliendo a todas horas. Había días en los que, antes de empezar esa jornada, a la fresca, como el tipo de trabajo lo exigía, y no habiéndome acostado precisamente pronto la noche anterior, tenía que ir a ayudar a mi padre en el almacén llenando sacos de ordio para hacer una doble pared que permitiera al edificio recibir nuevas cantidades de grano. Recuerdo que, entre el sueño acumulado y el cuerpo no muy bien templado, aquel polvillo de la cebada hacía estragos en mi boca y en mi espalda, y sólo tras una buena ducha y un mejor desayuno lograba ponerme en disposición propicia para iniciar mi actividad como docente ante unos alumnos que, en algunos casos, eran muy poco más jóvenes que yo y traían una cara de sueño aún más acusada que la mía. Sea como fuere, en aquellos años, creo que se fue despertando en mí el gusanillo de la enseñanza que luego se convirtió en vocación y oficio.

Volviendo a los tres años en que estudié en Graus, recuerdo también nuestro desplazamiento anual a Huesca al Instituto Ramón y Cajal para realizar, en dos días, los exámenes finales. Al ser el de Graus, como ya he referido, un Colegio Libre Adaptado, sus profesores no podían evaluarnos y para ello debíamos, cada final de curso, bajar hasta la capital provincial para allí ser examinados de todas las materias por otros profesores y en un único examen final. El desplazamiento a Huesca era todo un acontecimiento para nosotros; nos hospedábamos en el hostal "El Caserío Aragonés", situado junto al coso oscense, y, a pesar de los nervios por los exámenes, la noche que permanecíamos en la ciudad aprovechábamos para hacer una visita a la discoteca "Penny Lane", que entonces estaba de moda.

Acabado el Bachillerato, debía iniciar el nuevo COU, que correspondía ya al nuevo plan de estudios. Como en Graus no podía cursarse, tuve que hacerlo en Barbastro, en el también recién inaugurado Instituto Hermanos Argensola, entonces situado casi a las afueras y hoy engullido por el crecimiento de la ciudad. Por primera vez, hice un curso como alumno oficial, con tres evaluaciones y siendo examinado por los mismos profesores que me daban las clases. Después de la experiencia de todos los cursos anteriores como alumno libre, con este nuevo sistema, y sin que suene a fanfarronada, me parecía imposible no aprobar el curso. Bajábamos a Barbastro el lunes por la mañana, en el repleto autobús de la línea Benasque-Huesca, y volvíamos a subir la tarde del viernes. Durante la semana, nos hospedábamos en un Colegio Menor, en régimen de internado de chicos. Allí convivíamos alumnos procedentes de la Ribagorza, del Sobrarbe y de muchos pueblos del Somontano, y allí, en los inicios de aquel curso, vivimos la muerte de Franco con sentimientos y sensaciones encontradas, pues al temor - casi terror- que nos inculcó el director del centro en una intervención llena de pesar y dramatismo que nos hacía presagiar los peores augurios, algunos oponíamos una cierta, aunque quizás todavía vaga, sensación de liberación y de final de un régimen obsoleto y de inicio de una nueva etapa, más abierta y por fin democrática. Otros, sin embargo, lo único que mostraban era una indisimulada alegría por los días de vacaciones que las jornadas de luto oficial iban a significar para nosotros.

Aprobados COU y Selectividad, cerré una etapa de mi vida. Tras un breve periodo de indecisiones, y de cumplir con el entonces ineludible servicio militar, y como tantos jóvenes de la comarca que deseaban seguir estudios, tuve que desplazarme a otro lugar para poder hacerlo. En mi caso, y también como muchos otros, el sitio elegido fue Barcelona. Allí estudié cinco años en la Universidad; en aquellas vetustas aulas y en los añejos claustros de la Universidad Central, en pleno corazón de la ciudad, procuré no sólo aprobar los sucesivos cursos, sino impregnarme de la atmósfera del viejo saber humanístico. Después, trabajé durante casi quince años en la enseñanza, en varios institutos de Cataluña. La experiencia fue humanamente muy enriquecedora y no hay duda de que, para cualquier joven, estudiar y conocer lugares nuevos abre horizontes y permite ver las cosas desde una perspectiva más amplia. Allí me convencí de que la cultura y la educación son los valores principales. Nunca perdí de vista la comarca de donde procedía, pero tampoco tuve nunca el plan premeditado de volver a ella. Lo hacía siempre, eso sí, por más o menos tiempo, en vacaciones. He disfrutado de la ciudad y he apreciado, y creo que aprovechado, muchas de sus ofertas más interesantes, pero con el paso del tiempo he buscado un ritmo más sosegado y una mayor calidad para mi vida y la de los míos que creía que un pueblo nos podría proporcionar mejor. Creo que la calidad es más importante que la cantidad y que disponer de tiempo para mejorar nuestra vida física e intelectualmente con actividades al aire libre y con lecturas sosegadas proporciona más felicidad que una vida llena de prisas y con muchas posibilidades, pero sin apenas tiempo para realizarlas. Todo ello, por supuesto, cumpliendo también con responsabilidad y dedicación con las obligaciones del trabajo. Determinante fue para tomar la decisión el nacimiento de mis dos hijos; mi mujer y yo observábamos cómo el ritmo al que obliga la vida urbana deja poco espacio para dedicarlo y disfrutarlo con los niños. Vivimos la experiencia como algo por lo que sólo se pasa una vez y queríamos disfrutarlo compartiendo el desarrollo de sus primeros años junto a ellos.

Por todo ello, y algunos motivos más, decidimos intentar el traslado y casi para nuestra sorpresa, por uno de esos momentos oportunos en que a veces se producen las cosas, lo conseguimos. Y aquí llevamos ya casi cinco años, sin que nos hayamos arrepentido de nuestra decisión de volver a estas tierras, de cuyos atractivos, que no son pocos, intentamos, y creo que conseguimos, disfrutar al máximo.

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 27 de febrero de 2008

RIBAGORZA: PATRIMONIO Y PAISAJE




Las mayores riquezas de Ribagorza son, sin duda, la naturaleza, la belleza de sus paisajes y su rico y extenso patrimonio artístico y cultural. En el tiempo que llevo viviendo en esta comarca, he recorrido con deleite buena parte de esos paisajes y esas valiosas reliquias de nuestro pasado. A veces a pie o en bicicleta, he llegado hasta lugares en ocasiones poco conocidos, incluso para algunos autóctonos, y, en muchos casos, víctimas del abandono y la desidia de las décadas pasadas de desprestigio de lo rural y de lo antiguo y de veneración de un modelo urbano, supuestamente moderno pero de estética dudosa.

En ese rico patrimonio histórico, destaca en primer lugar la línea de torres o castillos defensivos que constituyeron la demarcación fronteriza entre musulmanes y cristianos en torno al año 1000, entre los siglos X y XI. Empezando por las torres y castillos de Samitier, Abizanda y Troncedo en el vecino Sobrarbe y, un poco más al sur, el viejo torreón de Torreciudad, cerca del actual santuario y en los límites ribagorzanos pero dentro del término de Secastilla. Continuando por los restos del castillo de Panillo, lugar con una vista excepcional y desde el que tal vez partiera el rey Ramiro I en su frustrado intento de tomar Graus, según relata en un bello romance en uno de sus libros Ana Tena Puy, excelente escritora en lengua ribagorzana con varias obras publicadas y muchos premios recibidos y gran persona, tan llena de talento como de modestia y humildad; el castillo del Mon de Perrarrúa, con los restos de su atalaya circular recientemente fijados; la restaurada torre de Fantova, con su ermita de Santa Cecilia, y a cuya "civitas" dedica Fernando Galtier un interesante capítulo, ilustrativo de la vida en la frontera, en su libro “Ribagorza, condado independiente”; los escasos restos, posiblemente posteriores, del importante castillo árabe de Laguarres, en un paraje desde el que se contempla una inmejorable panorámica de la cadena pirenaica; la también recién restaurada Torre de los Moros en Lascuarre, construcción más tardía posiblemente edificada sobre otra más antigua; la soberbia torre del sorprendente pueblo de Luzás, también en proceso de restauración; los restos del castillo de Fals, junto a Tolva; los del castillo de Monesma; la torre de Viacamp; la del castell de Chiriveta; las de Montañana.

El conjunto de ermitas e iglesias románicas, abundantísimas en la comarca, y de las que, por no hacer la relación inabarcable en este artículo, sólo voy a citar las más próximas a Graus, que son las que más he visitado. Empezaré por las que -aparte la catedral de Roda, extraordinaria y ampliamente conocida, valorada y visitada- son para mí dos joyas románicas de la zona y desgraciadamente no demasiado conocidas: la ermita de San Antón, del antiguo monasterio de San Juan Bautista en Pano, y la magnífica iglesia de San Cristóbal de Luzás; ambas - mucho más rústica y austera la de Pano- con tres preciosos ábsides y una sobria belleza. También la ermita de San Román de Castro, en un paraje de gran belleza y con un valiosísimo coro mudéjar con sorprendentes pinturas de vivos colores; la de la Virgen del Llano o del Plan en Laguarres, junto al cementerio; la espléndida iglesia de Santa María en Grustán, en una fortaleza rocosa casi inexpugnable; las ruinas de San Miguel, más conocida como la ermita de los Templarios, en la Ubaga de Grustán, entre esta población y Graus; la ermita de Santa Clara en Puycremat, lugar próximo y con una hermosa panorámica; los sorprendentes y preciosos restos de la iglesia de San Juan Bautista en la Vila o antiguo pueblo de Besians; la citada de Santa Cecilia de Fantova y la de la Virgen de las Rocas de Güel, de las que se conservan actas de consagración de los años 964 y 996, respectivamente; la de San Gregorio, entre casa Turmo de Fantova y las primeras casas de Güel; la de la Tobeña, cerca de Colloliva y junto a una casa fuerte con torre defensiva; la de Miralpeix, junto al puente de Torrelabad y en medio de un campo de labor; los restos de la de San Martín en la Sierra de Capella, lugar con una esplendida vista y con unos antiguos eremitorios al abrigo de las rocas; la escondida de San Bartolomé, entre Graus y Portaespana, sobre la que se construyó una caseta de monte que la hace pasar casi desapercibida; la ermita iglesia de El Soler, restaurada, como otras varias, por el admirable e infatigable Mosen José María Lemiñana; la de San Macario en Salanova, de muy reducido tamaño y gran rusticidad; la de San Isidro, antes de llegar desde Lascuarre al pueblo de Castigaleu; la del cementerio de Lascuarre, algo deteriorada; los restos de San Lumbierri, frente a Castro, a la entrada del congosto de Olvena; la de la Virgen de la Ribera, en el cementerio de Perarrúa; la de la Piedad en Santaliestra, un poco más al norte del pueblo; la ermita de San Saturnino en Aguilar, en lo alto de un cerro con vestigios de alguna construcción mayor; la iglesia de San Cristóbal de Yardo o Erdao, pueblo hoy en abandono lamentable pero importante en otros tiempos. Por citar, como he dicho, sólo las más próximas a Graus y de algún valor artístico, quizás no excesivo en ciertos casos, dentro del estilo románico.

Por descontado, los antiguos monasterios o lo que de ellos queda, como la iglesia del antiguo monasterio de San Pedro de Tabernas entre Seira y Barbaruens, donde según algunas leyendas pudo estar en algún momento el Santo Grial; el de los santos Justo y Pastor de Urmella; el históricamente muy importante monasterio de Obarra, con su preciosa ermita de San Pablo, la iglesia de Santa María y el derruido palacio abacial; el no menos importante de Santa María de Alaón o Nuestra Señora de la O en Sopeira; los restos del antiguo monasterio de San Martín de Caballera, del que el mejor conocedor del románico ribagorzano, Don Manuel Iglesias Costa, destaca, en su libro "Arquitectura románica de los siglos X, XI, XII y XIII. Arte religioso del Alto Aragón oriental", el valor excepcional de su cripta, por cuyo deterioro manifiesta una gran preocupación y que afortunadamente no hace mucho tiempo fue reconstruida, tras haber sufrido un prolongado expolio. Aunque situado en el vecino Sobrarbe, no puede dejar de citarse el monasterio de San Victorián, de posible origen visigótico y en otros tiempos de gran importancia, con extensos dominios que abarcaban buena parte de territorio ribagorzano.

Los magníficos puentes, medievales algunos, algo más tardíos otros. Empezando por el de Capella, el más notable y grande de todos ellos; los de Perarrúa y Besians; el de Graus; los de Serraduy y Beranuy; los de Roda y la Puebla de Roda; o los de Olvena -el llamado del Diablo impresionante por su altura- y Montañana, en los dos extremos comarcales. Conjuntos histórico-artísticos, como el del casco antiguo de Graus con su hermosa Plaza Mayor, que merece una solución acertada a sus actuales problemas, y su Barrichós, bajo la Basílica de la Peña con su magnífico claustro porticado; Arén, con su actual museo de interpretación de la Ribagorza; Benabarre, abigarrado bajo los escasos restos de su antiguo castillo, donde se vivieron algunos de los momentos más cruciales de nuestra historia; Fonz, con sus extraordinarios palacios renacentistas y, aunque hoy perteneciente al Cinca Medio, antiguo núcleo fundamental y culto de la Ribagorza histórica; o el viejo conjunto recuperado de Montañana, con su evocador sabor medieval, del que José Luis Aramendía en sus libros recientemente publicados referidos al románico en Aragón - y cuyos dos primeros tomos constituyen un recorrido casi completo por las muestras de este estilo en nuestra comarca- llega a decir que según su criterio "es uno de los pueblos más bonitos, si no el más, de la Ribagorza e incluso de Aragón".

Lugares sorprendentes y muy poco conocidos como la iglesia de San Julián de Juseu, con unas deslumbrantes yeserías mudéjares, no hace mucho tiempo restauradas, muestra casi única tan al norte de ese arte cuya presencia en Aragón ha sido considerada recientemente patrimonio de la humanidad; el plateresco pórtico de la iglesia de Torres del Obispo, en una plaza mayor de gran encanto; la magnífica portada de la iglesia parroquial de Tolva, trasladada desde la antigua ermita de Fals y con magníficos capiteles en la línea de los de Montañana y Luzás; los retablos renacentistas de las iglesias de Capella y de la Puebla de Castro, procedente este último de la citada ermita de San Román; la extraordinaria torre de la iglesia de Beranuy, ejemplar único en la zona aragonesa de un estilo románico muy similar al que en el vecino valle leridano de Boí ha sido declarado patrimonio de la humanidad y necesitada la nuestra de una pronta intervención que parece que al fin va a producirse; algunas ermitas de la zona de la Puebla de Roda y Serraduy, como las de Pedrui y la Virgen de la Feixa, cerca de los restos de la iglesia fortaleza de San Esteban del Mall; la parroquial de San Andrés en Calvera y, a las afueras de este mismo pueblo y en medio de un campo de labor, la sorprendente ermita Santa María; la iglesia de Cajigar, con un hermoso ábside y una esbelta y destacada torre; el encanto natural del Montsec y los alrededores del pantano de Canelles, con el imponente congosto de Montrebei, en el Noguera Ribagorzana. Y lugares tan espectaculares como Finestras, con una muralla natural de escarpadas y verticales láminas rocosas entre las que se halla emparedada la ermita de San Vicente; las ermitas de Nuestra Señora del Congost de Chiriveta y San Bonifacio y Santa Quiteria de Montfalcó, sobre un escarpado roquedo. Ya en el alto Esera, la preciosa ermita románico-lombarda de Nuestra Señora de Gracia en El Run; las iglesias, también románicas, de Santa María y San Pedro, ambas en Villanova; o la muy reformada iglesia de San Esteban de Conques. Además de vestigios prehistóricos, como las pinturas de las cuevas de Olvena; las del Forau del Cocho, en Estadilla, cerca del santuario de La Carrodilla; el menir de Merli; el dolmen de Seira; o el cementerio megalítico de Cornudella de Baliera. También los sorprendentes restos de la antigua ciudad romana de Labitolosa, aún en proceso de excavación que puede añadir sorpresas a la curia y las termas ya desenterradas en el Cerro del Calvario, en el término de la Puebla de Castro.

Qué decir de los impresionantes paisajes montañosos de la zona norte de nuestra comarca, con sus sierras, sus picos, sus valles o sus maravillosos ibones. Esas montañas que presiden todo el año el norte de mis paseos grausinos y que vemos vestirse y desnudarse de blanco con el transcurso de los días. Siempre miro en esos paseos hacia esas dos montañas de silueta tan distinta y tan hermosa en su contemplación desde el sur. El robusto Turbón y el simétrico, casi como un trono celestial, Cotiella, a los que a veces, rozando la ensoñación, y si se me permite la licencia poética, me gusta imaginar como el padre y la madre protectores de nuestros pueblos bajorribagorzanos. Es una tierra la nuestra propicia para las excursiones, tanto para preparados montañeros como para senderistas o caminantes de toda condición; también por descontado para los amantes del esquí y de otros deportes de aventura actualmente en auge.

Ya ven cuánto puede uno disfrutar recorriendo estas tierras del antiguo condado, que ofrecen a nuestros sentidos más placeres de los que a veces esperamos encontrar en ellas.

Carlos Bravo Suarez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 4 de abril de 2004)
(Fotos:Iglesia de Santa María de Baldós de Montañana, el Turbón desde Graus, cascada de Aiguallut y Monasterio de Obarra)

GRACIÁN EN GRAUS

Como es sabido, celebramos este año el cuarto centenario del nacimiento del gran escritor y pensador aragonés Baltasar Gracián. La influencia de la obra del ilustre jesuita en la literatura y el pensamiento europeos ha sido grande. Su reconocimiento y su valoración han sido, sin duda, mayores fuera de nuestras fronteras que en nuestro país, aunque siempre haya contado aquí con un número reducido de lectores devotos. Los libros de Gracián fueron pronto traducidos a otros idiomas y su influencia es ya evidente en los escritores moralistas franceses del mismo siglo XVII como La Rochefoucauld o La Bruyère, en los ilustrados franceses del siglo XVIII como Voltaire, y, sobre todo, en los grandes filósofos alemanes del siglo XIX Schopenhauer y Nietzsche. El primero de estos últimos tradujo al alemán, a instancias de Goethe, el “Oráculo manual” y consideraba “El Criticón” uno de los mejores libros del mundo. Su influencia llega hasta nuestros días y la edición en inglés del “Oráculo manual” fue un sorprendente e inesperado éxito de ventas en Estados Unidos en el año 1992. Buena parte del pensamiento de Gracián, aunque dentro de las tendencias pesimistas del siglo XVII, transciende su propia época y se convierte en atemporal y, por tanto, plenamente vigente. No es el suyo un pesimismo paralizante, sino un deseo de ayudar, mediante avisos, consejos prácticos y modelos a imitar, a la persona virtuosa y con cualidades superiores - el héroe- que debe intentar no ser destruido por una sociedad en la que "las medianías son ordinarias en número y aprecio, y las eminencias, raras en todo". Para ello la persona que aspire a la eminencia debe adaptarse a ese mundo de fieras, actuando con disimulo y haciendo siempre gala de la mayor de las virtudes: la prudencia.

Pero el motivo de este artículo no es extendernos sobre el pensamiento y la influencia de Gracián, sino hacer referencia breve a su vinculación con nuestra tierra ribagorzana a través de sus estancias en Graus, donde el ilustre escritor da nombre a una de sus calles, la que arranca de los escasos restos conservados de la antigua iglesia-colegio jesuita en la placeta de la Compañía (de Jesús), y a su Instituto de Enseñanza Secundaria. Además, en la sacristía de la iglesia parroquial de San Miguel se encuentra, colgado en una de sus paredes, algo olvidado y bastante deteriorado, un retrato del sabio jesuita. El valor pictórico del cuadro tal vez sea escaso, pero su valor documental es grande. Hasta ahora el retrato de Gracián conservado en Calatayud pasaba por ser el único existente del escritor y es el que aparece en todos los manuales de literatura y el que ha servido para ilustrar el cartel del cuarto centenario que este año celebramos. Sin embargo, hay en Graus otro retrato del escritor. No somos especialistas en pintura, pero, si posteriores investigaciones no lo desmienten, el cuadro parece, por las trazas, de finales del siglo XVII o, tal vez, del XVIII. No nos atrevemos a decir si es o no anterior al de Calatayud, que ha sido datado en el último tercio del siglo XVII, con el que guarda muchas similitudes, que pueden deberse a estereotipos en retratos de escritores -la pose, la pluma en una mano, la posición sedente, etc.-, o a que uno sea copia del otro. Pero, sea lo que fuere, los retratos son diferentes y eso desmiente la extendidísima idea de que el retrato bilbilitano es el único existente. El de Graus corrige la posición excesivamente rígida de la mano izquierda que muestra el de Calatayud, y la mayor diferencia se observa en los rasgos faciales: en el retrato grausino, Gracián - quizás algo más viejo que en el retrato bilbilitano- muestra una expresión más serena, con una sonrisa entre irónica y tranquila, en un rostro que puede observarse desde una mayor proximidad por ser éste un retrato del busto del escritor y no de cuerpo entero como el de Calatayud. Pero dejemos las comparaciones entre los dos retratos para centrarnos en el conservado en la villa ribagorzana. Parece indudable que el cuadro se hallaría durante mucho tiempo en el colegio jesuita de Graus, donde Gracián estuvo al menos en dos ocasiones, como luego explicaremos, y que, por fortuna, se salvó del abandono que el edificio sufrió posteriormente. Por tanto, entre tantos avatares, es casi milagroso que haya llegado hasta nuestros días en su cobijo actual de la sacristía de la iglesia parroquial. Como sucede en el retrato bilbilitano, también éste tiene una inscripción latina en su parte inferior y, aunque por su deterioro su lectura completa no sea fácil, lo más importante para nosotros es que en la tercera línea puede leerse con claridad "Gradibus Criticon Escripsit", esto es, que Gracián "escribió ‘El Criticón’ en Graus". Esta frase es posiblemente la que ha mantenido -tal vez, ha originado- la tradición existente, y transmitida entre los grausinos como verdad incuestionable, de que Gracían escribió en la capital ribagorzana la segunda parte de “El Criticón”. Pero en este punto hay que hacer otra observación: esta frase aparece en la parte central de la tercera línea de la inscripción, escrita con letra comprimida y algo diferente y con casi toda la apariencia de haber sido superpuesta con posterioridad sobre un texto anterior borrado. ¿Por qué se añadió esta frase? Pueden aventurarse varias hipótesis, pero dejemos de momento solamente formulada la pregunta.

El desconocimiento de la existencia del retrato conservado en Graus es absoluto; incluso en el catálogo de la exposición “Signos” celebrada en Huesca en el verano de 1994 y en la que se expuso el retrato bilbilitano, en el artículo-ficha correspondiente al mismo se dice textualmente que "este retrato de gran formato contiene la única imagen que nos ha llegado del excelso escritor jesuita aragonés"(1). Es evidente que tal afirmación es falsa y que no muy lejos de donde se celebró esa exposición, y en la misma provincia en que se realizó, existe otra imagen del escritor. El estudioso de Gracián E. Correa Calderón, en su libro “Baltasar Gracián. Su vida y su obra”, en el capítulo titulado “Su retrato físico” (2), solamente hace referencia al retrato de Calatayud y a una estampa o dibujo del escritor que se conserva en la Biblioteca Nacional y que es una copia del citado, pero ni menciona ni conoce la existencia del retrato grausino. En ninguna de los biografías del gran escritor que hemos leído y - excepto la del padre Batllori que hasta el momento nos ha sido imposible consultar sobre este punto-, han sido prácticamente todas, hay mención alguna a nuestro retrato. En ninguno de los múltiples artículos que se han publicado con motivo del cuarto centenario (Heraldo de Aragón, Periódico de Aragón. Diario del Altoaragón, Trébede, Turia) hay la más mínima referencia al retrato conservado en Graus. En conclusión, y como hemos dicho ya, el desconocimiento de su existencia es absoluto y por ello creemos tan necesario darlo a conocer.

La existencia del citado retrato y el hecho de su permanencia durante tanto tiempo en el colegio de los jesuitas de Graus permite pensar que la vinculación del ilustre escritor con la población ribagorzana es mucho mayor que la de una breve estancia en ella cumpliendo un castigo impuesto, y avalaría la tesis de una primera estancia mucho más prolongada en la que habría escrito la segunda parte de su magna obra El Criticón. Aunque no puede documentarse, casi todos sus biógrafos - Adolphe Coster, Conrado Guardiola, Ceferino Peralta o Correa Calderón - sitúan a Gracián en Graus durante el año 1652, algunos de ellos incluso precisan que se encontraba en esta villa en los meses de noviembre o diciembre de ese año. Según Conrado Guardiola (3), Gracián podría haber acompañado al grausino Esteban de Esmir, entonces obispo de Huesca, en una o varias visitas pastorales a esta población, cuya comarca se hallaría en esos momentos asolada por la peste. Según Adolphe Coster y Correa Calderón, que sigue en todo al primero, (4), habría sido enviado a Graus por el obispo Esmir, gran amigo de Gracián, protector de los jesuitas e impulsor de la construcción del convento de la Orden en esta localidad, tal vez con el encargo de poner en marcha el nuevo colegio o quizás con la intención de alejarle de los problemas con sus superiores, pudiendo por ello haber sido su estancia en estas tierras más prolongada. Como al año siguiente se publicó la segunda parte de “El Criticón”, puede pensarse con cierta lógica, y en Graus es tradición transmitida, avalada y certificada por la inscripción latina del retrato comentado, que el libro o alguna parte del mismo, tal vez el final, fuera escrito en esta población.

Está plenamente probada, por el contrario, la presencia del escritor en Graus en los primeros meses de 1658. Tras la publicación en agosto del año anterior de la tercera parte de “El Criticón”, de nuevo con la firma de Lorenzo Gracián y otra vez sin pasar la obligada censura previa de la Compañía, Gracián, que había perdido apoyos importantes dentro y fuera de su Orden, sufre en sus carnes la política de línea dura que desde hacía unos años había implantado el nuevo general de los jesuitas Goswin Nickel. Es reprendido públicamente, se le impone un ayuno a pan y agua, se le desposee de la cátedra de Escritura de Zaragoza y se le envía desterrado al colegio de Graus. Las órdenes son tajantes y se insiste en que, sobre todo, se le impida escribir. Al parecer Gracián sufrió una fuerte crisis e incluso pidió cambiar de Orden religiosa, solicitando su ingreso en los franciscanos, tras una vida entera como jesuita. Posiblemente las gestiones del anciano Padre Franco, que fue su única ayuda en esos malos momentos, surtieron efecto y en primavera de ese mismo año Gracián es enviado, ya rehabilitado, aunque al parecer bastante enfermo, al colegio de la Compañía en Tarazona, donde murió el 6 de diciembre de ese mismo año. De ello se deduce que el destierro del escritor en Graus apenas duró tres meses.

Pensamos que todavía quedan cosas por saber sobre la estancia en nuestras tierras ribagorzanas del gran escritor jesuita y que, aprovechando la celebración del cuarto centenario de su nacimiento, podría restaurase su retrato y realizarse las investigaciones pertinentes para conocer con precisión la época en que fue pintado que aportarían nuevos datos de interés. Creemos que es un motivo de orgullo para Graus contar con un retrato y con la presencia histórica del que es, sin ningún género de dudas, el más universal de los escritores aragoneses y uno de los más influyentes pensadores europeos de los últimos siglos.

NOTAS:
(1) Signos. Retrato de Baltasar Gracián. Arte y cultura en Huesca. De Forment a Lastanosa. Siglos XVI-XVII, Gobierno de Aragón-Diputación de Huesca, Huesca 1994, pag. 319.
(2) Correa Calderón, E., Baltasar Gracián. Su vida y su obra. Su retrato físico, Gredos, Madrid, 1970, pag. 117-120.
(3) Guardiola Alcover, C., Baltasar Gracián. Recuento de una vida, Editorial Librería General, Zaragoza, 1980, Pag. 139-140.
(4) Adolphe Coster, Baltasar Gracián. Traducción y notas de Ricardo del Arco. Institución Fernando El Católico. Zaragoza, 1947, Pag. 60-61 y Coirrea Calderón, Op. cit., pag. 99-100.


Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en El Diario del Alto Aragón, el 8 de abril de 2001)