domingo, 13 de abril de 2008

EL CONGOSTO DE MONTREBEI Y LA SIERRA DEL MONTSEC

No hace mucho tiempo que realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una magnífica excursión por el imponente congosto de Montrebei. Desde las proximidades de Pont de Montañana hasta la ermita románica de la Pertusa, recorrimos un itinerario que discurre en su totalidad por la orilla izquierda del río Noguera Ribagorzana, por las tierras catalanas colindantes con Aragón, dentro de la sierra común del Montsec.

El Montsec es una amplia zona despoblada y rica en paisajes que se reparte a ambos lados del río Noguera Ribagorzana, cuyas aguas fueron represadas aquí hace años en el embalse de Canelles. El Montsec de l´Estall corresponde a la zona aragonesa; el Montsec d´Ares, a la catalana. Un consorcio entre ambas comunidades intenta dar a conocer las bellezas naturales de la zona y potenciar y explotar sus posibilidades turísticas.

El atractivo natural más espectacular y conocido de esta región es, sin duda, el congosto de Montrebei. Desde el lado aragonés se llega a él por Pont de Montañana, cruzando el río Noguera Ribagorzana y accediendo a un pequeño aparcamiento por una estrecha carretera de algo más de un kilómetro.

Nada más iniciar nuestro camino vemos a nuestra derecha, en la orilla aragonesa del río compartido, la torre de Chiriveta, también llamada de Montgai, que vigila desde lo alto la entrada al congosto. Es una de las varias torres defensivas que pueblan la zona, que fue frontera entre cristianos y musulmanes hace aproximadamente mil años. La de Chiriveta o Montgai es cilíndrica, como las vecinas de Viacamp, recientemente restaurada, Fals, junto a Tolva, o las dos de Montañana, de las que poco queda y para las que la restauración del núcleo medieval ha llegado demasiado tarde. Es sin embargo pentagonal la de Luzás, también cercana y en fase de restauración desde hace algunos años.

Próxima a la torre de Chiriveta, en un escarpe que se eleva sobre el cauce del río Noguera Ribagorzana, puede verse la también restaurada ermita homónima o de Nuestra Señora del Congost. Es románica, con dos etapas de construcción, en los siglos XI y XIII. Más hacia el sur, y con difícil acceso si está el pantano lleno, quedan las ruinas de otra ermita conocida como de Nuestra Señora del Congost, “la vella” (la vieja), que sería algo más antigua que la anterior. En su magnífico libro “El románico en Aragón. Cuencas del Noguera Ribagorzana e Isábena”, José Luis Aramendía recoge una leyenda que la única familia que vive en el pueblo de Chiriveta le contó cuando visitó la zona. La imagen de la Virgen que había en la ermita antigua aparecía cada día fuera del templo, a cierta distancia de éste. La depositaban de nuevo en su interior pero al día siguiente otra vez la encontraban fuera, siempre en el mismo paraje. Entendieron los vecinos que la Virgen pedía de esa manera una ermita nueva en el lugar al que con persistencia se desplazaba su imagen. Y así se levantó una segunda construcción, que es la que hoy vemos restaurada a la entrada del congosto. Se supo más tarde que no hubo prodigio alguno ni milagro en el suceso, sino que el cura del lugar, harto de tener que ir por malos caminos a la vieja ermita, urdió esa artimaña para tener una nueva más cercana y con un mejor acceso.

Antes de seguir con el recorrido de la excursión, y ya que he citado el libro de Aramendía, es necesario referirse, para quien quiera conocer mejor el románico de estas regiones fronterizas, y de cualquier otro lugar de Aragón, a la magnífica y completísima página web de Juan José Omedes http://www.romanicoaragones.com/. En cuanto a otros libros, sin espacio en estas líneas para hacer más amplia la lista, es ineludible citar el ya clásico “Arte Religioso del Alto Aragón Oriental. Arquitectura románica de los siglos X, XI, XII y XIII”, del canónigo ribagorzano Manuel Iglesias Costa.

Siguiendo con nuestra excursión, tras descender del aparcamiento hacia el cauce del río, hay que cruzar el barranco de la Mesana por un impresionante -en el sentido más literal del término- puente colgante, que nos lleva a un sendero por el que, en pocos minutos, nos adentramos en las vertiginosas paredes verticales del congosto de Montrebei. Es un hermoso camino excavado en la roca que discurre por la pared izquierda del extraordinario desfiladero. Para aumentar la seguridad y vencer el probable vértigo de muchos, una sirga enganchada a la pared interior permite agarrarse al caminante más temeroso. El camino está bien acondicionado e incluso se han habilitado algunos bancos para poder sentarse y contemplar el sobrecogedor paisaje que nos envuelve.

No conozco ningún otro congosto que pueda recorrerse andando que tenga la espectacularidad de éste. Y eso que Ribagorza es tierra con abundancia de desfiladeros, muchos de ellos surcados en la actualidad por carreteras. Así ocurre, por ejemplo, en los de Sopeira, Obarra, Olvena y Ventamillo. En este último, se recuperó no hace mucho un viejo camino que discurre por encima de la calzada, pero que no llega a alcanzar la imponente espectacularidad del de Montrebei.

Al salir de la angosta garganta, el camino asciende por un pequeño bosque de pinos que enseguida se convierten en quejigos y carrascas. Llegamos al viejo Mas de Carlets (“mas” es en estas tierras abreviatura de “masía o casa de campo”), así llamado no sé bien si como nombre de persona o en referencia a un tipo de seta de esta denominación que es muy popular en Cataluña. Sirve de refugio de montañeros y excursionistas y tiene unas mesas de madera en su exterior, junto a dos enormes y majestuosas carrascas. El lugar está aproximadamente a mitad de camino entre el puente colgante de la entrada al congosto y la ermita de la Pertusa, por lo que es lugar ideal para realizar un reconfortante descanso. Antes de llegar a él puede el caminante asomarse a la cueva Colomera, la más conocida y profunda de las varias que perforan las paredes del congosto.

Desde aquí, el sendero inicia una pronunciada bajada hasta una vieja casa en ruinas conocida como La Pardina, nombre aragonés en estas tierras ya catalanas. Una rápida subida nos lleva a una pequeña explanada próxima a la ermita de La Pertusa. Sirve de aparcamiento a los vehículos que llegan por pista asfaltada desde el pueblo leridano de Corçá, al que pertenece la pequeña construcción religiosa. Para llegar a ella aún queda un dificultoso sendero que conduce a lo más alto del escarpe en el que, de manera casi inverosímil, está ubicada la ermita. Es ésta, como se ha dicho, de estilo románico; de dimensiones reducidas, con un precioso ábside de buenos sillares y situada en un paraje de ensueño. Su puerta de entrada se abre hacia el norte y en su interior, además de una imagen de Virgen de la Pertusa, hay numerosos exvotos depositados como ofrenda por los fieles. En mayo se va en romería desde Corçá y se oficia misa en su exterior.

Justo frente a la ermita de la Pertusa, en el lado aragonés, en la orilla opuesta del pantano de Canelles, sobre otro escarpe casi simétrico y aún más elevado si cabe, se halla la ermita, también románica y objeto hace unos años de una difícil restauración, de San Bonifacio y Santa Quiteria de Montfalcó, pueblo próximo y deshabitado al que pertenece. La casa Balle (Batlle o Baile) de Monfalcó ha sido rehabilitada para servir como albergue en plena reserva natural del Montsec. Ambas ermitas, la catalana de la Pertusa y la aragonesa de San Bonifacio y Santa Quiteria, son dos lugares de extraordinaria belleza, en los que uno puede sentirse como un pájaro, oteando desde lo alto los maravillosos paisajes circundantes. Recientemente ha surgido un proyecto, respaldado por diversas asociaciones y grupos excursionistas, que pretende construir una pasarela que permita ir de una orilla a otra del pantano y enlazar ambas ermitas, favoreciendo las excursiones por las dos riberas del Noguera Ribagorzana y aumentando así las posibilidades turísticas de la zona.

En el lado aragonés del Montsec hay algunos pueblos atractivos y pintorescos, casi todos ellos deshabitados. Los he recorrido en diversas excursiones con el Centro Excursionista de la Ribagorza. Pueden destacarse L’Estall, Montfalcó, Fet y, sobre todo, Finestras, pueblo situado junto a unas espectaculares “rallas” o láminas rocosas verticales en las orillas del pantano de Canelles. Forman una muralla natural, conocida popularmente en la zona como “la muralla china”. Cerca de Finestras, entre dos líneas paralelas de “rallas” próximas, se encuentra la pequeña ermita de San Vicente, románica y también restaurada no hace mucho.

Las poblaciones habitadas más importantes cercanas a la zona son, además de Benabarre, Estopinán del Castillo, al sur, y Tolva y Pont de Montañana, al norte. De Tolva destaca la singular portada de la iglesia parroquial, transportada hace un siglo desde la iglesia de Fals, o Falces, junto al torreón ya citado. También es de gran interés el pequeño pueblo de Viacamp, con su magnífica torre medieval y un ilustrativo Centro de Interpretación del Montsec, complemento a cualquier visita a estos parajes. Viacamp y Litera constituyen un municipio con escasa población pero muy extenso, a él pertenecen la mayoría de los lugares despoblados del Montsec aragonés.No muy lejos de Estopiñán, aunque dentro del municipio de Benabarre, se encuentran las sorprendentes lagunas de Estaña: tres lagos de origen kárstico, el mayor de los cuales tiene 800 metros de longitud y 340 de anchura máxima.

Pero, sin duda, el lugar más interesante del contorno es Montañana, probablemente el núcleo medieval más atractivo de toda la provincia. Sus empinadas calles, su puente románico, los restos de sus dos torres cilíndricas, la cuadrangular conocida como la cárcel y, sobre todo, la ermita de San Juan y la iglesia parroquial de Santa María de Baldós, constituyen un conjunto incomparable que tras sucesivas restauraciones va recuperando parte de su pasado esplendor y de su antigua forma medieval. Mención especial merecen los catorce capiteles de la portada de Santa María de Baldós y los de la ermita de San Juan, verdadera sucesión de escenas de Historia Sagrada esculpidas en piedra. Montañana es el colofón ideal para cualquier excursión realizada por las hermosas tierras fronterizas del Montsec.

El macizo del Montsec es, lo hemos visto, una zona de grandes atractivos naturales, a los que se añaden diversos ingredientes culturales y artísticos, que merece ser visitado sin prisas, disfrutando de la paz y el sosiego que transmiten sus solitarios y silenciosos paisajes.

Carlos Bravo Suárez


(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

(Fotos: Congosto desde el sur, torre de Chiriveta, ermita vieja de Chiriveta, puente colgante, camino por el congosto -dos fotos-, Mas de Carlet y ermita de la Pertusa y su emplazamiento en lo alto de un roquedo)

domingo, 9 de marzo de 2008

"O.P.", LA NOVELA CARCELARIA DE SENDER

Recientemente ha sido reeditada por la modesta editorial Virus la novela “O.P. (Orden Público)”, de Ramón J. Sender. Su primera edición se produjo en 1931 en la madrileña editorial Cenit, cuando la Segunda República acababa de ser proclamada en España. Diez años después, en 1941, la novela se reeditó en Méjico, país en el que Sender se había exiliado tras la Guerra Civil española. Desde entonces no había vuelto a ver la luz y se había convertido, probablemente, en una de las obras menos conocidas del prolífico novelista oscense.

Varias obras escritas por Sender durante el convulso periodo de los primeros años treinta han vuelto a ser editadas en los últimos tiempos. Es el caso de “Imán” (1930), “Siete domingos rojos” (1932) o “Casas Viejas” (1933), todas ellas publicadas por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en su colección Larumbe. A esta recuperación reciente de parte de la narrativa más política y social de Sender puede añadirse “Los siete libros de Ariadna” (1957), que supone en buena medida un verdadero ajuste de cuentas del escritor aragonés con sus viejos camaradas comunistas, a quienes se había acercado en los años de la Guerra Civil y de quienes renegó durante el resto de su vida.

La reciente edición de “O.P.” cuenta con una presentación, breve pero clara y certera, a cargo de José María Salguero Rodríguez, autor de diversos trabajos sobre el escritor de Chalamera, entre los que cabe destacar “El primer Sender”, publicado en cuatro partes por la revista oscense “Alacet” entre los años 1995 y 1998. Tras la presentación de Salguero, el libro incluye también el interesante prefacio escrito por el propio Sender para la edición mejicana de 1941.

La novela “O.P.” se sitúa dentro de la etapa anarquista de Sender, quien tras su vuelta del servicio militar fue simpatizando cada vez más con el movimiento libertario. En 1930, Sender abandona el diario liberal “El Sol” para ser redactor-corresponsal en Madrid del periódico barcelonés “Solidaridad obrera”, la famosa e influyente “Soli”, órgano oficial de la Confederación Nacional del Trabajo. Dentro del anarquismo español existían entonces dos corrientes diferenciadas: la individualista, más próxima a la FAI, y la sindicalista de la CNT, considerada más posibilista y eficaz. El novelista altoaragonés se situó al principio en la primera de estas tendencias, pero fue desplazándose con el tiempo hacia la segunda. A partir de 1934, desilusionado por la desorganización y la esterilidad de la estrategia libertaria, Sender se aproximó al Partido Comunista, del que, como hemos dicho, se alejó definitivamente durante la Guerra Civil. En su exilio americano siempre renegó del estalinismo y de su breve experiencia comunista, pero, pese a la paulatina evolución del escritor hacia posiciones más conservadoras y apolíticas, nunca hizo lo propio con el anarquismo y su pasado libertario.

En su prólogo a la edición mejicana de “O.P.” de 1941, Sender, al referirse a la situación de la década 1926-1936 que concluyó con la tragedia de la Guerra Civil, reconoce que “los errores de aquel tiempo dejan sobre todos nosotros una responsabilidad grave y los aciertos, si los hubo, una tímida gloria”. Se muestra alejado de los análisis y conclusiones que sobre España hacen los llamados “hombres políticos” y afirma con rotundidad que “no era ni soy hombre de partido”. Y al referirse a las conclusiones que puedan extraerse de ese pasado escribe estas bellas palabras, que suenan modernas y definen en parte sus nuevas posiciones: “¿Quién de vosotros las tiene? El que las crea tener que levante el brazo. Ese que lo levanta lleva en la bocamanga una insignia de partido o un distintivo de lacayo. Nada de eso nos interesa. Hablamos del brazo desnudo. Los arroyos pasan por nosotros, como los campos de espigas, como el aire de los espacios, sin producir en nuestro físico más que una armonía que le empuja a seguir buscando con más eficacia el agua, las espigas y el aire fresco”. Sin embargo, unas líneas antes ha dejado claro que “aunque a veces busque la soledad y la cele y la cuide”, no es ya posible en los tiempos que corren vivir aislado en una torre de marfil.

Como “Imán”, “Siete domingos rojos” o “Viaje a la aldea del crimen”, “O.P.” está inspirada en unos hechos reales y se mezclan en ella lo autobiográfico y la ficción. La novela recrea literariamente la estancia de Sender, que tenía entonces 26 años, en la Cárcel Modelo de Madrid durante el mes de septiembre y los primeros días de octubre de 1926, acusado de conspirar contra la Dictadura del general Primo de Rivera. En su condición de periodista del diario “El Sol”, se vio implicado en un conflicto que estalló entre el cuerpo de Artillería y el dictador por discrepancias insalvables sobre el sistema de ascensos. Para los oficiales artilleros estos debían basarse únicamente en criterios de antigüedad, mientras que el general en el poder defendía unos criterios de calidad que podían fácilmente convertirse en arbitrarios.

Muchos de los personajes que aparecen en la novela están sin duda extraídos de la realidad y de la experiencia carcelaria de su autor. En una entrevista televisiva con el periodista Joaquín Soler Serrano en 1976, Sender se refería a la existencia real de uno de los tipos que aparecen en la novela: el guitarrista flamenco “El Tripa”, que acompañaba en sus actuaciones a la famosa bailaora Pastora Imperio. También recordaba el novelista altoaragonés su situación de privilegio en la cárcel: “La Asociación de la Prensa me mandaba comida del restaurante Molinero que era el más caro de Madrid, tomaba baños de sol en el patio y aprendí muchas cosas de sociología rebelde”. La cárcel fue para él como estar “en un sanatorio de lujo” y, al parecer, llegó a engordar cuatro kilos en su breve estancia de poco más de un mes. Las gestiones realizadas ante Primo de Rivera por sus compañeros periodistas aceleraron su puesta en libertad, que se produjo a principios de octubre de 1926.

“O.P.” es una novela con escasa trama. En ella se da una mezcla entre la creación lírica y la denuncia política de una represión que el sistema ejercía sin contemplaciones sobre los individuos que luchaban contra él, a menudo también con métodos violentos. Las tesis políticas defendidas por Sender son radicales desde una perspectiva actual y, como se ha dicho, están muy próximas al anarquismo o casi del todo identificadas con él. Late también en la novela un claro anticlericalismo, que puede observarse en la mayor simpatía con que se trata a un anarquista que está preso por matar a un cardenal que a los llamados presos burgueses, abogados o banqueros estafadores y corruptos. Como en las otras novelas de este periodo que se han citado antes, Sender nos muestra una sociedad marcada por la lucha de clases, dogma casi incuestionable para buena parte de la izquierda y también para los anarquistas en aquel momento convulso y políticamente fanatizado que caminaba inexorablemente hacia la Guerra Civil. Es casi imprescindible transcribir el siguiente párrafo de la novela que muestra a las claras los pronósticos y deseos de Sender y de los anarquistas para el futuro inmediato del país: “Tres vueltas a España. La primera dejará al país republicano radical, en la segunda quedará España ultraconservadora. En la tercera - a la tercera va la vencida - alcanzará su decisiva y genuina faz: Confederación Sindical Ibérica. Entonces será un país de trabajadores, rico, próspero, culto”. Casi suenan a profecía las dos primeras etapas, pero la tercera vino a desmentir trágicamente los sueños de utopía, que una vez más acabaron en terrible pesadilla.

Todos los personajes de la novela aparecen siempre nombrados por sus apodos. El protagonista del relato, si no lo es la propia cárcel y el conjunto coral de sus inquilinos, es el llamado Periodista, trasunto claro del joven Sender. El Periodista - que en un momento recibe la visita de su madre procedente de la aldea - es un preso que disfruta de ciertos privilegios; dispone de dinero y gracias a ello los guardianes le hacen favores especiales, como permitirle tomar duchas. Por las páginas de la novela desfila, de manera rápida y casi siempre superficial, toda una galería de presos de diferente tipo y condición. Hay un claro interés en destacar la represión que se ejerce sobre ellos, que culmina tras la visita del obispo a la prisión, motivo de una protesta de los reclusos y de duras represalias posteriores, y con la muerte por torturas continuadas del preso apodado “El Chavea”. Se cita en la novela, sólo con sus iniciales, al temido represor del anarquismo Martínez Anido, impulsor de la llamada “ley de fugas” y ministro de Gobernación con Primo de Rivera y más tarde en el primer gobierno de Franco.

Otro personaje que aparece a lo largo de toda la novela, y que pretende aportar a ésta un cierto tono lírico, es el Viento. Constituye una personificación que actúa, de manera algo tópica, como símbolo de la necesidad permanente de libertad. Su presencia es más frecuente en los primeros capítulos del libro, en los que adquiere gran protagonismo y conversa con frecuencia con el Periodista. Al parecer, el personaje procede de un relato que comenzó a escribir Sender en el periódico “La Libertad” y que se tituló “El viento en la Moncloa”.

“O.P.” - una parte de cuyo material, desposeído de su carga política, fue incluido por Sender en su novela posterior “El verdugo afable” (1952) - es una obra menor dentro de la narrativa del escritor altoaragonés. Pese a la brillantez y al ingenio que muestra en muchas de sus páginas, la obra se resiente de una excesiva carga ideológica y partidista, y está muy lejos de la calidad y los grandes logros narrativos de su anterior novela “Imán”, una de las mejores del autor. De todas maneras, su reedición permite conocer un eslabón más de una narrativa densa y prolija y, tal vez por eso, también con frecuentes altibajos y vaivenes. A la vista de la tragedia que desangró a España poco tiempo después, “O.P.” constituye, como otras novelas senderianas de esos años, una clara evidencia de los negros presagios que se avecinaban, y que terminarían con unos sueños que tal vez ya contenían en su seno la pesadilla en la que más tarde se convirtieron.

NOTA: “O.P.”. Ramón J. Sender. Virus Editorial. Barcelona, diciembre de 2007

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado por el Diario del Alto Aragón el 9 de marzo de 2008)

martes, 4 de marzo de 2008

ERASMO Y SERVET





Miguel Servet (Villanueva de Sijena, 1511 - Ginebra, 1553) es uno de los personajes más ilustres que el Alto Aragón ha dado a la cultura universal. No sólo por su descubrimiento de la circulación menor de la sangre, sino por sus aportaciones teológicas, que él siempre consideró más importantes que sus hallazgos científicos y que le llevaron a la muerte en la hoguera a manos de los fanáticos calvinistas y a su quema simbólica por un catolicismo intransigente al que había intentado, acaso con excesiva pasión y vehemencia, combatir y regenerar.

La difusión de la obra y el pensamiento servetianos en el extranjero contrasta con el desconocimiento que de ellos se tiene todavía en nuestro país. No obstante, de un tiempo a esta parte, la figura del sabio sijenense está generando una creciente bibliografía también en España y en español. Algunos de los autores que en los últimos tiempos se han interesado por Servet son, además, aragoneses. El primero y principal, el profesor turolense Ángel Alcalá, catedrático emérito por la Universidad de Nueva York, editor de las obras completas del teólogo y científico monegrino y máximo servetista en la actualidad. También sobre Servet ha escrito su paisano Francisco Carrasquer, cuyo libro más reciente, “Servet, Spinoza y Sender. Miradas de eternidad” (PUZ, 2007), es una interesante, abierta y densa reflexión sobre las conexiones posibles entre el pensamiento y la obra de estos tres grandes escritores, principalmente entre Servet y el gran filósofo holandés de origen judío-español Barucc Spinoza. En el inicio de su libro, Carrasquer escribe un brillante poema “in memoriam” de Miguel Servet Conesa. En él destacan unos versos en los que lamenta el ostracismo al que el sijenense ha sido siempre sometido por sus propios compatriotas: “¡Baldón a España, mala madre, que no te ha conocido, / ni aún menos ha dado a conocer tu genio y tus atisbos / como el primer Renacentista de sus hijos y su Humanista / más cabal! ¡Y más baldón, si cabe, porque han sido / extranjeros, como Voltaire, los que han roto una lanza / por ti, Servet, mientras tus compatriotas ni rechistan!”.

Precisamente sobre la defensa que en el siglo XVIII hizo Voltaire de Miguel Servet frente al intolerante Calvino, escribió hace ya unos años el profesor José Antonio Ferrrer Benimeli el libro “Voltaire, Servet y la tolerancia”, publicado en 1980 por el Instituto de Estudios Sijenenses “Miguel Servet”. Esta misma institución, que realiza desde hace tiempo una muy meritoria labor, publicó en 2006 un magnífico ensayo que, por su rigor y didactismo, merece un lugar destacado entre la bibliografía dedicada al sabio altoaragonés. Se trata de “La influencia de Erasmo en las obras de Miguel Servet”, escrito por el barcelonés Jaume de Marcos Andreu. El libro, en versión bilingüe español-inglés, es el resultado de un máster en Historia de las Religiones realizado por su autor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre las tesis que en él se defienden con claridad y buena prosa, pretende tratar brevemente este artículo.

Erasmo de Rotterdam (1469 - 1536) es probablemente la figura más importante de la cultura europea del Renacimiento. La influencia del gran humanista holandés alcanza a la mayor parte de los pensadores y escritores de la época, y se deja sentir principalmente en el terreno religioso. Erasmo está en la base de buena parte de los movimientos reformistas cristianos que surgen en Europa en un periodo especialmente convulso para el continente. Casi sin que su autor se lo propusiera, el pensamiento erasmista sobre la urgencia de recuperar la pureza y la autenticidad del cristianismo original y la necesidad de volver a las fuentes evangélicas de las que la Iglesia se había alejado serán el punto de partida de una reacción contra el poder y la corrupción vaticana que alcanzará su máxima expresión con la Reforma protestante de Martín Lutero. Moderado en el fondo y partidario de una regeneración de la Iglesia desde dentro de la propia institución, el enfrentamiento entre los diversos sectores cristianos y el radicalismo creciente llevarán a Erasmo a recibir, sin embargo, virulentas críticas de uno y otro lado, frente a las que el holandés intentará mantener siempre su independencia de criterio.

Dentro de la efervescencia religiosa que recorre la Europa del siglo XVI, irrumpirá con tremenda fuerza la figura del médico aragonés Miguel Servet, conocido con el sobrenombre de “Revés”. Su absoluto rechazo del dogma de la Trinidad y su llamamiento a una restauración radical que regenerara por completo el cristianismo decadente y corrompido de la época le acabaron llevando irremediablemente a un trágico final en la hoguera. Menos diplomático y ambiguo que Erasmo -y sin su experiencia, fama y reconocido prestigio- la pasión y el terco empeño con que defendió sus propuestas religiosas, además de una considerable imprudencia para los tiempos que corrían, le impidieron escapar al afán inquisidor con que el fanatismo religioso, cultivado desde todos los bandos, perseguía cualquier disidencia o heterodoxia.

Es seguro que Servet leyó muy pronto a Erasmo. Posiblemente ya en su adolescencia, cuando sirvió al clérigo Juan de Quintana, quien según Ángel Alcalá era oscense y agustino. Era también humanista y seguidor de Erasmo, doctor por la Sorbona y miembro de las Cortes de Aragón, y llegaría a ser confesor de Carlos I. El emperador defendió a los erasmistas hasta que el triunfo de Lutero los convirtió en sospechosos y comenzó su persecución. Servet acompañó a Quintana a la coronación de Carlos I en Bolonia en 1530. La pompa y el lujo del cortejo papal en la ceremonia alejaron para siempre al aragonés de la ortodoxia católica. Algo parecido, aunque menos radical y con una respuesta literaria más satírica y menos apasionada, le había ocurrido a Erasmo unos años antes en Roma al ser testigo ocasional de un desfile de la comitiva del papa Julio II. Ambos rechazaban por completo el lujo y la ostentación del Vaticano, pero Servet lo hace con mayores dosis de radicalidad y desprecio.

No hay constancia de que Erasmo y Servet llegaran a conocerse personalmente, y aunque es muy posible que Erasmo leyera el libro del aragonés “De Trinitatis Erroribus”, publicado en 1531, las delicadas circunstancias del momento harían poco prudente dar su opinión sobre una obra que arremetía con dureza contra el sagrado e incuestionable dogma trinitario. Jaume de Marcos, en su magnífico libro, establece cinco puntos sobre los que comparar las posiciones respectivas de Erasmo y Servet: el método filológico en el discernimiento de la verdad, la restauración del puro cristianismo, la cuestión trinitaria, las tentaciones irenistas y el libre albedrío y las buenas obras.

Como la mayoría de los humanistas del Renacimiento, Erasmo y Servet defienden la vuelta a las fuentes evangélicas originales, como parte de un retorno a un cristianismo más primitivo y puro y a una religiosidad más sencilla, basada en los hechos y no en las falsas apariencias y las ceremonias fastuosas. Erasmo, tras aprender la lengua griega sólo para ese propósito, realizó una celebrada edición del Nuevo Testamento a partir de su original heleno. No se vio capaz, sin embargo, de aprender también el hebreo. Servet superó en este aspecto a Erasmo, pues además del latín en el que ambos escribían, el aragonés dominaba tanto el griego como la lengua hebrea, lo que le permitía utilizar abundantes citas evangélicas originales en sus argumentaciones teológicas.

Ambos coinciden, como se ha dicho, en la urgente necesidad de restituir un cristianismo puro frente a la decadencia y la corrupción existentes. Sin embargo, sus propuestas son distintas: más moderada e irónica la de Erasmo, radical y apasionada la de Servet. El de Rotterdam defiende una reforma desde dentro de la propia Iglesia; sin rupturas, precisamente para prevenir y evitar las que inevitablemente se avecinan si los cambios no se producen con premura. Servet, en su “Restitución del Cristianismo”, llama a la rebelión de todos los cristianos para lograr una vuelta a los orígenes y conseguir una restitución total, que disuelva “la cautividad de la impía Babilonia y destruya del todo al Anticristo y a sus secuaces”.

En la cuestión de la Trinidad también las posturas de ambos son distintas. Erasmo, aunque en algunos escritos parece dudar del dogma trinitario, no llega nunca a rechazarlo del todo y muestra siempre cautela ante este delicado asunto que podía acarrearle consecuencias peligrosas. Como también se ha dicho, Servet se postula desde sus primeras obras como totalmente contrario al dogma trinitario, y califica a sus defensores de trideístas y, por tanto, politeístas y paganos.

El término “irenismo” viene del griego “eirene”, que significa “paz”, y designa una actitud teológica que busca hacer prevalecer las similitudes por encima de las diferencias entre corrientes religiosas distintas. Sean éstas el islamismo, el judaísmo y el cristianismo, o diferentes corrientes de un mismo credo. Erasmo defendió siempre posiciones irenistas y buscó, sobre todo, un equilibrio entre los protestantes luteranos y los católicos vaticanistas. Sin embargo, solamente encontró desconfianza y rechazo en ambos bandos, como suele ocurrir cuando las posiciones se radicalizan y el fanatismo crece. Servet defendió también un cierto irenismo y, en el juicio que le condenó a morir en la hoguera, fue recriminado por Calvino por haber escrito que, al contrario que el islamismo y el judaísmo, era la iglesia católica la que había errado en su defensa del dogma de la Trinidad y se había alejado así de su monoteísmo inicial.

En cuanto al libre albedrío, las buenas obras y la gracia divina, tanto Erasmo como Servet defienden una actitud “cooperante” del ser humano en su salvación, pero también aquí el sijenense va más lejos y postula que en todo ser humano hay una porción de Dios y de divinidad. Sus contrarios le recriminaron ese intento de divinizar al hombre, y algunos han querido ver en ello neoplatonismo cristianizado e incluso un cierto panteísmo. En este punto se podrían establecer, tal vez, algunas conexiones con la filosofía de Spinozza. Además de por su común defensa de la libertad de pensamiento, en épocas distintas pero en ambos casos con dosis de modernidad y de adelanto considerable a su tiempo.

Erasmo y Servet son dos gigantes del Renacimiento europeo que, sin embargo, fueron víctimas, más el segundo que el primero, del triunfo de las corrientes dogmáticas y ortodoxas que ambos intentaron combatir sin éxito. El germen de libertad que hay en su pensamiento aún tardaría varios siglos en dar sus frutos en Europa.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes de Erasmo de Rotterdam y Miguel Servet y estatua dedicada a Servet en Villanueva de Sijena)

(Publicado en Diario del Alto Aragón, el 17 de febrero de 2008)
(Reproducido http://www.servetus.org/en/news-events/articulos/20080315.htm)

LAS CONDESAS RIBAGORZANAS EN LA NOVELA "VOCES TRAS LAS SOMBRAS"

“Voces tras las sombras” es una interesante novela histórica. Se trata de un relato en el que se recrean de forma amena los primeros tiempos del condado de Ribagorza. Y se hace, sobre todo, a través de las voces - recuperadas en la ficción literaria - de algunas de las mujeres que tuvieron un protagonismo destacado en aquellos oscuros tiempos medievales, en los que, en pleno dominio musulmán de la península, nació una primigenia entidad ribagorzana en un alejado rincón de las tierras pirenaicas del norte.

La autora de la novela - que va por la segunda edición - es Marisa García Viñals. Según se lee en la solapa del libro, nació en los Pirineos y se trasladó después a Lérida, donde se hizo maestra e historiadora del arte. Ha escrito varios ensayos en catalán y ahora, tras su vuelta al Pirineo aragonés y cinco años de investigación histórica, acaba de publicar su primera obra narrativa.

“Voces tras las sombras” desarrolla su acción en dos planos temporales. El relato de los acontecimientos pasados se va alternando con el presente cotidiano de la autora y con el devenir de sus propias investigaciones sobre la historia contada. Es éste un esquema que alcanzó gran éxito con la novela “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas, y que también han seguido algunas novelas aragonesas recientes como “Por escribir sus nombres”, de Víctor Juan Borroy. Pero en “Voces tras las sombras” se lleva a cabo con una mayor polifonía; porque en el plano del pasado son las voces de las propias mujeres protagonistas las que, en diálogo entre ellas mismas o con la narradora, van contando los hechos desde sus propios puntos de vista.

La narradora vive en el pequeño pueblo ribagorzano de Sos, muy cercano a Castejón de Sos y Benasque, en la margen izquierda del río Ésera. El lugar tuvo importancia histórica en época medieval y su castillo se documenta ya en el siglo X. La comarca circundante era denominada en aquel tiempo Sositania o valle Sositano, y tenía una cierta autonomía dentro del pequeño condado ribagorzano que pugnaba por extenderse hacia el sur. Según se desprende de algunos documentos históricos, en ese lugar tuvo su última residencia la condesa Mayor, y allí habría muerto y estaría enterrada. Esa posible tumba, o las voces que de ella parecen provenir, es lo que mueve a la investigación a la narradora, que ha comprado una casa en Sos con la intención de alejarse un poco de la especulación inmobiliaria y del gregarismo “todo a cien” de otros lugares más turísticos del valle. En el pueblo viven ocho familias y la escritora se mueve a gusto entre sus hospitalarias gentes. En una cueva próxima cree oír ecos del pasado, y sobre la historia medieval de esas tierras ribagorzanas decide indagar y construir su novela.

La narradora muestra especial interés por el universo femenino y, por ello, las protagonistas de su novela son mujeres. En primer lugar, las condesas ribagorzanas a las que enseguida nos referiremos con mayor detalle, pero también, en menor medida, las laboriosas y activas mujeres de Sos, que simbolizan la importante función desempeñada por la mujer en las sociedades rurales. Además, las principales referencias culturales del libro fuera del ámbito medieval son siempre femeninas: María Zambrano y Hanna Ardent, como pensadoras y escritoras de gran talla intelectual, y Electra o Lady Macbeth, como símbolos literarios universales.

Quien adquiere el principal protagonismo en el relato es la condesa Mayor, pero también su hija Mayor II y, algo menos, las condesas Ava y Toda. Contra la tendencia general de unos historiadores tal vez demasiado rutinarios, en la narración aparecen, a partir de la observación del profesor Antonio Ubieto en su libro “Historia de Aragón”, dos condesas, madre e hija, con el mismo nombre de Mayor. Eso parece casar mejor con las fechas que figuran en algunos documentos históricos, y permite a la novelista presentar a dos mujeres homónimas, cada una con voz e historia propias, en su creación literaria.

El relato se inicia en junio del año 960 con la boda entre la condesa Ava, hija de Ramón II, conde titular de Ribagorza, y García Fernández, heredero al condado de Castilla. La ceremonia va a celebrarse en Roda, adonde la comitiva se desplaza desde el castillo de Ripacurza, situado sobre los congostos de Obarra y su importante monasterio. Es una boda concertada, como todas en la novela, por motivos de alianzas y estrategias que convienen a la casa condal ribagorzana. La misa es oficiada por el obispo Odesindo, hermano de Ava, y a ella asiste el resto de sus hermanos: Unifredo, Arnaldo, Isarno y Toda. Su madre, Garsenda de Fezensac, entrega a Ava un viejo códice que aparecerá repetidamente en la narración, como elemento ilativo entre las sucesivas generaciones de mujeres de la dinastía condal.

No le fueron demasiado bien las cosas a Ava en tierras castellanas, donde siempre fue considerada una extranjera. Incluso parece haber inspirado una desafortunada leyenda en la que aparece como traidora a Castilla y a su marido y es acusada de mantener relaciones con los musulmanes y su caudillo Almanzor. Podría haber ocurrido en realidad que Ava, procedente de unas tierras en las que la convivencia con el Islam era más fluida - su abuelo Raimundo I se había casado en segundas nupcias con la hija del señor musulmán de Lérida -, hubiera defendido una política de aproximación a los árabes que habría sido rechazada de plano por la nobleza castellana, en esos momentos enemiga acérrima e irreconciliable de los sarracenos.

Sin adquirir un gran protagonismo, la condesa Toda tiene a lo largo de la novela una repetida presencia. Tras la muerte de sus hermanos varones, Toda se vio obligada a acceder a la titularidad del condado en un momento especialmente difícil para éste, en vísperas de la anunciada y temida “razzia” de Abd-al Malik. El conde Isarno, hermano menor de Toda, había muerto luchando contra el belicoso caudillo musulmán en las proximidades de Monzón, en un desesperado intento por evitar lo inevitable. En 1008, dos años después de la devastadora incursión del hijo de Almanzor sobre Ribagorza, Toda decidió contraer matrimonio con su tío el conde Suñer de Pallars, viudo y padre de tres hijos. La boda, a la que ambos llegaban con bastante edad, permitía restablecer la unión de los dos condados y proporcionaba un sólido punto de apoyo a la desamparada Toda. Suñer murió dos años después, tras haber dividido sus posesiones entre sus tres hijos. Ante los deseos pallareses de anexionarse Ribagorza, el abad Galindo de Obarra, hombre ambicioso e intrigante pero siempre celoso defensor de la independencia ribagorzana, propuso a Guillermo Isárnez, hijo ilegítimo de Isarno, como el nuevo conde, a quien todos los ribagorzanos parecen dispuestos a aceptar. Guillermo, que había sido educado en la corte castellana junto a su tía Ava, será recibido casi como un salvador en la maltrecha Ribagorza. Toda abandona la escena y se retira al valle de Chistau. Desde allí se mantendrá siempre atenta a la política ribagorzana, y presta a intervenir cada vez que la situación lo requiera.

En casi todos los libros de historia sólo se hace referencia a una condesa Mayor. Es hija de Ava, y por lo tanto nacida en Castilla. Viene a Ribagorza a petición de su tía Toda para casarse con Raimundo III, conde de Pallars. Tras la muerte de Guillermo Isárnez, asesinado en extrañas circunstancias cuando se dirigía al Valle de Arán, es repudiada por su marido y se refugia en Sos, donde la nobleza sositana se rebela contra ella. Cede el poder a Sancho de Navarra, que reclama Ribagorza por estar casado con Munia, nieta de Ava y sobrina de Mayor, y se retira al monasterio burgalés de San Miguel de Pedroso, de donde fue abadesa hasta su muerte.

Pero en “Voces tras las sombras”, que es una novela y no un libro de Historia, aparecen - como se ha dicho - dos mujeres llamadas Mayor, madre e hija, como no es del todo descartable que pudiera haber ocurrido en la realidad. En el libro, Mayor I se casa con Gassián, importante señor de Benasque, y juntos administran la Sositania. Mayor es propietaria de los castillos de Sos, Dos y Benasque . Cuando muere Guillermo Isárnez, y tanto el conde de Pallars como Sancho el Mayor de Navarra amenazan la independencia de Ribagorza, Mayor se mantiene fuerte en su reducto sositano. Pero tras una rebelión de los nobles contra ella, probablemente inducida por intereses espurios, y pese a resistir hasta el límite en su castillo de Benasque, acaba cediendo el poder a su sobrina Munia y, por tanto, a Sancho el Mayor de Navarra. Hasta la muerte de éste, Mayor continúa formando parte de la corte ribagorzana, para recluirse más tarde en el citado cenobio burgalés donde acabó sus días.

Su hija Mayor II es quien se casa en la novela con Raimundo III, conde de Pallars. Vive, sobre todo en unas ardientes jornadas en el castillo de Fantova, una intensa pasión amorosa con Guillermo Isárnez, que escandaliza al abad Galindo de Obarra y sin duda llega a oídos de su marido. Tal vez fue ésta la causa, o una de las causas, de la posterior muerte violenta del apuesto conde ribagorzano. Más tarde, cuando Raimundo III ve defraudadas sus ambiciones sobre Ribagorza, Mayor es repudiada por su esposo por consanguinidad entre ambos y por no haberle proporcionado el hijo varón que deseaba, aunque juntos tuvieran una hija llamada Ricarda. Es entonces, en el verano del año 1028, cuando Mayor II se refugia en Sos, donde permanece hasta su muerte. Ella es, pues, la dama allí enterrada y cuya voz, si se presta atención, aún se escucha tras las sombras.

La ficción narrativa permite conectar presente y pasado, y pasar de uno a otro con suma facilidad. Así ocurre en el último capítulo del libro, en que la narradora salta de Sos a Fantova y al zoco medieval de Graus, lleno de vida y de color, para regresar de nuevo a Sos, donde surgieron unas sombras del pasado que han ido adquiriendo forma literaria. Un sugerente relato en el que varias voces femeninas nos cuentan cómo fueron, o pudieron haber sido, los oscuros y lejanos orígenes del viejo condado de Ribagorza.

NOTA: “Voces tras las sombras. Tragedia y pasión de la condesa Mayor en el valle de Benasque”. Marisa García Viñals. Editorial Milenio, Lérida, 2007

Carlos Bravo Suárez

viernes, 29 de febrero de 2008

CINCO LECTURAS ARAGONESAS

Una de las mejores cosas que tiene el verano es que se puede leer más y con mayor tranquilidad y sosiego que en el resto del año. Entre los libros que llevo leídos en estas vacaciones estivales, voy a referirme aquí a cinco que tienen en común que sus autores - antólogo en el último caso - son aragoneses. No pretendo utilizar el adjetivo con fines reduccionistas, sino simplemente como nexo de unión entre cinco buenos libros que demuestran que también en Aragón se hace en la actualidad una buena literatura.

Los libros en cuestión son tres novelas, un libro de cuentos y una antología poética. Las novelas: "Por escribir sus nombres", de Víctor Juan; "El laberinto de los goliardos", de Ricardo Serna; y "Pastoral", de Ángel Gracia. El libro de relatos, "Hermanos de sangre", de Ramón Acín Fanlo. La antología poética, "Los chicos están bien. Poesía última", seleccionada por el escritor barbastrense Manuel Vilas. (1)

Víctor Juan Borroy es profesor en la Escuela Normal de Huesca. Ha escrito sobre todo de maestros y de docencia y es en la actualidad director del Museo Pedagógico de Aragón. "Por escribir sus nombres" es su primera novela y con ella fue finalista del Premio Novela Corta Ciudad de Barbastro del año 2005. No es de extrañar que los dos protagonistas de su novela sean también maestros, aunque la guerra civil truncó de forma trágica su trabajo como docentes. Ambos son personajes reales y comprometidos en una época de pasiones políticas fervorosas y absorbentes. Francisco Ponzán nació accidentalmente en Oviedo, pero se trasladó a Huesca a los dos años y siempre se consideró oscense. Fue militante anarquista y durante la guerra civil fue miembro del Consejo de Aragón que presidió Joaquín Ascaso y tuvo su sede en Caspe. Allí conoció a Palmira Plá, maestra socialista y encargada durante el conflicto de las colonias infantiles de los niños del frente que continuaron su escolaridad en la retaguardia. Entre ambos surgió la atracción y un amor lleno de dificultades que Víctor Juan narra en su novela con maestría y concisión. Un amor que nunca se materializa del todo por las peripecias históricas que a los personajes les toca vivir, por su dedicación intensa a las tareas y responsabilidades que se les asignan y por sus filiaciones políticas distintas, entonces tan exclusivistas y sectarias. Ambos consiguen salir de España tras la derrota y continuar su actividad en una Francia claramente hostil en un principio a los exiliados españoles. Ponzán ayudó después de manera destacada a las fuerzas aliadas con la creación de una importante red de evasión a través de los Pirineos. Murió abrasado por los nazis en Toulouse, dos días antes de la liberación de la ciudad y un mes antes de la entrada en París de unos tanques que en su mayoría conducían resistentes españoles. Ponzán fue un verdadero héroe, hasta hace poco del todo olvidado en una España casi siempre olvidadiza, aunque reconocido y póstumamente laureado por las potencias aliadas que se beneficiaron de sus servicios y que luego también se olvidaron de España. Palmira Plá sobrevivió a la dictadura y reside actualmente en Benicàssim. Paralelamente a la historia de amor y de guerra de los dos personajes principales, el narrador cuenta - un poco a la manera de la exitosa "Soldados de Salamina" - su investigación de la historia y su propia y difícil relación amorosa con Irene, ambos habitantes de la ciudad de Huesca. Todo ello narrado con contención y sencillez, sin florituras gratuitas y con una prosa sobria y correcta. "Por escribir sus nombres" es una buena novela, concisa y precisa, en la doble acepción de este último adjetivo: una novela sin paja, que va directa al grano, y a la vez una novela necesaria. Porque reescribe los nombres y las vidas de dos perdedores, dos luchadores derrotados por la historia que merecen sin duda ser recordados por su abnegación y entrega en los tiempos convulsos que les tocó vivir.

"El laberinto de los goliardos" ha sido para mí una agradable sorpresa, y su lectura un verdadero placer desde la primera hasta la última de sus páginas. Su autor, el zaragozano Ricardo Serna, es escritor consagrado que ha cultivado diversos géneros literarios. El protagonista de la novela es Jaime Iturbe, profesor de literatura en un instituto de Zaragoza y felizmente casado con Sara, pintora de cierto éxito en Francia y más tarde también en Cataluña. Con la intención de escapar a menudo de la capital, la pareja decide comprar una casa en la pequeña localidad oscense de Sopeira, en la frontera con Cataluña, junto al magnífico monasterio románico de Santa María de Alaón. Allí se ambienta esta magnífica novela de intriga bien administrada, que siempre mantiene la atención del lector y lo atrapa hasta el final. Desde su llegada al pueblo, Iturbe siente una irreprimible curiosidad por la red de pasadizos subterráneos que supuestamente recorren el subsuelo del lugar y su famoso monasterio. Mientras prepara su aventura subterránea y se interesa por la rica historia de Sopeira y Alaón, la novela se llena de espléndidos diálogos y situaciones cotidianas narradas siempre con sencillez y naturalidad. Magnífica es la presencia de la maestra Susana Alcanchel. La fuerte atracción erótica que ejerce sobre Jaime añade una capa más de ambigüedad a los diferentes planos temporales y espaciales que se entrelazan en la novela, y que, con la irrupción de la sensual maestra, no sólo se producen entre el ayer y el hoy, sino también en las dobles vivencias del presente. Además, la aparición de Susana puede vincularse al fervor hedonista de los goliardos - los pasados y tal vez los presentes - que dan título a un libro que merece por muchos motivos ocupar un lugar destacado en la actual narrativa aragonesa.

La tercera novela - en orden de lectura, que no de importancia - es también una magnifica opera prima de su autor en este género literario. Ángel Gracia era hasta ahora conocido como poeta, creador de poemarios tan hermosos como "Libro de ibones", que comentamos aquí hace unos meses. "Pastoral" es su primera novela, ganadora del Premio de Narrativa Universidad de Zaragoza 2006. Escrita en primera persona, parece tener bastante de autobiográfica, aunque eso sea lo de menos a la hora disfrutar de su lectura. Hay en ella dos planos espaciales muy diferenciados: la ciudad alemana de Jena, donde el protagonista estudia la obra del gran poeta Hölderlin y se empapa de la filosofía de Confucio, y los pueblos de la comarca de Cariñena de donde proceden el narrador y su familia. Precisamente la muerte de su abuelo es el motivo de un delicioso viaje en bicicleta por varios lugares en busca de huellas y recuerdos de su familia. El autor no cae, sin embargo, en la nostalgia fácil y casi siempre empalagosa, sino que mezcla situaciones y reflexiones diversas que hacen de estas páginas las más originales y destacadas del libro. No por ello deja de mostrar la novela la sorprendente y rápida metamorfosis que supone el contraste entre unos antepasados pastores de áridas tierras y criados en alejadas parideras y un joven estudiante recién llegado de una prestigiosa universidad alemana. Un joven a quien pocos años antes llamaban tonto porque no se emborrachaba, iba en bicicleta o leía libros bajo los chopos. Todo ello contado con originalidad y buena prosa, en una narración que fluye con naturalidad y lleva al lector a disfrutar plácidamente de una página tras otra, como si fuera pedaleando por tranquilas carreteras secundarias alejadas del trajín y el ruido.

"Hermanos de sangre" es el último libro de Ramón Acín. Son catorce relatos agrupados en tres partes: "Odio" (seis), "Tradición" (tres) y "Rareza" (cinco). Tras la historia de maquis de su anterior novela "Siempre nos quedará París", el escritor de Piedrafita de Jaca vuelve al tema de la guerra civil, ahora desde una visión aún más intrahistórica si cabe: la guerra civil española es aquí de manera absolutamente literal una guerra fratricida: el odio se apodera de las relaciones familiares y lanza a hermanos contra hermanos, a padres contra hijos, sin respetar siquiera los vínculos de parentesco más íntimos y estrechos. Es la verdadera faz de la guerra: el odio atroz que todo lo impregna y llena la vida de una violencia brutal y destructiva. Magníficos los cuentos de la primera parte del libro. En la segunda, el autor muestra su conocimiento del mundo tradicional pirenaico, con pastores, noches de San Juan y enigmáticas machorras. Los últimos relatos nos llevan a situaciones de cierta rareza y exotismo y transcurren en países lejanos. Así encontramos en Goristy (Rusia) una vieja botella de vino del Somontano de la cosecha del 36 o nos perdemos en Méjico, en una ultima narración que por momentos nos recuerda algún cuento de Cortázar. Un buen libro de relatos breves que se leen con gusto y que parece estar obteniendo un merecido éxito de ventas.

La antología "Los chicos están bien" - editada en un bonito libro de tapas verdes plastificadas - fue consecuencia directa de la I Semana de la Poesía Última celebrada en Zaragoza entre los días 13 y 19 del pasado mes de abril. Reúne una breve selección de 19 poetas españoles (incluido un exiliado cubano), siete de los cuales son aragoneses (2). Se trata de un grupo de poetas, en su mayoría de entre treinta y cuarenta años, que cultivan una poesía moderna, en ocasiones de corte realista, aunque muy variada de contenidos y registros. Manuel Vilas, novelista y poeta barbastrense de reconocido prestigio, ha hecho la selección y le ha puesto el título de una de las más conocidas canciones de The Who. "The Kids Are Alright" o "My generation" son canciones que nacieron a la par que muchos de los poetas que aparecen en la antología y que hoy el veterano grupo británico sigue tocando con energía y convicción. Es una selección muy recomendable para ponerse al día de la poesía joven que hoy se hace en nuestro país.

Para terminar: cinco libros de escritores aragoneses - con el matiz ya comentado de la antología poética -, que se leen con gusto y que, junto a otros varios aquí no recogidos, confirman que en nuestra comunidad también se escribe literatura de la buena.

NOTAS (1) - "Por escribir sus nombres", Víctor Juan. Prames, Zaragoza, 2007.
"El laberinto de los goliardos", Ricardo Serna, Arbalea, Zaragoza, 2005.
"Pastoral", Ángel Gracia, Prames, Zaragoza, 2007.
"Hermanos de Sangre", Ramón Acín, "Páginas de espuma, Madrid, 2007.
"Los chicos están bien. Poesía última", Edición de Manuel Vilas, Olifante. Zaragoza, 2007
(2) Los poetas aragoneses que aparecen en la antología son Sergio Algora, Octavio Gómez Milián, Ángel Gracia, Jesús Jiménez Domínguez, David Mayor, Carmen Ruiz y Gabriel Sopeña. Los demás poetas son Pablo García Casado, Martín López-Vega, Aurora Luque, Elena Medel, Dolan Mor, Luis Muñoz, Lorenzo Oliván, Antonio Orihuela, Carlos Pardo, José Luis Piquero, Javier Rodríguez Marcos y Eva Vaz.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 28 de febrero de 2008

HENRY RUSSELL, EL ENAMORADO DE LOS PIRINEOS

Henry Rusell fue uno de los grandes pirineístas del siglo XIX. Dedicó gran parte de su vida al conocimiento inagotable de las altas montañas que se extienden a ambos lados de la cordillera. Impregnado del espíritu romántico de su tiempo, buscó la plenitud en la inmensidad de los paisajes pirenaicos y escribió después sobre su experiencia pionera en unas cumbres por aquellos días casi vírgenes y aún desconocidas del gran público. Vivió la montaña con la pasión de un enamorado y con el recogimiento franciscano de un místico. En la soledad y la belleza de los espacios agrestes de los Pirineos, persiguió una elevación espiritual que al descubrimiento de lo nuevo añadía un deseo casi panteísta de fundirse con la naturaleza en su estado más puro y genuino. En el esfuerzo de las largas caminatas, supo apreciar con sensibilidad exquisita toda la poesía que atesoran las piedras, las nieves, las aguas y los bosques de las hermosas montañas pirenaicas.

Sobre este personaje singular, de titánico y descomunal esfuerzo montañero, ha sido publicada una bella autobiografía ficticia editada por Prames en su colección Las Tres Sorores y titulada "Yo, Henry Russell". El libro, que cualquier amante de la montaña leerá con placer, ha sido escrito por Alberto Martínez Embid, montañero de experiencia, colaborador en diversas publicaciones y autor de obras tan excelentes como "La brecha de Rolando" ( Desnivel, 2000). Sin duda, escribir el libro que nos ocupa ha supuesto una ardua labor de documentación, que ha pasado necesariamente por la lectura de la extensa obra de Russell a la que se puede acceder a través del trabajo de Jacques Labarère "Henry Russell-Kilough (1834-1909). Explorateur des Pyrénées. Bio-bibliografhie".

Henry Russell nació en Toulouse en 1834 en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Thomas John Russell-Killough, era un irlandés, defensor a ultranza de la causa católica, que por motivos religiosos y políticos emigró a Francia en 1820. Tras enviudar de su primera mujer, casó en segundas nupcias con Ferdinande-Clementine de Groselles, segunda hija del marqués de Flamarens y hermana de un chambelán del emperador Napoleón III. Henry, que poseía el título de conde, fue el primero de los cuatro hijos de ese enlace franco-irlandés y, aunque fue registrado como súbdito británico, se educó en la lengua francesa de su madre y en ella escribió su extensa obra literaria. Tras unos años de vida nómada, su familia se trasladó a la villa termal de Bagnères-de-Bigorre, donde el joven Russell entró en contacto con la montaña y el excursionismo en el que su madre lo inició progresivamente. Tras su paso por Luchon, la familia se desplazó a Irlanda, pero Henry decidió regresar pronto al continente. Fascinado por las noticias que leía sobre guerras lejanas y países exóticos, sintió la imperiosa necesidad de viajar y conocer el mundo. En 1856 se enroló como marinero para alcanzar el continente americano y llegar hasta el Perú. Enfrentado con el capitán de su barco, regresó a Europa para iniciar un nuevo viaje a los Estados Unidos y Canadá, sobre cuya experiencia escribió a su vuelta algunos artículos en la gaceta "Mémorial des Pyrénées". Fue en París donde se enamoró de la joven Maud, hija de un pastor protestante y por ello vetada enérgicamente por el ultracatólico padre de Russell como futura esposa de su hijo. Parece que fue tan grande la decepción del joven Henry que nunca más albergó deseos serios de casarse y se mantuvo para siempre en una contumaz soltería.

Entre 1858 y 1861, y ya con el soporte económico de su familia, lo que no le evitó pasar algún momento de apuro, el conde Russell realizó un extraordinario viaje que le permitió atravesar Rusia y la estepa siberiana y penetrar después en la lejana China. Camuflado entre una delegación diplomática rusa, logró salvar la prohibición que impedía a los occidentales la entrada en el país. Desde allí navegó hasta Japón y llegó más tarde a Australia, donde quedó sorprendido por el alto grado de alcoholismo de sus habitantes, y a Nueva Zelanda. A su regreso a Europa dio a conocer sus experiencias en el trabajo "Seize mille lieues à travers l'Asie et l'Océanie". Se ha dicho con frecuencia que Julio Verne pudo documentarse en el viaje de Russell para su novela "Michel Strogoff", y que incluso el joven Henry pudo inspirar al gran escritor francés el personaje Phileas Fogg, protagonista de "La vuelta al mundo en ochenta días".

De nuevo en Francia, Russell fijó, desde finales de 1861, su residencia definitiva en la villa pirenaica de Pau, en el número 14 de la calle Marca. A través de la ventana de su austera habitación, contemplaba la cadena montañosa que iba a recorrer de extremo a extremo y que sería durante toda su vida el objeto de una pasión irrefrenable. El conde vivía de las rentas de sus granjas y posesiones y decidió convertirse en sucesor de los primeros grandes pirineístas, como Louis Ramond o su idolatrado Vicent de Chausenque. Inició así la enorme y casi obsesiva afición a explorar continuas rutas y descubrir nuevas vías de ascenso a las cumbres pirenaicas, en una febril e inagotable actividad montañera a la que dedicó sus descomunales energías. Puede decirse que pocos fueron los picos de más de tres mil metros no conquistados en su frenético deseo de poseer la cordillera. Ataviado con una llamativa indumentaria a la que se había aficionado en oriente, calzado con las botas de clavos que se hacía fabricar y apoyado en su bastón de madera de fresno, eran infatigables sus excursiones por los montes de Pirene. Famoso por su voraz apetito, sabía adaptarse a la escasez de víveres que a veces los imprevistos de la marcha le deparaban. Poco amante de madrugar, realizaba con frecuencia sus excursiones con el objeto de dormir sobre las cimas conquistadas o de efectuar el regreso en plena noche. Henry Russel pasa por ser el iniciador de las ascensiones invernales y el inventor del saco de dormir. Este último lo copió en realidad de un aduanero español al que vio pernoctar envuelto en un saco hecho con el vellón de varias ovejas. Tomándolo como modelo, se hizo fabricar uno igual con las pieles cosidas de seis corderos. El invento pesaba tres kilos y Russell lo probó satisfactoriamente una gélida noche sobre la cima del Aneto. Nunca faltaban en sus largas caminatas el "chartreuse", el ponche y los cigarrillos. Como era propio de una época en que muchos de los montañeros con afanes de descubridores y deseosos de dejar su nombre en la cordillera eran aristócratas, el conde Russell se hacía acompañar de guías y porteadores que realizaban casi siempre lo más penoso de los trabajos de escalada. Tuvo algunos guías fieles y muy queridos, casi todos franceses, pero fueron españoles algunos ocasionales, como el panticuto Pablo Belio, el benasqués Marcial o el también altoaragonés Antonio Pueyo, quien le condujo con sabiduría de los Eristes al macizo de Llardana.

Se convirtió asimismo en el cronista de sus propias gestas pirenaicas, papel que, según él, el gran Chausenque había dejado vacante. Escribió numerosos libros, colaboró en diversas publicaciones montañeras y recopiló artículos y trabajos que sirvieron de base para su magna obra y gran legado literario "Souvenirs d'un montagnard", cuya edición definitiva apareció en 1908. Ayudó a fundar la "Société Ramond" de Bagnères-de-Bigorre, una de las primeras sociedades europeas de montaña, a la que pertenecieron algunos de los más eminentes pireneístas franceses del momento. Apadrinado por el inglés Packe, gran amigo suyo y también inveterado amante de los Pirineos, ingresó en el elitista Alpin Club británico y contribuyó más tarde a la creación del Club Alpin Français. Desde esta entidad impulsó la construcción de una cabaña en Monte Perdido que supuso el embrión de los posteriores refugios de montaña pirenaicos. A pesar de su concepción romántica y solitaria de la práctica montañera, cayó en ocasiones en la tremenda competencia que se desató entre los pirineístas por dar a conocer las exploraciones de la época. Tampoco pudo evitar verse envuelto en algunas polémicas y rechazó las prácticas modernas y exhibicionistas de los más jóvenes aficionados que introducían métodos más propios de funambulistas que de verdaderos amantes de la montaña. Detestó el montañismo de salón y llegó a abandonar a los brindis un banquete del Club Alpin Français para "purificarse" con una nueva ascensión al Vignemale. En los últimos años de su vida se alarmó ante el creciente número de turistas que invadía la paz y el silencio de sus queridos Pirineos.

Tras una larga poligamia con casi todas las cumbres de la cordillera, Rusell se hizo finalmente monógamo de una sola de sus montañas: el Vignemale, denominado Comachibosa en la vertiente aragonesa. La ascendió treinta y tres veces y logró una simbólica concesión de propiedad sobre doscientas de sus hectáreas en las que horadó hasta siete cuevas, bautizadas con nombres como Ville Russell, Belle-Vue, Paradis o Cueva de las Damas. Hasta estas oquedades subieron numerosos invitados a celebrar fiestas y banquetes, e incluso las hizo consagrar por un sacerdote en una ceremonia religiosa que remedaba el matrimonio de Russell con su montaña preferida.

Tras este delirante paroxismo de amor al Vignemale, las fuerzas del conde comenzaron a decaer y una enfermedad incurable le obligó a retirarse a Biarritz, donde siempre había pasado temporadas de descanso. Henry Russell murió a principios de febrero de 1909 a los 75 años. Su cadáver fue trasladado a Pau, en cuyo cementerio fue enterrado en el panteón familiar. En 1901 el gobierno galo ya le había concedido la Legión de Honor; tras su muerte, diversas calles y plazas francesas recibieron su nombre en Lourdes, Luchon, Tarbes, Toulouse, Biarritz o Bagnères-de-Bigorre. En España, en el macizo de la Maladeta, el pico que él denominó Pequeño Aneto, conocido también como Tuca del Cap de la Vall, pasó a llamarse Pico Russell aún en vida del insigne montañero y escritor.

Quiero terminar reproduciendo las bellas palabras que Henry Russell escribió en "Souvenirs d'un montagnard" y que encabezan el magnífico libro de Alberto Martínez Embid del que he extraído los datos de este artículo: "He visto bastantes montañas: el Himalaya, los Andes, los picos fúnebres de Nueva Zelanda, los Alpes y el Altai; todas, más nevadas que ahora. Durante toda mi vida he amado, yo diría que he adorado a las montañas, ascendiéndolas con pasión. Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero, por ciego que sea el amor, creo tener razón al admirar más que nunca a los Pirineos, a su cielo tan azul y limpio, a sus hielos resplandecientes, a sus aspectos vaporosos, a las llanuras ardientes y aterciopeladas adormecidas en su base bajo el sol más hermoso, y a esas aguas maravillosas que escapan de las nieves con furor, para calmarse enseguida sobre céspedes horizontales y serpentear en silencio entre tapices de flores tan raras y encantadoras que apenas nadie osa caminar sobre ellas. En la naturaleza pirenaica existe una poesía extrema, una armonía de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna otra parte".

Carlos Bravo Suárez 
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 26 de febrero de 2006)

LAS AVENTURAS DEL CONDE RUSSELL EN COTIELLA

Henry Russell (Toulouse, 1834 - Biarritz, 1909) es sin duda el más famoso de los pirineístas franceses del siglo XIX. A lo largo de su vida ascendió a buena parte de las cumbres pirenaicas y vivió en ellas numerosas aventuras. Una de las más singulares le aconteció en las montañas de Cotiella, cuya cima alcanzó en dos ocasiones, en los veranos de 1865 y 1870. El excéntrico aristócrata franco-irlandés narró esas experiencias en el libro "Recuerdos de un montañero", editado en castellano por Barrabés en 2002. El relato se recoge también en uno de los capítulos de "El Pirineo aragonés antes de Briet" (Prames, 2004), que este diario ha publicado recientemente en forma de coleccionable.

En muchas de sus excursiones por el Pirineo español, cuando dirigía su mirada al sur, Russell se encontraba en el horizonte con el pico Cotiella, "una montaña orgullosa y árida, cuya altura y aspecto africano me intrigaban tanto, que apenas podía resistirme al deseo de subirla". El conde, que desconocía entonces el nombre de aquella cumbre, veía Cotiella "como una especie de esqueleto solitario y lúgubre, apenas cubierto de carnes ardientes, como un viejo volcán que va a apagarse". Las dificultades que se le presentan para alcanzar su objetivo le llevan a pensar que "esa persecución de una montaña imposible de encontrar tiene sin duda grandes encantos, pero amenazaba con ser tan ardua y larga como la búsqueda de una bella idea que se resiste a venir". Sin embargo, el apasionado viajero encontró su anhelada montaña, y el enorme macizo de Cotiella, con su aspecto lunar y su aridez sahariana, fue el marco de una de sus aventuras más inolvidables.

En el verano de 1865 Russell acababa de pasar unos días agotadores en los Montes Malditos cuando decidió dirigirse, en compañía de su fiel porteador Francisco, a la conquista de aquella montaña que aún desconocía. Descendió de Ballibierna a Benasque y en el albergue de Juan se hizo cocer tres tiernas y suculentas piernas de cordero, que - según escribe - le iban a salvar la vida en los horribles desiertos de Cotiella. Bajó hasta Sahún y emprendió el ascenso al puerto homónimo, desde donde vio de nuevo al gigante descarnado que tanto deseaba conquistar y cuyo nombre allí mismo conoció.

Desde el puerto de Sahún se dirigió a otro collado, llamado Las Coronas, que comunica el valle de Gistaín con el de Barbaruens. Entró en una zona caliza, de enorme sequedad, "donde el agua es tan escasa como en Arabia" y donde las sombras brillaban por su ausencia. Por fin, en la base de un pequeño bosque, encontró una buena fuente, muy cerca de donde pastaban unos rebaños vigilados por sus pastores. Russell, tras enviar a su "dócil Francisco" a buscar vino a Barbaruens, decidió tumbarse al sol "como un pachá" y dormir sobre la hierba de aquel lugar dulce y tranquilo. Pero he aquí que, de repente, miles de ovejas furibundas se dirigieron hacia él, dispuestas a embestirlo pese a los desaforados gritos de los pastores que en vano intentan impedirlo. Un poco de sal sirvió para calmar a unas ovejas que llevaban varios días sin tomarla y que engañosamente habían creído que aquel extraño visitante se la iba por fin a proporcionar.

No acabaron aquí los sobresaltos de Russel en aquel lugar majestuoso. Francisco no había regresado y él decidió dormir envuelto en su famoso saco hecho de pieles de cordero. Era el mes de agosto y, aunque estaba a casi 2000 metros de altitud, la temperatura no era fría. En medio de la noche, tres lobos que antes habían husmeado su saco se llevaron un cordero entre sus fauces. Enseguida reaparecieron los pastores que lanzaron sus gritos y sus canes contra los lobos que atacaban su ganado. Una tremenda algarabía de aullidos y ladridos entremezclados resonó largo rato en la inmensa noche de Cotiella.

Al día siguiente  -se supone que Francisco había regresado, porque Russell se olvida de él en su relato posterior-, un pastor lo guió hasta el circo de Armeña, "un mar solidificado en medio de una tempestad", donde sorprende al pirineísta la abundancia, en medio de aquel desierto, de "gnaphanallium leontopodium", la famosa edelweis o flor de nieve. Desde allí, por la vía que luego se ha convertido en tradicional, Rusell pudo alcanzar la deseada cima de Cotiella. Con sus 2912 metros, la cumbre "es uno de los observatorios más grandes del Pirineo, y esto, por tres razones: su aislamiento, su gran altura, y su distancia de la cadena principal". Sin embargo, la satisfacción del conde no fue completa: las nubes le impidieron disfrutar del inmenso paisaje y sólo consiguió identificar unas pocas cimas de la cordillera. Cinco años después tendría mejor suerte y podría contemplar sin trabas la magnífica panorámica con que esta esquiva montaña recompensa a quien logra alcanzar su cumbre.

En efecto, en el verano de 1870 Russel volvió a Cotiella. Esta vez acompañado por Lequeutre, admirador y estudioso del Pirineo, y por dos de sus guías preferidos, los hermanos Henri y Célestin Passet. Salieron una mañana de julio desde Gavarnie, donde tomaron provisiones para varios días, "pues en España, a menudo hay que vivir del aire, de pan y resignación". Tenían previsto regresar a Francia por Luchón, pasando antes por Bielsa, Saravillo, Plan y Benasque. Y, claro está, el conde deseaba subir de nuevo a Cotiella. Esta vez desde Saravillo, por la cara noroeste.

Caminaron diez horas desde Gavarnie hasta Bielsa, disfrutando de las incomparables bellezas de esa parte del Pirineo. En Bielsa descansaron en el albergue de Antonio Vidaillet, ubicado en la plaza mayor de la villa. De la posada dice el conde que "era pasable, pues se encuentran truchas, huevos, y dos buenas camas". Tras caminar tres horas llegaron a Saravillo. Encontraron allí una excelente fuente y en la casa Baila se aprovisionaron de truchas frías para el viaje. La inmensa aridez del macizo de Cotiella, que se va descubriendo a su vista, hace que Russell se pregunte si "estas montañas son de los Pirineos o de Arabia". La subida hasta la cumbre resulta más lenta de lo esperado. La alcanzan ya al atardecer y eso les obliga a pernoctar en ella. Sólo Russell tiene su saco de pieles de cordero; los hermanos Passet únicamente llevan sus chaquetas. El ambiente es frío, pero se toman la noche con humor. Sin una nube en el cielo, disfrutan de un magnífico amanecer y del extraordinario panorama que se abre poco a poco ante sus ojos. Luego, sentados en la roca y vueltos hacia oriente, "como los mahometanos frente a La Meca", duermen una hora al sol de la mañana. Henri y Célestin roncan felizmente, mientras Russell y Lequeutre, en estado contemplativo, parecen dos náufragos o dos monjes en total recogimiento.

El descenso es por la cara noreste, por donde Russell había ascendido cinco años antes. Esta vez no encuentran flor de nieve, pero sí otras flores de gran variedad y colorido. Llegan al circo de Armeña y beben de una fuente, cuya agua es "mil veces mejor que todos los vinos del mundo". El cansancio y la falta de sueño les hace desistir de su intención primera de ir a dormir a Plan. Russell recuerda una cabaña junto a un bosque, cerca del collado Coronas, donde estuvo en su excursión anterior. La encuentran y se disponen a descansar y a prepararse la cena. No hay agua por ninguna parte y el vino se ha terminado. Encuentran a un pastor y le ofrecen dos francos si les trae cinco litros de vino desde Plan. El pastor acepta, aunque la distancia del pueblo le hará tardar varias horas. Hacen fuego y disfrutan de la paz del atardecer, a la espera de que la luna llena ilumine el firmamento. Es casi medianoche cuando, resoplando por el esfuerzo, llega el pastor con el vino y pueden por fin cenar.

La noche no es fría, pero Russell y Lequeutre duermen dentro de la cabaña; los hermanos Passett lo hacen al aire libre, junto al fuego de una hoguera. De repente, en la madrugada, son despertados por cuatro hombres de mal aspecto, armados con puñales, un hacha y un fusil. Russell sale soñoliento de la cabaña y en su mal español intenta negociar con ellos. Les ofrece provisiones y una indemnización por haber usado la choza sin su permiso. La respuesta es un disparo cuya bala silba entre Lequeutre y uno de los guías. Russell entra corriendo en la cabaña, coge la pequeña mochila en la que lleva el dinero y, mientras el bandido recarga su fusil, escapa a toda prisa en dirección al bosque. Corre como un poseso, arrastra piedras que caen con estrépito por las laderas y logra esconderse en la oscuridad tras el tronco de un abeto. Oye los gritos y los golpes de bastón de sus perseguidores, cuya presencia siente muy cerca en algún momento. Cuando amanece los ruidos cesan y el asustado conde abandona su escondite y desciende veloz hasta Plan, donde despierta al alcalde y a los carabineros. Éstos envían a un fornido lugareño hasta la cabaña en que Russell y los suyos habían sido asaltados. El conde espera en el pueblo, en la Casa del Sol, agotado y muerto de sueño, pero con los ojos fijos en la ventana, temeroso de que sus amigos hayan sufrido peor suerte que la suya. Al cabo de unas horas, aparecen éstos sanos y salvos con el montañés que había ido en su busca. Lequeutre había sido acorralado por los bandoleros que le robaron su dinero, su reloj y sus anillos. Pese a ello, le prestaron una camisa de franela para combatir el frío y tabaco para calmar sus nervios. Henri Passet se escondió tras un abeto pero acabó siendo descubierto. Uno de los bandidos le puso el hacha en el cuello y le exigió la mochila del conde, donde suponían que estaba el dinero del viaje. Al no lograr ese botín, y tras robarle su reloj, lo dejaron marchar. Su hermano Célestin pasó la noche errando por el bosque y regresó a la cabaña con el día.

En Plan, los agotados viajeros permanecieron dos días declarando y reponiéndose. Recibieron ayuda y ánimos de un grupo de franceses trabajadores de unas minas cercanas. Aunque no logró identificar a sus asaltantes entre las diez personas que fueron detenidas, Russell mostró su agradecimiento al alcalde de Gistaín y a su yerno el alcalde de Plan. Del pueblo, el conde destacó las bondades de la Casa del Sol donde, pagando poco, comieron bien y, algo menos habitual en la zona, durmieron en camas limpias.

En fin, Russell y sus acompañantes, con dos mulos y escoltados por varios carabineros, marcharon de Plan a Benasque por el puerto de Sahún. Comieron en Benasque y durmieron en el albergue que había en el puerto que lleva a Francia, a escasos cinco minutos de la frontera. Se trataba sin duda de la antigua casa Cabellud, situada junto al paso del Portillón. Al día siguiente llegaron a Luchón completando el itinerario previsto. Lo que no estaba en sus planes era vivir las aventuras que aquí, casi ciento cincuenta años después, hemos querido recordar.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 16 de septiembre de 2007.
(Fotos: Cotiella en invierno y en verano)