domingo, 22 de junio de 2008

LA ERMITA DE MIRALPEIX DE CAPELLA

A ocho kilómetros de Graus y a tres de Capella, a cuyo municipio pertenece, se encuentra, sobre un pequeño altiplano en la margen izquierda del río Isábena, la ermita de Miralpeix. Se llega a ella por la carretera A-1605 que lleva de Graus al Valle de Arán. Inmediatamente después de cruzar el llamado puente de Torrelabad, se toma una pista agrícola a la derecha en dirección a unas granjas que se divisan desde la carretera. Muy cerca de la explotación ganadera, y también visible desde la calzada, se halla esta pequeña y sencilla ermita de estilo románico, en medio de un campo de labor y cubierta cada vez más por una frondosa hiedra que parece querer envolverla por completo. También se puede acceder al lugar desde el vecino pueblo de Pociello, siguiendo la pista que lleva hasta el cementerio y continuando desde allí campo a través.

Sobre Capella, su magnífico puente medieval, su iglesia parroquial de San Martín y el bello retablo que alberga en su interior, ya he escrito en estas páginas en alguna otra ocasión. Muy cerca de la ermita de Miralpeix que hoy nos ocupa, se encuentra el pequeño pueblo de Pociello, con una iglesia románica también de tamaño reducido y formas sencillas. Siguiendo la carretera A-1606, y tomando otro desvío a la derecha, se halla Laguarres. En su cementerio, al otro lado de la carretera, se levanta la ermita de la Virgen del Llano, también románica y con un destacado ábside semicircular. Los dos pueblos  -Pociello y Laguarres-, situados como la ermita de Miralpeix en la cara norte de la Sierra del Castillo de Laguarres, o del Castell de Llaguarres en el habla local, pertenecen al municipio de Capella.

Por un desvío que arranca desde la izquierda del puente que atraviesa el Isábena, en sentido opuesto al camino que lleva a la ermita de Miralpeix, se llega al pequeño pueblo de Torrelabad. Otra carretera secundaria que arranca del mismo punto conduce a El Soler. Ambos pueblos, como el diseminado Güel, pertenecen, sin embargo, al municipio de Graus. En la entrada de El Soler se levanta la bonita ermita de San Marcos, románica y restaurada hace unos años por el famoso mosén José María Lemiñana, hasta no hace mucho cura párroco de Roda de Isábena y restaurador infatigable de numerosas iglesias y ermitas de la comarca.

Parece seguro que la ermita de Miralpeix formaba parte de un pequeño caserío o mas del mismo nombre. Tal vez algunos viejos edificios situados entre la ermita y las granjas próximas pertenecieran en su origen a la pequeña aldea. El apellido Miralpeix aparece entre los vecinos de Capella en la relación de los fogajes medievales de 1381, 1385 y 1549. En 1381, se cita a un Pere Miralpeix, que se incluye también en el fogaje de 1385 junto a su yerno y su hijo. En 1549, uno de los jurados de Capella que se entrevistaron con el futuro conde don Martín de Gurrea y Aragón en su visita a la localidad fue Joan de Miralpeix. Pere de Miralpeix aparece también como uno de los prohombres u hombres importantes de la villa presentes en ese encuentro. En el informe de esta visita condal, del que se conserva una copia en el monasterio de Montserrat en Barcelona y otra en la colección Salazar de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia en Madrid, aparece el apellido escrito como Mira el pex, separado en tres palabras. La de los Miralpeix sería sin duda una de las casas fuertes de la zona y sus propietarios tendrían gran influencia en Capella y en la comarca de la Ribagorza. El apellido aparece asimismo con frecuencia en Cataluña, ligado en ocasiones a algunas familias influyentes.

Sobre el topónimo hay que decir que la “x” final corresponde al sonido prepalatal fricativo sordo [s], inexistente en el castellano, pero muy presente en el aragonés y el catalán (ixo, buixo, caixa, etc). Transcribo las primeras líneas que Chesús Vázquez dedica a Miralpeix en su interesante librito “Toponimia ribagorzana. Municipio de Capella” (Editorial Milenio, Lérida, 2003): “Nombre de una masía y del terreno circundante, situada junto al río. Es un topónimo compuesto, formado con el verbo mirar y el sustantivo ribagorzano peix (pez). Parece que los lugares así llamados (abundantes en la toponimia de regiones vecinas), se encuentran casi siempre junto a una zona del río en la que hay bastantes peces, y el verbo ha tomado el sentido de estar encarado hacia”.

El topónimo Miralpeix aparece ciertamente en varios lugares de Cataluña, siendo tal vez el más conocido el denominado los Colls y Miralpeix, en Sitges, donde antes hubo un castillo y hoy hay una ermita. En la provincia de Lérida, en el municipio de Tiurana, existe asimismo un pequeño pueblo llamado Miralpeix. Aparece también este nombre en otro lugar aragonés. Se trata del monumento funerario romano conocido como el mausoleo de Miralpeix, que actualmente se levanta en Caspe, adonde fue trasladado desde su antigua ubicación, sumergida hoy bajo las aguas del pantano de Mequinenza. Aguas arriba del río Isabena, en Serraduy, a unos veinte kilómetros de la ermita de Miralpeix de Capella, se encuentra, muy próxima al río y haciendo honor al significado del topónimo, la Casa “El Peix”, conocido y afamado restaurante de la comarca de Ribagorza.

En 1586, la aldea o casa de Miralpeix aparece documentada como un ente autónomo, aunque parece probable que siempre dependiera directamente de Capella. Según se cita en documentos medievales, a esta población pertenecían las aldeas o masías de Casa Chorchi, L’Heréu, Estorianz, La Bruballa, La Buixeda, La Serranía, La Sierra, Miralpeix y San Chenís. Algunas de estas casas siguen existiendo en la actualidad y varias de ellas están todavía habitadas. Estorianz y La Buixeda, también en la margen izquierda del río Isábena, conservan sendas ermitas junto al caserío vivienda. Son muchos los mases y casas de la zona que tenían su propia ermita u oratorio, uniendo a la autosuficiencia económica la religiosa.

La ermita de Miralpeix es de dimensiones reducidas, de gran simplicidad y con casi total carencia de ornamentación. Se encuentra abandonada desde hace tiempo y se levanta en la actualidad, como hemos dicho, en medio de un extenso campo de labor. Estuvo en tiempos dedicada a la Transfiguración del Señor, cuya festividad se celebra el seis de agosto; aunque en documentos más antiguos aparece bajo la advocación de San Salvador.

El edificio es de una sola nave, rectangular, casi trapezoidal, con un ábside románico preceptivamente orientado al este. La parte peor conservada de la ermita es la techumbre; a dos vertientes y de losas, aunque muchas de ellas se desprendieron hace tiempo. Su ausencia da a la construcción un aspecto algo incompleto en la actualidad. Una frondosa hiedra, a la manera de un verde penacho sobre la mitad del edificio, parece querer sustituir hoy al viejo tejado caído. La nave es de bóveda de cañón y el ábside de cuarto de esfera. Las paredes son de sillares pequeños e irregulares. La parte mejor construida es el ábside y los arcos de la bóveda, algunos de los cuales están hechos con piedra tosca para aligerar el peso de la cubierta.

No puede apreciarse bien el pavimento de la ermita por estar actualmente cubierto de tierra, aunque autores que la vieron antes indican en sus escritos que era de losas; la parte del ábside se halla ligeramente elevada sobre el resto de la nave, pero no hay restos de ningún altar en ese espacio.

La puerta de la ermita se abre a poniente, opuesta al ábside. Está construida con grandes dovelas que forman un arco de medio punto. Esta puerta es posterior al resto de la ermita, consecuencia de una reforma más moderna. La puerta original sería más humilde, en consonancia con la sencillez y simple rusticidad de todo el conjunto. Delante de esta entrada actual aún puede adivinarse un pequeño escalón de acceso, aunque prácticamente esté hoy enterrado y oculto.

La ermita presenta tres únicas ventanas, muy pequeñas y sencillas. La más grande, con doble hendidura, se halla sobre la puerta de entrada. Las otras dos, una en el centro del ábside, frente a la puerta, y la otra en el muro meridional, son muy reducidas, en forma de aspillera, con la hendidura abierta hacia el interior.

La nave interior sólo contiene los huecos de dos armarios para guardar objetos litúrgicos. Uno pequeño en la pared meridional y otro más grande y más moderno en la septentrional. No hay ningún otro tipo de ornamentación en la ermita.

Salvo la fachada principal y la puerta, que son claramente posteriores, el resto del edificio fue construido en la misma época. Los pocos autores que han escrito sobre ella datan su construcción, como mínimo, en la primera mitad del siglo XII, aunque otros creen más probable que fuera levantada durante la segunda mitad de esa misma centuria.

El pequeño edificio se encuentra hoy pese a su abandono en un estado de conservación bastante aceptable, pero la ausencia de losas en su cubierta podría acelerar lamentablemente su deterioro. Creo que no sería ni costoso ni difícil evitarlo en parte reparando cuanto antes su desprotegida techumbre.

La ermita de Miralpeix de Capella es un ejemplo más, de los muchos que hay en la comarca de la Ribagorza, de una pequeña construcción religiosa perteneciente a un románico popular y sencillo, muy en consonancia con la austeridad que ha presidido estas tierras a lo largo de buena parte de su larga y dilatada historia.

Carlos Bravo Suárez
(Todas las fotos son de la ermita de Miralpeix)
(Después de escribir y publicar este artículo en el Diario del Alto Aragón, he comprobado que el acceso a la ermita desde el puente de Torrelabad se puede hacer de manera más fácil. A escasos trescientos metros de la pista que sale del final del puente en dirección a la granja que se cita en el artículo, se ha abierto una nueva pista a mano izquierda que nos lleva en pocos minutos al campo de labor en que se encuentra la ermita)

domingo, 8 de junio de 2008

BREVES NOTAS SOBRE PUERTOS, HOSPITALES Y REFUGIOS DEL VALLE DE BENASQUE


                           Ruinas de la ermita románica del antiguo hospital de Gorgutes 

                         Ruinas del hospital de Benasque sepultado por un alud en 1826.

                                                      La desaparecida Casa Cabellud

                                                        La desaparecida Casa Cabellud
                                                  La desaparecida Casa Cabellud                                             Hospital de Benasque antes de su reforma

                    Hospital de Benasque antes de su reforma. Foto de Maurice Gourdon de 1875

                                                             La Renclusa en 1919

                                          Refugio de Estós en su inauguración en 1949

                                                     Refugio de Estós antes de su incendio


Las relaciones entre España y Francia a través de los valles de Benasque y Luchon se han producido de forma más o menos fluida desde tiempos muy antiguos. Por los pasos fronterizos que separan ambos valles han transitado a lo largo de los siglos peregrinos, montañeros, contrabandistas, mulateros, exiliados, comerciantes, refugiados, emigrantes, maquis y viajeros de todo tipo y condición.

Para conocer con detalle cómo han sido estas relaciones transfronterizas en la historia, es muy recomendable visitar la magnífica exposición permanente que se ubica en los sótanos del Hospital de Benasque, convertido hoy en un moderno hotel de montaña. En las vitrinas de dicha exposición -que es posible recorrer virtualmente en Internet en la página web de Los Llanos del Hospital- pueden conocerse, con abundancia de ilustraciones, algunos aspectos del pasado histórico de las localidades de Luchon y Benasque. También se describen los diversos pasos fronterizos y hospitales que han servido para facilitar a lo largo del tiempo la conexión entre ambas poblaciones pirenaicas.

Es asimismo recomendable la lectura del folleto "Hospital, Hospitalidad y Hospedaje. Historia del Hospital de Benasque", disponible en versión PDF en la citada página web. Fue escrito por Vicente Juste Moles, cronista benasqués fallecido hace unos años y autor de una magnífica "Aproximación a la historia de Benasque", en la que se puede encontrar más información sobre el tema que nos ocupa en este artículo.

Cuatro han sido los pasos fronterizos utilizados históricamente en el alto valle de Benasque. El Puerto Viejo o Paso de los Caballos, al parecer usado ya por los romanos, fue el más antiguo. En la Edad Media, el más transitado fue el Puerto de la Glera o de Gorgutes. Posteriormente, el protagonismo pasó al llamado Puerto Nuevo, también denominado Portillón o Puerto de Benasque. Algo más al este, y ya acondicionado desde el siglo XIV, se encuentra el Puerto de la Picada, que conecta el valle de Benasque con el vecino valle de Arán a través de Artiga de Lin, por lo que es también conocido como Puerto de los Araneses. Desde él se puede acceder al Hospital de Bagnères de Luchon por el llamado paso de la Escaleta.

Sabemos que el Puerto de la Glera fue acondicionado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el siglo XII, y que ellos mismos construyeron o se hicieron cargo de los dos hospitales que acogían a los viajeros a ambos lados de la frontera. La palabra hospital tenía entonces un significado diferente del que tiene en nuestros días. Los hospitales no sólo servían para acoger a enfermos sino, sobre todo, a los peregrinos y viajeros de todo tipo que se atrevían a cruzar los duros puertos pirenaicos. Con ellos, las órdenes religiosas encargadas de su custodia ponían en práctica la virtud de la hospitalidad a la que estaban obligados. Del viejo hospital medieval español del Puerto de la Glera sólo han quedado algunas ruinas. Las excavaciones realizadas recientemente han permitido sacar a la luz los restos de una antigua capilla románica construida junto al albergue. En el año 1200 está documentado el Hospital de Saint Jean de Joeu, equivalente francés del hospital español ubicado al otro lado de la frontera. En el lugar donde se hallaba antiguamente, existe hoy un edificio que la Universidad de Toulouse utiliza como laboratorio.

Por motivos que desconocemos -tal vez fuera destruido por un alud-, el viejo hospital benasqués de Gorgutes o de la Glera fue abandonado y sustituido por otro al que se llamó Hospital Nuevo en contraposición al anterior. Este nuevo hospital, ya propiedad del Ayuntamiento de Benasque que lo ponía en régimen de arriendo, sería construido a finales del siglo XVI y estaría al servicio del también nuevo y cada vez más transitado paso fronterizo que se había abierto entre los picos Salvaguardia y de la Mina. Las ruinas de la planta rectangular de este edificio pueden verse en la actualidad en un extremo del llano del Hospital, casi al pie de la ladera que queda a la derecha del curso descendente del río Ésera. En esa misma época fue construido el llamado Hospice de France, situado al otro lado de la frontera, a unos once kilómetros de la villa de Bagnères de Luchon.

Sabemos que el nuevo hospital de Benasque fue destruido por un devastador alud el día de Reyes del año 1826. En el terrible suceso murieron cinco mujeres: la esposa y las tres hijas del hospitalero y una criada que trabajaba en el lugar. El hospitalero pudo salvarse porque en el momento de la tragedia se hallaba fuera del edificio. Este trágico suceso obligó a construir un nuevo hospital, que ya estaba terminado en 1840, en una ubicación más protegida que el anterior. Se trata ya del hospital actual que, tras abandonos, ampliaciones y distintas peripecias, es desde hace unos años un moderno hotel de montaña, punto de partida de un circuito invernal de esquí de fondo. La primera foto conocida de este edificio fue realizada en 1875 por el gran pirineísta francés Maurice Gourdon.

En el lado español, a pocos metros del paso del Portillón y en su confluencia con el camino de la Picada, existió en la segunda mitad del siglo XIX y hasta los años treinta del pasado siglo XX un pequeño refugio albergue conocido como Casa Cabellud. Estuvo regentado por Francisco Cabellud, bodeguero y comerciante de Benasque que quiso aprovechar económicamente el auge del pirineísmo y el creciente tránsito de viajeros por el Puerto de Benasque. Se conservan algunas fotos de la casa, de la que aún quedan algunas ruinas, y al menos una del propio Cabellud, un hombre alto y encorvado, tuerto, de nariz aguileña y larga barba blanca. Al parecer tenía un gran sentido comercial. Tal vez algo excesivo, pues en aquellos tiempos llegaba a cobrar una peseta a cada montañero que ascendía al pico Salvaguardia, que algunos llamaban Tuca Cabellud, aduciendo que el dinero recaudado era para acondicionar el camino de subida a la cumbre y que disponía de autorización real para efectuar dicho cobro. La Casa Cabellud fue lugar de parada de muchos pirineístas franceses en su paso por la frontera. Con algunos de ellos su propietario mantuvo buenas relaciones de amistad. Sobre todo con Henri Russell, de quien se conserva una postal que el excéntrico conde franco-irlandés envió al avispado comerciante ribagorzano en 1903.

Una de las causas del ocaso de la Casa Cabellud fue la construcción del nuevo refugio de la Renclusa. La Renclusa empezó siendo una pequeña cabaña de pastores que fue ampliándose para hacer cada vez más funciones de refugio de montañeros. La construcción de un gran refugio que sirviera de punto de partida a las ascensiones al Aneto y a los Montes Malditos fue impulsada sobre todo por Juli Soler i Santaló, ilustre pirineísta, pionero de la fotografía de montaña y presidente del Centro Excursionista de Cataluña. Tras superar múltiples trabas burocráticas y continuos retrasos, las obras del nuevo refugio quedaron terminadas en 1914. Soler murió de penosa enfermedad poco antes de la inauguración del edificio, que quedó finalmente fijada para el 5 de agosto de 1915. Una semana antes, un terrible suceso obligó a retrasar el acto inaugural. El 27 de julio, el prestigioso guía benasqués y encargado de administrar la nueva Renclusa, José Sayó, murió fulminado por un rayo en el Paso de Mahoma junto a uno de los dos clientes alemanes a los que acababa de acompañar hasta la cima del Aneto. El otro viajero teutón y el cura montañero catalán mosén Jaume Oliveras, que iban unos metros por delante de los fallecidos, lograron salvar sus vidas. El suceso conmocionó a todo el valle de Benasque porque José Sayó, "Pepe el de Llausia", era una persona muy conocida y apreciada en la villa ribagorzana y sus alrededores y por todos los aficionados a la montaña. Finalmente, La Renclusa fue inaugurada sin celebraciones festivas a finales de 1916. Fue nombrado administrador del nuevo edificio el yerno de Sayó, Antonio Abadías, que regentó el lugar ininterrumpidamente durante casi cincuenta años. Abadías continuó de manera destacada el trabajo de guía de montaña que había ejercido su suegro, y por sus numerosas ascensiones a la máxima cima pirenaica fue conocido como "El león del Aneto". El pasado año 2006 se terminó la ampliación del emblemático refugio montañero, gestionado en la actualidad por el Ayuntamiento de Benasque, el Centro Excursionista de Cataluña y la Federación Aragonesa de Montañismo.

Otro refugio ubicado en el término de Benasque es el de Estós, situado casi al final del hermoso valle de ese nombre. En su origen fue también una cabaña de pastores que los lugareños conocían como El Cantal, denominación que todavía hoy se utiliza. La idea de construir allí un gran refugio para montañeros y excursionistas fue impulsada en este caso por la Federación Española de Montaña. Tras superar también numerosos retrasos por las continuas trabas administrativas, el nuevo edificio fue inaugurado a finales de julio de 1949, en una celebración que duró una semana y que llegó a reunir a más de doscientas personas. Un incendio, probablemente intencionado, destruyó el refugio el 4 de octubre de 1979. En 1983 se iniciaron las obras de construcción del nuevo albergue montañero, más grande y moderno que el destruido por las llamas. El 15 de noviembre de 1987 terminaron las obras del edificio actual, que el pasado año cumplió por tanto dos décadas de existencia.

Sirva este modesto resumen, escrito con intenciones didácticas y divulgativas, para conocer mejor algunos aspectos históricos del valle de Benasque, uno de los lugares más hermosos y atractivos de nuestros montes Pirineos.

Carlos Bravo Suárez


(Fotos: Ruinas de la ermita románica del antiguo hospital de Gorgutes, ruinas del hospital sepultado por un alud en 1826, tres imágenes de la desaparecida Casa Cabellud, dos del Hospital de Benasque antes de su reforma -la segunda es una foto de Maurice Gourdon de 1875-, una de La Renclusa en 1919 y las dos últimas del antiguo refugio de Estós antes de quemarse -la primera, de la inauguración del refugio en 1949-).

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 8 de junio de 2008.

domingo, 4 de mayo de 2008

EL FLANCO ORIENTAL DE LA BOLSA DE BIELSA


Se cumplen ahora setenta años de la llamada Bolsa de Bielsa, uno de los episodios más destacados de la pasada Guerra Civil. En la primavera de 1938, unos siete mil hombres de la 43 División del ejército republicano, amparados en la accidentada geografía pirenaica, resistieron durante algo más de dos meses los ataques del ejército rebelde, muy superior en número de efectivos y en material de guerra utilizado.

Este episodio bélico ha despertado un considerable interés en los últimos años. Se han hecho exposiciones, se han filmado vídeos y hasta se ha organizado alguna travesía andando por el Puerto Viejo de Bielsa, rememorando el desesperado éxodo que llevó a civiles y combatientes derrotados hasta el otro lado de la frontera. Entre los libros que tratan el tema destaca “La Bolsa de Bielsa: el heroico final de la República en Aragón”, editado en 2005 por la Diputación Provincial de Huesca, con abundancia de fotografías procedentes del Museo de Bielsa y un completo texto histórico de Antonio Gascón Ricao. Además de una detallada información sobre las operaciones militares, el texto se enriquece con fragmentos de los diarios de dos contendientes en la lucha, uno de cada bando. Las observaciones del republicano Enrique Satué Buisán y del alférez franquista Ramiro Sobregrau aportan una visión cotidiana y doméstica, muy a ras de suelo, o de trinchera, del conflicto.

El 9 de marzo de 1938 el ejército franquista lanzó una fuerte ofensiva que logró romper el frente de Aragón. En la provincia de Huesca el avance hacia el este fue rápido e imparable. El día 28 de ese mes cayó la estratégica ciudad de Barbastro y el día 31 las fuerzas rebeldes tomaron Graus y Benabarre. Aínsa cayó el 5 de abril y, aunque el día 2 ya habían llegado al pueblo algunas patrullas nacionales, la localidad ribagorzana de Campo, junto al río Ésera, fue definitivamente ocupada el 11 abril. Benasque, al final del valle de este río y junto a la frontera francesa, fue conquistada el día 14, con lo que las fuerzas franquistas pasaron a controlar por completo la carretera que va desde Graus hasta esta localidad. De esta manera la 43 División republicana, al mando de Antonio Beltrán “El Esquinazau”, quedó desconectada del Ejército del Este que operaba en Cataluña y se cerró el flanco oriental de la Bolsa de Bielsa. Cuando el día 15 de ese mismo abril el gobierno francés cerró la frontera amparándose en el tratado de no intervención, el aislamiento de las fuerzas republicanas fue completo.

Más o menos, la línea oriental de la Bolsa quedó establecida de sur a norte en la Peña Montañesa y la sierra Ferrera, el collado de Cullivert -entre Viu y Laspuña-, Cotiella, la peña de las Once, el collado de Coronas o Barbaruens, el puerto de Sahún y las altas montañas situadas al noroeste de Benasque. Desde el 3 de abril, el collado de Coronas y el puerto de Sahún, los dos principales lugares estratégicos del flanco, situados entre las comarcas de Ribagorza y Sobrarbe, quedaron a cargo de dos batallones de la 102 Brigada Mixta, con un tercer batallón en la reserva situado en San Juan de Plan. Los republicanos, aunque mal armados y equipados, disponían de la ventaja de tener sus posiciones defensivas en las zonas más elevadas de la línea montañosa.

A principios de mayo, tras avanzar por la carretera de Aínsa a Campo, fuerzas de la 3ª de Navarra del ejército franquista tomaron posiciones defensivas en el valle del Ésera, entre Campo y Benasque, relevando a las unidades de la 62 División. Los rebeldes no pensaban encontrar tanta resistencia en el enemigo y se preparaban para un asedio más largo del esperado.

El mes de mayo se inició con lluvia, frío y nieve, y así continuó hasta el final de la Bolsa. Estas notas que el soldado Satué escribió en su diario son elocuentes sobre la verdadera situación de las fuerzas republicanas: “Como dotación única de utensilio y menaje recuerdo que el tres de mayo pasado me habían dado de calzado, en la compañía, en el sector de Laspuña, unas alpargatas de las típicas hechas en el valle de Bielsa, por carecer de botas para los milicianos en el mentado asedio, queridos lectores, con un par de alpargatas dos meses, por trincheras llenas de agua y de barro, andando constantemente, lloviendo, nevando, con barro hasta la rodilla, y teníamos que resistir con ellas o sin ellas”.

El día 15 de mayo, domingo, llegaron a Bielsa, casi por sorpresa, Juan Negrín, Presidente del Gobierno de la República, y Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor del Ejército. Procedentes de Tarbes, habían cruzado la frontera por el Col de la Gela y el puerto de Barrosa. El motivo aparente de su presencia en la zona de conflicto era su deseo de condecorar personalmente a los más destacados resistentes de la Bolsa. Sin embargo, otra intención más oculta se escondía tras la inesperada visita.

Los mandos republicanos preparaban una inminente ofensiva del Ejercito del Este que desde la zona de Balaguer permitiera recuperar los valles del Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana, en poder de los franquistas desde principios de abril. En las cuencas de esos ríos se hallan algunas centrales hidroeléctricas fundamentales para el abastecimiento de las industrias de guerra catalanas. La 43 División tenía también un papel asignado en dicha ofensiva. Debía romper el cerco franquista en dos direcciones. Hacia el este, tomando la carretera de Graus a Benasque y colocando entre dos fuegos a las fuerzas franquistas atacadas desde Cataluña, y hacia el suroeste, estableciendo un nuevo frente en el Cinca. Si no se conseguía alcanzar este río, el objetivo prioritario era establecer una larga línea que uniera los avances de la 43 División (Aínsa - Arro - Foradada - Campo - Graus) con los del Ejército del Este (Balaguer - Alfarrás - Tamarite de Litera - Purroy de la Solana - Benabarre).

Antonio Beltrán, escaso de efectivos y munición y con la moral de algunos de sus subordinados no demasiado alta, renuncia a parte del ambicioso plan y decide que va a centrar sus primeros esfuerzos en controlar la carretera que va de Benasque a Campo, descendiendo desde sus posiciones en el puerto de Sahún. Tras conquistar Campo, una fuerte columna deberá dirigirse a Fuendecampo y Arro y tomar Aínsa. Una vez consolidada esta posición, desde Aínsa se lanzarían dos columnas que se abrirían respectivamente hacía El Grado y Graus, donde se esperaba contactar con las otras fuerzas republicanas en avance.

Relacionado con este ambicioso plan de ataque está el intento de construir un aeropuerto en Pineta. El aterrizaje forzoso de una avioneta en el lugar ha hecho concebir esperanzas sobre la posibilidad de construir allí una pista que permita la llegada y el despegue de los aviones. Para ello es necesario drenar con tierra un pequeño embalse y realizar los trabajos durante la noche para no ser descubiertos por el enemigo.

Las fuerzas cercadas no disponen de apoyo aéreo y el único lugar por el que podían recibirlo, el pequeño aeródromo de Belsierre, ha sido destruido por los bombardeos de los rebeldes. Los aviones franquistas, muchos de ellos cazas alemanes e italianos que despegan del aeropuerto de Castejón del Puente, bombardean con creciente insistencia y sin oposición ni réplica las posiciones republicanas. Para que la planeada reacción de los gubernamentales pueda prosperar es fundamental intentar reducir el enorme desequilibrio aéreo que existe entre ambos bandos. Sin embargo, las adversas condiciones climáticas de esos días harán avanzar muy lentamente las obras del aeropuerto de Pineta, que en ningún momento del conflicto llegará a estar operativo.

En los últimos días de mayo, la ofensiva del Ejército Republicano del Este en el Segre sólo produce tímidos avances en dirección a Tremp. El día 1 de junio la operación emprendida puede considerarse un absoluto fracaso. Por otro lado, los intentos de la 43 División de tomar la carretera de Campo a Benasque no han pasado de algunos infructuosos tiroteos. Los bombardeos de la aviación rebelde se han intensificado y el mando franquista está completamente decidido a liquidar por la vía rápida la resistencia de la Bolsa. La ruptura de sus defensas se producirá principalmente por su flanco oriental.

Liquidado el intento de reacción republicana en el este, los franquistas envían desde Lérida nuevas fuerza de refresco al Pirineo oscense, entre ellas dos banderas del Tercio y dos tabores de Regulares con los temidos “moros”. Los rebeldes pasan a tener unos catorce mil hombres en el cerco de la Bolsa, prácticamente el doble que los asediados.

En el flanco oriental, el día 6 de junio los franquistas toman algunas posiciones en las proximidades del collado de Cullivert. Los días 7 y 8 la aviación rebelde efectúa constantes bombardeos, principalmente sobre las poblaciones de Plan, San Juan de Plan y Gistaín. El día 8 los republicanos intentan tomar la iniciativa en el puerto de Sahún, pero cuando una avanzadilla se mueve con sigilo para sorprender al enemigo es obligada a retroceder por disparos procedentes de sus propias filas. El tremendo error alerta al enemigo y muestra la falta de coordinación en las filas republicanas.

Entre los días 9 y 10 de junio, los franquistas, desde el valle de Benasque y con fuerte apoyo de la artillería y la aviación, logran tomar el puerto de Sahún y el collado de Coronas, abriendo así definitivamente el flanco oriental de la Bolsa. Antonio Beltrán, en sus recuerdos manuscritos “Acciones defensivas de la 43 División en el Pirineo aragonés”, culpa a Hernández de la Mano, jefe de la 102 Brigada, de haber abandonado sus posiciones en los lugares citados y huir con sus hombres primero al puerto de Gistaín y después a Francia. Independientemente de lo que pueda haber de verdad en esas afirmaciones, no hay que olvidar que Beltrán y Hernández eran comunista y socialista respectivamente y que, en algunos momentos puntuales, en la 43 División, mayoritariamente comunista, parecen aflorar las desconfianzas entre mandos de diferentes tendencias políticas. Sea como fuere la suerte de las fuerzas republicanas estaba echada y la derrota definitiva era ya inevitable.

Aunque el 11 de junio algunos efectivos de la 72 Brigada todavía causan algunas víctimas a las fuerzas enemigas en una emboscada en el camino que lleva de Seira a Barbaruens, los franquistas toman ese mismo día las poblaciones de Plan, San Juan de Plan y Gistaín. El día 12 son liquidados los últimos focos de resistencia en la Peña Montañesa y el collado de Cullivert. En la madrugada del día 16 de junio de 1938, el último soldado republicano atraviesa la frontera con Francia. La resistencia de la Bolsa de Bielsa había terminado.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes: Panorámica actual de Bielsa, placa conmemorativa y monolito en el Puerto Viejo de Bielsa junto a la frontera francesa, foto de la evacuación civil en 1938 y sello dedicado a la 43 división republicana.)

Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón)

domingo, 13 de abril de 2008

EL CONGOSTO DE MONTREBEI Y LA SIERRA DEL MONTSEC

No hace mucho tiempo que realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una magnífica excursión por el imponente congosto de Montrebei. Desde las proximidades de Pont de Montañana hasta la ermita románica de la Pertusa, recorrimos un itinerario que discurre en su totalidad por la orilla izquierda del río Noguera Ribagorzana, por las tierras catalanas colindantes con Aragón, dentro de la sierra común del Montsec.

El Montsec es una amplia zona despoblada y rica en paisajes que se reparte a ambos lados del río Noguera Ribagorzana, cuyas aguas fueron represadas aquí hace años en el embalse de Canelles. El Montsec de l´Estall corresponde a la zona aragonesa; el Montsec d´Ares, a la catalana. Un consorcio entre ambas comunidades intenta dar a conocer las bellezas naturales de la zona y potenciar y explotar sus posibilidades turísticas.

El atractivo natural más espectacular y conocido de esta región es, sin duda, el congosto de Montrebei. Desde el lado aragonés se llega a él por Pont de Montañana, cruzando el río Noguera Ribagorzana y accediendo a un pequeño aparcamiento por una estrecha carretera de algo más de un kilómetro.

Nada más iniciar nuestro camino vemos a nuestra derecha, en la orilla aragonesa del río compartido, la torre de Chiriveta, también llamada de Montgai, que vigila desde lo alto la entrada al congosto. Es una de las varias torres defensivas que pueblan la zona, que fue frontera entre cristianos y musulmanes hace aproximadamente mil años. La de Chiriveta o Montgai es cilíndrica, como las vecinas de Viacamp, recientemente restaurada, Fals, junto a Tolva, o las dos de Montañana, de las que poco queda y para las que la restauración del núcleo medieval ha llegado demasiado tarde. Es sin embargo pentagonal la de Luzás, también cercana y en fase de restauración desde hace algunos años.

Próxima a la torre de Chiriveta, en un escarpe que se eleva sobre el cauce del río Noguera Ribagorzana, puede verse la también restaurada ermita homónima o de Nuestra Señora del Congost. Es románica, con dos etapas de construcción, en los siglos XI y XIII. Más hacia el sur, y con difícil acceso si está el pantano lleno, quedan las ruinas de otra ermita conocida como de Nuestra Señora del Congost, “la vella” (la vieja), que sería algo más antigua que la anterior. En su magnífico libro “El románico en Aragón. Cuencas del Noguera Ribagorzana e Isábena”, José Luis Aramendía recoge una leyenda que la única familia que vive en el pueblo de Chiriveta le contó cuando visitó la zona. La imagen de la Virgen que había en la ermita antigua aparecía cada día fuera del templo, a cierta distancia de éste. La depositaban de nuevo en su interior pero al día siguiente otra vez la encontraban fuera, siempre en el mismo paraje. Entendieron los vecinos que la Virgen pedía de esa manera una ermita nueva en el lugar al que con persistencia se desplazaba su imagen. Y así se levantó una segunda construcción, que es la que hoy vemos restaurada a la entrada del congosto. Se supo más tarde que no hubo prodigio alguno ni milagro en el suceso, sino que el cura del lugar, harto de tener que ir por malos caminos a la vieja ermita, urdió esa artimaña para tener una nueva más cercana y con un mejor acceso.

Antes de seguir con el recorrido de la excursión, y ya que he citado el libro de Aramendía, es necesario referirse, para quien quiera conocer mejor el románico de estas regiones fronterizas, y de cualquier otro lugar de Aragón, a la magnífica y completísima página web de Juan José Omedes http://www.romanicoaragones.com/. En cuanto a otros libros, sin espacio en estas líneas para hacer más amplia la lista, es ineludible citar el ya clásico “Arte Religioso del Alto Aragón Oriental. Arquitectura románica de los siglos X, XI, XII y XIII”, del canónigo ribagorzano Manuel Iglesias Costa.

Siguiendo con nuestra excursión, tras descender del aparcamiento hacia el cauce del río, hay que cruzar el barranco de la Mesana por un impresionante -en el sentido más literal del término- puente colgante, que nos lleva a un sendero por el que, en pocos minutos, nos adentramos en las vertiginosas paredes verticales del congosto de Montrebei. Es un hermoso camino excavado en la roca que discurre por la pared izquierda del extraordinario desfiladero. Para aumentar la seguridad y vencer el probable vértigo de muchos, una sirga enganchada a la pared interior permite agarrarse al caminante más temeroso. El camino está bien acondicionado e incluso se han habilitado algunos bancos para poder sentarse y contemplar el sobrecogedor paisaje que nos envuelve.

No conozco ningún otro congosto que pueda recorrerse andando que tenga la espectacularidad de éste. Y eso que Ribagorza es tierra con abundancia de desfiladeros, muchos de ellos surcados en la actualidad por carreteras. Así ocurre, por ejemplo, en los de Sopeira, Obarra, Olvena y Ventamillo. En este último, se recuperó no hace mucho un viejo camino que discurre por encima de la calzada, pero que no llega a alcanzar la imponente espectacularidad del de Montrebei.

Al salir de la angosta garganta, el camino asciende por un pequeño bosque de pinos que enseguida se convierten en quejigos y carrascas. Llegamos al viejo Mas de Carlets (“mas” es en estas tierras abreviatura de “masía o casa de campo”), así llamado no sé bien si como nombre de persona o en referencia a un tipo de seta de esta denominación que es muy popular en Cataluña. Sirve de refugio de montañeros y excursionistas y tiene unas mesas de madera en su exterior, junto a dos enormes y majestuosas carrascas. El lugar está aproximadamente a mitad de camino entre el puente colgante de la entrada al congosto y la ermita de la Pertusa, por lo que es lugar ideal para realizar un reconfortante descanso. Antes de llegar a él puede el caminante asomarse a la cueva Colomera, la más conocida y profunda de las varias que perforan las paredes del congosto.

Desde aquí, el sendero inicia una pronunciada bajada hasta una vieja casa en ruinas conocida como La Pardina, nombre aragonés en estas tierras ya catalanas. Una rápida subida nos lleva a una pequeña explanada próxima a la ermita de La Pertusa. Sirve de aparcamiento a los vehículos que llegan por pista asfaltada desde el pueblo leridano de Corçá, al que pertenece la pequeña construcción religiosa. Para llegar a ella aún queda un dificultoso sendero que conduce a lo más alto del escarpe en el que, de manera casi inverosímil, está ubicada la ermita. Es ésta, como se ha dicho, de estilo románico; de dimensiones reducidas, con un precioso ábside de buenos sillares y situada en un paraje de ensueño. Su puerta de entrada se abre hacia el norte y en su interior, además de una imagen de Virgen de la Pertusa, hay numerosos exvotos depositados como ofrenda por los fieles. En mayo se va en romería desde Corçá y se oficia misa en su exterior.

Justo frente a la ermita de la Pertusa, en el lado aragonés, en la orilla opuesta del pantano de Canelles, sobre otro escarpe casi simétrico y aún más elevado si cabe, se halla la ermita, también románica y objeto hace unos años de una difícil restauración, de San Bonifacio y Santa Quiteria de Montfalcó, pueblo próximo y deshabitado al que pertenece. La casa Balle (Batlle o Baile) de Monfalcó ha sido rehabilitada para servir como albergue en plena reserva natural del Montsec. Ambas ermitas, la catalana de la Pertusa y la aragonesa de San Bonifacio y Santa Quiteria, son dos lugares de extraordinaria belleza, en los que uno puede sentirse como un pájaro, oteando desde lo alto los maravillosos paisajes circundantes. Recientemente ha surgido un proyecto, respaldado por diversas asociaciones y grupos excursionistas, que pretende construir una pasarela que permita ir de una orilla a otra del pantano y enlazar ambas ermitas, favoreciendo las excursiones por las dos riberas del Noguera Ribagorzana y aumentando así las posibilidades turísticas de la zona.

En el lado aragonés del Montsec hay algunos pueblos atractivos y pintorescos, casi todos ellos deshabitados. Los he recorrido en diversas excursiones con el Centro Excursionista de la Ribagorza. Pueden destacarse L’Estall, Montfalcó, Fet y, sobre todo, Finestras, pueblo situado junto a unas espectaculares “rallas” o láminas rocosas verticales en las orillas del pantano de Canelles. Forman una muralla natural, conocida popularmente en la zona como “la muralla china”. Cerca de Finestras, entre dos líneas paralelas de “rallas” próximas, se encuentra la pequeña ermita de San Vicente, románica y también restaurada no hace mucho.

Las poblaciones habitadas más importantes cercanas a la zona son, además de Benabarre, Estopinán del Castillo, al sur, y Tolva y Pont de Montañana, al norte. De Tolva destaca la singular portada de la iglesia parroquial, transportada hace un siglo desde la iglesia de Fals, o Falces, junto al torreón ya citado. También es de gran interés el pequeño pueblo de Viacamp, con su magnífica torre medieval y un ilustrativo Centro de Interpretación del Montsec, complemento a cualquier visita a estos parajes. Viacamp y Litera constituyen un municipio con escasa población pero muy extenso, a él pertenecen la mayoría de los lugares despoblados del Montsec aragonés.No muy lejos de Estopiñán, aunque dentro del municipio de Benabarre, se encuentran las sorprendentes lagunas de Estaña: tres lagos de origen kárstico, el mayor de los cuales tiene 800 metros de longitud y 340 de anchura máxima.

Pero, sin duda, el lugar más interesante del contorno es Montañana, probablemente el núcleo medieval más atractivo de toda la provincia. Sus empinadas calles, su puente románico, los restos de sus dos torres cilíndricas, la cuadrangular conocida como la cárcel y, sobre todo, la ermita de San Juan y la iglesia parroquial de Santa María de Baldós, constituyen un conjunto incomparable que tras sucesivas restauraciones va recuperando parte de su pasado esplendor y de su antigua forma medieval. Mención especial merecen los catorce capiteles de la portada de Santa María de Baldós y los de la ermita de San Juan, verdadera sucesión de escenas de Historia Sagrada esculpidas en piedra. Montañana es el colofón ideal para cualquier excursión realizada por las hermosas tierras fronterizas del Montsec.

El macizo del Montsec es, lo hemos visto, una zona de grandes atractivos naturales, a los que se añaden diversos ingredientes culturales y artísticos, que merece ser visitado sin prisas, disfrutando de la paz y el sosiego que transmiten sus solitarios y silenciosos paisajes.

Carlos Bravo Suárez


(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

(Fotos: Congosto desde el sur, torre de Chiriveta, ermita vieja de Chiriveta, puente colgante, camino por el congosto -dos fotos-, Mas de Carlet y ermita de la Pertusa y su emplazamiento en lo alto de un roquedo)

domingo, 9 de marzo de 2008

"O.P.", LA NOVELA CARCELARIA DE SENDER

Recientemente ha sido reeditada por la modesta editorial Virus la novela “O.P. (Orden Público)”, de Ramón J. Sender. Su primera edición se produjo en 1931 en la madrileña editorial Cenit, cuando la Segunda República acababa de ser proclamada en España. Diez años después, en 1941, la novela se reeditó en Méjico, país en el que Sender se había exiliado tras la Guerra Civil española. Desde entonces no había vuelto a ver la luz y se había convertido, probablemente, en una de las obras menos conocidas del prolífico novelista oscense.

Varias obras escritas por Sender durante el convulso periodo de los primeros años treinta han vuelto a ser editadas en los últimos tiempos. Es el caso de “Imán” (1930), “Siete domingos rojos” (1932) o “Casas Viejas” (1933), todas ellas publicadas por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en su colección Larumbe. A esta recuperación reciente de parte de la narrativa más política y social de Sender puede añadirse “Los siete libros de Ariadna” (1957), que supone en buena medida un verdadero ajuste de cuentas del escritor aragonés con sus viejos camaradas comunistas, a quienes se había acercado en los años de la Guerra Civil y de quienes renegó durante el resto de su vida.

La reciente edición de “O.P.” cuenta con una presentación, breve pero clara y certera, a cargo de José María Salguero Rodríguez, autor de diversos trabajos sobre el escritor de Chalamera, entre los que cabe destacar “El primer Sender”, publicado en cuatro partes por la revista oscense “Alacet” entre los años 1995 y 1998. Tras la presentación de Salguero, el libro incluye también el interesante prefacio escrito por el propio Sender para la edición mejicana de 1941.

La novela “O.P.” se sitúa dentro de la etapa anarquista de Sender, quien tras su vuelta del servicio militar fue simpatizando cada vez más con el movimiento libertario. En 1930, Sender abandona el diario liberal “El Sol” para ser redactor-corresponsal en Madrid del periódico barcelonés “Solidaridad obrera”, la famosa e influyente “Soli”, órgano oficial de la Confederación Nacional del Trabajo. Dentro del anarquismo español existían entonces dos corrientes diferenciadas: la individualista, más próxima a la FAI, y la sindicalista de la CNT, considerada más posibilista y eficaz. El novelista altoaragonés se situó al principio en la primera de estas tendencias, pero fue desplazándose con el tiempo hacia la segunda. A partir de 1934, desilusionado por la desorganización y la esterilidad de la estrategia libertaria, Sender se aproximó al Partido Comunista, del que, como hemos dicho, se alejó definitivamente durante la Guerra Civil. En su exilio americano siempre renegó del estalinismo y de su breve experiencia comunista, pero, pese a la paulatina evolución del escritor hacia posiciones más conservadoras y apolíticas, nunca hizo lo propio con el anarquismo y su pasado libertario.

En su prólogo a la edición mejicana de “O.P.” de 1941, Sender, al referirse a la situación de la década 1926-1936 que concluyó con la tragedia de la Guerra Civil, reconoce que “los errores de aquel tiempo dejan sobre todos nosotros una responsabilidad grave y los aciertos, si los hubo, una tímida gloria”. Se muestra alejado de los análisis y conclusiones que sobre España hacen los llamados “hombres políticos” y afirma con rotundidad que “no era ni soy hombre de partido”. Y al referirse a las conclusiones que puedan extraerse de ese pasado escribe estas bellas palabras, que suenan modernas y definen en parte sus nuevas posiciones: “¿Quién de vosotros las tiene? El que las crea tener que levante el brazo. Ese que lo levanta lleva en la bocamanga una insignia de partido o un distintivo de lacayo. Nada de eso nos interesa. Hablamos del brazo desnudo. Los arroyos pasan por nosotros, como los campos de espigas, como el aire de los espacios, sin producir en nuestro físico más que una armonía que le empuja a seguir buscando con más eficacia el agua, las espigas y el aire fresco”. Sin embargo, unas líneas antes ha dejado claro que “aunque a veces busque la soledad y la cele y la cuide”, no es ya posible en los tiempos que corren vivir aislado en una torre de marfil.

Como “Imán”, “Siete domingos rojos” o “Viaje a la aldea del crimen”, “O.P.” está inspirada en unos hechos reales y se mezclan en ella lo autobiográfico y la ficción. La novela recrea literariamente la estancia de Sender, que tenía entonces 26 años, en la Cárcel Modelo de Madrid durante el mes de septiembre y los primeros días de octubre de 1926, acusado de conspirar contra la Dictadura del general Primo de Rivera. En su condición de periodista del diario “El Sol”, se vio implicado en un conflicto que estalló entre el cuerpo de Artillería y el dictador por discrepancias insalvables sobre el sistema de ascensos. Para los oficiales artilleros estos debían basarse únicamente en criterios de antigüedad, mientras que el general en el poder defendía unos criterios de calidad que podían fácilmente convertirse en arbitrarios.

Muchos de los personajes que aparecen en la novela están sin duda extraídos de la realidad y de la experiencia carcelaria de su autor. En una entrevista televisiva con el periodista Joaquín Soler Serrano en 1976, Sender se refería a la existencia real de uno de los tipos que aparecen en la novela: el guitarrista flamenco “El Tripa”, que acompañaba en sus actuaciones a la famosa bailaora Pastora Imperio. También recordaba el novelista altoaragonés su situación de privilegio en la cárcel: “La Asociación de la Prensa me mandaba comida del restaurante Molinero que era el más caro de Madrid, tomaba baños de sol en el patio y aprendí muchas cosas de sociología rebelde”. La cárcel fue para él como estar “en un sanatorio de lujo” y, al parecer, llegó a engordar cuatro kilos en su breve estancia de poco más de un mes. Las gestiones realizadas ante Primo de Rivera por sus compañeros periodistas aceleraron su puesta en libertad, que se produjo a principios de octubre de 1926.

“O.P.” es una novela con escasa trama. En ella se da una mezcla entre la creación lírica y la denuncia política de una represión que el sistema ejercía sin contemplaciones sobre los individuos que luchaban contra él, a menudo también con métodos violentos. Las tesis políticas defendidas por Sender son radicales desde una perspectiva actual y, como se ha dicho, están muy próximas al anarquismo o casi del todo identificadas con él. Late también en la novela un claro anticlericalismo, que puede observarse en la mayor simpatía con que se trata a un anarquista que está preso por matar a un cardenal que a los llamados presos burgueses, abogados o banqueros estafadores y corruptos. Como en las otras novelas de este periodo que se han citado antes, Sender nos muestra una sociedad marcada por la lucha de clases, dogma casi incuestionable para buena parte de la izquierda y también para los anarquistas en aquel momento convulso y políticamente fanatizado que caminaba inexorablemente hacia la Guerra Civil. Es casi imprescindible transcribir el siguiente párrafo de la novela que muestra a las claras los pronósticos y deseos de Sender y de los anarquistas para el futuro inmediato del país: “Tres vueltas a España. La primera dejará al país republicano radical, en la segunda quedará España ultraconservadora. En la tercera - a la tercera va la vencida - alcanzará su decisiva y genuina faz: Confederación Sindical Ibérica. Entonces será un país de trabajadores, rico, próspero, culto”. Casi suenan a profecía las dos primeras etapas, pero la tercera vino a desmentir trágicamente los sueños de utopía, que una vez más acabaron en terrible pesadilla.

Todos los personajes de la novela aparecen siempre nombrados por sus apodos. El protagonista del relato, si no lo es la propia cárcel y el conjunto coral de sus inquilinos, es el llamado Periodista, trasunto claro del joven Sender. El Periodista - que en un momento recibe la visita de su madre procedente de la aldea - es un preso que disfruta de ciertos privilegios; dispone de dinero y gracias a ello los guardianes le hacen favores especiales, como permitirle tomar duchas. Por las páginas de la novela desfila, de manera rápida y casi siempre superficial, toda una galería de presos de diferente tipo y condición. Hay un claro interés en destacar la represión que se ejerce sobre ellos, que culmina tras la visita del obispo a la prisión, motivo de una protesta de los reclusos y de duras represalias posteriores, y con la muerte por torturas continuadas del preso apodado “El Chavea”. Se cita en la novela, sólo con sus iniciales, al temido represor del anarquismo Martínez Anido, impulsor de la llamada “ley de fugas” y ministro de Gobernación con Primo de Rivera y más tarde en el primer gobierno de Franco.

Otro personaje que aparece a lo largo de toda la novela, y que pretende aportar a ésta un cierto tono lírico, es el Viento. Constituye una personificación que actúa, de manera algo tópica, como símbolo de la necesidad permanente de libertad. Su presencia es más frecuente en los primeros capítulos del libro, en los que adquiere gran protagonismo y conversa con frecuencia con el Periodista. Al parecer, el personaje procede de un relato que comenzó a escribir Sender en el periódico “La Libertad” y que se tituló “El viento en la Moncloa”.

“O.P.” - una parte de cuyo material, desposeído de su carga política, fue incluido por Sender en su novela posterior “El verdugo afable” (1952) - es una obra menor dentro de la narrativa del escritor altoaragonés. Pese a la brillantez y al ingenio que muestra en muchas de sus páginas, la obra se resiente de una excesiva carga ideológica y partidista, y está muy lejos de la calidad y los grandes logros narrativos de su anterior novela “Imán”, una de las mejores del autor. De todas maneras, su reedición permite conocer un eslabón más de una narrativa densa y prolija y, tal vez por eso, también con frecuentes altibajos y vaivenes. A la vista de la tragedia que desangró a España poco tiempo después, “O.P.” constituye, como otras novelas senderianas de esos años, una clara evidencia de los negros presagios que se avecinaban, y que terminarían con unos sueños que tal vez ya contenían en su seno la pesadilla en la que más tarde se convirtieron.

NOTA: “O.P.”. Ramón J. Sender. Virus Editorial. Barcelona, diciembre de 2007

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado por el Diario del Alto Aragón el 9 de marzo de 2008)

martes, 4 de marzo de 2008

ERASMO Y SERVET





Miguel Servet (Villanueva de Sijena, 1511 - Ginebra, 1553) es uno de los personajes más ilustres que el Alto Aragón ha dado a la cultura universal. No sólo por su descubrimiento de la circulación menor de la sangre, sino por sus aportaciones teológicas, que él siempre consideró más importantes que sus hallazgos científicos y que le llevaron a la muerte en la hoguera a manos de los fanáticos calvinistas y a su quema simbólica por un catolicismo intransigente al que había intentado, acaso con excesiva pasión y vehemencia, combatir y regenerar.

La difusión de la obra y el pensamiento servetianos en el extranjero contrasta con el desconocimiento que de ellos se tiene todavía en nuestro país. No obstante, de un tiempo a esta parte, la figura del sabio sijenense está generando una creciente bibliografía también en España y en español. Algunos de los autores que en los últimos tiempos se han interesado por Servet son, además, aragoneses. El primero y principal, el profesor turolense Ángel Alcalá, catedrático emérito por la Universidad de Nueva York, editor de las obras completas del teólogo y científico monegrino y máximo servetista en la actualidad. También sobre Servet ha escrito su paisano Francisco Carrasquer, cuyo libro más reciente, “Servet, Spinoza y Sender. Miradas de eternidad” (PUZ, 2007), es una interesante, abierta y densa reflexión sobre las conexiones posibles entre el pensamiento y la obra de estos tres grandes escritores, principalmente entre Servet y el gran filósofo holandés de origen judío-español Barucc Spinoza. En el inicio de su libro, Carrasquer escribe un brillante poema “in memoriam” de Miguel Servet Conesa. En él destacan unos versos en los que lamenta el ostracismo al que el sijenense ha sido siempre sometido por sus propios compatriotas: “¡Baldón a España, mala madre, que no te ha conocido, / ni aún menos ha dado a conocer tu genio y tus atisbos / como el primer Renacentista de sus hijos y su Humanista / más cabal! ¡Y más baldón, si cabe, porque han sido / extranjeros, como Voltaire, los que han roto una lanza / por ti, Servet, mientras tus compatriotas ni rechistan!”.

Precisamente sobre la defensa que en el siglo XVIII hizo Voltaire de Miguel Servet frente al intolerante Calvino, escribió hace ya unos años el profesor José Antonio Ferrrer Benimeli el libro “Voltaire, Servet y la tolerancia”, publicado en 1980 por el Instituto de Estudios Sijenenses “Miguel Servet”. Esta misma institución, que realiza desde hace tiempo una muy meritoria labor, publicó en 2006 un magnífico ensayo que, por su rigor y didactismo, merece un lugar destacado entre la bibliografía dedicada al sabio altoaragonés. Se trata de “La influencia de Erasmo en las obras de Miguel Servet”, escrito por el barcelonés Jaume de Marcos Andreu. El libro, en versión bilingüe español-inglés, es el resultado de un máster en Historia de las Religiones realizado por su autor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre las tesis que en él se defienden con claridad y buena prosa, pretende tratar brevemente este artículo.

Erasmo de Rotterdam (1469 - 1536) es probablemente la figura más importante de la cultura europea del Renacimiento. La influencia del gran humanista holandés alcanza a la mayor parte de los pensadores y escritores de la época, y se deja sentir principalmente en el terreno religioso. Erasmo está en la base de buena parte de los movimientos reformistas cristianos que surgen en Europa en un periodo especialmente convulso para el continente. Casi sin que su autor se lo propusiera, el pensamiento erasmista sobre la urgencia de recuperar la pureza y la autenticidad del cristianismo original y la necesidad de volver a las fuentes evangélicas de las que la Iglesia se había alejado serán el punto de partida de una reacción contra el poder y la corrupción vaticana que alcanzará su máxima expresión con la Reforma protestante de Martín Lutero. Moderado en el fondo y partidario de una regeneración de la Iglesia desde dentro de la propia institución, el enfrentamiento entre los diversos sectores cristianos y el radicalismo creciente llevarán a Erasmo a recibir, sin embargo, virulentas críticas de uno y otro lado, frente a las que el holandés intentará mantener siempre su independencia de criterio.

Dentro de la efervescencia religiosa que recorre la Europa del siglo XVI, irrumpirá con tremenda fuerza la figura del médico aragonés Miguel Servet, conocido con el sobrenombre de “Revés”. Su absoluto rechazo del dogma de la Trinidad y su llamamiento a una restauración radical que regenerara por completo el cristianismo decadente y corrompido de la época le acabaron llevando irremediablemente a un trágico final en la hoguera. Menos diplomático y ambiguo que Erasmo -y sin su experiencia, fama y reconocido prestigio- la pasión y el terco empeño con que defendió sus propuestas religiosas, además de una considerable imprudencia para los tiempos que corrían, le impidieron escapar al afán inquisidor con que el fanatismo religioso, cultivado desde todos los bandos, perseguía cualquier disidencia o heterodoxia.

Es seguro que Servet leyó muy pronto a Erasmo. Posiblemente ya en su adolescencia, cuando sirvió al clérigo Juan de Quintana, quien según Ángel Alcalá era oscense y agustino. Era también humanista y seguidor de Erasmo, doctor por la Sorbona y miembro de las Cortes de Aragón, y llegaría a ser confesor de Carlos I. El emperador defendió a los erasmistas hasta que el triunfo de Lutero los convirtió en sospechosos y comenzó su persecución. Servet acompañó a Quintana a la coronación de Carlos I en Bolonia en 1530. La pompa y el lujo del cortejo papal en la ceremonia alejaron para siempre al aragonés de la ortodoxia católica. Algo parecido, aunque menos radical y con una respuesta literaria más satírica y menos apasionada, le había ocurrido a Erasmo unos años antes en Roma al ser testigo ocasional de un desfile de la comitiva del papa Julio II. Ambos rechazaban por completo el lujo y la ostentación del Vaticano, pero Servet lo hace con mayores dosis de radicalidad y desprecio.

No hay constancia de que Erasmo y Servet llegaran a conocerse personalmente, y aunque es muy posible que Erasmo leyera el libro del aragonés “De Trinitatis Erroribus”, publicado en 1531, las delicadas circunstancias del momento harían poco prudente dar su opinión sobre una obra que arremetía con dureza contra el sagrado e incuestionable dogma trinitario. Jaume de Marcos, en su magnífico libro, establece cinco puntos sobre los que comparar las posiciones respectivas de Erasmo y Servet: el método filológico en el discernimiento de la verdad, la restauración del puro cristianismo, la cuestión trinitaria, las tentaciones irenistas y el libre albedrío y las buenas obras.

Como la mayoría de los humanistas del Renacimiento, Erasmo y Servet defienden la vuelta a las fuentes evangélicas originales, como parte de un retorno a un cristianismo más primitivo y puro y a una religiosidad más sencilla, basada en los hechos y no en las falsas apariencias y las ceremonias fastuosas. Erasmo, tras aprender la lengua griega sólo para ese propósito, realizó una celebrada edición del Nuevo Testamento a partir de su original heleno. No se vio capaz, sin embargo, de aprender también el hebreo. Servet superó en este aspecto a Erasmo, pues además del latín en el que ambos escribían, el aragonés dominaba tanto el griego como la lengua hebrea, lo que le permitía utilizar abundantes citas evangélicas originales en sus argumentaciones teológicas.

Ambos coinciden, como se ha dicho, en la urgente necesidad de restituir un cristianismo puro frente a la decadencia y la corrupción existentes. Sin embargo, sus propuestas son distintas: más moderada e irónica la de Erasmo, radical y apasionada la de Servet. El de Rotterdam defiende una reforma desde dentro de la propia Iglesia; sin rupturas, precisamente para prevenir y evitar las que inevitablemente se avecinan si los cambios no se producen con premura. Servet, en su “Restitución del Cristianismo”, llama a la rebelión de todos los cristianos para lograr una vuelta a los orígenes y conseguir una restitución total, que disuelva “la cautividad de la impía Babilonia y destruya del todo al Anticristo y a sus secuaces”.

En la cuestión de la Trinidad también las posturas de ambos son distintas. Erasmo, aunque en algunos escritos parece dudar del dogma trinitario, no llega nunca a rechazarlo del todo y muestra siempre cautela ante este delicado asunto que podía acarrearle consecuencias peligrosas. Como también se ha dicho, Servet se postula desde sus primeras obras como totalmente contrario al dogma trinitario, y califica a sus defensores de trideístas y, por tanto, politeístas y paganos.

El término “irenismo” viene del griego “eirene”, que significa “paz”, y designa una actitud teológica que busca hacer prevalecer las similitudes por encima de las diferencias entre corrientes religiosas distintas. Sean éstas el islamismo, el judaísmo y el cristianismo, o diferentes corrientes de un mismo credo. Erasmo defendió siempre posiciones irenistas y buscó, sobre todo, un equilibrio entre los protestantes luteranos y los católicos vaticanistas. Sin embargo, solamente encontró desconfianza y rechazo en ambos bandos, como suele ocurrir cuando las posiciones se radicalizan y el fanatismo crece. Servet defendió también un cierto irenismo y, en el juicio que le condenó a morir en la hoguera, fue recriminado por Calvino por haber escrito que, al contrario que el islamismo y el judaísmo, era la iglesia católica la que había errado en su defensa del dogma de la Trinidad y se había alejado así de su monoteísmo inicial.

En cuanto al libre albedrío, las buenas obras y la gracia divina, tanto Erasmo como Servet defienden una actitud “cooperante” del ser humano en su salvación, pero también aquí el sijenense va más lejos y postula que en todo ser humano hay una porción de Dios y de divinidad. Sus contrarios le recriminaron ese intento de divinizar al hombre, y algunos han querido ver en ello neoplatonismo cristianizado e incluso un cierto panteísmo. En este punto se podrían establecer, tal vez, algunas conexiones con la filosofía de Spinozza. Además de por su común defensa de la libertad de pensamiento, en épocas distintas pero en ambos casos con dosis de modernidad y de adelanto considerable a su tiempo.

Erasmo y Servet son dos gigantes del Renacimiento europeo que, sin embargo, fueron víctimas, más el segundo que el primero, del triunfo de las corrientes dogmáticas y ortodoxas que ambos intentaron combatir sin éxito. El germen de libertad que hay en su pensamiento aún tardaría varios siglos en dar sus frutos en Europa.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes de Erasmo de Rotterdam y Miguel Servet y estatua dedicada a Servet en Villanueva de Sijena)

(Publicado en Diario del Alto Aragón, el 17 de febrero de 2008)
(Reproducido http://www.servetus.org/en/news-events/articulos/20080315.htm)

LAS CONDESAS RIBAGORZANAS EN LA NOVELA "VOCES TRAS LAS SOMBRAS"

“Voces tras las sombras” es una interesante novela histórica. Se trata de un relato en el que se recrean de forma amena los primeros tiempos del condado de Ribagorza. Y se hace, sobre todo, a través de las voces - recuperadas en la ficción literaria - de algunas de las mujeres que tuvieron un protagonismo destacado en aquellos oscuros tiempos medievales, en los que, en pleno dominio musulmán de la península, nació una primigenia entidad ribagorzana en un alejado rincón de las tierras pirenaicas del norte.

La autora de la novela - que va por la segunda edición - es Marisa García Viñals. Según se lee en la solapa del libro, nació en los Pirineos y se trasladó después a Lérida, donde se hizo maestra e historiadora del arte. Ha escrito varios ensayos en catalán y ahora, tras su vuelta al Pirineo aragonés y cinco años de investigación histórica, acaba de publicar su primera obra narrativa.

“Voces tras las sombras” desarrolla su acción en dos planos temporales. El relato de los acontecimientos pasados se va alternando con el presente cotidiano de la autora y con el devenir de sus propias investigaciones sobre la historia contada. Es éste un esquema que alcanzó gran éxito con la novela “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas, y que también han seguido algunas novelas aragonesas recientes como “Por escribir sus nombres”, de Víctor Juan Borroy. Pero en “Voces tras las sombras” se lleva a cabo con una mayor polifonía; porque en el plano del pasado son las voces de las propias mujeres protagonistas las que, en diálogo entre ellas mismas o con la narradora, van contando los hechos desde sus propios puntos de vista.

La narradora vive en el pequeño pueblo ribagorzano de Sos, muy cercano a Castejón de Sos y Benasque, en la margen izquierda del río Ésera. El lugar tuvo importancia histórica en época medieval y su castillo se documenta ya en el siglo X. La comarca circundante era denominada en aquel tiempo Sositania o valle Sositano, y tenía una cierta autonomía dentro del pequeño condado ribagorzano que pugnaba por extenderse hacia el sur. Según se desprende de algunos documentos históricos, en ese lugar tuvo su última residencia la condesa Mayor, y allí habría muerto y estaría enterrada. Esa posible tumba, o las voces que de ella parecen provenir, es lo que mueve a la investigación a la narradora, que ha comprado una casa en Sos con la intención de alejarse un poco de la especulación inmobiliaria y del gregarismo “todo a cien” de otros lugares más turísticos del valle. En el pueblo viven ocho familias y la escritora se mueve a gusto entre sus hospitalarias gentes. En una cueva próxima cree oír ecos del pasado, y sobre la historia medieval de esas tierras ribagorzanas decide indagar y construir su novela.

La narradora muestra especial interés por el universo femenino y, por ello, las protagonistas de su novela son mujeres. En primer lugar, las condesas ribagorzanas a las que enseguida nos referiremos con mayor detalle, pero también, en menor medida, las laboriosas y activas mujeres de Sos, que simbolizan la importante función desempeñada por la mujer en las sociedades rurales. Además, las principales referencias culturales del libro fuera del ámbito medieval son siempre femeninas: María Zambrano y Hanna Ardent, como pensadoras y escritoras de gran talla intelectual, y Electra o Lady Macbeth, como símbolos literarios universales.

Quien adquiere el principal protagonismo en el relato es la condesa Mayor, pero también su hija Mayor II y, algo menos, las condesas Ava y Toda. Contra la tendencia general de unos historiadores tal vez demasiado rutinarios, en la narración aparecen, a partir de la observación del profesor Antonio Ubieto en su libro “Historia de Aragón”, dos condesas, madre e hija, con el mismo nombre de Mayor. Eso parece casar mejor con las fechas que figuran en algunos documentos históricos, y permite a la novelista presentar a dos mujeres homónimas, cada una con voz e historia propias, en su creación literaria.

El relato se inicia en junio del año 960 con la boda entre la condesa Ava, hija de Ramón II, conde titular de Ribagorza, y García Fernández, heredero al condado de Castilla. La ceremonia va a celebrarse en Roda, adonde la comitiva se desplaza desde el castillo de Ripacurza, situado sobre los congostos de Obarra y su importante monasterio. Es una boda concertada, como todas en la novela, por motivos de alianzas y estrategias que convienen a la casa condal ribagorzana. La misa es oficiada por el obispo Odesindo, hermano de Ava, y a ella asiste el resto de sus hermanos: Unifredo, Arnaldo, Isarno y Toda. Su madre, Garsenda de Fezensac, entrega a Ava un viejo códice que aparecerá repetidamente en la narración, como elemento ilativo entre las sucesivas generaciones de mujeres de la dinastía condal.

No le fueron demasiado bien las cosas a Ava en tierras castellanas, donde siempre fue considerada una extranjera. Incluso parece haber inspirado una desafortunada leyenda en la que aparece como traidora a Castilla y a su marido y es acusada de mantener relaciones con los musulmanes y su caudillo Almanzor. Podría haber ocurrido en realidad que Ava, procedente de unas tierras en las que la convivencia con el Islam era más fluida - su abuelo Raimundo I se había casado en segundas nupcias con la hija del señor musulmán de Lérida -, hubiera defendido una política de aproximación a los árabes que habría sido rechazada de plano por la nobleza castellana, en esos momentos enemiga acérrima e irreconciliable de los sarracenos.

Sin adquirir un gran protagonismo, la condesa Toda tiene a lo largo de la novela una repetida presencia. Tras la muerte de sus hermanos varones, Toda se vio obligada a acceder a la titularidad del condado en un momento especialmente difícil para éste, en vísperas de la anunciada y temida “razzia” de Abd-al Malik. El conde Isarno, hermano menor de Toda, había muerto luchando contra el belicoso caudillo musulmán en las proximidades de Monzón, en un desesperado intento por evitar lo inevitable. En 1008, dos años después de la devastadora incursión del hijo de Almanzor sobre Ribagorza, Toda decidió contraer matrimonio con su tío el conde Suñer de Pallars, viudo y padre de tres hijos. La boda, a la que ambos llegaban con bastante edad, permitía restablecer la unión de los dos condados y proporcionaba un sólido punto de apoyo a la desamparada Toda. Suñer murió dos años después, tras haber dividido sus posesiones entre sus tres hijos. Ante los deseos pallareses de anexionarse Ribagorza, el abad Galindo de Obarra, hombre ambicioso e intrigante pero siempre celoso defensor de la independencia ribagorzana, propuso a Guillermo Isárnez, hijo ilegítimo de Isarno, como el nuevo conde, a quien todos los ribagorzanos parecen dispuestos a aceptar. Guillermo, que había sido educado en la corte castellana junto a su tía Ava, será recibido casi como un salvador en la maltrecha Ribagorza. Toda abandona la escena y se retira al valle de Chistau. Desde allí se mantendrá siempre atenta a la política ribagorzana, y presta a intervenir cada vez que la situación lo requiera.

En casi todos los libros de historia sólo se hace referencia a una condesa Mayor. Es hija de Ava, y por lo tanto nacida en Castilla. Viene a Ribagorza a petición de su tía Toda para casarse con Raimundo III, conde de Pallars. Tras la muerte de Guillermo Isárnez, asesinado en extrañas circunstancias cuando se dirigía al Valle de Arán, es repudiada por su marido y se refugia en Sos, donde la nobleza sositana se rebela contra ella. Cede el poder a Sancho de Navarra, que reclama Ribagorza por estar casado con Munia, nieta de Ava y sobrina de Mayor, y se retira al monasterio burgalés de San Miguel de Pedroso, de donde fue abadesa hasta su muerte.

Pero en “Voces tras las sombras”, que es una novela y no un libro de Historia, aparecen - como se ha dicho - dos mujeres llamadas Mayor, madre e hija, como no es del todo descartable que pudiera haber ocurrido en la realidad. En el libro, Mayor I se casa con Gassián, importante señor de Benasque, y juntos administran la Sositania. Mayor es propietaria de los castillos de Sos, Dos y Benasque . Cuando muere Guillermo Isárnez, y tanto el conde de Pallars como Sancho el Mayor de Navarra amenazan la independencia de Ribagorza, Mayor se mantiene fuerte en su reducto sositano. Pero tras una rebelión de los nobles contra ella, probablemente inducida por intereses espurios, y pese a resistir hasta el límite en su castillo de Benasque, acaba cediendo el poder a su sobrina Munia y, por tanto, a Sancho el Mayor de Navarra. Hasta la muerte de éste, Mayor continúa formando parte de la corte ribagorzana, para recluirse más tarde en el citado cenobio burgalés donde acabó sus días.

Su hija Mayor II es quien se casa en la novela con Raimundo III, conde de Pallars. Vive, sobre todo en unas ardientes jornadas en el castillo de Fantova, una intensa pasión amorosa con Guillermo Isárnez, que escandaliza al abad Galindo de Obarra y sin duda llega a oídos de su marido. Tal vez fue ésta la causa, o una de las causas, de la posterior muerte violenta del apuesto conde ribagorzano. Más tarde, cuando Raimundo III ve defraudadas sus ambiciones sobre Ribagorza, Mayor es repudiada por su esposo por consanguinidad entre ambos y por no haberle proporcionado el hijo varón que deseaba, aunque juntos tuvieran una hija llamada Ricarda. Es entonces, en el verano del año 1028, cuando Mayor II se refugia en Sos, donde permanece hasta su muerte. Ella es, pues, la dama allí enterrada y cuya voz, si se presta atención, aún se escucha tras las sombras.

La ficción narrativa permite conectar presente y pasado, y pasar de uno a otro con suma facilidad. Así ocurre en el último capítulo del libro, en que la narradora salta de Sos a Fantova y al zoco medieval de Graus, lleno de vida y de color, para regresar de nuevo a Sos, donde surgieron unas sombras del pasado que han ido adquiriendo forma literaria. Un sugerente relato en el que varias voces femeninas nos cuentan cómo fueron, o pudieron haber sido, los oscuros y lejanos orígenes del viejo condado de Ribagorza.

NOTA: “Voces tras las sombras. Tragedia y pasión de la condesa Mayor en el valle de Benasque”. Marisa García Viñals. Editorial Milenio, Lérida, 2007

Carlos Bravo Suárez