miércoles, 27 de agosto de 2008

LITERATURA ALTOARAGONESA ACTUAL

Creo que se puede, incluso se debe, llamar la atención sobre la existencia de una interesante literatura altoaragonesa en la actualidad. Una literatura cada vez más importante en cuanto al número de autores y a la calidad de las obras, hecha en lengua castellana por escritores nacidos o afincados en nuestra provincia. Algunos de los últimos libros que he leído pertenecen a ella. Son obras de distintos géneros literarios que me permito recomendar desde estas páginas. Sería lamentable que, como ha ocurrido con frecuencia, sus autores no tuvieran el reconocimiento y la acogida que merecen por parte de sus propios paisanos. Haré en este breve artículo una rápida relación de algunos libros destacables que han aparecido en los últimos meses en el mercado editorial.

Son varias las novelas altoaragonesas que he leído recientemente y quiero destacar aquí: “Naturaleza infiel”, de Cristina Grande (Lanaja, 1962); “Los amantes de silicona”, de Javier Tomeo (Quicena, 1932); “El perfume de la higuera”, de Damián Torrijos (Huesca, 1962), ganadora del II Premio de Novela Ínsula del Ebro; “Muerde el silencio”, de Ramón Acín (Piedrafia de Jaca, 1953); “España”, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962); “Mientras caen las hojas”, de Ramón Gil Novales (Huesca, 1928); y “Memoria de un montañés”, de José Satué Buisán, en edición de su hijo José María Satué Sanromán (Escartín, 1941). Me permito añadir a esta lista la novela “La frontera dormida”, de José Luis Galar (Zaragoza, 1968), libro escrito en el hermoso pueblo oscense de Triste y cuya intriga transcurre, entre otros muchos lugares, en el enclave pirenaico y fronterizo de Canfranc. Son ocho novelas, enumeradas aquí en orden aleatorio, que narran historias variadas escritas en estilos muy distintos. Todas ellas alcanzan un buen nivel de calidad y pueden satisfacer en su conjunto a lectores de gustos literarios dispares.

Entre los recientes libros de relatos, destacan sobre todo los de Carlos Castán  (Barcelona, 1960), escritor nacido en Barcelona y criado en Madrid, pero de familia oscense y afincado en la capital altoaragonesa donde trabaja como profesor de instituto. Su último libro, “Sólo de lo perdido”, sigue la magnífica línea iniciada con “Frío de vivir” y continuada con el extraordinario “Museo de la soledad”, reeditado recientemente. Otra espléndida colección de relatos es “Trescientos días de sol”, de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Muy recientemente ha sido editado el libro colectivo de relatos breves “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, en el que participan varios escritores altoaragoneses. Puede añadirse a esta relación “Pirineos, tristes montes”, de Severino Pallaruelo, excelente colección de cuentos hace poco tiempo reeditados.

También muy recomendable es “Leyendario. Criaturas de agua”, un relato escrito por Óscar Sipán (Huesca, 1974) y magníficamente ilustrado por Óscar Sanmartín (Zaragoza, 1972). La obra, de gran belleza y fantasía, recibió el premio al mejor libro editado en Aragón en 2007. En este año de la Expo del agua, la historia que se cuenta en el relato se inicia y se cierra con una frase significativa y certera: “El hombre está compuesto de agua y vanidad”.

En poesía hay que destacar el último libro del ya citado Manuel Vilas, titulado “Calor” y ganador del VI Premio de Poesía Fray Luis de León. Es un poemario breve pero intenso, que se abre con un estupendo poema sobre la boda de los Príncipes de Asturias y contiene una poesía moderna - a veces escrita en prosa- sobre aspectos cotidianos tratados con un enfoque crítico y en ocasiones irreverente y provocador, como ocurre también en su novela “España”.

También notable, aunque de más difícil clasificación literaria, es “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, de José Antonio Martín Otín , más conocido como “Petón”, periodista deportivo de familia altoaragonesa y muy vinculado a Huesca y a su equipo de fútbol. Se trata de una magnífica obra, entre el ensayo y la biografía, en la que, a través de las conversaciones que el autor mantuvo con el recientemente fallecido Pepín Bello, conocemos las opiniones y la trayectoria vital de este ilustre e irrepetible personaje oscense cuya vida abarca, y de qué manera, un siglo entero de la cultura española.

Tal vez me haya olvidado involuntariamente de alguno, pero los libros aquí citados, publicados todos ellos en el último año, son un claro ejemplo del vigor que muestra en la actualidad la literatura altoaragonesa. Utilizando un símil futbolístico, tan en boga, de la misma manera que el equipo del Huesca jugará la próxima temporada en la segunda división del fútbol español, podría decirse que hay hoy en nuestra provincia un variado grupo de excelentes escritores, algunas de cuyas obras pueden situarse sin duda en la primera división de la literatura actual.


Bibliografía citada:

- “Naturaleza infiel”, Cristina Grande, RBA Libros, Barcelona, 2008.
- “Los amantes de silicona”, Javier Tomeo, Anagrama, Barcelona, 2008.
- “El perfume de la higuera”, Damián Torrijos, Prames, Zaragoza, 2007.
- “Muerde el silencio”, Ramón Acín, Algaida, Sevilla, 2007.
- “España”, Manuel Vilas, DVD Ediciones, Barcelona, 2008.
- “Mientras caen las hojas”, Ramón Gil Novales, Prames, Zaragoza, 2008.
- “Memoria de un montañés”, José Satué Buisán, Edición de José Mª Satué Sanromán, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “La frontera dormida”, José Luis Galar, Destino, Barcelona, 2008.
- “Museo de la soledad”, Carlos Castán, Espasa, Barcelona, 2000, y Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Sólo de lo perdido”, Carlos Castán, Ediciones Destino, Barcelona, 2008.
- “Trescientos días de sol”, Ismael Grasa, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, Varios Autores, Tropo Editores, Zaragoza, 2008.
- “Pirineos, tristes montes”, Severino Pallaruelo, Xordica Editorial, Zaragoza, 2008.
- “Leyendario. Criaturas de agua”, Óscar Sipán y Óscar Sanmartín, Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Calor”, Manuel Vilas, Visor Libros, Madrid, 2008.
- “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, José Antonio Martín Otín, Editorial Pre-textos, Valencia, 2008.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 24 de agosto de 2008)


lunes, 18 de agosto de 2008

EL VALLE DE BENASQUE Y LA RIBAGORZA DURANTE LA GUERRA CONTRA LA CONVENCIÓN (1793-1795)

La Guerra contra la Convención fue un conflicto bélico, hoy casi olvidado, que enfrentó a España y Francia entre 1793 y 1795. El escenario geográfico de esta corta guerra fueron las regiones fronterizas entre ambos países y, por lo tanto, la cadena pirenaica en toda su extensión. Aunque por sus menores dificultades orográficas tuvo una mayor incidencia en las zonas extremas de la cordillera, la guerra también se dejó sentir, si bien con menor intensidad, en el Pirineo aragonés.

Eclipsada por la posterior Guerra de la Independencia, de mucha mayor trascendencia y envergadura, la Guerra contra la Convención, que en Cataluña se conoce como Guerra Gran, ha sido poco estudiada por los historiadores modernos. En Aragón, este episodio bélico fue analizado con gran detalle por José Antonio Ferrer Benimelli en una magnífica tesis doctoral que fue publicada en forma de libro con el título de “El Conde de Aranda y el frente aragonés en la Guerra contra la Convención” (Publicaciones Revista Universidad, Zaragoza, 1965). Ferrer Benimelli es también autor del capítulo “Aragón ante la Revolución francesa”, dentro del libro colectivo “España y la Revolución francesa” (Crítica, Barcelona, 1989), del historiador galo Jean-René Aymes, gran especialista en este periodo.

Desde el punto de vista militar, hay varios gruesos volúmenes del Estado Central del Ejército dedicados al conflicto, publicados entre 1949 y 1959 por el Servicio Histórico Militar con el título de “Campañas en los Pirineos a finales del siglo XVIII”. Más recientemente, en 1997, dentro de las “Actas del III Congreso Internacional de Historia Militar”, editadas por la Institución Fernando el Católico, se incluyen varias ponencias relacionadas con la participación aragonesa en la Guerra contra la Convención.

La causa primera del conflicto fue la Revolución francesa de 1789. El estallido social que supuso y especialmente su contenido anticlerical y antimonárquico pusieron en alerta a la Corona española, cuyo titular Carlos IV había establecido un pacto de familia con su primo, el derrocado y después guillotinado Luis XVI. La nobleza y el influyente y beligerante clero español iniciaron una fuerte campaña antirrevolucionaria y antifrancesa que tuvo una entusiasta respuesta popular en el primer año del conflicto, pero que se fue desinflando a medida que éste avanzaba y llegaban los reveses para el ejército español.

No toda la sociedad española estaba a favor de la guerra. Algunas minorías intelectuales e ilustradas -luego tildadas de afrancesadas- preferían evitar el conflicto con Francia. Uno de los más destacados partidarios de la neutralidad armada frente al expansionismo ideológico revolucionario francés fue el Conde de Aranda. El ilustrado aristócrata aragonés era el valido real al inicio del conflicto y su oposición al mismo le costaría el puesto y el exilio interior. Ferrer Benimelli, en su magnífico libro, desmonta las tesis de quienes creen que Aranda era simpatizante de la Revolución francesa y lo acusan de masón. Aranda simpatizó con las ideas ilustradas, pero se mostró claramente defensor de la Monarquía al ver los derroteros que habían tomado los acontecimientos en Francia. Sus argumentos contra la guerra, luego convertidos desgraciadamente en realidad, eran que España poco tenía que ganar en ella y sí mucho que perder, sobre todo frente a la rapiña inglesa en las colonias españolas en América. Aranda siempre consideró a Inglaterra, y no a Francia, como el verdadero enemigo de España.

Sea como fuere, la escalada entre ambos países tomó un cariz irreversible y Francia declaró la guerra a España el 7 de marzo de 1793. España devolvió la declaración bélica el día 23 del mismo mes. Siguiendo casi en todo a Ferrer Benimelli, pretendo resumir aquí la incidencia que el conflicto tuvo en la comarca oscense de La Ribagorza y, sobre todo, en el valle de Benasque, escenario de algunas escaramuzas armadas durante la guerra que nos ocupa.

Una de las primeras consecuencias de la Revolución fue la llegada a España de muchos exiliados franceses, nobles y clérigos en su mayoría. Huían de las persecuciones revolucionarias, pero pronto supusieron un problema para las autoridades españolas a quienes, al igual que al pueblo llano, impregnado de galofobia, no inspiraban demasiada confianza.

Ya desde el estallido revolucionario en el país vecino, el gobierno español, con Floridablanca como primer ministro, tomó medidas drásticas para evitar que las ideas revolucionarias penetraran en España. Fue el llamado cordón sanitario, que se estableció a lo largo de la frontera pirenaica desde 1790. Uno de los aspectos destacables de esta guerra fue el uso de espías y confidentes a ambos lados de la frontera. Así, en junio de 1792, llegó al gobernador español del Valle de Arán la noticia de la existencia de un complot francés para matar al rey de España. Según las informaciones, tres franceses, cuyo nombre y descripción física se conocían con detalle, pretendían atravesar la frontera haciéndose pasar por caldereros para intentar llegar a Madrid y consumar el magnicidio. El gobernador de Viella escribió al caballero benasqués José Ferraz para ponerlo sobre aviso. El alcalde de Benasque, Juan Ignacio Cornel, ordenó una intensa vigilancia de la frontera y se consiguió detener a uno de los sospechosos, un tal Bautista Labadens, que sabemos falleció en la cárcel unos años más tarde. Los franceses que viajaban con él, y contra quienes nada se pudo probar, seguían en prisión “por si acaso” en 1796, una vez que las hostilidades ya habían terminado.

A finales de 1792 se fue preparando la guerra con la movilización de unidades militares y la formación de milicias populares en cada provincia. En el partido de Benabarre, al que correspondía la comarca de Ribagorza, según un documento fechado el 24 de mayo de 1793, se habían apuntado 288 voluntarios. Las milicias populares fueron, sin duda, fundamentales en el frente de Aragón.

Al iniciarse la guerra se crearon tres ejércitos en el Pirineo. El más numeroso fue el del frente catalán, con unos 32.000 hombres al mando del general Ricardos, barbastrense de nacimiento. El frente occidental vasco-navarro, a las órdenes del general Caro, contaba con un total de unos 20.000 hombres, entre soldados y voluntarios. El frente aragonés estaba al mando de Don Pablo Sangro y Merode, príncipe de Castellfranco, y entre militares y paisanos se aproximaría a los 6.000 hombres. Su misión era defender los difíciles pasos centrales del Pirineo y ayudar, si la situación lo exigía, como así ocurrió, a los otros dos ejércitos pirenaicos.

A finales de marzo, nada más iniciarse las hostilidades, los franceses ocuparon por completo el Valle de Arán. La operación resultó fácil por encontrarse esta región en la vertiente norte de los Pirineos. La situación obligó tanto al ejército catalán como al aragonés a defender bien las posiciones montañosas y evitar que los galos continuaran hacia el sur, como al parecer llegó a ser su intención en algunos momentos. Pese a que hubo algunas disidencias entre Castellfranco y Ricardos, el ejército español, con gran participación de paisanos, logró contener los intentos franceses de superar los elevados puertos que separan las dos vertientes pirenaicas.

Cuando el conflicto se declaró, se puso en marcha un gran movimiento patriótico impulsado por la iglesia y la nobleza. Ambos estamentos participaron activamente en la movilización. Desde el primer momento la Iglesia trató de convertir el conflicto en una guerra de religión, en la que los españoles defendían el trono y el altar frente a los impíos franceses, republicanos y ateos. Hubo una activa participación de sacerdotes rurales en las actividades bélicas. En un documento que se conserva, los curas del valle de Puértolas, en Sobrarbe, solicitan armas al mando militar, que les contesta que éstas les serían enviadas desde Benasque. Los clérigos responden que prefieren ir ellos mismos a buscarlas a Barbastro, porque les resulta más fácil y podrán así disponer antes de ellas. El obispo de Barbastro ofreció al ejército los derechos y las rentas de las villas ribagorzanas de Graus y Chía. Cuando Castellfranco subió con su ejército desde Huesca hasta Graus, el obispo barbastrense lo alojó en su palacio episcopal y se sumó a la expedición. El teniente coronel de las Reales Guardias Walonas, en una carta escrita desde Graus a un colega suyo, hace esta irónica observación sobre el hecho de que Castellfranco contara con la compañía del prelado: “El segundo (el obispo) me parece más necesario que el primero (el príncipe), pues nos proporciona víveres y nos prodiga muchas bendiciones”.

Los tres lugares principales de Ribagorza con contingentes militares fueron, por este orden de importancia y número de efectivos, Benasque, Vilaller y Graus. Aunque Vilaller pertenece en la actualidad a Cataluña, en aquel tiempo se incluía en Aragón y durante el conflicto fue custodiado por el ejército aragonés de Castellfranco. Vilaller era, además, un punto estratégico para la defensa de las incursiones francesas desde el Valle de Arán. En el primer año de guerra, el sector oriental del Pirineo aragonés estaba al mando del comandante Mariano Ibáñez y contaba con 1476 hombres para la defensa de Benasque, Viella, Vilaller y todos sus núcleos agregados.

Fue en los meses de septiembre y octubre de 1793 cuando se registraron importantes combates en el valle de Benasque. Tras una acción española en el valle de Tena, los franceses que ocupaban el valle de Arán intentaron romper las defensas españolas y penetrar en nuestro país: primero por Vilaller, luego por Esterri d´Àneu y más tarde por Benasque. En este último caso, su plan consistía en descender hasta Graus y continuar después hacia Barbastro, Monzón y el valle del Ebro. Los intentos franceses resultaron infructuosos por la enconada resistencia ofrecida por los españoles.

El 4 de septiembre los galos atacaron los puertos de Rius y Viella y el Coll de Toro y el puerto de los Araneses en Benasque. Incendiaron varios barracones y se retiraron. El 3 de octubre el ataque se extendió también a los valles de Bielsa y Gistaín. La fuerte ofensiva de ese mismo día sobre Benasque y Plan obligó al príncipe de Castellfranco a desplazarse con urgencia desde Jaca para dirigir personalmente las operaciones de defensa. Los franceses, con una columna de un millar de efectivos, atacaron la zona del Hospital de Benasque desde los puertos de los Araneses y Gorgutes. Simultáneamente, los galos atacaron con dos mil soldados el puerto de Plan. Los combates duraron todo el día y los franceses, con muchas bajas, tuvieron que retirarse por la tarde. Sin embargo, los días 6 y 9 de ese mismo mes, aún con más efectivos y con cuatro cañones, volvieron a atacar el valle de Benasque. La situación fue muy delicada para el ejército aragonés que logró detener el ataque en las inmediaciones del Hospital, principalmente en el paraje denominado Esquerrero, entre los Baños y el propio Hospital de Benasque. Tras fuertes combates y una operación envolvente de las fuerzas españolas, los franceses tuvieron que retirarse definitivamente.

Esos días de 1793 serían sin duda de gran agitación y temor en el valle de Benasque. Se conservan dos documentos - uno del 22 de agosto y otro del 6 de septiembre - en los que se insta a todos los pueblos próximos a Benasque a poner a disposición del ejército todas las caballerías existentes. Entre éstas, que son denominadas bagajes, se distingue entre mayores y menores. Las mayores son los caballos y mulos; las menores, los burros. Además, se diferencia también entre las caballerías de los infanzones, las del estado llano y las del clero. Los pueblos incluidos en esta lista son: Cerler, Anciles, Eresué, Ramastué, Liri, Arasán, Urmella, Bisaurri, San Feliu, San Martín, Gabás, El Run, Castejón, Sos, Sesué, Villanova, Sahún, Eriste y Benasque. En total hay 335 bagajes mayores y 122 menores. También se demanda un total de 130 mozos, repartidos proporcionalmente entre los distintos pueblos, para conducir las caballerías mayores.

Tras este intento fallido, y con la llegada de los fríos y las nieves, los franceses abandonaron la idea de penetrar en España por el Pirineo central. Aunque hubo algunas escaramuzas en la zona de Canfranc y en el valle de Arán, el valle de Benasque ya no volvió a ser objeto de ataques hasta el final de la contienda. La guerra pasó a librarse en los frentes occidental y oriental del Pirineo y allí fueron desplazados casi todos los efectivos del ejército aragonés. En abril de 1795, cuatro meses antes del armisticio, en las guarniciones ribagorzanas sólo quedaban 511 hombres en Benasque, 443 en Vilaller y 70 en Graus.

Después de los éxitos iniciales del ejército español, la guerra cambió radicalmente de signo en 1794 y 1795. Los franceses llegaron a tomar las ciudades de San Sebastián, Bilbao y Vitoria en el frente occidental y el castillo de Figueras en el oriental. Finalmente, las negociaciones entre ambos países llevaron a la firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795. España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo y reconoció al nuevo régimen francés, a cambio los franceses se retiraron de los territorios que habían ocupado y la línea fronteriza pirenaica volvió a quedar tal como estaba antes del conflicto. Pocos años tardarían sin embargo España y Francia en enfrentarse de nuevo en otra guerra aún más larga, desgarradora y cruel que la que acabamos de relatar.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: Valle de Benasque, zona del Hospital)
(Artículo publicado en agosto del 2008, en el especial San Lorenzo del Diario del Alto Aragón)

DE MURO DE RODA A LIGÜERRE DE CINCA POR EL ENTREMÓN











Hace unos meses realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una magnífica excursión por la vecina comarca de Sobrarbe. Desde el conjunto monumental de Muro de Roda, siguiendo el GR-1 o Sendero Histórico por su itinerario original, llegamos hasta Ligüerre de Cinca, después de atravesar el impresionante congosto del Entremón.

En Tierrantona, capital del extenso municipio de La Fueva, el autobús que nos había transportado desde Graus tomó una pista de tierra y nos dejó a dos kilómetros escasos de la espléndida y altiva fortaleza de Muro. Iniciamos allí nuestra caminata continuando lo que quedaba de pista. En pocos minutos llegamos a las puertas del amplio recinto amurallado, que nos dispusimos a visitar con detenimiento.

Muro de Roda es un lugar magnífico, digno de mayor fama de la que disfruta en la actualidad. A poco más de mil metros de altitud, su emplazamiento fue elegido por su privilegiada situación defensiva, que permitía ejercer un completo dominio sobre los territorios circundantes. Desde lo alto de la montaña en que se ubica se divisa una amplia panorámica de impresionante belleza. Muro de Roda es un extenso recinto rodeado por una larga muralla de perímetro ovalado, cuyos extremos se orientan al sur y al norte, con una longitud y anchura máximas de unos ciento cincuenta y casi cincuenta metros respectivamente. La muralla este es algo más elevada que la oeste, casi innecesaria por elevarse sobre un espolón que sirve de defensa natural prácticamente inaccesible. En el extremo norte del recinto se encuentra la iglesia de Santa María o de la Asunción, con tres magníficos ábsides románicos que ejercen como cubos exteriores de la muralla y cierran una cripta bajo el altar mayor del templo. Tiene éste una torre con forma de prisma cuadrangular, almenada y con claras funciones de vigilancia. Junto a la iglesia se hallan el cementerio, la antigua casa-abadía y algunas otras dependencias arruinadas. En el extremo sur del recinto encontramos la iglesia de Santa Bárbara, del siglo XVII, adosada a un cubo de la muralla y en la actualidad recubierta con yeso y cal. En el extremo norte, a extramuros del recinto, se levanta la ermita de San Bartolomé, que pertenece a un románico muy primitivo y constituye la parte más antigua de todo el conjunto medieval. Junto a ella, se hallan otras dependencias construidas posteriormente y hoy en ruinas, entre las que destaca un reducido claustro de forma cuadrangular distribuido en torno a un pozo central.

Las murallas -de las que se habían desprendido algunos lienzos con el paso del tiempo-, el exterior de la iglesia de Santa María y la ermita de San Bartolomé han sido objeto de una reciente restauración que ha mejorado considerablemente el aspecto exterior del conjunto. Quedan pendientes de actuaciones posteriores el interior de la iglesia y otras dependencias anexas que podrían ser utilizadas con fines turísticos en el futuro. Sería deseable que la fortaleza sobrarbense tuviera el protagonismo que merece, pues es sin duda uno de los lugares históricos más destacados de nuestra provincia.

Muro de Roda fue construido por el rey navarro Sancho el Mayor en el siglo XI, en un momento de fortificación de sus extensos dominios. Por su elevación e importancia el recinto se denominó en un principio Muro Mayor (“muro maiore”). Posteriormente, en el siglo XII, cuando el rey Ramiro II el Monje donó el lugar al obispado de Roda de Isábena, cambió su antigua denominación por la actual. El conjunto defensivo fue levantado fundamentalmente en dos etapas constructivas: una primera en los siglos XI y XII y otra posterior en los siglos XVI y XVII. La fortaleza comunica visualmente con otros castillos próximos como los de Troncedo y Samitier, situado este último en un impresionante escarpe sobre el desfiladero del Entremón.

Muro de Roda es un ejemplo muy ilustrativo de lo que era una fortaleza defensiva medieval. En caso de guerra servía como refugio a los habitantes de los lugares del contorno, sobre los que desempeñaba funciones de capitalidad y centro. Mantuvo en cierta manera esa condición hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, en que aún ejercía como cabeza de un municipio al que daba nombre. Un total de quince pequeños lugares desparramados por sus laderas tenían allí su ayuntamiento, su iglesia, su escuela y su cementerio. Hasta este último eran subidos desde las diversas aldeas, a hombros y por empinados y serpenteantes caminos, los féretros de los vecinos fallecidos, en un último y verdadero ejercicio de penitencia y esfuerzo físico al que los muertos sometían a los vivos.

Al final del muro oriental de la fortaleza, y en dirección al sur, arranca el antiguo sendero por el que discurría hasta hace poco el GR-1, antes de ser desviado por la ladera desde la pista que sube de Tierrantona. Nosotros seguimos el viejo trazado, sin duda más atractivo y recomendable que el itinerario actual. El camino desciende por un frondoso y húmedo bosque, que en algunos momentos se muestra casi alfombrado de verde musgo. Desemboca en una pista que es necesario cruzar para seguir después por un sendero, bastante oculto e invadido por las ramas de algunos arbustos, que se dirige hacia el pueblo abandonado de Ministirio. Pasamos por algunas de sus antiguas eras antes de alcanzar una nueva pista. Las ruinas de Ministirio quedan a nuestra derecha, pero nosotros continuamos hacia la izquierda e iniciamos enseguida una fuerte bajada que desemboca en la pequeña población de Humo de Muro.

Humo de Muro es un topónimo erróneamente castellanizado. En realidad su nombre correcto y original es el descriptivo Lumo de Muro, es decir, el lomo o la loma de Muro, derivado del término latino “lumbus”. El pueblo, que pertenece al municipio de La Fueva, tiene pocas casas, pero todas ellas bien arregladas en la actualidad. Destaca la casa Clavería, hoy convertida en un conocido establecimiento de turismo rural. Desde Humo descendemos hacía el río, contemplando a la izquierda de nuestro camino un espléndido ejemplar de roble o "caixigo".

El río Usía, que atraviesa por su centro el fértil valle de La Fueva, se deja cruzar fácilmente saltando entre sus piedras. En la otra orilla se encuentra el viejo molino de Palo, pueblo al que no tardaremos en llegar.

Palo es una pequeña localidad con municipio propio, situada en la ladera de un tozal de formas redondeadas al que da nombre. La población tiene algunas construcciones interesantes y en sus proximidades -no hemos pasado muy lejos de él- se encuentra el santuario de Bruis, objeto de una de las romerías más concurridas de las celebradas en el Alto Aragón.

Continuamos el camino, siguiendo las marcas rojiblancas del GR-1, en dirección a la presa de Mediano, embalse que muy pronto vamos a divisar. El camino rodea el rechoncho tozal de Palo, que queda a nuestra izquierda; a la derecha, el río Usía se encajona profundo entre las rocas buscando su desembocadura en el Cinca. De las aguas del embalse emerge frente a nosotros el tozal de Monclús, en cuya cima se hallaba en otro tiempo un importante castillo del que hoy apenas quedan restos. Al parecer fue en su origen fortaleza musulmana, tal vez la que las crónicas medievales denominan al-Muns. Del antiguo pueblo de ese nombre, de su importante puente medieval y de su judería arrasada por los fanáticos “pastorcillos” llegados de Francia en el siglo XIV, escribí hace ya unos años en estas mismas páginas.

Enseguida llegamos a la presa del embalse de Mediano. El actual pantano fue construido en 1974 con la intención de regular el que unos años antes se había levantado en El Grado, aguas abajo del Cinca. El viejo pueblo de Mediano quedó sumergido por el gran embalse. Cuando el nivel del agua desciende aún asoma a la superficie, queriendo recordar su existencia, la vieja torre de su iglesia. Con el pueblo quedaron sepultados muchos retazos de historia de una zona de gran importancia estratégica desde la antigüedad. Cubierto por las aguas, cerca de la actual presa, quedó el legendario puente del Diablo, que algunos remontan a la época romana y que unía en este punto las dos orillas del Cinca. Es probable que este puente hubiera sido construido, sin embargo, en los siglos XVI o XVII y fuera el de Monclús, situado algo más al norte, el que correspondiera a épocas más antiguas.

Desde la presa de Mediano continúa el GR-1 por la margen izquierda del Cinca, hasta adentrarse en las angosturas del desfiladero del Entremón. El camino es bonito y, salvo un pequeño paso con algo más de dificultad, bastante cómodo y llevadero para el caminante. Sobre las verticales paredes de la orilla derecha asoma el impresionante castillo de Samitier. Se trata de un conjunto religioso-militar construido en el siglo XI, bajo el reinado de Ramiro I. En un emplazamiento inverosímil, se conservan los restos de la torre del castillo y, no hace mucho tiempo restaurada, la iglesia románica de San Emeterio -de donde deriva Samitier- y San Celedonio, de planta basilical y tres ábsides. Ramiro I encargó la custodia del recinto defensivo a una comunidad de monjes soldados en aquellos lejanos tiempos medievales, de los que el lugar trae abundantes y sugestivas evocaciones.

Nosotros, bajo la permanente vigilancia de Samitier desde las alturas, salimos del Entremón y llegamos al puente de Ligüerre, donde nos esperaba el autobús y terminaba nuestra caminata. Sólo restaba un obligado alto en el Mesón de Ligüerre para reponer nuestras menguadas energías tras el esfuerzo realizado.

Ligüerre, o Lligüerri en aragonés, pertenece hoy al pequeño municipio de Abizanda. Quedó despoblado tras la construcción del pantano de El Grado y posteriormente fue cedido al sindicato UGT, que lo rehabilitó con buen gusto y ha convertido en un agradable y acogedor lugar de vacaciones y descanso. Tuvo el pueblo su importancia histórica. Madoz cita a mediados del siglo XIX la existencia en sus proximidades de una barca que permitía, previo pago obligado al barquero, el paso de una a otra orilla del río Cinca. Su mesón fue también durante siglos lugar de parada y fonda para muchos viajeros que transitaban entre el somontano y la montaña.

Desde Muro de Roda hasta Ligüerre de Cinca, hemos andado por antiguos caminos que en otros tiempos vieron el incesante trasiego de gentes diversas y afanosas, forjadoras de la rica identidad de estas tierras del Sobrarbe.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragon el 3 de agosto de 2008)

(Fotos: Muro de Roda -doce primeras fotos, la decimosegunda corresponde al interior de la ermita de San Bartolomé-, Ministirio con el tozal de Palo al fondo, iglesia de Mediano con el pantano bajo, Entremón, conjunto de Samitier desde el Entremón, Ligüerre de Cinca desde el Entremón y Ligüerre de Cinca.)

jueves, 17 de julio de 2008

LUPERCIO DE LATRÁS, BANDOLERO Y ESPÍA

                                                              Iglesia de Latrás     

                                                    Castillo de Benabarre

Lupercio de Latrás sería un protagonista perfecto para una novela o para una película de aventuras. No hace muchas fechas, encontré en una librería la biografía que sobre este personaje ha escrito Vicente Ara Otín (1). Había leído sobre el famoso bandolero las referencias que a él hace Severino Pallaruelo en su espléndido libro "Bardaxí" y el capítulo que le dedica J. A. Salas Auséns en la obra colectiva "Historias de contrabando en el Pirineo aragonés". También diversas alusiones al personaje en libros y artículos dedicados o con referencias al Aragón del siglo XVI (2). Lupercio había despertado mi interés. Por eso, he leído con gusto -casi como si de una novela se tratara- el libro de Ara Otín, que permite tener una completa visión de la vida de Lupercio de Latrás con apoyo de documentación y amenidad de lectura. Remito, por tanto, a la citada obra a quienes deseen conocer con detalle la biografía de un personaje que se sitúa, en cierta manera, entre la historia y la leyenda. En el espacio limitado de este artículo sólo pretendo, con la mera intención de divulgar y entretener, resumir algunos aspectos de su aventurera vida.

Lupercio era el segundo hijo de Juan de Latrás y María de Mur. La familia paterna era de infanzones y contaba con una dilatada tradición de servicio al rey en diversas empresas militares. Tenían su castillo, y de ahí toman su apellido, en el pueblo de Latrás, hoy perteneciente al municipio de Sabiñánigo, núcleo del que dista 15 Km. Lupercio, sin embargo, había nacido a mediados del siglo XVI en el valle de Hecho, donde la familia tenía propiedades y de donde tal vez procediera su linaje. Pedro, su hermano mayor y primogénito, siguiendo la tradición, había participado en sucesivas campañas militares hasta que, a la muerte del padre, regresó a casa para hacerse cargo de las posesiones familiares que la institución del mayorazgo le concedía. Lupercio, muy apegado a su madre desde pequeño, recibió algunos estudios en Jaca, pero pronto mostró un carácter violento que causó continuas preocupaciones a su progenitora y a su hermano mayor, persona reflexiva y moderada que intercedió por él en multitud de ocasiones hasta el final de su vida. Había un manifiesto antagonismo en la manera de ser de los dos hermanos: a Pedro le llamaban "el galán"; a Lupercio, "el trotamundos".

El primer suceso de gravedad ocurrió en Hecho, cuando Lupercio intervino como mediador en una disputa entre dos bandos que terminó con dos muertes que le fueron atribuidas. Consiguió huir, pero fue condenado a la pena capital por los jurados del valle y mandado perseguir por el rey Felipe II y por la Inquisición, acusado de formar una cuadrilla de bandoleros que atemorizaba a las gentes de aquellas tierras. Su hermano Pedro le aconsejó refugiarse en Francia y consiguió que ejerciera allí labores de espía, informando al rey de los movimientos de los hugonotes y de las intenciones del monarca francés de recuperar Navarra, que siempre consideró como suya. Agradeció el rey de España sus servicios y le conmutó la pena de muerte por la obligación de enrolarse en los tercios imperiales. Fue enviado a Sicilia como capitán de infantería, al frente de una compañía de doscientos hombres que él mismo debió reclutar previamente. Las autoridades querían limpiar de revoltosos aquellos lejanos valles pirenaicos. Hay que decir en este punto que es posible que Lupercio aceptara el ofrecimiento real por el amor que sentía hacia su prima Ana María de Mur y porque en el ejército esperaba hacer méritos para ganar su aceptación.

Estuvo Lupercio cuatro años en Sicilia: allí conoció la tacañería del rey con sus soldados y, en vez de hacer riqueza como esperaba, tuvo que pagar de su bolsillo -esto es, de la hacienda familiar- los gastos de su compañía. Consiguió, sin embargo, permiso real para ir a Roma a solicitar el perdón del Papa Sixto V. Recibida la absolución papal, no duró mucho su propósito de enmienda. Cansado de la inactividad, pidió un traslado a Flandes que le fue concedido, pero sin el esperado ascenso. La mala mar y las tormentas impidieron a su nave atracar en puertos españoles y la empujaron más allá de Gibraltar, hasta las islas Azores en el océano Atlántico. Allí, el de Latrás se vio obligado a descansar y en la espera coincidió con una escuadra española que regresaba de las Indias. Con ella inició viaje a Portugal, pero otra vez el mar se levantó y la nave "Capitana", al mando del jefe de la flota, Juan Martínez de Recalde, quedó desarbolada. La embarcación en la que iba Lupercio, bajo la dirección del capitán Alonso de Zayas, intentó socorrerla, mas al perderla en el horizonte sus tripulantes pensaron que habría zozobrado y, por su propia supervivencia y con gran dificultad, decidieron navegar hasta la costa portuguesa. En Cascais, dieron parte de lo sucedido. Sin embargo, al llegar a Lisboa, Latrás y Zayas fueron acusados de no prestar auxilio a la nave "Capitana" y condenados a tres meses de prisión y al pago de una fuerte multa. Eso dolió tanto a Lupercio que, lleno de rabia, abandonó la milicia y, ya convertido en desertor, cruzó a caballo la península hasta alcanzar tierra altoaragonesa. Juzgó tan injusto aquel suceso que a partir de ese momento se produjo un cambio irreversible en su comportamiento.

A ello tal vez contribuyó el que al regresar a su tierra natal no encontrara muy receptiva a su pretendida Ana de Mur y no pudiera anunciar su boda como al parecer era su deseo. Poco después, Ana se casó con Martín Abarca de Bolea y de esa unión nacería Ana Francisca, monja cisterciense en Casbas y reconocida escritora en lengua aragonesa. Es a partir de este momento cuando las equivocadas decisiones de Lupercio lo precipitaron por una pendiente sin retorno.

Dos conflictos sacudieron en esas fechas el territorio aragonés. En Ribagorza, el conde Martín de Gurrea -y más tarde su hijo Fernando- debió hacer frente a una rebelión de sus súbditos instigada desde Madrid por el conde de Chinchón y por el propio rey Felipe II que deseaban el retorno del condado al poder real. En la Ribera del Ebro, los enfrentamientos entre los pastores montañeses (cristianos viejos) y los moriscos (cristianos nuevos) habían aumentado de manera peligrosa. En ambas disputas participó activamente Lupercio de Latrás. Al ser solicitados sus servicios por Rodrigo de Mur, señor de Lapenilla, decidió acudir a Ribagorza para ayudar a los defensores del conde. Quizás al resentimiento contra el rey se añadiera que Lupercio esperaba recibir la ayuda de Rodrigo para vencer las trabas que la familia Mur, a la que pertenecía el de Lapenilla, ponía a sus deseos de continuar su relación con Ana. Sea cual fuera el motivo real, el de Latrás, antes de ir a Ribagorza, se encaminó hacia la ribera del Ebro para reclutar partidarios que le acompañaran en su empresa de ayudar al conde a salir del apuro en que se hallaba. Allí expuso sus planes a los feroces cabecillas Miguel Barber y Antón Martón, que dirigían los desmanes cometidos por los pastores tensinos contra los moriscos de la tierra baja. Cuando los montañeses quisieron terminar las sangrientas acciones emprendidas, Lupercio se sumó a ellas y participó en las terribles matanzas perpetradas en las poblaciones de Codo y Pina de Ebro. Los cronistas de la época documentan con detalle las espeluznantes escenas producidas en los saqueos y las destrucciones que causaron cientos de muertos entre los moriscos. La situación llegó a tal extremo que las autoridades tomaron cartas en el asunto: se organizaron partidas que persiguieran sin tregua a los alborotadores, quienes, por sus antecedentes militares, habían nombrado a Lupercio su capitán.

Fue entonces cuando el de Latrás, pese a que muchos de sus hombres no le secundaron en la empresa, se dirigió a Ribagorza, donde Rodrigo de Mur y los partidarios del conde resistían en el castillo de Benabarre. La villa había sido prácticamente tomada por los sublevados, ayudados por el bandolero catalán Miñón de Montmellar, que tenían rodeada la fortaleza. Tal vez porque conocían la llegada de los refuerzos o por las negociaciones que, auspiciadas por Pedro de Latrás, el conde de Ribagorza había iniciado con las autoridades reales para la resolución pacífica del conflicto, los sitiadores levantaron el cerco del castillo. Cuando Lupercio y los suyos llegaron a Benabarre ya no fue necesaria su intervención.

Poco tardó, sin embargo, "el trotamundos" en volver a las andadas, y esta vez de manera muy sonada. Se lanzó nada menos que a la toma de la villa de Aínsa. Hizo creer en un principio a sus habitantes que lo hacía en nombre de los diputados de Aragón, que no querían que el rey de España acabara con las libertades y los fueros del Reino. Pero pronto quedó al descubierto el embuste, provocando gran enfado tanto entre los diputados aragoneses como en los círculos reales, decididos a poner fin de una vez por todas a las acciones violentas de Lupercio y su cuadrilla. Se publicaron bandos y se puso precio a su cabeza. Pero en un rasgo de provocadora osadía, el bandolero bajó hasta Zuera y colgó pasquines en los que se ofrecía una recompensa por la cabeza del virrey.

Sin embargo, en esta ocasión, las autoridades estaban dispuestas a llegar hasta el final y emprendieron una persecución implacable sobre Lupercio y los suyos. Pese a todo, el de Latrás, en sucesivos alardes de valentía y astucia, conseguía escapar una y otra vez de sus perseguidores. Esta carrera llevó a unos tras los otros de Sangüesa a las Cinco Villas y, más tarde, a Almudévar, Grañén y Lanaja, hasta llegar a Candasnos, donde Lupercio, rodeado por completo, consiguió escapar "in extremis". Quedó diezmada la partida en la refriega y más de ochenta de los suyos fueron allí mismo ejecutados como escarmiento.

Se refugió entonces el de Latrás en la villa de Benabarre. Al ser detectada su presencia, mandó el gobernador un gran número de hombres que cercaron el castillo de la población ribagorzana. Aunque parecía imposible, Lupercio consiguió escapar de nuevo sobornando a algunos sitiadores. Desapareció un tiempo de la escena y anduvo errante por diferentes lugares. Otra vez aconsejado por su hermano, pasó a Francia y más tarde a Inglaterra. Fue nuevamente su protector Pedro quien, al parecer, convenció al rey para que conmutara la pena de su hermano y aprovechara su estancia en tierras británicas para volver a usarlo como espía. Es posible que en esta función Lupercio aún prestara alguna ayuda de utilidad a la corona. Quiso volver a España y lo hizo enrolado en un barco de piratas que pretendían robar en varias poblaciones de las costas del Cantábrico. Una fuerte tormenta provocó que la embarcación encallara cerca de Santander. Lupercio fue hecho prisionero, trasladado al alcázar de Segovia y ejecutado en secreto por orden del rey.

Terminaba así la vida de un personaje que habría de convertirse en leyenda -una canción popular chesa lo recuerda todavía en esas tierras-, y que es un exponente máximo de las revueltas y alteraciones que sacudieron al Reino de Aragón en la segunda mitad del siglo XVI.

NOTAS:
(1) "Lupercio Latrás, bandolero del rey", Vicente Ara Otín, Zaragoza, 2003.
(2) "Bardaxí". Severino Pallaruelo, Sabiñánigo, 1993. "Lupercio Latrás bandolero, su hermano Pedro caballero", J.A .Salas Auséns en "Historias de contrabando en el Pirineo aragonés". Varios autores, Pirineum Editorial, Jaca, 1998. Entre los libros de Historia de los últimos años, puede destacarse el capítulo "Rebeldes y bandoleros" en "Historia del Alto Aragón", Domingo Buesa Conde, Editorial Pirineo, Jaca, 2000.

(Artículo publicado el 23 de enero de 2005)

(Foto: Iglesia de Latrás y Castillo de Benabarre)

Carlos Bravo Suárez.

domingo, 22 de junio de 2008

LA ERMITA DE MIRALPEIX DE CAPELLA

A ocho kilómetros de Graus y a tres de Capella, a cuyo municipio pertenece, se encuentra, sobre un pequeño altiplano en la margen izquierda del río Isábena, la ermita de Miralpeix. Se llega a ella por la carretera A-1605 que lleva de Graus al Valle de Arán. Inmediatamente después de cruzar el llamado puente de Torrelabad, se toma una pista agrícola a la derecha en dirección a unas granjas que se divisan desde la carretera. Muy cerca de la explotación ganadera, y también visible desde la calzada, se halla esta pequeña y sencilla ermita de estilo románico, en medio de un campo de labor y cubierta cada vez más por una frondosa hiedra que parece querer envolverla por completo. También se puede acceder al lugar desde el vecino pueblo de Pociello, siguiendo la pista que lleva hasta el cementerio y continuando desde allí campo a través.

Sobre Capella, su magnífico puente medieval, su iglesia parroquial de San Martín y el bello retablo que alberga en su interior, ya he escrito en estas páginas en alguna otra ocasión. Muy cerca de la ermita de Miralpeix que hoy nos ocupa, se encuentra el pequeño pueblo de Pociello, con una iglesia románica también de tamaño reducido y formas sencillas. Siguiendo la carretera A-1606, y tomando otro desvío a la derecha, se halla Laguarres. En su cementerio, al otro lado de la carretera, se levanta la ermita de la Virgen del Llano, también románica y con un destacado ábside semicircular. Los dos pueblos  -Pociello y Laguarres-, situados como la ermita de Miralpeix en la cara norte de la Sierra del Castillo de Laguarres, o del Castell de Llaguarres en el habla local, pertenecen al municipio de Capella.

Por un desvío que arranca desde la izquierda del puente que atraviesa el Isábena, en sentido opuesto al camino que lleva a la ermita de Miralpeix, se llega al pequeño pueblo de Torrelabad. Otra carretera secundaria que arranca del mismo punto conduce a El Soler. Ambos pueblos, como el diseminado Güel, pertenecen, sin embargo, al municipio de Graus. En la entrada de El Soler se levanta la bonita ermita de San Marcos, románica y restaurada hace unos años por el famoso mosén José María Lemiñana, hasta no hace mucho cura párroco de Roda de Isábena y restaurador infatigable de numerosas iglesias y ermitas de la comarca.

Parece seguro que la ermita de Miralpeix formaba parte de un pequeño caserío o mas del mismo nombre. Tal vez algunos viejos edificios situados entre la ermita y las granjas próximas pertenecieran en su origen a la pequeña aldea. El apellido Miralpeix aparece entre los vecinos de Capella en la relación de los fogajes medievales de 1381, 1385 y 1549. En 1381, se cita a un Pere Miralpeix, que se incluye también en el fogaje de 1385 junto a su yerno y su hijo. En 1549, uno de los jurados de Capella que se entrevistaron con el futuro conde don Martín de Gurrea y Aragón en su visita a la localidad fue Joan de Miralpeix. Pere de Miralpeix aparece también como uno de los prohombres u hombres importantes de la villa presentes en ese encuentro. En el informe de esta visita condal, del que se conserva una copia en el monasterio de Montserrat en Barcelona y otra en la colección Salazar de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia en Madrid, aparece el apellido escrito como Mira el pex, separado en tres palabras. La de los Miralpeix sería sin duda una de las casas fuertes de la zona y sus propietarios tendrían gran influencia en Capella y en la comarca de la Ribagorza. El apellido aparece asimismo con frecuencia en Cataluña, ligado en ocasiones a algunas familias influyentes.

Sobre el topónimo hay que decir que la “x” final corresponde al sonido prepalatal fricativo sordo [s], inexistente en el castellano, pero muy presente en el aragonés y el catalán (ixo, buixo, caixa, etc). Transcribo las primeras líneas que Chesús Vázquez dedica a Miralpeix en su interesante librito “Toponimia ribagorzana. Municipio de Capella” (Editorial Milenio, Lérida, 2003): “Nombre de una masía y del terreno circundante, situada junto al río. Es un topónimo compuesto, formado con el verbo mirar y el sustantivo ribagorzano peix (pez). Parece que los lugares así llamados (abundantes en la toponimia de regiones vecinas), se encuentran casi siempre junto a una zona del río en la que hay bastantes peces, y el verbo ha tomado el sentido de estar encarado hacia”.

El topónimo Miralpeix aparece ciertamente en varios lugares de Cataluña, siendo tal vez el más conocido el denominado los Colls y Miralpeix, en Sitges, donde antes hubo un castillo y hoy hay una ermita. En la provincia de Lérida, en el municipio de Tiurana, existe asimismo un pequeño pueblo llamado Miralpeix. Aparece también este nombre en otro lugar aragonés. Se trata del monumento funerario romano conocido como el mausoleo de Miralpeix, que actualmente se levanta en Caspe, adonde fue trasladado desde su antigua ubicación, sumergida hoy bajo las aguas del pantano de Mequinenza. Aguas arriba del río Isabena, en Serraduy, a unos veinte kilómetros de la ermita de Miralpeix de Capella, se encuentra, muy próxima al río y haciendo honor al significado del topónimo, la Casa “El Peix”, conocido y afamado restaurante de la comarca de Ribagorza.

En 1586, la aldea o casa de Miralpeix aparece documentada como un ente autónomo, aunque parece probable que siempre dependiera directamente de Capella. Según se cita en documentos medievales, a esta población pertenecían las aldeas o masías de Casa Chorchi, L’Heréu, Estorianz, La Bruballa, La Buixeda, La Serranía, La Sierra, Miralpeix y San Chenís. Algunas de estas casas siguen existiendo en la actualidad y varias de ellas están todavía habitadas. Estorianz y La Buixeda, también en la margen izquierda del río Isábena, conservan sendas ermitas junto al caserío vivienda. Son muchos los mases y casas de la zona que tenían su propia ermita u oratorio, uniendo a la autosuficiencia económica la religiosa.

La ermita de Miralpeix es de dimensiones reducidas, de gran simplicidad y con casi total carencia de ornamentación. Se encuentra abandonada desde hace tiempo y se levanta en la actualidad, como hemos dicho, en medio de un extenso campo de labor. Estuvo en tiempos dedicada a la Transfiguración del Señor, cuya festividad se celebra el seis de agosto; aunque en documentos más antiguos aparece bajo la advocación de San Salvador.

El edificio es de una sola nave, rectangular, casi trapezoidal, con un ábside románico preceptivamente orientado al este. La parte peor conservada de la ermita es la techumbre; a dos vertientes y de losas, aunque muchas de ellas se desprendieron hace tiempo. Su ausencia da a la construcción un aspecto algo incompleto en la actualidad. Una frondosa hiedra, a la manera de un verde penacho sobre la mitad del edificio, parece querer sustituir hoy al viejo tejado caído. La nave es de bóveda de cañón y el ábside de cuarto de esfera. Las paredes son de sillares pequeños e irregulares. La parte mejor construida es el ábside y los arcos de la bóveda, algunos de los cuales están hechos con piedra tosca para aligerar el peso de la cubierta.

No puede apreciarse bien el pavimento de la ermita por estar actualmente cubierto de tierra, aunque autores que la vieron antes indican en sus escritos que era de losas; la parte del ábside se halla ligeramente elevada sobre el resto de la nave, pero no hay restos de ningún altar en ese espacio.

La puerta de la ermita se abre a poniente, opuesta al ábside. Está construida con grandes dovelas que forman un arco de medio punto. Esta puerta es posterior al resto de la ermita, consecuencia de una reforma más moderna. La puerta original sería más humilde, en consonancia con la sencillez y simple rusticidad de todo el conjunto. Delante de esta entrada actual aún puede adivinarse un pequeño escalón de acceso, aunque prácticamente esté hoy enterrado y oculto.

La ermita presenta tres únicas ventanas, muy pequeñas y sencillas. La más grande, con doble hendidura, se halla sobre la puerta de entrada. Las otras dos, una en el centro del ábside, frente a la puerta, y la otra en el muro meridional, son muy reducidas, en forma de aspillera, con la hendidura abierta hacia el interior.

La nave interior sólo contiene los huecos de dos armarios para guardar objetos litúrgicos. Uno pequeño en la pared meridional y otro más grande y más moderno en la septentrional. No hay ningún otro tipo de ornamentación en la ermita.

Salvo la fachada principal y la puerta, que son claramente posteriores, el resto del edificio fue construido en la misma época. Los pocos autores que han escrito sobre ella datan su construcción, como mínimo, en la primera mitad del siglo XII, aunque otros creen más probable que fuera levantada durante la segunda mitad de esa misma centuria.

El pequeño edificio se encuentra hoy pese a su abandono en un estado de conservación bastante aceptable, pero la ausencia de losas en su cubierta podría acelerar lamentablemente su deterioro. Creo que no sería ni costoso ni difícil evitarlo en parte reparando cuanto antes su desprotegida techumbre.

La ermita de Miralpeix de Capella es un ejemplo más, de los muchos que hay en la comarca de la Ribagorza, de una pequeña construcción religiosa perteneciente a un románico popular y sencillo, muy en consonancia con la austeridad que ha presidido estas tierras a lo largo de buena parte de su larga y dilatada historia.

Carlos Bravo Suárez
(Todas las fotos son de la ermita de Miralpeix)
(Después de escribir y publicar este artículo en el Diario del Alto Aragón, he comprobado que el acceso a la ermita desde el puente de Torrelabad se puede hacer de manera más fácil. A escasos trescientos metros de la pista que sale del final del puente en dirección a la granja que se cita en el artículo, se ha abierto una nueva pista a mano izquierda que nos lleva en pocos minutos al campo de labor en que se encuentra la ermita)

domingo, 8 de junio de 2008

BREVES NOTAS SOBRE PUERTOS, HOSPITALES Y REFUGIOS DEL VALLE DE BENASQUE


                           Ruinas de la ermita románica del antiguo hospital de Gorgutes 

                         Ruinas del hospital de Benasque sepultado por un alud en 1826.

                                                      La desaparecida Casa Cabellud

                                                        La desaparecida Casa Cabellud
                                                  La desaparecida Casa Cabellud                                             Hospital de Benasque antes de su reforma

                    Hospital de Benasque antes de su reforma. Foto de Maurice Gourdon de 1875

                                                             La Renclusa en 1919

                                          Refugio de Estós en su inauguración en 1949

                                                     Refugio de Estós antes de su incendio


Las relaciones entre España y Francia a través de los valles de Benasque y Luchon se han producido de forma más o menos fluida desde tiempos muy antiguos. Por los pasos fronterizos que separan ambos valles han transitado a lo largo de los siglos peregrinos, montañeros, contrabandistas, mulateros, exiliados, comerciantes, refugiados, emigrantes, maquis y viajeros de todo tipo y condición.

Para conocer con detalle cómo han sido estas relaciones transfronterizas en la historia, es muy recomendable visitar la magnífica exposición permanente que se ubica en los sótanos del Hospital de Benasque, convertido hoy en un moderno hotel de montaña. En las vitrinas de dicha exposición -que es posible recorrer virtualmente en Internet en la página web de Los Llanos del Hospital- pueden conocerse, con abundancia de ilustraciones, algunos aspectos del pasado histórico de las localidades de Luchon y Benasque. También se describen los diversos pasos fronterizos y hospitales que han servido para facilitar a lo largo del tiempo la conexión entre ambas poblaciones pirenaicas.

Es asimismo recomendable la lectura del folleto "Hospital, Hospitalidad y Hospedaje. Historia del Hospital de Benasque", disponible en versión PDF en la citada página web. Fue escrito por Vicente Juste Moles, cronista benasqués fallecido hace unos años y autor de una magnífica "Aproximación a la historia de Benasque", en la que se puede encontrar más información sobre el tema que nos ocupa en este artículo.

Cuatro han sido los pasos fronterizos utilizados históricamente en el alto valle de Benasque. El Puerto Viejo o Paso de los Caballos, al parecer usado ya por los romanos, fue el más antiguo. En la Edad Media, el más transitado fue el Puerto de la Glera o de Gorgutes. Posteriormente, el protagonismo pasó al llamado Puerto Nuevo, también denominado Portillón o Puerto de Benasque. Algo más al este, y ya acondicionado desde el siglo XIV, se encuentra el Puerto de la Picada, que conecta el valle de Benasque con el vecino valle de Arán a través de Artiga de Lin, por lo que es también conocido como Puerto de los Araneses. Desde él se puede acceder al Hospital de Bagnères de Luchon por el llamado paso de la Escaleta.

Sabemos que el Puerto de la Glera fue acondicionado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el siglo XII, y que ellos mismos construyeron o se hicieron cargo de los dos hospitales que acogían a los viajeros a ambos lados de la frontera. La palabra hospital tenía entonces un significado diferente del que tiene en nuestros días. Los hospitales no sólo servían para acoger a enfermos sino, sobre todo, a los peregrinos y viajeros de todo tipo que se atrevían a cruzar los duros puertos pirenaicos. Con ellos, las órdenes religiosas encargadas de su custodia ponían en práctica la virtud de la hospitalidad a la que estaban obligados. Del viejo hospital medieval español del Puerto de la Glera sólo han quedado algunas ruinas. Las excavaciones realizadas recientemente han permitido sacar a la luz los restos de una antigua capilla románica construida junto al albergue. En el año 1200 está documentado el Hospital de Saint Jean de Joeu, equivalente francés del hospital español ubicado al otro lado de la frontera. En el lugar donde se hallaba antiguamente, existe hoy un edificio que la Universidad de Toulouse utiliza como laboratorio.

Por motivos que desconocemos -tal vez fuera destruido por un alud-, el viejo hospital benasqués de Gorgutes o de la Glera fue abandonado y sustituido por otro al que se llamó Hospital Nuevo en contraposición al anterior. Este nuevo hospital, ya propiedad del Ayuntamiento de Benasque que lo ponía en régimen de arriendo, sería construido a finales del siglo XVI y estaría al servicio del también nuevo y cada vez más transitado paso fronterizo que se había abierto entre los picos Salvaguardia y de la Mina. Las ruinas de la planta rectangular de este edificio pueden verse en la actualidad en un extremo del llano del Hospital, casi al pie de la ladera que queda a la derecha del curso descendente del río Ésera. En esa misma época fue construido el llamado Hospice de France, situado al otro lado de la frontera, a unos once kilómetros de la villa de Bagnères de Luchon.

Sabemos que el nuevo hospital de Benasque fue destruido por un devastador alud el día de Reyes del año 1826. En el terrible suceso murieron cinco mujeres: la esposa y las tres hijas del hospitalero y una criada que trabajaba en el lugar. El hospitalero pudo salvarse porque en el momento de la tragedia se hallaba fuera del edificio. Este trágico suceso obligó a construir un nuevo hospital, que ya estaba terminado en 1840, en una ubicación más protegida que el anterior. Se trata ya del hospital actual que, tras abandonos, ampliaciones y distintas peripecias, es desde hace unos años un moderno hotel de montaña, punto de partida de un circuito invernal de esquí de fondo. La primera foto conocida de este edificio fue realizada en 1875 por el gran pirineísta francés Maurice Gourdon.

En el lado español, a pocos metros del paso del Portillón y en su confluencia con el camino de la Picada, existió en la segunda mitad del siglo XIX y hasta los años treinta del pasado siglo XX un pequeño refugio albergue conocido como Casa Cabellud. Estuvo regentado por Francisco Cabellud, bodeguero y comerciante de Benasque que quiso aprovechar económicamente el auge del pirineísmo y el creciente tránsito de viajeros por el Puerto de Benasque. Se conservan algunas fotos de la casa, de la que aún quedan algunas ruinas, y al menos una del propio Cabellud, un hombre alto y encorvado, tuerto, de nariz aguileña y larga barba blanca. Al parecer tenía un gran sentido comercial. Tal vez algo excesivo, pues en aquellos tiempos llegaba a cobrar una peseta a cada montañero que ascendía al pico Salvaguardia, que algunos llamaban Tuca Cabellud, aduciendo que el dinero recaudado era para acondicionar el camino de subida a la cumbre y que disponía de autorización real para efectuar dicho cobro. La Casa Cabellud fue lugar de parada de muchos pirineístas franceses en su paso por la frontera. Con algunos de ellos su propietario mantuvo buenas relaciones de amistad. Sobre todo con Henri Russell, de quien se conserva una postal que el excéntrico conde franco-irlandés envió al avispado comerciante ribagorzano en 1903.

Una de las causas del ocaso de la Casa Cabellud fue la construcción del nuevo refugio de la Renclusa. La Renclusa empezó siendo una pequeña cabaña de pastores que fue ampliándose para hacer cada vez más funciones de refugio de montañeros. La construcción de un gran refugio que sirviera de punto de partida a las ascensiones al Aneto y a los Montes Malditos fue impulsada sobre todo por Juli Soler i Santaló, ilustre pirineísta, pionero de la fotografía de montaña y presidente del Centro Excursionista de Cataluña. Tras superar múltiples trabas burocráticas y continuos retrasos, las obras del nuevo refugio quedaron terminadas en 1914. Soler murió de penosa enfermedad poco antes de la inauguración del edificio, que quedó finalmente fijada para el 5 de agosto de 1915. Una semana antes, un terrible suceso obligó a retrasar el acto inaugural. El 27 de julio, el prestigioso guía benasqués y encargado de administrar la nueva Renclusa, José Sayó, murió fulminado por un rayo en el Paso de Mahoma junto a uno de los dos clientes alemanes a los que acababa de acompañar hasta la cima del Aneto. El otro viajero teutón y el cura montañero catalán mosén Jaume Oliveras, que iban unos metros por delante de los fallecidos, lograron salvar sus vidas. El suceso conmocionó a todo el valle de Benasque porque José Sayó, "Pepe el de Llausia", era una persona muy conocida y apreciada en la villa ribagorzana y sus alrededores y por todos los aficionados a la montaña. Finalmente, La Renclusa fue inaugurada sin celebraciones festivas a finales de 1916. Fue nombrado administrador del nuevo edificio el yerno de Sayó, Antonio Abadías, que regentó el lugar ininterrumpidamente durante casi cincuenta años. Abadías continuó de manera destacada el trabajo de guía de montaña que había ejercido su suegro, y por sus numerosas ascensiones a la máxima cima pirenaica fue conocido como "El león del Aneto". El pasado año 2006 se terminó la ampliación del emblemático refugio montañero, gestionado en la actualidad por el Ayuntamiento de Benasque, el Centro Excursionista de Cataluña y la Federación Aragonesa de Montañismo.

Otro refugio ubicado en el término de Benasque es el de Estós, situado casi al final del hermoso valle de ese nombre. En su origen fue también una cabaña de pastores que los lugareños conocían como El Cantal, denominación que todavía hoy se utiliza. La idea de construir allí un gran refugio para montañeros y excursionistas fue impulsada en este caso por la Federación Española de Montaña. Tras superar también numerosos retrasos por las continuas trabas administrativas, el nuevo edificio fue inaugurado a finales de julio de 1949, en una celebración que duró una semana y que llegó a reunir a más de doscientas personas. Un incendio, probablemente intencionado, destruyó el refugio el 4 de octubre de 1979. En 1983 se iniciaron las obras de construcción del nuevo albergue montañero, más grande y moderno que el destruido por las llamas. El 15 de noviembre de 1987 terminaron las obras del edificio actual, que el pasado año cumplió por tanto dos décadas de existencia.

Sirva este modesto resumen, escrito con intenciones didácticas y divulgativas, para conocer mejor algunos aspectos históricos del valle de Benasque, uno de los lugares más hermosos y atractivos de nuestros montes Pirineos.

Carlos Bravo Suárez


(Fotos: Ruinas de la ermita románica del antiguo hospital de Gorgutes, ruinas del hospital sepultado por un alud en 1826, tres imágenes de la desaparecida Casa Cabellud, dos del Hospital de Benasque antes de su reforma -la segunda es una foto de Maurice Gourdon de 1875-, una de La Renclusa en 1919 y las dos últimas del antiguo refugio de Estós antes de quemarse -la primera, de la inauguración del refugio en 1949-).

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 8 de junio de 2008.

domingo, 4 de mayo de 2008

EL FLANCO ORIENTAL DE LA BOLSA DE BIELSA


Se cumplen ahora setenta años de la llamada Bolsa de Bielsa, uno de los episodios más destacados de la pasada Guerra Civil. En la primavera de 1938, unos siete mil hombres de la 43 División del ejército republicano, amparados en la accidentada geografía pirenaica, resistieron durante algo más de dos meses los ataques del ejército rebelde, muy superior en número de efectivos y en material de guerra utilizado.

Este episodio bélico ha despertado un considerable interés en los últimos años. Se han hecho exposiciones, se han filmado vídeos y hasta se ha organizado alguna travesía andando por el Puerto Viejo de Bielsa, rememorando el desesperado éxodo que llevó a civiles y combatientes derrotados hasta el otro lado de la frontera. Entre los libros que tratan el tema destaca “La Bolsa de Bielsa: el heroico final de la República en Aragón”, editado en 2005 por la Diputación Provincial de Huesca, con abundancia de fotografías procedentes del Museo de Bielsa y un completo texto histórico de Antonio Gascón Ricao. Además de una detallada información sobre las operaciones militares, el texto se enriquece con fragmentos de los diarios de dos contendientes en la lucha, uno de cada bando. Las observaciones del republicano Enrique Satué Buisán y del alférez franquista Ramiro Sobregrau aportan una visión cotidiana y doméstica, muy a ras de suelo, o de trinchera, del conflicto.

El 9 de marzo de 1938 el ejército franquista lanzó una fuerte ofensiva que logró romper el frente de Aragón. En la provincia de Huesca el avance hacia el este fue rápido e imparable. El día 28 de ese mes cayó la estratégica ciudad de Barbastro y el día 31 las fuerzas rebeldes tomaron Graus y Benabarre. Aínsa cayó el 5 de abril y, aunque el día 2 ya habían llegado al pueblo algunas patrullas nacionales, la localidad ribagorzana de Campo, junto al río Ésera, fue definitivamente ocupada el 11 abril. Benasque, al final del valle de este río y junto a la frontera francesa, fue conquistada el día 14, con lo que las fuerzas franquistas pasaron a controlar por completo la carretera que va desde Graus hasta esta localidad. De esta manera la 43 División republicana, al mando de Antonio Beltrán “El Esquinazau”, quedó desconectada del Ejército del Este que operaba en Cataluña y se cerró el flanco oriental de la Bolsa de Bielsa. Cuando el día 15 de ese mismo abril el gobierno francés cerró la frontera amparándose en el tratado de no intervención, el aislamiento de las fuerzas republicanas fue completo.

Más o menos, la línea oriental de la Bolsa quedó establecida de sur a norte en la Peña Montañesa y la sierra Ferrera, el collado de Cullivert -entre Viu y Laspuña-, Cotiella, la peña de las Once, el collado de Coronas o Barbaruens, el puerto de Sahún y las altas montañas situadas al noroeste de Benasque. Desde el 3 de abril, el collado de Coronas y el puerto de Sahún, los dos principales lugares estratégicos del flanco, situados entre las comarcas de Ribagorza y Sobrarbe, quedaron a cargo de dos batallones de la 102 Brigada Mixta, con un tercer batallón en la reserva situado en San Juan de Plan. Los republicanos, aunque mal armados y equipados, disponían de la ventaja de tener sus posiciones defensivas en las zonas más elevadas de la línea montañosa.

A principios de mayo, tras avanzar por la carretera de Aínsa a Campo, fuerzas de la 3ª de Navarra del ejército franquista tomaron posiciones defensivas en el valle del Ésera, entre Campo y Benasque, relevando a las unidades de la 62 División. Los rebeldes no pensaban encontrar tanta resistencia en el enemigo y se preparaban para un asedio más largo del esperado.

El mes de mayo se inició con lluvia, frío y nieve, y así continuó hasta el final de la Bolsa. Estas notas que el soldado Satué escribió en su diario son elocuentes sobre la verdadera situación de las fuerzas republicanas: “Como dotación única de utensilio y menaje recuerdo que el tres de mayo pasado me habían dado de calzado, en la compañía, en el sector de Laspuña, unas alpargatas de las típicas hechas en el valle de Bielsa, por carecer de botas para los milicianos en el mentado asedio, queridos lectores, con un par de alpargatas dos meses, por trincheras llenas de agua y de barro, andando constantemente, lloviendo, nevando, con barro hasta la rodilla, y teníamos que resistir con ellas o sin ellas”.

El día 15 de mayo, domingo, llegaron a Bielsa, casi por sorpresa, Juan Negrín, Presidente del Gobierno de la República, y Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor del Ejército. Procedentes de Tarbes, habían cruzado la frontera por el Col de la Gela y el puerto de Barrosa. El motivo aparente de su presencia en la zona de conflicto era su deseo de condecorar personalmente a los más destacados resistentes de la Bolsa. Sin embargo, otra intención más oculta se escondía tras la inesperada visita.

Los mandos republicanos preparaban una inminente ofensiva del Ejercito del Este que desde la zona de Balaguer permitiera recuperar los valles del Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana, en poder de los franquistas desde principios de abril. En las cuencas de esos ríos se hallan algunas centrales hidroeléctricas fundamentales para el abastecimiento de las industrias de guerra catalanas. La 43 División tenía también un papel asignado en dicha ofensiva. Debía romper el cerco franquista en dos direcciones. Hacia el este, tomando la carretera de Graus a Benasque y colocando entre dos fuegos a las fuerzas franquistas atacadas desde Cataluña, y hacia el suroeste, estableciendo un nuevo frente en el Cinca. Si no se conseguía alcanzar este río, el objetivo prioritario era establecer una larga línea que uniera los avances de la 43 División (Aínsa - Arro - Foradada - Campo - Graus) con los del Ejército del Este (Balaguer - Alfarrás - Tamarite de Litera - Purroy de la Solana - Benabarre).

Antonio Beltrán, escaso de efectivos y munición y con la moral de algunos de sus subordinados no demasiado alta, renuncia a parte del ambicioso plan y decide que va a centrar sus primeros esfuerzos en controlar la carretera que va de Benasque a Campo, descendiendo desde sus posiciones en el puerto de Sahún. Tras conquistar Campo, una fuerte columna deberá dirigirse a Fuendecampo y Arro y tomar Aínsa. Una vez consolidada esta posición, desde Aínsa se lanzarían dos columnas que se abrirían respectivamente hacía El Grado y Graus, donde se esperaba contactar con las otras fuerzas republicanas en avance.

Relacionado con este ambicioso plan de ataque está el intento de construir un aeropuerto en Pineta. El aterrizaje forzoso de una avioneta en el lugar ha hecho concebir esperanzas sobre la posibilidad de construir allí una pista que permita la llegada y el despegue de los aviones. Para ello es necesario drenar con tierra un pequeño embalse y realizar los trabajos durante la noche para no ser descubiertos por el enemigo.

Las fuerzas cercadas no disponen de apoyo aéreo y el único lugar por el que podían recibirlo, el pequeño aeródromo de Belsierre, ha sido destruido por los bombardeos de los rebeldes. Los aviones franquistas, muchos de ellos cazas alemanes e italianos que despegan del aeropuerto de Castejón del Puente, bombardean con creciente insistencia y sin oposición ni réplica las posiciones republicanas. Para que la planeada reacción de los gubernamentales pueda prosperar es fundamental intentar reducir el enorme desequilibrio aéreo que existe entre ambos bandos. Sin embargo, las adversas condiciones climáticas de esos días harán avanzar muy lentamente las obras del aeropuerto de Pineta, que en ningún momento del conflicto llegará a estar operativo.

En los últimos días de mayo, la ofensiva del Ejército Republicano del Este en el Segre sólo produce tímidos avances en dirección a Tremp. El día 1 de junio la operación emprendida puede considerarse un absoluto fracaso. Por otro lado, los intentos de la 43 División de tomar la carretera de Campo a Benasque no han pasado de algunos infructuosos tiroteos. Los bombardeos de la aviación rebelde se han intensificado y el mando franquista está completamente decidido a liquidar por la vía rápida la resistencia de la Bolsa. La ruptura de sus defensas se producirá principalmente por su flanco oriental.

Liquidado el intento de reacción republicana en el este, los franquistas envían desde Lérida nuevas fuerza de refresco al Pirineo oscense, entre ellas dos banderas del Tercio y dos tabores de Regulares con los temidos “moros”. Los rebeldes pasan a tener unos catorce mil hombres en el cerco de la Bolsa, prácticamente el doble que los asediados.

En el flanco oriental, el día 6 de junio los franquistas toman algunas posiciones en las proximidades del collado de Cullivert. Los días 7 y 8 la aviación rebelde efectúa constantes bombardeos, principalmente sobre las poblaciones de Plan, San Juan de Plan y Gistaín. El día 8 los republicanos intentan tomar la iniciativa en el puerto de Sahún, pero cuando una avanzadilla se mueve con sigilo para sorprender al enemigo es obligada a retroceder por disparos procedentes de sus propias filas. El tremendo error alerta al enemigo y muestra la falta de coordinación en las filas republicanas.

Entre los días 9 y 10 de junio, los franquistas, desde el valle de Benasque y con fuerte apoyo de la artillería y la aviación, logran tomar el puerto de Sahún y el collado de Coronas, abriendo así definitivamente el flanco oriental de la Bolsa. Antonio Beltrán, en sus recuerdos manuscritos “Acciones defensivas de la 43 División en el Pirineo aragonés”, culpa a Hernández de la Mano, jefe de la 102 Brigada, de haber abandonado sus posiciones en los lugares citados y huir con sus hombres primero al puerto de Gistaín y después a Francia. Independientemente de lo que pueda haber de verdad en esas afirmaciones, no hay que olvidar que Beltrán y Hernández eran comunista y socialista respectivamente y que, en algunos momentos puntuales, en la 43 División, mayoritariamente comunista, parecen aflorar las desconfianzas entre mandos de diferentes tendencias políticas. Sea como fuere la suerte de las fuerzas republicanas estaba echada y la derrota definitiva era ya inevitable.

Aunque el 11 de junio algunos efectivos de la 72 Brigada todavía causan algunas víctimas a las fuerzas enemigas en una emboscada en el camino que lleva de Seira a Barbaruens, los franquistas toman ese mismo día las poblaciones de Plan, San Juan de Plan y Gistaín. El día 12 son liquidados los últimos focos de resistencia en la Peña Montañesa y el collado de Cullivert. En la madrugada del día 16 de junio de 1938, el último soldado republicano atraviesa la frontera con Francia. La resistencia de la Bolsa de Bielsa había terminado.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes: Panorámica actual de Bielsa, placa conmemorativa y monolito en el Puerto Viejo de Bielsa junto a la frontera francesa, foto de la evacuación civil en 1938 y sello dedicado a la 43 división republicana.)

Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón)