domingo, 28 de septiembre de 2008

RIBAGORZANOS EN GUINEA

He leído recientemente el libro “Guinea en patués”, de José Manuel Brunet, José Luis Cosculluela y José María Mur. Estos tres ribagorzanos -de Villanova, Morillo de Liena y Benasque, respectivamente- han realizado un magnífico trabajo de investigación sobre un fenómeno histórico y sociológico que hasta ahora nadie había estudiado en profundidad: la emigración a Guinea Ecuatorial de un importante número de personas del valle de Benasque durante buena parte del pasado siglo XX. La presencia española, y por tanto la ribagorzana, se redujo considerablemente en Guinea a partir de 1968, año en que el país africano se independizó de España, y disminuyó todavía más tras el golpe militar de Teodoro Obiang y la ejecución de Macias en 1979.

Se trata de un atractivo libro en formato grande y tapa dura, con abundancia de fotografías, escrito en patués -lengua del valle de Benasque- y castellano, y con el complemento de un espléndido vídeo documental. El trabajo de documentación y elaboración llevado a cabo por los autores es digno de alabanza, y sobresaliente el producto cultural resultante. De la obra en su conjunto puede decirse algo que no puede repetirse con frecuencia: es un trabajo bien hecho.

Sobre el origen de la sorprendente emigración desde las montañas del Pirineo a las selvas tropicales de la Guinea Ecuatorial se dan dos explicaciones que vienen a ser la misma: una legendaria y otra histórica. Dice la leyenda que Mariano Mora, de casa Castán de Chía, rompió un día el arado cuando labraba con sus bueyes el llamado Campo Largo. Enfadado por el infortunio, marchó furioso a su casa, puso cuatro cosas en un hatillo y corrió congostos abajo hasta llegar a Barcelona y… a Guinea. En realidad, y según se deduce del texto y del documental citados, Mariano había estudiado con los claretianos en Barbastro, pero había vuelto al pueblo sin haber terminado sus estudios religiosos. Ante la falta de perspectivas en su valle, decidió emigrar a Barcelona. Allí fueron los propios claretianos quienes le animaron a embarcarse con algunos de ellos hacía Guinea, colonia española donde podría probar fortuna. Una vez allí, se asoció con un canario apellidado Pérez y juntos formaron una empresa dedicada al cultivo y la exportación de cacao. Las cosas fueron bien y a su reclamo llegaron a Guinea desde Chía varios familiares de Mariano. Constituyeron la avanzadilla de una prolongada emigración que llevó a la colonia africana a numerosos ribagorzanos a lo largo del pasado siglo.

Para entender este fenómeno migratorio hay que situarse en el contexto histórico de la época. Hasta hace cuatro días, España ha sido un país de emigrantes. La pobreza y la falta de perspectivas para la mayor parte de la población obligaban a buscar fortuna en cualquier lugar donde hubiera posibilidades de trabajar y ganar dinero. En los altos valles pirenaicos la vida era especialmente dura y difícil. Como se dice en el libro, del valle de Benasque sólo se podía escapar de dos maneras: cruzando el puerto para pasar a Francia o atravesando los congostos para ir a España, es decir, a las pocas ciudades españolas donde era posible encontrar trabajo e iniciar una nueva vida. Los más osados se embarcaban hacia America, tierra de oportunidades, aunque desde finales del XIX ya no hubiera allí colonias españolas. Otros, como los ribagorzanos a los que aquí nos referimos, cruzaron el charco en dirección a África, donde existían algunas colonias dependientes de España. Una de ellas era la isla de Fernando Poo, en la Guinea Ecuatorial.

Según la completa documentación onomástica que aparece al final del libro, más de ciento veinte personas -de quienes se citan nombre, apellidos, casa y lugar de procedencia- fueron desde el valle de Benasque a Guinea, por más o menos tiempo y en uno u otro momento. La mayor parte de ellas era de Chía (52 personas). Pero también de otros pueblos de la comarca: Bisaurri (15), Benasque (9), Gabás (6), Barbaruens (5), Liri (5), Campo (5), Sahún (4), Castejón (3), Seira (3), Urmella (3), Cerler (2), Sesué (2), Piedrafita (2), Laspaules (2), Eriste (2), Suils (2), Villanova (1), San Martín de Veri (1), Arasán (1), Ramastué (1), Erisué (1) y Villarué (1).

Guinea Ecuatorial tiene una parte continental y otra insular. El territorio del continente era conocido como Río Muni y su capital era Bata. La más importante de las islas, a la que fueron inicialmente los montañeses emigrados desde el Alto Aragón, era Fernando Poo, que tras la independencia pasó a llamarse Bioko. Los primeros europeos que llegaron allí fueron los portugueses: los marineros Fernando do Poo, de quien la isla tomó el nombre, y Lope Gonzales. Desde 1778, por el Tratado de El Pardo, pasó a pertenecer a España, que la utilizó para el comercio de esclavos hacia Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. También la usaron los ingleses que intentaron comprarla a España y fundaron la ciudad de Clerence, que los españoles rebautizaron como Santa Isabel y hoy es Malabo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX se incrementó la presencia militar, religiosa y comercial española, y se favoreció el establecimiento en la colonia de personas procedentes de España. El primer producto importante fue el aceite de palma, pero desde finales del XIX el motor de la economía de la isla fue el cacao. Se crearon grandes plantaciones que producían un cacao de gran calidad. A ese cultivo se dedicaron los primeros ribagorzanos que llegaron allí desde Chía.

Tras Mariano Mora, se embarcaron sus sobrinos Joaquín y Jesús Mallo, de casa Presín. Poco después arribaron a la isla los hermanos José y Joaquín Mora Güerri, de casa Cornel. Ambas casas, como la casa Castán de Mariano, eran de Chía y estaban emparentadas entre sí. Fueron las que dominaron fundamentalmente el negocio del cacao en la isla. Aunque Mariano Mora se casó con Antoñita Llorens, perteneciente a una rica familia catalana, murió sin descendencia y fue el apellido Mallo el que acabaría poniéndose al frente del negocio. Joaquín Mallo fue alcalde de Santa Isabel y se dedicó más tarde a la política en España. Fue diputado por el Partido Radical entre 1931 y 1939 y se preocupó mucho por realizar mejoras en el valle del que procedía. A él se deben la construcción de la carretera a Chía, el puente de Castejón y la carretera a Bisaurri. La familia Mallo construyó también una magnífica mansión en Santa Isabel. La casa Mallo es todavía hoy uno de los edificios principales de Malabo.

Los africanos trabajaban como braceros en las plantaciones de cacao bajo el mando y la supervisión de los propietarios españoles. Los nativos guineanos eran poco dados al trabajo en las plantaciones. Con lo que les daba una naturaleza pródiga y con poco esfuerzo tenían suficiente para vivir. Por eso, se contrataron braceros de otros países, sobre todo nigerianos. Estos llegaban a la isla en cayucos. Y tal como hoy ocurre en nuestras costas seguro que algunos perecían en el intento, aunque la emigración de braceros estaba al parecer bastante bien organizada mediante contratos de trabajo previos.

La empresa Mora-Mallo era propietaria de algunas de las principales fincas de la isla. La más importante de todas ellas era la finca Sampaka, que tenía unas mil hectáreas y más de quinientos trabajadores. Aunque tras la independencia pasó a manos del gobierno guineano, la casa Mallo volvió a comprarla y en la actualidad es la única que mantiene una cierta producción de cacao en el país.

A través del libro y del magnífico documental que le acompaña se hace referencia a muchos otros aspectos de esta emigración: las condiciones del viaje hasta la isla (más de cinco mil kilómetros en barco con mareo casi asegurado), los horarios laborales (de seis a seis), las relaciones con los nativos (los bubis), las enfermedades y la vacunación, la comida (sorprendente la carne de boa), la lengua (el pichinglis), el clima (una estación seca y otra lluviosa), la sexualidad (“el amor libre”), el deseo de ahorrar para volver y casarse en España, el temor y los problemas con la independencia guineana, las inversiones y la vida tras el regreso, etc.

La independencia de Guinea y el acoso al que algunos españoles se vieron sometidos entonces hicieron que muchos precipitaran su vuelta a nuestro país. Tanto con Macias como con Obiang -crueles dictadores y gobernantes corruptos- las relaciones con España han sido difíciles y tormentosas. La presencia española en la isla se ha reducido casi por completo y los ingresos por el cacao han sido sustituidos por los del petróleo, controlado en su mayor parte por empresas estadounidenses. Sin embargo, la mayoría de la población no participa de los grandes beneficios del oro negro y su pobreza ha aumentado en los últimos tiempos.

Hay que decir que los procedentes del valle de Benasque no fueron los únicos ribagorzanos que marcharon a Guinea. En la segunda mitad del siglo pasado estuvieron en la colonia africana -en Fernando Poo y en Río Muni- muchas personas de Graus y, en menor medida, de algunos pueblos vecinos. Esta emigración apenas se cita en el libro que aquí comentamos porque no constituye el objeto de su estudio. Aunque se crearon otras empresas como la maderera Ferreiro, cuyo titular procede de Graus y aún permanece activa en la excolonia, la mayoría de los grausinos que fueron a Guinea lo hicieron para trabajar en la sociedad Escuder y Galiana, que se dedicaba a la construcción. Esta empresa se mantuvo en el país africano tras su independencia, durante la dictadura de Macías. Era una de las empresas españolas que quedaron en Guinea y llegó a tener un considerable poder, constituyendo, junto a algunas otras, un verdadero lobby o grupo de presión con gran influencia en el gobierno guineano y en la embajada de España. Pedro Escuder reclutó a bastantes personas en Graus y pueblos próximos que durante temporadas más o menos largas trabajaban para su empresa en el país africano. Sobre las actividades, al parecer no siempre demasiado claras, de algunas empresas españolas en Guinea, hay varias referencias, entre otras, en el libro “El laberinto guineano”, de Emiliano Buale Borikó (IEPALA, 1989) y en “Historia de Guinea” (http://www.asodegue.org/hdojmc09.htm).

No hay espacio en este artículo para extenderse sobre la emigración de grausinos a Guinea, aunque este episodio tal vez merecería un estudio como el que de manera notable han realizado Brunet, Cosculluela y Mur sobre la procedente del valle de Benasque que aquí hemos reseñado.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 27 de septiembre de 2008)
(Fotos: Portada e imagen del libro comentado y foto de la Casa Castán de Chía)

EL PAÍS DE GARCÍA

Dentro de la colección Larumbe de Clásicos Aragoneses ha sido reeditada recientemente la novela "El país de García", del escritor oscense José Vicente Torrente Secorún (1). El libro, que vio la luz por vez primera en 1972 en la prestigiosa colección Ancora y Delfín de la editorial Destino, había caído en un lamentable e inmerecido olvido (muy propio de una tierra poco pródiga en el reconocimiento de sus propios talentos y donde ser profeta sea posiblemente más difícil que en cualquier otro lugar) del que ahora la encomiable labor de Larumbe pretende rescatarlo. Esta nueva edición ha corrido a cargo del profesor de Literatura Javier Barrero, quien realiza una brillante y completa introducción además de una oportuna y aclaratoria anotación que enriquece con provecho la lectura del texto.

Debo empezar reconociendo que, dada la dificultad para encontrarla, no había podido leer la novela antes de su actual reedición y desconocía también casi toda noticia biográfica sobre su autor; por tanto, prácticamente todos los datos que aquí se indican sobre él están sacados del excelente estudio preliminar del profesor Barrero. Nació José Vicente Torrente en pleno Coso oscense en 1920 dentro de una conocida familia de la ciudad. Por parte materna está emparentado con Santiago Ramón y Cajal y con el embajador Máximo Cajal, con quien comparte oficio diplomático y afanes literarios. Sobrinos suyos son los hermanos Saura: el cineasta Carlos y el ya fallecido pintor Antonio. Desde niño sintió una gran pasión por la lectura que lograba satisfacer sobre todo en la casa de sus abuelos en Vicién, pueblo próximo a Huesca en el que pasaba los veranos y donde, según indica al final del libro, en su finca de "El Zafranal", empezó a escribir en 1960 la novela de la que en este artículo nos ocupamos. Muy joven participó en la guerra civil dentro del llamado bando nacional. Tras la contienda, estudió Derecho y empiezan sus primeras colaboraciones y creaciones literarias, a las que nunca se dedicará como medio de ganarse la vida, sino como una segunda actividad en su tiempo de ocio. Tras especializarse en Política Económica y dar clase de la materia en la Universidad, ingresó en la carrera diplomática que le llevará a destinos tan distintos como Haití, Estados Unidos, Francia o Venezuela. Actualmente, además de atender los negocios familiares, se dedica a cultivar su gran afición al dorado de libros, sobre la que editó en el año 2000 la obra "Manual del dorado de libros".

Además de sus trabajos sobre Economía y Derecho y de sus importantes traducciones de obras extranjeras sobre dichas materias, José Vicente Torrente cuenta con una estimable producción literaria dentro de la narrativa. Casi todas sus novelas han sido publicadas por la editorial barcelonesa Destino. No disponemos aquí de espacio sino para enumerarlas: "IV Grupo del 75-27" (1942-1943), " En el cielo nos veremos" (1956), "El becerro de oro" (1957) - con la que fue uno de los finalistas de premio Nadal, ganado ese año por Rafael Sánchez Ferlosio con su novela "El Jarama" -, "Tierra caliente" (1960), "El país de García" (1972), "Los sucesos de Santolaria" (1974), "Contra toda lógica" (1988) y "El país de don Álvaro" (1997).

"El país de García" es un libro sorprendente y atípico (2). A mitad de camino entre la novela y el libro de viajes o la guía geográfico-artística -en realidad, podría decirse que son dos libros en uno-, reparte, casi a partes iguales, su extensión entre el relato narrativo en el que los personajes viajan y dialogan -si fuera una película los modernos la llamarían "road movie"- y la descripción física y artística de los lugares recorridos, que abarcan prácticamente la provincia de Huesca en toda su extensión. Todo ello en una envoltura lingüística de gran riqueza literaria y léxica, con un lenguaje a propósito arcaizante -destaca el uso frecuente de formas verbales con pronombre enclítico y de formas ya en desuso en la época en que fue escrito, como la preposición "cabe" con su significado de "junto a"- y con claras reminiscencias literarias. Entre estas últimas son evidentes las de la novela picaresca y algunas otras que enseguida pasaremos a analizar. Y es que a la condición de gran lector, y como consecuencia, el autor une un manifiesto conocimiento de los clásicos de nuestra literatura. Hay dos obras -con las que por ser máximas cimas literarias la comparación no procede, pero sí la referencia- que, sin duda, el autor ha tenido muy en cuenta a la hora de pensar y escribir su libro: "El Quijote", de Miguel de Cervantes, y "El Criticón", de Baltasar Gracián. Según escribe Barroso en el prólogo del libro, el autor confiesa haber leído veintisiete veces la primera y tener a la segunda entre sus lecturas preferidas. De ambas toma, entre otras cosas, la estructura itinerante con dos personajes, amo y criado. Don Quijote y Sancho, Critilo y Andrenio y Don Dimas y su criado en la novela de Torrente, que conversan con buen juicio y sabiduría y van encontrando sucesivos personajes en su camino que ofrecen un panorama variado de los comportamientos humanos y que desprenden en el fondo una cierta filosofía escéptica y una visión algo desencantada de la vida. A semejanza de "El Quijote" y de la novela picaresca, se suceden las posadas - con posaderos pendencieros o ameradores de vino - y cada encuentro en el camino es una pequeña historia en sí misma. También encontramos un tono sentencioso con abundancia de refranes en boca de los personajes; algunos son variaciones sobre el mismo tema, como cuando para referirse al egoísmo interesado y a la ingratitud de la gente una vez conseguido lo que se pretende se dice "rogar al santo hasta pasar el tranco" y "quitado el culo al cesto, acabase el parentesco". A imitación del Critilo de "El Criticón", Don Dimas muestra prudencia y buen criterio ante los comportamientos humanos hipócritas, falsos o ambiciosos que el tan bien y con tan buen ojo enseguida identifica y reconoce. Y de ambas obras -sobre todo de "El Quijote"- se toma, además, esa mirada irónica, muchas veces directamente humorística, ante el desfile de personajes extravagantes y grotescos que se suceden en el libro. A otro libro nos recuerda también éste en algunos momentos: el "Pedro Saputo" de Braulio Foz, con el que tiene algunas notorias concomitancias, sobre todo en el tono y en su recorrido geográfico, que en la novela de Torrente no por casualidad se inicia también en Almudévar.

Casi la mitad del libro ocupa la parte descriptiva de los lugares que recorren los personajes a lo largo de sus páginas. Desde su arranque en Almudévar hasta su separación en Montañana, el narrador y don Dimas, en su carromato de mulas, viajan por toda la provincia oscense cuyos paisajes, iglesias, castillos, pueblos o ciudades son descritos en una prosa rica y literaria, con especial detenimiento en los lugares de interés artístico en los que el autor, de manera personal y subjetiva, realza aquello que le agrada y no se priva de criticar ni el abandono ni la desidia ni el mal gusto que ha acompañado a muchas de las reformas y añadidos que, en nombre de una pretendida modernidad, se han realizado en antiguas edificaciones despojadas casi siempre de ese modo de buena parte de su original belleza. El libro se divide en doce capítulos que son doce etapas del camino con arranques o llegadas en Almudévar, los llanos del Alcoraz, Sariñena, Altorricón, Selgua, Bierge, Huesca -descrita con más detalle que ningún otro lugar, pues los personajes se detienen en ella una semana-, Puente la Reina, Santa Cruz de la Serós, Biescas, Benasque y Graus, por nombrar los lugares que se citan en los epígrafes de la docena de capítulos mencionada. El autor se recrea y detiene más en los somontanos de Huesca y de Barbastro y recorre con mayor rapidez el Pirineo de occidente a oriente, aunque, según explicación de Barroso, eso tal vez se deba a que la editorial le hizo recortar esta última parte del libro para que éste mantuviera un mayor equilibrio entre la narración y la descripción que componen la obra.
La novela está narrada en primera persona por un personaje del que se dan muy pocos datos. Tras conocer en Huesca a don Dimas -médico que oculta su verdadera condición para pasar por curandero y ganarse la vida como tal, además de como capador y tratante de ganado gracias a su condición viajera-, entra a su servicio en Almudévar el día de San Jorge del siguiente año y con él va de pueblo en pueblo hasta su despedida en Montañana, cuando no debe de quedar mucho, por la referencia que a ella se hace, para la sanmiguelada. Acompañan a estos dos personajes principales otros dos más secundarios: el avisador Gregorio Sotero y el mozo de mulas Restituto Azcón. Muchos son, además, los personajes que en el camino encuentran, de curiosos oficios y extrañas apariencias: el español perfecto -mitad español, mitad alemán-, el genealogista y heraldista que se aprovecha de los sueños de grandeza de quienes buscan ilustres linajes en su pasado familiar, el estudioso de las moscas, el criador de grillos y coleccionista de enanos, el azutero o encargado de un azud o presa hecha en el río. Todos ellos componen una variopinta galería de personajes, de fugaz aparición en la mayoría de los casos. Dos de ellos adquieren, sin embargo, más presencia que el resto; uno por sus apariciones sucesivas y otro por acompañar a los protagonistas en la última parte del viaje. Son don Secundino González Lobo, pícaro nómada que desempeña mil oficios desde empresario de espectáculos circenses hasta guía para pasar a Francia, y don Magín de Papalardo y Carrascoso, hombre rico con aspiraciones literarias que se convierte en el principal interlocutor de Don Dimas, a quien sin embargo acaba abandonando tras una discusión en la que éste le critica. Tal vez la parte narrativa quede corta y podría haber tenido un más extenso desarrollo, pero el autor ha preferido dar un igual protagonismo a la descripción, con lo que convierte, de esa manera, a la provincia entera en protagonista principal y destacada de su libro.

La forma de entender la vida y las enseñanzas de don Dimas, que "sabía mandar y hacerse obedecer de buenos modos" y de quien se destaca "el afecto y el buen humor que ponía en el trato", se ponen de manifiesto en los siete mandamientos y en los consejos que enseña a su criado cuando entra a su servicio, y que, en gran medida, se corresponden con el pensamiento graciano (3): la observación, el no extrañarse de nada de lo humano, la prudencia, la desconfianza y el escapar sobre todo de los ambiciosos, "porque la gente de esa ralea son capaces de hacerse una bolsa con tu piel y luego dormir a sus anchas".

La lectura de la novela entretiene por su amenidad, y su calidad literaria satisface al lector que disfruta con la belleza de un estilo de elevado gusto estético. Esperemos que su reedición sirva para sacar al libro definitivamente del olvido y situarlo en el lugar destacado que merece dentro del panorama literario de nuestra provincia.

NOTAS:
(1) "El país de García". José Vicente Torrente. Larumbe. Clásicos Aragoneses, 28, Filología, 2004.
(2) Según indica el autor al inicio del libro, el título proviene de una crónica árabe de finales del siglo XI en la que, para referirse al incipiente reino de Aragón en las montañas de Huesca, se dice: "Aragón es el nombre del país de García, hijo de Sancho... "
(3) Al final del libro, al llegar a Graus, hay una breve pero ilustrativa referencia a Gracián: "En Graus es fama que Gracián
, otro espíritu enemigo de la indolente y engañosa conformidad, escribió su Criticón".

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 20 de junio de 2004)

José Vicente Torrente Secorún, diplomático y escritor oscense, falleció el 11 de julio de 2006 a los 88 años.

martes, 16 de septiembre de 2008

UN PASEO DE GRAUS A LA ERMITA DE SAN PEDRO



Hace unas fechas, el pasado 1 de mayo, como todos los años, muchos grausinos fueron en romería a la cercana ermita de San Pedro de Verona. Algunos llegaron hasta allí en coche, tomando la pista que arranca junto al cementerio, a la derecha de la carretera que lleva a Barbastro. Otros fueron a pie, realizando una oxigenante y bella excursión hasta la ermita. Para quienes deseen hacerlo así, en ese día o en cualquier otro, propongo aquí un itinerario que consiste en subir a la ermita por la basílica de la Virgen de la Peña y el llamado "Pasé" y descender de nuevo a Graus por el camino del Torroc y la Piedra Plana. A ritmo tranquilo, disfrutando del paisaje y el entorno, la excursión propuesta, de unos cuatro kilómetros, se realiza en algo más de una hora. Todo el itinerario se halla señalizado con marcas pintadas de color verde y con pivotes de madera del mismo color. Hay numerosas tablillas indicadoras y el recorrido está jalonado con paneles informativos sobre la flora y la fauna del lugar.

Para disfrutar de algunos de los atractivos de Graus, comenzaremos nuestro paseo en la glorieta de Joaquín Costa, en el inicio de la calle Salamero, que aquí todos conocen como calle del Barranco. Siguiendo su acera izquierda, atravesaremos el portal de Linés para tomar la calle Fermín Mur y Mur, conocida popularmente como de Benasque. Nos llevará hasta la espléndida Plaza Mayor o de España. Disfrutaremos con la contemplación del magnífico conjunto, recientemente restaurado, y en especial del Ayuntamiento y de las casas Bardají, Heredia -nueva sede de la Comarca- y del Barón o Pentineta, esta última con fachada de llamativas pinturas. Atravesaremos la plaza en diagonal para salir a la calle del Prior. A nuestra derecha, dejaremos, en uno de los más bellos rincones de la villa, el balcón y la parte posterior de la casa del Barón, sobre el arco del mismo nombre. Cruzaremos la calle y saldremos a la del Hospital. Tras girar a la izquierda, iniciaremos el ascenso que nos llevará a la basílica.

A los pocos metros, y a nuestra derecha, veremos dos sepulcros góticos de piedra, con gastados motivos heráldicos y enmarcados por dos arcos de medio punto. Fueron trasladados hasta aquí, hace ya algunos años, desde el antiguo cementerio situado detrás de la iglesia parroquial de San Miguel. Pese a que nada permite certificarlo así, se ha dicho que podrían pertenecer a Rodrigo de Mur y a su esposa Marica. Rafael Andolz recoge la leyenda de los amantes de Graus, que se inspira en una famosa inscripción del palacio de los Mur en la que muchos han querido leer "Rodrigo ama a Marica", aunque sea más probable que contenga, con algunas de sus letras entrelazadas, el nombre completo de su antiguo propietario: Rodrigo de Mur y Marca. Siempre puede añadir a nuestro paseo unas gotas de poesía el recuerdo de esta romántica leyenda. Se trata de los amores entre la joven Marica o Marieta y el noble Rodrigo de Mur, hijo homónimo del famoso señor de Lapenilla, ajusticiado en Francia en las postrimerías del siglo XVI. Debía Rodrigo casarse con la rica y bella Margarita, pero suspiraba por Marica, más pobre pero elegida por su corazón. Desafiando las presiones familiares, se desposó con ella y mandó esculpir en piedra la famosa leyenda que recordaría para siempre su amor.

Siguiendo nuestro paseo, dejamos a la izquierda una cruz de piedra y encontramos en la inmediata plazuela el busto del prohombre grausino mosén José Salamero. Tío del gran Joaquín Costa, dejó buen recuerdo entre sus paisanos por su defensa de los más pobres y por la fundación de una Escuela de Artes y Oficios en el antiguo colegio jesuita de la localidad. En ella se formaron desde finales del siglo XIX muchos de los buenos artesanos que la villa tuvo. En este punto, puede tomarse un sendero que rodea la basílica o, siempre más recomendable, adentrarse en el recinto del Santuario de la Virgen de la Peña para admirar el monumento más emblemático de la capital ribagorzana.

Tras pasar la puerta que cierra el recinto y ascendiendo por una rampa cubierta, podemos asomarnos a nuestra izquierda a una balconada en piedra con forma semiovalada que se conoce como la predicadera de San Vicente Ferrer. Según la tradición, desde este púlpito el fraile dominico dirigió en 1415 un sermón al pueblo de Graus que, arremolinado en las faldas de la peña, le escuchaba con fervor. Del éxito obtenido por el santo valenciano deriva su posterior título de patrón de la villa. Tras unos pocos pasos, llegamos a un patio descubierto con un claustro porticado a su derecha. Sirve éste de galería mirador desde cuyas bellas arcadas de columnas helicoidales se contempla una hermosa panorámica. Allí se celebran en verano magníficos conciertos y, en el centro de la empedrada plaza, a los pies del viejo olmo que una reciente tormenta ha dejado muy maltrecho, encontraremos en la estación estival algún botijo de agua fresca que permita calmar nuestra sed.

No hay espacio aquí para describir con detalle la basílica. Al parecer, hubo en su lugar una mezquita en tiempos de dominio musulmán y, más tarde, la iglesia románica de Santa María. El actual es un templo gótico-renacentista de una sola nave edificada sobre cripta y cubierta con bóveda de crucería estrellada. Durante la pasada guerra civil fueron destruidos varios de sus retablos y altares. El templo tiene una bella portada renacentista, tal vez terminada en 1543, según fecha que aparece en la base de una de sus columnas. Desde su origen, la basílica quedó vinculada a la iglesia romana de San Juan de Letrán con la que comparte privilegios. Por ello, a su izquierda, se halla la capilla dedicada a dicho santo, en el lugar donde, según la leyenda, se encontraba la cueva en que los cristianos que huían de los musulmanes escondieron la imagen original de la Virgen. La construcción del santuario se completó en el siglo XVII bajo el impulso del que fuera obispo de Huesca, y grausino de nacimiento, Esteban de Esmir. Los restos del ilustre prelado, que ejerció en la villa un destacado mecenazgo, descansan en el interior de la basílica, a la derecha del altar. Sobre la galería de arcos, en lo que tal vez fueron dependencias ocupadas por los guardeses del recinto, podemos visitar un singular museo de iconos ortodoxos que con toda seguridad sorprenderá gratamente a quien decida entrar en él. Unos metros más arriba, las aguas de una pequeña balsa dan cobijo a algunos peces de colores con cuya contemplación suelen disfrutar los más menudos. Desde aquí, por camino de escaleras con barandilla en la parte exterior, se asciende hasta lo alto de la Peña del Morral ("mur alt") donde se encuentra una imagen de Cristo conocida como Corazón de Jesús. Para llegar hasta allí hay que desviarse a la derecha del camino que lleva a San Pedro, como señalan los indicadores colocados en el cruce.

Desde lo alto se abre ante nuestros ojos un magnífico espectáculo: el caserío grausino en vista aérea de sus tejados entre los que se adivina el trazado de sus calles, la confluencia de los ríos Ésera e Isábena y una panorámica de gran belleza y amplitud. Un panel explicativo nos permite reconocer los diferentes puntos que pueden divisarse desde tan privilegiada atalaya. Unos metros detrás del lugar, en la cúspide del cerro y entre árboles, quedan los restos del antiguo castillo de Graus. Fue importante fortaleza musulmana, tomada para los cristianos en 1083 por el rey Sancho Ramírez, cuyo padre Ramiro I había muerto pocos años antes en el campo de Zapata, frente a las murallas que defendían Graus. Recientemente la zona del castillo ha sido objeto de una interesante excavación que ha permitido descubrir una parte de lo que fue la antigua fortificación medieval. A la luz de esos hallazgos, es muy probable que fuera aquí donde se hallara el núcleo original y primigenio de la población gradense.

De vuelta al camino de San Pedro, tras un breve recorrido con más vegetación, el sendero discurre por terreno rocoso que se acentúa en el tramo conocido como "El pasé", donde una barandilla algo suelta evita posibles vértigos a más de un excursionista. Tras este punto, el camino sube hasta alcanzar en poco tiempo la ermita de San Pedro. Es ésta de construcción moderna, no hace mucho ampliada y remozada. Aunque su situación hace suponer alguna construcción previa, tal vez de tipo defensivo, la ermita no parece anterior al siglo XVIII y no existe documentación más antigua sobre ella. El lugar serviría de refugio y parada a quienes desde Lapenilla y Puy de Cinca (Pui Zinca) se dirigían a Graus. Está dedicada a San Pedro de Verona, cuya festividad se celebra el 29 de abril, aunque, para facilitar una mayor participación en la romería, ésta se trasladó al primer día de mayo. Se trata de un santo dominico del siglo XIII que, antes de morir mártir, fue inquisidor en varias ciudades italianas. También San Vicente Ferrer, patrono de la villa, fue fraile dominico. Esta orden religiosa tuvo convento en Graus, del que, hasta no hace mucho, aún quedaba en la actual calle Salamero el armazón y la fachada de la que fue su iglesia de Santo Domingo.

En las romerías de tiempos pasados, se subía a la ermita en una procesión presidida por el sacerdote que bendecía los términos y por el abanderado que portaba un estandarte rojo. Se celebraba una misa y las diferentes cuadrillas se agrupaban para ingerir copiosas comidas, compuestas en muchos casos de ensalada y conejo y caracoles con "ajaceite", regadas con los mejores vinos de cada casa. Tras la comida se realizaba un animado y concurrido baile. Era costumbre de ese día dejar ramas bendecidas de olivo y de laurel por los campos de la localidad. Cuando durante la siega algún labrador encontraba una de estas ramas, llamaba a otros y todos juntos rezaban una oración y bebían un largo trago de vino. El dueño del campo llevaba el ramo a su casa para que la protegiera de los rayos de las tormentas. Algunos jóvenes aún suben a San Pedro la tarde anterior para pasar la noche junto a la ermita.

Retrocediendo unos metros sobre nuestros pasos, volvemos al cruce de caminos en que se nos indica el sendero que lleva a Graus por la Piedra Plana. Éste era el antiguo camino que seguían los romeros, y el más corto y rápido entre el pueblo y la ermita. Se desciende con rapidez hasta llegar a un olivar cultivado. Salimos luego a una pista que enseguida abandonamos para bajar en paralelo al curso del barranco del Torroc. De inmediato llegamos a la llamada Piedra Plana, una pequeña roca de superficie lisa junto al camino. La existencia antaño de una fuente en el lugar hacía que los romeros pararan por la tarde en su descenso de la ermita. Allí merendaban con las sobras de la comida y continuaban la fiesta. Se les unían desde el pueblo quienes no habían podido asistir a la romería y todos juntos celebraban otro animado baile.

Desde la Piedra Plana se llega a Graus en muy poco tiempo. Antes se deja a la derecha la fuente del Torroc, donde, salvo en años de sequía, suele manar el agua en un agradable paraje de gran tranquilidad y frescor. En los aledaños del manantial se ha acondicionado un pequeño parque. El camino nos conduce a la placeta de San Miguel, junto a la iglesia parroquial del mismo nombre. Allí terminaba antiguamente la romería con una rifa y con algunos bailes más, el último de los cuales era siempre el de la escoba, que iba circulando de mano en mano entre las animadas parejas.

Hemos llegado así al final de nuestro recorrido, justo en el otro extremo de la calle del Barranco en que lo habíamos comenzado, y sabiendo algunas cosas más sobre nuestra hermosa villa, rica en paisajes, historia y tradiciones.

Carlos Bravo Suárez
(Fotos: Plaza Mayor de Graus, sarcófagos, basiílica de la Virgen de la Peña, predicadera, claustro,, interior, Graus desde la basílica de la Virgen de la Peña -varias fotos-, Corazón de Jesús, Graus desde el camino, el Pasé, ermita de San Pedro-dos fotos del exterior y una del interior- y Piedra Plana)

(Artículo publicado en el Llibré de las fiestas de Graus de 2008)

lunes, 15 de septiembre de 2008

SAN FERTÚS: UN CERRO Y UNA ERMITA JUNTO A GRAUS

Cachano en la puerta de la ermita 

Placa colocada por Cachano en la ermita

  Piedras de molino encontradas en el cerro de San Fertús

A las afueras de Graus, a poca distancia del pueblo y en dirección al norte, en la orilla izquierda del curso descendente del río Esera, se encuentra un pequeño cerro con forma de tronco cónico conocido como San Fertús. Se accede a él por una pista que arranca del recientemente acondicionado polígono industrial Fabardo. En la falda norte del cerro, con vistas hacia el cercano pueblo de Torre de Ésera, encontramos una flamante ermita reconstruida sobre unos viejos cimientos de otro templo anterior. La nueva obra ha sido realizada, con una dedicación y un esfuerzo admirables, por el señor José Plana Fondevila, conocido por todos como Cachano, propietario de la finca en la que se hallaban los escasos restos de la antigua y derruida ermita primitiva.

Aunque el topónimo San Fertús tiene en Graus una larga tradición  -hay desde hace mucho tiempo un taller textil con ese nombre-, su origen no está del todo claro. Es probable que el término "fertús" proceda de la misma raíz de la que deriva el adjetivo "fértil" y sea, por tanto, sinónimo de "fructuoso" o "fructífero". En aragonés parece existir el termino "fertuoso" para referirse al castellano "fructuoso". Por ello, se relaciona San Fertús con San Fructuoso, obispo de Tarragona y muerto mártir en el año 259 en compañía de sus diáconos Augurio y Eulogio. Su festividad se celebra el 21 de enero, dentro de un ciclo de invierno de apretado santoral (San Antonio, San Sebastián, San Vicente). Es precisamente la imagen de este San Fructuoso, obispo y mártir, la que ha colocado el señor Plana tras el altar mayor de la nueva ermita.

Tenemos noticia de un San Fertús, nombrado por la Ronda de Boltaña en una de sus canciones ("Niña bonita", en la que también se nombra a San Fertuoso), situado al norte de la antigua capital del Sobrarbe. En Bierge encontramos una iglesia dedicada a San Fructuoso con unas importantes pinturas medievales. En Ayera, perteneciente a Loporzano, existe una ermita románica llamada San Fertús, muy reformada y en cuyas proximidades se ha encontrado cerámica hispanovisigoda. Además, en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido hay un paraje denominado plano de San Fertús. En Cataluña, próxima a Manresa, se halla la población de San Fructuoso o San Fruitós de Bages. Es asimismo frecuente el topónimo Pertús o Pertusa, aunque en este caso parece clara su derivación del latín "petra" (piedra), presente en numerosos topónimos como Peralta ("piedra alta"), Sopeira ("bajo la piedra" ) o Perarrúa ( "petra rubea", es decir, "piedra roja"). De esta procedencia encontramos un Pertusa, pueblo de la zona más oriental de la Hoya de Huesca, y una Pertusa, ermita de la orilla catalana del Noguera Ribagorzana, un poco más abajo del congosto de Montrebei y frente a la ermita, ya aragonesa, de San Bonifacio y Santa Quiteria de Montfalcó. También en el Pirineo francés hallamos Pertús en el paso fronterizo de La Junquera. Aunque de sonoridad parecida, estos últimos topónimos parecen, como hemos indicado, de procedencia bien distinta al de Fertús.

De la ermita antigua no hemos encontrado documentación alguna, y es muy escaso o casi nulo el recuerdo de su existencia entre la gente del lugar. En el libro de Jorge Mur, "Septembris (Historia y vida cotidiana en Graus entre los siglos XI y XV)", aparece, como referencia, la denominación de San Fertús en un mapa del término municipal de Graus con lugares documentados en la Edad Media. No se cita en dicho mapa la referencia cronológica de San Fertús, que aparece situado en una zona entre la Paúl de Salz y Fabardo, denominaciones sí recogidas en documentos medievales. Sin embargo, a oídos de José Plana Fondevila llegó noticia de la posible existencia de los restos de una ermita dentro de los límites de su finca y muy cercana al cerro homónimo. Tras minuciosa búsqueda consiguió dar con ellos: sólo quedaban los cimientos y una de las esquinas de la primitiva construcción. Una encina o carrasca, que hubo que cortar, había crecido en su interior y tapaba casi por completo las ruinas. Una vez descubiertas éstas y limpiado el recinto, José Plana, de casa Cachano de Graus, aunque originario de Arasanz (Mediano) en la comarca de La Fueva, procedió a su reconstrucción. Acarreando piedras al lugar, levantó las cuatro paredes y construyó un nuevo tejado. El resultado es una ermita de planta rectangular de unos seis metros de largo por unos tres y medio de ancho. No hay restos de ábside y el altar queda orientado al noreste. La puerta, también añadida en la reconstrucción reciente, ha sido abierta hacia el suroeste, frente al altar. Dos pequeñas ventanas, que atraviesan los gruesos muros de la ermita, dan alguna luz a su interior, donde José Plana "Cachano" ha hecho instalar tres filas de bancos de madera y ha revestido de este mismo material la parte interior del tejado. Sobre éste, encima de la puerta, ha levantado una espadaña en la que espera colocar en breve tiempo una pequeña campana. En el otro extremo del tejado, recorta su silueta sobre un pequeño pedestal -antes mojón de carretera- una veleta con la figura del arcángel San Miguel. José Plana lleva más de cuatro años de meritorio trabajo dedicado a la reconstrucción y acondicionamiento de la ermita, a la que ha ido añadiendo sucesivamente nuevos elementos.

Desde la ermita de San Fertús se contempla una vista amplia y sugerente. Hacia el oeste observamos la ladera ribagorzana de la sierra de Torón, jalonada de pequeñas poblaciones, algunas de ellas deshabitadas. Puede verse Grustán, del que asoma sólo la torre y alguna de las casas sobre el farallón rocoso en que se ubica. También La Terrazuala, La Oliva, Panillo, las construcciones del templo budista, Ejep y Torre de Obato. Por el este, el valle del Isábena, flanqueado por la sierra de Laguarres. Cierra la vista al sur la sierra de la Carrodilla sobre el pantano de Barasona. Al norte, muy próximo, el pueblo de Torre de Ésera, y más lejos, como telón de fondo, las tres habituales referencias pirenaicas divisadas desde estos parajes bajorribagorzanos: Cotiella, Posets y el majestuoso Turbón.

Caminando unos metros hacia el sur desde la ermita, subimos en breve tiempo al citado cerro de San Fertús, cuya silueta troncocónica es un elemento característico de los alrededores grausinos. En la pequeña meseta de la cima, tierra de labor, puede observarse cierta abundancia de piedras que podrían indicar la existencia de antiguas construcciones. No somos arqueólogos ni especialistas en el tema y por tanto nada podemos afirmar sobre el asunto. Sin embargo, José Plana nos aseguró haber encontrado algunas paredes construidas con argamasa al efectuar labores en la parte alta del cerro, y nos mostró varias piedras de molino halladas en sus alrededores. También nosotros encontramos una piedra redonda que muy probablemente fuera para moler a mano y tal vez complementaria de las citadas. La existencia de un pequeño y rudimentario molino en el lugar parece casi del todo segura. Su situación estratégica, con gran dominio sobre el curso del Ésera y de la población grausina, que se contempla desde lo alto, puede hacer pensar en algún otro tipo de edificación o de poblamiento antiguos.

Al observar las fotografías aéreas de San Fertús, Monte Muro y Portaspana, se aprecian muchas similitudes entre estos tres lugares de los alrededores de Graus. Los tres presentan desde el aire un parecido dibujo con una sucesión de círculos concéntricos. Sólo en el despoblado Portaspana, que se halla algo más alejado de los otros dos citados, encontramos las ruinas del antiguo pueblo de ese nombre. Ni en San Fertús ni en Monte Muro quedan restos de construcciones, salvo los de la ermita citada, ahora reconstruida. Ambos lugares están casi en línea en la orilla izquierda del curso del Ésera; Monte Muro, un poco más al norte, enfrente de una quinta modernista conocida como Torre Romero o de Pentineta, muy cerca de Las Ventas de Santa Lucía. Son dos parajes de similares características: ambos tienen forma de tronco de cono con un pequeño llano en la cima en el que se observa presencia de piedras y posibles vestigios de construcciones anteriores. Sería trabajo de arqueólogos confirmar lo que para nosotros no es más que una posibilidad o hipótesis. El topónimo Monte Muro nos remite, además, a otros parecidos, como el de la magnífica fortaleza sobrarbense de Muro de Roda.

En el caso de San Fertús, la tenacidad encomiable y el esfuerzo solitario de José Plana Fondevila han permitido rescatar del olvido los restos de una antigua ermita, en cuyas proximidades tal vez hubiera una mayor presencia humana en épocas pretéritas.

Carlos Bravo Suárez y Francisco Rubio Fuster
(Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón el 18 de septiembre de 2005)

miércoles, 27 de agosto de 2008

LITERATURA ALTOARAGONESA ACTUAL

Creo que se puede, incluso se debe, llamar la atención sobre la existencia de una interesante literatura altoaragonesa en la actualidad. Una literatura cada vez más importante en cuanto al número de autores y a la calidad de las obras, hecha en lengua castellana por escritores nacidos o afincados en nuestra provincia. Algunos de los últimos libros que he leído pertenecen a ella. Son obras de distintos géneros literarios que me permito recomendar desde estas páginas. Sería lamentable que, como ha ocurrido con frecuencia, sus autores no tuvieran el reconocimiento y la acogida que merecen por parte de sus propios paisanos. Haré en este breve artículo una rápida relación de algunos libros destacables que han aparecido en los últimos meses en el mercado editorial.

Son varias las novelas altoaragonesas que he leído recientemente y quiero destacar aquí: “Naturaleza infiel”, de Cristina Grande (Lanaja, 1962); “Los amantes de silicona”, de Javier Tomeo (Quicena, 1932); “El perfume de la higuera”, de Damián Torrijos (Huesca, 1962), ganadora del II Premio de Novela Ínsula del Ebro; “Muerde el silencio”, de Ramón Acín (Piedrafia de Jaca, 1953); “España”, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962); “Mientras caen las hojas”, de Ramón Gil Novales (Huesca, 1928); y “Memoria de un montañés”, de José Satué Buisán, en edición de su hijo José María Satué Sanromán (Escartín, 1941). Me permito añadir a esta lista la novela “La frontera dormida”, de José Luis Galar (Zaragoza, 1968), libro escrito en el hermoso pueblo oscense de Triste y cuya intriga transcurre, entre otros muchos lugares, en el enclave pirenaico y fronterizo de Canfranc. Son ocho novelas, enumeradas aquí en orden aleatorio, que narran historias variadas escritas en estilos muy distintos. Todas ellas alcanzan un buen nivel de calidad y pueden satisfacer en su conjunto a lectores de gustos literarios dispares.

Entre los recientes libros de relatos, destacan sobre todo los de Carlos Castán  (Barcelona, 1960), escritor nacido en Barcelona y criado en Madrid, pero de familia oscense y afincado en la capital altoaragonesa donde trabaja como profesor de instituto. Su último libro, “Sólo de lo perdido”, sigue la magnífica línea iniciada con “Frío de vivir” y continuada con el extraordinario “Museo de la soledad”, reeditado recientemente. Otra espléndida colección de relatos es “Trescientos días de sol”, de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Muy recientemente ha sido editado el libro colectivo de relatos breves “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, en el que participan varios escritores altoaragoneses. Puede añadirse a esta relación “Pirineos, tristes montes”, de Severino Pallaruelo, excelente colección de cuentos hace poco tiempo reeditados.

También muy recomendable es “Leyendario. Criaturas de agua”, un relato escrito por Óscar Sipán (Huesca, 1974) y magníficamente ilustrado por Óscar Sanmartín (Zaragoza, 1972). La obra, de gran belleza y fantasía, recibió el premio al mejor libro editado en Aragón en 2007. En este año de la Expo del agua, la historia que se cuenta en el relato se inicia y se cierra con una frase significativa y certera: “El hombre está compuesto de agua y vanidad”.

En poesía hay que destacar el último libro del ya citado Manuel Vilas, titulado “Calor” y ganador del VI Premio de Poesía Fray Luis de León. Es un poemario breve pero intenso, que se abre con un estupendo poema sobre la boda de los Príncipes de Asturias y contiene una poesía moderna - a veces escrita en prosa- sobre aspectos cotidianos tratados con un enfoque crítico y en ocasiones irreverente y provocador, como ocurre también en su novela “España”.

También notable, aunque de más difícil clasificación literaria, es “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, de José Antonio Martín Otín , más conocido como “Petón”, periodista deportivo de familia altoaragonesa y muy vinculado a Huesca y a su equipo de fútbol. Se trata de una magnífica obra, entre el ensayo y la biografía, en la que, a través de las conversaciones que el autor mantuvo con el recientemente fallecido Pepín Bello, conocemos las opiniones y la trayectoria vital de este ilustre e irrepetible personaje oscense cuya vida abarca, y de qué manera, un siglo entero de la cultura española.

Tal vez me haya olvidado involuntariamente de alguno, pero los libros aquí citados, publicados todos ellos en el último año, son un claro ejemplo del vigor que muestra en la actualidad la literatura altoaragonesa. Utilizando un símil futbolístico, tan en boga, de la misma manera que el equipo del Huesca jugará la próxima temporada en la segunda división del fútbol español, podría decirse que hay hoy en nuestra provincia un variado grupo de excelentes escritores, algunas de cuyas obras pueden situarse sin duda en la primera división de la literatura actual.


Bibliografía citada:

- “Naturaleza infiel”, Cristina Grande, RBA Libros, Barcelona, 2008.
- “Los amantes de silicona”, Javier Tomeo, Anagrama, Barcelona, 2008.
- “El perfume de la higuera”, Damián Torrijos, Prames, Zaragoza, 2007.
- “Muerde el silencio”, Ramón Acín, Algaida, Sevilla, 2007.
- “España”, Manuel Vilas, DVD Ediciones, Barcelona, 2008.
- “Mientras caen las hojas”, Ramón Gil Novales, Prames, Zaragoza, 2008.
- “Memoria de un montañés”, José Satué Buisán, Edición de José Mª Satué Sanromán, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “La frontera dormida”, José Luis Galar, Destino, Barcelona, 2008.
- “Museo de la soledad”, Carlos Castán, Espasa, Barcelona, 2000, y Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Sólo de lo perdido”, Carlos Castán, Ediciones Destino, Barcelona, 2008.
- “Trescientos días de sol”, Ismael Grasa, Xordica Editorial, Zaragoza, 2007.
- “Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti-western”, Varios Autores, Tropo Editores, Zaragoza, 2008.
- “Pirineos, tristes montes”, Severino Pallaruelo, Xordica Editorial, Zaragoza, 2008.
- “Leyendario. Criaturas de agua”, Óscar Sipán y Óscar Sanmartín, Tropo Editores, Zaragoza, 2007.
- “Calor”, Manuel Vilas, Visor Libros, Madrid, 2008.
- “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, José Antonio Martín Otín, Editorial Pre-textos, Valencia, 2008.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 24 de agosto de 2008)


lunes, 18 de agosto de 2008

EL VALLE DE BENASQUE Y LA RIBAGORZA DURANTE LA GUERRA CONTRA LA CONVENCIÓN (1793-1795)

La Guerra contra la Convención fue un conflicto bélico, hoy casi olvidado, que enfrentó a España y Francia entre 1793 y 1795. El escenario geográfico de esta corta guerra fueron las regiones fronterizas entre ambos países y, por lo tanto, la cadena pirenaica en toda su extensión. Aunque por sus menores dificultades orográficas tuvo una mayor incidencia en las zonas extremas de la cordillera, la guerra también se dejó sentir, si bien con menor intensidad, en el Pirineo aragonés.

Eclipsada por la posterior Guerra de la Independencia, de mucha mayor trascendencia y envergadura, la Guerra contra la Convención, que en Cataluña se conoce como Guerra Gran, ha sido poco estudiada por los historiadores modernos. En Aragón, este episodio bélico fue analizado con gran detalle por José Antonio Ferrer Benimelli en una magnífica tesis doctoral que fue publicada en forma de libro con el título de “El Conde de Aranda y el frente aragonés en la Guerra contra la Convención” (Publicaciones Revista Universidad, Zaragoza, 1965). Ferrer Benimelli es también autor del capítulo “Aragón ante la Revolución francesa”, dentro del libro colectivo “España y la Revolución francesa” (Crítica, Barcelona, 1989), del historiador galo Jean-René Aymes, gran especialista en este periodo.

Desde el punto de vista militar, hay varios gruesos volúmenes del Estado Central del Ejército dedicados al conflicto, publicados entre 1949 y 1959 por el Servicio Histórico Militar con el título de “Campañas en los Pirineos a finales del siglo XVIII”. Más recientemente, en 1997, dentro de las “Actas del III Congreso Internacional de Historia Militar”, editadas por la Institución Fernando el Católico, se incluyen varias ponencias relacionadas con la participación aragonesa en la Guerra contra la Convención.

La causa primera del conflicto fue la Revolución francesa de 1789. El estallido social que supuso y especialmente su contenido anticlerical y antimonárquico pusieron en alerta a la Corona española, cuyo titular Carlos IV había establecido un pacto de familia con su primo, el derrocado y después guillotinado Luis XVI. La nobleza y el influyente y beligerante clero español iniciaron una fuerte campaña antirrevolucionaria y antifrancesa que tuvo una entusiasta respuesta popular en el primer año del conflicto, pero que se fue desinflando a medida que éste avanzaba y llegaban los reveses para el ejército español.

No toda la sociedad española estaba a favor de la guerra. Algunas minorías intelectuales e ilustradas -luego tildadas de afrancesadas- preferían evitar el conflicto con Francia. Uno de los más destacados partidarios de la neutralidad armada frente al expansionismo ideológico revolucionario francés fue el Conde de Aranda. El ilustrado aristócrata aragonés era el valido real al inicio del conflicto y su oposición al mismo le costaría el puesto y el exilio interior. Ferrer Benimelli, en su magnífico libro, desmonta las tesis de quienes creen que Aranda era simpatizante de la Revolución francesa y lo acusan de masón. Aranda simpatizó con las ideas ilustradas, pero se mostró claramente defensor de la Monarquía al ver los derroteros que habían tomado los acontecimientos en Francia. Sus argumentos contra la guerra, luego convertidos desgraciadamente en realidad, eran que España poco tenía que ganar en ella y sí mucho que perder, sobre todo frente a la rapiña inglesa en las colonias españolas en América. Aranda siempre consideró a Inglaterra, y no a Francia, como el verdadero enemigo de España.

Sea como fuere, la escalada entre ambos países tomó un cariz irreversible y Francia declaró la guerra a España el 7 de marzo de 1793. España devolvió la declaración bélica el día 23 del mismo mes. Siguiendo casi en todo a Ferrer Benimelli, pretendo resumir aquí la incidencia que el conflicto tuvo en la comarca oscense de La Ribagorza y, sobre todo, en el valle de Benasque, escenario de algunas escaramuzas armadas durante la guerra que nos ocupa.

Una de las primeras consecuencias de la Revolución fue la llegada a España de muchos exiliados franceses, nobles y clérigos en su mayoría. Huían de las persecuciones revolucionarias, pero pronto supusieron un problema para las autoridades españolas a quienes, al igual que al pueblo llano, impregnado de galofobia, no inspiraban demasiada confianza.

Ya desde el estallido revolucionario en el país vecino, el gobierno español, con Floridablanca como primer ministro, tomó medidas drásticas para evitar que las ideas revolucionarias penetraran en España. Fue el llamado cordón sanitario, que se estableció a lo largo de la frontera pirenaica desde 1790. Uno de los aspectos destacables de esta guerra fue el uso de espías y confidentes a ambos lados de la frontera. Así, en junio de 1792, llegó al gobernador español del Valle de Arán la noticia de la existencia de un complot francés para matar al rey de España. Según las informaciones, tres franceses, cuyo nombre y descripción física se conocían con detalle, pretendían atravesar la frontera haciéndose pasar por caldereros para intentar llegar a Madrid y consumar el magnicidio. El gobernador de Viella escribió al caballero benasqués José Ferraz para ponerlo sobre aviso. El alcalde de Benasque, Juan Ignacio Cornel, ordenó una intensa vigilancia de la frontera y se consiguió detener a uno de los sospechosos, un tal Bautista Labadens, que sabemos falleció en la cárcel unos años más tarde. Los franceses que viajaban con él, y contra quienes nada se pudo probar, seguían en prisión “por si acaso” en 1796, una vez que las hostilidades ya habían terminado.

A finales de 1792 se fue preparando la guerra con la movilización de unidades militares y la formación de milicias populares en cada provincia. En el partido de Benabarre, al que correspondía la comarca de Ribagorza, según un documento fechado el 24 de mayo de 1793, se habían apuntado 288 voluntarios. Las milicias populares fueron, sin duda, fundamentales en el frente de Aragón.

Al iniciarse la guerra se crearon tres ejércitos en el Pirineo. El más numeroso fue el del frente catalán, con unos 32.000 hombres al mando del general Ricardos, barbastrense de nacimiento. El frente occidental vasco-navarro, a las órdenes del general Caro, contaba con un total de unos 20.000 hombres, entre soldados y voluntarios. El frente aragonés estaba al mando de Don Pablo Sangro y Merode, príncipe de Castellfranco, y entre militares y paisanos se aproximaría a los 6.000 hombres. Su misión era defender los difíciles pasos centrales del Pirineo y ayudar, si la situación lo exigía, como así ocurrió, a los otros dos ejércitos pirenaicos.

A finales de marzo, nada más iniciarse las hostilidades, los franceses ocuparon por completo el Valle de Arán. La operación resultó fácil por encontrarse esta región en la vertiente norte de los Pirineos. La situación obligó tanto al ejército catalán como al aragonés a defender bien las posiciones montañosas y evitar que los galos continuaran hacia el sur, como al parecer llegó a ser su intención en algunos momentos. Pese a que hubo algunas disidencias entre Castellfranco y Ricardos, el ejército español, con gran participación de paisanos, logró contener los intentos franceses de superar los elevados puertos que separan las dos vertientes pirenaicas.

Cuando el conflicto se declaró, se puso en marcha un gran movimiento patriótico impulsado por la iglesia y la nobleza. Ambos estamentos participaron activamente en la movilización. Desde el primer momento la Iglesia trató de convertir el conflicto en una guerra de religión, en la que los españoles defendían el trono y el altar frente a los impíos franceses, republicanos y ateos. Hubo una activa participación de sacerdotes rurales en las actividades bélicas. En un documento que se conserva, los curas del valle de Puértolas, en Sobrarbe, solicitan armas al mando militar, que les contesta que éstas les serían enviadas desde Benasque. Los clérigos responden que prefieren ir ellos mismos a buscarlas a Barbastro, porque les resulta más fácil y podrán así disponer antes de ellas. El obispo de Barbastro ofreció al ejército los derechos y las rentas de las villas ribagorzanas de Graus y Chía. Cuando Castellfranco subió con su ejército desde Huesca hasta Graus, el obispo barbastrense lo alojó en su palacio episcopal y se sumó a la expedición. El teniente coronel de las Reales Guardias Walonas, en una carta escrita desde Graus a un colega suyo, hace esta irónica observación sobre el hecho de que Castellfranco contara con la compañía del prelado: “El segundo (el obispo) me parece más necesario que el primero (el príncipe), pues nos proporciona víveres y nos prodiga muchas bendiciones”.

Los tres lugares principales de Ribagorza con contingentes militares fueron, por este orden de importancia y número de efectivos, Benasque, Vilaller y Graus. Aunque Vilaller pertenece en la actualidad a Cataluña, en aquel tiempo se incluía en Aragón y durante el conflicto fue custodiado por el ejército aragonés de Castellfranco. Vilaller era, además, un punto estratégico para la defensa de las incursiones francesas desde el Valle de Arán. En el primer año de guerra, el sector oriental del Pirineo aragonés estaba al mando del comandante Mariano Ibáñez y contaba con 1476 hombres para la defensa de Benasque, Viella, Vilaller y todos sus núcleos agregados.

Fue en los meses de septiembre y octubre de 1793 cuando se registraron importantes combates en el valle de Benasque. Tras una acción española en el valle de Tena, los franceses que ocupaban el valle de Arán intentaron romper las defensas españolas y penetrar en nuestro país: primero por Vilaller, luego por Esterri d´Àneu y más tarde por Benasque. En este último caso, su plan consistía en descender hasta Graus y continuar después hacia Barbastro, Monzón y el valle del Ebro. Los intentos franceses resultaron infructuosos por la enconada resistencia ofrecida por los españoles.

El 4 de septiembre los galos atacaron los puertos de Rius y Viella y el Coll de Toro y el puerto de los Araneses en Benasque. Incendiaron varios barracones y se retiraron. El 3 de octubre el ataque se extendió también a los valles de Bielsa y Gistaín. La fuerte ofensiva de ese mismo día sobre Benasque y Plan obligó al príncipe de Castellfranco a desplazarse con urgencia desde Jaca para dirigir personalmente las operaciones de defensa. Los franceses, con una columna de un millar de efectivos, atacaron la zona del Hospital de Benasque desde los puertos de los Araneses y Gorgutes. Simultáneamente, los galos atacaron con dos mil soldados el puerto de Plan. Los combates duraron todo el día y los franceses, con muchas bajas, tuvieron que retirarse por la tarde. Sin embargo, los días 6 y 9 de ese mismo mes, aún con más efectivos y con cuatro cañones, volvieron a atacar el valle de Benasque. La situación fue muy delicada para el ejército aragonés que logró detener el ataque en las inmediaciones del Hospital, principalmente en el paraje denominado Esquerrero, entre los Baños y el propio Hospital de Benasque. Tras fuertes combates y una operación envolvente de las fuerzas españolas, los franceses tuvieron que retirarse definitivamente.

Esos días de 1793 serían sin duda de gran agitación y temor en el valle de Benasque. Se conservan dos documentos - uno del 22 de agosto y otro del 6 de septiembre - en los que se insta a todos los pueblos próximos a Benasque a poner a disposición del ejército todas las caballerías existentes. Entre éstas, que son denominadas bagajes, se distingue entre mayores y menores. Las mayores son los caballos y mulos; las menores, los burros. Además, se diferencia también entre las caballerías de los infanzones, las del estado llano y las del clero. Los pueblos incluidos en esta lista son: Cerler, Anciles, Eresué, Ramastué, Liri, Arasán, Urmella, Bisaurri, San Feliu, San Martín, Gabás, El Run, Castejón, Sos, Sesué, Villanova, Sahún, Eriste y Benasque. En total hay 335 bagajes mayores y 122 menores. También se demanda un total de 130 mozos, repartidos proporcionalmente entre los distintos pueblos, para conducir las caballerías mayores.

Tras este intento fallido, y con la llegada de los fríos y las nieves, los franceses abandonaron la idea de penetrar en España por el Pirineo central. Aunque hubo algunas escaramuzas en la zona de Canfranc y en el valle de Arán, el valle de Benasque ya no volvió a ser objeto de ataques hasta el final de la contienda. La guerra pasó a librarse en los frentes occidental y oriental del Pirineo y allí fueron desplazados casi todos los efectivos del ejército aragonés. En abril de 1795, cuatro meses antes del armisticio, en las guarniciones ribagorzanas sólo quedaban 511 hombres en Benasque, 443 en Vilaller y 70 en Graus.

Después de los éxitos iniciales del ejército español, la guerra cambió radicalmente de signo en 1794 y 1795. Los franceses llegaron a tomar las ciudades de San Sebastián, Bilbao y Vitoria en el frente occidental y el castillo de Figueras en el oriental. Finalmente, las negociaciones entre ambos países llevaron a la firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795. España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo y reconoció al nuevo régimen francés, a cambio los franceses se retiraron de los territorios que habían ocupado y la línea fronteriza pirenaica volvió a quedar tal como estaba antes del conflicto. Pocos años tardarían sin embargo España y Francia en enfrentarse de nuevo en otra guerra aún más larga, desgarradora y cruel que la que acabamos de relatar.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: Valle de Benasque, zona del Hospital)
(Artículo publicado en agosto del 2008, en el especial San Lorenzo del Diario del Alto Aragón)

DE MURO DE RODA A LIGÜERRE DE CINCA POR EL ENTREMÓN











Hace unos meses realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una magnífica excursión por la vecina comarca de Sobrarbe. Desde el conjunto monumental de Muro de Roda, siguiendo el GR-1 o Sendero Histórico por su itinerario original, llegamos hasta Ligüerre de Cinca, después de atravesar el impresionante congosto del Entremón.

En Tierrantona, capital del extenso municipio de La Fueva, el autobús que nos había transportado desde Graus tomó una pista de tierra y nos dejó a dos kilómetros escasos de la espléndida y altiva fortaleza de Muro. Iniciamos allí nuestra caminata continuando lo que quedaba de pista. En pocos minutos llegamos a las puertas del amplio recinto amurallado, que nos dispusimos a visitar con detenimiento.

Muro de Roda es un lugar magnífico, digno de mayor fama de la que disfruta en la actualidad. A poco más de mil metros de altitud, su emplazamiento fue elegido por su privilegiada situación defensiva, que permitía ejercer un completo dominio sobre los territorios circundantes. Desde lo alto de la montaña en que se ubica se divisa una amplia panorámica de impresionante belleza. Muro de Roda es un extenso recinto rodeado por una larga muralla de perímetro ovalado, cuyos extremos se orientan al sur y al norte, con una longitud y anchura máximas de unos ciento cincuenta y casi cincuenta metros respectivamente. La muralla este es algo más elevada que la oeste, casi innecesaria por elevarse sobre un espolón que sirve de defensa natural prácticamente inaccesible. En el extremo norte del recinto se encuentra la iglesia de Santa María o de la Asunción, con tres magníficos ábsides románicos que ejercen como cubos exteriores de la muralla y cierran una cripta bajo el altar mayor del templo. Tiene éste una torre con forma de prisma cuadrangular, almenada y con claras funciones de vigilancia. Junto a la iglesia se hallan el cementerio, la antigua casa-abadía y algunas otras dependencias arruinadas. En el extremo sur del recinto encontramos la iglesia de Santa Bárbara, del siglo XVII, adosada a un cubo de la muralla y en la actualidad recubierta con yeso y cal. En el extremo norte, a extramuros del recinto, se levanta la ermita de San Bartolomé, que pertenece a un románico muy primitivo y constituye la parte más antigua de todo el conjunto medieval. Junto a ella, se hallan otras dependencias construidas posteriormente y hoy en ruinas, entre las que destaca un reducido claustro de forma cuadrangular distribuido en torno a un pozo central.

Las murallas -de las que se habían desprendido algunos lienzos con el paso del tiempo-, el exterior de la iglesia de Santa María y la ermita de San Bartolomé han sido objeto de una reciente restauración que ha mejorado considerablemente el aspecto exterior del conjunto. Quedan pendientes de actuaciones posteriores el interior de la iglesia y otras dependencias anexas que podrían ser utilizadas con fines turísticos en el futuro. Sería deseable que la fortaleza sobrarbense tuviera el protagonismo que merece, pues es sin duda uno de los lugares históricos más destacados de nuestra provincia.

Muro de Roda fue construido por el rey navarro Sancho el Mayor en el siglo XI, en un momento de fortificación de sus extensos dominios. Por su elevación e importancia el recinto se denominó en un principio Muro Mayor (“muro maiore”). Posteriormente, en el siglo XII, cuando el rey Ramiro II el Monje donó el lugar al obispado de Roda de Isábena, cambió su antigua denominación por la actual. El conjunto defensivo fue levantado fundamentalmente en dos etapas constructivas: una primera en los siglos XI y XII y otra posterior en los siglos XVI y XVII. La fortaleza comunica visualmente con otros castillos próximos como los de Troncedo y Samitier, situado este último en un impresionante escarpe sobre el desfiladero del Entremón.

Muro de Roda es un ejemplo muy ilustrativo de lo que era una fortaleza defensiva medieval. En caso de guerra servía como refugio a los habitantes de los lugares del contorno, sobre los que desempeñaba funciones de capitalidad y centro. Mantuvo en cierta manera esa condición hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, en que aún ejercía como cabeza de un municipio al que daba nombre. Un total de quince pequeños lugares desparramados por sus laderas tenían allí su ayuntamiento, su iglesia, su escuela y su cementerio. Hasta este último eran subidos desde las diversas aldeas, a hombros y por empinados y serpenteantes caminos, los féretros de los vecinos fallecidos, en un último y verdadero ejercicio de penitencia y esfuerzo físico al que los muertos sometían a los vivos.

Al final del muro oriental de la fortaleza, y en dirección al sur, arranca el antiguo sendero por el que discurría hasta hace poco el GR-1, antes de ser desviado por la ladera desde la pista que sube de Tierrantona. Nosotros seguimos el viejo trazado, sin duda más atractivo y recomendable que el itinerario actual. El camino desciende por un frondoso y húmedo bosque, que en algunos momentos se muestra casi alfombrado de verde musgo. Desemboca en una pista que es necesario cruzar para seguir después por un sendero, bastante oculto e invadido por las ramas de algunos arbustos, que se dirige hacia el pueblo abandonado de Ministirio. Pasamos por algunas de sus antiguas eras antes de alcanzar una nueva pista. Las ruinas de Ministirio quedan a nuestra derecha, pero nosotros continuamos hacia la izquierda e iniciamos enseguida una fuerte bajada que desemboca en la pequeña población de Humo de Muro.

Humo de Muro es un topónimo erróneamente castellanizado. En realidad su nombre correcto y original es el descriptivo Lumo de Muro, es decir, el lomo o la loma de Muro, derivado del término latino “lumbus”. El pueblo, que pertenece al municipio de La Fueva, tiene pocas casas, pero todas ellas bien arregladas en la actualidad. Destaca la casa Clavería, hoy convertida en un conocido establecimiento de turismo rural. Desde Humo descendemos hacía el río, contemplando a la izquierda de nuestro camino un espléndido ejemplar de roble o "caixigo".

El río Usía, que atraviesa por su centro el fértil valle de La Fueva, se deja cruzar fácilmente saltando entre sus piedras. En la otra orilla se encuentra el viejo molino de Palo, pueblo al que no tardaremos en llegar.

Palo es una pequeña localidad con municipio propio, situada en la ladera de un tozal de formas redondeadas al que da nombre. La población tiene algunas construcciones interesantes y en sus proximidades -no hemos pasado muy lejos de él- se encuentra el santuario de Bruis, objeto de una de las romerías más concurridas de las celebradas en el Alto Aragón.

Continuamos el camino, siguiendo las marcas rojiblancas del GR-1, en dirección a la presa de Mediano, embalse que muy pronto vamos a divisar. El camino rodea el rechoncho tozal de Palo, que queda a nuestra izquierda; a la derecha, el río Usía se encajona profundo entre las rocas buscando su desembocadura en el Cinca. De las aguas del embalse emerge frente a nosotros el tozal de Monclús, en cuya cima se hallaba en otro tiempo un importante castillo del que hoy apenas quedan restos. Al parecer fue en su origen fortaleza musulmana, tal vez la que las crónicas medievales denominan al-Muns. Del antiguo pueblo de ese nombre, de su importante puente medieval y de su judería arrasada por los fanáticos “pastorcillos” llegados de Francia en el siglo XIV, escribí hace ya unos años en estas mismas páginas.

Enseguida llegamos a la presa del embalse de Mediano. El actual pantano fue construido en 1974 con la intención de regular el que unos años antes se había levantado en El Grado, aguas abajo del Cinca. El viejo pueblo de Mediano quedó sumergido por el gran embalse. Cuando el nivel del agua desciende aún asoma a la superficie, queriendo recordar su existencia, la vieja torre de su iglesia. Con el pueblo quedaron sepultados muchos retazos de historia de una zona de gran importancia estratégica desde la antigüedad. Cubierto por las aguas, cerca de la actual presa, quedó el legendario puente del Diablo, que algunos remontan a la época romana y que unía en este punto las dos orillas del Cinca. Es probable que este puente hubiera sido construido, sin embargo, en los siglos XVI o XVII y fuera el de Monclús, situado algo más al norte, el que correspondiera a épocas más antiguas.

Desde la presa de Mediano continúa el GR-1 por la margen izquierda del Cinca, hasta adentrarse en las angosturas del desfiladero del Entremón. El camino es bonito y, salvo un pequeño paso con algo más de dificultad, bastante cómodo y llevadero para el caminante. Sobre las verticales paredes de la orilla derecha asoma el impresionante castillo de Samitier. Se trata de un conjunto religioso-militar construido en el siglo XI, bajo el reinado de Ramiro I. En un emplazamiento inverosímil, se conservan los restos de la torre del castillo y, no hace mucho tiempo restaurada, la iglesia románica de San Emeterio -de donde deriva Samitier- y San Celedonio, de planta basilical y tres ábsides. Ramiro I encargó la custodia del recinto defensivo a una comunidad de monjes soldados en aquellos lejanos tiempos medievales, de los que el lugar trae abundantes y sugestivas evocaciones.

Nosotros, bajo la permanente vigilancia de Samitier desde las alturas, salimos del Entremón y llegamos al puente de Ligüerre, donde nos esperaba el autobús y terminaba nuestra caminata. Sólo restaba un obligado alto en el Mesón de Ligüerre para reponer nuestras menguadas energías tras el esfuerzo realizado.

Ligüerre, o Lligüerri en aragonés, pertenece hoy al pequeño municipio de Abizanda. Quedó despoblado tras la construcción del pantano de El Grado y posteriormente fue cedido al sindicato UGT, que lo rehabilitó con buen gusto y ha convertido en un agradable y acogedor lugar de vacaciones y descanso. Tuvo el pueblo su importancia histórica. Madoz cita a mediados del siglo XIX la existencia en sus proximidades de una barca que permitía, previo pago obligado al barquero, el paso de una a otra orilla del río Cinca. Su mesón fue también durante siglos lugar de parada y fonda para muchos viajeros que transitaban entre el somontano y la montaña.

Desde Muro de Roda hasta Ligüerre de Cinca, hemos andado por antiguos caminos que en otros tiempos vieron el incesante trasiego de gentes diversas y afanosas, forjadoras de la rica identidad de estas tierras del Sobrarbe.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragon el 3 de agosto de 2008)

(Fotos: Muro de Roda -doce primeras fotos, la decimosegunda corresponde al interior de la ermita de San Bartolomé-, Ministirio con el tozal de Palo al fondo, iglesia de Mediano con el pantano bajo, Entremón, conjunto de Samitier desde el Entremón, Ligüerre de Cinca desde el Entremón y Ligüerre de Cinca.)