domingo, 30 de noviembre de 2008

"PAPUR", EL UNIVERSO LITERARIO DE FERRER LERÍN

“Papur” es un libro sorprendente, distinto, heterodoxo, extrañamente bello. De género literario inclasificable, misceláneo, original, a ratos inquietante, a ratos divertido, fascinante en todo caso. Su autor es Francisco Ferrer Lerín, escritor barcelonés residente en Jaca, y ha sido publicado hace unos meses por la nueva editorial aragonesa Eclipsados, en una bonita y cuidada edición.

Prácticamente, descubrí a Ferrer Lerín (Barcelona, 1944) con su novela “Níquel” (Mira Editores, Zaragoza, 2005), sobre la que escribí en el “Diario del Alto Aragón” poco después de que fuera publicado. Luego he leído otras obras suyas y he conocido su importancia en el mundo literario desde los ya lejanos tiempos de los novísimos de Pere Gimferrer, Félix de Azúa, Leopoldo María Panero y compañía. Aunque no figurara en la famosa antología de José María Castellet, Ferrer Lerín fue considerado por algunos como el décimo novísimo. El escritor tiene fama de ser un verdadero personaje, singular y polifacético, siempre alejado de lo común y lo convencional. Enrique Vila-Matas o Félix de Azúa le han dedicado algunas páginas en algunos de sus libros más conocidos. Pablo Amatller, protagonista de “Níquel”, era un trasunto literario bastante fiel, al parecer, a la realidad biográfica del autor de la novela. En uno de los textos que aparecen al final de “Papur”, el personaje denominado Gran Lerín, en el juego literario padre de otro personaje llamado Lerín a secas, es presentado, en una rápida definición, como un “escritor maldito, ornitólogo especializado en grandes aves necrófagas y jugador de póquer”. Sobre los datos biográficos del escritor afincado en Jaca desde hace años, ya escribí en el mencionado artículo que en su momento dediqué a “Níquel”. Recomiendo a quien desee conocer más cosas sobre él una visita a su completo e interesante blog (http://ferrerlerin.blogspot.com/).

Desde la aparición de “Níquel” a finales de 2005, Ferrer Lerín ha publicado una recopilación de su obra poética en “Ciudad propia. Poesía autorizada” (Santa Cruz de Tenerife, Artemisa, 2006) y “El bestiario de Ferrer Lerín” (Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2007). En “Ciudad propia” se reúnen sus tres poemarios anteriores -“De las condiciones humanas (1964), “La hora oval” (1971) y “Cónsul” (1987)- y se añaden casi una treintena de poemas inéditos. En la personal poesía del escritor barcelonés se combina el uso del verso y de la prosa. “El bestiario de Ferrer Lerín”, exquisitamente editado en formato pequeño con tapa dura de color rojo y dibujo en negro, tiene su origen en una proyectada tesis doctoral del autor sobre los ornitónimos, o términos referidos a los pájaros, que aparecen en el Diccionario de Autoridades. Brillantes, certeros y diferentes son los artículos que hasta no hace mucho ha venido publicando en la edición oscense de “Heraldo de Aragón” y que hoy algunos ya comenzamos a añorar. A su condición de poeta, narrador y articulista hay que sumar la menos conocida de traductor de obras de escritores como Eugenio Montale, Tristan Tzara, Saint-Jhon Perse, Jacques Monod, Paul Claudel o Gustave Flaubert.

El motivo de estas líneas es la reciente aparición de “Papur”, el último libro de Ferrer Lerín, sobre el que escribo como un modesto lector que ha disfrutado con su lectura. Del libro destaca en primer lugar, como se ha dicho, su cuidada edición, elegante en cierto modo, estéticamente atractiva y de precio asequible, cuestión no menor en estos tiempos de crisis. Sus últimas páginas, aproximadamente la tercera parte del libro, están escritas sobre un color gris que contrasta con el blanco habitual del resto de la obra. Si en “Níquel” se observaban algunos ligeros descuidos formales y sintácticos, debidos tal vez a una edición no demasiado esmerada, no puede decirse lo mismo de “Papur”. Todo lo contrario: el libro está escrito de manera impecable, con un perfecto equilibrio entre unos contenidos sugerentes y heterogéneos y unas logradas formas estilísticas, casi siempre concisas, contenidas y elegantes.

El libro se divide por este orden en los siguientes apartados: “Proemio”, “Bibliofilias”, “Facsímiles”, “Series”, “Varios” y la citada última parte, en páginas grises, “Die rabe y dos breves guiones”. El nombre propio Papur que da título al libro aparece en su “proemio” como apellido de dos de los personajes que se citan en la relación de judíos -a la mayoría de cuyos nombres se añade la sorprendente apostilla “ya fallecido”- que constituyeron el 15 de enero de 1475 la judería de Jaca en la sinagoga mayor de esta ciudad pirenaica.

En “Bibliofilias”, y en general en todo el libro, se constata la gran erudición libresca del autor, que en su caso no parece, como ocurre con frecuencia, contraponerse con sus vivencias personales, intensas y variadas. Los diversos textos que componen “Papur”, prácticamente breves todos ellos, nos muestran un mundo personal, singular y propio, a veces recurrente pero no repetitivo, y una magnífica capacidad literaria. En las páginas del libro se suceden entremezcladas numerosas referencias bibliográficas, lingüísticas, pictóricas, naturalistas, mitológicas, periodísticas, científicas o históricas. Aparece con frecuencia el mundo de las rapaces y de las aves necrófilas, que el autor tan bien conoce por su condición de ornitólogo y sus trabajos en la naturaleza y que ya encontrábamos en algunas páginas de su anterior novela “Níquel”.

En un amplio abanico de registros que abarca desde el estudio científico hasta el relato de terror, hay también espacio para el sentido del humor, la ironía, el erotismo y la sexualidad. Entre la abundante erudición y las observaciones científicas se dan -en los que para mi gusto son los mejores momentos del libro- repentinos giros, rápidos y sorprendentes, que nos transportan hacia el mundo de la imaginación y la creación literaria. No siempre le resulta fácil al lector modesto diferenciar con claridad lo que es verdadero de lo que es ficción o producto de la imaginación del autor. Creo que algunos de los textos de “Papur” que responden a esta mezcla tan bien resuelta en unas pocas líneas son verdaderamente magistrales y merecen figurar en las mejores antologías de relatos breves. Algunas de estas pequeñas joyas literarias se resuelven en una página y sólo en algún caso, como en el magnífico “Lisa en el pozo”, alcanzan una extensión ligeramente mayor. En esta última y en algunas otras historias del libro asoman mundos sombríos de espeluznantes horrores, que también emergían de manera inquietante y notable en algunos pasajes de la magnífica novela “Níquel”.

Algo menos atractiva puede resultar para el lector, esa ha sido al menos mi impresión, la lectura de la última parte del libro, aunque sea notable el breve guión final “Se describe una vida extraña”, escrito a partir del aún más breve texto del mismo título que Ferrer Lerín había publicado en su libro de 1971 “La hora oval” y recogido recientemente en “Ciudad propia”, y que se añade en “Papur” a las doce secuencias cinematográficas que cierran la obra.

En “Papur”, como ya ocurriera en “Níquel”, aparece en varias ocasiones la geografía altoaragonesa. Sobre todo, en el guión cinematográfico “Die Rabe”, que se ambienta en la ciudad de Jaca (casino, calles, polideportivo, estación de ferrocarril) y en algunos lugares próximos a la villa pirenaica (Canfranc, Museo de Dibujo del castillo de Larrés, Campo de Jaca, Canal de Berdún, Abay, La Paúl de Artaso, Macizo de San Juan de la Peña y explanada del Monasterio Nuevo, Sescún, Oroel, Ascara). Según se lee en la nota biográfica que cierra “Ciudad propia”, “Die Rabe” fue escrito en 2001 por encargo del artista Federic Amat y sirvió de base a su autor para su posterior novela “Níquel”. Espléndido es el texto de un par de páginas titulado “Ingesta de carne humana a cargo de aves en las provincias de Lérida y Huesca”.

En resumen, “Papur”, como ya se ha dicho al principio de este artículo, es un libro distinto, heterodoxo y heterogéneo, con momentos de una gran brillantez literaria, que confirma que su autor se encuentra en un buen momento creativo. Esperamos y deseamos que de la polifacética personalidad de Ferrer Lerín surjan nuevos libros que sigan poblando uno de los universos literarios más ricos y singulares del panorama literario español actual.

Papur, Francisco Ferrer Lerín. Editorial Eclipsados. Zaragoza, 2008. 190 páginas.

Carlos Bravo Suárez


viernes, 14 de noviembre de 2008

GEORGE ORWELL EN EL FRENTE DE HUESCA

Celebramos este año el centenario del nacimiento del gran escritor británico George Orwell (India, 1903 - Londres, 1950), autor de obras tan importantes para la literatura del siglo XX como Rebelión en la granja y 1984. En 1938 se publicó Homenaje a Cataluña, reeditado recientemente, en el que Orwell narra sus experiencias en la Guerra Civil española. Aunque el título del libro, algo engañoso, pueda hacer creer otra cosa, toda su estancia en el frente bélico en nuestro país transcurrió en tierras aragonesas: en la Sierra de Alcubierre al principio y en el asedio a la ciudad de Huesca después.

Comienza el relato en Barcelona, a finales de diciembre de 1936, cuando Orwell ingresa en la milicia antifascista del POUM, partido de orientación trotskista con cierta implantación en Cataluna, sobre todo en la provincia de Lérida. A principios del 37, y tras un largo y lento viaje en tren, el escritor llega a Barbastro, lugar que, a pesar de su relativa lejanía del frente, le parece "lúgubre y desolado". En el inicio del segundo capítulo del libro, Orwell explica de manera muy gráfica sus primeras impresiones sobre la guerra y la realidad de los pueblos altoaragoneses: "Mi compañía fue enviada en camión a Siétamo, y luego hacia el oeste hasta Alcubierre, situada justo detrás del frente de Zaragoza. Siétamo había sido disputada tres veces antes de que los anarquistas terminaran por apoderarse de ella; la artillería la había reducido en parte a escombros y la mayoría de las casas estaban marcadas por las balas. (...) El frío era riguroso y densos remolinos de niebla parecían surgir de la nada. (...) Era de noche cuando llegamos a Alcubierre. (...) Ya estábamos cerca del frente, lo bastante cerca como para sentir el olor característico de la guerra, según mi experiencia, una mezcla de excrementos y alimentos en putrefacción. Alcubierre no había sido bombardeada y su estado era mejor que el de la mayoría de las aldeas cercanas a la línea de fuego. Con todo, creo que ni siquiera en tiempos de paz sería posible viajar por esta parte de España sin sentirse impresionado por la miseria peculiar de las aldeas aragonesas. Están construidas como fortalezas: una masa de casuchas hechas de barro y piedras, apiñadas alrededor de la iglesia. Ni siquiera en primavera se ven flores. Las casas no tienen jardines, sólo cuentan con patios donde flacas aves de corral resbalan sobre lechos de estiércol de mula. (...) El constante ir y venir de las tropas había reducido la aldea a un estado de mugre indescriptible. Esta no tenía ni había tenido nunca algo similar a un retrete o un albañal. No había ni un solo centímetro cuadrado donde se pudiera pisar sin fijarse donde se ponía el pie. Hacía ya mucho que la iglesia se usaba como letrina, y lo mismo ocurría con los campos en medio kilómetro a la redonda. Al evocar mis primeros dos meses de guerra, nunca puedo evitar el recuerdo de las costras de excrementos que cubrían los bordes de los rastrojos."

Las decepciones de Orwell continuarán en los días posteriores, cuando por fin se reparten armas entre los nuevos milicianos: "Estuve a punto de desmayarme cuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fechado en 1896; ¡tenía más de cuarenta años! Estaba oxidado, tenía la guarnición de madera rajada y el cerrojo trabado y el cañón corroído e inutilizable". El espigado miliciano británico nos muestra un frente con escasa actividad bélica en esos primeros días de 1937; los verdaderos enemigos eran el lodo, los piojos -con la llegada de la primavera su presencia se hará casi insoportable-, el hambre y el frío. La mayoría de los milicianos eran muy jóvenes -él cree que el promedio de edad estaba por debajo de los veinte años-, entusiastas pero mal vestidos y peor preparados: "Parecía increíble que los defensores de la República fueran esa turba de chicos zarrapastrosos, armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar". Resulta llamativo el uso frecuente que, según se explica en el libro, hacían los combatientes republicanos de los megáfonos en el frente de guerra. Con ellos, los milicianos intentaban convencer, a veces con cierto éxito, al enemigo -pueblo llano en su mayor parte- para que se pasara a su bando, que entendían era el que por su baja condición social verdaderamente les correspondía .

Las cinco principales preocupaciones en las trincheras eran en esos días, por este orden, la leña, la comida, el tabaco, las velas y, por último, el enemigo. Deseoso de acción, Orwell describe la monotonía de la vida en el frente: "Montar guardia, patrullar, cavar; cavar, patrullar, montar guardia". Y nos ofrece, a continuación, esta imagen tan descriptiva de esos días invernales en el páramo aragonés: "En la cima de cada colina, fascista o leal, un conjunto de hombres sucios y andrajosos tiritaba en torno a su bandera y trataba de entrar en calor". La desorganización y la falta de medios eran completas en esos primeros meses de guerra. Los milicianos del POUM no sólo no disponían de artillería, sino que escaseaban las municiones y las granadas -se decía que las que tenían eran imparciales pues mataban tanto al enemigo como a quien las arrojaba- y carecían del material bélico más indispensable. Por eso, cuando Orwell vuelve a Barcelona y observa que en la retaguardia abundan las armas y se lucen flamantes uniformes, después de enfurecerse por tan evidente contrasentido, empieza a preguntarse por las causas de esa situación incomprensible.

Tras unos primeros meses en la Sierra de Alcubierre -su posición se encontraba en Monte Oscuro, a la vista de Zaragoza-, a mediados de febrero de 1937, la milicia de Orwell fue enviada a integrar el ejército de las diversas columnas de milicianos que sitiaban Huesca: "A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huesca brillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes, cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales había comentado alegremente: 'mañana tomaremos café en Huesca'. Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y 'mañana tomaremos café en Huesca' se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España -escribe Orwell con ironía-, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca."

En los alrededores de la capital altoaragonesa estuvo Orwell unas seis semanas. Su sector utilizaba como cuartel general un establecimiento de campo llamado La Granja. En ese tiempo sólo se realizó una verdadera acción de combate en esa parte del frente: la toma momentánea por asalto del Manicomio de Huesca, que enseguida se tuvo que abandonar al no recibirse el esperado apoyo de otros grupos milicianos. La escasez de casi todo continuaba: "Nuestros uniformes se caían a pedazos, y muchos de los hombres carecían de botas y usaban sandalias con suela de esparto". A finales de marzo se le infectó una mano y tuvo que pasar unos días en el llamado hospital de Monflorite, que era en realidad un centro de distribución de heridos. Sorprende al escritor inglés la ausencia absoluta de religiosidad en la zona -habían desaparecido hasta las inscripciones religiosas de los cementerios- y sobre ello hace una interesante reflexión: "Es posible que la creencia cristiana fuera reemplazada en cierta medida por el anarquismo, cuya influencia está ampliamente difundida y que, sin duda, posee un matiz religioso". Aparecen citados lugares como la fortaleza medieval de Montearagón, tomada por las milicias y donde se instaló uno de los pocos cañones utilizados por los republicanos; según Orwell, tan viejo y tan lento que daba la sensación de que se podía correr a la par de los proyectiles que expulsaba. Tras ciento quince días en el frente, sin apenas entrar en combate, pero padeciendo en abundancia el frío y la falta de sueño, Orwell partió de permiso hacía Barcelona donde vivió los violentos sucesos de mayo, en los que anarquistas y trotskistas por un lado y comunistas por otro se enfrentaron en las calles de la capital catalana.

Abatido por dichos acontecimientos de la retaguardia y terminado su permiso, el escritor inglés volvió al frente de Huesca, en el que las cosas no habían cambiado mucho. A los pocos días de su regreso y estando en el vértice de un parapeto, a las cinco de la mañana, al asomar la cabeza, recibió un disparo en la garganta que lo hirió de gravedad. Salvó la vida milagrosamente y con una inyección de morfina fue enviado a Siétamo. Al anochecer, y tras un viaje infernal por caminos destrozados, realizado a falta de ambulancias en un bamboleante camión en el que entendió por qué muchos heridos morían en su traslado a los hospitales, llegó a Barbastro, desde donde fue enviado a Lérida y más tarde de nuevo a Barcelona.

Aún volvió poco tiempo después el narrador inglés a nuestra provincia durante cinco días, a mediados de junio, en busca del certificado de incapacidad física que debían sellarle en su unidad de combate. Lo enviaron de un hospital a otro: Siétamo, Barbastro, Monzón, de nuevo Siétamo y Barbastro y finalmente Lérida. Durmió una noche en el hospital de Monzón y pasó un día entero, esperando el único tren diario a Barcelona, en la capital del Somontano, que contempló, cerrando así su periplo altoaragonés en el mismo lugar en que lo había comenzado, con ojos bien distintos a los de su primera visita: "Ahora me resultaba extrañamente diferente. Caminando sin rumbo fijo, descubrí agradables y tortuosas callejuelas, viejos puentes de piedra, bodegas con grandes toneles goteantes, altos como una persona, e intrigantes talleres semisubterráneos con hombres haciendo ruedas de carro, puñales, cucharas de madera y las clásicas botas españolas de piel de cabra. Me puse a observar cómo un hombre hacía una de esas botas y así me enteré, con gran interés, de que el exterior de la piel se coloca hacia dentro, de modo que uno bebe pelo de cabra destilado. Las había utilizado durante meses sin saberlo. Y detrás de la ciudad había un río color verde jade, poco profundo, del cual emergía un risco perpendicular, con casas construidas en la roca, de modo que desde la ventana del dormitorio se podía escupir hacía el agua que corría treinta metros más abajo. Innumerables palomas vivían en los huecos del risco". Este es casi el único momento en que George Orwell pudo pasear con tranquilidad por una de nuestras poblaciones. Cuando unas semanas más tarde abandonó España por la frontera francesa, huyendo de las purgas desatadas en Barcelona contra los trotskistas tras la ilegalización del POUM, sólo lleva consigo dos recuerdos del país que nunca volvería a pisar: "una bota de piel de cabra y una de esas lámparas de hierro en las que los campesinos aragoneses queman aceite de oliva y cuya forma es casi idéntica a la de las lámparas de terracota usadas por los romanos hace dos mil años".

El gran escritor inglés -genio visionario para unos, loco idealista para otros- se llevó dos preciados recuerdos de aquellos pueblos altoaragoneses: una bota de vino y un candil de aceite. Justo es que, en el año de su centenario, recordemos su paso por estas tierras en unos tiempos convulsos en que la barbarie de la guerra se apoderó de un país que, afortunadamente, ha dejado atrás, esperemos que para siempre, aquellos días aciagos de sangrientas luchas fratricidas.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 7 de diciembre de 2003 con motivo del centenario de George Orwell)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

GEORGE J. G. CHEYNE, EL HISPANISTA QUE ESTUDIÓ A COSTA

Hace 15 años que murió George J. G. Cheyne, el gran hispanista inglés que estudió, como nadie lo había hecho antes, la vida y la obra del ilustre polígrafo y pensador altoaragonés Joaquín Costa. Su muerte se produjo a finales de diciembre de 1990 en la localidad inglesa de Newcastle upon Tyne, donde residía y de cuya universidad fue doctor en Filosofía y Letras y más tarde director del Departamento de Estudios Hispánicos y Latinoamericanos. Había nacido en 1915 y contaba, por tanto, con 75 años de edad cuando se produjo su fallecimiento.

No es necesario celebrar ningún aniversario para recordar la extraordinaria labor investigadora llevada a cabo por Cheyne, merecedora de reconocimiento permanente por quienes aprecian la cultura en general y están interesados en la obra y el pensamiento de Costa en particular. Su figura es, sin duda, respetada y admirada por los costistas, que lo consideran el primero entre los suyos, pero Cheyne sigue siendo un desconocido para una gran mayoría de aragoneses y españoles. Tras su muerte, se dio su nombre a una calle de Graus, lugar que el británico visitó ininterrumpidamente durante los últimos treinta veranos de su vida y donde Costa pasó buena parte de la suya hasta el fin de sus días en 1911. Son, sin embargo, muchos los grausinos que ni siquiera conocen por su nombre actual dicho pasaje, pues sigue utilizándose su anterior denominación popular y una placa oscura impide leer la inscripción con claridad. Merecería el gran hispanista, que tanto quiso a Graus y a Costa, un lugar más relevante en la memoria del pueblo. Gran acierto es, sin duda, dar su nombre a la biblioteca de la sede de la UNED en Barbastro. Es proverbial la falta de gratitud de los aragoneses con los suyos e incluso también, a veces, tal vez menos, con algunos foráneos que han hecho mucho por destacar nuestra cultura.

Es cierto, por otro lado, que coincidiendo con su muerte, los estudiosos de Costa rindieron merecido homenaje a Cheyne. Fue en la revista "Anales de la Fundación Joaquín Costa", en su número 7, publicado en Madrid en 1990. En una docena de páginas, mostraban su admiración por el hispanista devotos de Costa - algunos también descendientes suyos - en sentidos artículos firmados por Alfonso Ortega Costa, José María Auset Viñas, Josep Fontana - de quien se reproducía parte de su elogioso prólogo a la biografía de Costa escrita por el inglés -, Gloria Medrano y Lorenzo Martín-Retortillo Baquer. Este último hizo también loa del hispanista fallecido en una magnífica colaboración publicada al año siguiente en el BILE (Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). Todos ensalzaban su dedicación y su rigor intelectual, pero también su calidad humana y su simpatía. Especialmente interesante es el artículo del grausino José María Auset Viñas, que afirma con absoluto acierto que en los estudios sobre Costa se observan dos épocas bien diferenciadas: la anterior a Cheyne, en la que, salvo alguna excepción, muchos de los trabajos que a él se dedicaron contribuyeron más que a otra cosa a crear confusión sobre su figura; y la época posterior a los estudios del inglés, quien sentó las bases para un análisis más objetivo, riguroso y sistemático tanto de la vida como de la obra del ilustre polígrafo. Aprovecho para mostrar aquí mi gratitud al señor Auset por su amabilidad, las informaciones que sobre Cheyne me facilitó y los libros que me prestó, y para destacar el cariño que ha mostrado siempre hacia la figura de su tío-abuelo, cuyo legado ha conservado con esmero. A sus más de noventa años sorprende la lucidez de su conversación y la claridad de sus recuerdos y opiniones. Por encima de todo lo demás, el señor Auset destaca en Cheyne su gran humanidad: a su elevada estatura física unía un gran corazón. También su paciencia y su desconocimiento de la prisa, y la gran importancia que en su vida y en su trabajo intelectual tuvo su mujer, Asunción Vidal, doctora en psiquiatría y colaboradora codo con codo con su marido, algunas de cuyas obras y artículos tradujo, espléndidamente, del inglés al español. Durante treinta años, de 1960 a 1990, en el mes de agosto Cheyne nunca faltó a su cita grausina.

Como el propio hispanista indica, fue fundamental en su elección de Costa como objeto de estudio el hecho de haber conocido en 1960 en Barcelona a su hija Pilar, cuya franqueza y bondad le causaron honda impresión y quien le ayudó, al igual que sus hijos, en su labor investigadora. Si Cheyne conoció a la única hija de Costa fue debido a la familia de su mujer, cuyo padre, Joan Françesc Vidal i Jové, era amigo de doña Pilar. El hijo de ésta, Alfonso Ortega Costa, reproduce en su artículo de la revista "Anales" en homenaje a Cheyne la carta de presentación que el señor Vidal envió a su madre en 1959 y parte de cuyo texto es el siguiente: " Entre las cosas pintorescas que me han salido con los años, he de citar un yerno inglés que se llama G.J.G. Cheyne, muchacho encantador y con el grave defecto de ser inteligente, que casó con mi hija Asunción (la que es médico). Recientemente ha conseguido la licenciatura de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Londres y, al preparar su tesis para el doctorado, ha elegido como tema la obra y vida de Joaquín Costa". La hija del gran polígrafo recibió a Cheyne a instancias de su suegro y, como hemos dicho, el conocimiento directo de aquélla reafirmó al estudioso británico en su idea de convertir a Costa en tema de su tesis doctoral.

Rememora el nieto de Costa en el mismo artículo el primer viaje de Cheyne desde Barcelona a Graus y Monzón en el verano de 1960 para conocer los principales lugares costistas de ambas localidades. En un Citroen "dos caballos", realizaron el viaje el matrimonio Cheyne y los nietos de Costa, Rafael y Alfonso. Visitaron primero su casa natal en Monzón y la iglesia de Santa María del Romeral, donde Cheyne tomó fotografías de la pila en que fue bautizado el escritor y habló con el vicario de la iglesia sobre el deficiente estado de conservación de su partida de bautismo. En Graus, visitaron la plaza Mayor, la plaza de Coreche, donde se halla la casa en la que vivió la familia Costa Martínez, la casa donde murió don Joaquín - como a Cheyne gustaba llamarlo -, en la calle que ahora lleva su nombre, y el monumento a él dedicado que preside la calle Salamero.

A este primer viaje sucedieron, como hemos dicho, muchos otros, y Cheyne fue teniendo acceso a los legajos del archivo grausino de Costa, que en gran medida fue microfilmado por el hispanista para su mejor estudio y su preservación de cualquier contingencia. Una de las cosas que me comentó el señor Auset fue el gran conocimiento que tenía Cheyne de los papeles del archivo de Costa en Graus, pues a veces le escribía para solicitarle algún dato y le indicaba con absoluta precisión el lugar donde éste se hallaba. Viajó el estudioso inglés en busca de documentación e informaciones que contribuyeran a su mejor conocimiento de Costa a los lugares que hizo falta: sobre todo a Madrid, pero también, cuando fue necesario, a La Solana, en La Mancha, donde Costa vivió un prolongado pleito que consumió durante largo tiempo muchas de sus energías. De sus frecuentes visitas a Huesca, cuenta L. Martín-Retortillo en el citado artículo en el BILE que Cheyne decía que dormía mucho mejor desde que en la ciudad había un importante equipo de baloncesto, pues eso había obligado al hotel en que solía hospedarse a instalar camas especiales para personas de elevada estatura. Al margen de esta graciosa anécdota hay que insistir en que el inglés dedicó mucho tiempo de su vida al conocimiento objetivo y riguroso de la compleja figura de Costa. Y el resultado son sus magníficos libros en los que, además de plasmar toda esa gran dedicación y entrega, trasmite al lector sus conocimientos con claridad y de forma amena, haciendo fácil e inteligible a todos la gran complejidad vital e intelectual de la rica personalidad del gran jurista y orador aragonés. Ese es, en mi opinión, su mayor logro. Cheyne huye de cualquier pedantería y lejos de la farragosidad de muchos de los textos que sobre el llamado "León de Graus" se han escrito, redacta sus obras con sencillez y precisión, a la vez que con exquisita corrección y elegancia.

La primera obra de Cheyne sobre Costa fue su tesis doctoral "A bibliographical Study of the Writings of Joaquín Costa", editada en Londres en 1972 y traducida al español por su mujer en 1981 como "Estudio bibliográfico de la obra de Joaquín Costa (1846-1911)". Se trata de un extraordinario trabajo de recopilación, ordenación e inventario de toda la ingente, dispersa y variada obra de Costa, y supone un ejemplo de dedicación, metodología y rigor. El libro constituye una herramienta imprescindible para quien quiera abordar en toda su extensión la obra escrita del ilustre altoaragonés.
En el mismo año de 1972, se publicó "Joaquín Costa, el gran desconocido", al que se añadía el subtítulo de "esbozo biográfico" que podía hacer pensar en unos meros apuntes sobre la vida del personaje estudiado. Nada más lejos de la realidad: el libro es un extraordinario acercamiento a la figura humana del escritor, a sus humildes orígenes, a su infancia en un mundo hostil a su extraordinaria inteligencia, a su voluntad de hierro para superar los obstáculos físicos y materiales que padecía, a sus desengaños, a las injusticias sufridas por su humilde cuna, su procedencia y su vinculación al ideario krausista y librepensador de la Institución Libre de Enseñanza, a su frustrado amor con Concepción Casas por esos mismos motivos, a su paternidad casi clandestina, a sus sinsabores políticos, a su soledad, a su descomunal capacidad intelectual y de trabajo, a su integridad y honradez tal vez obsesivas pero siempre ejemplares y modélicas, a los intentos de manipulación de su pensamiento y su figura, tanto en vida como después de su muerte, a su enfermedad degenerativa que lo convirtió en una ruina física como él, en los momentos de desánimo, decía de sí mismo. Ninguna biografía anterior ni estudio posterior sobre su vida nos ha acercado tanto al Costa hombre, al sabio incomprendido, al titán en lucha solitaria y sufriente contra la hipocresía y la falsedad del mundo. Es sintomático de la cultura de un país o de una comunidad que una biografía ejemplar sobre uno de sus hijos más ilustres lleve más de treinta años sin ser reeditada y sea hoy imposible de encontrar en las librerías, y eso cuando un año tras otro políticos de todos los colores y pelajes se llenan la boca hablando de alguien a quien, a buen seguro, si volviera a vivir ignorarían o harían la vida imposible como ya le sucedió en vida.

Publicó Cheyne tres epistolarios de Costa con tres importantes personajes de la época con los que mantuvo una estrecha relación: Manuel Bescós, Francisco Giner de los Ríos y Rafael Altamira. Las cartas intercambiadas con Bescós vieron la luz en 1979 con el título de "Confidencias políticas y personales: Epistolario Joaquín Costa - Manuel Bescós (1899 -1910)". Cheyne dedicó el libro a José María Auset Viñas. Manuel Bescós Almudévar (Escamilla, 1866 - Huesca, 1928) era un abogado y hombre de negocios, viajero y culto, que llegó a ser alcalde de Huesca por algunos años. Su padre, que ayudó a Costa a su llegada a la capital altoaragonesa, era carlista convencido y por ese motivo rompió con aquél cuando evidenció posturas liberales y krausistas. Sin embargo, Bescós (hijo) fue siempre devoto seguidor de Costa y admirador de su pensamiento. Podríamos decir que era el hombre de confianza de Costa en la ciudad de Huesca para sus proyectos regeneracionistas. Por eso predominan los temas políticos en su epistolario y en él podemos conocer la verdadera opinión, espontánea y sin tapujos, del gran polígrafo sobre la situación política y sobre algunos personajes de la época (especialmente negativas son sus impresiones sobre Alba y Paraíso, sus dos acompañantes en la frustrada aventura de la Unión Nacional). En una carta de 1907, enviada desde su retiro de Graus, Costa muestra su agradecimiento a Bescós, pero deja traslucir su intensa sensación de fracaso tras sus sucesivas intentonas políticas: "Fracasé, ha fracasado el republicanismo; ha fracasado España. Y no me cumple ya más sino hacer honor a ese mi fracaso, doblándole la frente, sometiéndome decorosamente, sin patalear, a la fatalidad de mi impotencia, ahogar la ira en el silencio y oscuridad de este rincón, maldecir a los traidores de 1899-1900 y a los infieles de 1903-1907, llorar los años de vida perdidos en perseguir una utopía -la resurrección de un cadáver putrefacto-, y expresar a usted una vez más el testimonio de mi agradecimiento como español por su concurso de entonces, como por su ofrecimiento y buena memoria de ahora". Pero no todo es política en la correspondencia entre los dos ilustres altoaragoneses, hay siempre referencias a su amistad, a sus situaciones personales e incluso a los temas literarios. Así, Bescós envía a Costa su libro "Las tardes del sanatorio" sobre el que Costa ejerce su crítica literaria, en algún momento algo severa, y que el discípulo encaja sin reparo como todo lo que viene de su maestro. Incluso en 1910 envía a éste un proyecto de novela que pretende titular "El último tirano" y sobre el que Costa, cada vez más enfermo, no llega a contestar, tal vez molesto porque Bescós interfiera en sus propios planes novelísticos. Bescós, que adoptó el nombre literario de Silvio Kossti, no convirtió ese proyecto en realidad, pero sí escribió dos nuevas obras (además de "Las tardes del sanatorio", de la que existe una edición de 1981 en Guara Editorial): "La gran guerra" (1917), donde proclama su germanofilia, y "Epigramas", que mandó retirar al poco de su publicación y que fue editado en 1999 en La val de Onsera.

En 1983, Cheyne publicó "El don de consejo. Epistolario de Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos (1878 -1910)". Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839 - Madrid, 1915) era una de las figuras más señeras de la cultura española del momento, profesor de la Universidad, fue fundador y director de la Institución Libre de Enseñanza. Cuando Costa llegó a Madrid, encontró en Giner al maestro y al hombre íntegro que buscaba como modelo y referente. Al ser el malacitano apartado de la docencia universitaria en 1875 por cuestiones políticas, en solidaridad con él -y pese a lo mucho que necesitaba el puesto-, Costa renunció a la plaza de profesor supernumerario de la Universidad madrileña y se vinculó a la Institución Libre de Enseñanza. Este hecho será determinante para su futuro, pues los conservadores ultramontanos consideraban a los librepensadores krausistas poco menos que demonios y procuraban cerrarles todas las puertas. Aunque años después Costa se alejó de la Institución, siempre mantuvo su amistad con Giner. El epistolario publicado por Cheyne arranca con una carta cuyo grado de confianza muestra que entre los dos personajes existía ya una amistad consolidada. En dicha epístola, de enero de 1878, Costa, que va a cumplir 32 años, explica a Giner su enamoramiento de una muchacha de Huesca llamada Concepción Casas, por la que cree ser correspondido pero cuyo padre, "aunque médico y catedrático, es ultramontano intransigente" y, al saber la pertenencia de Costa a la Institución Libre de Enseñanza, impide la continuidad de la relación. Ante el sufrimiento que ello le provoca, Costa solicita la opinión de Giner -"que posee el don de consejo"- para saber la actitud que debe adoptar ante el rechazo. La respuesta de Giner tarda en llegar y en ella, con buenas palabras, aconseja a Costa que desista de forzar la situación y que "abandone el campo resueltamente y sin insistencias, que serían ya una ofensa a la conciencia de esa señorita, y envolverían una persecución impropia de un hombre de honor". Giner termina diciendo que "sentiría vivamente ver que usted decayese ante los demás como ante sí mismo", porque "los hombres deben guardar para la intimidad sus penas y dolores: en público, morir, si es preciso, con la sonrisa en los labios, con gracia y sin sensiblería". La carta de respuesta de Costa se inicia con una sentencia para referirse a la frialdad exigida por Giner: "Usted no es un hombre, es una categoría". Pero el aragonés acepta el consejo de su amigo con una mezcla de resignación e ironía: "Es verdad, nada de comunión de penas; nada de válvulas, sonría la primavera sobre el cráter; ya que nacemos llorando, muramos riendo; seamos héroes, no mujeres: tengamos corazón para sufrir y esconder el sufrimiento". Me he detenido en estas primeras cartas que muestran el grado de absoluta confianza que reina entre los dos personajes e ilustran sobre la frustrada relación amorosa de Costa con Concepción Casas. La correspondencia entre ambos -son 124 las misivas reproducidas en el libro- continuará hasta la muerte del aragonés. Éste siempre busca el magisterio y la aprobación de Giner a sus proyectos políticos e intelectuales y halla en sus consejos un refreno a su carácter a menudo demasiado impulsivo y temperamental. Sin embargo, en ocasiones las diferentes procedencias sociales de ambos -Giner venía de una familia acomodada - afloran y provocan un cierto resentimiento en Costa: "Tengo una fisiología diferente de la de ustedes, y con ello unos tiempos y unos medios muy diferentes. Me he resignado hace tiempo a vivir fuera de la comunión de los que han tenido fisiología y psicología y economía acomodadas al medio y pueden hablar el lenguaje de su planeta y moverse en él".

La muerte sorprendió a Cheyne cuando estaba preparando la edición del epistolario de Costa con el gran historiador y jurista Rafael Altamira (Alicante, 1866 - México, 1951), que pudo ver la luz en 1992, dos años después del fallecimiento del estudioso británico. El libro lleva el título de "El renacimiento ideal: epistolario de Joaquín Costa y Rafael Altamira (1888-1911)" y contiene un gran número de cartas entre ambos, a veces simples notas a entregar en mano que desempeñaban una función que años después vino a sustituir el uso del teléfono. Altamira es más joven que Costa y se considera su admirador y discípulo; su gran preparación intelectual le llevó a seguir una rápida y brillante carrera. La relación entre ambos es, sobre todo, intelectual y erudita, y menos personal e íntima que en los dos casos anteriores. Sin embargo, su amistad crece con el trato, a la vez que el respeto mutuo por la solidez de sus respectivas formaciones. No obstante, en algunas cartas se observa el intento fallido de Costa de involucrar más a Altamira en sus proyectos políticos, que hace que se sienta decepcionado por la falta de verdaderos apoyos obtenidos entre la élite universitaria.

En 1991, un año después de la muerte de Cheyne, se publicó el libro "Ensayos sobre Joaquín Costa y su época", en el que se recogen -con una magnífica introducción de Alberto Gil Novales- once escritos del hispanista, algunos publicados en prensa y otros transcripciones de conferencias y presentaciones de libros. Estos trabajos contribuyen a ampliar algunos aspectos de la vida y la obra de Costa que Cheyne ya había tratado en su biografía y en sus libros anteriores. En algunos de los ensayos que leemos en esta recopilación podemos ver, entre otras cosas, la derrota de Costa frente a Marcelino Menéndez Pelayo en su lucha por el premio extraordinario del doctorado de Filosofía y Letras, a pesar de que el erudito cántabro no se había ajustado al tema propuesto para examen. También conocemos la decisiva intervención del aragonés para salvar de la muerte al anarquista catalán Pere Corominas, condenado a la pena capital tras ser considerado autor moral de un atentado con bomba en Barcelona en 1896; o cómo, de las dos cartas enviadas por Galdós a Costa en 1901, se deduce una sincera y sólida amistad entre ambos. Muy esclarecedor es también el trabajo en el que Cheyne explica las causas del fracaso de la Unión Nacional que resume en dos: su falta de constitución en verdadero partido y la precipitada y poco organizada cuestión de la resistencia al pago. Costa nunca estuvo de acuerdo con ese procedimiento, pero -desmintiendo a quienes le acusan de soberbio- se sometió a la decisión de la mayoría y aceptó una propuesta que, como él preveía, constituyó un estrepitoso fracaso. Complemento de su libro biográfico es el artículo "Enfermedad y muerte de Joaquín Costa y la tragicomedia de su entierro en Zaragoza". En él, Cheyne defiende la tesis de que el gobierno de Madrid, ante el temor a verse desbordado por las manifestaciones contrarias si Costa -con gran predicamento moral entre las clases populares- era enterrado en la capital como se había decidido, instigó la detención del cortejo fúnebre en Zaragoza y el entierro en la misma del ilustre finado.

Sin hacer referencia a otras colaboraciones, artículos o prólogos de obras ajenas, hemos visto la importancia capital de la obra de Cheyne para el conocimiento de Costa. Por eso, es de lamentar que sus libros no se reediten y que su figura no sea todo lo reconocida y recordada que merece. George Cheyne es, sin duda, un ejemplo de dedicación rigurosa y honesta al estudio y a la difusión de la figura de Joaquín Costa, una de las más grandes e importantes personalidades que el Alto Aragón ha dado a lo largo de la historia.

BIBLIOGRAFÍA DE GEORGE J. G. CHEYNE

- "A bibliographical Study of the Writings of Joaquín Costa". Tamesis, Londres, 1972.
- "Joaquín Costa, el gran desconocido". Ariel, Barcelona,1972.
- "Confidencias políticas y personales: Epistolario J.Costa-M.Bescós, 1899-1910". Institución Fernando el Católico, Zaragoza,1979.
- "Estudio bibliográfico de la obra de Joaquín Costa". Guara Editorial,Zaragoza,1981.
- "El don de consejo: Epistolario de Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos". Guara Editorial, Zaragoza,1983.
- "Ensayos sobre Joaquín Costa y su época". Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1991.
- "El renacimiento ideal: Epistolario Joaquín Costa y Rafael Altamira (1888-1911). Instituto de Cultura "Juan Gil-Albert", Alicante, 1992.

No incluyo en esta lista otros trabajos escritos por Cheyne a lo largo de sus años de dedicación a Costa: artículos, conferencias, colaboraciones en obras colectivas o prólogos a obras ajenas. No hay que decir que todos ellos, aunque tal vez de menor envergadura, tienen también un indudable interés.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo, algo corregido y ampliado, publicado el 10 de agosto de 2005 en el Diario del Alto Aragón, en el número especial de las fiestas de San Lorenzo)

Artículo colgado en la página de la biblioteca de la UNED de Barbastro: https://www.unedbarbastro.es/Default.aspx?id_servicio=56

José María Auset, sobrino nieto de Costa y citado en este artículo, falleció en Graus el 20 de febrero de 2007. Había nacido en la capital ribagorzana en 1912.

martes, 4 de noviembre de 2008

SENDEROS DE CAPELLA


El senderismo es una actividad en auge. En los últimos años se ha procedido a acondicionar y señalizar viejos caminos para facilitar su tránsito a los nuevos caminantes, que recorren ahora los antiguos senderos no por obligación como antaño sino por placer y diversión, como una saludable práctica deportiva que permite disfrutar de bellos paisajes y conocer nuevos lugares.

También en nuestra comarca ribagorzana han sido balizados numerosos caminos de un tiempo a esta parte. Se ha establecido así una red de senderos que permite realizar diversos y variados recorridos a los amantes del excursionismo. Hay, fundamentalmente, dos tipos de caminos señalizados según su longitud: los senderos de gran recorrido (GR) y los de pequeño recorrido (PR). Los primeros están indicados con marcas constituidas por dos rayas paralelas, una de color rojo y otra de color blanco. En los segundos, las rayas son blancas y amarillas. Hay además algunos senderos locales que se suelen indicar con líneas verdes.

El más importante de los senderos de largo recorrido aragoneses es el GR-1 o sendero histórico. Este largo itinerario atraviesa transversalmente toda la provincia de Huesca por la zona prepirenaica. En paralelo, pero más al norte y por territorio plenamente montañoso, discurre el GR-11 o senda transpirenaica. Capella es lugar de paso de una de las etapas en que suele dividirse el GR-1 para facilitar su recorrido.

El GR-1 aragonés arranca, si lo tomamos de este a oeste, de Puente de Montañana, en la frontera natural que el Noguera Ribagorzana establece con la vecina Cataluña. Enseguida entra el camino en el viejo Montañana, lugar emblemático del pasado medieval de estas tierras y cuyo conjunto arquitectónico está cargado de historia, arte y belleza. En las sucesivas etapas, y siempre hacia poniente, el histórico sendero pasa, en este orden y antes de llegar a Capella, por Monesma, Castigaleu, Luzás, Lascuarre, Laguarres y Pociello. Tras Capella, el camino continúa hacia Portaspana, Graus, Grustán y Pano. Ya en Sobrarbe, Troncedo, Formigales, Tierrantona, Muro de Roda, Humo de Muro, Palo y Ligüerre de Cinca jalonan un recorrido que continúa hasta adentrarse en la sierra de Guara y proseguir su largo itinerario hacia occidente.

El GR-1 llega a Capella procedente de Laguarres, tras siete kilómetros de camino y con un corto tramo de carretera entre Pociello y el puente de Torrelabad. Uno de los puntos más atractivos del recorrido es, sin duda, el puente románico de Capella, el más grande y bello de los puentes medievales ribagorzanos. Desde allí, y siempre por la margen izquierda del río Isábena, el camino prosigue, en otros siete kilómetros, hacia Portaspana y Graus.

En Laguarres puede tomarse un ramal del GR-1, el llamado GR-18.1 procedente de Benabarre, que desciende hasta el Isábena y obliga al caminante a descalzar sus pies para cruzar el río. Asciende después hacia el disperso Güel y llega a la histórica población de Roda de Isábena, cuya magnífica catedral corona el pueblo. Son en total dieciséis kilómetros y medio, que se recorren sin prisa en unas cinco horas. Es muy posible que fuera este viejo camino, en su totalidad o en parte, el que anduviera el obispo San Ramón en su huida a Roda desde Barbastro, de donde el obispo Esteban de Huesca lo obligó a escapar a sangre y fuego. Conocida es su parada en Capella y la hospitalaria acogida que esta población deparó al santo. Éste sería también en parte el camino seguido por las gentes de Capella en su antigua romería anual a Roda de Isábena, en recuerdo del periplo que el obispo Ramón se había visto obligado a realizar en los inicios del siglo XII. La romería a Roda desde diferentes pueblos próximos, hoy ya perdida, sería una de las más importantes de las que antiguamente se realizaban en Ribagorza y eran los romeros procedentes de Capella los que en ella tenían el mayor protagonismo.

Arranca también de Capella un interesante sendero de pequeño recorrido: el PR-HU124. Desde el citado GR-1, podemos tomarlo muy cerca del gran puente románico, en sentido ascendente hacia la sierra de Laguarres. Es un sendero que se eleva hasta lo alto de la sierra, que atraviesa por el llamado paso de El Grau o El Grado, y desciende luego por la otra vertiente hacia Castarlenas y Torres del Obispo. Hasta esta localidad hay unos nueve kilómetros y medio de camino, que se recorren andando en algo más de dos horas.

Desde el puente medieval de Capella, donde se ha colocado un pequeño panel informativo alusivo, se ha señalizado muy recientemente el sendero que lleva a la ermita rupestre de San Martín. En el inicio del itinerario, durante aproximadamente dos kilómetros, el camino coincide con el PR-HU124 que acabamos de describir. Después, es preciso tomar una pista a la derecha y, enseguida, un sendero ascendente a la izquierda. Tras unos pocos minutos de subida, otro sendero a la derecha nos lleva a la ermita y a los abrigos rocosos situados junto a ella, en un paraje de gran belleza y muy buenas vistas. Si hubiéramos seguido el sendero ascendente hubiéramos llegado al paso de la Canal, que permite cruzar la sierra y, continuando hacia la derecha, llegar a Graus por la pista que lleva al repetidor de Las Forcas o, en algo más de tiempo, por la del llamado barranco Fondo y Llobera.

El mismo PR-HU 124 parte de Capella en sentido opuesto al de El Grau y la ermita de San Martín y en poco más de cuatro kilómetros nos lleva a Bellestar, desde donde el camino continúa hasta La Puebla de Fantova. En un punto del recorrido se halla la llamada Cruz de Benabén, cruce de caminos procedentes de Graus, Capella, Benavente, Bellestar y la Casa de L'Heréu.

Para quienes quieran conocer con más detalle los caminos aquí citados y otros próximos, existen al menos cuatro libros en los que se explican: ”Paseos y excursiones por el Pirineo y el Prepirineo. Río Isábena”, "Senderos de La Ribagorza. GR 18", "Sendero Histórico. GR-1. 1ª Fase" y "Paseos y excursiones por La Ribagorza. Valle del Ésera-Graus-Turbón-Campo". Los cuatro están editados por Prames y contienen varios mapas.

Hay por descontado en Capella y sus alrededores muchos otros caminos además de los que aquí hemos descrito. La mayoría son idóneos para la práctica del senderismo y muchos de ellos pueden también ser recorridos a caballo o en bicicleta de montaña.


Carlos Bravo Suárez


(Fotos: Puente románico de Capella, Ermita de San Ramón en las afueras de Capella y Piedra, expuesta en el exterior de la ermita, donde según la tradición se sentó San Ramón a su paso por la localidad)

domingo, 19 de octubre de 2008

CAMINOS BALIZADOS EN EL PANTANO DE ARGUIS Y EL VALLE DE LA GARONA



Ya he escrito en alguna otra ocasión en estas páginas sobre este pequeño territorio septentrional y montañoso de la comarca de la Hoya de Huesca que limita con el Alto Gállego. Se trata de una zona que, pese a su proximidad con la capital oscense, presenta una elevación considerable y se halla rodeada de montañas que superan en varios casos los 1500 metros de altitud. En mi última estancia allí he observado que han sido balizados algunos senderos propicios para realizar agradables excursiones. También se han puesto nuevos paneles e indicadores en otros caminos que ya estaban balizados, pero cuyas marcas se habían ido borrando con el paso del tiempo. Sobre todos esos itinerarios, recomendables para quienes busquen tranquilidad y naturaleza, van a tratar las siguientes líneas.


EL GR-1
El más importante de los senderos que recorren la zona es el GR-1 o Sendero Histórico. El GR-1 (marcas rojiblancas) es el principal y más largo de los senderos de gran recorrido (GR) que existen en España. Recorre casi dos mil kilómetros desde Ampurias a Finisterre, atravesando la península de este a oeste. En la provincia de Huesca el GR-1 se inicia en Puente de Montañana, en la frontera con Cataluña y muy cerca del magnífico conjunto medieval de Montañana, por el que el sendero transita. Tras atravesar diversos lugares de Ribagorza y Sobrarbe, el Sendero Histórico continúa por la cara norte de la sierra de Guara.
A Arguis el GR-1 llega procedente de Bara, Nocito, Lúsera y Belsué. Desde este último pueblo asciende hasta el Mesón Nuevo, dejando a la derecha de la casa una iglesia arruinada con ábside canónicamente orientado al este. El camino desciende hasta Arguis por la vieja carretera del puerto de Monrepós. Desde Arguis continúa hasta la presa del pantano homónimo, por encima de la cual hay que atravesar para seguir por una pista paralela a la orilla sur del embalse. A la izquierda de dicha pista encontraremos una fuente. El camino prosigue en dirección a poniente hasta desembocar en la estrecha y sinuosa carretera que lleva de Arguis a Bentué de Rasal. Tras pasar por el collado da Barza (1126 m.), donde quedan las ruinas de un viejo corral conocido como la tiña de Bayeu, el GR-1 continúa durante seis kilómetros por la carretera, en paralelo al río Garona y hasta el pequeño pueblo de Bentué. Poco antes de llegar a él, veremos a nuestra derecha una “ralla” o pared rocosa muy frecuentada por escaladores. Una vez atravesada la localidad, el camino desciende hacia la Garona por una pista de tierra. Al cruzar el río por un pequeño puente, dejamos a la izquierda El Parral: una fuente y un merendero con varias mesas de madera.
La pista continúa durante unos dos kilómetros y se convierte luego en un bonito sendero que asciende por una foz denominada el Grau. Tras una hora aproximada de ascensión, el camino llega a una agradable pradera e inicia el descenso hacia Bolea. En el comienzo de la bajada, a la derecha, se encuentran, ocultos por la maleza, dos antiguos pozos de nieve. Por eso, el sendero que llega hasta aquí procedente de Bentué es conocido como el camino de los Pozos. Uno de ellos está casi enterrado por completo; el otro se encuentra en un aceptable estado de conservación. Creo que sería conveniente su señalización, pues hoy el caminante puede pasar junto a ellos sin advertir su existencia. El GR-1 desciende desde aquí hasta Bolea, cuya colegiata es de obligada visita, y continúa hacia Aniés y Loarre. Ambos pueblos tienen en la sierra dos lugares destacados: la ermita de la Virgen de la Peña en Aniés, situada en un paraje de vértigo, y el extraordinario castillo medieval de Loarre.

CAMINOS DESDE ARGUIS
Muy recientemente se ha señalizado un recorrido circular de unos diez kilómetros (9,9 según el panel informativo) que rodea el pantano de Arguis. Puede iniciarse en la propia presa y continuar por un tramo del GR-1 que hemos descrito. Tras pasar por una zona de pinares y bojes, y poco después de dejar atrás la fuente antes mencionada, hay que salir de la pista y tomar un sendero a la derecha que lleva hasta Arguis por un terreno abierto de margas grisáceas. Para cerrar el círculo, desde Arguis se puede continuar hasta la presa por un camino que se toma junto a la iglesia de la localidad, atractivo edificio religioso con ábside románico de bella factura.
Siguiendo desde Arguis la antigua carretera de Monrepós, puede cogerse a la izquierda un sendero de pequeño recorrido (PR-HU169) de 9,5 Km. que asciende a la sierra de Bonés. Tras un primer tramo de subida casi desnudo de vegetación, se llega a una zona de bosque y praderas en cuyo centro se halla la ermita de la Magdalena, convertida hoy en un pequeño y acogedor refugio. Es un edificio de los siglos XVI y XVIII, de posible origen románico, cuyo interior conserva una bonita bóveda. Desde la ermita, el camino vuelve por una pista que lleva de nuevo a la carretera, justo en la boca sur del túnel de la Manzanera.
El vaso que constituye el pantano de Arguis se halla circundado de bellas montañas a las que se puede ascender sin demasiadas dificultades. Varios son los picos cuyos caminos arrancan de las proximidades del embalse. Al pico del Águila (1629 m.) se puede llegar por un sendero que se toma detrás de la Hospedería de Arguis, actualmente cerrada al público. Pasada la presa, y siguiendo el GR-1, a la izquierda del camino arrancan los senderos que ascienden a los picos de las Calmas (1584 m.) y Gratal (1563 m.). Otro pico al que se accede desde la zona es el Peiro (o Peiró, como suele escribirse pese a la pronunciación llana de la palabra en la zona). Recientemente se han puesto indicadores y un panel informativo para facilitar el camino de ascensión a su cima. El Peiro (1579 m.) es una montaña muy atractiva, punto de inflexión entre los ríos Isuela y Garona. El sendero que sube hasta su cima es corto pero empinado y duro. La primera parte transcurre por un espeso pinar con bojes, sigue por un sorprendente y hermoso hayedo, indicativo de la humedad de la zona, y termina entre erizones por terreno más abierto hasta alcanzar la rocosa cima. Desde ella, las vistas del Pirineo son magníficas en los días claros.
Entre Arguis y Bentué, en el ya citado collado da Barza, a la derecha de la carretera e indicado con mojones, arranca una senda que atraviesa la sierra de Presín y en unas tres horas lleva a la ermita de la Virgen de los Ríos de Aquilué.


CAMINOS DESDE BENTUÉ DE RASAL
Dos son los senderos balizados existentes en Bentué de Rasal: el camino de los Pozos o de Bolea y el de las Vueltas que lleva a La Paúl y a la Virgen de la Peña de Aniés. El primero es un tramo de GR-1 que ya hemos descrito; el segundo es un PR menos transitado y algo descuidado en su señalización.
El llamado camino de las Vueltas es un recorrido de gran belleza. Partiendo de Bentué, seguimos una pista que lleva hacia la falda occidental de la sierra de Caballera. Enseguida se inicia un serpenteante sendero que asciende en continuas lazadas por un paraje de naturaleza salvaje. Tras cruzar un pequeño barranco en la denominada Artiga de la Virgen, el camino sigue subiendo entre erizones hasta llegar a una pista que hay que cruzar prestando atención a las señales. Al otro lado de la pista, el camino inicia su descenso hasta llegar a La Paúl. Es éste un paraje encharcado y húmedo en el que, a la derecha del sendero que hemos seguido y junto a la pista que viene de Rasal, hay una fuente y un pequeño merendero con mesas y asientos de obra. También hay en La Paúl un pequeño refugio para excursionistas y cazadores. Desde aquí podemos seguir hacia la ermita de la Virgen de la Peña de Aniés. Se trata de una ermita rupestre junto a la que hay un edificio de varios pisos también encajado en la roca. Es un paraje con unas impresionantes cortadas y con unas bonitas vistas del llano oscense. A la ermita se iba de romería desde Aniés y Bentué de Rasal el día 9 de mayo. En la actualidad la romería se celebra el primer domingo de ese mismo mes.

CAMINOS DESDE RASAL
También son dos los senderos balizados que salen de Rasal. Frente a la magnífica fuente del pueblo hay un panel informativo sobre las características de ambos caminos. Se trata del PR-HU109 (10 Km.) y el PR-HU105 (11 Km.). Como los de Bentué que acabamos de citar, ambos itinerarios atraviesan la sierra en dirección al sur, ascendiendo primero por la cara norte y bajando después hacia el llano por la cara meridional. En el caso de Bentué, se atraviesa la sierra de Caballera; en el de Rasal, la de Loarre. El PR-HU109 lleva a La Paúl y a la Virgen de Aniés. El camino arranca de la fuente y lavadero de Rasal en dirección a las huertas del pueblo. Luego asciende hacia la sierra pasando por la ermita de la Virgen de los Ríos, actualmente en ruinas. El PR-HU105 es un espectacular recorrido que lleva al castillo de Loarre. De este camino sale un sendero al pico Puchilibro (1569 m.). En el descenso desde la sierra se va contemplando la extraordinaria silueta del castillo de Loarre, cuya detenida visita es un magnífico colofón a la caminata.

Al final del valle de la Garona, justo antes de que este río desemboque en el Gállego, se ha señalizado un sendero que permite enlazar las foces de Garoneta y Escalete y continuar hasta el pueblo de La Peña, junto al pantano de este nombre.

Quedan reseñados en el espacio de este artículo los principales caminos de una zona que sorprende al caminante por su belleza y su tranquilidad, algo siempre gratificante en tiempos de excesivas prisas y agobiantes masificaciones.


Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón.

(Fotos: Arguis visto desde el pico del Águila, pantano de Arguis con el pico Peiro al fondo, iglesia parroquial de Arguis, rincón de Bentué de Rasal por donde pasa el GR-1, merendero de La Paúl de Aniés, ermita de la Virgen de la Peña de Aniés, restos de uno de los pozos de nieve en el camino de Bentué a Bolea, panorámica y dos chimeneas de Rasal, ermita de San Sebastián en las Casas de la Garoneta y foz de Escalete)

domingo, 28 de septiembre de 2008

RIBAGORZANOS EN GUINEA

He leído recientemente el libro “Guinea en patués”, de José Manuel Brunet, José Luis Cosculluela y José María Mur. Estos tres ribagorzanos -de Villanova, Morillo de Liena y Benasque, respectivamente- han realizado un magnífico trabajo de investigación sobre un fenómeno histórico y sociológico que hasta ahora nadie había estudiado en profundidad: la emigración a Guinea Ecuatorial de un importante número de personas del valle de Benasque durante buena parte del pasado siglo XX. La presencia española, y por tanto la ribagorzana, se redujo considerablemente en Guinea a partir de 1968, año en que el país africano se independizó de España, y disminuyó todavía más tras el golpe militar de Teodoro Obiang y la ejecución de Macias en 1979.

Se trata de un atractivo libro en formato grande y tapa dura, con abundancia de fotografías, escrito en patués -lengua del valle de Benasque- y castellano, y con el complemento de un espléndido vídeo documental. El trabajo de documentación y elaboración llevado a cabo por los autores es digno de alabanza, y sobresaliente el producto cultural resultante. De la obra en su conjunto puede decirse algo que no puede repetirse con frecuencia: es un trabajo bien hecho.

Sobre el origen de la sorprendente emigración desde las montañas del Pirineo a las selvas tropicales de la Guinea Ecuatorial se dan dos explicaciones que vienen a ser la misma: una legendaria y otra histórica. Dice la leyenda que Mariano Mora, de casa Castán de Chía, rompió un día el arado cuando labraba con sus bueyes el llamado Campo Largo. Enfadado por el infortunio, marchó furioso a su casa, puso cuatro cosas en un hatillo y corrió congostos abajo hasta llegar a Barcelona y… a Guinea. En realidad, y según se deduce del texto y del documental citados, Mariano había estudiado con los claretianos en Barbastro, pero había vuelto al pueblo sin haber terminado sus estudios religiosos. Ante la falta de perspectivas en su valle, decidió emigrar a Barcelona. Allí fueron los propios claretianos quienes le animaron a embarcarse con algunos de ellos hacía Guinea, colonia española donde podría probar fortuna. Una vez allí, se asoció con un canario apellidado Pérez y juntos formaron una empresa dedicada al cultivo y la exportación de cacao. Las cosas fueron bien y a su reclamo llegaron a Guinea desde Chía varios familiares de Mariano. Constituyeron la avanzadilla de una prolongada emigración que llevó a la colonia africana a numerosos ribagorzanos a lo largo del pasado siglo.

Para entender este fenómeno migratorio hay que situarse en el contexto histórico de la época. Hasta hace cuatro días, España ha sido un país de emigrantes. La pobreza y la falta de perspectivas para la mayor parte de la población obligaban a buscar fortuna en cualquier lugar donde hubiera posibilidades de trabajar y ganar dinero. En los altos valles pirenaicos la vida era especialmente dura y difícil. Como se dice en el libro, del valle de Benasque sólo se podía escapar de dos maneras: cruzando el puerto para pasar a Francia o atravesando los congostos para ir a España, es decir, a las pocas ciudades españolas donde era posible encontrar trabajo e iniciar una nueva vida. Los más osados se embarcaban hacia America, tierra de oportunidades, aunque desde finales del XIX ya no hubiera allí colonias españolas. Otros, como los ribagorzanos a los que aquí nos referimos, cruzaron el charco en dirección a África, donde existían algunas colonias dependientes de España. Una de ellas era la isla de Fernando Poo, en la Guinea Ecuatorial.

Según la completa documentación onomástica que aparece al final del libro, más de ciento veinte personas -de quienes se citan nombre, apellidos, casa y lugar de procedencia- fueron desde el valle de Benasque a Guinea, por más o menos tiempo y en uno u otro momento. La mayor parte de ellas era de Chía (52 personas). Pero también de otros pueblos de la comarca: Bisaurri (15), Benasque (9), Gabás (6), Barbaruens (5), Liri (5), Campo (5), Sahún (4), Castejón (3), Seira (3), Urmella (3), Cerler (2), Sesué (2), Piedrafita (2), Laspaules (2), Eriste (2), Suils (2), Villanova (1), San Martín de Veri (1), Arasán (1), Ramastué (1), Erisué (1) y Villarué (1).

Guinea Ecuatorial tiene una parte continental y otra insular. El territorio del continente era conocido como Río Muni y su capital era Bata. La más importante de las islas, a la que fueron inicialmente los montañeses emigrados desde el Alto Aragón, era Fernando Poo, que tras la independencia pasó a llamarse Bioko. Los primeros europeos que llegaron allí fueron los portugueses: los marineros Fernando do Poo, de quien la isla tomó el nombre, y Lope Gonzales. Desde 1778, por el Tratado de El Pardo, pasó a pertenecer a España, que la utilizó para el comercio de esclavos hacia Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. También la usaron los ingleses que intentaron comprarla a España y fundaron la ciudad de Clerence, que los españoles rebautizaron como Santa Isabel y hoy es Malabo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX se incrementó la presencia militar, religiosa y comercial española, y se favoreció el establecimiento en la colonia de personas procedentes de España. El primer producto importante fue el aceite de palma, pero desde finales del XIX el motor de la economía de la isla fue el cacao. Se crearon grandes plantaciones que producían un cacao de gran calidad. A ese cultivo se dedicaron los primeros ribagorzanos que llegaron allí desde Chía.

Tras Mariano Mora, se embarcaron sus sobrinos Joaquín y Jesús Mallo, de casa Presín. Poco después arribaron a la isla los hermanos José y Joaquín Mora Güerri, de casa Cornel. Ambas casas, como la casa Castán de Mariano, eran de Chía y estaban emparentadas entre sí. Fueron las que dominaron fundamentalmente el negocio del cacao en la isla. Aunque Mariano Mora se casó con Antoñita Llorens, perteneciente a una rica familia catalana, murió sin descendencia y fue el apellido Mallo el que acabaría poniéndose al frente del negocio. Joaquín Mallo fue alcalde de Santa Isabel y se dedicó más tarde a la política en España. Fue diputado por el Partido Radical entre 1931 y 1939 y se preocupó mucho por realizar mejoras en el valle del que procedía. A él se deben la construcción de la carretera a Chía, el puente de Castejón y la carretera a Bisaurri. La familia Mallo construyó también una magnífica mansión en Santa Isabel. La casa Mallo es todavía hoy uno de los edificios principales de Malabo.

Los africanos trabajaban como braceros en las plantaciones de cacao bajo el mando y la supervisión de los propietarios españoles. Los nativos guineanos eran poco dados al trabajo en las plantaciones. Con lo que les daba una naturaleza pródiga y con poco esfuerzo tenían suficiente para vivir. Por eso, se contrataron braceros de otros países, sobre todo nigerianos. Estos llegaban a la isla en cayucos. Y tal como hoy ocurre en nuestras costas seguro que algunos perecían en el intento, aunque la emigración de braceros estaba al parecer bastante bien organizada mediante contratos de trabajo previos.

La empresa Mora-Mallo era propietaria de algunas de las principales fincas de la isla. La más importante de todas ellas era la finca Sampaka, que tenía unas mil hectáreas y más de quinientos trabajadores. Aunque tras la independencia pasó a manos del gobierno guineano, la casa Mallo volvió a comprarla y en la actualidad es la única que mantiene una cierta producción de cacao en el país.

A través del libro y del magnífico documental que le acompaña se hace referencia a muchos otros aspectos de esta emigración: las condiciones del viaje hasta la isla (más de cinco mil kilómetros en barco con mareo casi asegurado), los horarios laborales (de seis a seis), las relaciones con los nativos (los bubis), las enfermedades y la vacunación, la comida (sorprendente la carne de boa), la lengua (el pichinglis), el clima (una estación seca y otra lluviosa), la sexualidad (“el amor libre”), el deseo de ahorrar para volver y casarse en España, el temor y los problemas con la independencia guineana, las inversiones y la vida tras el regreso, etc.

La independencia de Guinea y el acoso al que algunos españoles se vieron sometidos entonces hicieron que muchos precipitaran su vuelta a nuestro país. Tanto con Macias como con Obiang -crueles dictadores y gobernantes corruptos- las relaciones con España han sido difíciles y tormentosas. La presencia española en la isla se ha reducido casi por completo y los ingresos por el cacao han sido sustituidos por los del petróleo, controlado en su mayor parte por empresas estadounidenses. Sin embargo, la mayoría de la población no participa de los grandes beneficios del oro negro y su pobreza ha aumentado en los últimos tiempos.

Hay que decir que los procedentes del valle de Benasque no fueron los únicos ribagorzanos que marcharon a Guinea. En la segunda mitad del siglo pasado estuvieron en la colonia africana -en Fernando Poo y en Río Muni- muchas personas de Graus y, en menor medida, de algunos pueblos vecinos. Esta emigración apenas se cita en el libro que aquí comentamos porque no constituye el objeto de su estudio. Aunque se crearon otras empresas como la maderera Ferreiro, cuyo titular procede de Graus y aún permanece activa en la excolonia, la mayoría de los grausinos que fueron a Guinea lo hicieron para trabajar en la sociedad Escuder y Galiana, que se dedicaba a la construcción. Esta empresa se mantuvo en el país africano tras su independencia, durante la dictadura de Macías. Era una de las empresas españolas que quedaron en Guinea y llegó a tener un considerable poder, constituyendo, junto a algunas otras, un verdadero lobby o grupo de presión con gran influencia en el gobierno guineano y en la embajada de España. Pedro Escuder reclutó a bastantes personas en Graus y pueblos próximos que durante temporadas más o menos largas trabajaban para su empresa en el país africano. Sobre las actividades, al parecer no siempre demasiado claras, de algunas empresas españolas en Guinea, hay varias referencias, entre otras, en el libro “El laberinto guineano”, de Emiliano Buale Borikó (IEPALA, 1989) y en “Historia de Guinea” (http://www.asodegue.org/hdojmc09.htm).

No hay espacio en este artículo para extenderse sobre la emigración de grausinos a Guinea, aunque este episodio tal vez merecería un estudio como el que de manera notable han realizado Brunet, Cosculluela y Mur sobre la procedente del valle de Benasque que aquí hemos reseñado.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 27 de septiembre de 2008)
(Fotos: Portada e imagen del libro comentado y foto de la Casa Castán de Chía)

EL PAÍS DE GARCÍA

Dentro de la colección Larumbe de Clásicos Aragoneses ha sido reeditada recientemente la novela "El país de García", del escritor oscense José Vicente Torrente Secorún (1). El libro, que vio la luz por vez primera en 1972 en la prestigiosa colección Ancora y Delfín de la editorial Destino, había caído en un lamentable e inmerecido olvido (muy propio de una tierra poco pródiga en el reconocimiento de sus propios talentos y donde ser profeta sea posiblemente más difícil que en cualquier otro lugar) del que ahora la encomiable labor de Larumbe pretende rescatarlo. Esta nueva edición ha corrido a cargo del profesor de Literatura Javier Barrero, quien realiza una brillante y completa introducción además de una oportuna y aclaratoria anotación que enriquece con provecho la lectura del texto.

Debo empezar reconociendo que, dada la dificultad para encontrarla, no había podido leer la novela antes de su actual reedición y desconocía también casi toda noticia biográfica sobre su autor; por tanto, prácticamente todos los datos que aquí se indican sobre él están sacados del excelente estudio preliminar del profesor Barrero. Nació José Vicente Torrente en pleno Coso oscense en 1920 dentro de una conocida familia de la ciudad. Por parte materna está emparentado con Santiago Ramón y Cajal y con el embajador Máximo Cajal, con quien comparte oficio diplomático y afanes literarios. Sobrinos suyos son los hermanos Saura: el cineasta Carlos y el ya fallecido pintor Antonio. Desde niño sintió una gran pasión por la lectura que lograba satisfacer sobre todo en la casa de sus abuelos en Vicién, pueblo próximo a Huesca en el que pasaba los veranos y donde, según indica al final del libro, en su finca de "El Zafranal", empezó a escribir en 1960 la novela de la que en este artículo nos ocupamos. Muy joven participó en la guerra civil dentro del llamado bando nacional. Tras la contienda, estudió Derecho y empiezan sus primeras colaboraciones y creaciones literarias, a las que nunca se dedicará como medio de ganarse la vida, sino como una segunda actividad en su tiempo de ocio. Tras especializarse en Política Económica y dar clase de la materia en la Universidad, ingresó en la carrera diplomática que le llevará a destinos tan distintos como Haití, Estados Unidos, Francia o Venezuela. Actualmente, además de atender los negocios familiares, se dedica a cultivar su gran afición al dorado de libros, sobre la que editó en el año 2000 la obra "Manual del dorado de libros".

Además de sus trabajos sobre Economía y Derecho y de sus importantes traducciones de obras extranjeras sobre dichas materias, José Vicente Torrente cuenta con una estimable producción literaria dentro de la narrativa. Casi todas sus novelas han sido publicadas por la editorial barcelonesa Destino. No disponemos aquí de espacio sino para enumerarlas: "IV Grupo del 75-27" (1942-1943), " En el cielo nos veremos" (1956), "El becerro de oro" (1957) - con la que fue uno de los finalistas de premio Nadal, ganado ese año por Rafael Sánchez Ferlosio con su novela "El Jarama" -, "Tierra caliente" (1960), "El país de García" (1972), "Los sucesos de Santolaria" (1974), "Contra toda lógica" (1988) y "El país de don Álvaro" (1997).

"El país de García" es un libro sorprendente y atípico (2). A mitad de camino entre la novela y el libro de viajes o la guía geográfico-artística -en realidad, podría decirse que son dos libros en uno-, reparte, casi a partes iguales, su extensión entre el relato narrativo en el que los personajes viajan y dialogan -si fuera una película los modernos la llamarían "road movie"- y la descripción física y artística de los lugares recorridos, que abarcan prácticamente la provincia de Huesca en toda su extensión. Todo ello en una envoltura lingüística de gran riqueza literaria y léxica, con un lenguaje a propósito arcaizante -destaca el uso frecuente de formas verbales con pronombre enclítico y de formas ya en desuso en la época en que fue escrito, como la preposición "cabe" con su significado de "junto a"- y con claras reminiscencias literarias. Entre estas últimas son evidentes las de la novela picaresca y algunas otras que enseguida pasaremos a analizar. Y es que a la condición de gran lector, y como consecuencia, el autor une un manifiesto conocimiento de los clásicos de nuestra literatura. Hay dos obras -con las que por ser máximas cimas literarias la comparación no procede, pero sí la referencia- que, sin duda, el autor ha tenido muy en cuenta a la hora de pensar y escribir su libro: "El Quijote", de Miguel de Cervantes, y "El Criticón", de Baltasar Gracián. Según escribe Barroso en el prólogo del libro, el autor confiesa haber leído veintisiete veces la primera y tener a la segunda entre sus lecturas preferidas. De ambas toma, entre otras cosas, la estructura itinerante con dos personajes, amo y criado. Don Quijote y Sancho, Critilo y Andrenio y Don Dimas y su criado en la novela de Torrente, que conversan con buen juicio y sabiduría y van encontrando sucesivos personajes en su camino que ofrecen un panorama variado de los comportamientos humanos y que desprenden en el fondo una cierta filosofía escéptica y una visión algo desencantada de la vida. A semejanza de "El Quijote" y de la novela picaresca, se suceden las posadas - con posaderos pendencieros o ameradores de vino - y cada encuentro en el camino es una pequeña historia en sí misma. También encontramos un tono sentencioso con abundancia de refranes en boca de los personajes; algunos son variaciones sobre el mismo tema, como cuando para referirse al egoísmo interesado y a la ingratitud de la gente una vez conseguido lo que se pretende se dice "rogar al santo hasta pasar el tranco" y "quitado el culo al cesto, acabase el parentesco". A imitación del Critilo de "El Criticón", Don Dimas muestra prudencia y buen criterio ante los comportamientos humanos hipócritas, falsos o ambiciosos que el tan bien y con tan buen ojo enseguida identifica y reconoce. Y de ambas obras -sobre todo de "El Quijote"- se toma, además, esa mirada irónica, muchas veces directamente humorística, ante el desfile de personajes extravagantes y grotescos que se suceden en el libro. A otro libro nos recuerda también éste en algunos momentos: el "Pedro Saputo" de Braulio Foz, con el que tiene algunas notorias concomitancias, sobre todo en el tono y en su recorrido geográfico, que en la novela de Torrente no por casualidad se inicia también en Almudévar.

Casi la mitad del libro ocupa la parte descriptiva de los lugares que recorren los personajes a lo largo de sus páginas. Desde su arranque en Almudévar hasta su separación en Montañana, el narrador y don Dimas, en su carromato de mulas, viajan por toda la provincia oscense cuyos paisajes, iglesias, castillos, pueblos o ciudades son descritos en una prosa rica y literaria, con especial detenimiento en los lugares de interés artístico en los que el autor, de manera personal y subjetiva, realza aquello que le agrada y no se priva de criticar ni el abandono ni la desidia ni el mal gusto que ha acompañado a muchas de las reformas y añadidos que, en nombre de una pretendida modernidad, se han realizado en antiguas edificaciones despojadas casi siempre de ese modo de buena parte de su original belleza. El libro se divide en doce capítulos que son doce etapas del camino con arranques o llegadas en Almudévar, los llanos del Alcoraz, Sariñena, Altorricón, Selgua, Bierge, Huesca -descrita con más detalle que ningún otro lugar, pues los personajes se detienen en ella una semana-, Puente la Reina, Santa Cruz de la Serós, Biescas, Benasque y Graus, por nombrar los lugares que se citan en los epígrafes de la docena de capítulos mencionada. El autor se recrea y detiene más en los somontanos de Huesca y de Barbastro y recorre con mayor rapidez el Pirineo de occidente a oriente, aunque, según explicación de Barroso, eso tal vez se deba a que la editorial le hizo recortar esta última parte del libro para que éste mantuviera un mayor equilibrio entre la narración y la descripción que componen la obra.
La novela está narrada en primera persona por un personaje del que se dan muy pocos datos. Tras conocer en Huesca a don Dimas -médico que oculta su verdadera condición para pasar por curandero y ganarse la vida como tal, además de como capador y tratante de ganado gracias a su condición viajera-, entra a su servicio en Almudévar el día de San Jorge del siguiente año y con él va de pueblo en pueblo hasta su despedida en Montañana, cuando no debe de quedar mucho, por la referencia que a ella se hace, para la sanmiguelada. Acompañan a estos dos personajes principales otros dos más secundarios: el avisador Gregorio Sotero y el mozo de mulas Restituto Azcón. Muchos son, además, los personajes que en el camino encuentran, de curiosos oficios y extrañas apariencias: el español perfecto -mitad español, mitad alemán-, el genealogista y heraldista que se aprovecha de los sueños de grandeza de quienes buscan ilustres linajes en su pasado familiar, el estudioso de las moscas, el criador de grillos y coleccionista de enanos, el azutero o encargado de un azud o presa hecha en el río. Todos ellos componen una variopinta galería de personajes, de fugaz aparición en la mayoría de los casos. Dos de ellos adquieren, sin embargo, más presencia que el resto; uno por sus apariciones sucesivas y otro por acompañar a los protagonistas en la última parte del viaje. Son don Secundino González Lobo, pícaro nómada que desempeña mil oficios desde empresario de espectáculos circenses hasta guía para pasar a Francia, y don Magín de Papalardo y Carrascoso, hombre rico con aspiraciones literarias que se convierte en el principal interlocutor de Don Dimas, a quien sin embargo acaba abandonando tras una discusión en la que éste le critica. Tal vez la parte narrativa quede corta y podría haber tenido un más extenso desarrollo, pero el autor ha preferido dar un igual protagonismo a la descripción, con lo que convierte, de esa manera, a la provincia entera en protagonista principal y destacada de su libro.

La forma de entender la vida y las enseñanzas de don Dimas, que "sabía mandar y hacerse obedecer de buenos modos" y de quien se destaca "el afecto y el buen humor que ponía en el trato", se ponen de manifiesto en los siete mandamientos y en los consejos que enseña a su criado cuando entra a su servicio, y que, en gran medida, se corresponden con el pensamiento graciano (3): la observación, el no extrañarse de nada de lo humano, la prudencia, la desconfianza y el escapar sobre todo de los ambiciosos, "porque la gente de esa ralea son capaces de hacerse una bolsa con tu piel y luego dormir a sus anchas".

La lectura de la novela entretiene por su amenidad, y su calidad literaria satisface al lector que disfruta con la belleza de un estilo de elevado gusto estético. Esperemos que su reedición sirva para sacar al libro definitivamente del olvido y situarlo en el lugar destacado que merece dentro del panorama literario de nuestra provincia.

NOTAS:
(1) "El país de García". José Vicente Torrente. Larumbe. Clásicos Aragoneses, 28, Filología, 2004.
(2) Según indica el autor al inicio del libro, el título proviene de una crónica árabe de finales del siglo XI en la que, para referirse al incipiente reino de Aragón en las montañas de Huesca, se dice: "Aragón es el nombre del país de García, hijo de Sancho... "
(3) Al final del libro, al llegar a Graus, hay una breve pero ilustrativa referencia a Gracián: "En Graus es fama que Gracián
, otro espíritu enemigo de la indolente y engañosa conformidad, escribió su Criticón".

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 20 de junio de 2004)

José Vicente Torrente Secorún, diplomático y escritor oscense, falleció el 11 de julio de 2006 a los 88 años.