sábado, 24 de abril de 2010

CONVULSIONES EN ARGELIA


Lo que el día debe a la noche. Yasmina Khadra. Destino. 2009. 380 páginas

Yasmina Khadra es en realidad Mohammed Moulessehoul (1955), un ex comandante del ejército argelino cuyas novelas obtienen desde hace unos años un considerable éxito en el mundo occidental. Tras revelar su verdadera identidad, el autor magrebí se refugió en Francia donde continúa escribiendo con el pseudónimo femenino que lo dio a conocer.

Si en libros anteriores cultivó el género policiaco y profundizó en el islamismo y los conflictos del mundo árabe actual, en Lo que el día debe a la noche roza por momentos el melodrama y se adentra en el convulso periodo de la guerra de liberación de Argelia y su traumático nacimiento como país. Salvo el corto capítulo final que se sitúa en 2008, la novela sucede entre los años treinta y el inicio de la década de los sesenta del pasado siglo XX.


El protagonista del libro es Younes o Jonás, quien narra el relato en primera persona desde que era un niño y vivía con sus padres en la Argelia rural. Arruinadas sus cosechas, la familia buscó refugio en la ciudad de Orán. Allí se desarrolla la primera parte de la novela. En unas páginas espléndidas que recuerdan al mejor Naguib Mahfuz, se describe el ambiente mísero de la barriada de Jenane Jato y se traza un magnífico retrato del padre, un campesino orgulloso y trabajador que es destruido por la vorágine despiadada de la gran urbe. Younes es confiado a un tío suyo, casado con una cristiana, que disfruta de una desahogada situación económica. El joven pasa a ser Jonás y entra en relación con el privilegiado mundo de los occidentales que viven en Argelia. Se relatan las relaciones de amistad y camaradería de un grupo de amigos modernos y sin problemas económicos, cuya armoniosa convivencia quedará rota por la presencia de Emilie, una fascinante mujer de la que todos ellos se enamoran y ninguno logra conquistar del todo, y por el estallido de la revolución argelina, cuya violencia los salpicará inevitablemente y marcará para siempre sus vidas. La relación de Younes con Emilie adquiere un tono tal vez en exceso melodramático y ocupa la parte posiblemente más endeble de la novela. Más atractivo resulta el dilema interior de Younes/Jonás, quien por su situación y su pasado participa en parte de los dos mundos enfrentados en la sociedad argelina de aquel tiempo. Aunque Khadra reniega de la violencia terrible y aniquiladora en la que derivó el conflicto, no deja de mostrar la injusta situación económica y social que provocó aquel estallido de odios. Estallido que se llevó todo por delante, incluso los sueños de un futuro que, en buena medida y tras un doloroso y traumático parto, nació ya muerto.


Novela densa, apasionada, escrita en una prosa rica y llena de metáforas, tal vez algo desigual pero en su conjunto de lectura muy satisfactoria.


Carlos Bravo Suárez

lunes, 19 de abril de 2010

SAN MARTÍN DE CABALLERA, EL MONASTERIO ESCONDIDO

Los restos de la iglesia del antiguo monasterio de San Martín de Caballera constituyen uno de los rincones más escondidos e interesantes de la comarca de la Ribagorza. Pertenecen probablemente al que fue monasterio de Esvu, citado en algunos documentos medievales. Tras largos años de ruina y abandono, fueron consolidados y restaurados por Prames en 1998, dentro de un ambicioso plan de conservación de edificios con valor artístico situados en lugares de difícil acceso. San Martín de Caballera se encuentra a tres kilómetros y medio del pueblo de Caballera, en dirección al norte. En la cabecera de un corto barranco, denominado de San Martín o del Convento, que va a parar al río Ésera por su margen derecha, a la altura de Santaliestra.

Caballera es un pueblo que, como muchos otros, quedó despoblado hace unas décadas, pero que de un tiempo a esta parte está recuperando algo de vida. Varias de sus casas han sido rehabilitadas y sus propietarios viven en ellas al menos durante una parte del año. Perteneciente al municipio de Santaliestra, la población está dividida en dos barrios separados por un pequeño barranco. El barrio occidental es el mejor conservado. En él destaca la casa Castillón, de grandes dimensiones y con caballerizas anexas, pero en estado de progresiva ruina. En el otro barrio, casi del todo arruinado, se encuentra la iglesia, construcción de los siglos XVII o XVIII. Próxima a ella, la casa Costa ha sido recientemente rehabilitada.


El acceso más utilizado para llegar a Caballera en vehículo es una pista de unos seis kilómetros que arranca de la pequeña localidad de Besians, perteneciente al municipio de Perarrúa. Este camino se inicia tras cruzar el puente que atraviesa el Ésera y asciende en fuerte pendiente en su tramo primero. A nuestra izquierda dejamos la antigua Vila de Besians con su interesante iglesia románica de San Juan Evangelista. La pendiente se suaviza al llegar al altiplano en que se sitúan las antiguas tierras de labor de Caballera. En este punto, la pista que sube de Besians se encuentra con otra que procede del Mon de Perarrúa. Poco después de esta confluencia de caminos, a nuestra izquierda y poco visible en la distancia, se levanta la ermita de San Marcos, sin demasiado interés arquitectónico pero objeto anual de una concurrida romería. Otro modo de acceder a Caballera es desde Troncedo, por una pista que se toma un kilómetro antes de llegar a esta localidad por la carretera que sube desde Graus y Panillo. Este itinerario discurre siempre en sentido descendente y resulta cómodo y fácil para el caminante, que lo recorre en menos de dos horas.


En línea recta el lugar más próximo a Caballera es Santaliestra. Sin embargo, el camino entre ambas poblaciones es incómodo y difícil. Desde Santaliestra suben hacia Caballera dos estrechos y empinadísimos senderos, uno por cada lado del barranco de San Martín. Resulta algo más sencillo el situado a la izquierda si partimos desde Santaliestra. Siguiéndolo se llega hasta las antenas de un repetidor, visibles en lo alto de la ladera, y desde allí, por camino más ancho, se alcanza la pista que conduce de Caballera a San Martín.


Es ésta una pista de tierra, bastante mala incluso para vehículos todoterreno, que va ascendiendo de manera suave en dirección al norte y ofrece muy buenas vistas de la ladera izquierda del río Ésera. Pueden identificarse pueblos deshabitados como Abenozas y Aguilar, la ermita de San Saturnino perteneciente a este último y, más cerca del río, sobre una pequeña elevación de terreno, la ermita de la Piedad de Santaliestra. Todos estos lugares conforman una interesante alineación de indudable valor estratégico en época medieval. Un poco antes de llegar a San Martín, dejamos un pequeño barranco y una fuente a nuestra izquierda. Los restos del antiguo monasterio, a los que las gentes de Caballera llaman siempre el convento, quedan a la derecha del camino. Para no pasar de largo, nos sirve de referencia una caseta o borda recientemente arreglada cuyo tejado nuevo resulta fácilmente visible. San Martín, poco apreciable desde la distancia, se encuentra sólo unos metros antes de ese remozado edificio. Llegar hasta aquí andando desde Caballera viene a costar casi una hora.


Del antiguo monasterio de Esvu sólo ha quedado en pie buena parte de su iglesia. Fue construida probablemente a finales del siglo XI y restaurada, como ya se ha dicho, hace poco más de diez años. Se trata de una construcción románica de nave rectangular, de la que se han conservado sus dos paredes laterales y el magnífico ábside orientado al este. Debajo del presbiterio se encuentra una pequeña cripta de gran encanto, a la que se accede desde un lado del altar por una puerta de arco de medio punto y unos escalones. El ya reducido espacio de la cripta queda dividido en tres diminutas naves por cuatro columnas centrales que soportan arcos de medio punto y son de gran simplicidad, completamente lisas y sin ninguna decoración. Sólo se conservó completa una de las originales, las otras tres habían sido expoliadas y tuvieron que ser reconstruidas al restaurar la ermita. En la parte mural de la cripta, las columnas se convierten en pilares adosados que componen una arquería ciega. Si contemplamos el semicírculo absidal por su parte exterior, comprobamos el desnivel sobre el que se construyó la iglesia y apreciamos la considerable altura del ábside, que puede parecer desde aquí una torre defensiva circular. Tiene tres ventanas para la nave y una más reducida para la cripta. Sólo se ha conservado una pequeña puerta con arco de medio punto que se abre en la fachada meridional de la ermita. Tal vez fuera el acceso a algunas dependencias del monasterio que se hallaran en ese sector, donde hoy quedan restos de construcciones aparentemente más modernas pero quizás herederas de las del antiguo cenobio medieval.


San Martín de Caballera aparece citado por vez primera con ese nombre y como abadía en el año 1068. Sin embargo, en los archivos del monasterio de Obarra se hace referencia a la existencia a finales del siglo IX de la villa de Esvu, situada en el valle del Ésera, en un lugar muy próximo a Santaliestra. También se dice que entre los años 915 y 925 el abad Ramiro de Obarra compró nuevas tierras cercanas al castro de Santaliestra -situado en la actual ermita de la Piedad- y organizó el monasterio de Esvu. Probablemente afectado por la devastadora “razzia” de al-Malik del año 1006, quedó más tarde dedicado a San Martín, con cuya denominación se cita con frecuencia a partir del año 1068. En el siglo XIX, con la desamortización, fue comprado por Vicente Bistué, de la casa Sarradico de Caballera, a la que sigue perteneciendo en la actualidad. Por ese motivo, algunos en la zona lo conocen aún como el convento de Sarradico.


Descrita someramente esta iglesia y explicados sus accesos desde diferentes puntos cercanos, pueden proponerse diversas excursiones andando hasta este sorprendente lugar. Tal vez la más recomendable sea la que lleva de Troncedo a Besians pasando por Caballera y visitando San Martín. Algo más complicado para quien no conozca el terreno es terminar la excursión en Santaliestra. Si no se dispone de transporte para efectuar estos recorridos, siempre se puede salir desde Troncedo o Besians, o desde Perrarrúa o Santaliestra, y regresar de nuevo al punto de partida. Más fácil todavía es una sencilla excursión de ida y vuelta desde Caballera hasta el convento. En cualquier caso, la visita a los restos del antiguo monasterio de San Martín de Caballera habrá merecido la pena.


Carlos Bravo Suárez


(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 18-4-2010)


Fotos - Ermita de San Martín de Caballera: interior y altar (dos fotos), ábside (parte exterior), puerta de la ermita, ruinas anexas y cripta.

TORMENTA PIRENAICA

Una tormenta. Imma Monsó. RBA. 2009. 236 páginas.

Imma Monsó es una de las mejores escritoras actuales en lengua catalana. La autora ilerdense ha publicado varias novelas, todas ellas traducidas al castellano, que han tenido una buena acogida por parte de la crítica y los lectores. Una tormenta, ambientado en el Pirineo catalán, es su libro más reciente.


La acción de Una tormenta transcurre en un solo día de verano, en el intervalo que va desde las doce de la mañana hasta las diez y media de la noche. El paso de las horas va marcando los capítulos del libro desde que la escritora Sara Surps sale de Barcelona para dirigirse a un pueblecito muy próximo a Sort, en la comarca pirenaica del Pallars Sobirà, donde debe asistir a una tertulia literaria. En el camino la acompaña, hasta donde ella puede aguantarlo, Hugo, un chico urbano cuya neurosis obsesiva va derivando hacia una personalidad psicopática y peligrosa.


Aunque Una tormenta parece apuntar hacia una novela de intriga, y lo sea en cierta manera, la metaliteratura y la reflexión sobre algunos de los miedos que sufren las sociedades de nuestro tiempo tienen un mayor peso en la narración. El hecho de que la protagonista sea una escritora, con evidentes rasgos comunes con la autora del libro, hace que éste se refiera con frecuencia al propio hecho de escribir y a la relación del escritor con sus lectores. En este último aspecto, destaca la acertada descripción de la tertulia literaria en Malmercat, con su buena dosis de ironía y una pretendidamente esteriotipada y graciosa presentación de los tipos que a ella acuden, desde el pedante y vanidoso presentador pagado de sí mismo hasta los humildes lectores que aportan sus opiniones sinceras y sus propias preocupaciones personales.


Además de Sara Surps, dos son los personajes con un papel relevante en la novela. Son dos jóvenes que representan valores y situaciones vitales muy diferentes. Hugo es un tipo peligroso, misógino y seductor con intenciones destructivas, encerrado en un mundo urbano cibernético y lleno de miedos, que llega a definirse a sí mismo como fobófobo y cuyas malas intenciones lo llevan a un medio rural y montañoso en el que es incapaz de desenvolverse ni tan siquiera físicamente. Sergio, por el contrario, es un joven sano y deportista, apasionado del parapente, que ha elegido permanecer en su mundo pirenaico donde se encuentra feliz e integrado por completo con el medio. El choque entre ambos personajes se producirá de manera inevitable y de la forma más sorprendente e inesperada.


Una tormenta no es un libro extraordinario pero sí una novela bien construida, entretenida y agradable, que encierra en sus páginas algunas reflexiones interesantes sobre la literatura y sobre el paradójico mundo moderno en el que vivimos.


Carlos Bravo Suárez

sábado, 10 de abril de 2010

VILLA TRISTE

Villa Triste. Patrick Modiano. Anagrama. Barcelona. 2009. 191 páginas


Esta es la tercera novela de Patrick Modiano reseñada en estas páginas desde el verano pasado. Tras el éxito de Un pedigrí en 2008, la editorial Anagrama ha publicado En el café de la juventud perdida, último libro del escritor francés hasta la fecha, y Calle de las tiendas oscuras y Villa Triste, dos novelas de los años setenta que aún permanecían inéditas en nuestro país.


Villa Triste es una novela publicada en Francia en 1975. El relato está ambientado principalmente en los años sesenta del pasado siglo XX, una de las épocas preferidas por el gran escritor francés junto al periodo de la ocupación nazi. No toda la narración transcurre, sin embargo, en dicha década, sino que hay algunos breves saltos hacia el futuro, unos años más tarde, que dan cierta perspectiva a los hechos contados y permiten comprobar, una vez más en Modiano, los efectos demoledores del paso del tiempo.


Villa Triste, al contrario que la mayor parte de las novelas del escritor galo, no transcurre en París sino en una pequeña ciudad francesa próxima a Suiza. Un lugar apagado en invierno pero con abundancia de turistas y residentes ricos y aficionados a las fiestas de sociedad durante la época estival. Allí llega el narrador de la novela, un joven enigmático con nombre falso del que sólo sabemos que huye de París para estar cerca de la frontera por algún asunto relacionado con la guerra de Argelia. En un hotel de la ciudad conoce a Yvonne, una chica de la zona que ha participado en una película y lleva un elevado y ocioso tren de vida, y a René, un homosexual que supuestamente trabaja como médico en Ginebra.


Modiano escribe con la elegancia y cadencia características en su prosa, con su habitual habilidad para convertir en belleza literaria la tristeza y el vacío de la existencia humana. Insiste en que el conocimiento que tenemos de los otros y de la realidad que nos rodea es siempre fragmentario e incompleto. Logra con Ivonne el personaje de una joven de provincias que no acepta la anodina existencia a la que su condición social la condena y desea, a cualquier precio, disfrutar de una vida que está por encima de sus posibilidades. Sueños de grandeza de una pequeña Bovary. Y canta a la juventud perdida, un asunto que, más de treinta años después de haber escrito este libro, aparece en el título de su narración más reciente.


Villa Triste es otra novela magnífica de un escritor que, aunque parezca repetirse, siempre alcanza la medida y la sensibilidad adecuadas para lograr una exquisita belleza literaria.


Carlos Bravo Suárez

domingo, 28 de marzo de 2010

CONTRABANDO, AMOR Y GUERRA EN EL VALLE DE BENASQUE

Las lágrimas de la Maladeta. Marta Iturralde Navarro y Alberto Martínez Embid. Prames. Zaragoza. 2010.

Marta Iturralde y Alberto Martínez Embid son dos conocidos escritores especializados en temas de montaña, autores, cada uno por su lado, de una interesante obra que comprende un buen número de novelas, ensayos y artículos periodísticos. En Las lágrimas de la Maladeta, han sumado esfuerzos literarios y sus amplios conocimientos sobre el mundo de los Pirineos para confeccionar una estupenda novela ambientada en el valle de Benasque y en las tierras fronterizas del Luchonado francés.

La acción de Las lágrimas de la Maladeta se sitúa a caballo entre los siglos XVIII y XIX, entre los años 1784 y 1814. La ambientación histórica de la novela es magnífica y está muy bien documentada. El relato se inicia en las vísperas de la Revolución francesa y transcurre durante la corta Guerra contra la Convención y, sobre todo, en la más larga y feroz Guerra de la Independencia. Conocemos la vida a ambos lados de la frontera, los ritos y costumbres de los cazadores de sarrios, los usos y rutas del contrabando, el inicio del pirineísmo con Ramond de Carbonnières y la incidencia de la guerra en el valle de Benasque y en la villa que le da nombre, cuyo antiguo castillo fue en 1814 el último baluarte francés en la contienda.

La ambientación geográfica es, si cabe, todavía más completa. Son escasos los lugares del alto valle del Ésera y de la vertiente francesa de esa parte del Pirineo que no aparecen en el libro. Sus personajes se mueven por los hospitales (“espitals”) de Benasque (Benàs) y de Banhères (sólo brevemente aparece el de Vielha), los puertos de Gorgutes, la Glera, el Portillón o Toro, los valles de Remuñé o Literola, la Renclusa, los Booms del Portillón, el congosto de Ventamillo, etc. Al haber tenido la suerte de recorrer estos lugares en numerosas excursiones, he disfrutado enormemente con las precisas y exactas descripciones geográficas que de ellos se dan en la novela.

Otro aspecto interesante de Las lágrimas de la Maladeta son las referencias a las leyendas y creencias populares, en pleno apogeo en los años en que se sitúa el relato: las “encantadoras” que habitan en las aguas, las supersticiones, los presagios del paisaje, los amuletos, las alusiones a las brujas. Y también logrados están los personajes: los Barrau, Tres-Dedos, la Verrugona, las hermanas Castán y, principalmente, el protagonista, Pascual o Pascualet, un “chiqué” que se hace hombre en la novela y que pertenece por igual a las dos vertientes de Pirineo, tan estrechamente unidas que ni las terribles guerras ni los odios de aquel tiempo consiguieron separar del todo.

Los autores han vertido en el libro sus muchos conocimientos sobre el valle de Benasque y, a partir de ellos, han logrado construir un relato interesante, que transporta al lector a una época del pasado reciente de uno de los rincones más hermosos de nuestro Pirineo.


Carlos Bravo Suárez

domingo, 21 de marzo de 2010

DE GRAUS A OLVENA POR LA PUEBLA DE CASTRO

De Graus en dirección al sur parte el PR-HU73, un sendero de pequeño recorrido que lleva desde la capital ribagorzana hasta la pequeña localidad de Olvena, perteneciente hoy a la comarca del Somontano. Se trata de un itinerario señalizado que transita siempre por la margen derecha del río Ésera, poco antes de su desembocadura en el Cinca.

Es un camino fácil para recorrer andando, con escasos desniveles y balizado con marcas blancas y amarillas. Si seguimos exclusivamente el sendero marcado, habremos recorrido alrededor de catorce kilómetros: unos ocho y medio entre Graus y La Puebla de Castro y cinco y medio entre esta localidad y Olvena. Sin embargo, desviándonos un poco de este itinerario, podemos visitar dos magníficos exponentes históricos de la Ribagorza: los restos de la ciudad romana de Labitolosa y la ermita románica de San Román de Castro. Ambos lugares se encuentran muy próximos a La Puebla de Castro, a cuyo municipio pertenecen.

Saldremos de Graus en dirección al sur por la carretera N-123 que lleva a Barbastro. Por la derecha de la misma tomaremos un sendero, que se está habilitando como carril-bici, que nos conduce al cementerio de la localidad. Aquí, seguimos unos metros la pista que se dirige a la ermita de San Pedro pero, atendiendo a las señales, nos desviaremos de inmediato a la izquierda para, por un viejo puente de piedra, atravesar el barranco Esguard y seguir el antiguo camino que unía Graus y La Puebla de Castro.

Tras el puente, el PR-HU73 inicia una fuerte aunque corta subida hasta el tozal de Torrellón. Sin posible pérdida, el camino desciende después hacia la carretera que va a Secastilla. Debemos seguir esta vía unos ochocientos metros y, tras dejar a la izquierda las ruinas de una vieja tejería con su elevada chimenea, tomar, también a la izquierda, una pista agrícola por la que, siempre atentos a las marcas, debemos continuar. En aproximadamente media hora llegaremos a un cruce a cuya derecha se encuentra un viejo lavadero circular que recoge las aguas de lluvia por un tejado con forma de embudo. En la confluencia de los dos caminos que se abren ante nosotros hay un pequeño refugio de techo abovedado. Siguiendo el camino de la derecha en pocos minutos estaremos en La Puebla de Castro.

Es éste un pueblo en auge, su población ha crecido con la llegada de foráneos y hay en él algunas pequeñas industrias que le proporcionan actividad y vida. Vale la pena realizar una visita tranquila por sus calles y sus plazas. Desde el punto de vista artístico, el elemento más interesante del lugar es el retablo gótico que se encuentra en el altar mayor de la iglesia parroquial de Santa Bárbara. Se trata de una magnífica obra que procede de la ermita de San Román de Castro. El retablo fue desmontado durante la pasada guerra civil y sus tablas trasladadas a Ginebra. Tras acabar la contienda fueron devueltas a España y el retablo quedó instalado en la iglesia parroquial de La Puebla, donde hoy puede contemplarse.

Desde el pueblo a Labitolosa podemos ir por el PR-HU74 que viene de Artasona y termina en la urbanización Lago de Barasona. Descendemos a la carretera A-2211 y, tras cruzarla, seguimos una pista agrícola que en menos de un kilómetro nos deja en la antigua ciudad romana. Los restos de Labitolosa se sitúan en la ladera meridional del cerro del Calvario, en cuya cima se han descubierto recientemente vestigios de una torre musulmana que tal vez perteneciera al antiguo castillo de Muñones. Los principales restos de Labitolosa son la curia y dos conjuntos termales. En la curia, bajo un gran cubierto, pueden verse diversos pedestales con numerosas inscripciones. De los dos conjuntos termales, sólo uno puede visitarse. Desde hace poco tiempo está cubierto y acondicionado con una estructura metálica de escaleras y pasillos que permiten su contemplación completa. Las otras termas están protegidas por plásticos a la espera de intervenciones futuras. Al parecer, la ciudad fue construida a mediados del siglo I a. C. y abandonada por causas que se desconocen a finales del siglo II d. C.

Si desde Labitolosa retrocedemos a la carretera y continuamos unos metros por ella veremos a nuestra izquierda, frente al cementerio de La Puebla, el indicador del PR-HU75 que nos lleva a la ermita de San Román. El lugar dista algo más de dos kilómetros de este punto y está situado en un extraordinario paraje a la entrada norte del congosto de Olvena.

La ermita de San Román, declarada Monumento Nacional en 1944, es espléndida, de dimensiones considerables y muy bella factura. Fue construida a finales del siglo XII o principios del XIII y pertenece a un románico de gran calidad, de carácter más aristocrático que la mayoría de las ermitas de la zona. De su exterior destaca el magnífico ábside, con ajedrezado jaqués y arquería ciega. En su interior, el templo alberga un coro mudéjar con unas llamativas pinturas llenas de simbología. Esta cromática decoración forma parte del mudéjar aragonés que fue declarado Patrimonio Mundial en 2001.

San Román se encuentra en el lugar donde se ubicaba la antigua población de Castro, origen de la posterior Puebla de Castro. Como indica su topónimo, había allí un castillo medieval del que apenas quedan restos, pero que tuvo gran importancia estratégica y cobró nuevo impulso en el siglo XIII cuando Jaime I concedió a su hijo bastardo Ferran Sánchez la extensa baronía de Castro. Desde el mirador habilitado en lo alto del cerro hay unas vistas inmejorables de buena parte de la comarca ribagorzana.

Si deseamos continuar nuestra excursión hasta Olvena, debemos retroceder en dirección a La Puebla y retomar el PR-HU73 que hemos abandonado para visitar San Román. En caso de conocer bien el terreno, no es necesario retroceder demasiado, pues puede seguirse un sendero que, más próximo al congosto, nos llevaría a nuestro objetivo. De lo contrario, es preferible llegar hasta casi el alto de San Roque y, a la izquierda de la carretera, seguir el citado PR por una pista que pasa junto a una explotación ganadera y discurre luego entre olivares y almendros. En poco más de una hora habremos llegado a Olvena.
Lo más interesante de la localidad es el magnífico mirador situado en lo más alto del pueblo, al que se asciende tras pasar junto a su cementerio. Muy próxima a éste se halla la pequeña ermita del Santo Cristo, románica en su origen y parte del antiguo castillo medieval que tuvo la población. Desde el privilegiado mirador tendremos unas magníficas vistas del congosto por el que discurre el río Ésera en su tramo final.

En la excursión que aquí hemos propuesto, además de disfrutar de bellos paisajes, podemos conocer algunas de las huellas que la historia ha ido dejando en unas tierras que constituyen un punto de encuentro entre la Ribagorza y el Somontano.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

Fotos: La Puebla de Castro, Termas de Labitolosa, San Román de Castro (dos fotos del exterior, interior del ábside y dos fotos del artesonado mudéjar), La Puebla de Castro y Secastilla desde Castro, el congosto de Olvena desde Castro y Olvena (tres fotos)

sábado, 20 de marzo de 2010

VENIRSE ABAJO

La humillación. Philip Roth. Mondadori. Barcelona. 2010. 155 páginas.

Sobre todo en los últimos tiempos, Philip Roth es un escritor tan prolífico que publica al menos un libro al año. Tras su anterior y espléndida Indignación, que fue reseñada aquí hace unos meses, se ha editado en España la última novela del veterano autor estadounidense, una narración breve e impactante titulada La humillación.

La humillación cuenta la crisis de Simon Axler, un famoso actor de teatro de sesenta y cinco años que de repente pierde su inspiración artística y se siente incapaz de volver al escenario. Su mujer lo abandona y él, deprimido y sin esperanza de recuperar el talento perdido, tras un breve periodo en un psiquiátrico, se refugia en su solitaria casa rumiando poner fin a su vida sin atreverse a hacerlo. Entonces irrumpe en su retiro campestre Pegeen, una mujer veinticinco años más joven que él e hija de unos actores amigos suyos en su juventud. Pegeen es lesbiana y acaba de salir de algunas tempestuosas relaciones con final traumático. Simón será su primera experiencia heterosexual.

La novela adquiere a partir de ese instante un tono de subido erotismo. La pareja busca nuevas e intensas experiencias sexuales que el autor cuenta con detalle. Sin embargo, por encima del sexo, que parece ser la primera preocupación de una Pegeen dubitativa sobre sus verdaderas inclinaciones, el sexagenario actor siente la llamada biológica y cree llegado el momento de buscar una paternidad todavía a su alcance. Pero las cosas volverán a cambiar de manera inesperada y repentina.

El relato, como suele ocurrir en el género teatral tan presente en él, se divide en tres actos. Axler recuperaen su decisión final la fuerza interpretativa encarnándose de manera convincente en Konstantin Gravrilovich, personaje de La gaviota de Chéjov.

En La humillación encontramos la fluidez narrativa habitual en Philip Roth, aunque el último giro de la novela resulte tal vez algo precipitado. Algunos de los temas del libro, como el miedo a la vejez, el sexo o la relación entre un hombre mayor y una mujer más joven, que aparecen en otras obras suyas, están aquí abordados sin tapujos y con valentía. También los complicados vínculos paterno-filiales se muestran de manera destacada en las sorprendentes relaciones que mantiene la ya prácticamente cuarentona Pegeen con sus progenitores.

Sin estar a la altura de las mejores obras del autor, La humillación es una novela impactante, bien contada y fácil de leer. Su lectura, como no podía ser de otra manera tratándose de Roth, tampoco en este caso dejará indiferente a ningún lector.

Carlos Bravo Suárez