viernes, 27 de agosto de 2010

EL CURIOSO CASO DEL GENERAL MUR Y SU YERNO FILIPINO




Hace algún tiempo escribí en este mismo diario un largo artículo, publicado en dos entregas, sobre algunos de los personajes más ilustres que a lo largo de la historia han nacido en la villa ribagorzana de Graus. En él mencionaba, casi de pasada y sólo citándolo por su nombre, al militar Esteban Mur Martínez, que vivió entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX y alcanzó el grado de general.

Un tiempo más tarde, me abrí un blog donde colgué muchos artículos que había escrito hasta entonces y al que voy sumando los que publico con regularidad en este diario. Entre los primeros, figuraba el titulado “Algunos grausinos ilustres” al que me acabo de referir. Hace cosa de un año, primero en este artículo y después en el último añadido al blog en aquel momento, encontré sendos comentarios del señor Victorino Manalo. El primero estaba escrito en inglés y el segundo en un español algo arcaico e inseguro. En ellos, el señor Manalo me decía que escribía desde Filipinas y me solicitaba amablemente la información de la que yo dispusiera sobre el general Mur Martínez, quien según afirmaba era su tatarabuelo. Llevaba tiempo buscando sin conseguirlo noticias históricas sobre él y se lamentaba de que en su país mucha documentación hubiera sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial. En ambos comentarios, el señor Manalo dejaba su dirección de correo electrónico para que yo pudiera ponerme en contacto con él.

Así lo hice, indicándole que debía buscar entre mis papeles las informaciones que tenía sobre el general Mur Martínez, cuya procedencia no recordaba en ese momento, y que en cuanto las encontrara se las enviaría sin dilación. En su respuesta, el señor Victorino Manalo me proporcionaba los datos de los que él disponía sobre su tatarabuelo. Me decía que Leonor Mur, hija del general grausino, se había casado en 1893 en Barcelona con su bisabuelo Felino Cajucom, un filipino natural de la provincia de Nueva Écija que había viajado a España formando parte de un grupo de jóvenes nativos enviados a nuestro país para realizar estudios. Hay que recordar que en aquella época las islas Filipinas eran todavía una de nuestras últimas colonias de ultramar. Como es sabido, el lejano archipiélago asiático y las posesiones americanas de Cuba y Puerto Rico, únicos vestigios del gran imperio español, se perdieron definitivamente en el año 1898.

Al señor Manalo le parecía una cosa maravillosa que un nativo filipino se hubiera casado con una mujer española. La pareja, según me decía, se había trasladado a Filipinas tras su matrimonio en Barcelona. Sin embargo, poco tiempo después, entre 1896 y 1898, se produjo la rebelión isleña contra el dominio español. En esos años, Felino Cajucom se convirtió en uno de los generales del ejército revolucionario filipino que lucharon contra las tropas españolas. Y ahora llegaba la cuestión más importante para el señor Victorino Manalo: según creían sus familiares era muy probable que el general Mur Martínez hubiera estado en esos años en las Islas Filipinas luchando contra los rebeldes. De ser así, suegro y yerno habrían combatido en bandos enfrentados durante aquel violento conflicto. Y eso era lo que él quería saber con seguridad y para lo que reclamaba mi ayuda y colaboración.

Tras recibir su interesantísimo correo, me puse de inmediato a buscar más a fondo entre mis papeles. Tal y como creía, encontré información sobre el general Mur Martínez en unos apuntes mecanografiados sobre la historia de Graus que hacía unos años me había facilitado el señor Juan José Arenas Gambón. El señor Arenas, con quien en aquel tiempo establecí una relación intelectualmente muy fructífera, es nieto de Marcelino Gambón, amigo y brillante discípulo de Joaquín Costa y fundador y primer director de la centenaria publicación escrita “El Ribagorzano”. Desgraciadamente, el señor Arenas es hoy un anciano enfermo alejado de cualquier relación social, pero durante buena parte de su vida ha sido un hombre estudioso y gran conocedor de la historia de la villa de Graus. En sus apuntes encontré algo más de dos caras completas de un folio dedicadas al general Esteban Mur Martínez. Las leí con atención, las escaneé y, por correo electrónico, se las envié al señor Manalo.

En esas informaciones, en resumen, podía leerse que Esteban Mur Martínez había nacido en Graus a mediados del siglo XIX en el seno de una familia humilde. Como otros muchos en su tiempo, entró en el ejército para intentar mejorar su situación económica y las escasas expectativas de futuro que le ofrecía su pueblo natal. El joven logró ir ascendiendo trabajosamente en el escalafón militar a lo largo de su dilatada carrera. Fue destinado primero a Cataluña y en esa región participó en algunas escaramuzas contra la guerrilla carlista. Ingresó en el ejército colonial y en 1879 fue enviado a Cuba donde ascendió a capitán. Regresó a España en 1886 y fue destinado nuevamente a Cataluña, lugar en el que permaneció hasta 1896. En este año fue enviado a Filipinas y allí participó en la guerra que contra los rebeldes isleños acababa de comenzar. Su destacado papel en algunas acciones militares, que se detallan en las notas citadas, le valió su ascenso a comandante. ¡Las sospechas del señor Victorino Manalo quedaban por lo tanto confirmadas! Su tatarabuelo y su bisabuelo, suegro y yerno uno del otro, habían coincidido en el archipiélago filipino y habían luchado en los dos bandos enfrentados en aquella guerra finisecular.

En los apuntes del señor Arenas se dice que el militar grausino fue repatriado a España desde Filipinas por haber contraído una enfermedad en su larga estancia en aquellas lejanas islas. Es de suponer que su vuelta a nuestro país se produciría en 1898, coincidiendo prácticamente con el final del conflicto y la derrota definitiva del ejército español. Esteban Mur fue destinado de nuevo a Cataluña, donde alternó estancias entre Barcelona y Tarragona. Continuó logrando sucesivos ascensos en el escalafón militar y el 28 de junio de 1928 fue nombrado general de brigada de la primera reserva. Según se recoge en los citados apuntes, su permanencia en activo en el ejército se prolongó durante cuarenta y cinco años, dos meses y dos días.

Por dos esquelas publicadas en el diario “La Vanguardia”, que pude localizar en la hemeroteca digital de dicho periódico barcelonés, sabemos que el general Mur Martínez murió en Barcelona el 24 de enero de 1936. En esas notas necrológicas se cita a sus dos hijos Ángel y Leonor y a sus hijos políticos Aurora Serra y Felino Cajucom. Junto a los nombres de Leonor y Felino se añade entre paréntesis la palabra “ausentes”. La esposa del general, Doña María Estaña de Mur, había fallecido también en Barcelona a finales de mayo de 1905.

Gracias a la hemeroteca digital del citado diario catalán he podido conocer también otros datos interesantes de la familia. En las notas de sociedad del año 1893 se recogen la graduación de Leonor Mur como concertista de piano en el Liceo de Barcelona y la del joven Felino Cajucom como nuevo licenciado en derecho. En diciembre de ese mismo año se produjo la boda entre ambos en la ciudad condal, a la que siguió un viaje a París como luna de miel. Ni el señor Victorino Manalo ni yo hemos podido averiguar la fecha exacta de su traslado a Filipinas, pero éste se produciría poco tiempo después, ya que en 1896, cuando se inicia el levantamiento filipino contra la ocupación española, Felino Cajucom Sarena es uno de sus más destacados cabecillas. La rebelión filipina contra los españoles fue encabezada, como es sabido, por las clases más acomodadas de aquella sociedad isleña.

Tras recibir las informaciones sobre su tatarabuelo, el señor Manalo me contestó muy agradecido y satisfecho por tener la confirmación definitiva de que sus dos antepasados habían tomado parte en la guerra filipina en los dos bandos enfrentados, como él y su familia sospechaban desde hacía un tiempo. En su correo de respuesta añadía otra información según la cual sus padres creían que, en pleno conflicto, el general Felino Cajucom había tenido que pedir permiso a su suegro para que las tropas españolas dejaran pasar a su mujer y a sus tres hijos que deseaban regresar a España.

Por otros contactos con el señor Victorino Manalo he reconstruido parte de la historia de su familia en Filipinas. Después de vivir unos años en Barcelona, en una casa de la calle Muntaner, Leonor Mur de Cajucom y sus tres hijos (Alfonso, José y María) volvieron al archipiélago filipino tras la guerra contra España y la posterior invasión estadounidense de las islas. De los tres hijos de Felino y Leonor, Alfonso murió joven, José se casó en Barcelona y María se casó, con gran enfado de su padre que intentó por todos los medios evitar ese enlace, con un primo hermano suyo llamado Antonio Manalo. De ese matrimonio nacieron seis hijos: Felino, Elena, Antonio, Leonor, Basilio y María Julia. Todos se casaron y tuvieron grandes familias, salvo Elena, que se convirtió en monja franciscana. De los seis, sólo Elena y María Julia siguen viviendo en la actualidad.

Basilio Manalo y Cajucom, padre de mi interlocutor Victorino Manalo, fue un gran violinista y un importante profesor de música en Filipinas. Realizó estudios en Estados Unidos, fue profesor en varias universidades filipinas, violinista de la Orquesta Sinfónica de Manila y director de la Orquesta Filarmónica de Filipinas. Murió en 2008. Su hijo, el señor Victorino Manalo, ha sido hasta hace poco tiempo director del Museo Metropolitano de Manila, a cuya gestión continúa ligado. Es licenciado en Humanidades y ha realizado estudios en Estados Unidos. Es también un reputado escritor de cuentos y ensayos que ha recibido diversos premios literarios en su país.

De esta historia pueden extraerse al menos dos conclusiones: que las nuevas tecnologías permiten a veces los contactos más sorprendentes e insospechados y que la vida de algunas personas puede parecerse en ocasiones al argumento de una novela o una película. Como se dice con frecuencia, la realidad puede llegar a superar a la propia ficción. Así ocurrió en el curioso caso del general Esteban Mur Martínez y su yerno filipino que acabamos de contar en estas líneas.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes: Retrato del general Mur Martínez en 1918, retrato de Felino Cajucom, esquelas del general Mur y de su esposa publicadas en La Vanguardia en 1936 y 1905 respectivamente, estado actual de la casa de Graus en la que nació el general Mur en el actual nº 15 -ahora conocida como casa de la Francha- de la calle que hoy lleva su nombre y placa en su honor colocada en su fachada)


(Artículo publicado en el número especial de las fiestas de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón, el 10 de agosto de 2010)

Casi un año después de escribir este artículo, la familia Mur, de casa La Sopa de Graus, me facilitó la fotografía del general Mur que he colgado al inicio de esta entrada. La foto estaba en la casa citada y, como puede leerse en ella, fue realizada en Barcelona en 1918.

domingo, 1 de agosto de 2010

SAN GREGORIO, UNA ERMITA PRÓXIMA A FANTOVA

La fortaleza de Fantova es uno de los lugares históricamente más relevantes de la comarca de la Ribagorza. Situado a poco más de dieciséis kilómetros de Graus y a unos cinco de La Puebla de Fantova, es uno de los enclaves defensivos más interesantes de la línea fronteriza que en torno al año 1000 separaba a cristianos y musulmanes en este territorio prepirenaico. Desde hace unos años, la existencia de una pequeña carretera asfaltada hace más fácil el acceso, la visita y el conocimiento del lugar. El lector que lo desee encontrará también sin demasiada dificultad algunos trabajos escritos sobre este destacado conjunto defensivo de tan importante significación histórica en los lejanos tiempos medievales.

Sin embargo, son menos conocidas algunas ermitas románicas que se encuentran en las cercanías del castillo de Fantova pero que resultan más difíciles de localizar y visitar. Las tres geográficamente más próximas a la fortaleza son las de San Gregorio, San Clemente de la Tobeña y San Pedro de Sarrau. Las tres tienen grandes similitudes constructivas. A la primera voy a referirme en este artículo. La segunda, a la cual es preferible acceder por las pequeñas localidades de Bellestar y Colloliva, y la tercera, perteneciente al disperso núcleo de Güel, las dejo para próximos artículos.

La ermita de San Gregorio se encuentra a poco más de dos kilómetros de la antigua “civitas” de Fantova, a 1011 metros de altitud, en lo alto de un cerro que se levanta casi enfrente de la citada fortaleza, al otro lado del barranco de la Bodegueta en dirección sureste. Para llegar hasta ella hay que seguir la estrecha carretera que desde Fantova continúa hacia Güel y el valle del Isábena. Primero en una suave bajada y después en rápido ascenso hasta llegar a la Portiella, lugar así llamado por ser el punto en que se produce el cambio de vertiente entre el valle del Ésera y el del Isábena. Sólo unos metros antes de alcanzar la Portiella, arranca a nuestra derecha una pista de tierra que debemos seguir unos doscientos metros para continuar después por un camino, también a la derecha, que se va estrechando y asciende entre árboles hasta llegar a la ermita. Desde la carretera, donde no hay ninguna indicación y desde donde la ermita no llega a verse por la vegetación que la envuelve, solamente habremos tenido que andar alrededor de un cuarto de hora para encontrarnos, casi de repente, frente al ábside de esta pequeña construcción religiosa.

La ermita de San Gregorio, que pertenece al término de La Puebla de Fantova y por tanto al municipio de Graus, se sitúa en el extremo oriental de un pequeño altozano situado en el cerro del mismo nombre. Se levanta sobre un espolón rocoso que muestra su mayor caída por el lado sur, hacia donde se abre la puerta de entrada de la ermita. Desde allí contemplamos unas magníficas vistas del valle del Isábena, que la sierra del Castillo de Laguarres cierra por su parte meridional. Hacia el este, nuestra mirada se topa con las escarpadas paredes de los cercanos morrones de Güel, en cuyas faldas y muy próximas entre sí, pueden identificarse las casas Buira y Betrán, a las que llegaríamos enseguida si continuáramos por la carretera que nos ha traído desde Fantova. Ambas pertenecen ya a Güel, una localidad hoy casi del todo despoblada que cuenta con aproximadamente una treintena de casas diseminadas por un extenso y solitario territorio. En un cerro más bajo, y también en dirección al sur, se esconde la antes citada ermita de San Pedro de Sarrau.

Desde la pequeña explanada que corona el cerro donde se encuentra la ermita de San Gregorio, veremos claramente la silueta del recinto de Fantova, compuesta por su magnífica torre circular y la ermita románica de Santa Cecilia. La conexión entre ambos lugares y el dominio que desde San Gregorio se tiene sobre las tierras del Isábena hacen pensar que tal vez desde aquí se complementaran y ampliaran las labores de vigilancia que en su momento ejercía sobre el territorio la cercana fortaleza de Fantova.

La ermita de San Gregorio es de una sola nave rectangular cubierta con bóveda de cañón y con ábside canónicamente orientado al este. Está construida con sillares bastante grandes, algo irregulares pero bien alineados. Sobre el muro occidental se levanta una espadaña de un único ojo con arco superior. Esta parte de la ermita parece haber sido construida algo más tarde que el resto del edificio. Muy cerca del citado muro aparecen restos de otras paredes de piedra cuya antigua función es difícil de determinar. La techumbre de San Gregorio es de losas con doble caída, reforzada con algunas tejas.

La puerta de la ermita se abre, como se ha dicho, en su fachada meridional. Es de arco de medio punto y tiene varios escalones que permiten acceder a ella. El interior del templo está iluminado por dos ventanas, una en el centro del ábside y otra, enfrente, en la pared occidental. En un extremo de su muro norte se abre una cavidad en arco de medio punto que contiene un sarcófago de piedra. Algunos fragmentos de la lápida que lo cubría se apoyan sobre el borde exterior del féretro. Hay que decir que de un tiempo a esta parte el interior de la ermita ya no presenta el aspecto tan descuidado que tuvo durante años.

San Gregorio, como el cercano castillo de Fantova, es un lugar con mucho encanto, con espléndidas vistas, donde se respira una paz y un silencio en los que quien esto escribe gusta de perderse con frecuencia.

Carlos Bravo Suárez

Fotos: La ermita -ábside y puerta- en primavera y en otoño, lado occidental, interior y sarcófago.

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

sábado, 24 de julio de 2010

SOBRE PADRES E HIJOS

Tiempo de vida. Marcos Giralt Torrente. Anagrama. 2010. 200 páginas

Las relaciones paterno-filiales suelen ser a menudo difíciles y complejas. Marcos Giralt Torrente, uno de los valores más en alza de la nueva literatura española, narra en su última novela, Tiempo de vida, la turbulenta relación mantenida con su padre, el pintor Juan Giralt, desde los años de su infancia hasta la muerte de éste en 2OO7.

Aunque la figura del padre había aparecido en otras narraciones suyas, en esta novela el autor cuenta al desnudo y, según confiesa, con absoluta ausencia de ficción, la gran influencia que su progenitor ejerció sobre él y los altibajos que los vínculos personales entre ambos sufrieron a lo largo de su vida. Y lo hace en primera persona, en un lenguaje directo y cortante, con un tono intimista, confesional y sincero, venciendo literariamente y a modo de exorcismo personal el pudor a mostrar las interioridades familiares en público.

Pueden distinguirse tal vez dos planos en la narración de "Tiempo de vida". Por un lado, el relato cronológico y ordenado de las vivencias compartidas por ambos personajes: desde la falta de atención y el abandono de las obligaciones familiares que el hijo recrimina a su progenitor durante la primera parte de la novela, hasta el intensivo cuidado filial y la estrecha aproximación mutua de los últimos años a consecuencia de la enfermedad que mina sin remedio la salud del padre.

Por otro lado, hay en la novela una reflexión del autor sobre las causas que lo han llevado a escribir el libro y sobre su propio proceso de elaboración. Aunque los hechos narrados sean reales y confesadamente autobiográficos, no estamos ante una autobiografía al uso, ni ante la biografía del padre muerto, sino ante una novela. En ella no se utilizan nombres propios y, si bien padre e hijo son claramente los personajes principales, hay algunos secundarios y poco tangenciales, como la madre del escritor o “la amiga que el padre conoció en Brasil”. Esta última desempeña en cierto modo y a los ojos del hijo el papel de la mala de la película.

El estilo es muy fluido, de frases breves y ritmo rápido y cortante, con uso frecuente, tal vez en exceso, de paralelismos anafóricos que repiten la misma palabra al inicio de varias frases. consecutivas El autor consigue, eso sí, trascender el caso particular y propio para dotar a su novela de una cierta categoría universal: la de las frecuentemente complejas relaciones entre los padres y los hijos en cualquier época y sociedad. En esta ocasión, en el marco temporal de la España que va desde los años setenta del pasado siglo XX hasta la actualidad y entre dos creadores marcados por sus fuertes personalidades y sus importantes inquietudes culturales y artísticas. Podría decirse, como balance final del relato, que, a pesar de las desavenencias y los reproches de un tiempo de sus vidas, la fuerza de la sangre acaba imponiéndose y cerrando las profundas heridas abiertas en el pasado.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 16 de julio de 2010

SENDER Y LO ARAGONÉS

Solanar y lucernario aragonés. Ramón J. Sender. Tropo Editores. 2010. 260 páginas.

Con Ramón J. Sender la editorial Tropo vuelve a apostar por un valor seguro para su colección Biblioteca del Olvido. Si el lector disfrutó con Álbum de radiografías secretas, lo hará más aún si cabe con este Solanar y lucernario aragonés que acaba de ser editado con prólogo de Antón Castro.

Contiene el libro treinta textos, todos breves menos uno, del gran escritor de Chalamera. Tienen como hilo conductor la reflexión y las referencias de distinto tipo, con un enfoque casi siempre amable y desenfadado, sobre Aragón y lo aragonés. Se recogen los artículos que Sender publicó en Heraldo de Aragón tras sus breves visitas a España en los años 1974 y 1976 y que ese mismo diario editó en forma de libro en 1978. El único texto largo, que no figuraba en aquella edición, es el titulado La narración televisada, que reproduce el relato El regreso de Edelmiro del libro Novelas del otro jueves, publicado por la editorial Aguilar en 1969. Sobre la adaptación televisiva de esa narración tratan los artículos precedente y posterior a su trascripción íntegra. En el primero, Sender se hace eco de algunas críticas que la película había suscitado por la visión que en ella se daba de los campesinos aragoneses. En el artículo posterior, el autor constata la manipulación televisiva de su relato y llama la atención sobre los “trucos vulgarmente siniestros” a los que, a falta de talento, recurren los guionistas de televisión para atraer a los espectadores.

En el resto del libro hay artículos que tratan sobre lugares geográficos de Aragón, de recuerdos y anécdotas de la infancia, de diversos escritores aragoneses, de interesantes cuestiones lingüísticas en las que Sender escribe sobre palabras del terruño cuyo significado precisa y aclara incluso enmendando a filólogos de prestigio. También sobre algunos defectos propios de esta tierra, entre los que destaca el individualismo y, sobre todo y peor, la siempre comprobada envidia.

Especialmente interesante resulta el artículo titulado Monte Odina, cuyo nombre sugerente y atractivo incita a Sender a escribir en un futuro próximo un libro que lleve ese título. Un libro que “será de recreación mental de valores conocidos o soñados. Con descripciones de nuestra tierra tal como la recuerdo o querría recordarla. Un libro de imaginación en fin, más interesante quizá para el propio autor que para el público”.

Los artículos del libro muestran a un Sender ameno, culto y sabio, ya de vuelta de lejanos fanatismos juveniles pero con gran memoria de la infancia, siempre entretenido y a veces finamente irónico, alejado de pretensiones pedantes y enamorado, pese a todo, de la tierra que lo vio nacer.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 9 de julio de 2010

TELLERDA EXISTE

Historias de Tellerda. José Mª Morales Berbegal. Bubok Publishing. 2010.

De Faulkner y su condado de Yoknapatawpha a García Márquez y su ya universal Macondo, de Juan Benet y su mítica Región a Muñoz Molina y la transmutación de Úbeda en Mágina, son muchos los grandes escritores que han inventado un espacio geográfico donde ambientar sus narraciones. De una manera más modesta pero con unos resultados literarios bastante atractivos, el escritor aragonés José María Morales Berbegal ha inventado el pueblo pirenaico de Tellerda para situar en él los veinte relatos breves que componen su libro Historias de Tellerda.

Tellerda se sitúa en las proximidades del macizo de Cotiella y de la Peña Montañesa, muy cerca de las verdes praderas de Collibert, en un rincón escondido del Sobrarbe próximo a la Ribagorza. Tellerda es “un pueblo desconocido, pequeño, sin ostentosa iglesia, sin torre fuerte ni castillo”, donde se habla tellerdano, una mezcla de chistavín y fuevano. Un lugar del que desde tiempos medievales han salido personajes en busca de una fortuna que su propia tierra, dura y hostil casi siempre con los suyos, les ha negado por causas diversas. Por la pobreza del pasado, por las guerras contra invasores de distintos pelajes o por el cacique local que quita y da a su antojo el pan y el trabajo. Tellerda deviene por tanto en una especie de símbolo y prototipo del Pirineo aragonés, tal vez de todo el Alto Aragón. En una visión históricamente diacrónica, con pinceladas de épocas diversas ordenadas de manera aleatoria.

Hay tellerdanos en la armada supuestamente invencible que Felipe II mandó contra la pérfida Albión, en las huestes cristianas que luchan contra los musulmanes en la Edad Media, en la 43 División que quedó embolsada en Bielsa durante la Guerra Civil, en las tropas napoleónicas que lucharon en la lejana Dinamarca, en el Madrid tertuliano y duelista de principios del siglo XX, en los tercios españoles que camparon largo tiempo por Europa defendiendo a Dios y al Imperio, en la guerra contra el francés de mediados del siglo XVII. En la propia Tellerda conocemos historias de explotación caciquil y de venganza, de amistad que sólo la muerte es capaz de destruir, de supervivencia en condiciones extremas. Sabemos por qué tiene un sabor especial el guirlache de Jánovas, de dónde viene el nombre del pueblo llamado Triste, por qué las gaitas tellerdanas van vestidas con un traje floreado de volantes y no se cogen sino que se abrazan, de dónde viene la cruz de San Jorge en el escudo de Aragón.

Historias de Tellerda es un libro de narraciones aragonesas que evita tópicos manidos y resulta, en la adecuada y contenida brevedad de sus relatos, entretenido y ameno al lector. Porque, como escribe mi compañero de está página Luis Borrás en el prólogo de la obra, Tellerda existe, y miente quien afirme lo contrario.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 2 de julio de 2010

HIJOS DEL ANCHO MUNDO

Hijos del ancho mundo. Abraham Verchese. Salamandra. 2010. 636 páginas.

Hijos del ancho mundo es una extensa novela que está obteniendo un merecido éxito internacional. Su autor, Abraham Verchese, es un médico de origen indio que nació en Adis Abeba y vive en la actualidad en los Estados Unidos. Antes de esta novela había escrito varios libros de memorias, uno de los cuales, sobre sus experiencias con enfermos de SIDA en los años ochenta, fue llevado al cine por la directora Mira Nair.

Los principales protagonistas de son Marion, que cuenta la historia en primera persona, y Shiva, dos hermanos gemelos nacidos en un hospital de Adis Abeba. Son hijos de un prestigioso médico británico y de una monja cristiana india que han coincidido por diversos motivos en la capital etíope. La madre muere en el parto y el padre desaparece tras el nacimiento de los niños. Estos son criados por una pareja de médicos que trabajan de manera abnegada y con gran escasez de medios en la citada ciudad africana. Además de la medicina, la joven Genet, que ha crecido con ellos, marcará decisivamente la vida y el destino de los dos hermanos.

La mayor parte de la narración de Hijos del ancho mundo sucede en Etiopia, un país del que casi sólo conocemos su endémica pobreza y sus frecuentes hambrunas. En la novela, además de abundantes descripciones de su capital Adis Abeba y de referencias a la época de la ocupación italiana, aparecen como telón de fondo algunos de los principales acontecimientos políticos ocurridos allí en la segunda mitad del siglo XX. El gobierno personalista del emperador Haile Selassie, algún abortado intento de rebelión militar contra su autoridad absoluta, el golpe de estado que llevó al poder al sargento Mengistu que instauró un régimen comunista de corte albanés y el final de ese desastroso periodo con una nueva insurrección y una guerra civil en 1991. Todos estos acontecimientos, además de los secuestros aéreos y la durante un tiempo intensa actividad de la guerrilla eritrea, tienen una repercusión directa sobre las vidas de los personajes de la novela.

Pero el aspecto que más destaca en el libro es la enorme presencia en sus páginas del mundo de la medicina. Buena parte del relato transcurre en hospitales, en Etiopía y en Estados Unidos, y las enfermedades y operaciones son descritas con gran detalle y precisión. Ese detallismo puede resultar algo pesado para muchos lectores, aunque se inserta bien en el conjunto de una novela que tiene como objetivo, además de contar una interesante y muy emotiva historia humana, destacar la importancia de la práctica médica en su dimensión más humanitaria y romántica, como parte fundamental en la lucha por paliar el sufrimiento de las personas más desfavorecidas del planeta.

Carlos Bravo Suárez

martes, 29 de junio de 2010

EL CHICO QUE AMABA LA MÚSICA

El bosque del odio. Romain Gary. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores. (2009)

El bosque del odio es la primera novela del escritor francés Romain Gary (1914 – 1980), cuyo nombre real era Roman Kacew. Nacido en Lituania de padre ruso y madre francesa, participó como aviador aliado en la Segunda Guerra Mundial y fue posteriormente diplomático del gobierno galo en diversos países. Gary fue un personaje singular y algo bohemio que dominaba varias lenguas y escribió, a veces con pseudónimo, un buen número de novelas, algunas de las cuales obtuvieron en Francia un importante éxito de ventas. Se casó en segundas nupcias con Jean Seberg, protagonista entre otras de la mítica película “À bout de souffle”. Tras el suicidio de la inestable actriz estadounidense, también el escritor puso fin a su vida de un disparo en la cabeza.

Romain Gary escribió El bosque del odio durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era piloto de aviación y realizaba misiones militares con los aliados en África e Inglaterra. El libro fue publicado inicialmente en inglés en 1944 y en sus primeras ediciones francesas llevaba el título de Educación europea. La novela cuenta la dura vida de un grupo de partisanos escondidos en los bosques próximos a Vilna, citada siempre como Wilno en la novela. Al grupo, que sobrevive a duras penas al hambre y al frío del invierno, se une Janek, un adolescente hijo de un médico de la resistencia que ha muerto en una acción contra los alemanes. Janek es un chico sensible que ama la música por encima de todo, se emociona oyendo interpretar a Chopin y se lleva con los partisanos a un pobre chico judío sólo porque sabe tocar bien el violín. Esa metáfora de la música como belleza y armonía, que se une a la literatura cuando uno de los resistentes lee relatos en voz alta al resto de sus compañeros, contrasta fuertemente con la violencia y la destrucción imperantes en el continente europeo en aquellos terribles días de la guerra. Porque, como se dice en el libro, Europa siempre ha tenido las mejores universidades y en ellas han nacido las ideas más bellas de libertad, de dignidad humana y de fraternidad, “pero también hay otra educación europea: los pelotones de ejecución, la esclavitud, la tortura, la violación; la destrucción de todo lo que hace que la vida sea hermosa”. Y es que a veces “los hombres se cuentan bonitas historias y luego se dejan matar por ellas; se imaginan que así el mito se hará realidad”.

Además de Janek, en la novela aparecen unos cuantos personajes literariamente atractivos y se narran historias en general bastante crudas, como lo es la guerra en que se inscriben, pero que incluyen sin embargo algunos momentos de ternura y de ironía. El bosque del odio es una novela intensa y bien escrita, de la que el lector puede extraer algunas enseñanzas imperecederas sobre la condición humana.

Carlos Bravo Suárez