domingo, 9 de octubre de 2011

UNA GRAN PÉRDIDA

Durante años he leído casi todos los jueves las magníficas reseñas literarias de Félix Romeo en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón. A veces también leía su artículo dominical en ese mismo periódico. Su novela Amarillo, en la que narra el suicidio de su amigo Chusé Izuel en una Barcelona que yo conocí directamente, me impresionó sobremanera. Uno, que ama la lectura sobre todas las cosas y modestamente escribe reseñas sobre los libros que lee, tenía a Félix Romeo como una referencia en la crítica literaria, un maestro indiscutible por su saber y su cultura. Sólo puedo decir que echaré de menos sus artículos semanales y los libros que habría escrito en el futuro. Y que la muerte prematura e injusta de Félix Romeo supone una gran pérdida para el mundo de la cultura en general y de las letras aragonesas en particular.

(Publicado en Diario del Alto Aragón y Heraldo de Aragón)

LA ERMITA DE SAN ESTEBAN DE ESTAÑA


Estaña es una pequeña localidad de la Ribagorza oriental perteneciente al municipio de Benabarre, lugar del que dista unos quince kilómetros. Se accede por la carretera N-230 que lleva de Benabarre a Lérida. Poco después de pasar Purroy de la Solana, es necesario tomar un desvío a la izquierda en dirección a Estopiñán del Castillo. Antes de llegar a este pueblo hay que girar de nuevo a la izquierda para seguir por una estrecha carretera que, a los pocos minutos, termina en el propio Estaña y continúa, como pista de tierra transitable para vehículos, hasta el despoblado Caserras del Castillo.

Lo más destacado del lugar son las sorprendentes y hermosas lagunas que le dan nombre. Estaña viene del latín “stagna”, plural de “stagnum”, que significa “lago”. De este vocablo, y con el mismo significado, procede el término catalán “estany”. Las lagunas de Estaña constituyen un espacio natural de gran interés y una especie de oasis en un terreno que presenta en general bastante sequedad.

Desde el punto de vista arquitectónico, lo más interesante de esta pequeña localidad ribagorzana es su ermita de San Esteban. Esta construcción religiosa de estilo románico se encuentra situada a las afueras del pueblo, a una media hora de camino, en lo alto de un cerro bastante vestido de vegetación, a la derecha de la llamada laguna grande y más cerca aún de la laguna pequeña que, al menos en mi última visita al lugar, carecía por completo de agua.

Para llegar a la ermita hay que tomar una pista en dirección sudeste a la derecha del PR-HU45 que conduce a Caserras, justo a la entrada de Estaña. Lo más rápido es seguir a los pocos metros por otra pista también a la derecha que lleva a un almacén agrícola y que se encuentra cerrada por una cadena para los vehículos. Si seguimos por la pista de la izquierda, dejaremos la ermita en un pequeño cerro, siempre a nuestra derecha, al que tendremos que ascender campo a través. En cualquier caso, el último tramo del camino hay que hacerlo obligatoriamente de esta improvisada manera y no resulta demasiado cómodo y fácil para quien no conozca la zona y visite por primera vez el lugar.

La ermita de San Esteban se encuentra en el lado sur de un lugar documentado históricamente como Cabestany, donde hubo un castillo medieval, del que quedan algunos restos, y probablemente una pequeña población fortificada desaparecida en fecha indeterminada. Algunos creen que incluso antes pudo haber allí un poblado ibérico, un antiguo “oppidum”, es decir, un lugar elevado cuyas defensas naturales fueron reforzadas por la intervención del hombre y que servía para dominar las lagunas y las tierras de cultivo y como refugio fortificado con algunas partes habitables.

El topónimo Cabestany aparece documentado con la forma latina Caput Stagnum, que vendría a significar literalmente “cabeza del lago” o también, de manera geográficamente descriptiva, “en lo alto del lago” o “al cabo o al final del lago”. El castillo medieval de Estaña sería en realidad el de Cabestany, conquistado a los musulmanes a mediados del siglo XI por Arnau Mir de Tost, vizconde de Àger y señor feudal vasallo del conde de Urgel. Cabestany aparece documentado en varias ocasiones durante la segunda mitad del siglo XI y el siglo XII, y las referencias escritas al lugar llegan hasta el siglo XV. En una zona de importantes castillos bajo los que crecieron poblaciones como Caserras del Castillo o Estopiñán del Castillo, la fortaleza de Cabestany sería quizás de segundo orden en el aspecto defensivo, pero cobraría mayor importancia por custodiar las valiosas lagunas próximas.

Los restos del castillo, algunos muros adaptados el terreno y poco visibles por el exceso de vegetación, se encuentran en lo alto del cerro, al norte de la ermita, en una pequeña planicie. Unos metros al sur o suroeste de la ermita hay unas curiosas formaciones rocosas, cuyas paredes -alguna incluso con algún agujero en forma de ventana- parecen casi cerrar un pequeño recinto que posiblemente fuera utilizado como antiguo refugio casi del todo natural. Es probable que en esa zona se encontrara el citado poblado medieval tal vez de origen más antiguo.

Entre los restos del castillo y el posible poblado, se levanta, perfectamente conservada, la actual ermita de San Esteban. Se trata de un edificio de planta rectangular algo irregular que se acerca a la forma casi cuadrada. Tiene bóveda de cañón y ábside preceptivamente orientado al este, con un arco presbiteral ligeramente apuntado. Las paredes son de sillares bien alineados, aunque más pequeños e irregulares en las hileras superiores de la pared norte. Da la sensación de que este muro sería algo elevado sobre el original, probablemente en una reforma que convertiría el antiguo tejado a dos aguas en el actual a cuatro vertientes con tejas redondeadas. La puerta de la ermita se abre en la pared de poniente y es de arco de medio punto ligeramente apuntado. La construcción sólo tiene dos ventanas: una en el centro del ábside y otra en el muro meridional. El interior, que puede verse desde la reja de hierro de la puerta de entrada, está encalado y luce algunas policromías recientes.

Los entendidos fechan la construcción de esta ermita entre la segunda mitad del siglo XI y los primeros años del XII. Aparece históricamente documentada en el año 1091. Fue durante siglos una dependencia exenta de la abadía de Sant Pere de Àger, en la provincia de Lérida. Una de las posibles causas de la conservación de la ermita es la fidelidad con la que los vecinos de Estaña, aún hasta la fecha, acuden a ella el día de su patrón, el 26 de diciembre, en pleno periodo invernal.

La visita a Estaña merece la pena no sólo por la ermita de San Esteban, sino también por sus magníficas lagunas de origen kárstico. En el término de Estaña se encuentra además la conocida como ermita de Terrers, de orígenes románicos pero muy reformada posteriormente. Se sitúa al noroeste del pueblo, en dirección a la localidad de Pilzán. El PR-HU45 une Estaña con Caserras del Castillo y pasa junto a las citadas lagunas. Desde Caserras, por el PR-HU202, podemos acercarnos a la ermita románica de Santa Sofía, situada junto al camino que lleva a Antenza, a la que tal vez dedique un artículo en próximas fechas en estas mismas páginas.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

Imágenes: ermita de San Esteban, probable muro próximo a la ermita, abrigos rocosos, laguna y pueblo de Estaña.

viernes, 7 de octubre de 2011

NUEVOS CUENTOS DE ARAMBURU

El vigilante del fiordo. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2011. 184 páginas

Aunque Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha publicado varias novelas -la última Viaje con Clara por Alemania- , fue su anterior libro de cuentos, Los peces de la amargura, el que lo dio a conocer a muchos lectores. En aquel libro valiente y necesario, el escritor donostiarra mostraba con crudeza el despiadado terrorismo de ETA y la soledad y la amargura de unas víctimas sometidas al implacable y brutal hostigamiento del nacionalismo imperante, que las trataba, para mayor escarnio, como si fueran culpables de la injusta situación que padecían.

Cuatro años después, Aramburu publica El vigilante del fiordo, un conjunto de ocho relatos breves de diversa temática que confirman su habilidad literaria en las distancias cortas. Sólo en tres cuentos del libro aparece en esta ocasión el tema del terrorismo. En Chavales con gorras se muestra el miedo permanente a ser encontrado en un matrimonio de empresarios vascos que debió abandonar su tierra tras las amenazas recibidas. Carne rota, relato encadenado por anadiplosis o repetición de una palabra al final de una secuencia e inicio de la siguiente, compone un mosaico trágico de los momentos vividos por varios personajes en el atentado del 11-M. El vigilante del fiordo, que da título al libro, es un cuento literariamente más complejo donde se mezcla la realidad y la ficción por medio de narración en tercera persona, fragmentos con diálogos dramatizados y secuencias epistolares. El relato muestra el hundimiento psicológico de un funcionario de prisiones cuya madre murió al recoger un paquete bomba que los terroristas de ETA habían enviado para él.

Lengua cansada está narrado en primera persona por un adolescente que en unas vacaciones de verano conoce la bajeza moral y el comportamiento repugnante de su propio padre. La mujer que lloraba en Alonso Martínez está dedicado a José María Merino y pretende entroncar, probablemente sin conseguirlo, con las magníficas historias extrañas y racionalmente inexplicables del gran cuentista castellano. Cierto humor hay en Mártir de la jornada y, sobre todo, en Nardos en la cadera, que narra un encuentro entre dos viudos programado a través de Internet. El libro se cierra con un relato de humor negro en el que el narrador describe su propia muerte y su posterior entierro.

El vigilante del fiordo no tiene tal vez la unidad temática ni la fuerza de denuncia de la injusticia que encontrábamos en Los peces de la amargura, pero confirma la capacidad de Fernando Aramburu para componer notables historias breves sobre temas de diversa índole, ligados a la realidad poliédrica y variada del mundo en que vivimos.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 6 de octubre de 2011

BAGÜESTE Y LA IGLESIA DE SAN SALVADOR



Estuve en Bagüeste meses atrás en una excursión con el Centro Excursionista de la Ribagorza. Fue una larga caminata desde Rodellar a Las Bellostas, subiendo por el barranco del Mascún, con sus impresionantes formaciones geológicas, y pasando por los despoblados Otin, Letosa y, antes de llegar a Las Bellostas, el citado Bagüeste. Casi todo el itinerario transcurrió por la comarca del Somontano, pero al final del recorrido, siempre dentro del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, penetramos en la zona más meridional del Sobrarbe. Ya dentro de esta comarca se encuentra Bagüeste, situado en lo alto de una magnífica atalaya natural con espléndidas vistas. Su iglesia de San Salvador, que desconocía por completo, me sorprendió muy favorablemente y por ello, aunque no pude detenerme demasiado en su observación detallada, quiero reseñarla brevemente en estas líneas junto a algunas otras notas sobre el conjunto del lugar.

Bagüeste, cuyo acceso principal es por pista forestal desde Las Bellostas, quedó despoblado en la década de los sesenta del pasado siglo XX. Pertenecía al antiguo municipio de Sarsa de Surta, actualmente englobado en el muy extenso de Aínsa-Sobrarbe. El lugar se encuentra a una altitud de 1.207 metros, en lo alto de un cerro en forma de cresta, dentro de un terreno muy quebrado, entre las cuencas altas de los barrancos Balcés (o Balcez) y Mascún, cuyas aguas se utilizaban tiempo atrás para mover las ruedas de varios molinos harineros muy importantes en la zona. Bagüeste llegó a tener nueve casas y a él pertenecían las aldeas próximas de San Hipólito y San José de Letosa. Además de a las tareas agrícolas y ganaderas y a la actividad harinera de sus molinos, sus habitantes se dedicaban también a fabricar cucharas y tenedores de boj, que llevaban a vender a otros lugares, principalmente cuando se desplazaban con sus ganados fuera del suyo.

Las casas del pueblo, de forma alargada e irregular, se presentan separadas por estrechos bancales, eras y caminos protegidos por paredes de mampostería. La mayor parte de los edificios, también de mampostería con tejados de losa, se encuentran hoy en un avanzado estado de ruina. Asimismo ruinosa se halla a las afueras del pueblo la ermita de San Miguel, construcción del siglo XVI de la que procede un importante retablo dedicado a su arcángel titular, que en la actualidad forma parte de una colección de arte privada en los Estados Unidos.

Pero, sin duda, la construcción más interesante y llamativa de Bagüeste es su magnífica iglesia parroquial dedicada a San Salvador. Es románica, probablemente de mediados del siglo XII, y perteneció, según se ha documentado, a la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. A pesar de su abandono, tanto la iglesia como su esbelta torre aún se mantienen en un estado de conservación medianamente aceptable, aguantando con gallardía los embates del viento, que en este elevado lugar debe de ser con frecuencia verdaderamente intenso.

La iglesia es de nave rectangular, con ábside en semicírculo canónicamente orientado al este y sin arco presbiteral. De manera muy poco frecuente, en la parte interior de la ventana central del ábside, hoy cegada, puede observarse un curioso y singular detalle ornamental de dos figuras muy sencillamente esculpidas que parecen representar a sendos ángeles. A la nave central de la iglesia, cuya puerta se abre hacia el sur, se le añadieron con posterioridad varias capillas laterales. El edificio de la abadía parroquial anexo a la iglesia se halla hoy en ruinas.

Adolfo Castán, en su magnífico libroTorres y castillos del Alto Aragón”, editado en fascículos por este diario en 2004, dedica una espléndida referencia al antiguo castillo de Bagüeste, situado en la cúspide de un montículo cónico, conocido como “el puntón del castillo”, un poco más al norte y algo más elevado que el espolón meridional en el que se encuentra la iglesia de San Salvador. La casi total ausencia de restos hace pensar que tal vez se tratara de un mero lugar de observación, una atalaya natural, apenas edificado. En el mismo libro, y a continuación, Castán dedica unas líneas, como siempre certeras y precisas, a la torre de la casa Javierre. De planta rectangular, está situada muy cerca de la iglesia parroquial y parece datar de los siglos XVI o XVII.

También hay magníficas referencias a Bagüeste en el espléndido y muy recomendable libro La montaña olvidada. Despoblados del alto Alcanadre”, de Arturo González Rodríguez, editado en 2008 por el Centro de Estudios del Sobrarbe. Al final de esta completísima obra, entre las páginas 261 y 285, encontrará el lector abundantes informaciones sobre este sorprendente lugar que, cuando menos por los motivos aquí expuestos, merecería no caer del todo en el olvido.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón

sábado, 1 de octubre de 2011

CUATRO MIRADAS SOBRE COSTA

Cuatro miradas sobre Costa. Cristóbal Gómez, Víctor Juan, Fernando García y Guillermo Fatás. Coord. Eloy Fernández Clemente. SEAAP. 2011. 184 páginas.

Las Sociedades Económicas de Amigos del País fueron creadas en la segunda mitad del siglo XVIII por grupos de ilustrados de diferentes regiones de España que pretendían promover el desarrollo económico y la modernización de nuestra entonces muy atrasada y decaída nación. Un siglo después, los pensadores regeneracionistas, con Joaquín Costa a la cabeza, seguían teniendo esos mismos objetivos que continuaban –y continuaron durante mucho tiempo- sin ser alcanzados. Por eso no es de extrañar que la actual Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País haya querido sumarse a la celebración del centenario de la muerte del gran polígrafo altoaragonés con un pequeño ciclo de conferencias sobre diferentes aspectos del pensamiento de Costa y su proyección y vigencia en la sociedad española de nuestros días. Las ponencias del ciclo han sido recogidas en un interesante libro con el título de Cuatro miradas sobre Costa, coordinado por el destacado costista aragonés Eloy Fernández Clemente.

Las reformas económicas y sociales de Joaquín Costa, de Cristóbal Gómez Benito, profesor de Sociología de la UNED y comisario de los actos del centenario, es el primero de los textos del libro. Tras una breve introducción sobre el desolador panorama de la agricultura en la época de Costa, se hace un repaso de algunas de sus propuestas reformistas encaminadas a intentar mejorar la situación de los campesinos.

Víctor Juan Borroy, profesor y director del Museo Pedagógico de Aragón, firma el texto Educación y cultura. Ayer y hoy. En él hace un rápido recorrido por la situación de la educación en la España de la época -con casi un setenta por ciento de analfabetismo en su población-, para detenerse después en las ideas pedagógicas de Costa y su estrecha vinculación con la Institución Libre de Enseñanza y su fundador Francisco Giner de los Ríos.

El Justicia de Aragón, Fernando García Vicente, escribe sobre Costa y el derecho penal, y trata sobre las ideas del Costa jurista y notario y sobre la importancia que concedía nuestro ilustre antepasado al Derecho aragonés y al destacado papel que en él tienen la costumbre y la libertad de la voluntad privada, recogida ésta en el principio conocido como “standum est chartae”.

La más interesante de las cuatro conferencias es en mi opinión la de Guillermo Fatás, titulada Costa, el político impertinente. Con fina ironía y sin ningún desperdicio, Fatás hace un repaso de los diferentes aspectos por los que Costa resultó en su tiempo una persona “impertinente” para buena parte de la sociedad. El último de esos aspectos poco pertinentes del pensador altoaragonés era su bondad. En contra de quienes lo tachaban de áspero y antipático, el gran jurista e historiador Rafael Altamira aseguraba que “Costa era bondadoso, de un corazón que anidaba todas las ingenuidades de los niños y los hombres buenos”. Si a esto añadimos su absoluta honradez, podríamos concluir que no era extraño que Costa resultara un personaje impertinente para tantos en su tiempo. También hoy lo sería para muchos de quienes lo alaban y recuerdan, estando ellos sin embargo con frecuencia en las antípodas de su ejemplo y de su integridad intelectual, moral y ética.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 30 de septiembre de 2011

TRAVESÍA ENTRE VALLES


El pasado domingo realicé una preciosa excursión con el Centro Excursionista de la Ribagorza. Fue una travesía entre los valles de Remuñé y Literola, en el municipio de Benasque. En el llamado Portal de Remuñé, en la confluencia de ambos valles, a algo más de 2800 metros de altura, hicimos esta foto que tiene como hermoso telón de fondo al ibón blanco de Literola y al pico Perdiguero .

jueves, 22 de septiembre de 2011

LAS HERIDAS DEL TIEMPO

El último día antes de mañana. Eduard Márquez. Alianza Editorial. 2011. 160 páginas.

Eduard Márquez (Barcelona, 1960) es un magnífico escritor que ha publicado poesía, literatura para niños, recopilaciones de cuentos y cuatro novelas cortas. Aunque suele escribir sus obras originariamente en catalán, él mismo las traduce al castellano, mostrando así su completo dominio de ambas lenguas. Márquez se caracteriza por su estilo breve, de pocas palabras, con abundancia de elipsis pero con gran densidad de emociones y sentimientos, atendiendo a su idea de que en literatura “menos es más”. Estas premisas se ponen de nuevo de manifiesto en El último día antes de mañana, su libro más reciente.

El último día antes de mañana es una novela ambientada en Barcelona y cuenta una historia dura y triste, que puede leerse en cierta manera como una crónica generacional de aquéllos que, como el autor del libro, están hoy en torno a los cincuenta años de edad. Escrita en primera persona, el relato se estructura a través de una sucesión cronológicamente desordenada de secuencias muy breves. Por medio de ese mosaico de pequeños instantes narrados, se completa la historia de unos personajes que pasan de una severa educación en un colegio religioso -con abusos sexuales por parte de un cura pederasta incluidos- a la explosión de libertad no siempre bien digerida que se vivió tras el final del franquismo. En la Barcelona de aquellos años locos, los personajes viven una difícil iniciación sexual que pretende pasar sin solución de continuidad de nada a todo, un consumo de drogas cuyas consecuencias negativas desconocen y una militancia ciega -sobre todo en el caso de Francesca- en una filosofía punk en buena medida desesperada y autodestructiva. El autor, su amigo Roberto y la bella y frágil Francesca verán rotos sus sueños de libertad y se darán de bruces contra una realidad compleja que les arrebatará de golpe sus ilusiones juveniles.

El último día antes de mañana es una novela de sueños rotos y de pérdidas en el camino, de heridas incurables, de cicatrices y de cenizas en una urna. Los tres personajes pierden sus sueños en el camino de la vida, cada uno a su manera. Querían cambiar la realidad, pero ésta acabó transformándolos a ellos. Las historias de los tres personajes principales son una sucesión de pérdidas que culminan en tragedia. El relato está contado sin concesiones, de manera directa, afilada, brutal a veces, pero nunca exenta de lirismo y poesía. Una historia envuelta por momentos en la música de King Crimson, de Patti Smith o los Sex Pistols, en la poesía profunda de Rilke, Leopardi o Gil de Biedma. Tempus fugit, y la vida nos depara con frecuencia cosas muy distintas de aquellas con las que soñábamos de jóvenes.

Carlos Bravo Suárez