domingo, 23 de diciembre de 2012

LOS DESORIENTADOS



Los desorientados. Amin Maalouf. Alianza Literaria. 2012. 524 páginas.

Autor de novelas como León el Africano, Samarcanda, Los jardines de la luz o La roca de Tanios y de ensayos como Las cruzadas vistas por los árabes o Identidades asesinas, Amin Maalouf es posiblemente el escritor árabe actual más conocido y valorado en Europa. Libanés de nacimiento pero exiliado en Francia desde la guerra civil que asoló su país en 1975, es miembro de la Academia Francesa y ha obtenido premios tan importantes como el Goncourt o el Príncipe de Asturias de las Letras.

Los desorientados, su último y esperado libro, es probablemente la más personal, y en parte autobiográfica, de todas sus novelas. Su protagonista es Adam, un libanés cercano a los cincuenta que se exilió veinticinco años antes en París, donde trabaja ahora como profesor de Historia y escritor. Reclamado por Mourad, un amigo de juventud que está a punto de morir, regresa a su país natal para despedirlo. Una vez allí, e instalado en el pequeño hotel que regenta su antigua y bella amiga Semiramis, se ve atrapado por el intento de la viuda de Mourad de reunir al grupo de amigos de juventud Conocido como “los bizantinos”, sus miembros han tenido trayectorias vitales bien diferentes. Alguno murió, otros se exiliaron en Estados Unidos o Brasil, uno es ahora un rico hombre de negocios, otro se alejó del mundo recluyéndose en un monasterio e incluso hay un barbudo militante islamista radical. Todo un mosaico de personajes que da una idea de la complejidad política y social del Líbano de las últimas décadas. Además, el autor introduce en el libro numerosas reflexiones sobre las relaciones actuales y las diferencias entre Occidente y el mundo árabe, mostrando en cierta medida la sensación de derrota y el creciente resentimiento de éste frente a aquél.

Amin Maalouf utiliza y mezcla en este libro -casi a modo de collage- diversos procedimientos narrativos. A la presencia menos frecuente de un narrador externo y omnisciente, se añaden las notas tomadas en primera persona por el protagonista Adam y la correspondencia –toda ella por medio del correo electrónico- que éste cruza con varios de sus viejos amigos y con su mujer que se ha quedado en París. Todo ello hace que la novela tenga una lectura ágil y fluida, distribuida en dieciséis jornadas a modo de capítulos más bien cortos. Sin embargo, a quienes hayan leído las primeras novelas de Maalouf probablemente ésta les sepa a poco y la sitúen bastante por debajo de aquéllas. Es cierto, sin embargo, que Los desorientados tiene menos intenciones exclusivamente narrativas y parece servir como vehículo a través del cual un exiliado libanés en Europa puede mezclar sus recuerdos de juventud con una reflexión sobre la historia reciente de su país y sobre la relación entre los dos mundos que han constituido su vida hasta el presente.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 16 de diciembre de 2012

JOAQUÍN COSTA, BREVE BIOGRAFÍA DE JUVENTUD (y 7)




            
 En 1893, quince años después del relatado episodio de amor frustrado entre Joaquín Costa y Concepción Casas, se produjo la muerte de ésta. Sobre un poema que ella le había mandado en el momento de su ruptura, Costa anota un escueto "Ha muerto". Y, en la misma carta de ruptura de Concepción, escribe con fecha de junio del 93: "¡Pobrecilla! Se casó hace dos o tres años con un magistrado o fiscal, se fue con él a Ultramar, creo que a Puerto Rico, y acabo de saber que ha muerto, parece que de sobreparto. ¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!...".

Por lo que yo sé, en su familia se transmitió la idea de que Concepción era una mujer de gran personalidad y que ella misma y por sí sola decidió la ruptura con Costa, por sus desavenencias religiosas y, sobre todo, por la preocupación que le producía el tipo de educación que los futuros hijos de ambos pudieran recibir. Es muy probable que así fuera, pero aunque hubiera sido ella menos piadosa parece difícil pensar que una mujer de su edad y en aquellos tiempos pudiera rebelarse contra la autoridad familiar, que a la postre decidía casi siempre el matrimonio de las hijas casaderas.

Coincido con Cheyne en la importancia que este episodio tuvo para el joven Costa. Fue una frustración que sin duda le marcó y que, sumada a otras sufridas en otros aspectos de su vida, contribuyó a aumentar su amargura y la percepción de que, por su condición humilde y por sus ideas, la fatalidad, en un país que no perdonaba ciertas cosas, le perseguía pese a su reconocido talento.

Costa no vio cumplido ya nunca su deseo de casarse y formar una familia, aunque de su relación casi clandestina con Isabel Palacín, viuda de su amigo y protector Teodoro Bergnes, nació en 1883 una hija. Joaquín quiso que se llamara Antígone, pero el sacerdote no aceptó ese nombre y se la bautizó como María del Pilar. Costa tenía 37 años e Isabel Palacín, a la que él siempre llamaba Elisa, había cumplido ya 36 cuando nació la niña. La pareja, por causas que no se conocen bien del todo, nunca llegó a casarse y ambos apenas vivieron juntos. El padre nunca reconoció a la hija y sólo, cuando años más tarde ésta se casó, le dio su consentimiento pero  considerándola como hija adoptiva.

Joaquín Costa tenía treinta años cuando vivió el episodio amoroso sin final feliz que acabamos de contar y que aparece explicado con mucho más detalle en las “Memorias” del polígrafo altoaragonés editadas recientemente por Juan Carlos Ara en la colección Larumbe. Este es el límite temporal que he querido marcarme para esta resumida biografía del joven Costa. El llamado León de Graus aún vivió treinta y cinco años más, en los que escribió y reflexionó sobre muchos temas, impulsó varios proyectos políticos que nunca llegaron a fructificar y acabó, bastante desengañado de todo y cada vez más mortificado por su enfermedad muscular, retirándose con su soledad a cuestas a su casa familiar de Graus. Allí murió el 8 de febrero de 1911. Dos días después fue enterrado en Zaragoza, donde, en el cementerio de Torrero, descansan sus restos.

Costa había dejado escrito, tal vez con intención metafórica, que quería ser enterrado en Las Forcas, las montañas de Graus que él, en sus últimos años, veía todos los días desde las ventanas de su casa. Sin embargo, sus seguidores y amigos, sobre todo en Madrid, insistieron en que debía ser trasladado al Panteón de Hombres Ilustres de la capital de España y así se decidió finalmente. De Graus a Barbastro, la gente salía a las orillas de la carretera para rendir tributo y despedir al fallecido. En Barbastro, su cadáver fue subido al tren para llevarlo a Madrid, pero al llegar a Zaragoza, una multitud, movilizada en parte por el alcalde Basilio Paraíso, se plantó en medio de la vía para impedir que el féretro saliera de Aragón. El gobierno de Madrid, preocupado por posibles incidentes con los republicanos si el entierro tenía lugar en la capital, dejó que la gente se saliera con la suya y Costa fue finalmente enterrado en el cementerio de Torrero de Zaragoza.

Joaquín Costa, sin embargo, no murió del todo en 1911 y, como comprobamos el pasado año con la celebración de su centenario, permanece aún muy vivo en nuestro recuerdo. En el monumento que se levantó en Graus en 1929, aparecen las dos palabras que resumen el proyecto regenerador que nuestro ilustre paisano tenía para España. Estos términos son Escuela y Despensa. Es decir, cultura y educación por un lado, y riqueza que proporcione alimento y bienestar a todos los españoles por el otro. Progreso cultural y progreso material para un país que carecía de ambos en su época. Desde entonces hasta hoy la cultura y la despensa han mejorado en la sociedad española hasta límites que en aquel tiempo nadie podía ni siquiera imaginar. En la actualidad, corremos el riesgo de que en ambos aspectos España retroceda por primera vez en muchas décadas. Probablemente, si la mayoría de los dirigentes políticos y de quienes han tenido responsabilidades en las principales instituciones del país en los últimos tiempos se hubieran regido por los principios éticos y los valores humanos que Costa forjó en sus años de juventud y mantuvo siempre a lo largo de su vida, no habríamos llegado a esta situación actual tan lamentable. España parece necesitar otra vez una profunda regeneración moral y ética que, teniendo como base el verdadero amor al país y la honradez más absoluta, permita superar la crisis en que se halla inmersa por culpa, en buena medida, de quienes, careciendo de los principios éticos básicos y muchas veces hasta de la formación adecuada, anteponen su interés particular al general de todos.

Hombres pundonorosos, íntegros, cultos y honrados como lo fue Joaquín Costa Martínez son hoy más necesarios que nunca o, mejor dicho todavía, son hoy tan necesarios como lo fueron ayer y como lo seguirán siendo siempre.

Carlos Bravo Suárez

Imágenes: Duelo en las calles de Zaragoza tras la muerte de Costa, tumba de Joaquín Costa en el cementerio de Torrero de Zaragoza y monumento a Joaquín Costa en Graus.

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón.

EL MUNDO LITERARIO DE LUIS MATEO DÍEZ



La cabeza en llamas. Luis Mateo Díez. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 2012. 245 páginas.

Luis Mateo Díez (1942) es uno de los escritores españoles actuales con una obra narrativa más personal, singular e intransferible. Un universo literario propio que el escritor leonés ha ido forjando desde su iniciación en la literatura hace prácticamente cuatro décadas. A lo largo de esa dilatada carrera, varios de sus libros han recibido premios tan importantes como el de la Crítica o el Nacional de Narrativa. Ahora, como regalo del autor a sus lectores con motivo de su setenta aniversario, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores ha publicado su libro de relatos La cabeza en llamas.
           
Se trata de un libro compuesto por cuatro relatos que el propio autor ha catalogado como novelas cortas, situadas en el territorio fronterizo entre el cuento largo y la novela: tienen la intensidad del primero y el desarrollo, con su trama y sus personajes más elaborados, que caracterizan a la segunda. Estas cuatro historias se desarrollan en algunos de los lugares de la inventada geografía literaria del autor leonés, y en ellas aparecen varios de sus temas más recurrentes y de sus rasgos narrativos característicos.

El primero de los relatos es La cabeza en llamas y da título al libro. Su protagonista es Camil, un joven descarado y sentencioso, a la vez que caótico e incendiario, que siembra de destrucción todo aquello que le rodea y que avergüenza a su familia por contarlo entre los suyos. Un tipo insolente y desmesurado que parece arrastrar su afán destructivo desde el momento mismo de su nacimiento.

El segundo relato se titula Luz del Amberes. En él destaca la ambientación y la atmósfera de un lujoso restaurante en el que un tío casi desconocido invita a comer a dos sobrinos suyos que se quedaron huérfanos y que ahora viven en sendos y severos internados religiosos. A la triste vida de ambos muchachos se añade la historia de los malos tratos familiares que su tío sufrió en su infancia.

Más triste todavía es la tercera de las historias, la titulada Contemplación de la desgracia, en la que los personajes acaban encontrando placer, y en cierto modo el sentido de su existencia, en la infelicidad que destilan las obras representadas en el teatro de su ciudad. Parece haber también en esta historia ecos de Turgueniev, con ese sufrimiento escénico que produce un reconfortante placer en el espectador.

Vidas de insecto es la última de las narraciones del libro y al parecer la más autobiográfica de todas ellas. Con unos recursos narrativos que se acercan al tratamiento surrealista, se cuentan las memorias escolares de unos internos de un colegio religioso que se rebelan a su manera contra los castigos físicos y los abusos sexuales de algunos de los padres educadores del internado.

En La cabeza en llamas encontramos, en suma, un completo repertorio de los temas y las maneras narrativas que pueblan el rico universo literario de Luis Mateo Díez.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 9 de diciembre de 2012

LA HUELLA DEL PÁJARO


      La huella del pájaro. Max Bentow. Destino. 2012. 383 páginas.

La huella del pájaro es una novela negra que el pasado año obtuvo un gran éxito en Alemania. Traducida a numerosos idiomas, ha llegado a España editada por Destino, editorial siempre atenta a las más destacadas novedades internacionales en thriller y género policiaco. Sobre su autor no es mucho lo que he podido averiguar. Según la escueta solapa de la edición española, Max Bentow es “el pseudónimo de un autor berlinés nacido en 1966 que ha desarrollado una larga carrera como autor teatral y dramaturgo, una faceta por la que ha recibido numerosos premios”. “La huella del pájaro” inaugura la que podría ser una nueva serie policiaca protagonizada por el comisario Nils Trojan. Al parecer, en Alemania ya ha sido publicada la segunda novela de Bentow con este mismo protagonista.

La huella del pájaro es un impactante thriller, lleno de suspense y acción, que narrado a un ritmo trepidante mantiene la atención del lector hasta el último momento. Ambientada íntegramente en Berlín, ciudad cuyas calles y plazas se citan con detalle, la novela relata una sucesión de crímenes que un asesino en serie comete con una tremenda crueldad sobre varias mujeres que tienen en común sus largas y llamativas cabelleras rubias. El comisario Nils Trojan se va a encargar del caso. Se trata de un policía con gran intuición y profesionalidad, pero que sufre con frecuencia pesadillas y ataques de pánico que le obligan a visitar a una psicóloga por la que cada vez se siente más atraído. La sucesión de crímenes, siempre con la presencia de pájaros muertos junto a los cadáveres siniestramente desfigurados por el asesino, desorienta a los investigadores y los pone sobre algunas pistas que, para beneficio del suspense, siempre acaban resultando falsas.

La novela está contada, como ya se ha dicho, con un ritmo vertiginoso. En tercera persona y de manera omnisciente, el narrador usa frases cortas y directas, con continuos puntos y aparte, y dividiendo la obra en treinta y cuatro capítulos también breves para aumentar aún más la agilidad de la lectura. Se siguen los patrones del thriller con algunas pretensiones psicológicas, tanto en el análisis de la personalidad psicótica del asesino como en los miedos y pesadillas que sufre el comisario Nils Trojan. La referencia al cuadro El vestido de la novia de Max Ernst, que recomiendo mirar en internet o en otra parte cuando se alude a él en la novela, permite poner alguna imagen aproximada a algunos momentos de este tenso thriller que, con una buena dosis de violencia y sadismo, sigue los cánones del género y se lee casi sin respiro, deseando llegar al desenlace para conocer la identidad del enigmático asesino. Al comisario Trojan lo veremos sin duda en próximos libros resolviendo nuevos casos.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 2 de diciembre de 2012

LAS LEYES DE LA FRONTERA


                                         
     Las leyes de la frontera. Javier Cercas. Mondadori. 2012. 384 páginas.

Tras la magnífica recreación novelada del 23-F en su Anatomía de un instante (2009) –reseñada aquí en su momento–, Javier Cercas (1962) vuelve a la narrativa de plena ficción con Las leyes de la frontera, una novela sobre el fenómeno de la delincuencia juvenil que sacudió España durante la segunda mitad de los años setenta y buena parte de los ochenta del pasado siglo XX.

Las leyes de la frontera cuenta la historia de Antonio Gamallo, conocido como el Zarco, un joven de un barrio marginal de Gerona que desde los dieciséis años dirige una banda de delincuentes que en poco tiempo pasa de robar en urbanizaciones costeras a atracar bancos con armas de fuego. Tras su detención, el Zarco se convierte en un personaje mediático y un auténtico mito, lo que hace de él un preso diferente a los demás que, sin embargo, no logra adaptarse a la vida en libertad en los escasos periodos en que puede disfrutarla. La novela consta de dos partes casi de la misma extensión –Más allá y Más acá–, cuyo gozne narrativo es la detención del Zarco y parte de su banda tras el frustrado atraco a una entidad bancaria gerundense.

Como ya hiciera en su famosa Soldados de Salamina, Javier Cercas utiliza en Las leyes de la frontera un procedimiento narrativo poco convencional. En este caso,  recurre a un escritor que prepara una biografía del Zarco y con ese fin entrevista a varias personas que lo han conocido. La principal de todas ellas es Ignacio Cañas, un abogado de éxito que cuando era adolescente formó parte de la banda del Zarco. Aunque el Gafitas, como era apodado Cañas, ha reunido muchos materiales escritos y documentales sobre el famoso delincuente, prefiere que sea un narrador menos implicado en los hechos quien se convierta en su biógrafo. A diferencia del resto de la banda, que procedía de ambientes marginales y barrios pobres, el Gafitas pertenecía a una familia de clase media alta y entró en el grupo porque se enamoró de Tere, una joven a la que todos consideran la chica del Zarco y que se convierte en uno de los principales y más interesantes personajes de la novela.

La historia está ambientada en la ciudad de Gerona y en su primera parte transcurre durante el verano de 1978. La ciudad es descrita en su diversidad social y cultural, con una presencia mayoritaria de sus barrios y zonas más marginales, algunas de las cuales desaparecieron en la posterior transformación urbanística, también descrita en parte en la novela, que modificó en poco tiempo su paisaje urbano tradicional.

Pese a que en algunos momentos Las leyes de la frontera pueda parecer una crónica de una época reciente de nuestra historia y su protagonista se asemeje a famosos quinquis de aquel tiempo como el Vaquilla, Cercas transciende esa limitación temporal y plantea temas y cuestiones más universales, así como la necesidad de conocer la verdad y la enorme dificultad que entraña siempre descubrirla. Porque, aunque se busque una mayor objetividad presentando varios puntos de vista, queda claro, sobre todo en las reflexiones de Cañas ante el posible chivatazo que facilitó la detención del Zarco, que al final conocer hasta el fondo las causas de un hecho se convierte en una tarea prácticamente imposible.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 25 de noviembre de 2012

ANTIGUA LUZ


                                                    
                  Antigua luz. John Banville. Alfaguara. 2012. 293 páginas.

La semana pasada reseñamos aquí Muerte en verano, la ultima novela de Benjamín Black, el pseudónimo o alter ego que el escritor John Banville utiliza para sus narraciones de género negro. La propia editorial Alfaguara acaba de publicar recientemente en nuestro país Antigua luz, el esperado nuevo libro de Banville, uno de los novelistas más destacados del actual panorama literario internacional. El autor irlandés ganó el pasado año el prestigioso Premio Franz Kafka y su nombre figuraba hace unas semanas entre los posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura.

Antigua luz forma una trilogía con Eclipse (2002) e Imposturas (2003), pero puede leerse con total independencia de las mismas. El narrador de la novela es Alexander Clave, un actor de teatro que a los 65 años recuerda su iniciación erótica con la señora Celia Gray durante los años cincuenta en una pequeña población irlandesa. Él era entonces un fogoso muchacho de solo 15 años y ella, una atractiva mujer madura de 35, que además era la madre de su mejor amigo. Ahora, Alexander está casado con Lydia, con quien tuvo una hija que se suicidó unos años atrás, y va a rodar una película con Dawn Davonport, una de las estrellas cinematográficas del momento.

Estas dos historias se van intercalando en la narración, aunque predominan los recuerdos del episodio amoroso inicial con la señora Gray. Y aquí toma protagonismo uno de los temas de la novela: la memoria, con sus trampas, sus vacíos, sus errores y su difuminación y pérdida con el paso del tiempo y la lejanía de los hechos recordados.

Pero si algo destaca en la narrativa de John Bandeville es su primoroso estilo literario, su cuidado extremo por el lenguaje, su permanente búsqueda de la palabra exacta y de la frase redonda. Si en sus novelas negras tiende a la concisión, aquí cultiva  un periodo más largo y elaborado y se recrea en el detalle. Tanto o más que lo que narra, que en esta novela en definitiva no es demasiado, lo importante en Banville es casi siempre cómo cuenta y verbaliza su relato. En este empeño es innegable su vinculación con la escritura de su paisano Joyce, de la misma manera que en su tratamiento del erotismo hay evidentes ecos de Nabokov. La historia del joven Alex y su iniciación sexual en brazos de una mujer madura guarda algunas similitudes  –tal vez menos de las que algunos han querido ver y con una evidente inversión en el papel de los sexos–  con la famosa novela Lolita del gran novelista ruso afincado posteriormente en Estados Unidos. Sin embargo, en Antigua luz hay muchas más cosas que el lector paciente y atento irá descubriendo gozosamente en su lectura.

Carlos Bravo Suárez
             

domingo, 18 de noviembre de 2012

JOAQUÍN COSTA, BREVE BIOGRAFÍA DE JUVENTUD (6)




Ante la adversidad amorosa, Joaquín Costa buscó el consejo de su maestro Francisco Giner de los Ríos. La carta que envió al pedagogo malagueño en diciembre de 1877, publicada como el resto de las aquí citadas por Cheyne en el libro “El don de consejo” (Guara Ediciones, 1883), es el mejor documento para entender cuál era el problema desde su perspectiva de enamorado. Es necesario reproducirla en buena parte porque en ella Costa explica con claridad las causas de su pena:

 "Usted que posee el don de consejo, y que es acaso mi único amigo, habrá de tomarse el trabajo de asistirme con sus luces en un asunto delicado que sólo con usted y con otra persona distante puedo consultar. (...) Usted no recordará ya que días antes de partir para Cabuérniga, en Cuenca, le dije (...) que vivía en Huesca una niña que me merecía tan vivas simpatías, que a ella uniría mi suerte, caso de acceder ella y su familia. Lo que no le dije fue que por verla y tratarla me había hecho trasladar a Huesca, alegando otros pretextos: se había despertado ya en mí verdadera pasión hacia ella y luego ha ido creciendo y desarrollándose en términos que acaban de ahogarme. Intimé su trato y frecuenté su casa, dando tiempo para conocerla  y que me conociese: comprendí su mérito, y se hizo una necesidad imperiosísima para mi alma, a punto de vincular en ella todo mi porvenir: le inspiré simpatías: las gentes nos tenían ya por prometidos. En este estado, hablé a su madre, por razones que no son del caso, y después de varios incidentes y alternativas que me han robado el sueño y el estímulo del trabajo (hace un mes que lo tengo todo interrumpido y en suspenso) me ha declarado ella, la niña, que también sufre por causa mía, que también ha luchado y lucha, pero que ha surgido entre los dos un abismo que parece imposible de llenar. El abismo es éste:

El padre, aunque médico y catedrático, es ultramontano intransigente, si bien supo transigir con D. Alfonso porque no le embargasen los bienes por carlista: la niña no es hermosa; no es rica: sus atractivos y su mérito están en sus condiciones de carácter, discreción, talento, cultura, sentido práctico e idealidad, al par que atesora, y es una de sus cualidades suyas, el ser religiosa, sin ser mojigata. La familia es modelo, entre los modelos de las familias españolas; de ella forma parte un canónigo, hermano del padre; viven todos de un mismo pensamiento; son amigos de mi tío Salamero. Con estos elementos, comprenderá usted el género de nube que se ha interpuesto entre los dos y el abismo que ella me ha señalado: le han dicho que no concuerdan con las suyas mis opiniones religiosas, que hago propaganda de la Institución Libre de Enseñanza, en la cual se explican doctrinas anticatólicas o se admite la posibilidad de explicarlas, etc., y que por tanto, ni ella podría hacerme feliz, ni yo a ella. Es la historia de siempre, la historia de la decadencia del gentilismo, la historia de los tiempos en que estamos entrando..."

En enero del siguiente año llegó la respuesta de Giner. En ella amonesta a Costa por "enamorarse hasta la pasión sin cerciorarse previamente del modo cómo esa señorita había de juzgar y recibir la divergencia de sentido religioso". Y porque "usted no debió entregarse y dar aliento a sus primeras simpatías, hasta asegurarse de que esa señorita reunía todas las condiciones esenciales para hacer su vida con la de usted una sola". Además, Giner añade que "a la oposición de los padres, doy ciertamente valor (...), pero, si la mujer responde a nuestros sentimientos esa oposición se desvanece siempre". Por eso, continúa, "la grave, es la actitud de esa señorita". Y finalmente da a su amigo el consejo que le había solicitado: "El principio de conducta es éste: dada la situación actual, si usted cree poder persuadir a esa señorita de que puede irse a la gloria casada hasta con un ateo, persuádala y cásese". Pero, "si no hay fundados motivos para suponer que volverá sobre su primer modo de comprender las cosas, abandone usted el campo resueltamente y sin insistencias, que serían ya una ofensa a la conciencia de esa señorita, y envolverían una persecución impropia de un hombre de honor". Giner se despide con la esperanza de que Costa no decaiga ni ante los demás ni ante sí mismo, porque "los hombres deben guardar para la intimidad sus penas y dolores" y "en público, morir, si es preciso, con la sonrisa en los labios, con gracia y sin caer en la sensiblería".

Giner pone de relieve en su carta que pese a la oposición de sus padres, que Costa estima decisiva, es probablemente la propia Concepción quien rechaza a su pretendiente por la discrepancia religiosa que se abre entre ambos. La respuesta del altoaragonés al pedagogo rondeño lleva implícito un cierto tono de reproche: "Usted no es un hombre, es una categoría", empieza escribiendo Costa. Pese a todo, acepta sus consejos con una mezcla de resignación e ironía: "Es verdad: nada de comunión de penas; nada de válvulas, sonrisa de primavera sobre el cráter; ya que nacemos llorando, muramos riendo; seamos héroes, no mujeres: tengamos corazón para sufrir y para esconder el sufrimiento". En la siguiente carta, última en la que aparece este asunto sobre el que ya no vuelve a tratarse en su larga correspondencia, Giner rechaza haber censurado la actitud de Costa y hace a éste una confidencia personal, casi insólita en persona tan discreta y reservada con su intimidad y, según Cheyne, poco destacada por sus biógrafos: "Conozco por experiencia ese género de contrariedades y con ellas lucho ahora mismo: con la diferencia de que yo voy a tener pronto 40 años y usted tiene 30. Esto es: yo comienzo a dudar de poder resolver mi asunto; y usted se casará con esa señorita o con otra. Dígame pues de todo; ánimos, cuídese y déjese de tonterías."

La otra persona a la que Costa pide consejo es el canónigo don Modesto de Lara. Al ser éste amigo de la familia Casas, Costa busca que interceda ante ella en su favor. El canónigo llama a Joaquín a Zaragoza, donde ahora reside, y le propone un plan un tanto maquiavélico: Costa debe escribirle dos cartas desde Huesca con fecha falsa, dirigiéndose a él como si fuera su confesor y explicándole su problema. Don Modesto las hará llegar a Don Serafín y a su hermano don Bruno Casas, canónigo de la catedral de Huesca, para que vean que el pretendiente de Concepción no es tan poco religioso como de él se dice. Por su parte, Don Modesto contestará a Joaquín en los términos adecuados para que éste pueda enseñar las cartas a Concepción y poder influir sobre ella. Costa, enamorado hasta la médula, acepta el plan, aunque no sin mostrar escrúpulos: "El plan era magnífico, pero también miserable y contrario a la sinceridad y al honor y a la conciencia, puesto que él y yo mentíamos y armábamos acechanzas a una conciencia, si bien preocupada y fanática. Amo tanto a Concha Casas que todo me parecía perdonable". Y no deja de resultarle paradójico que mientras un racionalista le aconsejara "con la voz de Dios y fuera su conciencia objetiva", un clérigo se pusiera de su parte pero "con la voz del diablo" y fuera "la lisonja de su pasión y su provecho".

Sin embargo, la estrategia de Don Modesto no funciona, y Costa conoce directamente la opinión del padre de Concha por la carta que éste envía al canónigo puesto a celestino. La respuesta no puede ser más contundente. Tras alabar la inteligencia, la erudición y las "costumbres severas y fino trato social" del pretendiente de su hija, Don Serafín pasa a mostrar sus aspectos negativos y los motivos de su rechazo:

"Oscurece sin embargo este hermoso cuadro la educación científica y literaria recibida en la Universidad Central, de profesores krausistas ... así como el pertenecer en cuerpo y alma a la Institución Libre, cuerpo docente completamente librepensador, y por tanto refractario a toda autoridad superior a la ciencia y a la razón, únicas deidades a las que rinden culto (...) Y como yo soy ...católico, apostólico, romano rabioso, ultramontano, como se dice, ... y por tanto hijo sumiso de la Iglesia, (...), partidario de la infalibilidad del Papa, etc., de ahí que me haga mal y deplore, que tan simpático joven, a quien mi corazón busca, mi cabeza rechace... Pero ha tenido la desgracia de que sus antecedentes conocidos en cuanto al sesgo dado a sus estudios y a algunos de sus escritos hayan puesto en guardia aquí a los católicos eclesiásticos y laicos, y pasa fatalmente por adalid y aun propagador de la filosofía alemana en esta localidad..."

Acaba Don Serafín aludiendo a la existencia de otro proyecto matrimonial para su hija y rogando a Don Modesto que haga desistir a Joaquín de sus intenciones. El asunto parece, por tanto, concluido y sin esperanzas para el joven Costa. Sin embargo, éste sigue viendo a Concha y ella le confiesa que también sufre por la situación creada, aunque cada vez muestra más frialdad hacia su pretendiente. A la mente de Joaquín acuden los complejos que, tal vez no siempre con motivo, suelen acompañarle, y achaca el distanciamiento a sus problemas físicos y a la pobreza económica de su familia. Incluso, olvidando los consejos de Giner, pierde los papeles y ofende a Concepción enviándole unas "Meditaciones y Confidencias" que precipitan la ruptura definitiva. Él mismo reconoce su error: "He perdido la calma, me he vengado, fingiendo un odio que no abrigo, escribo cobarde una carta insultante, pero ¡ay! esta carta no era sino otra vez el amor." Ella le contesta enfadada que "como mujer no olvidaré nunca jamás...que es usted el único hombre que se ha permitido prodigarme sin ningún derecho tamañas ofensas".

Aunque la ruptura se produce y Costa abandona Huesca en 1879, aún se mantiene entre ellos una esporádica correspondencia epistolar. Joaquín escribe a Concepción algunas cartas, varias en francés, y en una de ellas,  esta vez en español y desgraciadamente no fechada, hace un resumen de las causas que en su opinión impidieron que la relación continuara: "...hay entre usted y yo un tío que me odia por liberal, un padre a quien inspiro yo repugnancia invencible por igual motivo y una mamá que me aprecia como hombre, pero que me desdeña por pobre, y si bien a usted la conceptúo mejor que a todos tres, y con ánimo para saltar por encima de estos dos obstáculos, no así para pasar por encima de aquellas tres personas".

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón

Imágenes: Francisco Giner de los Ríos y una estamPa de la ciudad de Huesca a finales del siglo XIX