martes, 27 de agosto de 2013

JOAQUÍN COSTA VERSUS MENÉNDEZ PELAYO



Si hace dos años celebramos el centenario de la muerte de Joaquín Costa en Graus en febrero de 1911, el pasado año se cumplió también una centuria del fallecimiento de Marcelino Menéndez Pelayo en 1912 en su Santander natal. Aunque el altoaragonés era diez años mayor que el cántabro, Costa y Menéndez Pelayo son dos grandes figuras coetáneas de la cultura española, dos verdaderos colosos de las letras y del pensamiento hispano de los últimos siglos.

Ambos tienen en común su condición de polígrafos cuyos escritos trataban de temas diversos, su enorme capacidad intelectual y su prodigiosa memoria. Difieren sin embargo claramente en su procedencia social y en sus posiciones políticas. Mientras Costa nació en una familia de agricultores pobres y tuvo que estudiar luchando siempre contra las adversidades económicas, mendigando ayudas y trabajando incluso de albañil o de criado, Menéndez Pelayo procedía de una familia culta y económicamente acomodada que le permitió dedicarse por entero al estudio. El cántabro era un estudiante precoz que fue bachiller a los 14 años, licenciado a los 17 y doctor a los 18. Las circunstancias económicas y sociales obligaron, por el contrario, al oscense a ser un estudiante tardío que obtuvo el bachillerato a los 23 años, fue licenciado en Derecho a los 25 y en Filosofía y Letras a los 26 y logró ser doctor en ambas carreras universitarias a los 28 y 29 años respectivamente. Ese dispar itinerario académico hizo que ambos estudiantes llegaran a disputarse el Premio Extraordinario del Doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid en el año 1875. La prueba se celebró el día 29 de septiembre, cuando Menéndez Pelayo aún no tenía los 19 años y Costa acababa de cumplir los 29.

Aunque Luis Antón del Olmet y Luis Ciges, primeros biógrafos de Costa, ya hacen referencia a este episodio universitario, fue el hispanista inglés George J. G. Cheyne quien lo estudió más a fondo, dedicándole el espléndido trabajo “Menéndez Pelayo, Costa y el Premio Extraordinario del Doctorado en Filosofía y Letras” dentro de sus “Ensayos sobre Joaquín Costa y su época”, publicados por la Fundación Joaquín Costa en 1992 en edición de Alberto Gil Novales.

El tema sobre el que debían tratar los trabajos de los dos brillantes universitarios que optaban al premio era “Doctrina aristotélica en la Antigüedad, en la Edad Media y en los tiempos modernos”, desarrollado primero por escrito y leído después ante el tribunal. El premio le fue otorgado a Menéndez Pelayo, aunque Costa estimó injusta la resolución por los motivos que, un año después, explica muy claramente en su Diario:

“1 octubre 1876. San Sebastián. Medio año tengo en retraso estas Memorias: voy a subsanar en lo que pueda esta falta y llenar este hueco, pero antes he de referir un suceso que se me pasó por alto y que ocurrió días antes de la ida a Cuenca: la oposición al premio extraordinario del doctorado de Filosofía y Letras. Era el 29 de septiembre del año pasado. Opositores, Menéndez Pelayo y yo. Jueces, Fernández y González, Codera y Valle. Tema: «doctrina aristotélica en la antigüedad, en la Edad Media y en los tiempos modernos». Yo lo hice de doctrina aristotélica, Menéndez de bibliografía aristotélica. El tribunal le adjudicó el premio. Yo me quejé al rector en exposición razonada (reservada): el rector se declaró incompetente: sin embargo, ordenó al tribunal que examinara de nuevo las Memorias: lo hizo e insistió en su primer fallo. Acudí al Ministerio de Fomento pidiendo constitución de nuevo tribunal, fundándome en la permisión de la ley, y en que el otro confesaba en su memoria que no había tenido tiempo para tratar el tema. Se me ha contestado verbalmente al cabo de meses ¡que no había precedentes! Así se ha quedado la cuestión […]”.

El ejercicio escrito de Joaquín Costa se conserva en el Archivo Histórico Nacional en Madrid; el de Menéndez Pelayo no ha sido encontrado. Cheyne publicó asimismo, en el ensayo citado anteriormente, las copias hechas por el polígrafo altoaragonés de sus dos cartas de queja enviadas al rector en un tono muy educado y correcto. También reproduce dos cartas privadas dirigidas al profesor Fernández y González, catedrático de Estética y presidente del Tribunal que otorgó el premio, y otra enviada a Mariano Carderera, Jefe de Negociado de la Universidad, sobre el mismo asunto. En todos los casos el argumento de Costa es el mismo: él se ajustó al tema que se le pedía y su oponente, como él mismo confesaba en su memoria, escribió sobre bibliografía aristotélica pero no lo hizo sobre doctrina aristotélica como se le requería en el enunciado de la prueba académica. Costa nunca dudó del “extraordinario mérito” del trabajo de Menéndez Pelayo, lo que objetaba era simplemente que no había contestado a lo que se le preguntaba. Al parecer, no era infrecuente que a Menéndez Pelayo le faltara tiempo para hacer sus exámenes. Y así habría ocurrido posiblemente en esta ocasión.

El premio consistía estrictamente en la dispensa del pago de las tasas del doctorado. Para Costa, siempre agobiado en lo económico, esa era ya una recompensa suficientemente importante en sí misma. Pero, además, el premio proporcionaba prestigio intelectual y podía abrir las puertas a la posterior enseñanza universitaria. En algunas de las cartas citadas, Joaquín Costa hace referencia a que el asunto tiene para él unos “motivos especiales”. Cheyne relaciona estas motivaciones personales con el hecho de que, por esas fechas, nuestro ilustre paisano andaba enamorado de la joven oscense Concepción Casas, y la obtención del premio podía ser mostrado ante ésta y ante su reacia familia como el inicio de un futuro laboral estable en la docencia universitaria.

Sólo una vez más volvió a escribir Costa sobre este episodio de juventud. Fue en 1906, cuando el día 8 de junio apareció en Heraldo de Aragón una entrevista con Francisco Codera, natural de Zaidín y miembro del tribunal que había dado  el premio a Menéndez Pelayo treinta y un años atrás. El entrevistador hacía un elogio de la imparcialidad del entrevistado poniendo como ejemplo que “en un tribunal de oposiciones al premio del doctorado dio su voto a Menéndez Pelayo en contra de su paisano Joaquín Costa”. En un papel que adjunta al recorte del diario, Costa escribe con contundencia:

“Al cabo de los años mil (32 años o más) sale Codera con esa pata de gallo y se la apunta como mérito; prueba de su inflexibilidad, de su amor a la justicia, etc. Se le estaría bien que le replicara en el mismo periódico.

Que ni siquiera sabía él que yo era altoaragonés ni yo que lo era él. Lo que sabía él es que Menéndez Pelayo era ultramontano y pidalino y que yo era krausista (como entonces se decía) por estar publicando o haber publicado en el Boletín-Revista de la Universidad  mi “Vida del derecho”, y eso bastaba. Que fue una iniquidad se prueba con esta sencilla consideración: Menéndez Pelayo hizo su disertación sobre materia distinta de lo que el tribunal había señalado por tema del concurso u oposición, Menéndez Pelayo lo había confesado así paladinamente, con palabras expresas, al final de su trabajo. Dar por bueno ese sistema equivale a autorizar el que uno lleve un trabajo preparado de meses, que sirva para toda clase de ejercicios (o unos cuantos centenares de temas especiales)… Recurrí al Rector, recurrí al Ministerio, contra la arbitrariedad. El 1º pasó, creo, mi instancia al tribunal; el 2º, Carderera, me dijo que no había procedimiento en la ley para tramitar mi recurso y era verdad…”

Nunca entendió Costa el asunto como algo personal contra Menéndez Pelayo, cuya capacidad intelectual siempre apreció y con quien mantuvo una buena relación de amistad hasta el final de sus días. Así, en mayo de 1897, “el León de Graus” envía al erudito santanderino un sumario de su futuro libro “Colectivismo agrario en España” para que lo revise y le añada algunos datos que se le hayan podido pasar por alto. Por su parte, Menéndez Pelayo, en una carta a Leopoldo Alas “Clarín” de 1893, cita a Joaquín Costa como “uno de los mejores estudiantes que he conocido en mi vida” y, en 1911, tras la muerte del altoaragonés, dice de él que “lo he querido porque fuimos condiscípulos” y alaba su ingente y valiosa obra escrita. No sabía entonces el gran polígrafo cántabro que sólo iba a sobrevivir un año a su ilustre colega altoaragonés.


Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en el número especial de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón y en el Llibré de las Fiestas de Graus del 2013

Fotos: Joaquín Costa y Marcelino Menéndez Pelayo en sendas fotografías de juventud.

EL CENTRO EXCURSIONISTA DE LA RIBAGORZA Y LOS PASOS DE LA SIERRA DE LAGUARRES




Un año más el Centro Excursionista de la Ribagorza acude fiel a su cita con El Llibré de las Fiestas de Graus. Y de nuevo para expresar nuestra satisfacción por un año completo de excursiones y actividades, con una alta participación de socios y seguidores de las más diversas edades y procedencias geográficas que han acudido a nuestras convocatorias. Seguimos creciendo, superando ya los cuatrocientos socios y consolidándonos como una de las asociaciones más importantes y activas de toda la comarca ribagorzana. Y, en consecuencia, hemos tenido también una presencia creciente en las redes sociales y en los diversos medios de comunicación. Hemos contado con la colaboración del Patronato Municipal de Deportes, que agradecemos sinceramente,  y hemos logrado otra vez una buena y equilibrada gestión económica que nos permite autofinanciarnos sin dependencias dentro de nuestra vocación de servicio no lucrativo. Y, sobre todo, hemos recorrido, en magnífica y permanente buena convivencia, numerosos lugares de nuestra comarca y de toda la cordillera pirenaica.

Los artífices de este incuestionable éxito son las personas que un fin de semana tras otro han respondido a nuestras propuestas y han participado en nuestras actividades. Esperamos mantener esta excelente respuesta en el futuro para seguir organizando salidas que nos permitan continuar disfrutando juntos del paisaje, la naturaleza, el deporte no competitivo y los valores permanentes de la amistad y la sana camaradería entre gentes diversas unidas por la afición común al excursionismo.

Y, como otros años, queremos escribir aquí unas líneas sobre algún aspecto relacionado con la geografía más próxima y nuestras excursiones. Este año vamos a referirnos brevemente a la Sierra del Castillo de Laguarres y a los diversos pasos que la atraviesan. En los últimos años, en varias ocasiones guiados por nuestros buenos amigos de Capella, hemos realizado diversos recorridos por esta sierra meridional prepirenaica que se alinea de oeste a este, elevándose hacia el sur desde el tramo final del río Isábena.

El Sendero Histórico o GR-1 recorre las faldas de esta sierra por su cara norte pasando por las localidades de Graus, Portaspana, Capella, Pociello, Laguarres, Lascuarre y Luzás. Una pista de tierra atraviesa también lo alto de la estribación desde Graus hasta prácticamente el peñón del Castillo de Laguarres o pico Calvera, su punto más elevado con sus 1.150 metros. De manera transversal, y siempre de norte a sur, pueden señalarse varios pasos que permiten atravesar la sierra. Algunos de ellos se mantienen bien conservados e incluso balizados, aunque otros tienen actualmente un uso muy escaso o se hallan casi perdidos.

Desde Graus, se puede acceder hoy por pista muy empinada hasta el repetidor de las Forcas y continuar hacia la antes citada pista de tierra que atraviesa la estribación por su parte más alta. Según parece, desde la ermita de San Bartolomé, que conserva íntegro su ábside románico aunque lo que queda del edificio pueda confundirse con una caseta de monte, ascendía antaño un camino a la sierra. Desde Portaspana, también existió antiguamente otro sendero de subida que al parecer se denominaba el Gradé de Montanuy, nombre de una de las casas de esta localidad hoy despoblada. Desde Capella, son varios los caminos que suben a lo alto de la sierra tras cruzar el río Isábena por su majestuoso puente medieval. El situado más al oeste de estos senderos es el conocido como de la Canal, por tener un tramo de estrecho paso entre dos rocas. A su derecha quedan los restos de la ermita románica de San Martín, que recientemente ha limpiado de manera admirable nuestro socio y buen amigo Joaquín Sesé. Compartiendo recorrido inicial con el anterior, un poco más a la izquierda asciende el paso conocido como el Grado, balizado como PR-HU124, que continúa hacia Castarlenas y Torres del Obispo. Para acceder a estas poblaciones desde la casa Estorianz y otras aldeas de Capella, se tomaba el paso que asciende por el llamado carrascal de Estorianz. Desde Pociello y Laguarres se utilizaba el hoy casi olvidado paso de la Muixola. Laguarres está conectada actualmente con Benabarre por la carretera A-1606 que transita junto a los mases de Pinies y Clluga y deja a su izquierda el peñón donde se encuentran los escasos restos del otrora importante castillo de Laguarres, de lejano origen musulmán. El GR-18.1 asciende a la sierra desde las proximidades de la casa en ruinas del Castesillo, entre Lascuarre y Laguarres. Este sendero sigue el itinerario del antiguo camino histórico que unía Benabarre y Roda, dos centros importantes del antiguo condado ribagorzano. Desde el Castesillo, asciende por el barranco de la Ribera dejando a la izquierda en lo alto la casa y la ermita de la Ternuda, hoy arruinadas. Una vez en la otra vertiente, el camino pasa junto al abandonado Mas del Coll y llega a las ruinas del antiguo convento de Linares y al merendero y la ermita de San Medardo de Benabarre. Desde Lascuarre, una pista asciende a la sierra y, junto a la llamada Font Freda y los restos del impresionante castillo de la Mellera, confluye con el PR-HU131 que, por la explotación ganadera homónima y la Font de Catró, desemboca en el GR-18.1 a la altura de las citadas ruinas de Linares, muy cerca ya de San Medardo.

Estos son los caminos que cruzan la sierra del Castillo de Laguarres que se extiende de oriente a occidente entre Lascuarre y Graus, y que en estos años hemos recorrido en diferentes excursiones del CER.

Para finalizar, y como la ocasión se merece, queremos desear a todos unas felices Fiestas de Graus. A la vuelta, nos vemos caminando.

Centro Excursionista de la Ribagorza

Artículo publicado en el Llibré de las Fiestas de Graus de 2013

Fotos: Restos del castillo de Laguarres, paso de la Muixola y restos del castillo de la Mellera.

martes, 20 de agosto de 2013

LA RECUPERADA ERMITA DE SAN MARTÍN DE CAPELLA











Hace unos años, con motivo de su señalización como ermita rupestre, publiqué unas líneas en este mismo Llibré de Fiestas sobre la ermita de San Martín de la sierra Capella. Hoy vuelvo a escribir sobre este importante y bello lugar de esta querida localidad, a la que me unen estrechos lazos familiares, para hablar de su reciente limpieza, desescombro y recuperación que permiten conocerlo más a fondo y confirmar el enorme interés histórico y artístico que tiene desde tiempos muy antiguos.

Hay que empezar diciendo que el artífice de la reciente limpieza y recuperación de esta ermita ha sido Joaquín Sesé, de casa El Grausino, al que unos llaman Quinón y otros Quinito, y al que todos sus amigos consideramos una excelente persona, entre cuyas virtudes más destacadas figuran la nobleza y la tenacidad. De esta última ha echado mano para, prácticamente en solitario, efectuar en los últimos meses un destacado y meritorio trabajo de desescombro y limpieza que permite que la ermita luzca ahora su valor de manera más nítida y evidente.

En fechas recientes, tuve el gusto de visitar de nuevo la ermita en compañía del propio Joaquín y de Javier Rey, arqueólogo de la Diputación General de Aragón que comprobó in situ la importancia del lugar, del que elaboró un informe y se comprometió, en la medida en que la difícil situación económica actual lo haga posible, a impulsar futuras excavaciones que permitan desentrañar parte de lo mucho que aún esconde este todavía bastante enigmático lugar.

Los trabajos realizados por Joaquín Sesé permiten observar con mayor claridad las diferentes fases de construcción de la ermita y del recinto que la contiene. Será ya cuestión de los expertos desentrañar las épocas cronológicas a las que corresponden dichas etapas, las más antiguas de las cuales podrían remontarse incluso al periodo visigótico. Parece probable que la puerta principal de la iglesia, antes de su acortamiento, se abriera, por la imposibilidad física de hacerlo hacia el sur, en el muro septentrional. Y que, por los indicios hallados, en el lado occidental de la construcción hubiera en su momento un cementerio o necrópolis.

La presencia de numerosas muestras de cerámica antigua en la zona, así como los restos de una ermita probablemente románica dedicada a Santa Eulalia, de la que se conserva buena parte de la base de sus gruesos muros, y de otros restos en la zona conocida como San Chulián en el llamado Cerro Castiella, refuerzan la idea de una presencia poblacional tal vez importante en la margen izquierda del río Isábena, al otro lado del majestuoso puente medieval, frente a la actual Capella.

Esta Capella siempre querida a cuyos habitantes de hoy quiero desear unas muy felices Fiestas Mayores.

Artículo publicado en el Llibré de las Fiestas de Capella en agosto de 2013.

Todas las fotos de la ermita y desde la ermita fueron tomadas en julio de 2013. 

martes, 30 de julio de 2013

ADIÓS A J.J. CALE


Siempre alejado de los focos y de la popularidad, J. J. Cale es el compositor de temas como Cocaine o After midnight, que hizo famosos Eric Clapton, y de unas cuantas canciones interpretadas por Lynyrd Skynyrd y otros artistas conocidos.
Personaje introspectivo y solitario, todos sus discos son verdaderas joyas de la música popular americana contemporánea. Siento mucho su muerte porque su música me ha acompañado durante muchos años y espero que lo siga haciendo durante unos cuantos más.
Descanse en paz J.J. Cale, un músico “auténtico”, preocupado exclusivamente por la calidad de su arte y no por los banales afanes de protagonismo tan frecuentes en el mundillo artístico de nuestro tiempo.
Carlos Bravo Suárez.
Carta publicada hoy, 30 de junio, en el diario El País.

domingo, 28 de julio de 2013

MISTERIO Y HUMOR EN LA TOSCANA

                                         
El caso del mayordomo asesinado. Marco Malvaldi. Destino. 2013. 207 páginas.

 Marco Malvaldi (Pisa, 1974) es uno de los nuevos valores de la literatura italiana. Se dio a conocer con la trilogía del BarLume, cuyo primer título, La brisca de cinco, reseñamos aquí hace unos meses. Ahora Destino, en su colección Áncora y Delfín, ha publicado en nuestro país su última novela, El caso del mayordomo asesinado, traducción más que libre del título original italiano Odore di chiusco, que creo viene a equivaler a nuestro “olor a cerrado”, usado aquí con su frecuente sentido metafórico.

El caso del mayordomo asesinado mezcla de manera equilibrada y eficaz la intriga y el humor. Se trata de una novela breve y ligera que hace pasar un rato agradable al lector manteniendo en él el suspense con una permanente sonrisa en los labios. Abusando del uso actual del género, podríamos decir que se trata de una novela negra ambientada a finales del siglo XIX, concretamente en unos días del año 1895, en el castillo de una familia noble de la Toscana, que con mucha ironía se acerca a la línea clásica de las narraciones que tienen como protagonista al detective Sherlock Holmes, coetáneo ficticio del comisario Artistico y de los demás personajes del relato de Malvaldi.

Si habitualmente en las novelas de asesinatos en mansiones el primer sospechoso es siempre el mayordomo, en ésta este personaje es la víctima cuyo extraño asesinato hay que resolver. A la intriga de la investigación, se añade aquí una aguda e irónica descripción, a veces rozando lo caricaturesco, de la nobleza finisecular, en un momento en que la unificación italiana hace tambalear sus privilegios seculares de clase. Ese momento histórico, que tan bien recoge  Tomasso di Lampedusa en El Gatopardo, está tratado con un hilarante sentido del humor que no hace menos ácida la crítica al estamento aristocrático, necesitado en aquel tiempo de airear sus mansiones y castillos para sacar de sus estancias el olor a cerrado y entrar así en la nueva y galopante modernidad. Probablemente porque al menos “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.

En la narración en tercera persona se van intercalando algunos pasajes del diario personal de Pellegrino Artusi, un personaje que, según se indica en las páginas finales de la novela, existió en la realidad y que acude al castillo en calidad de invitado por haber escrito ya en aquel tiempo un libro pionero de recetas de cocina. El comisario, el gastrónomo y un fotógrafo retratista acompañan a los diversos personajes de la decadente familia del barón de Roccapendente y su servidumbre en esta intriga de regusto clásico que se resuelve, por tanto, de manera lógica, racional y deductiva.

Una novela corta, que puede parecer un divertimento del autor, pero que se inscribe dentro de su estilo breve, entretenido e irónico, destinado a hacer pasar un buen rato al lector con una historia que conjuga el misterio con buenas dosis de humor inteligente.


Carlos Bravo Suárez

domingo, 21 de julio de 2013

TRES NOCHES

         
                   Tres noches. Austin Wright. Salamandra. 2012. 380 páginas.

Austin Wright (1922 – 2003) escribió siete novelas y cuatro libros de crítica literaria que no tuvieron demasiada repercusión en su momento. Sin embargo, con el paso del tiempo su novela Tony and Susan, publicada en Estados Unidos en 1993, ha ido ganando en prestigio y revalorización. El pasado año fue editada en España por Salamandra con el título de Tres noches.

Tres noches contiene en cierto modo dos novelas en una. Susan, una mujer casada y madre de dos hijos, recibe un manuscrito de su exmarido Edward, del que se separó cuando los intentos de él por ser escritor no acabaron de fructificar. El texto recibido contiene una novela titulada Criaturas nocturnas que cuenta la historia de Tony Hastings, un reputado profesor de matemáticas que es asaltado una noche en la autopista cuando con su mujer y su hija se dirigía a Maine procedente de California para iniciar sus vacaciones estivales. Con cierto temor y muchas suspicacias, buscando posibles alusiones subliminales o indirectas a su pasada relación, Susan lee, a lo largo de tres intensas noches y aprovechando la ausencia de su marido por un viaje de trabajo, el manuscrito enviado por Edward.

De este modo, en Tres noches se van intercalando dos historias paralelas: la de Tony, que vive una aterradora pesadilla en la que se va a ver atrapado durante un largo tiempo; y la de Susan, que además de leer la historia de Tony, reflexiona sobre su matrimonio actual con Arnold y recuerda el tiempo pasado junto a su anterior marido.

El relato Animales nocturnos, que ocupa buena parte del libro, se puede inscribir en lo que ha venido en denominarse como thriller psicológico. Una historia de suspense que arranca con buen ritmo y atrapa al lector con su ambiente turbador, inquietante y angustioso. Tal vez en el último tercio la novela pierde algo de fuerza y cae en alguna exageración, pero las dos historias paralelas se cierran acertadamente con finales bien resueltos.

Además de la intriga, Tres noches aborda temas como la violencia gratuita, la pena de muerte, la venganza, la dificultad de hacer justicia, el ajuste de cuentas al margen de la ley o la rutina del matrimonio. Y, de una manera destacada, los problemas de una persona pacífica e intelectual como Tony Hastings para hacer frente a los hombres de acción y a la maldad y la violencia que le desarman y le dejan sin capacidad de respuesta inmediata.

En su conjunto estamos ante una narración metaliteraria que, de una manera original y bien ensamblada, trata de la propia literatura y reflexiona en algunos momentos sobre el oficio de escribir. Con todo, el lector puede terminar tal vez con la sensación de que al relato le falta algo para ser completamente redondo.


Carlos Bravo Suárez

domingo, 14 de julio de 2013

LA INVENCIÓN DEL AMOR


La invención del amor. José Ovejero. Alfaguara. 2013. 256 páginas.

Con La invención del amor, José Ovejero (Madrid, 1958) ha obtenido el último Premio Alfaguara de novela. Otros libros de poesía, de viajes o de ensayo del prolífico escritor madrileño habían recibido ya antes destacados galardones literarios. Con el Premio Alfaguara, además de una importante dotación económica, Ovejero se asegura una amplia difusión de su novela en el mercado editorial hispanoamericano.

La invención del amor es una novela original y diferente que, aunque pueda parecer al principio algo inverosímil y extraña, logra muy pronto seducir y atrapar al lector en sus bien construidas redes narrativas. Se trata principalmente de la historia de un autoengaño y una impostura. Samuel, soltero de más de cuarenta años que tiene con un socio una empresa de materiales de construcción, es confundido con alguien de su mismo nombre que ha mantenido relaciones extraconyugales con Clara, una mujer que acaba de morir en un accidente de coche y que, recordada o inventada por los demás personajes, acaba por convertirse en la verdadera protagonista de la novela. En vez de aclarar la confusión suscitada, Samuel decide persistir en ella e inventarse una historia de amor con la fallecida. De esa invención, va haciendo partícipe a Carina, la hermana mayor de Clara, también soltera y con dificultades para comprometerse sentimentalmente.

La novela, que se desarrolla íntegramente en Madrid, es un relato urbano de solteros inadaptados que viven en el escepticismo y la falta de ilusión, en una permanente inestabilidad emocional, dentro de la crisis social y económica general que azota a nuestro país y que en una gran urbe, donde no se conoce ni siquiera al vecino de escalera, se convierte todavía en más deshumanizada y anónima. El jurado que le otorgó el Premio Alfaguara define acertadamente el libro como “una historia de amor nada convencional, sorprendente, que surge a partir de una impostura y del poder y las posibilidades del azar, y revela la fuerza transformadora de la imaginación y su capacidad para construir nuevas existencias”.

Pero que nadie espere un relato romántico o sentimental más o menos al uso, porque, como ha dicho su autor en alguna entrevista, en La invención del amor hay más bien “humor negro y una cierta dureza” y, podría añadirse, mucha soledad e inadaptación urbanas en estos tiempos difíciles y precarios en todos los ámbitos de la vida. Además, enamorarse no deja de ser siempre, al menos en sus inicios, una cierta invención del otro.


Carlos Bravo Suárez