viernes, 20 de septiembre de 2013

TODO UN EJEMPLO


Algunos tuvimos la gran suerte de ser estudiantes de la Facultad de Filología de la Universidad Central de Barcelona cuando en ella todavía había profesores de la humanidad y la sabiduría de José Manuel Blecua, José María Valverde o Martí de Riquer, entre otros. Este último falleció el martes 17 en la Ciudad Condal, tras una larga vida de plena dedicación a la enseñanza y el estudio de la literatura. Estudiar Filología Hispánica en Barcelona era en aquel tiempo un verdadero lujo y una garantía de una completa formación humanística y literaria. Martí de Riquer conocía como nadie las literaturas catalana, española y europea, y la ciudad era un ejemplo de mentalidad abierta y universalidad. No sé cuánto queda allí de todo aquello en nuestros días.

Carlos Bravo Suárez

Carta publicada hoy en el diario El País.

jueves, 19 de septiembre de 2013

INTOLERANCIAS

El ataque de un grupo de neonazis a la librería Blanquerna de Madrid el pasado once de septiembre merece la condena y el rechazo sin paliativos por parte de todos los demócratas. Pero la misma actitud de repulsa se debe tener con los actos intolerantes, y muchas veces violentos, de grupos ultranacionalistas catalanes hacia personas o partidos que no comulgan con sus creencias y deseos. 

Hemos visto en Cataluña bastantes sedes de partidos atacadas con reiteración y a unos cuantos conferenciantes que han sido interrumpidos con gritos o que ni siquiera han podido realizar sus actos previstos en algunas universidades catalanas. Todos los demócratas sin excepción deberían condenar y perseguir con la misma firmeza esos actos de intolerancia, procedan de donde procedan y sean quienes sean sus autores. 

Carlos Bravo Suárez

Carta publicada hoy en el diario El País.

domingo, 15 de septiembre de 2013

EN LA CORTE DE ENRIQUE VIII


Una reina en el estrado. Hilary Mantel. Editorial Destino. 2013. 496 páginas.

Una reina en el estrado es una de las mejores novelas que he leído últimamente. El libro puede inscribirse en la denominada novela histórica aunque, a diferencia de lo que suele ocurrir en este género, aquí el sustantivo novela tiene más peso que el adjetivo que lo acompaña. Dicho de otra manera: Hilary Mantel ha partido de unos hechos y de una lograda ambientación en un determinado momento de la historia británica, pero ha creado un largo e intenso relato literario, con una enorme fuerza narrativa, que no tiene que ajustarse de manera fiel a una realidad histórica que, por otro lado, tampoco es conocida con absoluta precisión por los propios historiadores.

Una reina en el estrado transcurre en Inglaterra durante el reinado de Enrique VIII, desde la separación del monarca de su primera mujer, Catalina de Aragón, hasta la muerte de Ana Bolena, su segunda esposa. El tiempo interno del relato abarca prácticamente un año, entre el mes septiembre de 1535 y el verano de 1536.

Pero el verdadero protagonista de la novela no es el cambiante rey Tudor ni la temperamental y malograda Ana Bolena, ni tampoco la sibilina, pálida y discreta futura reina Jane Seymour, sino el influyente consejero real Thomas Cromwell, un hombre de procedencia humilde que se convirtió en Primer Ministro y Secretario de Estado en cuyas manos dejó el rey Enrique VIII el manejo de los principales asuntos de gobierno. No se conoce con certeza la verdadera historia de este enigmático y oscuro personaje que al parecer manejaba, hasta su caída en desgracia, todos los hilos de la intrigante corte británica en un periodo especialmente complicado y convulso. Sin embargo, Hilary Mantel hace de Cromwell el eje central de su novela y el prisma a través del cual el lector vive los acontecimientos relatados. Para ello, no se recurre a una primera persona narrativa que tal vez hubiera restado omnisciencia a la historia, sino a un uso específico de la tercera persona en la que “él” es siempre Thomas Cromwell. Un verdadero logro de la autora británica que dota así a su novela de una singular y novedosa perspectiva narrativa.

La fuerza de las pasiones humanas –amor, odio, ambición, deseo– descritas con vigor en la novela, y unidas a las intrigas cortesanas y al maquiavelismo político presentes en ella, convierten a Una reina en el estrado en una obra que a la vez que histórica es perfectamente moderna y actual desde todos los puntos de vista.

Una reina en el estrado es la segunda novela de la trilogía de la autora sobre Thomas Cromwell. La primera fue En la corte del lobo, publicada en España por Destino en 2011. La tercera está todavía en proceso de escritura. Con los dos libros de la trilogía ya publicados, Hilary Mantel (1952) consiguió el importante y prestigioso Man Booker Price, que muy pocos han logrado en dos ocasiones. Desde luego, en el caso de la novela que acabamos de reseñar nos hallamos ante una verdadera joya literaria. Pocas narraciones son tan densas en sucesos y emociones y están tan literariamente bien contadas como ésta.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 8 de septiembre de 2013

EL CÍRCULO

 

El Círculo. Bernard Minier. Roca Editorial. 2013. 512 páginas.

Bajo el hielo fue una de las novelas revelación del pasado 2012. Así lo hicimos constar en esta página con la reseña titulada Intriga en el Pirineo francés. Un año más tarde, Bernard Minier vuelve a sorprender al lector con El Círculo, otra bien construida e intrigante trama de novela negra de nuevo ambientada en el sur de Francia.

El Círculo transcurre casi íntegramente en la pequeña localidad de Marzac, un imaginario Oxford o Cambridge que se sitúa a los pies de los Pirineos galos. Si Bajo el hielo se iniciaba con la impactante imagen de un caballo decapitado en lo alto de una central hidroeléctrica situada a dos mil metros de altitud, El Círculo comienza con el descubrimiento del cadáver de una atractiva profesora en la bañera de su casa, en cuya piscina flotan numerosas muñecas esparcidas por el agua. El encargado de investigar el extraño y macabro asesinato será Martin Servaz, el mismo comandante que ya resolvió el difícil y complejo caso narrado en Bajo el hielo.

Por eso, y aunque el nuevo libro de Minier puede leerse de manera absolutamente independiente, quienes hayan leído su anterior novela se van a reencontrar con algunos personajes ya conocidos. Por ejemplo, con los dos principales colaboradores de Servaz: el joven teniente Vicent Espérandieu y la atractiva y extravagante agente Samira Cheung. Y también con el psicópata y refinado asesino en serie Julian Hirtmann que, en las últimas páginas de Bajo el hielo, logró escapar del centro de reclusión pirenaico en el que se hallaba internado.

A partir del citado asesinato, se abren diversas líneas argumentales que crean un complejo puzzle que logra atrapar al lector a lo largo de más de quinientas páginas. Bernard Minier vuelve a demostrar su habilidad para combinar el suspense con las acertadas descripciones de la naturaleza, la creación de atmósferas inquietantes y la profundización psicológica en algunos de sus personajes. Los ambientes climatológica y metafóricamente tormentosos, las personalidades complejas y atormentadas por un pasado oculto y traumático, o la dificultad para las relaciones sentimentales en algunos personajes, se encuentran entre los mejores logros de este intenso y absorbente relato.

Por otra parte, hay que destacar que el final de la novela transcurre en una población altoaragonesa en la que fácilmente se reconoce la villa ribagorzana de Graus. El escritor francés tiene vínculos familiares con esta población y, según indica en sus páginas, fue en Graus donde comenzó a escribir el libro, cuya historia se inicia con el partido inaugural del campeonato mundial de fútbol de 2010 y termina en los días posteriores a la proclamación de España como campeona del torneo.

El Círculo es una narración que queda abierta y, por ello, esperamos que Bernard Minier no tarde demasiado en envolvernos en otra historia de intriga y misterio ambientada en esa geografía pirenaica y fronteriza que tan bien describe y que tanto nos gusta.

Carlos Bravo Suárez  

domingo, 1 de septiembre de 2013

CRISIS, CODICIA Y BUENA LITERATURA


En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 2013. 440 páginas.

Hay que empezar diciendo que En la orilla es una novela extraordinaria. Probablemente, una de las mejores que se han publicado en España en los últimos años. Un relato que retrata magistralmente la crisis actual -económica pero también social y ética- que sufre la sociedad española y algunas de las causas que la han provocado: la codicia, el dinero fácil y el todo vale para conseguirlo, el afán por aparentar y la mentalidad de nuevo rico que se ha apoderado del país en las últimas décadas. Pero En la orilla no es solo una novela sobre la crisis. Es mucho más. Es reflexión, de tono crítico, ácido y pesimista, sobre la ambición desmesurada, la familia, la vejez, la soledad, el sexo, la emigración, las relaciones laborales o el suicidio. Y es, por encima de todo, buena literatura, más allá de los tópicos doctrinarismos supuestamente progresistas que resultan casi siempre demasiado simples y maniqueos. Un libro que debería permanecer en la historia de nuestra mejor literatura reciente.

Su autor, el valenciano Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, 1949), es un escritor más que consagrado, con una importante obra narrativa a sus espaldas. Su anterior novela, Crematorio (2007), consiguió el Premio de la Crítica con un relato que mostraba la corrupción inmobiliaria y la falta de escrúpulos morales de parte de la sociedad española, y que adelantaba en buena medida la crisis que iba a venir y de cuyas cenizas trata la actual En la orilla.

En la orilla transcurre en Olba, una pequeña ciudad situada en la costa valenciana, muy cerca de Benidorm, a orillas del mar y también de un pantano que adquiere un valor simbólico, en cierto modo ligado a la podredumbre moral y ética que rige los comportamientos de buena parte de los personajes del libro, que únicamente pretenden trepar y enriquecerse a cualquier precio.

Aunque la novela está escrita a varias voces, combinando la primera y la tercera personas y diversos recursos literarios, su personaje principal es Esteban, un carpintero de setenta años, soltero, desilusionado y pesimista, que ha heredado el negocio familiar y que acaba de arruinarse al entrar en operaciones inmobiliarios que la crisis, la excesiva ambición y los falsos proyectos de su socio constructor han llevado al fracaso. A través de Esteban, y en relación con él, aparecen otros personajes de diversa condición económica y social. Sus amigos nuevos ricos, los antiguos trabajadores de la carpintería que han perdido su empleo, el padre inválido, la criada colombiana o su antigua novia Leonor, ya muerta, que se fue con uno de sus amigos y se convirtió después en una cocinera de éxito. Otro logro de la novela es su rico vocabulario, en especial en términos relacionados con la vida en el pantano y con el campo semántico de la carpintería. Y sus referencias a temas literarios como el “ubi sunt”, de reminiscencias manriqueñas, que la crisis de hoy vuelve a poner en cierto modo de actualidad.

Una excelente novela, un microcosmos literario que puede extrapolarse a la realidad de un país que en los últimos tiempos lo ha sacrificado todo a la codicia y al dinero.

Carlos Bravo Suárez


martes, 27 de agosto de 2013

JOAQUÍN COSTA VERSUS MENÉNDEZ PELAYO



Si hace dos años celebramos el centenario de la muerte de Joaquín Costa en Graus en febrero de 1911, el pasado año se cumplió también una centuria del fallecimiento de Marcelino Menéndez Pelayo en 1912 en su Santander natal. Aunque el altoaragonés era diez años mayor que el cántabro, Costa y Menéndez Pelayo son dos grandes figuras coetáneas de la cultura española, dos verdaderos colosos de las letras y del pensamiento hispano de los últimos siglos.

Ambos tienen en común su condición de polígrafos cuyos escritos trataban de temas diversos, su enorme capacidad intelectual y su prodigiosa memoria. Difieren sin embargo claramente en su procedencia social y en sus posiciones políticas. Mientras Costa nació en una familia de agricultores pobres y tuvo que estudiar luchando siempre contra las adversidades económicas, mendigando ayudas y trabajando incluso de albañil o de criado, Menéndez Pelayo procedía de una familia culta y económicamente acomodada que le permitió dedicarse por entero al estudio. El cántabro era un estudiante precoz que fue bachiller a los 14 años, licenciado a los 17 y doctor a los 18. Las circunstancias económicas y sociales obligaron, por el contrario, al oscense a ser un estudiante tardío que obtuvo el bachillerato a los 23 años, fue licenciado en Derecho a los 25 y en Filosofía y Letras a los 26 y logró ser doctor en ambas carreras universitarias a los 28 y 29 años respectivamente. Ese dispar itinerario académico hizo que ambos estudiantes llegaran a disputarse el Premio Extraordinario del Doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid en el año 1875. La prueba se celebró el día 29 de septiembre, cuando Menéndez Pelayo aún no tenía los 19 años y Costa acababa de cumplir los 29.

Aunque Luis Antón del Olmet y Luis Ciges, primeros biógrafos de Costa, ya hacen referencia a este episodio universitario, fue el hispanista inglés George J. G. Cheyne quien lo estudió más a fondo, dedicándole el espléndido trabajo “Menéndez Pelayo, Costa y el Premio Extraordinario del Doctorado en Filosofía y Letras” dentro de sus “Ensayos sobre Joaquín Costa y su época”, publicados por la Fundación Joaquín Costa en 1992 en edición de Alberto Gil Novales.

El tema sobre el que debían tratar los trabajos de los dos brillantes universitarios que optaban al premio era “Doctrina aristotélica en la Antigüedad, en la Edad Media y en los tiempos modernos”, desarrollado primero por escrito y leído después ante el tribunal. El premio le fue otorgado a Menéndez Pelayo, aunque Costa estimó injusta la resolución por los motivos que, un año después, explica muy claramente en su Diario:

“1 octubre 1876. San Sebastián. Medio año tengo en retraso estas Memorias: voy a subsanar en lo que pueda esta falta y llenar este hueco, pero antes he de referir un suceso que se me pasó por alto y que ocurrió días antes de la ida a Cuenca: la oposición al premio extraordinario del doctorado de Filosofía y Letras. Era el 29 de septiembre del año pasado. Opositores, Menéndez Pelayo y yo. Jueces, Fernández y González, Codera y Valle. Tema: «doctrina aristotélica en la antigüedad, en la Edad Media y en los tiempos modernos». Yo lo hice de doctrina aristotélica, Menéndez de bibliografía aristotélica. El tribunal le adjudicó el premio. Yo me quejé al rector en exposición razonada (reservada): el rector se declaró incompetente: sin embargo, ordenó al tribunal que examinara de nuevo las Memorias: lo hizo e insistió en su primer fallo. Acudí al Ministerio de Fomento pidiendo constitución de nuevo tribunal, fundándome en la permisión de la ley, y en que el otro confesaba en su memoria que no había tenido tiempo para tratar el tema. Se me ha contestado verbalmente al cabo de meses ¡que no había precedentes! Así se ha quedado la cuestión […]”.

El ejercicio escrito de Joaquín Costa se conserva en el Archivo Histórico Nacional en Madrid; el de Menéndez Pelayo no ha sido encontrado. Cheyne publicó asimismo, en el ensayo citado anteriormente, las copias hechas por el polígrafo altoaragonés de sus dos cartas de queja enviadas al rector en un tono muy educado y correcto. También reproduce dos cartas privadas dirigidas al profesor Fernández y González, catedrático de Estética y presidente del Tribunal que otorgó el premio, y otra enviada a Mariano Carderera, Jefe de Negociado de la Universidad, sobre el mismo asunto. En todos los casos el argumento de Costa es el mismo: él se ajustó al tema que se le pedía y su oponente, como él mismo confesaba en su memoria, escribió sobre bibliografía aristotélica pero no lo hizo sobre doctrina aristotélica como se le requería en el enunciado de la prueba académica. Costa nunca dudó del “extraordinario mérito” del trabajo de Menéndez Pelayo, lo que objetaba era simplemente que no había contestado a lo que se le preguntaba. Al parecer, no era infrecuente que a Menéndez Pelayo le faltara tiempo para hacer sus exámenes. Y así habría ocurrido posiblemente en esta ocasión.

El premio consistía estrictamente en la dispensa del pago de las tasas del doctorado. Para Costa, siempre agobiado en lo económico, esa era ya una recompensa suficientemente importante en sí misma. Pero, además, el premio proporcionaba prestigio intelectual y podía abrir las puertas a la posterior enseñanza universitaria. En algunas de las cartas citadas, Joaquín Costa hace referencia a que el asunto tiene para él unos “motivos especiales”. Cheyne relaciona estas motivaciones personales con el hecho de que, por esas fechas, nuestro ilustre paisano andaba enamorado de la joven oscense Concepción Casas, y la obtención del premio podía ser mostrado ante ésta y ante su reacia familia como el inicio de un futuro laboral estable en la docencia universitaria.

Sólo una vez más volvió a escribir Costa sobre este episodio de juventud. Fue en 1906, cuando el día 8 de junio apareció en Heraldo de Aragón una entrevista con Francisco Codera, natural de Zaidín y miembro del tribunal que había dado  el premio a Menéndez Pelayo treinta y un años atrás. El entrevistador hacía un elogio de la imparcialidad del entrevistado poniendo como ejemplo que “en un tribunal de oposiciones al premio del doctorado dio su voto a Menéndez Pelayo en contra de su paisano Joaquín Costa”. En un papel que adjunta al recorte del diario, Costa escribe con contundencia:

“Al cabo de los años mil (32 años o más) sale Codera con esa pata de gallo y se la apunta como mérito; prueba de su inflexibilidad, de su amor a la justicia, etc. Se le estaría bien que le replicara en el mismo periódico.

Que ni siquiera sabía él que yo era altoaragonés ni yo que lo era él. Lo que sabía él es que Menéndez Pelayo era ultramontano y pidalino y que yo era krausista (como entonces se decía) por estar publicando o haber publicado en el Boletín-Revista de la Universidad  mi “Vida del derecho”, y eso bastaba. Que fue una iniquidad se prueba con esta sencilla consideración: Menéndez Pelayo hizo su disertación sobre materia distinta de lo que el tribunal había señalado por tema del concurso u oposición, Menéndez Pelayo lo había confesado así paladinamente, con palabras expresas, al final de su trabajo. Dar por bueno ese sistema equivale a autorizar el que uno lleve un trabajo preparado de meses, que sirva para toda clase de ejercicios (o unos cuantos centenares de temas especiales)… Recurrí al Rector, recurrí al Ministerio, contra la arbitrariedad. El 1º pasó, creo, mi instancia al tribunal; el 2º, Carderera, me dijo que no había procedimiento en la ley para tramitar mi recurso y era verdad…”

Nunca entendió Costa el asunto como algo personal contra Menéndez Pelayo, cuya capacidad intelectual siempre apreció y con quien mantuvo una buena relación de amistad hasta el final de sus días. Así, en mayo de 1897, “el León de Graus” envía al erudito santanderino un sumario de su futuro libro “Colectivismo agrario en España” para que lo revise y le añada algunos datos que se le hayan podido pasar por alto. Por su parte, Menéndez Pelayo, en una carta a Leopoldo Alas “Clarín” de 1893, cita a Joaquín Costa como “uno de los mejores estudiantes que he conocido en mi vida” y, en 1911, tras la muerte del altoaragonés, dice de él que “lo he querido porque fuimos condiscípulos” y alaba su ingente y valiosa obra escrita. No sabía entonces el gran polígrafo cántabro que sólo iba a sobrevivir un año a su ilustre colega altoaragonés.


Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en el número especial de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón y en el Llibré de las Fiestas de Graus del 2013

Fotos: Joaquín Costa y Marcelino Menéndez Pelayo en sendas fotografías de juventud.

EL CENTRO EXCURSIONISTA DE LA RIBAGORZA Y LOS PASOS DE LA SIERRA DE LAGUARRES




Un año más el Centro Excursionista de la Ribagorza acude fiel a su cita con El Llibré de las Fiestas de Graus. Y de nuevo para expresar nuestra satisfacción por un año completo de excursiones y actividades, con una alta participación de socios y seguidores de las más diversas edades y procedencias geográficas que han acudido a nuestras convocatorias. Seguimos creciendo, superando ya los cuatrocientos socios y consolidándonos como una de las asociaciones más importantes y activas de toda la comarca ribagorzana. Y, en consecuencia, hemos tenido también una presencia creciente en las redes sociales y en los diversos medios de comunicación. Hemos contado con la colaboración del Patronato Municipal de Deportes, que agradecemos sinceramente,  y hemos logrado otra vez una buena y equilibrada gestión económica que nos permite autofinanciarnos sin dependencias dentro de nuestra vocación de servicio no lucrativo. Y, sobre todo, hemos recorrido, en magnífica y permanente buena convivencia, numerosos lugares de nuestra comarca y de toda la cordillera pirenaica.

Los artífices de este incuestionable éxito son las personas que un fin de semana tras otro han respondido a nuestras propuestas y han participado en nuestras actividades. Esperamos mantener esta excelente respuesta en el futuro para seguir organizando salidas que nos permitan continuar disfrutando juntos del paisaje, la naturaleza, el deporte no competitivo y los valores permanentes de la amistad y la sana camaradería entre gentes diversas unidas por la afición común al excursionismo.

Y, como otros años, queremos escribir aquí unas líneas sobre algún aspecto relacionado con la geografía más próxima y nuestras excursiones. Este año vamos a referirnos brevemente a la Sierra del Castillo de Laguarres y a los diversos pasos que la atraviesan. En los últimos años, en varias ocasiones guiados por nuestros buenos amigos de Capella, hemos realizado diversos recorridos por esta sierra meridional prepirenaica que se alinea de oeste a este, elevándose hacia el sur desde el tramo final del río Isábena.

El Sendero Histórico o GR-1 recorre las faldas de esta sierra por su cara norte pasando por las localidades de Graus, Portaspana, Capella, Pociello, Laguarres, Lascuarre y Luzás. Una pista de tierra atraviesa también lo alto de la estribación desde Graus hasta prácticamente el peñón del Castillo de Laguarres o pico Calvera, su punto más elevado con sus 1.150 metros. De manera transversal, y siempre de norte a sur, pueden señalarse varios pasos que permiten atravesar la sierra. Algunos de ellos se mantienen bien conservados e incluso balizados, aunque otros tienen actualmente un uso muy escaso o se hallan casi perdidos.

Desde Graus, se puede acceder hoy por pista muy empinada hasta el repetidor de las Forcas y continuar hacia la antes citada pista de tierra que atraviesa la estribación por su parte más alta. Según parece, desde la ermita de San Bartolomé, que conserva íntegro su ábside románico aunque lo que queda del edificio pueda confundirse con una caseta de monte, ascendía antaño un camino a la sierra. Desde Portaspana, también existió antiguamente otro sendero de subida que al parecer se denominaba el Gradé de Montanuy, nombre de una de las casas de esta localidad hoy despoblada. Desde Capella, son varios los caminos que suben a lo alto de la sierra tras cruzar el río Isábena por su majestuoso puente medieval. El situado más al oeste de estos senderos es el conocido como de la Canal, por tener un tramo de estrecho paso entre dos rocas. A su derecha quedan los restos de la ermita románica de San Martín, que recientemente ha limpiado de manera admirable nuestro socio y buen amigo Joaquín Sesé. Compartiendo recorrido inicial con el anterior, un poco más a la izquierda asciende el paso conocido como el Grado, balizado como PR-HU124, que continúa hacia Castarlenas y Torres del Obispo. Para acceder a estas poblaciones desde la casa Estorianz y otras aldeas de Capella, se tomaba el paso que asciende por el llamado carrascal de Estorianz. Desde Pociello y Laguarres se utilizaba el hoy casi olvidado paso de la Muixola. Laguarres está conectada actualmente con Benabarre por la carretera A-1606 que transita junto a los mases de Pinies y Clluga y deja a su izquierda el peñón donde se encuentran los escasos restos del otrora importante castillo de Laguarres, de lejano origen musulmán. El GR-18.1 asciende a la sierra desde las proximidades de la casa en ruinas del Castesillo, entre Lascuarre y Laguarres. Este sendero sigue el itinerario del antiguo camino histórico que unía Benabarre y Roda, dos centros importantes del antiguo condado ribagorzano. Desde el Castesillo, asciende por el barranco de la Ribera dejando a la izquierda en lo alto la casa y la ermita de la Ternuda, hoy arruinadas. Una vez en la otra vertiente, el camino pasa junto al abandonado Mas del Coll y llega a las ruinas del antiguo convento de Linares y al merendero y la ermita de San Medardo de Benabarre. Desde Lascuarre, una pista asciende a la sierra y, junto a la llamada Font Freda y los restos del impresionante castillo de la Mellera, confluye con el PR-HU131 que, por la explotación ganadera homónima y la Font de Catró, desemboca en el GR-18.1 a la altura de las citadas ruinas de Linares, muy cerca ya de San Medardo.

Estos son los caminos que cruzan la sierra del Castillo de Laguarres que se extiende de oriente a occidente entre Lascuarre y Graus, y que en estos años hemos recorrido en diferentes excursiones del CER.

Para finalizar, y como la ocasión se merece, queremos desear a todos unas felices Fiestas de Graus. A la vuelta, nos vemos caminando.

Centro Excursionista de la Ribagorza

Artículo publicado en el Llibré de las Fiestas de Graus de 2013

Fotos: Restos del castillo de Laguarres, paso de la Muixola y restos del castillo de la Mellera.