domingo, 30 de octubre de 2016

EL SILENCIO DE LA CIUDAD BLANCA

El silencio de la ciudad blanca”. Eva García Sáenz de Urturi. Planeta. 2016. 480 páginas.

Siguiendo la estela de las novelas de la “Trilogía del Baztán”, de Dolores Redondo, o de “Puerto escondido”, de María Oruña, que combinan con acierto y eficacia una intrigante trama policiaca con una minuciosa y precisa ambientación geográfica en Navarra y Cantabria respectivamente, la escritora alavesa Eva García Sáenz de Urturi ha conseguido otro enorme éxito literario con “El silencio de la ciudad blanca”, un logrado trhiller sobre unos asesinatos en serie ocurridos en diferentes lugares históricos de la ciudad de Vitoria, donde la capital alavesa adquiere un protagonismo tan importante como el de quienes investigan o son sospechosos de esos espantosos crímenes.

Eva García Sáenz de Urturi, nacida en Vitoria en 1972, vive desde los quince años en Alicante y es diplomada en Óptica y Optometría, materia en la que ha trabajado en varias empresas y en la universidad alicantina. Es autora de “La saga de los longevos” (La esfera de los libros, 2012), que se convirtió en un inesperado fenómeno literario y obtuvo, en su traducción al inglés, un considerable éxito en Reino Unido, Estados Unidos y Australia. Más tarde publicó la novela histórica “Pasaje a Tahití” (Espasa, 2014), que pasó más desapercibida. Con “El silencio de la ciudad blanca”, la escritora alavesa se ha colocado durante meses en los primeros puestos de los libros más vendidos en nuestro país.

“El silencio de la ciudad blanca” es una novela que engancha desde el primer momento y que se lee con enorme interés de principio a fin. La intriga está muy conseguida y bien dosificada, los giros inesperados son continuos y diversas las líneas de investigación, con distintos sospechosos que pronto dejan de serlo y que convierten la lectura en un ejercicio absorbente e intenso. En el mes de agosto, durante las fiestas de la Virgen Blanca, se cometen en Vitoria varios asesinatos dobles cuyas víctimas aparecen en lugares emblemáticos de la arquitectura y la historia locales. Se trata en todos los casos de dos víctimas de distinto sexo y de la misma edad, siempre terminada en cero o en cinco, con la misma posición de los cuerpos muertos, que parecen acariciarse las mejillas, y todas ellas con algún apellido compuesto, del tipo del segundo de la autora del libro. Estos nuevos crímenes parecen ser prolongación de otra serie idéntica que se cometió veinte años antes en la ciudad y coinciden con la salida de la cárcel, con unos días de permiso, del supuesto autor de aquellos siniestros asesinatos: Tasio Ortiz de Zárate, que fue detenido por su hermano gemelo Ignacio, entonces policía al frente de la investigación. Parece obvio que Tasio no ha podido cometer estos nuevos crímenes, aunque muchos creen que ha podido instigarlos o dirigirlos desde la cárcel.

La novela está contada en primera persona por Unai López de Ayala, uno de los policías encargados del caso. Un personaje atormentado por la pérdida de su mujer embarazada en un accidente de circulación. Importante papel tienen también en el relato su compañera Estíbaliz, con quien comparte investigación, y su jefa Alba, con la que mantendrá una relación intensa, complicada y ambigua. Los tres personajes, así como el abuelo y, en menor medida, el cuñado de Unai, además de los hermanos Ortiz de Zárate y varios sospechosos de los asesinatos, están bastante logrados y aportan solidez narrativa a la compleja trama del libro.

Aunque la mayor parte de la novela transcurre en el presente y se centra en la investigación de los crímenes cometidos, se narra paralelamente otra interesante historia del pasado, ambientada en los años setenta, que confluirá finalmente con la historia principal contribuyendo a entender su desenlace. La novela crea así una intriga enrevesada, un puzzle con numerosas piezas y muchos personajes, un engranaje complicado y bien construido que mantiene al lector en vilo hasta el último momento.

Protagonista principal de la narración es la ciudad de Vitoria y varios emplazamientos de la provincia de Álava, con alguna escapada mínima a Pamplona o San Sebastián. Las víctima aparecen en distintos lugares de la capital alavesa, siguiendo un orden histórico-cronológico en los edificios en que se descubren los muertos, desde la prehistoria al siglo XIX, pasando por construcciones medievales y renacentistas de la ciudad.

Escrita en una prosa sencilla, fácil y fluida, con un repartido equilibrio entre narración y diálogos, “El silencio de la ciudad blanca” es una novela efectista cuya lectura resultará apasionante sin duda para un buen número de lectores.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 16 de octubre de 2016

LA MUJER DE LA LIBRETA ROJA


“La mujer de la libreta roja” es la primera novela de Antoine Laurian publicada en España. Laurian es un escritor francés, nacido a principios de los años sesenta, que ha publicado seis novelas en su país. La más destacada es “Le chapeau de Mitterrand”, editada en 2012, que obtuvo un gran éxito de ventas y recibió varios importantes premios en el país vecino. En 2014, publicó “La mujer de la libreta roja”, también muy vendida en Francia y editada aquí recientemente por Salamandra, con traducción al español de Palmira Feixas Guillamet. Laurian acaba de publicar “Rhapsodie française”, no editada por el momento en nuestro país.

“La mujer de la libreta roja” es una breve novela urbana. Una entretenida, ingeniosa y divertida narración con una equilibrada y poco convencional mezcla de fina trama romántica y emocionante intriga detectivesca. Una historia ligera, inteligente, amena y refrescante que, aunque a veces parece bordear ambas cosas, no cae en ningún momento en la cursilería ni el sentimentalismo superfluo. Escrita con una prosa elegante, clara y sencilla, directa y sin apenas diálogos, está dotada de una interesante estructura literaria de ida y vuelta y es un ejemplo de novela ligera que, sin ser ni mucho menos una obra maestra, rebosa calidad, sutileza y buen gusto y está dirigida a un amplio público lector.

Al volver por la noche a su casa, una mujer, cotizada restauradora de arte especializada en marcos dorados, sufre el robo de su bolso por parte de un ladrón desconocido. Como consecuencia de los golpes recibidos en el forcejeo, al día siguiente tiene que ingresar en un hospital en el que se va recuperando de una pasajera falta de memoria. Mientras tanto, un antiguo banquero que, separado, con una hija adolescente y harto de su vida pasada, ha puesto en marcha una pequeña librería en el centro de París, encuentra el bolso robado sobre un contenedor de basura próximo a su establecimiento. Ante el poco caso que la policía hace a su intento de denuncia, decide llevarse el bolso a su casa. Buscando infructuosamente la identidad de su dueña, extrae de su interior diversos objetos femeninos entre los que se encuentra una pequeña libreta roja con una serie de anotaciones, pensamientos y recuerdos personales que no puede evitar leer. Tras conseguir finalmente, y de manera algo rocambolesca, averiguar la identidad y la dirección de la propietaria, lleva el bolso a su domicilio, donde se lo entrega a un amigo de la mujer que se encuentra en ese momento en la casa. Aunque su impetuosa hija lo espolea para que vuelva a buscarla, el librero decide abandonar el asunto pese a que la desconocida mujer se ha ido apoderando cada vez más de su pensamiento. Cuando ya recuperada salga del hospital, será ella la que intente seguir la pista del hombre que devolvió su bolso, aunque no sepa muy bien adónde dirigirse.

La novela transcurre íntegramente en París, ciudad de la que se cita un buen número de calles, plazas, cafés y librerías, y contiene numerosas referencias literarias. La más interesante y original es la de Patrick Modiano: el escritor parisino (Premio Nobel de Literatura en 2014) realiza en el relato lo que, si este fuera una película, llamaríamos, aunque sea redundante, un fugaz cameo. Los dos personajes principales son inteligentes, cultos y refinados; representantes de una clase media parisina ilustrada y urbana. También lo es, de manera más atrevida y vehemente, la extrovertida hija del librero, capaz de hacer pasar a su padre por un ligue para dar envidia a sus amigas.

Aunque, como ya se ha dicho, alejada por completo de la narrativa rosa, “La mujer de la libreta roja” es, en buena medida, una novela romántica. El amor surge aquí de imaginar al otro sin conocerlo, de reconstruir su personalidad a través de algunos objetos y de pequeños rastros, con esa nostalgia de lo posible de la que habla Pessoa. Un juego de espejos, de casualidades y azares, de deseos interiores y miedo a la decepción, de intercambio de papeles, de líneas de trayectoria invertida, que se acercan y se alejan y parece, como bien podría haber sucedido, que nunca vayan a encontrarse.

En resumen, una novela sutil, agradable y bien construida, con una sorprendente mezcla de sencillez y sofisticación, carente tal vez de otras pretensiones que las de entretener y divertir, que se lee en un momento y deja en el lector un buen sabor de boca. Y un autor al que habrá que estar atentos, por si alguna más de sus novelas, como sería deseable, se traduce pronto a nuestro idioma.

La mujer de la libreta roja”. Antoine Laurian. Salamandra. 2016. 160 páginas.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 2 de octubre de 2016

LOS CUENTOS DE AMOR DE JUNICHIRO TANIZAKI



Editada una antología de relatos del escritor japonés en el cincuentenario de su muerte.


Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886 – Yugawara, 1965) es uno de los mejores escritores de la literatura japonesa contemporánea. Con Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Kobo Abe, compone el gran cuarteto de la literatura nipona del siglo XX. El conjunto de la producción de Tanikazi alcanza los treinta volúmenes e incluye novelas, relatos, obras dramáticas, ensayos, obras críticas y traducciones, entre ellas las dos que realizó al japonés moderno del gran clásico “El relato de Genji”, de la dama medieval Murasaki Shikibu. Durante cincuenta años, Tanizaki se dedicó en cuerpo y alma a la literatura, con una perseverancia ejemplar, superando iniciales problemas con la censura y alcanzando finalmente un enorme reconocimiento, tanto en su país, donde se lo galardonó con la Medalla de Cultura, como en los Estados Unidos, donde en 1964 fue elegido miembro de honor de la Academia de las Artes y las Letras.

Con motivo de la celebración el pasado año del cincuentenario de la muerte de Tanizaki, la editorial Alfaguara ha publicado en nuestro país una espléndida antología de algunos de sus mejores relatos con el título de “Cuentos de amor”, en una magnífica edición de Carlos Rubio, que ha realizado la selección y firma un completo y didáctico estudio preliminar. La traducción ha corrido a cargo de Akihiro Yano y Twiggy Hirota Estrada. El libro puede ser una buena manera de introducirse en la obra de un escritor que figura, sin duda, en la nómina de los mejores de la literatura universal contemporánea.

“Cuentos de amor” reúne once relatos de Junichiro Tanizaki. Son de diferente extensión y abarcan veintiséis años (1910 – 1936) de la larga y fecunda vida literaria del escritor. Tres han sido, según Rubio, los criterios seguidos en la selección de los relatos: la variedad e interés para el lector moderno, su representatividad en el tratamiento del gran tema del amor en la obra del autor y la condición de inéditas en español de algunas de las narraciones. En ellos, pueden observarse los dos Tanikazis que se distinguen en la introducción del libro: el que en su juventud muestra rendida admiración por lo occidental y el que cultiva exclusivamente asuntos y ambientes japoneses. En términos geográficos se corresponden aproximadamente con un Tanizaki de Tokio y Yokohama, en la región Kanto, y otro de la zona Kioto-Osaka-Kobe, en la llamada región Kansai. Hay un Tanizaki algunas de cuyas heroínas llevan falda, van al cine y bailan ritmos occidentales y otro cuyas heroínas llevan kimono, van al teatro kabuki y prefieren las músicas y tradiciones niponas. En esta antología se recogen sus temas preferentes: el fetichismo, el deseo, la fascinación por la belleza destructora, la caprichosa crueldad de la mujer amada, el refinado erotismo, el ideal de la madre perdida, la cotidianidad doméstica o la pasión amorosa transgresora de las normas imperantes.

El tema del amor no es casi nunca convencional en Tanikazi. Por el contrario, muestra preferencia, y así se observa en casi todos estos cuentos, por las conductas amorosas poco ortodoxas, que en ocasiones casi podríamos calificar como subversivas. Así lo dice Carlos Rubio recorriendo uno a uno los cuentos del libro: “No hay nada más opuesto al tratamiento edulcorado del amor o a las formas más cándidas de novela rosa que la naturaleza amatoria de la narrativa de Tanikazi. Amor destructor en forma de araña asesina de hombres (“Tatuaje”) o de mujer fatal (“El mechón”) o de encanallamiento (“El guapo”), travestismo (“El secreto”), sadismo (“El caso del baño Yanagi”), fetichismo (“Los pies de Fumiko” y “La flor azul”), abandono (“El fulgor de un trapo viejo”), masoquismo (“El caso Crippen a la japonesa”), castidad (“El segador de cañas”), vacío del amor (“La gata, el amo y sus mujeres”), coprofilia (“Los jóvenes”)... perversiones, groseras unas, sutiles otras, todas humanas, del tema universal y eterno del amor". Mención especial puede hacerse del relato “El segador de cañas”, donde se presenta un triángulo amoroso entre un hombre y dos hermanas, una situación vívida personalmente por el autor en su primer matrimonio. Hay otros ingredientes en estos cuentos de Tanikazi: preciosas descripciones, algunas dosis de novela negra, intriga y suspense y, sobre todo, belleza literaria a raudales.

Terminaré diciendo que este libro, de lectura hipnótica y absorbente como pocos, ha supuesto para mí el deslumbrante descubrimiento de un gran escritor. Espero que se traduzcan al español nuevas obras suyas que se sumen a las ediciones ya existentes, que ahora mismo no son demasiado fáciles de encontrar.

Cuentos de amor”. Junichiro Tanizaki. Alfaguara. 2016. 320 páginas.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 25 de septiembre de 2016

SUEÑOS DE TRENES


Sueños de trenes”. Denis Johnson. Literatura Random House. 2015. 144 páginas.

Denis Johnson (Munich, 1949) es en la actualidad un verdadero escritor de culto en Estados Unidos. Nacido accidentalmente en Munich, se crió en Tokio, Manila y Washington y vive actualmente entre Idaho y Arizona, con su familia, alejado de los medios de comunicación y sin conceder apenas entrevistas. Johnson es autor de una obra literaria heterogénea y variada que incluye novelas, libros de relatos y teatro. Destacan sus novelas “Árbol de humo” (National Book Award 2007), “Que nadie se mueva” o “El nombre del mundo” y su colección de relatos “Hijo de Jesús”, de la que en 1999 se hizo una película que los principales diarios norteamericanos consideraron entre las diez mejores de ese año. En 2015 publicó su novela corta “Sueños de trenes”, que hoy reseñamos en esta sección, y acaba de publicar su última novela “Los monstruos que ríen”, ambientada en África y recién editada en España también por Literatura Random House. Ambas están traducidas por Javier Calvo.

“Sueños de trenes” es una narración breve que puede -y casi debe- leerse de un tirón en pocas horas. Cuenta la vida de Robert Grainier, desde su nacimiento en 1893 hasta su muerte en 1968. Grainier es un sufrido pionero, jornalero en la construcción de los ferrocarriles del norte estadounidense próximo a Canadá, cortador de árboles en los grandes bosques, trabajador de aserraderos, que vive en poblados efímeros construidos a pie de obra, que convive con tipos duros y egoístas (“te invito a beber si no tienes dinero, pero no esperes que te salve la vida si, con ello, la mía entra en riesgo”) y con indios alcoholizados. Siempre en trabajos de riesgo y esfuerzo físico, que dejan poco tiempo para pensar e incluso para estar triste. Y eso que Grainier pierde a su mujer y su hija en un devastador incendio que arrasa la región. Un hombre corriente que, a pesar de sus duros trabajos, sólo logra ser dueño de una cabaña con un trozo de tierra, un par de caballos y una carreta. Que supera las desgracias y adversidades con un estoicismo y una dignidad que rozan el nihilismo. Cuya única celebridad entrevista fugazmente fue Elvis Presley, que pasó una vez raudo y veloz en un vagón privado por la estación en que él trabajaba. Grainier encarna toda una época de esforzada lucha contra la naturaleza en la conquista y domesticación de los grandes espacios, que supuso la construcción de un país nuevo y moderno. Una época que termina con él: “Y de pronto todo se volvió negro y aquella época desapareció para siempre”.

Johnson resume admirablemente toda una vida, siempre pobre y modesta, en 144 páginas. Su prosa es sobria y contenida, pero trabajada, pulida y prístina, buscando las frases justas para dar con pocas palabras una idea amplia, sin florituras superfluas ni sentimentalismos, pero con intención profunda y lograda agudeza de estilo. Salvo en el propio Granier, profundiza poco en el resto de personajes, sólo importantes por su acercamiento al personaje principal y protagonista exclusivo del libro. Describe con pocos trazos, aunque con gran belleza literaria, los grandes paisajes del noroeste estadounidense, los bosques, las nubes, su cabaña, los efectos del gran incendio que le arrebató a su mujer y su hija. Hay humor en algún pasaje del relato, como cuando Grainier se encuentra con un hombre que dice haber sido disparado por su perro. La novela empieza sin presentación previa de los personajes, cuando un grupo de jornaleros de la construcción del ferrocarril se dispone a tirar de un puente abajo a un chino que también trabaja en la obra. Hay pasajes de posible realismo mágico -algún crítico ha hablado de nihilismo mágico-, sobre todo en las referencias a la chica-lobo que se mezclan con las alucinaciones del solitario Grainier.

Son muchas las influencias o conexiones literarias que pueden establecerse respecto a esta novela. A mí me ha recordado a la magnífica "Butcher's Crossing”, de John Williams, que reseñamos aquí no hace mucho y me gustó aún más que esta. La crítica ha vinculado “Sueños de trenes” con las novelas de Herman Melville, Nathaniel Hawthorne o Cormac MacCharty, y hasta con las películas de Terrence Malick o las baladas de Johnny Cash y otros grandes autores de la música country norteamericana.

“Sueños de trenes” es una magnífica novela corta, densa, bien escrita y muy entretenida; pero triste y cargada de un profundo sentimiento trágico de la vida.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 11 de septiembre de 2016

APÓSTOLES Y ASESINOS

Apóstoles y asesinos”. Antonio Soler. Galaxia Gutenberg. 2016. 440 páginas.

“Apóstoles y asesinos” es la última novela de Antonio Soler (Málaga, 1956). El escritor malagueño es autor de una docena de obras narrativas, entre las que destacan “Las bailarinas muertas” (Premio Herralde y Premio de la Crítica en 1996), “El camino de los ingleses” (Premio Nadal en 2004) o su penúltima novela “Una historia violenta” (2013). Ahora, con “Apóstoles y asesinos” Soler recrea la vida del mítico líder anarcosindicalista catalán Salvador Seguí (1886 – 1923), más conocido como El noi del sucre. Y, de paso y de manera muy documentada, nos presenta un extraordinario friso social de la Barcelona convulsa, obrera y violenta de las dos primeras décadas del siglo XX.

Podríamos decir con bastante propiedad que “Apóstoles y asesinos” es un libro de historia contado como una novela. Y que se lee con la fluidez y amenidad de una buena novela. El narrador es el propio autor y cuenta su relato en tercera persona, mirando hacia atrás desde los tiempos actuales. A pesar de algunas, tal vez sorprendentes, referencias por similitud a Johnny Deep, Scorsese o Coppola, el narrador apenas opina y busca y consigue la mayor objetividad y el máximo rigor histórico en su relato. El eje central es la vida de El noi del sucre, pero son muchos los personajes que aparecen en la novela y algunos adquieren un gran protagonismo. Así ocurre con tres grandes figuras de la política catalana de la época: Lluís Companys, Francesc Layret y Ángel Pestaña. Con los dos primeros mantuvo Seguí relaciones de amistad y compartió destino trágico. Como Pestaña, militó en el anarcosindicalismo y en la CNT; aunque ambos pasaron de un inicial distanciamiento personal a una coincidencia en el alejamiento y rechazo de la violencia y una progresiva aproximación a la política.

Porque el libro muestra también la evolución sindical de Salvador Seguí, desde sus radicales posiciones juveniles a unos postulados cada vez más pacíficos y conciliadores. Sin abandonar jamás su compromiso obrero y la defensa inquebrantable de los derechos de su clase social, entendió la inutilidad de la violencia y de la acción directa de algunos de sus correligionarios y consideró que la liberación obrera debía estar indisolublemente unida a la formación cultural de los trabajadores. Él mismo, pese a sus humildes orígenes y su oficio de pintor de paredes, fue un buen lector, un hombre de una elocuencia proverbial y un colaborador asiduo de la prensa anarcosindicalista de la época. Si hubiera llegado a participar en política, como hizo posteriormente su compañero Pestaña, es algo que su muerte violenta nos impidió saber. La muerte de Seguí está anunciada por el narrador desde el inicio del libro y son magistrales las páginas en que se narra su asesinato en las calles del Raval barcelonés.

La otra gran protagonista de “Apóstoles y asesinos” es Barcelona, una ciudad absolutamente convulsa y violenta en ese periodo inicial del siglo XX. Una ciudad industrial donde prendió como en ningún otro lugar la llama del anarquismo y donde los asesinatos callejeros se sucedían a diario, tanto por causa de la feroz represión gubernamental, dirigida por personajes tan siniestros como Martínez Anido o Miguel Arlegui, como por los pistoleros a sueldo del sindicalismo amarillo o de algunos anarquistas aficionados a los atentados con pistola o bomba. Una imparable espiral de violencia y sangre. El libro cuenta los episodios que se suceden en la ciudad o la repercusión e influencia que en ella tienen los ocurridos en otros lugares: el incipiente catalanismo de la Lliga Regionalista, la Primera Guerra Mundial, la larga huelga de La Canadiense, la Semana Trágica, la Revolución rusa, la aplicación de la ley de fugas, el nacimiento de la FAI o los momentos previos a la inminente dictadura del general Primo de Rivera. El relato apenas abandona la ciudad condal. Sólo visita Mahón, en la isla de Menorca, donde Seguí y otros anarquistas fueron deportados por un tiempo, o acompaña a Madrid a los anarquistas catalanes que van a asesinar al entonces presidente del gobierno Eduardo Dato.

La dicotomía del título del libro muestra la doble cara del anarquismo español. La tremenda violencia urbana de esos años en la ciudad condal preludia y ayuda a entender mejor la posterior Guerra Civil española y su inusitada crueldad. Antonio Soler cuenta con oficio literario y rigor histórico un periodo importante de nuestro pasado. La vida de Salvador Seguí sirve para presentar de manera bastante completa el contexto histórico del momento y la cruenta realidad social de la Barcelona obrera del primer cuarto del siglo XX.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 4 de septiembre de 2016

UN VERANO CHINO



Un verano chino”. Javier Reverte. Plaza & Janés. 2015. 256 páginas.

Javier Reverte (Madrid, 1944) es posiblemente el mejor escritor español actual de literatura de viajes. Son magníficos los relatos de sus recorridos por Centroamérica, África, Grecia, el Amazonas, Alaska, Irlanda o Roma, algunos de los cuales han sido reseñados en esta sección. Su libro más reciente es “Un verano chino” que, con el subtítulo de “Viaje a un país sin pasado”, ha sido publicado como es habitual por Plaza & Janés .

Javier Reverte, que ya había estado en China en dos breves visitas anteriores, en 1978 y 1987, realizó en 2012 un largo viaje de dos de meses que ha recogido ahora en forma de libro. Acompañan al escritor madrileño su amigo catalán Pere Boix y la simpática guía local Xiao, una joven a quien desagrada su país de origen (“Mi país es feo de cojones”) y que dice sentir más atracción sexual por las mujeres que por los hombres, aunque a lo largo del libro se comprobará que eso no parece del todo cierto. El viaje se inicia en Pekín y termina en Shangai, y tiene como objeto principal seguir el curso del río Yangtsé, el cuarto más largo de la Tierra, tras el Amazonas, el Nilo y el Missouri-Mississipi. Como ya vimos antes con el Congo, el Amazonas o el Yukon, Reverte muestra de nuevo su interés particular, casi fijación, por los grandes ríos y, en especial, por sus desembocaduras. “Hay pocos lugares en donde pueda sentirse con tal intensidad la hermosura del mundo y la vehemencia del existir como en el violento encuentro de un gran río con un inmenso océano”.

Si Pekín era en 1978 una urbe pobre, de humildes casas bajas en que la gente se desplazaba andando, en carromatos o en vetustos autobuses de fabricación rusa y en 1987 estaba invadida por millones de bicicletas; en 2012, la capital china es una gran urbe que ronda los veinte millones de habitantes, con enormes rascacielos, puentes, grandes avenidas y abundancia de coches de reciente matriculación, en su mayoría japoneses, y modernos y potentes autobuses. El viajero constata que ahora en el tráfico de las grandes ciudades chinas reina el caos y la ley del más fuerte, con la prioridad de los vehículos más grandes sobre los pequeños. Así, cruzar la calle se convierte en una peligrosa aventura porque la preferencia nunca es del peatón y los policías de tráfico suelen ser meras figuras decorativas. “En China la única policía que se toma en serio su trabajo es la política”.

Burlando los controles policiales, Reverte y sus compañeros penetraron en el Tíbet, casi siempre cerrado al tránsito de los turistas, para acercarse al nacimiento del Yangtsé, casi el único lugar en que el río se libra de la contaminación, una constante creciente en el país, tanto en las aguas de los ríos como en los cielos de las grandes ciudades. Siguiendo el curso del Yangtsé, cuya traducción literal al español sería “río largo”, los viajeros visitan las impresionantes gargantas del Salto del Tigre, con los rápidos más peligrosos del planeta. Después, el río se domestica y su ribera se llena de monstruosas e infernales megalópolis (“Hay ciudades en las que no ves el sol ni cuando sale”) hasta su hermosa desembocadura en el Pacífico.

Tras la lectura del libro, queda claro que la China actual no atrae para nada a Javier Reverte. La sociedad china, salvo alguna cultura minoritaria de aquel inmenso país, parece haberse entregado con desmedida y ciega sumisión al progreso y al desarrollo incontrolados, sin que parezca importarle demasiado el coste que eso pueda tener en el futuro. Eso sí, en China hay ya muchísimos millonarios a quienes gusta exhibir el lujo y tener amantes como corresponde al nuevo estatus. En Pekín y Shangai hay más ferraris que en cualquier capital occidental y no eres nadie si no tienes un iPhone de última generación. Pese a ello, Reverte constata que los chinos carecen de educación, se cuelan por la cara siempre que pueden y siguen escupiendo con descaro y alevosía a cualquier hora por las calles.

Como es habitual, Javier Reverte ilustra su viaje con didácticos pasajes referidos a diversos episodios de la historia reciente del país: la revuelta de los bóxers, la guerra civil entre Mao Tsé Tung y Chiang Kai-shek, la guerra chino-japonesa y las horribles matanzas cometidas por los nipones o la vida de Mao y los años del maoísmo. También siguiendo su costumbre, hay en “Un verano chino” algunas referencias literarias, destacando las del libro que en los años veinte del pasado siglo escribió sobre su estancia en China el escritor estadounidense Somerset Maugham.

En resumen, otro interesante y ameno libro de viaje de Javier Reverte. Aunque esta vez el país visitado, salvo la singular y “menos china” ciudad de Shangai, no ha logrado seducir al escritor y viajero.

Carlos Bravo Suárez


lunes, 29 de agosto de 2016

GRAUS EN NOVIEMBRE DE 1794


Entre los años 1793 y 1795 tuvo lugar la llamada Guerra contra la Convención que enfrentó a Francia y España. El conflicto tuvo su origen en el triunfo de la Revolución Francesa que se había producido en el país vecino en 1789. Las ideas anticlericales y antimonárquicas de la Revolución y la muerte en la guillotina del rey Luis XVI, primo del monarca español Carlos IV, pusieron en alerta a la Corona española. La nobleza y el influyente y beligerante clero español intentaron, y en un principio consiguieron, la movilización popular apelando sobre todo a la defensa de los valores religiosos y monárquicos que veían amenazados por el expansionismo ideológico de los revolucionarios franceses.

La guerra fue corta y su escenario geográfico se limitó a las regiones fronterizas entre los dos países. Tuvo especial incidencia en Cataluña y el País Vasco, pero también hubo algunas escaramuzas de poca intensidad en el Pirineo aragonés. Estos episodios en la parte central de la cordillera han sido ampliamente estudiados por José Antonio Ferrer Benimelli y, siguiendo sobre todo sus informaciones, yo mismo escribí en el Llibré del año pasado un artículo sobre la repercusión de esta guerra en nuestra comarca ribagorzana. No hice, sin embargo, referencia en esa colaboración a “Viaje por el Alto Aragón. Noviembre del año 1794”, que en 1997 publicó en la editorial La Val de Onsera el recientemente fallecido León J. Buil Giral. En estas líneas voy a centrarme en dicho libro y en las páginas que en él se dedican a nuestra villa de Graus.

En “Viaje por el Alto Aragón”, y tras una muy interesante y necesaria introducción, León Buil transcribe, con algunas notas a pie de página, un informe manuscrito que se halla en la Biblioteca de Palacio y del que el historiador Ricardo del Arco dio la primera noticia. Aunque Buil no lo precisa, suponemos que se trata de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, lugar de residencia de los reyes de España en aquel tiempo. El informe relata, a modo de diario, un viaje realizado por el Alto Aragón en el mes de noviembre de 1794. Aunque el francés Max Dumas, en su “La vie rurale dans le haut Aragón oriental” de 1976, atribuye el informe al Teniente visitador Bernardo López, León Buil argumenta que su autor fue probablemente Francisco de Zamora, que actuaría como enviado real para informar del estado de las defensas en las poblaciones altoaragonesas, sobre todo en las pirenaicas y más próximas a la frontera, con motivo de la Guerra contra la Convención que se había declarado en el mes de marzo del año anterior. El informante, que parece ajeno a la geografía aragonesa y posiblemente fuera de origen castellano, muestra una cierta formación ilustrada y estaría dotado de una fortaleza física notable, pues realiza en un mes un intenso y rápido viaje por los difíciles e incómodos caminos de herradura de aquel tiempo. Sus principales preocupaciones son informar de la situación del ejército en los lugares donde hay guarnición y constatar sobre el terreno los medios económicos y defensivos aprovechables en caso de que la guerra llegara a extenderse. No menos importante es comprobar “la receptividad que encontrarían entre la tropa, y entre los paisanos, las doctrinas de la Convención y la adhesión a la religión católica y a su Católica Majestad”.

El viaje se inicia el día 1 de noviembre en Monzón y termina en Jaca el día 30 de ese mismo mes. El comisionado real llega a Graus el 10 de noviembre, procedente de Barbastro, desde donde dice que se tarda seis horas en llegar a nuestra villa, tras hacer una parada en Artasona y pasar por La Puebla de Castro. Las notas que escribe sobre Graus muestran cierto desorden y hay alguna información no del todo comprensible. Hay que tener en cuenta que, según explica León Buil en su prólogo, el texto parece tener al menos dos amanuenses y uno de ellos escribe con ortografía y caligrafía bastante deficientes. Con la intención de que su lectura resulte más fácil y comprensible, he ordenado aquí las notas de manera algo diferente a como aparecen en el informe, y he entrecomillado sus transcripciones literales.

Se dice de Graus que “tiene 400 vecinos”, que hay que entender como casas o familias, y que estos son “bastante aplicados e industriosos”. Sobre su ubicación, el informante escribe que “esta villa está situada al pie de un elevado y escarpado monte, entre el cual y el río Ésera está el pueblo”, que “por eso es muy corto para edificios” y carece de ellos. Pero, “aunque está encerrado entre montes”, tiene delante “una veguita bien arbolada de moreras que la hacen agradable”. Estas moreras, que “se plantan en las lindes de los campos a seis pasos”, no se podan, sino que sólo “se limpia lo seco” y, “si no se hielan, se hacen eternas y dan mucho”. De ellas se extraía bastante seda a través de la cría de gusanos. Esta pequeña industria perduró hasta años más tarde en algunos pueblos de la comarca. Así ocurrió en Torres del Obispo, como indica el historiador local Ramón Burrel en su historia del lugar publicada en 1899.

De otros productos agrícolas fundamentales, se dice que en Graus “el vino abunda mucho, se coge algún aceite” y “le falta trigo”. También habla de las patatas y explica que “fueron los alemanes que cultivaron la mina de cobalto” quienes “introdujeron en Benasque y en Plan el uso de las trufas o criadillas que han sacado el hambre en esta montaña”. Como bien matiza León Buil en una nota a pie de página, el término para referirse a las patatas no debería ser trufas sino “trunfas”, que es como las gentes de la zona llamaban hasta hace bien poco a las patatas. El cultivo de la patata, que sustituyó en buena medida al de los nabos, se extendió por las zonas de montaña altoaragonesas en el último tercio del siglo XVIII, y fue probablemente decisivo para erradicar el hambre todavía bastante frecuente en estas regiones. Sobre la ganadería solo se dice en el informe que “trashuman los ganados de los montes de Aragón a la tierra baja y la lana es de última”. Lo cual parece significar que se trataba de una lana de fibra corta que se utilizaba en tejidos bastos.

El enviado real escribe que “en una hora de circunferencia de Graus hay 19 o 20 lugares de 15 o 20 casas”. Deduce de ello que “así la agricultura está en buen pie”, a pesar del “mal terreno y no tan buen temple como la tierra baja”. Y concluye, según el criterio general de los ilustrados españoles, que “esto indica que la montaña de Aragón es lo más poblado de este Reino”. Es posible que, como hace notar el editor en su nota, eso no se ajustara ya a la realidad, pues según los censos de la época los lugares más poblados se encontraban en la vegas de los ríos. Tal vez la abundancia de pequeños pueblos muy próximos entre sí pudiera hacer pensar en una mayor población en las zonas de montaña, aunque estas, obviamente, estaban entonces mucho más pobladas que en la actualidad.

En lo industrial, el informe destaca que en Graus “hay muchas fábricas de aguardiente que llevan a Reus”, hasta donde hay “cuatro días de camino”. También había dos acequias: “una del Ésera para los molinos y huertos, y otra de otro arroyo para los papeleros”. De estos, dice que “hay uno y se va a hacer otro”. De hecho, unos cincuenta años más tarde, en el famoso Diccionario de Madoz de mediados del siglo XIX, se recoge la existencia en Graus de varios molinos harineros, dos fábricas de papel y una máquina para aserrar madera. Francisco de Zamora (aceptemos como tal la identidad del viajero) también indica que en la villa “hay algunos curtidores que trabajan bien con corteza de quejigo” y que “las piezas las traen de Barcelona”. Como señala Buil en una nota, se traían pieles en bruto que, una vez secas, eran curtidas en Graus con sales de alumbre y extractos de quejigo, fabricándose badanas, cordobanes y suelas. Las cortezas de roble o quejigo se usaban para la preparación de taninos, sustancias orgánicas que servían para convertir en cuero las pieles crudas de animales. El viajero anota también que en Graus “hay un proyecto para elevar la acequia del Ésera, con lo que se aumentará el riego y la proporción [de agua] para las fábricas”.

La descripción física de Graus es algo breve y apresurada: “Las calles son bastante buenas para pueblo, y la plaza graciosa”. “Hay un convento de dominicos, con una iglesia y portada de buen tiempo”. “El puente de arriba lo arruinaron los franceses en la Guerra de Sucesión, pero sin embargo es fácil y útil recomponerlo, el otro es bueno”. En la Guerra de Sucesión, que tuvo lugar en España a principios de ese siglo XVIII, Graus tomó partido por el Archiduque austriaco y fue ocupado por las tropas borbónicas que lo saquearon y causaron, entre otros destrozos, el del citado puente de Arriba. Sin embargo, este ya estaba arreglado en época de Madoz, pues en su Diccionario se citan los dos puentes de sillería existentes sobre el río Ésera en los dos extremos de la villa.

El informador real indica que “hay una iglesia, la Virgen de la Peña, y sobre la peña está un peñón amenazando de ruina que llaman el Morral”. Y sentencia: “Destruirá Graus y quizá no tardará mucho”. Añade que “la ermita de la Virgen no vale nada”. Y queda aquí la duda de si se refiere, como parece, a lo que una línea antes ha llamado iglesia o alude a la actual ermita de San Pedro o a alguna otra tal vez hoy desconocida. Hay que tener en cuenta, por otro lado, que el interés del informante no sigue en ningún caso criterios estéticos o artísticos, como ya hemos visto con el uso del único adjetivo “graciosa” con que se refiere a la plaza grausina, sino casi exclusivamente militares y defensivos en caso de guerra. Así se pone de manifiesto cuando, después de hacer una escueta referencia a que en la villa “predicó San Vicente Ferrer”, señala que “hubo castillo sobre Graus y estuvo cercado: todo lo hemos abandonado y todo no servirá para detener al enemigo”.

El comisionado real destaca que “son singulares los edificios en Graus que se reducen a unas paredes de adobes”, que tienen “una duración de cinco siglos”. También señala que “hay aulas de estudio de gramática” y que “esto se puede mejorar aprovechando el edificio de los jesuitas que no tiene destino y se hundirá”. Y añade: “Graus por su situación y lugar del contorno podía tener un buen colegio de educación”.

En cuanto a la historia del pueblo, en las breves notas se recoge que “se han hallado en Graus algunas monedas romanas en tanta abundancia que se llegaron a fundir por los caldereros”. Se añade que “la voz Graus, gradus, indica que les sirvió a ellos”. Parece querer decir que a los romanos les sirvió el lugar, que les fue grato, de su agrado. En otra nota se dice que “en lo antiguo Graus fue comerciante; le llamaban edoseta; y decían, de los de Graus, guardaus”. No he oído nunca el término “edoseta”, ignoro si Graus fue llamado así en otros tiempos o si se trata de una transcripción errónea de otra palabra, pero tampoco se me ocurre cuál pudiera ser.

Sobre las personas que el comisionado conoció y visitó en Graus, destaca sobremanera Don Vicente Heredia Bardají (que él escribe Bardagí). Transcribo íntegras las notas que se dedican en el informe a este ilustrado grausino, naturalista, autor de varios libros y catedrático de la Universidad de Huesca: “Vi algunas casas y vecinos en Graus y son de buena educación y estado”. “Vi en casa de Vicente Heredia: Essai sur Mineralogie des Monts-Pirenees, suivé de un catalogue des Plantes observées dans cette chain de montagnes. Paris chez Di (…) 1681”. “Graus era muy pobre hasta que se introdujo la aplicación e industria. Todo se debe a Don Vicente Heredia. Este tiene una huerta regada con la cuerda infinita”. Según León Buil, la cuerda infinita sería una noria circular de cangilones. Es obvio, por otro lado, que sorprende gratamente al viajero ilustrado encontrar un libro de ciencia escrito en francés en casa de don Vicente.

Además de a Vicente Heredia, el enviado real trató en Graus a “Don Antonio Altamir y Cistué, Hermano de la Orden, a Doña Josefa Bardagí y al Barón de San Román”. Parece claro que el apellido del primero sería Altemir y no Altamir, como se transcribe en las notas. Un poco más abajo se añade que “el ingeniero bizco que conoce mejor los Pirineos se llama Don Josef Talk” y que “el brigadier bueno es Don Landelino Colens”.

Francisco de Zamora añade una escueta pero elocuente nota sobre la tibia religiosidad de los grausinos y la receptividad de estos ante posibles movilizaciones en caso de hacerlas la guerra necesarias: “Sobre mi objeto nótese: Que no oyen misa, etc. Que el paisanaje está propicio y que serviría bien manejado con tino”.

El siguiente día, 11 de noviembre, todavía estuvo en Graus el comisionado durante toda la mañana. Se dedicó a informarse sobre el asunto militar que tanto le importaba y, más, habida cuenta de que la villa contaba en ese periodo de guerra con una pequeña guarnición militar. Primero visitó el Hospital Militar: “Por la mañana vi en Graus el Hospital Militar que está en casa que fue de los jesuitas: es capaz el edificio y medianamente cuidado”. Luego añade la parte más crítica de su informe: “Otro de los desórdenes del ejército es el cobrar raciones y no tener caballos, o al menos por lo que cobran. Pero lo que tiene estropeado y agraviado al país es el que estos oficiales que cobran raciones, sacan bagajes; y los sacan otros para mujeres, algunas putas, y los sargentos y otras clases deben ir a pie en sus cuerpos”. O sea, que los oficiales cobraban para que el ejército tuviera caballos pero ellos se lo gastaban en mujeres y, por esa causa, los sargentos, cabos y soldados tenían que ir a pie.

A mediodía, el viajero salió de Graus en dirección al norte: “Después de haber comido, salí de Graus para Campo que dista seis horas. Vi a la derecha el lugar de Torre de Ésera y a su izquierda Torre de Bato [sic], ambos pueblos de 18 casas”. Luego pasó por Perrarruga [sic], Santa Liestra y Murillo de Campo (así denominado y no Murillo de Liena) y continuó subiendo hasta el valle de Benasque donde, por su condición fronteriza, demoró algo más su estancia y elaboró un informe más extenso. Después, el recorrido continuó por el norte en dirección al oeste hasta terminar, un mes más tarde de haberse iniciado, el día 30 de noviembre de 1794 en la ciudad de Jaca.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en El Llibré de las Fiestas de Graus 2016)