El
escritor extremeño pone a contarse historias a siete personajes atrapados en un
pequeño hotel de montaña durante la Filomena de 2021
Luis
Landero (Alburquerque, 1948) es uno de los mejores y más reconocidos escritores
españoles actuales. Trabajó en diferentes oficios desde los catorce años, fue
guitarrista, estudió Filología Hispánica y dio clases en varios institutos madrileños.
Desde su deslumbrante debut con “Juegos del amor tardío” en 1989, el escritor
extremeño, afincado en Madrid, ha recorrido una larga y brillante trayectoria
literaria que incluye una docena de novelas, algún ensayo y un par de relatos
de memorias autobiográficas. Dos años después de “La última función”, Landero
acaba de publicar, como siempre en Tusquets, “Coloquio de invierno”, una novela
en la que vuelve a poner de manifiesto su maestría como narrador y contador de
historias.
“Coloquio
de invierno” transcurre durante cuatro días del mes de enero de 2021; desde la
noche del día 8 hasta la mañana del 11, cuando siete viajeros se quedan
aislados en un pequeño hotel de montaña por la borrasca Filomena que azotó España
en esas fechas. Incomunicados y sin cobertura, tras la cena, los siete
comensales, que ya se han presentado entre ellos, “sin saber qué hacer ni qué
decir, se quedan como alelados, viendo nevar, sintiendo el lento, el anodino,
el fastidioso y desesperante transcurrir del tiempo”. Entonces, evocando
tiempos antiguos, cuando no había internet, ni radio, ni televisión, y la gente
se arrimaba al fuego para conversar hasta la hora de dormir, deciden hacer lo
mismo y contarse historias, cosas que les hayan pasado o hayan oído o que ellos
mismos se inventen. “Lo mismo que hicieron aquellos jóvenes, también
confinados, a los que Boccaccio hace hablar maravillas en el ‘Decamerón”’.
Al
inicio del libro, se presenta a los personajes que se encuentran en el hostal y
van a participar en el coloquio. De ellos, solo se nos dice su nombre y primer
apellido y su profesión: un médico, un periodista, un comandante de Caballería,
un empleado de ferrocarriles jubilado, un profesor de diversas materias, una
profesora de Filosofía y una librera; estas dos últimas, compañeras de viaje. A
estos, se suman Jimena y Eladio, la pareja que regenta el establecimiento. El
libro se divide en capítulos cortos que dan título a las historias que se
cuentan: “Historia de un instante”, “Licor de menta”, “Time’s Up”, “El hombre
que perdió un mechero y encontró un perro” y “Verano del 69”. Cada una de estas
historias se reparte en varios capítulos, pues los relatos se interrumpen y se
retoman en momentos diferentes e incluso se intercalan unos con otros. Además,
hay varios capítulos que, bajo el epígrafe de “Glosas”, incluyen diálogos y reflexiones sobre temas diversos (el amor,
los celos, la nostalgia…) que impregnan las historias contadas.
En los
relatos encontramos historias diversas, unas vividas y otras escuchadas o
conocidas por quienes las cuentan; unas más realistas y verosímiles y otras más
fantasiosas o inventadas. En ellos aparecen personajes interesantes como Fausto
Monroy y Claudio Bermúdez (don Claudio); el primero, impulsivo y atrevido; el
segundo, racional e ilustrado; enfrentados por el amor de Valeria y víctimas de
los rumores, conjeturas e infundios que sobre ellos fue extendiendo el mismo
barrio madrileño de Arganzuela en que vivían. O el tío de Monroy, llamado
Servando, “que merecería una novela para él solo”, un hombretón rural,
pendenciero, fuerte y temido por todos, que robaba ganado como los cuatreros
del oeste americano. O Ginés, el ferroviario jubilado que cuenta la extraña
peripecia que vivió el día que iba a casarse con Lolita. O las confesiones
íntimas, el sentimiento de culpa y el arrepentimiento y miedo presentes por sus
juegos seductores con una de sus alumnas menor de edad que explica el profesor
Martín. Y no digamos el inolvidable personaje Eloy, que, sin ser un vagabundo,
quiso romper con todo e irse a vivir a un banco de un parque madrileño.
Permanecen en la memoria del lector los personajes del relato “Verano del 69”:
don Leandro, que había sido guitarrista flamenco con el nombre del Niño Leandro
(obsérvese la relación fonética entre Leandro y Landero y recuérdese la
condición de guitarrista del escritor en sus años mozos) y el grupo con el que
actuó aquel verano y que componían el entonces famoso bailaor extremeño Roberto
Iglesias, una aristócrata polaca conocida como la princesa Tatiana y los
bailaores gitanos Joaquín Mérida y su novia Conchita. El relato, hermoso y
trágico, no tiene desperdicio.
“Coloquio
de invierno” es una reivindicación y una añoranza de las historias que se
cuentan oralmente, de las conversaciones sosegadas, relajantes y sustanciosas,
tan inusuales en los tiempos modernos, siempre impelidos por la prisa y lo
inmediato. Solo el aislamiento por la tormenta y la falta de cobertura en sus
móviles permite a los personajes disfrutar de esa oralidad tranquila, tan
presente en la literatura desde “Las mil y una noches”, “El Decamerón” o en las
posadas y las ventas del “Quijote”. Y lo hacen con la cadencia y el vocabulario
tan rico, y a veces casi añejo, de la prosa que Landero pone en sus bocas.
Quizás ya nadie habla como ellos, pero el escritor extremeño tiene como bandera
su amor y cuidado por el lenguaje y la palabra. “Coloquio de invierno” es, tal
vez, la novela más cervantina de nuestro escritor más cervantino. Un valor
siempre seguro de nuestra literatura.
“Coloquio
de invierno”. Luis Landero. Tusquets. 2026. 312 páginas







