sábado, 17 de septiembre de 2022

LA VOZ DE ENTONCES


Desde sus inicios literarios hace más de veinte años, Berta Vías Mahou (Madrid, 1961) ha ido desarrollando una larga trayectoria como escritora. Licenciada en Historia Antigua, también es una destacada traductora del alemán, lengua de la que ha traducido al español a autores como Ödön von Horváth, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Joseph Roth o Goethe. Ha publicado las novelas “Leo en la cama” (1999), “Los pozos de la nieve” (2008), “Venían a buscarlo a él” (2010; Premio Dulce Chacón 2011 de Narrativa Española), “Yo soy El Otro” (2015; XXVI Premio Torrente Ballester de Narrativa y Prix Transfuge) y “Una vida prestada”(2018), el ensayo “La imagen de la mujer en la literatura” (2000) y los libros de relatos “Ladera norte” (2001) y “La mirada de los Mahuad” (2016). Ahora, de nuevo en Lumen, como en sus últimos libros, acaba de publicar “La voz de entonces”, una estupenda y singular novela que, por si aún no lo estaba, consagra a la escritora madrileña como una de las más destacadas de la literatura española actual.

“La voz de entonces” narra, en una mezcla de realidad y ficción, la historia de la familia de la escritora. Una historia que abarca prácticamente un siglo: desde los estertores de la presencia colonial española en Puerto Rico y Cuba hasta el vislumbrar de la recuperación democrática en España tras la muerte de Franco. Los capítulos, que tienen en buena medida autonomía narrativa por sí mismos, constituyen diferentes secuencias con voces femeninas directrices, (todas menos la primera son de la saga femenina de la familia), que recuerdan diferentes momentos de la historia familiar de los Vías. Podríamos decir, siguiendo algunas referencias hechas por ella misma, que Berta Vías es una escritora de ficción con documentados trasfondos históricos. Para esos momentos históricos no es necesario incluir fechas en el relato, pero son evidentes las alusiones a algunos de ellos: la España finisecular y el final del imperio español, la guerra del Rif en Marruecos con el desastre de Annual (donde muere un joven militar de la familia), la Segunda República, la Guerra Civil, el Franquismo, el desarrollismo de los sesenta y, ya asomando, los albores de la democracia tras la muerte del dictador.

El primer capítulo del libro, titulado “La última fuga del esclavo Lino”, es por sí solo un magnífico relato que puede leerse de manera independiente. En voz de una joven mujer conocemos la existencia de Lino, “propiedad de don Juan Vías Paloma, dueño con un par de asociados, el uno nacido en Sitges y el otro en Tossa de Mar, de un ingenio dedicado a la siembre y molienda de caña de azúcar: la Hacienda Constancia”. Lino, traído de África, se ha escapado ya doce veces de la hacienda y ahora está retenido bajo la vigilancia de la joven narradora. Don Juan Vías Paloma, de origen catalán, está casado con doña María Isidora Ochotoco Monclova, de origen vasco. Con valentía y sin la falsedad ni la voluntad de ocultamiento tan frecuentes en estos casos, Berta Vías aborda la existencia de esclavos negros en la hacienda de sus antepasados. Así lo atestigua la narradora del capítulo: “Y es que la mayoría de los traficantes de esclavos, los negreros, eran catalanes. Pero también hoy en día muchos de los hacendados y comerciantes españoles aquí, en el Caribe, lo son, como el señor Vías Paloma y sus dos socios, como mi marido y como yo misma. O vascos, como el padre de doña Ysidora y su socio. Aunque también hay canarios, mallorquines y gallegos, además de franceses, norteamericanos, irlandeses y corsos”.

Sin embargo, los vientos cambian deprisa y crecen las voces para abolir la compra venta de esclavos y la esclavitud misma. Los hijos de los citados dueños de la hacienda se vuelven antiesclavistas y la familia Vías, que luego se irá a vivir a España (magníficas las descripciones de la casa familiar de la calle Hermanos de Bécquer en Madrid), se convierte en una familia burguesa, con militares, abogados, arquitectos… pero a la vez progresista, cosmopolita y librepensadora. Con un agudo toque anticlerical que se pone de manifiesto en varios momentos del libro. Así conocemos los pasquines de la niña Pepita, los celos del señor Vías, casado con una mujer muy guapa y de vestimenta demasiado atrevida para la época, los soliloquios de la bisabuela Vicenta, las tribulaciones de María del Carmen y los domingos con la prima Julieta. Cerca de la casa en la que pasaban el domingo los miembros de la familia, se hallaba la Maternidad de Peñagrande, regentada por monjas, donde había un internado para madres solteras menores de edad que desde las rejas de sus ventanas hablaban a veces con las tres niñas burguesas de los Vías que quedaban fascinadas por los relatos de las reclusas: “Nada más entrar en aquel centro, al parecer, las monjas insistían para que, en cuanto parieran, las menores entregaran sus bebés a alguna pareja estéril. Que era lo mejor para ellas y también para los niños, alegaban para persuadirlas. Son unas ladronas, exclamó en una ocasión una de las chicas. Ladronas de bebés…”. Veremos luego a la prima Julia vivir una situación biológica parecida, pero en un contexto cultural y social distinto al de las desgraciadas niñas de la maternidad.

Berta Vías escribe con una prosa magnífica. Entrecortada a veces, pero siempre exacta y fulgurante, con elegante y certero hilo sintáctico y argumental. Prestando siempre gran atención al vocabulario, riquísimo, y con cierta nostalgia por un léxico ya desaparecido. Lo dicho: por si quedaba alguna duda, Berta Vías Mahou acaba de consagrarse con esta novela, “La voz de entonces”, como una de las voces actuales más importantes de nuestra literatura. 

“La voz de entonces”. Berta Vías Mahou. Lumen. 2022. 208 páginas.

viernes, 9 de septiembre de 2022

LA HISTORIA DEL GAS DE CENTENERA


En estos tiempos convulsos de nuevos conflictos y complejas dependencias energéticas, me ha parecido oportuno recordar en estas páginas el hallazgo que se produjo en la década de los sesenta del pasado siglo XX en la localidad ribagorzana de Centenera. En 1967, en Centenera, localidad próxima a La Puebla de Fantova, y hoy perteneciente al municipio de Graus, se encontró gas. Eran los tiempos de los llamados “petroleros”, cuyos camiones de color verde surcaban las sinuosas carreteras ribagorzanas y de muchos otros lugares de España. Con los petroleros trabajaron muchos grausinos y ribagorzanos que recorrieron buena parte de la geografía de nuestro país en busca del cotizado “oro negro”. Los resultados no fueron demasiado productivos, pero en varios lugares afloraron algunos yacimientos de gas. Uno de ellos fue Centenera.

Centenera es un pueblo de estructura medieval, con su caserío apiñado en torno a una calle. La iglesia parroquial se levanta solitaria, y separada del conjunto, en la parte baja del lugar. A mediados del pasado siglo, Centenera contaba con dieciséis casas abiertas. Luego, como en tantos otros lugares, la emigración produjo un efecto devastador. Sin embargo, sobre el papel, la localidad nunca estuvo deshabitada del todo. Eso se debió al empeño de la familia Serena y alguna otra más que, aunque ya no vivían en el pueblo, siguieron, contra viento y marea, empadronados en él. A principios del presente siglo, llegaron a Centenera una familia galesa (una pareja con dos hijos) y algunos holandeses. Después, se fueron estableciendo allí nuevos pobladores, procedentes de distintos lugares de Europa, que compraron algunas casas en el pueblo. Actualmente, según el censo de 2021, hay quince personas empadronadas en Centenera.

Pero volvamos a aquel año de 1967 en el que Centenera fue centro de actualidad por el descubrimiento de un filón de gas en su término municipal, no muy lejos de su caserío, en la zona denominada La Planera. La noticia corrió como la pólvora y los medios de comunicación regionales y no pocos nacionales se hicieron eco del suceso. El Heraldo de Aragón mandó a Graus y a Centenera a Alfonso Zapater, uno de sus periodistas más destacados de aquel tiempo. Zapater publicó en el Heraldo varios artículos sobre la importancia del hallazgo producido en nuestra comarca. En el primero de ellos, explica sus dificultades para llegar a Graus, el secretismo que se encontró en el lugar de la prospección y las fundadas expectativas que pareció despertar el descubrimiento. En el segundo, Zapater sitúa ya en los años treinta el conocimiento de la existencia de gas en Centenera, cuando un pastor de la zona descubrió de manera casual su posible presencia en los alrededores del pueblo.

Para ir directamente al grano, reproduzco aquí buena parte de esos dos artículos publicados por Alfonso Zapater en Heraldo de Aragón en 1967, citados a través de la noticia que de ellos dio, también en Heraldo, el periodista  Mariano García en 2009. Empiezo con el primer artículo, publicado el 31 de enero de 1967, en el que Zapater relata su llegada a Graus y su desplazamiento a Centenera para conocer de primera mano lo que allí realmente estaba ocurriendo.

“La primera noticia siempre es confusa. Hay que andarse con tiento. Basta con recordar lo sucedido en Valdeajos [Burgos]. El caso es que en Centenera ha comenzado lo que muy bien puede denominarse 'Operación Petróleo del Alto Aragón'. Son los mismos síntomas y las mismas precauciones. Centenera, una aldea perdida en nuestro mapa regional, ha saltado a la actualidad; se ha convertido en noticia.

Creo que, por esta vez, las esperanzas están fundamentadas. He visto demasiadas caras sonrientes. El optimismo de los técnicos y del personal que trabaja en los sondeos es un síntoma revelador. Aunque luego las palabras dejen mucho que desear. Impera la ley del silencio. Pero hay razones y argumentos.

Desde nuestra ciudad hay un largo camino a recorrer. Un camino lleno de sol y montaña. Es necesario dejar Barbastro en la hondonada y rebasar las obras del pantano de El Grado. La carretera es tortuosa y empinada. El puerto de San Roque, con sus 670 metros de altura, es como la puerta de acceso a Graus. No he visto ninguna otra localidad, en día de labor, con tanta gente en las calles. Se ven animados corrillos por doquier. Imagino que el tema preferente de conversación girará en torno al petróleo de Centenera. La gente insiste en esta afirmación: ‘Hay petróleo’. Cuando pregunto por esta localidad, apenas saben darme razón.

-Sí, el petróleo se encuentra a diecisiete kilómetros.

-¿Es cierto que han visto las llamas de los gases desde el monumento a Joaquín Costa?

-Por la noche se veía el resplandor.

El monumento a Joaquín Costa se encuentra en la parte más baja de la localidad. Es imposible que desde allí se divisaran las llamas. Luego nos deshacen el error. No las divisaron desde el monumento a Joaquín Costa, sino desde el erigido al Corazón de Jesús, en el cerro más elevado de las inmediaciones.

Para llegar a Centenera hay que tomar un desvío a la derecha y recorrer diecisiete kilómetros de estrecha y sinuosa pista de tierra. Se ven sucesivos carteles con flechas indicatorias. 'Enpasa'. Es el anagrama de la empresa que realiza las prospecciones.  La Puebla de Fantova queda a la izquierda [sic]. Una mujer señala con el índice de su mano derecha:

-Allí está la 'pilona'.

La 'pilona' es la torre de sondeos. Todos los lugareños le dan este nombre. Levanta su gran mole en una planicie del terreno, entre pinos, carrascas y chaparros. Centenera queda a la izquierda, en el valle. El campo de sondeos registra inusitada actividad. Los martillos de la torre se dejan caer pesadamente, con un sonido siempre igual. A primera vista parece que las máquinas trabajan sin la ayuda del hombre. A la entrada del campo hay unos carteles bien expresivos: 'Prohibido el paso a toda persona ajena a los sondeos', 'Prohibido fumar'. El lugar es conocido con el nombre de La Planera. El sol cae a raudales, casi con la misma fuerza que el martillo de la torre de prospección. La tierra es areniza. Los técnicos se muestran cautelosos y se resisten a ofrecer datos concretos. Lo cierto es que las llamas de la noticia que ha sido divulgada por todas las agencias nacionales no se ven por ninguna parte. Aunque han permanecido, inalterablemente, desde mediados del pasado mes de diciembre. Hace dos días que cerraron las válvulas.

En Graus me dijeron:

-Se les escapó el gas y se incendió. Ahora ya han conseguido taponarlo.

En Graus vieron las llamas de un incendio forestal. Ardieron algunos pinos junto con el gas.

-Pero el gas –puntualizan los técnicos– no se incendió. Sale helado, y es preciso calentarlo y someterlo a numerosas pruebas. El incendio lo provocamos nosotros con el fin de realizar las correspondientes comprobaciones. Para apagarlo no se precisaba otra cosa que cerrar la válvula.

-Pero la han tenido abierta por espacio de casi mes y medio.

Sonríen. No sueltan prenda. Sonríen con suficiencia y hasta con misterio. El gas, por lo visto, es efectivo. El sondeo ha dado resultados satisfactorios en este aspecto. Puede considerarse positivo. Al otro lado de la frontera, en Lacq    –poco más de treinta kilómetros en línea recta–, existen los yacimientos de gas más importantes de Francia.

-¿Qué tipo de gas se ha encontrado en Centenera?

-Puede poner butano si lo desea.

Los técnicos vuelven a sonreír. Aseguran que no se puede precisar el tipo de gas encontrado. Que todavía se encuentra en periodo de análisis. Es posible, sin embargo, que sea rentable y pueda comercializarse. Cinco técnicos y treinta obreros prosiguen los trabajos con optimismo. Quince de estos hombres son franceses. La concesión de los terrenos corresponde a la Empresa Nacional de Petróleos de Aragón, pero los sondeos corren a cuenta de la Empresa Nacional de Petróleos de Navarra. El capital es francés y español.

-¿En qué medida?

-No. Perdone. No podemos decirlo.

-¿A qué profundidad se encuentran los sondeos?

-A 3.200 metros.

-¿A cuántos salió el gas?

Otra vez el silencio. Es una consigna que se cumple a rajatabla. El jefe del campo de sondeos es francés, M. Roger Trescazes. Con él se encuentran don Rafael Moreno García, facultativo de minas; don Alfonso González, encargado de Geología, y el señor Feola.

-Los trabajos –nos informan– comenzaron el mes de julio del año pasado.

-Pero no se trata del primer sondeo.

-En junio concluimos con otro pozo, al que dimos el nombre de 'Campané' [Tal vez el nombre real fuera Campanué]. Llegamos a profundizar hasta 3.000 metros, sin resultados positivos.

-Ahora es distinto.

-Esperamos que sí.

-¿Cuándo se confirmará la presencia de petróleo?

-Hasta el verano, ni una palabra.

Se excusan con la sonrisa misteriosa de siempre. Les hago reparar en los bidones que se amontonan al margen del campo de sondeos, los cuales despiden cierto olor y dejan escapar un líquido negro, sospechoso. Por si fuera poco, en los mismos puede leerse perfectamente: 'Refinería de petróleos de Escombreras. Cartagena (España)'.

-No estamos almacenando petróleo –protestan–.

-¿Qué es, entonces?

-Aceite para los motores.

La respuesta no parece muy convincente, pero hay que admitirla así. El gas, a veces, representa el inicio de petróleo; a veces, no. Quedándose en gas a secas, del tipo que sea, también representa una fuente de riqueza. Los yacimientos franceses de Lacq pueden servir de ejemplo. Las empresas que realizan los sondeos –con capital español y francés–, dependen del Instituto Nacional de Industria. Los técnicos se excusan con estas palabras, además de con sus consabidas sonrisas misteriosas:

-No podemos hablar. Nos lo ha prohibido la dirección.

Y uno piensa, no sabe si acertadamente o no, que estas consignas de silencio siempre resultan sospechosas. Sucedió otro tanto en Valdeajos. Y ahí está el petróleo. Me huele –y nunca mejor empleada la palabra– que va a suceder otro tanto en el Alto Aragón. Por lo pronto, la 'Enpasa' ha llenado de flechas diecisiete kilómetros de trayecto y ha construido a sus expensas tres kilómetros más de carretera”.

Este es el relato, casi al completo, del primer artículo de Alfonso Zapater en Heraldo de Aragón tras su visita a Centenera. Pocos días después, el 16 de febrero de 1967, el conocido periodista zaragozano publicaba un segundo artículo sobre el tema. En él, se remontaba a 1930, cuando de manera casual un pastor de la zona descubrió la existencia de gas cerca del pueblo de Centenera. Tras encender un cigarrillo, el pastor tiró la cerilla a un charco para que se apagase. Sin embargo, de manera sorprendente, del agua brotó una fuerte llamarada que asustó al pastor. Este hecho puso sobre la pista de la posible existencia de gas o petróleo en Centenera y trajo al lugar a un geólogo ruso en 1932. En los años cuarenta, Eleuterio Palacios, realizó las primeras y rudimentarias prospecciones. Así lo cuenta Zapater en su artículo:

“Todavía se habla de Centenera. ¿Cómo no? El petróleo siempre ha ejercido un extraño poder entre las masas. Los productivos yacimientos de Lacq (Francia) han influido, más tarde, para que el gas pase a primer término. El petróleo, en todo caso, será una feliz coincidencia. De un tiempo a esta parte se viene hablando más insistentemente sobre los yacimientos de gas en la provincia de Huesca. No sólo por lo que respecta a Centenera, sino a otras zonas próximas. El gas fluye a ras de tierra, sin esfuerzo alguno. La noticia no es de ahora. Data de 1930. Ya entonces, aunque sorprenda un tanto, se extendió por el país la espectacular llamarada del gas oscense. Hemos conocido a uno de los pioneros de aquella época. Todavía conserva la documentación que acredita su actividad petrolífera y los frutos obtenidos. Don Eleuterio Palacios Clavé nos muestra una acción de la compañía Hidrocarburos Españoles, S. A., actualmente extinguida.

-Se constituyó con un capital social de 300.000 pesetas –informa–. Luego, lo fuimos dejando. Hasta que perdimos los derechos.

-¿Con esa cifra pensaban iniciar los sondeos?

-Entonces era mucho más respetable que ahora.

Sin embargo, aunque se obtuvo gas, no se llevó a efecto su explotación comercial. Ahora, don Eleuterio Palacios ha ofrecido su concurso –su experiencia y sus datos técnicos–, a la Empresa Nacional de Petróleos de Aragón, S.A., (ENPASA), que tiene la concesión del campo de sondeos de Centenera.

-Creo que mi aportación les puede resultar útil.

-¿Cuál es su aportación?

-Denuncié una zona de 11.000 hectáreas, que se extendía desde el pueblo de Samper al de Salinas y desde Palo a Campo. Comprende toda la comarca de La Fueva.

-¿Ventajas de esta zona?

-El gas fluye sin esfuerzo alguno. Sale a flor de tierra. Yo no realicé prospecciones y en cambio obtuve gas metano.

Don Eleuterio Palacios nos habla del descubrimiento. Como sucede frecuentemente, se debió a la casualidad. Se produjo de manera pintoresca. Fue un pastor el primero en dar la alarma. Tras encender un cigarrillo, arrojó la cerilla a un pequeño charco. Pensó que el agua la apagaría inmediatamente. Pero no sucedió así. Surgió una llamarada que alarmó al pastor. El viento, más tarde, se encargó de apagarla.

-Todo esto –puntualiza don Eleuterio Palacios– sucedía en 1930. El pastor lo puso en conocimiento de 'El Americano' de Barbastro. Este último fue el primero que recogió el gas que fluía a presión desde el suelo.

-¿Trascendió la noticia?

-Tanto es así, que en 1932 visitó el lugar un geólogo ruso. Confirmó el yacimiento de gas y habló de la posibilidad de encontrar petróleo.

Don Eleuterio Palacios quiso llevar a cabo la explotación de estos yacimientos en 1944. Llenó una garrafa de aquel mismo gas que fluía a presión de entre la tierra resquebrajada. Previamente, recibió las oportunas instrucciones sobre la manera de llenar el recipiente, con el fin de evitar las mezclas.

-Aquel gas fue analizado –explica– por don Vicente Gómez Aranda, catedrático de Química Orgánica. Arrojó un porcentaje del ochenta y siete por ciento de pureza de metano.

-Es cuando usted se decidió a denunciar las once mil hectáreas de terreno.

-Sí. Comprendía las demarcaciones denominadas 'Corazón de María' y 'Ana Mari'.

Don Eleuterio Palacios, no conforme con los resultados, acudió a Madrid, al Instituto Nacional de Industria. El gas volvió a ser examinado por los ingenieros, señores García Dueñas y Polavieja, dando los mismos resultados positivos.

-También entonces –recuerda– resultó espectacular el hallazgo. Las llamas se veían a diez kilómetros de distancia. Prendíamos el gas para localizar los yacimientos. Luego el viento apagaba las llamas.

-¿Cómo abandonaron su empeño, tras unos principios tan prometedores?

-Nos faltó ayuda económica. Pero el gas metano que obtuvimos era bueno. Lo envasé sin tener experiencia, y aun así arrojó un ochenta y nueve por ciento de pureza. Si lo hiciera ahora, estoy seguro de que llegaría hasta el noventa y siete por ciento.

-¿Contó con el debido asesoramiento técnico?

-Sí. El geólogo francés M. Maurice Mainguy pasó tres días conmigo, analizando detenidamente las zonas de los yacimientos. Conservo todavía los planos y estudios realizados, con fotografías de los bancos de fósiles y minas de sal.

Esta es la historia –probablemente la primera historia– de los yacimientos de gas en la provincia de Huesca. El descubridor fue un pastor anónimo, en colaboración con la casualidad. Pero don Eleuterio Palacios Clavé se erigió, más tarde, en pionero de las prospecciones petrolíferas en aquella zona. Fue el primero que pensó en explotar los yacimientos comercialmente. Prueba de ello son las acciones que todavía conserva. 'Hidrocarburos Españoles, S. A'. Es como una premonición. Actualmente, las acciones carecen de valor. Pero cuenta la experiencia de don Eleuterio Palacios. De la misma manera que cuentan los planos y estudios que posee sobre los yacimientos de gas en la provincia de Huesca.

-La zona que denuncié se encuentra a unos diez kilómetros de Centenera. Está mucho más próxima a los yacimientos franceses de Lacq.

La historia puede quedar así. Sin embargo, será necesario volver a recordarla en breve. Estamos seguros”.

En estos dos artículos, podemos observar las dos etapas en el proceso del descubrimiento del gas en Centenera. Una primera fase, menos conocida, en los años treinta y cuarenta del pasado siglo. Y una segunda, que se da a conocer sobre todo en los inicios de 1967. A pesar de las altas expectativas existentes tras las prospecciones de los años sesenta, por diferentes motivos no se continuó adelante con las extracciones y el proyecto se paralizó.

Recientemente, en 2020, la promotora Pyrenees Energy Spain pidió la reapertura del pozo Carlota, situado en Centenera. El Inaga (Instituto Aragonés de Garantía Ambiental) emitió un informe desfavorable al plan “en tanto no se garantiza la protección ambiental y la gestión adecuada de los residuos de acuerdo a la documentación presentada”. La resolución del Inaga acaba con el proyecto de extraer gas de esa supuesta bolsa localizada por Enapsa (Empresa Nacional de Petróleos del Pirineo) a mediados del siglo pasado para acabar desistiendo de su explotación en 1967 porque no se iban a alcanzar los objetivos inicialmente previstos. Para el Inaga, el nuevo plan había levantado una fuerte oposición en el territorio por los paralelismos con el ‘fracking’ que presentaba la técnica que planteaba aplicar la compañía, sucesora de Industrias Mineras de Teruel y con vínculos con el Banco de Sabadell.

Según la promotora, se trata de un emplazamiento en el que “el gas presenta la capacidad de fluir naturalmente y sin estimulación del yacimiento al sondeo” por tratarse de “un yacimiento carbonatado fracturado en el que el gas fluye de manera natural hacia el sondeo a través de las fracturas del macizo rocoso”, pese a encontrarse el depósito “confinado por más de 500 metros de roca impermeable” de tipo marga. Según las noticias de prensa, la autorización inicial del Gobierno de Aragón daba a Pyrenees Energy Spain cuatro años para realizar los sondeos previos a la extracción y para tomar una serie de medidas ambientales, entre las que destacaban la prevención de la contaminación de los acuíferos de la zona y la obligación de “asegurar la inocuidad del proyecto sobre las aguas superficiales y subterráneas”, una de las consecuencias más habituales, junto con el hundimiento de terrenos, del ‘fracking’ o fractura hidráulica, un sistema vetado en la comunidad autónoma desde hace varios años.

La explotación del pozo, que debería suspenderse en caso de detectar daños en los sistemas hídricos, iba a generar, por otro lado, el lanzamiento a la atmósfera de más de mil toneladas de CO2 al cabo del año “por la quema del gas natural en la antorcha, siempre y cuando se obtengan esos flujos”. Eso iba a ocurrir en una zona catalogada como de riesgo de incendio forestal medio-alto. Sin embargo, al final no llegarán a realizarse ni siquiera los sondeos previos. “El informe desfavorable está motivado en la ausencia de firma y la no identificación de los autores y su titulación de manera que se justifique su solvencia técnica”, señala la resolución del Inaga, que también destaca la existencia de “carencias documentales que dificultan su valoración” y “la no incorporación al documento de algunos de los condicionados de la declaración de impacto ambiental”. No obstante, ese mismo informe abre la puerta a que “el promotor pueda iniciar de nuevo el trámite mediante la presentación de la documentación completa en la que responda de forma detallada a los condicionados establecidos en la declaración de impacto ambiental” y a que justifique e incluya “los objetivos y contenidos” del plan de restauración, especialmente en lo referente a la gestión de los residuos y a la protección y rehabilitación de los espacios afectados.

Los planes de Pyrenees Energy Spain incluían realizar una perforación desde una torre de 34 metros de altura para retirar los tapones cementados situados desde hace 53 años a 2.535, 2.425 y cien metros de profundidad. “A medida que se realiza la perforación se recirculará fluido por el pozo observando el retorno, controlando pérdidas, ganancias o presencia de gas en el fluido de perforación”, señala el informe, mientras la compañía lleva a cabo “la fase de disparos para determinar el potencial productor de hidrocarburos”. En caso de no resultar viable la explotación, “se procederá al sellado del pozo con al menos tres barreras de contención física que eliminarán toda posibilidad de fuga de cualquier fluido procedente del sondeo hacia la superficie”, en una operación que incluiría el “corte de la tubería del pozo a unos dos metros de profundidad, soldándole una plancha de acero y recubriendo la zona con capa de cemento de un metro de espesor y enrasada con tierra hasta la superficie del terreno”.

Finalmente, este proyecto de hace un par de años de retomar la explotación del pozo Carlota de Centenera quedó definitivamente desechado. Este es, de momento, el último capítulo de la ya larga historia del gas de Centenera. Tal vez en el futuro tengamos nuevos episodios de este relato que arrancó en 1930, cuando un pastor encendió su cigarro junto a un charco.

No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero lo más inmediato es la celebración de nuestras Fiestas Mayores, ya, por fin, sin las restricciones de estos pasados años de pandemia. Así que no queda más que cerrar esta colaboración anual en las entrañables páginas de El Llibré deseando a todos los grausinos, ribagorzanos y visitantes unas Felices Fiestas de Graus 2022.

(Artículo publicado en El Llibré de las Fiestas de Graus 2022)

domingo, 4 de septiembre de 2022

LAS PALABRAS JUSTAS


Milena Busquets Tusquets (Barcelona, 1972) obtuvo en 2015 un importante éxito literario con “También esto pasará”, una lúcida y descarnada novela autobiográfica escrita tras la muerte de su madre, la conocida editora barcelonesa Esther Tusquets. Después, aparecieron “Hombres elegantes y otros artículos” (2019) y la novela “Gema” (2021), que no lograron demasiada repercusión tras el éxito anterior. Ahora, la escritora barcelonesa acaba de publicar “Las palabras justas”, un magnífico diario íntimo y personal, en el que reflexiona sobre el amor y la vida y con el que alcanza de nuevo un alto nivel literario.

“Las palabras justas” consta de una serie de breves anotaciones diarias, escritas a lo largo de todo un año. Desde el 6 de enero hasta el 31 de diciembre, aunque no todos los días del año tengan su correspondiente entrada. Pese a que en ningún momento se hace referencia al año del que se trata, por referencias a la pandemia y su evolución parece más que probable que sea el pasado 2021. Según afirma la propia autora, tomó el título del libro de una respuesta de su hijo Héctor a una pregunta suya pidiéndole alguna explicación por algo. Sin embargo, es un título que se ajusta como anillo al dedo al brillante ejercicio estilístico de contención y concisión que preside el libro de principio a fin (“Escribir utilizando las menos palabras posibles, como Proust”).

En “Las palabras justas”, se reflexiona sobre la vida (“La euforia y la felicidad absolutas están a un milímetro del ataque de pánico”, “Cada vez que el psiquiatra pronuncia la palabra ‘madurez’ pienso en una manzana a punto de pudrirse”), la familia (sus hijos), la escritura (“Normalmente no tenemos, si es que las tenemos, más que una o dos ideas inteligentes sobre un tema, el resto es relleno”, “Uno escribe solo ante el peligro, no hay otra manera honesta de hacerlo, el menor atisbo de autocomplacencia es una señal de cobardía. Escribes contra ti primero y luego contra todo el mundo. Te pones a ti mismo contra las cuerdas, es el trabajo más solitario del mundo, no te tienes ni a ti, te presentas completamente despojado, es peor que el amor”, “Escribir como si fuésemos dioses y corregir como si fuésemos esclavos”), la educación (“La buena educación no es más una mayor tolerancia al aburrimiento y las bobadas ajenas”), la elegancia (“La elegancia no tiene ni mucho mérito ni mucha importancia. Solo depende de la estructura ósea de cada uno y del buen gusto a la hora de escoger la ropa”), la inteligencia (“La inteligencia es tan intransigente, solo los años y la buena suerte la temperan, si no envejece y se vuelve cruel, amarga y vengativa como una bruja de nariz ganchuda”) y otros temas diversos. Excepto de política (“O sea: la política me importa un pimiento. Me interesan: mis hijos, el amor y las artes”), aunque a veces sea, y es otro valor del libro, certera y políticamente incorrecta (“No quiero ser una genia sino un genio”, “Sacudirse la pesadez y la bobería de los tiempos que corren cada noche antes de acostarse, como los perros cuando salen del agua vigorosamente”).

Aunque el tema más presente es el amor: “En el amor nada es una pérdida de tiempo, todo sirve, la experiencia más banal, más absurda, más ridícula, más humillante, más dolorosa, sirve, nada cae nunca en saco roto. Es imposible perder el tiempo con el amor, enamorarse −aunque solo sea durante dos días, aunque sea tontamente, aunque sea por despecho o por aburrimiento o por curiosidad− sirve siempre precisamente para lo contrario, para ganar tiempo”. “Ser enamoradiza debería ser el octavo pecado capital, me ha hecho perder mucho más tiempo que los otros siete juntos”.

Con absoluta precisión se describe el libro en la promoción de la propia editorial: “En estas páginas asoman de tanto en tanto las mascarillas, pero sobre todo asoma la vida: los hijos, los amores, las clases de yoga, las visitas al psiquiatra, los encuentros fortuitos, los reencuentros, los paseos por el barrio, la escritura como una gimnasia diaria... Y aparecen también la seducción y el paso del tiempo, las disquisiciones sobre la verdadera elegancia, Proust, las lecciones literarias y vitales de Chéjov, la emoción hasta las lágrimas ante la celebración de la vida del ‘West Side Story’ de Spielberg o un divertidísimo listado de tipologías de lectores observados durante las largas sesiones de firmas en ferias”.

Milena Busquets ha escrito un libro magnífico, en una línea próxima a las obras aforísticas de escritores a los que admira, como Jules Renard, La Bruyère o La Rochefoucauld. Hay declaraciones de amor (“seré siempre, ante todo, una lectora”) a autores como Céline o Shakespeare y, sobre todo, a Chéjov, uno de los mayores genios que la literatura ha dado. “Las palabras justas” está repleto de citas brillantes, expresadas con elegancia, ironía y fino sentido del humor. Milena Busquets brilla con luz propia en un género en el que nuestra literatura no es demasiado pródiga. Sabe beber de la mejor tradición europea y mostrar a la vez una rabiosa actualidad. “Las palabras justas” es, en mi opinión, un libro llamado a perdurar en nuestras letras. Una lectura para disfrutar reposadamente de la buena literatura y el buen gusto.

“Las palabras justas”. Milena Busquets. Anagrama. 2022. 136 páginas.

domingo, 21 de agosto de 2022

LAS GOLONDRINAS DEL PIRINEO

“La frontera lleva su nombre” ha sido una de las sorpresas literarias de este verano. Una hermosa y entrañable novela que relata la vida de cuatro generaciones de mujeres vinculadas al PirineoCon la azarosa historia de fondo de un siglo largo de relación fronteriza entre dos países –el español y el francés– que incluye emigraciones económicas y exilios políticos, dos guerras mundiales y una civil y unas traumáticas postguerras, que dejaron una huella indeleble entre quienes sufrieron los peligros y vicisitudes de aquellos tiempos convulsos.

La autora del libro es Elena Moreno Scheredre, nacida en Bilbao en 1953, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona y colaboradora en varios medios de comunicación, principalmente en El Correo, donde  firma una columna semanal todos los viernes. Ha publicado “El salón de la embajada italiana” (2010), “Dondequiera que estés” (2013) y “Devuélveme la luna” (2018). “La frontera lleva su nombre”, publicada por Grijalbo el pasado mes de mayo, es su última novela.

Las cuatro mujeres protagonistas del libro se llaman Esperanza. Constituyen una saga familiar que tiene sus orígenes en Burgui, un pequeño pueblo navarro del valle del Roncal, a orillas del río Esca. La última de ellas, Esperanza Ayerra, cuenta en primera persona, arrancando desde el día de su boda en 2018, parte de su vida presente y las investigaciones que le han llevado a reconstruir la biografías de su bisabuela, su abuela y su madre, cuyas historias se van narrando en el libro en tercera persona, en capítulos cortos que suelen ir encabezados por el nombre de la protagonista correspondiente y las fechas y  lugares en que transcurre el capítulo. La novela se desarrolla sobre todo en poblaciones pirenaicas de ambos lados de la frontera hispano-francesa, con algunos episodios en París y con la presencia de Barcelona y Roma en la narración presente de Esperanza Ayerra.

La primera mujer de la saga es Esperanza Escaín, nacida en 1898, que, al inicio del libro, en octubre de 1913, con 15 años, cruza andando la frontera con Francia desde Burgui para ir a trabajar como alpargatera a la localidad gala de Mauléon. Así se cuenta en la novela: “Las niñas de los pueblos del valle del Roncal partían a Francia a los doce, trece o catorce años. Desde pequeñas echaban una mano en el campo, cuidaban de sus hermanos, aprendían a ser las mujeres que serían cuando su cuerpo alcanzara la madurez suficiente para casarse y tener hijos. En Francia, ese país al otro lado de las montañas, no se les permitía trabajar a esa edad, pero encontraban la manera de hacerlo. Decían que habían crecido poco, que habían perdido los papeles, que se apañaban con cualquier rincón. Los patronos necesitaban manos pequeñas, ágiles y baratas para coser las alpargatas. Algunas iban en familia; primas, hermanas o incluso con el padre al frente”. “Los más viejos decían que aquello se repetía desde 1895”. “Las alpargatas eran el producto más vendido en toda Europa. Los mineros del norte y del este no usaban otro calzado, y Mauléon, una ciudad situada en los Pirineos atlánticos, en la región de la Soule, País Vasco francés, crecía incesante debido a la industria alpargatera”. A estas niñas y mujeres, que pasaban la frontera desde el valle navarro del Roncal y los aragoneses de Hecho y Ansó, los franceses las llamaban “hirondelles”, es decir, golondrinas, porque, como estas aves, emigraban en octubre y volvían a sus pueblos en primavera.

Me he detenido más en la condición de “golondrinas” de la primera Esperanza y otros personajes femeninos del relato porque es, en buena medida, una aportación histórica del libro, pues son casi inexistentes los estudios documentados sobre este poco conocido fenómeno migratorio hispano-francés de las primeras décadas del siglo XX. Pero en la novela hay muchísimo más y todo muy bien contado. A la joven Esperanza le sorprende en Francia la Primera Guerra Mundial y a su hija, también Esperanza pero conocida como Perla, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Las historias de ambas son extraordinarias y entrañables, con ingredientes novelescos muy variados y perfectamente desarrollados a lo largo de la narración, que mantiene siempre la intriga y combina con equilibrio episodios sociológicos, bélicos, amistosos, amorosos y sentimentales. Porque, además de las cuatro Esperanzas –la tercera con un papel más discreto–, en la novela aparece un buen número de personajes destacados: Leonora, la patrona de Monléon  que trata  a la primera Esperanza como a una hija; Pilar, la amiga aragonesa que le enseña a leer y escribir y emigra luego a Argentina; el soldado francés Théodore Elissabide, que será el gran amor de su vida; Louis Bernier, que sobrevive a la guerra como mutilado; Adrien Thibault, pediatra del hospital de Pau, elegante, educado y solidario; el joven Tomás Vallejo, que vive una apasionada relación con Perla…

No puedo extenderme más aquí sobre esta magnífica novela cuya lectura recomiendo vivamente. Una narración larga y sólida, que en ningún momento se hace pesada y que gustará a todo tipo de lectores.

“La frontera lleva su nombre”. Elena Moreno Scheredre. Editorial Grijalbo. 2022. 512 páginas.

           

domingo, 7 de agosto de 2022

LOS INICIOS DEL COUNTRY NOIR


Daniel Woodrell (Springfield, Misuri, 1953) pasa por ser el creador del término “country noir” para referirse a novelas policiacas o de intriga ambientadas en el mundo rural estadounidense. Utilizó la expresión respecto a “Give Us a Kiss”, publicada en Estados Unidos en 1996. Aunque, posteriormente, el novelista de Springfield ha preferido utilizar la denominación "realismo social" o "ficción criminal" para definir su narrativa, el término “country noir” se consolidó tras la aparición de su novela “Los huesos del invierno” en 2006, su obra más destacada, llevada al cine en 2010 por Debra Granik y ganadora del primer premio del Festival de Sundance. Esta novela de culto entre los amantes del género fue publicada en España en 2013 por Alba Editorial, que también editó en nuestro país “La muerte del pequeño Shug” al año siguiente. Ambas fueron reseñadas en su momento en esta sección.

Ahora, la meritoria Sajalin Editores, siempre atenta a la literatura estadounidense de calidad, acaba de publicar “Bajo la dura luz”, la primera novela de Daniel Woodrell, editada en su país en 1986 y traducida al español por Diego de los Santos. “Bajo la dura la luz” es la primera entrega de la denominada “Trilogía de los pantanos”, cuyas siguientes dos novelas esperamos que Sajalin publique próximamente en España, también en su destacada colección “Al margen”, dedicada a la novela negra y policiaca más genuina.

Aunque sus novelas posteriores están ambientadas en las montañas de Ozark, en el estado de Misuri, de donde Woodrell es originario, el relato de “Bajo la dura luz” transcurre en la zona pantanosa del estado de Louisiana.  Principalmente, en la ficticia ciudad de Saint Bruno, pero también en los rincones más recónditos y cenagosos de los “bayou”. Saint Bruno está repartida en diferentes barrios donde sus habitantes se agrupan por sus orígenes raciales y culturales. Así, aunque a veces mezclados, encontramos a los negros o afroamericanos, los franceses y los irlandeses, cada uno con su particular y singular idiosincrasia. Y los personajes de la novela, de las tres procedencias, se mueven en buena medida por los bajos fondos de la ciudad (billares, tugurios, prostíbulos…), poblados de perdedores, adictos y delincuentes y matones de las pequeñas mafias locales.

El protagonista de la novela es el detective René Shade, una mezcla de irlandés y francés que fue boxeador y a quien todos recuerdan por sus combates finales perdidos pero nunca por los que ganó. Nació en el barrio más populoso de la ciudad y todavía vive encima de local de billar que regenta su madre, a la que el padre de René abandonó años atrás. En la novela, también aparecen sus dos hermanos, uno regenta un tugurio de los bajos fondos de la ciudad y el otro es fiscal del condado, dispuesto a trepar socialmente a cualquier precio. René Shade, con su sarcástico, divertido y descarado compañero How Lanchette, debe investigar la muerte en pocos días de dos afroamericanos en principio no vinculados entre sí: uno es un concejal con importante proyección política en la ciudad y el otro un mafioso que regenta un negocio de cine porno. La condición política del primero hace que el detective Shade reciba presiones desde la alcaldía para orientar de una manera determinada sus investigaciones. Pero el ex boxeador, aunque escéptico e irónico, es un tipo duro y profesionalmente íntegro, decidido a no dejarse presionar por nadie.

Hay otros personajes destacables, como el joven Jewel Cobb, un  macarra de pueblo, que pretende ascender en el mundo de la delincuencia, a través de un encargo hecho por un pariente. O las mujeres que aparecen en el libro, sacadas en buena manera de los estereotipos clásicos de la novela y el cine negros. Y es que el relato responde en casi todo a los cánones más clásicos de las mejores novelas y películas policiacas norteamericanas. Como ha escrito con gran acierto José María Sánchez Pardo en su página Totalnoir, “si el retrato del mundo delictivo es apabullante, no le queda a la zaga el de las autoridades policiales o políticas, en las que la estupidez, violencia y corrupción parecen florecer con la misma intensidad que la vegetación del pantano”. “Bajo la dura luz” respira esa atmósfera americana de las grandes novelas del género negro, con una trama sumamente rápida, sin tregua, en la que las descripciones, los personajes y los diálogos te sumergen en un ambiente en el que el autor se maneja con soltura, creando un estilo propio, de carácter sureño, que marcará sus siguientes obras.

Pese a no tener la originalidad ni las elaboradas tramas de las otras dos novelas del autor publicadas en España, esta primera obra de Woodrell se lee con sumo gusto y diversión porque, entre otros ingredientes,rebosa ironía, perspicacia, ritmo rápido, intriga, mordacidad, logrados personajes y afilados y chispeantes diálogos. Además del retrato social y de la crítica a la corrupción política tan evidentes en la novela. Esperemos que dos editoriales tan exquisitas como Alba y Sajalin vayan publicando en nuestro país la obra completa de quien es, sin duda, una de las principales voces de la novela negra actual estadounidense.

“Bajo la dura luz”. Daniel Woodrell. Sajalin Editores. 2022. 222 páginas.

EL CER RECUPERA SU EXCURSIÓN CLÁSICA ENTRE LOS HOSPITALES DE BENASQUE Y LUCHÓN


Tras dos años de parón por la pandemia, el Centro Excursionista Ribagorza recuperó el pasado domingo su excursión anual veraniega conocida como La Clásica. Se trata de un recorrido transfronterizo que une los hospitales de Benasque y Bagnères-de-Luchon, a través del puerto del Portillón. Un total de 20 personas realizamos el itinerario completo y cuatro amigos de Benasque y Anciles nos acompañaron en una parte del recorrido.

A las 6.30 horas salimos de Graus en autobús en dirección a Benasque. Eran poco más de las 8 horas cuando comenzamos nuestra excursión en el aparcamiento del vado del Hospital, a 1.735 m. de altitud. Bordeando el incipiente río Ésera, atravesamos la explanada de Los Llanos. A nuestra derecha quedó el actual Hospital de Benasque, un amplio y confortable hotel de montaña. Poco después, asomaron a nuestra izquierda los restos del hospital construido en el siglo XVI y sepultado por un trágico alud el día de Reyes de 1826. Tras cruzar de nuevo el Ésera por un puente de madera, iniciamos la progresiva ascensión hacia la Peña Blanca. Una vez atravesado el camino tallado en la roca, hicimos una breve parada para reagruparnos y tomar fuerzas para lo que quedaba de subida. Ya por terreno más abierto, llegamos a las ruinas de la cabaña de Cabellud, un antiguo albergue que tuvo su importancia hasta los primeros años del pasado siglo. En este punto, ya muy próximo al Portillón, se contemplan bellas vistas del Aneto y las Maladetas y sus hoy menguados glaciares.

         En lo alto del puerto, nos distribuimos en dos grupos. Uno, minoritario, cruzó la frontera por el Portillón (2.444 m.) y descendió al Hospital de Bagnères-de-Luchon (1385 m.) por los lagos conocidos como Boms du Port. El otro, más numeroso, realizó este mismo itinerario, pero subiendo antes al pico Salvaguardia (2.736 m.). Ambos grupos se encontraron en el Hospice de France al final del recorrido.

       En el descenso desde el Portillón hicimos una parada en refugio de Vénasque (escrito con v en francés), junto a los lagos o Boms du Port, un conjunto lacustre de hermosas aguas azules. Siempre por continuos zigzags (se dice que hay 108 curvas en la bajada), fuimos descendiendo hacia el Hospice de France, hoy también un moderno albergue de montaña. En su terraza, comimos nuestra comida de alforja y tomamos varios refrescos y cafés en un ambiente distendido y agradable.

       Según el GPS, el grupo que subió al Salvaguardia recorrió 15,5 km en unas seis horas, incluyendo las paradas, con un desnivel positivo de 1.050 m y uno negativo de 1.400 m. Quienes cruzamos por el Portillón, sin subir al pico, caminamos unas cinco horas, con las paradas, y recorrimos 11,4 km, con un desnivel de subida de 760 m y uno de bajada de 1.106 m. Tras un agradable paseo por Bagnères-de-Luchon, regresamos en autobús, pasando por el túnel de Viella, y llegando a Graus a las 19 horas.

domingo, 24 de julio de 2022

LA LINTERNA DE PAPEL

“La Linterna de Papel” es la primera novela del joven poeta inglés Will Burns. Incorporado como Nuevo Poeta en 2014 por la prestigiosa colección Faber & Faber, es autor del libro de poemas “Country Music“, editado en 2020. El año pasado, tras la pandemia provocada por el COVID, publicó “La Linterna de Papel”, una crónica personal de aquellos días de estricto confinamiento que vivió en su Inglaterra natal. Ahora, la prestigiosa Literatura Randon House ha publicado el libro en nuestro país con la traducción de Javier Calvo.

“La Linterna de Papel” es el nombre del pub que el protagonista de la novela homónima regentaba junto a sus padres cuando estalla la pandemia. Un bar situado en una pequeña ciudad –que de manera exagerada sus habitantes denominan La Aldea– del centro de Inglaterra, en los llamados “home counties”, no lejos de Londres y cercana a Chequers, la residencia de vacaciones del primer ministro británico. El relato está narrado en primera persona por su protagonista, que, cerrado por la pandemia el pub de sus padres, se dedica a pasear y hacer caminatas por los alrededores de su pueblo. Además de describir con precisión y belleza literaria los lugares que recorre, el narrador –parece obvio que un alter ego del propio Will Burns– reflexiona sobre su propia situación personal y acerca de diversos temas: el concepto de trabajo, la degradación del medio natural, las contradicciones de la modernidad, el cambio climático, el clasismo de la sociedad británica y hasta el reciente Brexit, respecto al que se muestra contrario. También aparecen referencias a diversos personajes carismáticos que son clientes habituales del pub y a algunos amigos de la infancia del narrador.

Uno de los aspectos más interesantes del libro son las reflexiones del narrador sobre diversos aspectos contradictorios de la actual Inglaterra o de las sociedades modernas en general. En el primer caso, el autor se encuentra con que la zona por la que él suele salir a caminar se está viendo alterada por la construcción de una nueva vía férrea que tiene como objetivo la mejor conexión del Reino Unido con el continente europeo. Tras el Brexit y la salida británica de la Unión Europea, esa infraestructura parece entrañar una cierta contradicción. También señala el narrador cómo algunas empresas contaminantes de su comarca son las mismas que, paradójicamente, colaboran en proyectos destinados a la protección de la naturaleza. El tono crítico se extiende también al clasismo inglés, extensible incluso al juego del criquet tan presente en esa zona, en la que “el éxito se mide en los logros de los hijos, el precio de los coches y la exuberancia de los jardines”. También hay muchas alusiones al deterioro del medio natural, como puede leerse en este párrafo del libro: “Durante largos tramos del camino no se veía el río por ninguna parte, la senda me alejaba de sus meandros y sus orillas, y el ruido de la autopista lo lejos se convertía en una burla doble: allí estaba yo, circulando por un camino fluvial sin rastro del río y con el ruido de los coches, camiones y monovolúmenes imitando el murmullo del agua sobre las piedras”.

Burns combina a la perfección la descripción más objetiva con la reflexión más intimista y la crítica más punzante con un tratamiento literario más lírico, acorde con su condición de poeta. Salvando las distancias y con un enfoque totalmente personal y diferenciado, el propio autor ha manifestado en alguna entrevista su adscripción en cierto modo a la tradición literaria de los “flaneurs”, paseantes con una tendencia que algunos denominan como psicogeográfica. En la línea del suizo Robert Walser o el inglés Malcom Lowry, más por “su estilo de vida que por una técnica concreta, de comprender de modo vitalista que el movimiento y el paseo afectan al ritmo del pensamiento y la narración”. En cualquier caso, el propio autor ya había utilizado el paseo por la naturaleza en muchos de sus poemas y ahora transfiere parte de ese enfoque más lírico a su prosa narrativa.

La escritora y crítica literaria Berna González Harbour ha resumido con acierto lo que podemos encontrar en el libro: “La Linterna de Papel’ forma parte de una corriente que arrastra una lava no exactamente volcánica, pero sí cargada de autocrítica, de trazas apocalípticas, a ratos de furia, de enfado por el aislamiento británico y de incertidumbre ante el inhóspito país que emergerá de todo esto”. Aquellos días de estricto confinamiento fueron propicios para dar en soledad largos paseos por el campo y reflexionar sobre muchas cosas del presente, el pasado y el futuro. Will Burns ha sabido dar forma literaria a esas actividades cotidianas a las que nos obligó a todos la pandemia. El resultado es un excelente libro que, aunque se centre sobre todo en la geografía inglesa, puede extrapolarse a cualquier otro lugar. Una lectura que, como su propio título indica, resulta iluminadora y muy recomendable.

“La Linterna de Papel”. Will Burns. Literatura Randon House. 2022. 168 páginas.