domingo, 24 de enero de 2016

SIETE CASAS VACÍAS

                                        
“Siete casas vacías”. Samanta Schweblin. Páginas de Espuma. 2015. 128 páginas.        
            
Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ha estudiado cine, se formó como escritora en diferentes talleres literarios bonaerenses y vive hoy transitoriamente en Berlín, como antes lo hizo, siempre con becas de residencias de escritura, en México, Italia o China. Con sus dos libros de cuentos, “El núcleo del disturbio” y “Pájaros en la boca”, y la novela “Distancia de rescate”, había recibido varios premios literarios que la destacaban como una de las principales promesas de la literatura actual en lengua española. “Siete casas vacías”, su último libro de cuentos, ganó el IV Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero y parece confirmar las expectativas existentes sobre la escritora argentina. El libro ha sido recientemente editado en España por la magnífica editorial Páginas de espuma.
            
“Siete casas vacías” contiene siete cuentos breves. Uno de ellos, “Un hombre sin suerte”, ya publicado anteriormente, no figuraba entre los que ganaron el premio Ribera del Duero y sustituye a otro que no era tan del gusto de la autora. El jurado –del que formaron parte los escritores Pilar Adón, Jon Bilbao, Guadalupe Nettel, Andrés Neuman y Rodrigo Fresán como presidente–, valoró en “Siete casas vacías” “la precisión de su estilo, la indagación en la rareza y el perverso costumbrismo que habita sus envolventes y deslumbrantes relatos”. Según Rodrigo Fresán, “la narradora es una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca.” Aunque independientes entre sí, podría decirse que hay algunos elementos comunes a todos o casi todos estos cuentos. Por un lado, serían las casas, la presencia de espacios cerrados y bien delimitados de los que los personajes pueden buscar por momentos salir o escapar aunque no siempre consigan hacerlo. Por otro, la presencia de unos personajes extraños, solitarios, víctimas de traumas o pérdidas irreparables, de miedos inconfesables, que transitan entre los bordes exteriores de la normalidad en clara dirección a la locura, con extrañas manías y comportamientos extravagantes, que conviven con otros personajes o con fantasmas del pasado que condicionan y desvirtúan su propio presente.
           
“Nada de todo eso” es el relato que abre el libro y posiblemente el mejor de todos ellos. Cuenta la historia de una madre que, acompañada de su hija, visita casas residenciales de las que se lleva algún objeto con más valor sentimental que material. En “Mis padres y mis hijos”, el divorciado narrador se avergüenza por una insólita y extraña presencia de sus pares y sus hijos ante la llegada a la casa de su exmujer y su nuevo marido. En “Para siempre en casa”, encontramos a un hombre, perturbado por el pasado, que tira continuamente la ropa de su hijo a la casa de sus vecinos. “La respiración cavernaria”, cuya protagonista es una mujer enferma y obsesionada, es el más largo y claustrofóbico de los relatos, tanto que lo reiterado de la situación vivida puede llegar a cansar en algún momento al lector. “Cuarenta centímetros cuadrados” incide en un comportamiento similar en la situación vivida ahora por la nuera y antes por la suegra, con la casa común como eje del relato. “Un hombre sin suerte” se aparta un poco de la temática general y nos presenta a dos hermanas que rivalizan por llamar la atención de los padres; la presencia de un pederasta, acechando a una de ellas al quedar sola, mantiene la tensión del relato. Cierra el libro “Salir”, otro cuento con la presencia de la casa y la necesidad no consumada de una mujer de escapar de ella y de la asfixiante relación que parece mantener con su marido.
            
Con una prosa afilada y directa, y también con notables influencias de escritores estadounidenses como John Carver y otros, Samanta Schweblin parece llamada a convertirse en un nuevo e importante eslabón de la ya larga y brillante tradición cuentista hispanoamericana.

Carlos Bravo Suárez
                 

domingo, 10 de enero de 2016

LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI



“Los diarios de Emilio Renzi”. Ricardio Piglia. Anagrama. 2015. 360 páginas.

Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, 1941) puede considerarse posiblemente como el más destacado de los escritores argentinos actuales. Autor de cinco novelas (las dos últimas –“Blanco nocturno” y “El viaje de Ida”– han sido reseñadas en esta sección) y numerosos cuentos y ensayos, Piglia ha trabajado como profesor en varias universidades argentinas y estadounidenses y también como crítico literario, editor y guionista de cine y televisión.

Ahora, acaba de publicar la primera parte de sus diarios, que lleva escribiendo desde los 16 años. En ellos vuelve a utilizar el nombre de Emilio Renzi, formado por su segundo nombre y su segundo apellido, y que con mayor o menor protagonismo ha aparecido como alter ego o como personaje en algunas de sus novelas y narraciones. El primer tomo de “Los diarios de Emilio Renzi”, que lleva el subtítulo de “Años de formación”, abarca la década de 1957 a 1967 y ha sido considerado por buena parte de la crítica más exigente como uno de los mejores libros publicados en español en el recién terminado 2015. Para este año 2016 que acaba de comenzar y para el próximo 2017, la editorial Anagrama anuncia la publicación en nuestro país del segundo y el tercer tomo, que completan estos diarios personales y llegan en su recorrido cronológico hasta prácticamente la actualidad.

Hay en estos magníficos cuadernos iniciales, escritos fundamentalmente entre Buenos Aires y La Plata, una diversidad de temas que giran en torno a uno fundamental: la voluntad del autor de ser escritor y su entrega incondicional a la literatura desde su juventud. Ahí están la génesis de sus primeros libros, sus muchas y variadas lecturas (sobre todo de autores argentinos y estadounidenses), sus trabajos como prologuista o en la selección de antologías, o sus ideas esbozadas para futuros cuentos y novelas. Y, además, están sus relaciones humanas más importantes: la estrecha relación con su abuelo, que le paga la carrera a cambio de su ayuda en la ordenación de sus recuerdos personales de la Primera Guerra Mundial en la participó por un motivo que no conocemos hasta el final del libro; su pronta independencia de sus progenitores, enemistado con su padre y distanciado físicamente de su madre; las sucesivas mujeres de las que se enamora y con las que vive; sus numerosas relaciones de amistad sobre todo vinculadas a la literatura, salvo la algo más peligrosa con el simpático ladrón Cacho; su ausencia de domicilio fijo y su precariedad laboral y permanente falta de recursos económicos en estos primeros años de formación y vocación definida. (“¿Hasta cuándo soportaré la incertidumbre de vivir al día?”)

El autor de estos diarios pretende a veces verse como un personaje desde fuera del texto y así Renzi y Piglia se desdoblan en dos voces que dialogan desde la tercera y la primera personas en el papel de narradores (“Me preocupa mi predisposición a hablar de mí como si estuviera escindido y fuera dos personas”). En cuanto al método de escritura de los diarios, así lo explica el propio escritor: “No hay preparación, súbitamente uno se sienta y escribe unas palabras sobre algo que ha sucedido o que recuerda o sobre algo que ha pensado, todo sucede en medio de la vida y de la acción, escribir un diario es establecer una pausa, una temporalidad propia, definida por las anotaciones cronológicas. Escribir al día es el único signo formal que identifica a un diario. Todo lo que se escribe ahí es verdad, es pacto pero, sin embargo, muchas veces uno escribe lo que cree que ha sucedido y la realidad puede desmentirlo”. Hay al final algún sorprendente y largo salto cronológico, pero, como el propio Piglia dice, estos cuadernos son para él como una máquina del tiempo que puede manejar a su antojo.

Y, en esa máquina del tiempo, esperaremos con verdadero deseo el segundo tomo de estos diarios cuya publicación se anuncia para este año que comienza. Según Renzi, “serán los años felices de mi vida, que van de 1968 hasta 1975”. Seguro que con su lectura disfrutaremos tanto como lo hemos hecho recorriendo los años jóvenes y de formación de esta figura descollante de las letras hispanas actuales.

Carlos Bravo Suárez
   

domingo, 3 de enero de 2016

SAPPHIRA Y LA JOVEN ESCLAVA

                            
“Sapphira y la joven esclava”. Willa Cather. Impedimenta. 2014. 272 páginas.
            
No hace mucho reseñé en esta misma sección las novelas “Una dama extraviada” y “Mi Ántonia”, de Willa Cather (Virginia, 1873 – Nueva York, 1947), ambas publicadas por la editorial Alba. La escritora estadounidense, todavía poco conocida en nuestro país, es autora de una docena de novelas, numerosos relatos, algunos poemarios y gran cantidad de críticas, reseñas y artículos periodísticos. Nacida en Virginia, se trasladó muy joven a Nebraska, donde ambienta algunas de sus obras, que recrean de manera bastante realista la vida de los primeros colonos blancos que se instalaron en aquellas tierras vírgenes del oeste americano. Publicada en 1940, “Sapphira y la joven esclava” es la última novela escrita por Willa Cather. Recientemente ha sido editada en España por la espléndida editorial Impedimenta, con una magnífica traducción de Alicia Frieyro.
           
“Sapphira y la joven esclava” transcurre casi en su integridad en Black Creek Valley, Virginia, en 1856. Sapphira Colbert, que abandonó las mejores propiedades de su familia para instalarse en estas menos ricas próximas a la pequeña ciudad de Winchester, es una mujer que, aunque ahora enferma y achacosa, sigue gobernando de manera matriarcal sus posesiones, en las que trabajan algunos esclavos negros. Casada con Henry, el matrimonio no comparte lecho desde hace tiempo y el marido trabaja en un molino de la familia donde suele también dormir y recluirse en la lectura de la Biblia. Para el cuidado de su habitación y de sus cosas, Henry muestra preferencia por la joven y atractiva esclava Nancy. Aunque sin fundamento real, Sapphira siente celos y maquina una sibilina venganza sobre la joven esclava, que será acosada por un sobrino del matrimonio, invitado a pasar unos días en la propiedad. Nancy será ayudada por Rachel, la hija de Henry y Sapphira, quien tras quedar viuda de un congresista volvió de la ciudad para vivir en una casa cercana a la de sus padres, aunque entregada a la austeridad y a la ayuda desinteresada a las gentes más pobres de la región.
            
Es en la última parte de la novela cuando aparece más de lleno el tema de la esclavitud y la división entre favorables y contrarios a su existencia en la sociedad estadounidense, con el encontronazo definitivo entre ambas tendencias durante la guerra civil que asoló el país entre 1861 y 1865. También se muestran las redes de huida de los esclavos negros, en este caso desde Virginia hasta Canadá. En un giro narrativo final, el relato da un salto de veinticinco años y pasa de un narrador omnisciente en tercera persona a otro en primera, que parece ser la propia autora situada en sus años de infancia.
            
Willa Cather tiene una gran habilidad en la creación de los personajes, sobre todo los femeninos, que acostumbran a tener mayor presencia y protagonismo en sus narraciones. En un estilo sobrio y sencillo, suele construir relatos lineales de corte realista con cierta penetración psicológica y uso frecuente de la elipsis, para que el lector rellene con su imaginación los espacios vacíos que van dejando sus historias.
            
Aunque ambientada en gran medida en el siglo XIX, la obra de Willa Cather no sólo no ha envejecido, sino que sigue teniendo una gran vigencia literaria en la actualidad. Así lo demuestra el interés de varias editoriales españolas por publicar en los últimos años sus novelas en nuestro país. Algunos lectores agradecemos su descubrimiento y seguimos explorando el interesante filón que supone la obra literaria de esta magnífica escritora norteamericana.

Carlos Bravo Suárez 

domingo, 27 de diciembre de 2015

ACCIDENTE NOCTURNO



    “Accidente nocturno”. Patrick Modiano. Anagrama. 2014. 144 páginas.
            
Aunque hasta esa fecha había publicado en esta sección unas cuantas reseñas de libros suyos, no había vuelto a leer nada de Modiano desde que el año pasado le fuera concedido el Premio Nobel de Literatura. Con motivo de ese importante galardón, se publicaron en nuestro país algunas novelas del escritor francés todavía no traducidas hasta ahora al español. Una de ellas fue “Accidente nocturno”, editada en Francia en 2003.
            
“Accidente nocturno” contiene la mayor parte de los ingredientes del universo literario de Modiano. El suceso que da título al relato, y a partir del cual se construye, es descrito por el propio narrador protagonista al inicio del libro: “Entrada la noche, en un día ya lejano en que estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, cruzaba la plaza de Les Pyramides en dirección a la plaza de La Concorde cuando salió un coche de entre las sombras. Primero pensé que me había rozado; luego noté un dolor agudo del tobillo a la rodilla. Había caído desplomado a la acera. Pero conseguí levantarme. El coche dio un bandazo y chocó contra uno de los arcos de los soportales de la plaza con ruido de cristales rotos. Se abrió la puerta y salió tambaleándose una mujer”. El joven es atendido en un hospital y luego enviado a su casa con un sobre con dinero que le entrega, junto a un documento firmado, un enigmático personaje que acompañaba a la conductora.
            
A partir de ese momento, el joven narrador inicia la búsqueda infructuosa de esa mujer que conducía un Fiat de color verde agua. En su mente se mezclan recuerdos confusos de ese accidente reciente con otros momentos anteriores de su vida. Como un detective que investiga hacia fuera y hacía el interior de su propio pasado, el joven va recorriendo los barrios parisinos, convirtiendo otra vez a la capital francesa, entre real y fantasmagórica, en protagonista de esta novela que puede calificarse de completamente modianesca. Con precisión topográfica se citan calles, plazas y bulevares de la capital francesa, siguiendo el peregrinaje del narrador, que todavía lleva su zapato mocasín roto y sus heridas sin curar del accidente a cuestas. El joven deambula por París, desamparado y triste, recordando relaciones pasadas asociadas al presente y con el peso de un padre que, en permanente huida y envuelto en turbios negocios siempre fracasados, lo abandonó hace años en una soledad doliente y aparentemente incurable.
            
Siempre me ha gustado Modiano, su prosa elegante y evocadora, su mundo obsesivo y reiterado, sus novelas casi iguales pero siempre diferentes, su deambular perdido y confuso por la memoria incierta, su tristeza, su ambigüedad, su nostalgia indefinida. Y esta novela, para algunos tal vez menor entre su extensa obra, expresa con belleza melancólica y difusa ese mundo suyo, tan personal, tan incomparable y único.
            
Aunque ya antes del Nobel, Anagrama y otras editoriales habían ido publicando muchas de sus novelas anteriores, la concesión del premio ha incrementado esa labor de difusión de la parte de su obra todavía inédita en nuestro país hasta la fecha. Y esperemos que, además de recuperar novelas pasadas, sigamos también recibiendo nuevas narraciones del escritor francés, para que sus lectores devotos podamos continuar adentrándonos con voracidad en sus envolventes y obsesivas creaciones literarias.


Carlos Bravo Suárez

domingo, 20 de diciembre de 2015

LA HABITACIÓN DE NONA



“La habitación de Nona”. Cristina Fernández Cubas. Tusquets Editores. 2015. 192 páginas.

Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945) es una de las más destacadas escritoras de cuentos de la literatura española actual. En este género, ha publicado “Mi hermana Elba” (1980),Los altillos de Brumal” (1983), “El ángulo del horror” (1990), “Con Ághata en Estambul” (1994) y “Parientes pobres del diablo” (2006). En 2009, recopiló sus relatos en el volumen “Todos los cuentos”, que recibió diversos premios. La escritora barcelonesa ha publicado también un par de novelas (“El año de Gracia”  y “El columpio”), la obra de teatro “Hermanas de sangre” y el libro de memorias “Cosas que ya no existen”. Tras la muerte de su marido, el filósofo y escritor Carlos Trías Sagnier, Fernández Cubas ha estado varios años en un silencio literario que rompió en 2013 cuando publicó, con el pseudónimo de Fernanda Kubbs, la novela “La puerta entreabierta”. Con “La habitación de Nona”, ha vuelto, tras nueve años de ausencia, a su género favorito del relato breve.

“La habitación de Nona” contiene seis narraciones cortas y toma su título de la primera de ellas. En todas encontramos las características habituales del universo literario de la autora: ambientes más o menos inquietantes, misterios, sorpresas y terrores en un principio inadvertidos, conductas psicológicas ambiguas o extrañas, personajes solitarios y enigmáticos, espacios cerrados y  a veces angustiosos. Y, sobre todo en este libro, el protagonismo de la infancia y los recuerdos familiares y la presencia del tiempo como un todo en que el hoy y el ayer pueden mezclarse sin solución de continuidad. Dos citas de Einstein, una al inicio del libro y otra en uno de sus cuentos, son reveladoras de la concepción de la realidad y el tiempo dominante en estas narraciones: “”La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente” y “Su marido me ha precedido; pero como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente”.

Excepto uno de ellos, el más autobiográfico “La nueva vida” cuya protagonista es una mujer madura, en todos los demás los personajes principales son niñas de alrededor de 13 años.  En “La habitación de Nona”, una de estas niñas intenta penetrar en el mudo cerrado de su envidiada hermana, a la que sus padres siempre han considerado como “muy especial” y parecen dar un trato diferente. “Hablar con viejas” tiene estructura de relato clásico y recuerda en cierto modo a “Hansel y Gretel” y otros cuentos de ogros. Tal vez el mejor relato del libro sea “Interno con figura”, inspirado en un cuadro, que sirve de portada a la edición de Tusquets, del pintor decimonónico italiano Adriano Cecioni, cuya reciente exposición en Madrid fue a visitar la autora del libro que aparece aquí también como narradora para explicarnos cómo ha escrito este cuento. “El final de Barbro” narra la venganza final de tres niñas cuyo padre viudo ha sido seducido por una mujer más joven, una atractiva nórdica de ojos azules y melena rubia recogida en una cola de caballo. “La nueva vida” es el más autobiográfico de los relatos del libro y parece impregnado por el recuerdo del marido muerto de la escritora, que funde presente y pasado en un intento de superar la trágica realidad que la ahoga. En “Días entre los Wasi-Wano”, una niña y su hermano van a pasar una temporada a un pueblo con sus tíos, una pareja joven sin hijos, viajera y algo “hippie”, pero con un conflicto oculto a la idealización infantil.

Tal vez algo irregulares, pero en todo momento interesantes y escritos con estilo primoroso y buen ritmo narrativo, estos seis relatos breves devuelven a Cristina Fernández Cubas, tras un largo silencio ocasionado por la dolorosa pérdida de su marido, al género literario que mejor domina. Esperemos que la próxima entrega ya no se haga esperar tanto como la que aquí acabamos de reseñar.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 13 de diciembre de 2015

ADIÓS, HASTA MAÑANA


“Adiós, hasta mañana”. William Maxwell. Libros del Asteroide. 2015. 176 páginas.
           
William Maxwell (Lincoln, Illinois, 1908 – Nueva York, 2000) fue un magnífico escritor y editor estadounidense que todavía no es demasiado conocido en nuestro país. Autor de media docena de novelas, algunos cuentos y relatos y unas memorias personales, Maxwell trabajó durante más de cuarenta años como editor de la revista The New Yorker y conoció y orientó a muchos de los grandes escritores estadounidenses del siglo XX. Entre otros, a Nabokov, Updike, Salinger o Cheever. “Adiós, hasta mañana”, publicada en Estados Unidos en 1980, es unánimemente considerada como su mejor novela y ganó el prestigioso American Book Award de aquel año. En España fue traducida en 1998 en una edición de Siruela y, coincidiendo con el centenario del escritor en 2008, publicada por Libros del Asteroide, que en los años anteriores había editado sus novelas “Vinieron como golondrinas”, de corte autobiográfico, y “La hoja plegada”. Esta misma editorial, con acertado criterio, ha reeditado en nuestro país “Adiós, hasta mañana”, con la misma traducción de Gabriela Bustelo.

“Adiós, hasta mañana” transcurre principalmente en dos granjas de las afueras de la pequeña población de Lincoln, en el estado de Illinois.  En los años 20 del pasado siglo, un granjero es asesinado por su vecino, que se suicida tras cometer el crimen. Se trata de un asunto pasional, pues los protagonistas del suceso, amigos íntimos hasta no hace mucho, se han enemistado porque uno se ha enamorado y mantiene relaciones con la mujer del otro. Este podría ser el arranque de una novela negra o de un relato romántico, pero “Adiós, hasta mañana” no es, en exclusiva, ninguna de ambas cosas. El narrador, en primera persona, es alguien que en el momento del crimen era un niño que acababa de establecer amistad con el hijo del granjero asesino. Y es muchos años después, al recordar que tras el crimen se distanció de su amigo y no estuvo a su lado cuando este más podía necesitarlo, cuando el narrador se pone a intentar escribir la historia de aquel crimen. Es el arrepentimiento y el sentimiento de culpa lo que lo lleva a volver sobre el caso muchos años más tarde e intentar reconstruirlo. Para esa reconstrucción, que constituye la base de la novela, recurre a las hemerotecas y a sus recuerdos, y rellena con ficción verosímil de cosecha propia los vacíos que le faltan. Porque, al fin y al cabo, lo que solemos atribuir a la memoria suele ser una forma de narración que se va desarrollando en la mente y que con frecuencia se transforma y cambia al ser contada. Por eso, cuando hablamos del pasado en realidad mentimos casi siempre en mayor o menor grado.
            
Con elipsis narrativas y saltos en el tiempo, en la novela encontramos magníficamente contadas las historias de los dos granjeros, con la génesis y las causas del conflicto que las enfrentó y las consecuencias que tuvo para sus respectivas familias. A ello se añaden algunas espléndidas páginas dedicadas a la vida del narrador que parecen en buena medida autobiográficas del autor del libro, sobre todo por el hecho de que ambos perdieron a su madre por enfermedad cuando eran niños. La infancia, la memoria, los enamoramientos pasionales y los derrumbes que en este caso propician, o la vida en las granjas de la América rural de las primeras décadas del pasado siglo, son algunos de los temas que aparecen magistralmente pasados por el tamiz literario de un escritor que posiblemente merezca un lugar preeminente en la literatura norteamericana contemporánea.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 6 de diciembre de 2015

LA LEY DEL MENOR

                                                 

“La ley del menor”. Ian McEwan. Anagrama. 2015. Traducción de Jaime Zulaika. 216 páginas.
            
Con una larga carrera literaria y numerosos premios en su haber, Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) es uno de los escritores europeos actuales más destacados y conocidos y posiblemente el mejor de los escritores británicos vivos. En las últimas décadas, Anagrama ha publicado en España sus dos libros de relatos, “Primer amor, últimos ritos” y “Entre las sábanas”, y las novelas “El placer del viajero”, “Niños en el tiempo”, “En las nubes”, “El inocente”, “Los perros negros”, “Amor perdurable”. “Ámsterdam”, “Expiación”. “Sábado”, “Chesil Beach”, “Solar” y “Operación Dulce”. En la misma editorial, y con la buena traducción habitual de Jaime Zulaika, acaba de aparecer en nuestro país su última novela “La ley del menor”.
            
Con los años, Ian McEwan tal vez ha perdido algo de la intención provocadora de sus inicios, pero ha ganado en contención y elegancia. Con un estilo austero que huye de las florituras léxicas, aunque puede detenerse hasta el detalle en algunas descripciones del trabajo en la judicatura o de un concierto musical, el ya casi septuagenario autor británico ha publicado una hermosa novela, llena de concisión y sensibilidad. La protagonista de “La ley del menor” es Fiona Maye, importante jueza del Tribunal Superior británico especializada en derecho de familia, una mujer cercana a los sesenta años totalmente entregada a su trabajo, al que ha sacrificado su maternidad y en los últimos años también su relación de pareja. Ahora, de manera sorprendente e inesperada, su marido acaba de pedirle compatibilizar su matrimonio con una aventura más pasional con una amante más joven. En esa situación de crisis personal, Fiona debe juzgar el caso de Adam Henry, un chico que aún no ha cumplido los 18 años que padece una grave enfermedad. Tanto él como sus padres son testigos de Jehová y rechazan la posibilidad de una transfusión de sangre que los médicos estiman vital para salvar la vida del muchacho. Al ser aún menor de edad, Fiona debe decidir sobre la cuestión, aplicando la ley del menor que aboga por la prioridad de la defensa del bienestar del menor ante cualquier duda o dilema. Además de juzgar su caso, la estricta y encorsetada jueza conocerá a Adam y descubrirá en él a un joven sensible y atractivo, amante de la poesía y de la música, que introducirá en su vida una nueva presencia inquietante e inesperada.
           
“La ley del menor” es una novela de corte clásico. Algún crítico ha dicho que con ella McEwan ha pasado de una estética narrativa del siglo XXI, presente en muchas de sus novelas anteriores, a inspirarse ahora, aunque tal vez con una mayor economía de lenguaje, en la estética narrativa de los grandes novelistas del XIX. A pesar de su aparente simplicidad y de la poca acción física del relato, subyacen en él numerosos conflictos del presente: los nuevos problemas jurídicos que el multiculturalismo y sus diversas religiones plantean en las sociedades europeas modernas, el cansancio y el aburrimiento en las relaciones matrimoniales prolongadas, la frecuente necesidad de nuevas experiencias antes del declive físico y sexual y la diferente manera de afrontarlo en los hombre y las mujeres, el choque entre la necesaria defensa de la vida y los preceptos que defienden algunas religiones, entrte la fe y la legalidad, la diferente valoración social de la diferencia de edad en las relaciones de pareja según los sexos…
            
Todo depende de gustos y preferencias, pero ojalá Ian McEwan siga por la línea narrativa que parece inaugurar con “La ley del menor”. Una novela espléndida que deja en el lector un inmejorable sabor de boca.

Carlos Bravo Suárez