miércoles, 24 de agosto de 2016

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE CAPELLA 2015

Buenas noches a todos, a los vecinos y amigos residentes en Capella y a los que por uno u otro motivo estáis aquí presentes esta noche, para iniciar un año más las fiestas mayores de este querido pueblo, al que unos y otros nos sentimos vinculados por diversos lazos de pertenencia, familia o amistad.

En primer lugar, y porque siempre es de bien nacidos ser agradecidos, quiero dar las gracias al señor alcalde de Capella, Sergio Baldellou Español, y a toda la corporación municipal en representación del pueblo entero, por haber pensado en mí para leer este pregón de fiestas, que además es una innovación del programa festivo de este año. No creo ser merecedor de tal honor, pero os agradezco de todo corazón que hayáis depositado en mí esta confianza.

Ser pregonero de las fiestas de Capella no es para mí cosa pequeña ni baladí. Todo lo contrario, esa condición me produce una doble sensación de enorme orgullo y obligado agradecimiento. Por lo que para mí, desde la infancia, siempre han representado este pueblo y sus gentes, y por lo que supone de amistad y aprecio por vuestra parte hacia mi persona, a los que espero saber corresponder siempre y en todo momento con la gratitud y reciprocidad que se merecen.

Todos conocéis, supongo, mi estrecha vinculación familiar con Capella. Mi padre nació en casa Bravo, a pocos metros de esta plaza. Mis abuelos, a los que ya no llegué a conocer, tuvieron que lidiar con seis hijos varones que se llevaban sólo dos años de diferencia entre ellos.Recuerdo oír contar a mi padre y a mis tíos que en casa Bravo había que ir “espabilaos” porque el último de los hermanos que se levantaba por la mañana no se calzaba aquel día. De aquellos seis hermanos sólo uno sigue con vida, y ya bastante mayor: mi tío José, que vive en Barcelona. Los demás (Carlos, Ramiro, Víctor, Jaime y mi padre Adolfo) nos han ido dejando antes o después en estos últimos tiempos. Mi padre se casó en Torres del Obispo y allí fue, como todos sabéis, donde yo nací.

De niño y adolescente, yo pasaba todos los años unos estupendos e inolvidables días de verano aquí en Capella. Siempre digo que de muy joven no veraneaba en la playa ni en la montaña; yo, y a mucha honra, veraneaba en Capella. Tal vez fuera por esa edad maravillosa en torno a los quince años que entonces yo tenía, pero no recuerdo haber disfrutado probablemente nunca de unos veranos mejores que los que por aquel tiempo pasé en este pueblo. Solía venir en torno a los días de la fiesta y acostumbraba a quedarme aquí hasta que en septiembre empezaba en Graus el instituto.

Esos días en Capella eran para mí especiales y distintos al resto del año, los únicos que pasaba fuera del control de mis padres, y los recuerdo como plenos de felicidad y alegría. Estaba en casa Bravo con mis tíos Carlos y Adelina y mi primo, también llamado Carlos, al que mi tía para diferenciar llamaba José Carlos. Algunos días iba a comer o a cenar a casa Garreta, la casa de mi tío Víctor, también hermano de mi padre, con mi tía Nati y mis primas Nati y María Rosa. En ambas casas me sentía completamente a gusto.

Mis dos tíos me contaban muchas historias y anécdotas y estaban siempre de buen humor. Con mi tío Carlos me iba a la granja de los tocinos y nos llevábamos con nosotros a Tarzán, un perro grande muy tranquilo y más bueno que el pan, al que mi tío tenía muy bien enseñado y al que siempre he recordado como el perro ideal. Mi tío Víctor siempre nos hacía reír con anécdotas de caza, historias del jabalí que se le escapaba por poco, la rabosa o los conejos, y se conocía con minucioso detalle todos los alrededores, campos y sierras de Capella. Seguro que con su falta se ha perdido una sabiduría popular inigualable de este pueblo, de sus montes, de sus tierras, de sus lindes y sus buegas.

Me acuerdo que mi tío Carlos era un cazador de andar poco, recuerdo cómo Tarzán le marcaba las codornices antes de que iniciaran el vuelo desde los rastrojos y él pudiera dispararles con la escopeta a placer, y casi siempre con muy buena puntería. Sin embargo, mi tío Víctor era de mucho andar y pegaba tan largas zancadas que, como decía mi tío Carlos, no “el podeban seguí ni los cochos”. Aún recuerdo cómo alguna vez nos despertaba en Torres a primera hora de la mañana, después de haber venido andando desde Capella atravesando la sierra por Castarlenas. De mi tía Adelina, aquí presente, y de mi tía Nati, ya fallecida, guardo un recuerdo inmejorable y lleno de cariño.

De aquellos años recuerdo también las visitas a la tasca de Ferrer, un personaje entrañable con su biscúter blanco, al que a veces hacíamos enfadar pidiendo cada uno una cosa diferente en su pequeño bar. Y el bar de Viu, donde mis tíos solían echar la partida de cartas o la charrada con la chen del pueblo. También han quedado en mi memoria las sentadas en las escaleras que hay entre el actual local social y el citado bar de Viu.

Me acuerdo que a muchos les hacía mucha gracia escuchar cómo yo hablaba, en ribagorzano modalidad de Torres del Obispo, algo distinta a la variante de Capella. Les hacía reír que dijera “dona” en vez de “muller”, o “feito” en vez de “fecho”; y sobre todo se reían cuando me preguntaban dónde nos íbamos a bañar en el río de Torres y yo contestaba que allí “mos bañaban a las cadollas”, en vez de “en las folgas o las refolgas que eba ane se bañaban en Capella”.

Yo me chuntaba con los zagals y las zagalas que tenían más o menos mi edad. Algunos eran veraneantes y otros del pueblo. A mí, aunque venía de Torres, me consideraban un veraneante, con los pequeños privilegios de no tener que ayudar en casa que esa condición significaba entonces. De mis amigos de aquellos años, recuerdo a Mario Bauret, con el que –al principio, por el orden alfabético de los apellidos– compartí pupitre o “mesas ajuntadas” durante tres años en el instituto de Graus y luego hasta habitación con dos compañeros más en el internado o colegio menor de Barbastro donde estudiamos el entonces recién implantado COU; Enrique Mir, de casa Barbero; Alberto de Monclús; Horacio; o Julio, este último tristemente fallecido hace unos años en una de esas injusticias que de vez en cuando nos depara la vida.

De las zagalas, me acuerdo especialmente de María José, Ángela, Sara y Silvia Calvera, la hija del Sastre, con el que mi tío Carlos “chugaba” a las cartas en el café de Viu y, siempre chungón, “se men burllaba decinme que había chugau al subastau con mi suegro y que ya podeba prepárame pa gritá y pa repetí las cosas perque hi sentiba poco, pues cuan él diba noventa el otro siempre entendeba setenta u ochenta”.

Fui dejando atrás aquellos años de adolescencia y primera juventud y, después de una época un poco hippy de “pelos llargos” y aficiones musicales a la moda, me centré definitivamente en los estudios en la Universidad de Barcelona. Enseguida de terminar la carrera empecé a trabajar en varios institutos de Cataluña y allí viví más de veinte años. En cualquier caso, si venía en verano de vacaciones a Torres, a finales de agosto siempre subía a las fiestas de Capella. Iba a cenar a casa de mis tíos, a veces con algunos amigos que iban de fiesta conmigo, y en las dos casas, Bravo y Garreta, era  magníficamente recibido con la generosa hospitalidad de siempre.

Pasaron aquellos años de juventud y decayeron poco a poco las ganas de fiesta, de diversión bullanguera y de jarana, pero yo nunca me olvidé de Capella; aunque ya no pudiera venir siempre a estas fiestas de verano. Hace ya unos años volví a Ribagorza con mi mujer y mis dos hijos para instalarnos en Graus y trabajar en su instituto. Murieron mis tíos Carlos y Víctor y también mi tía Nati, y quedan mi primo y mis primas, y mi tía Adelina, persona excepcional y enormemente generosa, que a pesar de los años aún va campando fuerte y espero que así siga por mucho tiempo. Y al volver a estas tierras, empecé a aficionarme a caminar y a hacer excursiones. A veces he pensado que esta afición mía “a caminá per ixos montes y ixas serras” me venga tal vez de mi tío Víctor, caminante infatigable y aficionado al monte y conocedor como pocos de sus secretos y escondrijos más recónditos.

Y a través del Centro Excursionista de la Ribagorza fui trabando amistad con nuevas gentes de Capella y, en especial, con la Peña La Meliguera, un grupo de excelentes personas de enorme calidad humana, algunos aficionados a caminar y participantes en nuestras excursiones, y todos estupendos cocineros, expertos en preparar magníficas comidas para el número de gente que haga falta y sea menester. Gente sencilla y noble, con la que siempre se puede contar y que nunca ni en nada te fallan.

Con ellos hemos disfrutado de estupendos momentos e inolvidables comidas populares, que no mejorarían muchos de los renombrados cocineros y chefs de moda y relumbrón. Unas veces en el merendero de San Medardo en Benabarre y, otras muchas, en el magnífico y acogedor merendero de aquí de Capella, junto al impresionante puente medieval que se levanta sobre las aguas del río Isábena. Seguro que seguiremos disfrutando en el futuro de esas comidas campestres excepcionales y sin parangón, donde, además de los buenos alimentos y los mejores sabores, reinan una sana camaradería y una convivencia entrañable.

También en este periodo más reciente he descubierto muchos otros aspectos de Capella, en los que me fijaba menos, o me pasaron bastante desapercibidos, en mis estancias juveniles, en que mi atención estaba como es natural en otras cosas. Sobre todo, los referidos a la historia y el patrimonio cultural, arquitectónico y artístico del lugar. De algunas de estas cuestiones he escrito en estos años diversos artículos en distintas publicaciones, y también en el Llibré de las fiestas de Capella. En sus páginas coincidí en varias ocasiones con Fernando Calvera, para quien quiero tener hoy aquí un especial recuerdo en estas fechas festivas.

Desde luego, el elemento arquitectónico y artístico más destacado de Capella es su impresionante puente medieval, posiblemente de los siglos XIII o XIV, y sin duda el más grande y también el más bonito, no sólo de la comarca sino de toda la provincia. Muy destacable es también la iglesia parroquial de San Martín de Tours, de claro origen románico y recientemente reformada, con el espléndido retablo del siglo XVI que atesora en su interior, obra de dos de los pintores de mayor prestigio existentes en aquel tiempo en Barcelona: el alemán Johan de Borgunya y el portugués Pedro Nuñes.

Y qué decir de los lugares de interés que se esconden al otro lado del río Isábena y que nuestro buen amigo y mejor persona Joaquín Sesé, al que unos llamamos Quinón y otros llaman Quinito, ha contribuido con esfuerzo ingente y enorme mérito a limpiar y desbrozar, para que hoy todos podamos ver, conocer y valorar más y mejor estas valiosas muestras de nuestro rico patrimonio.

Lugar verdaderamente mágico y singular, que tal vez aún pueda deparar nuevas sorpresas en posibles y deseables excavaciones futuras, es la ermita románica de San Martín, escondida al resguardo de las altas paredes de la sierra, en un enclave de una belleza única, junto a los abrigos que aprovechan las oquedades naturales abiertas en la roca. O los ahora ya seguros restos de la antigua ermita románica de Santa Eulalia, no lejos del propio San Martín. O, un poco más abajo, los de la ermita de San Chulián, que tal vez se corresponda, esta u otra anterior, a la citada en la primera mención histórica documentada de Capella, cuando Ramiro I reconoce al monasterio de San Victorián de Asán una iglesia dedicada a San Julián "in villa Capella", edificada en el año 842 y consagrada por el obispo Jacobo de Lérida. Tal cosa sólo pudo ocurrir si se trataba de cristianos mozárabes, tolerados en su territorio por los entonces dominadores musulmanes. La posible existencia de algunas comunidades mozárabes en la Ribagorza, a tenor de algunos documentos de la época muy probables en lugares como Capella o Torres del Obispo, es una interesante línea de investigación histórica apenas explorada hasta la fecha.

Fue el propio rey Ramiro I quien conquistaría Capella a los musulmanes, seguramente entre los años 1060 y 1063, en su camino hacia Graus donde iba a encontrar la muerte frente a sus murallas, en el llamado campo de Zapata. En esos tiempos medievales tuvo Capella castillo, de posible origen árabe, en lo más alto del pueblo, donde hoy se halla su iglesia parroquial. En 1065 sabemos que ya era cristiano y que Guillermo Servus Dei era su tenente. A mediados del siglo XVI, el castillo de Capella ya aparece registrado como una de las muchas fortalezas derruidas de Aragón.

También en tiempos medievales, los caballeros de Capella eran considerados hombres de confianza por el rey Pedro I y junto a él iban –cuando era infante todavía y ya su padre, Sancho Ramírez, delegaba en él funciones importantes– al frente de las tropas que en 1087 y 1089 conquistaron Estada y Monzón. El más importante de estos caballeros fue Berenguer Gombaldo, cuya participación en estas conquistas sería destacada, pues en premio recibió –junto a Garci Jiménez de Grustán– algunas almunias y casas en la ciudad montisonense. Gombaldo participó también con otros caballeros ribagorzanos en la toma de Zaragoza y del valle del Ebro por Alfonso el Batallador, y en la expedición que éste organizó a tierras andaluzas, de la que formó parte también al parecer el posteriormente canonizado San Ramón, que fue obispo de Roda y Barbastro. 

Según la leyenda, el prelado paró posteriormente en Capella en su huida a Roda desde Barbastro, donde era hostigado a sangre y fuego por el obispo Esteban de Huesca que le disputaba la titularidad de aquella plaza. Se dice que, sentado sobre una piedra al lado del camino, el obispo huido recibió los honores y la ayuda de las gentes de Capella, que pusieron de manifiesto una vez más su hospitalidad y nobleza. Junto al río, y en recuerdo de aquel hecho, queda la ermita dedicada al obispo y la supuesta piedra donde el santo descansó en su camino. Las gentes de Capella tuvieron durante largo tiempo el mayor protagonismo en la romería que todos los años llevaba desde diversos pueblos de la comarca hasta la catedral rotense, en memoria de aquel obligado viaje del obispo Ramón en los inicios del siglo XII.

No menos interesantes son las diferentes aldeas de Capella, cuya historia particular sería también deseable conocer algo mejor y más a fondo. En antiguos documentos, se citan como pertenecientes a esta villa las aldeas o masías de Casa Chorchi, L’Hereu, Estorianz, La Bruballa, La Buixeda, La Serranía, La Sierra, Miralpeix y San Chenís. Algunas de ellas siguen hoy habitadas y otras nos resultan difíciles de ubicar en la actualidad.

Un personaje ilustre nacido en la Capella del siglo XVIII fue José Francisco Clavera Oncins, jesuita, naturalista y cirujano, destinado en varios colegios de Aragón. Estudió Artes y Medicina en la Universidad de Huesca. Fue enfermero y boticario en varios de los colegios regentados por los jesuitas. Con el duque de Villahermosa estuvo también en Madrid, y más tarde se le destinó a Italia, donde escribió gran parte de su obra y donde murió en la ciudad de Bolonia. No es de extrañar, que habiendo nacido a orillas del río Isábena, y siendo seguramente buen conocedor de las fuentes y manantiales de la comarca, uno de sus libros más valorados trate sobre la hidroterapia o curación por medio del agua.

Capella ha sabido conjugar siempre tradición y modernidad, apego al pasado y visión de futuro. Ha conservado, como pocos lugares, su variedad ribagorzana aragonesa como vehículo lingüístico habitual entre sus habitantes. Y, en esa expresión autóctona, ha conservado y recuperado una rica y divertida manifestación de la tradición popular como es la pastorada, que inmediatamente, y dentro del programa festivo de este año, vamos a ver de nuevo representada por la “chen chove del llugá”  en esta misma plaza.

Capella tiene historia y patrimonio, pero siempre ha sabido mirar al futuro, y así debe seguir haciéndolo, para avanzar, seguir progresando y no quedarse atrás. Sus gentes, además de nobles y hospitalarias, son, como han sabido demostrar a lo largo de los tiempos, laboriosas y emprendedoras. Y también saben, cuando es el momento y la ocasión lo requiere, celebrar y disfrutar con jolgorio y sana diversión las diferentes fiestas del año, sean estas las de invierno o las mayores de verano. Y ese momento festivo ha llegado un año más para el disfrute y la alegría de todos. VIVA LAS FIESTAS DE CAPELLA 2015. FELICES FIESTAS A TODOS.

(Texto publicado en El Llibré de las Fiestas de Capella 2016)














miércoles, 10 de agosto de 2016

SENDER Y LAS GALLINAS DE CERVANTES




Al celebrarse este año el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, parece oportuno recordar aquí el pequeño homenaje que Ramón J. Sender rindió al autor de El Quijote en su relato “Las gallinas de Cervantes”. Publicado por primera vez en México en 1967 en el libro “Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas”, en España el cuento fue editado en solitario en 2002 por Plaza & Janés en su colección de bolsillo. También aparece, como es lógico, recogido en la Obra Completa de Ramón J. Sender (Tomo II, pp. 315- 356), publicada en 1977 por Destino, edición que yo he seguido a la hora de redactar estas lineas. De “Las gallinas de Cervantes” se hizo en 1988 una adaptación cinematográfica con el mismo título, dirigida por Alfredo Castellón e interpretada en sus principales papeles por Miguel Rellán, Marta Fernández Muro, Josep María Pou y Francisco Merino. La película mantiene en esencia la idea original del texto de Sender, aunque introduce algunas novedades, como la incorporación del personaje de El Greco, a quien Cervantes sirve de modelo en su cuadro “El entierro del Conde de Orgaz”.

El punto de partida en que se inspiró el novelista oscense para escribir el relato fue que entre los distintos bienes que su mujer, doña Catalina de Salazar Palacios, aportaba como dote en su boda con Cervantes figuraban veintinueve gallinas y un gallo. Así aparece recogido en el acta matrimonial de los esponsales que se celebraron el 15 de diciembre de 1584 en la localidad toledana de Esquivias, de donde era natural la contrayente. La ceremonia fue oficiada por el párroco Juan de Palacios, tío de la novia. Se dice que el matrimonio fue algo extraño, aunque tampoco tanto para aquellos tiempos, pues Cervantes, de 37 años, era un hombre de mundo que casi doblaba en edad a la novia, de 19, que hasta entonces apenas había salido de su pueblo manchego. Lo que parece fuera de toda duda es que don Miguel y doña Catalina se casaron por amor, que, como ya sabemos, suele ser ciego y no atender a las razones de la lógica.

A partir de este documento matrimonial verídico, Sender compone una obra disparatada y de tintes surrealistas en la que doña Catalina de Salazar sufre una progresiva y sorprendente metamorfosis en gallina. Así empieza la narración: “Lo que pasaba con la mujer de Cervantes, doña Catalina, era un poco raro al principio, más tarde llegó a ser alarmante y luego fabuloso e increíble”. Y enseguida el narrador concreta: “Lo que le pasaba a doña Catalina Salazar era que se estaba volviendo gallina”. Y esa transformación en ave de corral de la moza manchega recién desposada será el meollo argumental del texto que nos ocupa.

Sender explica su tratamiento literario en la breve nota preliminar a la narración: “Alguien tenía que escribir sobre las gallinas de la esposa de Cervantes y una de las modas de vanguardia (el surrealismo) me ha ofrecido a mí, tan enemigo de modas, la manera”. Y más adelante aclara: “Me refería al surrealismo como una escuela de vanguardia, pero la verdad es que ha existido siempre, desde 'El asno de oro' de Apuleyo hasta 'El cocodrilo' de Dostoyevski. La única añadidura de la escuela moderna es una ligera dimensión lírica que se produce con el desenfoque de los objetos reales o su deliberada distorsión”.

En referencia al tema elegido, Sender apunta que “el caso es que las gallinas llevan ya más de tres siglos cacareando y pidiendo un cronista, como le decía yo a Américo Castro cuando él me hablaba de lo poco que se había escrito sobre la vida privada de Cervantes”. El novelista altoaragonés admiró siempre a Cervantes, pero también denuncia la poca consideración que nuestro país tiene hacia sus personajes más valiosos: “En España más que en ningún otro país la gloria es solo de los muertos. Durante la vida de los héroes, los poetas o los santos ese sol brilla para ellos muy pocas veces, ya se trate de Hernán Cortés, de Pizarro, de Miguel Servet, de Gracián o de Cervantes. La envidia de sus coetáneos suele enturbiarles la atmósfera. A veces hasta hacerla asfixiante”. Pero la posterior fama universal de Cervantes y El Quijote es incuestionable: “El cielo de Cervantes es vasto e inmenso y rodea el planeta entero. Y está poblado de ángeles que repiten las palabras de Don Quijote en todos los idiomas del mundo”.

Sender, con ironía bien modulada, quiere dar en su relato una apariencia real a la transformación en gallina de la mujer de Cervantes: “Algún lector se extrañará de que yo escriba estas páginas sobre la mujer de Cervantes, pero creo que ha llegado el momento de decir la verdad, esa verdad que en vano ocultan Rodríguez Marín, Cejador y otros queriendo preservar y salvar el decoro de la familia cervantina. Siempre hubo un misterio en las relaciones conyugales de Cervantes y eso nadie lo niega. ¿Por qué no aparece su mujer viviendo con él en Madrid, en Valladolid? Es como si el escritor quisiera recatarla en la media sombra rústica de la aldea. ¿Por qué no la lleva consigo?”.

Además de la descripción del proceso de gallinización de Catalina, Sender introduce varios temas de interés en un relato que tiene más intenciones críticas y enjundia literaria de las que pudiera aparentar. Hay una clara contraposición entre la mentalidad abierta y cosmopolita de Cervantes y el mundo cerrado y mezquino de la familia de Catalina, que aparenta no ver la transformación de la joven e insinúa, sin hacer nunca mención directa a unos cambios cada vez más difíciles de ocultar, que esta pueda ser causa de la influencia negativa, y tal vez demoníaca, del propio Cervantes, por su condición de judío converso y por su prolongado contacto con herejes en su cautiverio en Argel, asuntos ambos a los que los tíos de Catalina no dejan de hacer continuas alusiones más o menos veladas. Hasta el punto de que don Miguel llega a temer ser denunciado ante la Inquisición. Por otro lado, los dos tíos y la propia esposa recriminan constantemente a Cervantes su incapacidad para ganar dinero como escritor. Cuando este trae a casa un halcón herido que ha encontrado en el campo, el animal será rechazado con hostilidad por Catalina y su familia. Sender recurre aquí a una clara contraposición metafórica entre los dos tipos de aves presentes ahora en la casa: las gallinas con su vuelo corto representan la mezquindad y la incapacidad para volar, mientras que el halcón encarna la gallardía, la elegancia y las ansias de ser libre.

Esta contraposición, que se manifiesta a lo largo de la novela, aparece ya en la antítesis con la que Sender presenta a Cervantes y a Catalina al final de su nota preliminar: “Por ese afán de simetría que existe en la vida moral lo mismo que en el mundo físicole correspondió a Cervantes (que buscaba en vano a su Dulcinea) la esposa más tonta ella nos perdone de la Mancha”. Esta caracterización literaria no parece ajustarse del todo a la verdad, pues, según su reciente biógrafo Segismundo Luengo, Doña Catalina no era tan tonta como Sender la pinta y, aunque no había salido nunca de su pueblo toledano, había recibido una esmerada educación y sabía leer y escribir, algo poco frecuente en las mujeres de la época. Además, pese a ausencias y desavenencias, el matrimonio duró más de treinta años, hasta la muerte de Cervantes. Doña Catalina sobrevivió diez años a su marido y a su muerte fue enterrada con Don Miguel en el mismo convento de las Trinitarias de Madrid, donde ella profesó como monja tras quedar viuda.

Otro aspecto destacado de la narración de Sender es la anticipación que se hace en ella de la creación del Quijote. Los personajes del relato van prefigurando en la mente de Cervantes la gestación de la que unos años después será su gran obra. Al personaje real del clérigo oficiante en la boda, añade Sender otro tío de la joven, llamado don Alonso de Quesada y Quesada, quien obliga a incluir en el ajuar de la desposada las mencionadas veintinueve gallinas con su correspondiente gallo. Desde el nombre y su figura hasta su extravagante carácter, todo en el personaje constituye el embrión literario que cristalizará más tarde en el Quijote: “Los nombres de aquel viejo hidalgo Alonso y Quesadale parecieron a Cervantes especialmente sugestivos. Pero Quesada podía haber sido Quijano y Quijada y se le ocurrió que añadiéndole el sufijo “ote” despectivo la sugestión era más completa”. La propia Catalina comienza a prefigurar a Dulcinea en la mente de su marido: “Antes de casarse había querido informarse sobre la familia de la novia y supo que sus abuelos venían del Toboso. […] Era Cervantes gran admirador de La Celestina y a la hora de dar a su novia un nombre idílico se le ocurrió hacerlo a imitación del de Melibea y Melisendra, esposa del infante Gaiferos. Si ellas eran dulces como la miel, dulce debía ser también doña Catalina. Así, pues, la llamó Dulcinea y por alusión a su linaje, del Toboso. En su conjunto el nombre quería decir Dulzura de la bondad secreta”.

A la casa de Esquivias acuden el barbero y el cura párroco del pueblo a jugar a las cartas con los dos tíos de Catalina. Dos clérigos, un hidalgo y un barbero. Aunque no se menciona el nombre del juego, se deduce que se trata del guiñote. Sender, al relatar una partida, introduce algunas expresiones usadas en este juego. Por el interés que puede tener el episodio para muchos lectores oscenses, reproduzco buena parte del pasaje:

“Cuando entraron en la casa seguían los dos curas, don Alonso y el barbero jugando a las cartas. […] Don Alonso echó a la mesa el tres de copas y dijo:
-Arrastro.
Quería decir que les obligaba a los otros a echar los triunfos que tuviera. Al barbero le contrarió aquello y replicó contrariado con palabras de bellaco tahúr:
-El culo por un barcero.
[...]Un barcero era un seto espinoso, una zarza en tierras de Aragón. También lo llamaban 'arto'. El barbero debía de ser de origen aragonés”.

No he rastreado todos los aragonesismos que, como en buena parte de la obra de Sender, hay en esta novela breve. Pero, además de las expresiones referidas al juego de cartas, encontramos por ejemplo en alguna ocasión la palabra esparver para referirse al halcón, al que Catalina y sus tíos suelen llamar despectivamente buitre o alimaña. En la zona más oriental aragonesa se utiliza bastante el término esparver, común al catalán, que en otros lugares de Aragón se convierte en esparvero o incluso esparavero, y que, aunque específicamente corresponde a la palabra castellana gavilán, se suele utilizar para referirse a cualquier ave rapaz de pequeño o mediano tamaño. En “Crónica del alba”, Sender escribe: “Yo he visto a los esparveres en mi pueblo volar y estar quietos en el aire, sin subir ni bajar. Y eran esparveres con su pico y sus garras”.

También al escribir sobre el gallineros de la casa de Esquivas parece Sender echar mano de sus recuerdos de infancia y juventud en tierras altoaragonesas: “Entretanto las gallinas iban retirándose a dormir. La última luz iluminaba sobre las bardas los vidrios rotos que, insertos en el adobe seco, las defendía contra posibles asaltantes. Porque había un campamento de gitanos en las afueras”. No creo que hubiera en el siglo XVII demasiado vidrio para poner en las paredes de los gallineros, y esas bardas de adobe con vidrios rotos pertenecen posiblemente a la memoria de juventud del escritor de Chalamera.

Los nombres de las veintinueve gallinas con los que Catalina sorprende a un Cervantes entre asombrado y dolido tal vez remitan también a los recuerdos juveniles de Sender, a unos tiempos en que en casi todas las casas de los pueblos aragoneses había gallineros y gallinas, a las que se solía dar nombres que aludían a sus características físicas más destacada. Estos son los nombres que da doña Catalina a las suyas: la Clueca, la Pita, la Gallipava, la Pintada, la Papuda, la Coquita, la Buchona, la Repolluda, la Escarbona, la Polianuda, la Barbeta, la Obispa, la Porcelana, la Overa, la Pechugona, la Pechugueta, la Caparazona, la Crestonera, la Cobadora, la Pepita, la Pollera, la Mantuda, la Rabiscona, la Reculona, la Moñuda, la Calcetera, la Roqueta, la Gallineta viuda y el Gallino. El nombre del gallo, Caracalla, tiene otras connotaciones y Cervantes lo relaciona enseguida con el emperador romano asesinado en el siglo III.

Tratándose de Sender y de Cervantes, el final no podía ser otro que una alegoría de la libertad. Don Miguel abandonó Esquivias y su atmósfera asfixiante y “se fue a Andalucía a reunir víveres para la expedición de la Invencible que fue vencida poco después”. De la transformación de Doña Catalina y de su vida posterior, dice Sender que nada más se ha podido averiguar.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado hoy en el suplemento "Alto Aragón" del número especial de las Fiestas de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón.

domingo, 31 de julio de 2016

UNA PRIMAVERA DE PERROS

Una primavera de perros”. Antonio Manzini. Salamandra. 2016. 286 páginas.

No es fácil encontrar autores nuevos de novela negra que aporten una visión diferente y personal a los habituales convencionalismos del género. Se publica tanto y está tan de moda en los últimos años esta corriente narrativa que cada vez resulta más difícil separar el grano de la abundante paja que lo envuelve. El pasado año leí “Pista negra”, cuya reseña se publicó en abril en esta misma sección, y me pareció un magnífico relato policiaco, diferente aunque dentro de los cánones del género, bien escrito, ambientado en el valle de Aosta y protagonizado por un policía poco ortodoxo, atormentado y nostálgico, con una pasado oscuro y desplazado, como castigo por alguna actuación anómala anterior, de su hábitat natural romano a las para él inhóspitas y extrañas tierras alpinas del norte de Italia.

El singular policía protagonista se llamaba Rocco Schiavonne, subjefe aunque muchos insistan en llamarlo siempre comisario, y el escritor a seguir era el italiano Antonio Manzini (Roma, 1964), actor de cine y televisión, con dos novelas anteriores y varios relatos escritos conjuntamente con Niccolò Ammaniti y ahora también autor de tres novelas protagonizadas por el citado Schiavonne, que se han convertido en un enorme éxito de crítica y público en Italia y se están traduciendo y editando en numerosos países europeos. En España, y las tres en la colección “black” de Salamandra, a la citada “Pista negra” le han sucedido “La costilla de Adán” y “Una primavera de perros”. Esta última, publicada muy recientemente con traducción de Regina López Muñoz y Julia Osuna Aguilar,

Si “Pista negra” era una buena novela, “Una primavera de perros” es, en mi opinión, todavía mejor. El relato profundiza más en el personaje Schiavonne, que sigue inadaptado al medio, destrozando zapatos “clarcks” porque se niega a calzar botas de montaña, en todo momento nostálgico de Roma y sus amigos y de su esposa muerta con la que sigue dialogando en soledad, malhumorado y sarcástico con compañeros y enemigos, escaqueándose siempre que puede de los periodistas; pero entregándose a fondo y dejándose la piel en cuanto toma las riendas de un caso y decide investigarlo. Esta vez la historia arranca con un accidente de tráfico de madrugada en el que mueren el conductor de una furgoneta y su acompañante. Schiavonne quiere esquivar el caso, pero debe investigarlo porque el vehículo llevaba extrañamente una matrícula falsa. El suceso coincide con el secuestro de una joven estudiante del instituto de Aosta, tras una noche de discoteca en la que uno de los chicos de la pandilla estuvo hablando con los fallecidos en el accidente. La chica es hija de una rica y conocida familia del valle, propietaria de una importante empresa que estaba hasta hace poco en graves apuros económicos, de los que parece haber salido gracias a un extraño préstamo salvador que sin embargo no proviene del principal banco de la comarca. Schiavonne inicia la investigación de lo que intuye como una oscura trama mafiosa, más propia de la Roma de donde él procede que del tranquilo valle al que ha sido trasladado como castigo. Su prioridad, usando la vehemencia y los métodos poco ortodoxos habituales, será siempre salvar la vida de la joven secuestrada.

Al relato de la investigación policial del caso se suman los diálogos introspectivos de Rocco con su esposa muerta, que ya aparecían en “Pista negra”, y la inesperada presencia de la novia de uno de sus amigos romanos, que propiciará la aparición final de una triste y trágica fatalidad y contribuirá sin duda a acentuar el carácter nostálgico y atormentado del policía en futuras entregas de la serie. Además, la novela adopta diferentes puntos de vista, con varias voces y diversas líneas narrativas que mantienen siempre viva la intriga hasta su confluencia final. Ello hace de “Una primavera de perros” una novela no sólo entretenida y amena para cualquier lector, sino dotada además de una rica, y en cierto modo compleja, estructura literaria. Sin olvidar su contenido social y de denuncia, tan ligado desde siempre al género negro: escandalosas diferencias económicas en la sociedad italiana, presencia de grupos mafiosos que actúan por todo el país y llegan a confabularse con los propios bancos o, incluso, las evidentes y crecientes penurias de la policía a la hora de llevar a cabo sus investigaciones.

Al parecer, Manzini y su personaje Schiavonne se han convertido en todo un fenómeno literario en Italia, por lo que la continuidad de la serie narrativa parece asegurada. Estaremos atentos a próximas entregas.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 24 de julio de 2016

EL LIBRERO Y LOS CIEN AÑOS DE ROALD DAHL


El librero”. Roald Dahl. Nórdica. Ilustraciones de Federico Delicado. Traducción de Xesús Fraga. 2016. 88 páginas.

Este año se celebra el centenario de Roald Dahl (Cardiff, 1916 – Oxford, 1990). El gran escritor galés de origen noruego (sus padres le llamaron Roald en honor a Roald Amundsen, el famoso aventurero noruego que alcanzó por primera vez el Polo Sur) tuvo una vida azarosa y una juventud aventurera. De niño y adolescente, fue educado en severos colegios británicos y pasaba sus vacaciones en Noruega. Tras terminar sus años de colegio, comenzó a trabajar en la empresa petrolera Shell, que lo trasladó por un tiempo a Tanganica, actual Tanzania. Durante la Segunda Guerra Mundial, se enroló en la Royal Air Force británica y realizó numerosas misiones en África, en una de las cuales se estrelló, se fracturó el cráneo y perdió momentáneamente la visión. Cuando la recuperó, se enamoró de la enfermera que lo atendía. Volvió a efectuar algunos vuelos sobre Siria y, en 1943, fue trasladado a Estados Unidos, donde comenzó a escribir. Allí se casó con la famosa actriz Patricia Neal (protagonista con Gary Cooper de la inolvidable “El manantial”), en un matrimonio que duró treinta años. Uno de sus hijos sufrió hidrocefalia y Dahl apoyó siempre las causas solidarias en el terreno de las enfermedades y la alfabetización de los niños. Tras su muerte, una fundación que lleva su nombre continuó esa labor. Durante la guerra del Líbano de 1982, se vio involucrado en una agria polémica al criticar duramente la actuación del ejercito israelí en el conflicto. Murió de leucemia en 1990.

Como escritor, Roald Dahl es autor de un buen número de cuentos y novelas. Alcanzó gran fama con algunas de sus obras infantiles y juveniles, como “Charlie y la fábrica de chocolate”, “Matilda”, “James y el melocotón gigante”, “Los gremlins”, “El gran gigante bonachón”, “Las brujas” o “Relatos de lo inesperado”. Algunas de ellas se han convertido en verdaderos clásicos y varias han sido llevadas al cine, para el que el escritor galés escribió también numerosos guiones. Sin embargo, Roald Dahl es también autor de destacados relatos literarios para adultos. Uno de ellos es la novela corta “El librero” que, coincidiendo con el centenario del escritor, acaba de ser publicado en nuestro país por la editorial Nórdica. Se trata de una bonita edición ilustrada, con traducción de Xesús Fraga y sugerentes dibujos a todo color de Federico Delicado. Nórdica ha repetido con el mismo acierto, aunque con otro ilustrador, el modelo de edición de hace unos años de “La cata”, otro relato breve del escritor británico.

“El librero” cuenta la historia de William Buggage y su secretaria y amante, la señorita Tottle. Ambos regentan en el centro de Londres una librería de libros raros y de lance que es en realidad una tapadera de otro negocio más lucrativo, que surge de la lectura de los obituarios de los periódicos y de la consulta de la revista “Who is Who” sobre personajes relevantes de la sociedad británica. La pareja descuida la venta directa de sus libros y lleva su verdadero y rentable negocio desde la trastienda de la librería. Con el dinero que ganan se van de vacaciones a los mejores hoteles del mundo. Dahl describe a estos personajes como dos seres grotescos y físicamente poco atractivos, que encarnan algunos de los vicios capitales de los humanos: la ambición, la gula, la pereza, la lujuria. Dos avispados pícaros que se aprovechan de algunas viudas ricas sobre las que ejercen un astuto procedimiento de chantaje. Al final, como ocurre en muchas obras del autor, el desenlace se produce de la manera más inesperada y sorprendente. El relato es ameno, tiene ritmo, estupendas descripciones de unos personajes de baja catadura moral, ironía y unas buenas dosis de humor negro, inteligente y a la vez irreverente y provocador.

Magníficas son asimismo las ilustraciones de Federico Delicado (Badajoz, 1956) que, en unos dibujos minuciosos de colores intensos y rasgos caricaturescos (que recuerdan en cierto modo la viveza cromática del ilustrador expresionista alemán George Grosz), logra captar y trasmitir perfectamente el carácter de los personajes y el humor y el espíritu general del relato. Hay que recordar aquí que Roald Dahl acompañó la edición de muchos de sus libros originales de las magníficas ilustraciones de Quentin Blake.

El centenario del escritor galés está siendo muy celebrado, con exposiciones y ediciones especiales, en el mundo anglosajón, donde Dahl es un autor muy popular y querido. La lectura de esta bonita edición de “El librero”, o de cualquiera de los muchos libros suyos editados en español, es una manera de rendir homenaje a uno de los escritores más prolíficos y destacados del pasado siglo XX.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 21 de julio de 2016

DE LLAUSET AL PUENTE DE SALENQUES POR EL GR-11











El Centro Excursionista Ribagorza ha organizado para el próximo domingo 31 de julio una excursión desde la presa de Llauset hasta el puente de Salenques que transcurre íntegramente por el GR-11 o Senda Transpirenaica. La actividad se incluye dentro del programa “Conocer Aragón por GR”, promovido por la FAM. El recorrido transita por hermosos parajes del Pirineo aragonés más oriental y termina a orillas del río Noguera Ribagorzana, en el pantano de Baserca o de Senet, ya en la frontera con la comunidad vecina de Cataluña.

El itinerario andando comienza en el aparcamiento situado junto a la presa de Llauset, a prácticamente 2.200 m. de altitud. Hasta allí llega una empinada carretera, normalmente transitable para todo tipo de vehículos, que vence más de mil metros de desnivel en los aproximadamente doce km que la separan del pueblo de Aneto, situado junto a la carretera N-230, algo antes de llegar al túnel de Viella. Para acceder al aparcamiento de la presa de Llauset, los vehículos han de atravesar un túnel de algo más de un kilómetro que desde hace unos años está siempre abierto e iluminado, salvo en invierno, en que está cerrado para vehículos. Desde el aparcamiento de la presa, podríamos realizar una excursión circular a los lagos de Anglios que veremos señalizada y que nosotros haremos en parte pero sin cerrar el círculo. 

Desde la presa, iniciaremos la excursión cruzando andando un pequeño túnel y bordeando el embalse de Llauset por el lado derecho en el sentido de nuestra marcha. Al final del embalse, giraremos a nuestra derecha para iniciar una corta subida hasta el collado de Botornás, junto al que se encuentra una pequeña cabaña de piedras color vino y tejado de pizarra con una chimenea. Desde allí, descenderemos hasta el ibón de Botornás, que dejaremos a nuestra izquierda. Tomando una corta subida por la derecha, llegaremos al nuevo refugio de Cap de Llauset, situado a 2.425 m. de altitud, que ha sido recientemente inaugurado y se encuentra ya en funcionamiento. Desde nuestro inicio de la excursión, hemos recorrido unos tres kilómetros en poco más de una hora.

Tras una parada en el refugio, retornaremos al GR-11 para llegar enseguida al ibón de Cap de Llauset, desde donde giraremos a la derecha para ascender, en una corta subida, al Collado de los Ibones, o Collada dels Estanyets, que a 2.521 m. de altitud es el punto más elevado de nuestro recorrido. Desde aquí, tendremos una espléndida vista del valle de Anglios, con una sucesión de ibones que componen un preciosos paisaje. El inicio de la bajada es por terreno pedregoso de grandes bloques graníticos. Se bordean por la derecha los primeros ibones o estanyets, llamados del Cap de Anglios, y luego se llega a los tres ibones conocidos propiamente como de Anglios, situados en un rellano más verde y herboso. Junto al ibón grande, y a 2.238 m., veremos un característico refugio de madera, a modo de cabaña, que se encuentra siempre abierto. El paraje es de una gran belleza y suele imperar en él un silencio sobrecogedor.

Ya siempre en pronunciado descenso, seguiremos el barranco de Anglios hasta su confluencia con el de Salenques, o Ixalenques, que viene por nuestra izquierda. El paisaje va cambiando, convirtiéndose en un bosque cada vez más tupido que en su parte final, en la llamada Ubaga de Ixalenques, es un espacio frondoso que toma el nombre del saucedal que allí crece, junto a grandes abetos y un precioso hayedo. 

Así llegaremos al final de nuestro recorrido, en el llamado puente de Salenques, junto a la carretera N-230, en el pantano de Baserca, a 1.391 m. de altitud, y muy poco más arriba del desvío al pueblo de Aneto, desde donde a primera hora de la mañana habremos subido en autobús por la empinada carretera para empezar desde la presa de Llauset nuestra excursión a pie. En total habrán sido unos doce km, que se recorren en unas cinco horas de caminata, que se van a por lo menos seis con las paradas, más que apetecibles, a las que invita el atractivo camino.

Datos útiles:
Desnivel+: 321 m.
Desnivel-: 1130 m.
Distancia: 12 km aprox.
Duración de la excursión: Unas 6 horas con paradas.
Fecha y lugar de salida: Domingo, 31 de julio, 7 h. Glorieta Joaquín Costa de Graus. Desplazamiento en autobús.
Inicio de la excursión: 9 h. aprox.
Precio: Socios CER 15€; no socios 18€. Seguro de excursión obligatorio para los no federados: 2,5€. El pago puede efectuarse en el autobús al inicio de la excursión.
Inscripción: E-mail centro.excursionista.ribagorza@hotmail.com o teléfonos 696 86 73 42 (Carlos) o 667 20 97 74 (Ana). Plazo máximo: jueves 28 de julio a las 21 h.

Carlos Bravo Suárez
(Centro Excursionista Ribagorza)

Fotos: embalse de Llauset desde el aparcamiento, pasando un torrente al bordear el embalse, el embalse desde la cola, cabaña de Botornás, ibón de Botornás, el refugio de Cap de Llauset desde Botornás, el refugio de cerca, el ibón de Cap de Llauset y los ibones y el valle de Anglios desde la collada dels estanyets y entrando en el bosque de Salenques.

Artículo publicado hoy en el suplemento "Aragón, un país de montañas", de Heraldo de Aragón. 




domingo, 17 de julio de 2016

NUNCA FALTA NADIE O LA METÁFORA DEL ÑU


 “Nunca falta nadie”. Catherine Lacey. Alfaguara. 2016. 256 páginas.

“Nunca falta nadie” es la primera novela de Catherine Lacey (Tupelo, Mississipi, 1985), una de las nuevas narradoras estadounidenses más aclamadas por la crítica. El libro, que fue publicado en Estados Unidos en 2014, fue considerado como la mejor novela del año por “The New Yorker” y otras importantes publicaciones norteamericanas y ha sido traducido a varios idiomas y editado en numerosos países. En España, ha sido publicado recientemente por Alfaguara, con traducción de Damià Alou. La autora, que antes sólo había publicado entrevistas, relatos y piezas de no ficción para distintos periódicos y revistas, está escribiendo su segunda novela, que se titulará “The Answers” y que Alfaguara ya ha anunciado que publicará próximamente en nuestro país.

“Nunca falta nadie” está narrada en primera persona por Elyria, una joven recién casada que, sin avisar a su marido ni a su familia, abandona repentinamente Nueva York para irse en avión nada menos que a Nueva Zelanda. Deja atrás una vida aparentemente estable, pero que se le revela como interiormente insatisfactoria, e inicia un viaje en autoestop por el país austral, donde solamente tiene la dirección de un escritor al que conoció en una fiesta y que vive en una alejada y solitaria granja. En una geografía totalmente nueva para ella, Elyria vive a salto de mata viajando de un lugar a otro, conoce a diferentes personas con algunas de las cuales hace algo de amistad, sube a coches de desconocidos pese a las advertencias que le hacen del peligro que eso puede suponer, experimenta situaciones diversas y a veces rocambolescas, duerme en casas de campo, bosques, prados o parques y desempeña diferentes y esporádicos trabajos en las dos islas neozelandesas. También habla por teléfono varias veces con su marido, que no consigue entender la causa de tan repentino e inesperado abandono. Tampoco ella racionaliza demasiado los motivos y se atormenta con el recuerdo de su hermana adoptiva, que se suicidó unos años antes y de quien su marido era profesor de matemáticas en la universidad. Elyria lo conoció a raíz del trágico suceso y se enamoró de él, hasta que el idilio culminó en un matrimonio aparentemente estable y feliz.

La novela presenta así a un personaje femenino que rompe con las ataduras y dependencias anteriores y se adentra en solitario en un territorio nuevo e inexplorado, donde caerá en nuevas contradicciones y en preguntas para las que no siempre consigue hallar respuesta. La explicación metafórica recurrente a su comportamiento es el ñu o animal indomable que lleva dentro, al que nunca consigue domesticar ni someter del todo. (“Todos tenemos nuestra parte de oscuridad, dirás; pero yo sé que la mía es más oscura, y oculta todo un rebaño de ñus furioso”). No hay una clara explicación racional a su huida; algo interior, incontrolable y salvaje parece haberla empujado a ello y, aunque haya un retorno al punto de salida, ya nada será igual que antes, porque es imposible recomponer aquello que se ha roto con tanto estrépito.

Puede observarse un cierto feminismo en el fondo del relato, especialmente por la valentía de Elyria de ser capaz de romper con todo y enfrentarse sola a lo desconocido, pero no es ese el principal mensaje de la novela. Si bien la joven viajera logra conquistar su independencia personal, lo hace a costa de una gran confusión interior, que a veces ella misma cree identificar con un posible desequilibrio psicológico, y de atormentarse con frecuencia en una inestable alternancia de placer y sufrimiento. A medida que viaja con ella por Nueva Zelanda, el lector conoce el pasado que la narradora le va desvelando de una manera retrospectiva. La novela se convierte así en un doble viaje, exterior e interior al tiempo, que tiene en cierto modo como tema principal la dolorosa búsqueda de sí misma vivida por Elyria, siempre envuelta en un mundo de claroscuros encontrados.

Según ha contado la autora en entrevistas recientes, tomó como fuente de inspiración un viaje que hizo a Nueva Zelanda para realizar algunos estudios naturales, aunque la novela no tiene nada más de autobiográfica y las notas tomadas en su recorrido por el lejano país austral sólo fueron el punto de partida para una obra puramente de ficción. Catherine Lacey se revela como una magnífica escritora, sincera, fresca, natural y a la vez intensa y profunda. Ella misma reconoce en Lorrie Moore, John Berryman o Jean Rhys a sus principales referentes literarios, pero posee una voz propia e innovadora que convierten a su primera novela en una verdadera y cautivadora sorpresa.

“Nunca falta nadie” supone un magnífico debut narrativo, que parece augurar a esta joven escritora una prometedora carrera literaria. Veremos si su ya esperada segunda novela confirma las elevadas expectativas depositadas en ella.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 10 de julio de 2016

LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO

Las cosas que perdimos en el fuego”. Mariana Enríquez. Anagrama. 2016. 200 páginas.

“Las cosas que perdimos en el fuego” es el primer libro de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) que se publica en España. Sin embargo, la precoz periodista y escritora argentina tiene una interesante trayectoria literaria en su país donde ha publicado las novelas ”Bajar es lo peor” (1995) y “Cómo desaparecer completamente” (2004), la novela corta o nouvelle “Chicos que vuelven” (2010), los libros de relatos “Los peligros de fumar en la cama” (2009) y “Cuando hablamos de los muertos” (2013), la crónica “Alguien camina sobre tu tumba: Mis viajes a cementerios” (2013) y la biografía “La hermana menor: Un retrato de Silvina Ocampo” (2014). Valorada y respetada por la crítica argentina, ha transcendido las fronteras literarias de su país con su último libro de relatos “Las cosas que perdimos en el fuego”, que se ha traducido a varios idiomas y editado en numerosos países. En el nuestro, el libro ha sido publicado por Anagrama.

“Las cosas que perdimos en el fuego” consta de doce relatos de terror. Aunque pueden rastrearse en estos cuentos numerosas influencias literarias, que van desde Poe a Henry James pasando por Mary Shelley o H. P. Lovecraft, son historias que tienen sin duda un toque personal diferente y una ambientación geográfica e histórica específicamente argentina, que las hacen singulares, distintas y sumamente sugerentes. Se trata en general de relatos urbanos, que suceden en arrabales y barrios pobres, marginales y peligrosos, con drogadicción, delincuencia y seres indefensos que viven en la calle a la intemperie. En esta línea está “El chico sucio”, relato que abre el libro y es, en mi opinión, uno de los mejores del mismo. También en “Bajo el agua negra”, en el que de la feroz represión policial sobre los pequeños delincuentes juveniles urbanos pasamos a una terrorífica procesión de claros tintes lovecraftianos. Porque esa es otra característica de los relatos de Enríquez: se inician de una manera realista y cotidiana y derivan casi sin que nos demos cuenta hacia lo terrorífico, lo fantástico y lo demencial. De esa manera, en esas historias vamos encontrado, insertados con habilidad y tino, muchos de los elementos clásicos de la literatura de terror: sacrificios rituales amparados en la superstición (“El niño sucio”), casas encantadas y malditas (“La casa de Adela”), fenómenos del pasado que vuelven al presente (”La hostería”), fantasmas y seres deformes (“Bajo el agua negra”, “Fin de curso”, el magnífico “El patio del vecino” o las mujeres quemadas de “Las cosas que perdimos en el fuego” que da título al libro), precoces asesinos en serie (“Pablito clavó un clavito: una evocación de Petiso Orejudo”), calaveras (“Nada de carne sobre nosotras”), efectos psicotrópicos (“Los años intoxicados”) y hasta, ya en un terror moderno, seres absorbidos en su identidad por la computadora con la que viven y se encierran (“Verde rojo anaranjado”).

Excepto “Pablito clavó un clavito: una evocación de Petiso Orejudo”, que trata sobre uno de los más famosos asesinos en serie de la historia argentina, todos los relatos del libro están narrados por mujeres. Aunque, como la propia Enríquez ha señalado en alguna entrevista, sean narradoras en las que no se puede confiar demasiado, porque no están cuerdas y en su desequilibrio mental pueden estar mintiendo o no viendo las cosas como son. Todas, eso sí, tienen su nombre y sus circunstancias, su contexto histórico y sociológico y hasta incluso sus motivos psicológicos. Esa visión femenina se convierte en algunos momentos, aunque no demasiado y sin excesos militantes, en una cierta perspectiva feminista al abordar las relaciones de pareja. Eso sucede sobre todo en el último relato, que da título al libro. También en el magnífico “Tela de araña”, que tiene ciertos aires de “road movie” literaria.

Un aspecto que se ha destacado de este libro es la presencia, y persistencia, en algunos cuentos de la fatídica historia reciente argentina. El recuerdo de la dictadura y sus siniestras escuelas militares aparecen en el relato “La Hostería”, el alfonsinismo de los noventa surge de fondo en “Los años intoxicados” y los abusos policiales y la contaminación de los ríos en “Bajo el agua negra”.


Escritos con gran oficio literario y dominio del lenguaje y de los ritmos, los cuentos de “Las cosas que perdimos en el fuego” hacen que el horror y el terror penetren en todos los espacios, sobre todo en aquellos aparentemente más protegidos como la casa, la pareja, la familia, el barrio o la escuela. Nada queda a salvo de lo irracional y lo terrible en este libro de lectura más que recomendable.

Carlos Bravo Suárez