domingo, 22 de enero de 2017

REY DE PICAS



Rey de Picas” es una narración que mezcla elementos de novela negra y novela psicológica en un sabroso y sugestivo cóctel literario.

Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) es una de las voces más destacadas de la narrativa estadounidense actual. Eterna candidata al Nobel, la escritora norteamericana tiene una larga y brillante trayectoria literaria que incluye una extensa nómina de novelas, libros de relatos breves, ensayos y obras de teatro. Tras su anterior y densa novela “Cartaghe”, Oates publicó el pasado año “Rey de Picas”, una narración algo más corta y aparentemente más ligera, que ha sido recientemente editada en España por Alfaguara, con traducción de José Luis López Muñoz. La inquieta y prolífica autora ya ha publicado posteriormente una nueva novela en su país (“The Man Without a Shadow”), aún no traducida al español.

No es fácil clasificar “Rey de Picas”, una narración que mezcla elementos de novela negra y novela psicológica en un sabroso y sugestivo cóctel literario que la propia escritora resume con el subtítulo, entre irónico y simplificador, de “una novela de suspense”. El protagonista y narrador es Andrew J. Rush, un escritor de éxito, autor de veintiocho novelas policiacas con final feliz, un superventas al que se compara con Stephen King (muy citado en la novela), aunque sus obras sean mucho más convencionales, previsibles y conservadoras. Relatos de misterio y suspense con un toque macabro, pero “no un toque excesivo, ni repugnante ni malintencionado, ni tampoco perturbador; nunca obsceno, ni siquiera machista”. Rush es un hombre adinerado y respetable que vive en una tranquila comunidad residencial de Nueva Jersey, con una esposa que lo ama y se preocupa por él y tres hijos ya adultos que vuelan solos, aunque una de sus hijas, estudiosa de la literatura, acude con frecuencia a la casa paterna a husmear entre sus libros. Sin embargo, el famoso escritor esconde a todos un secreto inconfesable. Con el seudónimo de “Rey de Picas” escribe otro tipo de novelas, violentas, macabras y absolutamente incorrectas, perturbadoras y atrevidas. Nadie, ni siquiera su editor, conoce esa faceta oculta, esa segunda personalidad, ese yo escondido y velado que poco a poco irá adquiriendo un mayor y cada vez más inquietante protagonismo.

Además de ser una brillante y original intriga, hay en la novela mucho de divertimento literario, con numerosas referencias a conocidos y destacados libros y escritores. Los dos personajes principales, Andrew J. Rush y la vieja C. W. Haider, son dos bibliófilos compulsivos. Los ecos literarios más evidentes y explícitos son los de Edgar Allan Poe; sobre todo, de sus relatos “El gato negro” y “El demonio de la perversidad”. Una cita de este último encabeza el libro de Joyce Carol Oates: “Estamos al borde de un precipicio. Contemplamos el abismo..., nos sentimos mal y nos mareamos. Nuestro primer impulso es apartarnos del peligro. Inexplicablemente, no lo hacemos”. Sin embargo, aunque no hay referencias explícitas a la obra, creo que pueden establecerse muchos paralelismos entre “Rey de Picas” y “El misterioso caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, la extraordinaria novela de Robert Louis Stevenson. El tema de la doble personalidad, la falsedad de las apariencias o la lucha de los polos opuestos por apoderarse del control del individuo son comunes a ambas obras. Y, como en muchos otros libros de la escritora estadounidense, la violencia tiene también en este un papel preponderante. Tremendo ese primer capítulo del libro, titulado “El hacha”, que no adquiere pleno significado para el lector hasta casi el final de la novela.

Aunque puede pasar como una obra menor dentro de la amplia bibliografía de la autora, “Rey de Picas” es una deliciosa novela, original y absorbente, perfectamente construida, que se lee casi de un tirón y pone de manifiesto una vez más la maestría narrativa y la enorme cultura literaria de esta excepcional escritora estadounidense. Sin duda, el Premio Nobel sería un justo reconocimiento a su larga, brillante e impecable trayectoria en el mundo de las letras.

Rey de Picas”. Joyce Carol Oates. Alfaguara. 2016. 229 páginas.


Carlos Bravo Suárez

sábado, 21 de enero de 2017

DEL VALLE DE CASTANESA AL DE BARRABÉS POR EL GR-18





El GR-18 es un largo sendero balizado que recorre de sur a norte –o viceversa– la comarca de Ribagorza por su lado más oriental. Se inicia en Fonz, localidad hoy perteneciente al Cinca Medio pero histórica y culturalmente ribagorzana, y termina en el pueblo de Aneto, muy cerca de los grandes picos del Pirineo. La etapa más septentrional del GR-18 es la que une las localidades de Fonchanina y Aneto, ambas pertenecientes al municipio de Montanuy. Un itinerario de 19,7 Km que se recorren, a ritmo tranquilo, en unas 7 horas sin contar las paradas.

Describimos aquí brevemente este recorrido que lleva del valle de Castanesa, formado por el río Baliera, al de Barrabés, en el curso alto del Noguera Ribagorzana. El paso entre ambos valles se realiza por el Coll de Salinas, a 2.177 m. de altitud. Todo el camino transcurre por espacios abiertos, con una sucesión de pequeños barrancos y verdes prados, muy floridos en primavera. Son 10,5 km de subida, en los que se invierten casi cuatro horas; y 9,2 km de bajada, que se recorren en alrededor de tres horas.

Desde el pequeño pueblo de Fonchanina (1.495 m.), situado a dos kilómetros de Castanesa por carretera, tomamos una pista hacia el norte que, siempre con el Baliera a nuestra izquierda, seguimos durante una hora. La abandonaremos cuando veamos, a nuestra izquierda, un poste medio caído con una indicación del PR-HU100 que lleva a Denuy y otro, a la derecha, cuyo indicador ha desaparecido. Seguiremos por el sendero que marca este último, a la derecha de la pista, ascendiendo hacia el barranco de Picalbo. Tras cruzarlo, pasamos junto a unas bordas entre abundante vegetación. Llegaremos al barranco Chinestuso que, con algunas dificultades para encontrar las marcas, remontaremos hasta su cabecera, Desde esta, y siguiendo las estacas rojiblancas, llegaremos al coll de Salinas. Disfrutaremos allí de unas preciosas vistas: al oeste, el valle de Castanesa, los picos Basibé y Castanesa y la Sierra Negra; al este, y como telón de fondo ya en el Pirineo catalán, los Besiberri.

Iniciaremos el descenso siguiendo el barranco de la Font del Bisbe hasta un refugio de pastores del mismo nombre, un edificio solitario cuyo tejado rojo sirve de referencia desde el inicio de la bajada. Allí tomaremos una pista a la izquierda que desciende trazando fuertes lazadas, que podemos atajar en parte caminando campo a través. Cruzaremos el barranco (o riu) de Llauset, que baja desde el embalse homónimo, y llegamos al pinar de Els Pasos. Saldremos a la carretera que va de Llauset a Aneto y la seguiremos hasta el barranco del Cllot o de Farreres, donde el GR-18 se une al GR-11, con el que ya comparte recorrido hasta Aneto.

Seguiremos un kilómetro más de carretera y, dejando a la derecha las bordas de Nestuy, tomamos un sendero a la izquierda que sube al Serrat de la Creu, desde donde ya divisamos el Noguera Ribagorzana. Al final de este sendero, descendemos a la carretera y entraremos en Aneto (1.345 m.). Su caserío se agrupa en torno a su iglesia parroquial, de construcción moderna. Más interesante es la ermita de Sant Climent, o San Clemente, situada junto al cementerio a la entrada del pueblo y de claros orígenes románicos.

Fue esta población la que dio su nombre al pico más alto de los Pirineos. Sucedió en 1817 cuando el geógrafo francés Henry Reboul, consultando los mapas españoles, vio que, en línea recta, el pueblo más próximo a esa montaña era la pequeña localidad de Aneto, en el valle del río Noguera Ribagorzana, en su margen derecha y ya casi en la frontera con Cataluña, pero todavía aragonesa. Por este motivo llamó pico de Aneto a la cima de los Pirineos.

Es este un itinerario poco conocido, que permite disfrutar de bellos y solitarios parajes montañosos.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 12 de enero de 2017

EXCURSIÓN POR LA SIERRA DE GÜEL















Como la falta de nieve impidió realizar la actividad de raquetas inicialmente prevista en el calendario oficial, el Centro Excursionista Ribagorza organizó el pasado domingo una salida por la sierra de Güel en la que participamos una veintena de personas. Tras reunirnos a las ocho de la mañana en la Glorieta Joaquín Costa de Graus, nos distribuimos en nuestros vehículos para desplazamos por carretera (en no muy buen estado en alguno de sus tramos) hasta la pequeña explanada situada junto al castillo de Fantova, a 16 km de la capital ribagorzana.

Con las magníficas vistas de esta importante fortaleza medieval a nuestras espaldas, poco antes de las nueve de la mañana, iniciamos la excursión junto a la casa Turmo, a unos 950 m de altitud. Siempre por pista de tierra, y con tramos blancos de escarcha cristalina en las zonas más umbrías del camino, dejamos a nuestra izquierda la casa Collada y los despoblados Bafalluy y Erdao o Yardo y ascendimos por bosque mixto en dirección a los morrones orientales de la sierra de Güel. Después de pasar junto a un pequeño refugio forestal, situado a la izquierda del camino, salimos pronto a espacios más abiertos en los que disfrutamos de las primeras y agradables caricias del sol de la mañana. En continua subida, nos salimos del camino por nuestra derecha para acercarnos a los escarpados promontorios rocosos, conocidos como los morrones de Güel, que confieren a esta sierra su silueta característica.

En uno de estos morrones, situado a 1404 m de altitud, se encuentra un vértice geodésico. En ese punto, con magníficas vistas del valle del Isábena, observamos a varios buitres volando por debajo de nosotros y vimos algunas de las casas del diseminado núcleo de Güel. En lo alto de un cerro, distinguíamos con claridad el pequeño caserío de Roda de Isábena en torno a su magnífica catedral. Retornamos a la pista y ascendimos buscando el punto más alto de la sierra, en esta zona también conocida como sierra de Esdolomada. Caminando entre verdes erizones, llegamos a la que estimamos como su cima, que, según nuestro GPS, se encuentra a una altitud de 1444 m. Cotiella y el Turbón, con poca nieve para las fechas, presidían nuestro horizonte septentrional.

En una amplia panorámica, identificamos pequeñas localidades ribagorzanas como Merli, Carrasquero, Serraduy o Calvera, con la silueta de la sierra de Sis y su mallo conocido como Brocoló o Tozal de los Moros perfilándose al este de nuestra ubicación. Con un sol magnífico y una agradable temperatura, disfrutamos un buen rato del lugar y de sus vistas y emprendimos el camino de regreso por el mismo itinerario por el que habíamos ascendido, pero ya sin asomarnos a los morrones. En la bajada, reconocimos algunos despoblados situados a nuestro oeste. Además de los ya citados Yardo y Bafalluy, identificamos las ruinas de Torroella de Aragón y Abenozas y, algo más alejadas, las de Aguilar y su casi imperceptible ermita de San Saturnino en la elevada ladera meridional de la sierra de Galirón. Desde diferentes perspectivas, disfrutamos también de excelentes vistas de la torre del castillo de Fantova y su ermita de Santa Cecilia.

Eran casi las 15 horas cuando llegamos de nuevo a la casa Turmo donde habíamos dejado los coches. Habían sido unas seis horas de excursión, con más de una hora de paradas, y algo más de veinte kilómetros de recorrido. La sierra de Güel y sus recortados morrones habían sido el magnífico marco de la primera excursión oficial del Centro Excursionista Ribagorza en el nuevo año 2017.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón.

Fotos: Grupo en la cima, cerca de la cima con Cotiella enfrente, el castillo de Fantova, Yardo o Erdao, Bafalluy, castillo de Fantova (dos fotos más), el Turbón y Merli, Merli, Roda de Isábena, el Brocoló o Tozal de los Moros, escarcha, camino con escarcha y grupo en el vértice geodésico del morrón de Guüel.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

BRÚJULA

Un apasionante viaje por las relaciones culturales entre Oriente y Occidente

Brújula”. Mathias Enard. Literatura Random House. 2016. 448 páginas.

La novela “Brújula” ganó el año pasado el Premio Goncourt, el más prestigioso de los galardones literarios franceses. Su autor, Mathias Enard (Niort, Francia, 1972) es una de las voces más interesantes y originales de la narrativa europea actual. Realizó estudios de árabe y persa en su país de origen y desde el año 2000 se estableció en Barcelona, donde tiene su residencia más habitual y ha ejercido como profesor de árabe en la Universidad Autónoma. Enard ha pasado largas estancias en Oriente Próximo y conoce de primera mano países como Egipto, Líbano, Irán o Siria. Ha publicado las novelas ”La perfección del tiro” (2004), “Remontando el Orínoco” (2006), “El manual del perfecto terrorista” (2007), “Zona” (2008), “Habladles de batallas, de reyes y elefantes” (2011), “El alcohol y la nostalgia” (2012) y “Calle de los ladrones” (2013). “Brújula (2016) es su última novela, publicada en España por Literatura Random House con traducción de Robert Juan-Cantavella.

“Brújula” es una novela larga y densa, que constituye un rico y documentado viaje por las hondas relaciones establecidas entre Oriente y Occidente durante los últimos siglos a través de la música, la literatura, la arquitectura, la aventura, la mitología o la religión. A pesar de los difíciles tiempos que corren, con los salvajes atentados islamistas y los destructivos conflictos bélicos en lugares como Siria o Yemen, Enard profundiza en las fluidas relaciones históricas de ida y vuelta entre ambos mundos, y aboga por que esos lazos tan intensamente tejidos a los largo de los tiempos no lleguen a romperse por el auge del fanatismo y el rechazo al otro. En este sentido, algunos contraponen el mensaje de fondo de “Brújula” con el de “Sumisión”, la exitosa novela de Michel Houellebecq, también publicada el año pasado en Francia, que fantasea con la posibilidad de la llegada al poder de un partido musulmán en el país vecino.

Puede decirse, parafraseando al jurado del Premio Goncourt, que “Brújula” es una novela sobre dos viajeros europeos (un austriaco y una francesa) que rastrean historias de otros europeos que se lanzaron a la aventura de conocer y vivir Oriente durante los siglos XIX y XX. Dos viajeros, Frank y Sarah, orientalistas ambos, musicólogo él y estudiosa de la poesía ella, que se conocen, se enamoran (más él que ella), viajan juntos, duermen en el desierto, fuman opio, se acercan y se alejan y van, ellos también, quemando sus vidas en un camino sin retorno en el que viven decepciones como la deriva religiosa de la revolución iraní o la guerra de Siria que ha destruido ciudades tan recordadas y queridas como Alepo.

Es el musicólogo Frank Ritter quien, ya cerca del final del camino de la vida y en una noche de insomnio y opio contra la enfermedad, recuerda una serie de historias, algunas suyas y muchas otras de distintos personajes históricos, que se entrecruzan sin un estricto orden cronológico a lo largo de las sugerentes, y a la vez eruditas y documentadas, páginas del libro. Por él, desfila multitud de personajes, unos menos conocidos y otros de renombre como Wagner, Schubert, Kafka, Balzac o Nietzsche, por citar solo unos pocos de la extensa nómina. Como su propio autor reconoce, “Brújula” puede resultar un libro exigente para muchos lectores que, junto a la historia de amor de los dos protagonistas, tendrán que leer referencias a escritores, músicos o aventureros no siempre conocidos. “Soy consciente de que no es de lectura fácil; pero tengo la sensación de que hay un argumento novelesco, una sucesión de viajes, personajes y escenarios, que es un aliciente para el lector, una tensión que lo lleva más adelante. Por otra parte, es un libro muy del siglo XXI; puede estar bien leerlo con el ordenador, para buscar en Google nombres, mapas y retratos”. A pesar de la abrumadora cantidad de nombres, la novela, que transcurre en ciudades como París, Estambul, Teherán, Damasco o Palmira, constituye sin duda un intenso y fascinante viaje, tanto cultural como geográfico, en busca del conocimiento, el exotismo y la sabiduría, hoy hostigados por la violencia y el fanatismo del espurio islamismo radical.

Tal vez sea Sarah, que ha dedicado su vida a intentar demostrar que Oriente y Occidente no son culturas opuestas sino dos partes de un todo en continua comunicación, quien, con su viaje hacia la geografía oriental más alejada y el hallazgo de nuevas formas de espiritualidad, encarne en cierto modo lo que Enard llama la desesperación de lo contemporáneo, pero también la búsqueda e indagación permanentes de nuevos lazos entre dos mundos que parecen cada vez más enfrentados. Que estas conexiones se mantengan o se rompan del todo puede ser decisivo para el devenir inmediato de la historia de la humanidad.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 22 de diciembre de 2016

EXCURSIÓN A SAN MARTÍN CON ALMUERZO Y COTILLÓN MONTAÑERO












El pasado domingo, el Centro Excursionista Ribagorza (CER) despidió oficialmente la temporada 2016 con una excursión desde Graus hasta la ermita de San Martín. En este lugar, hoy perteneciente al municipio de Secastilla y situado en lo alto de la sierra de Torón o de Panillo, que separa los valles del Ésera y el Cinca, los excursionistas disfrutaron de un magnífico almuerzo montañero, con cotillón navideño, preparado por los prestigiosos cocineros de la Peña La Meliguera de Capella.

A las 8.30 horas, más de treinta caminantes nos dimos cita en la Glorieta Joaquín Costa para iniciar andando nuestro recorrido, que iba a transitar casi íntegramente por el GR-1 o Sendero Histórico. Con un ambiente algo frío y entre una espesa niebla, salimos de Graus (469 m.) en dirección al norte por la carretera A-139, que enseguida abandonamos por nuestra izquierda a la altura del camping Regrustán. Desde allí, por camino ancho y siguiendo las marcas rojiblancas, fuimos ascendiendo hacia el despoblado Grustan, situado en una amplia elevación rocosa con aspecto de inexpugnable fortaleza natural. No tardamos mucho en disfrutar de un sol magnífico y dejar atrás la niebla, que veíamos bajo nosotros como un blanquecino mar de nubes. Al cabo de unos cuatro kilómetros y medio, y tras alrededor de hora y media de camino, llegamos a Grustán (868 m.), lugar en ruinas del que sólo su magnífica iglesia de Santa María se mantiene en pie. Se trata de una preciosa construcción románica, de exterior restaurado no hace mucho, cuyo interior pudimos visitar por disponer de la llave que habíamos solicitado previamente.

Tras esta relajante parada, atravesamos el arruinado despoblado y, por un bonito y algo sombrío sendero, descendimos de nuevo a la ancha pista que ya prácticamente no íbamos a abandonar. A medida que ascendíamos, se iban ampliando nuestras vistas pirenaicas, con Turbón, Gallinero, Posets, Cotiella y, más tarde, las Tres Sorores como principales protagonistas de las panorámicas que se abrían ante nosotros. Ya en lo alto de la sierra, dejamos la pista principal para continuar por otra indicada a nuestra izquierda que, por un bosque de pinos, nos iba a conducir en pocos minutos hasta la ermita de San Martín, situada a 1.116 m. de altitud. Allí llegamos, tal como habíamos previsto, alrededor de las 12.30 horas. En la explanada contigua a la ermita, que ya asoma al valle del Cinca sobre el embalse de El Grado, nuestros amigos de La Meliguera habían dispuesto varias mesas en las que fueron depositando los diferentes ingredientes del magnífico almuerzo que nos habían preparado y del que, con buen apetito y máximo deleite, dimos pronto buena cuenta. Las más de cuarenta personas allí congregadas tomamos como postre algunos productos navideños, brindamos con cava y disfrutamos de un extraordinario momento de camaradería y alegría compartida.

Eran casi las tres de la tarde cuando, excepto los que decidieron hacerlo en vehículo rodado, iniciamos el camino de retorno a Graus. Lo hicimos descendiendo por pista hasta la ermita de San Pedro de Verona y desde allí, por el llamado camino del Torroc y la Piedra Plana, llegamos a la placeta de San Miguel alrededor de las 17.30 horas, justo antes de que empezara a oscurecer. Quienes habíamos andado el camino de ida y vuelta habíamos recorrido, según el GPS, un total de veinticinco kilómetros y medio.

Cocineros y excursionistas aún coincidimos en un establecimiento grausino para congratularnos de la magnífica jornada vivida. Un estupendo broche final para otra buena temporada del Centro Excursionista Ribagorza.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)


sábado, 17 de diciembre de 2016

EL CER SUBE SU BELÉN MONTAÑERO A LA CIMA DEL TURBÓN






El Centro Excursionista Ribagorza subió el pasado 8 de diciembre su belén montañero hasta la cima del Turbón. Desde hace siete años, en estas fechas previas a la Navidad, el CER deposita un pequeño nacimiento artesanal, confeccionado por la Asociación Belenista de Graus, en lo más alto de esta mítica y robusta montaña que emerge en el corazón geográfico de nuestra comarca ribagorzana.

A las siete y media de la mañana, nos concentramos en la glorieta Joaquín Costa de Graus para distribuirnos en nuestros vehículos y dirigirnos por carretera hasta la localidad de Las Vilas del Turbón. Eran casi las nueve cuando, un poco más arriba de su famoso balneario, y ya a más de 1400 m. de altitud, los 32 participantes iniciamos andando la ascensión hacia la cima de la montaña. El primer tramo transcurre empinado entre bojes hasta llegar al collado de Porroduno, donde encontramos la primera nieve. Desde allí, y viendo que la nieve estaba blanda y poco peligrosa, decidimos subir por una canal directa que solemos utilizar como atajo. Pese a todo, extremamos las precauciones y, casi al final de la canal, giramos hacia la derecha en lugar de en sentido contrario como hacemos en otras ocasiones.

Al llegar a la parte alta de la montaña y dirigirnos hacia el sur, pudimos comprobar que el espesor de la nieve era mayor del que esperábamos. Abriendo huella, y con cierta lentitud e incomodidad, caminamos por espacios muy abiertos con un sol magnífico brillando en un cielo completamente limpio y azul. Sólo en los pequeños tramos en sombra se dejaba sentir el frío. Tras dejar a nuestra derecha primero el Turbonet y luego la canal de San Adrián, en la zona denominada La Portella viramos hacia el oeste para abordar la última subida hasta la cima. Llegamos a ella algo antes de la una del mediodía. Allí colocamos con mimo nuestro belén, protegido por piedras, en una oquedad de la base del antiguo vértice geodésico, hoy derribado, que corona el llamado Castillo de Turbón, a 2492 m. de altitud. Disfrutamos de las extraordinarias vistas de esta privilegiada atalaya, con Cervín y la población de Campo debajo de nosotros y el nevado Cotiella y la sierra Ferrera, culminada por la Peña Montañesa, en el inmediato poniente. Comimos algo de nuestras mochilas, para reponer fuerzas tras la esforzada subida, y degustamos unas deliciosas almendras garrapiñadas y un calorífico licor de membrillo que una compañera de excursión había traído para el grupo.

Tras más de una hora de estancia en la cima, iniciamos el descenso en el que modificamos el itinerario realizado en la subida. Dejamos la canal de ascenso directo a nuestra derecha y continuamos un rato más, sobre abundante nieve, en dirección al norte. Delante de nosotros se abría un impresionante panorama pirenaico con, entre otras montañas, el Gallinero, las Maladetas, el Aneto, el Tempestades y su brecha y algunas cimas del Pirineo catalán hacia el oriente. Tras realizar un giro de 180º, caminamos por las faldas de las imponentes paredes del frontón de las Brujas, donde vimos algunos sarrios, hasta llegar de nuevo al collado de Porroduno y descender hasta la pista por el sendero entre bojes por el que habíamos subido.

Eran algo más de las cuatro de la tarde cuando llegamos al balneario de las Vilas, donde tomamos cafés y refrescos y nos despedimos para volver a Graus y a otros puntos de procedencia de los participantes en la excursión. Un año más, habíamos cumplido con el ritual de subir nuestro pequeño belén hasta la cima de nuestra montaña preferida.

Carlos Bravo Suárez.

domingo, 11 de diciembre de 2016

PATRIA




Patria”. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. 648 páginas.

Patria” aborda con realismo y verosimilitud los años más duros de terrorismo de ETA en el País Vasco

“Patria” es, sin duda, la mejor novela escrita en lengua española que he leído en este año que termina. Una novela excepcional y absolutamente necesaria para fijar un relato fidedigno del oprobio y la ignominia a los que el terrorismo de ETA sometió durante varias décadas a la sociedad vasca.

Dijo no hace mucho Fernando Aramburu, al presentar la novela, que en el final de ETA todavía faltaba su derrota literaria. Ha habido en estos años demasiado relato hagiográfico y glorificador de los supuestos gudaris vascos, falsos héroes del tiro en la nuca y el coche bomba, demasiada condescendencia con el nacionalismo fanático y supremacista que dividió y enfrentó a una sociedad que se deslizó en buena medida hacia la bajeza moral y el consentimiento de la barbarie, que miró hacia otro lado, cuando no colaboró de una u otra manera, en la exclusión social del no nacionalista o en su cobarde y vil eliminación física. Toda una espiral de odio y violencia al disidente: al empresario que no pagaba el impuesto revolucionario; a cualquier guardia civil, policía o militar por el mero hecho de serlo; al militante de cualquier partido no nacionalista, automáticamente convertido en españolista, facha y enemigo del pueblo vasco; al periodista o escritor que se atreve a llevar la contraria en un artículo o un comentario; a cualquiera que no colaborara con la sagrada causa. Unas pintadas, una diana dibujada, pim pam pum, unos chavales coreando eslóganes salvajes (“ETA mátalos”), unos anónimos amenazantes, unos saludos retirados, un vacío en las tiendas, en los bares, en la calle, y un día, tal vez de lluvia como en el caso del Txato, un tiro en la cabeza o en la nuca, una ráfaga de metralleta o una letal bomba lapa bajo el coche. Y un entierro en la soledad del muerto y aún culpable y, en ocasiones y para más inri todavía, hasta el escarnio de unas pintadas insultantes sobre la tumba del asesinado. “Fulano hace un poco, mengano hace otro poco y, cuando ocurre la desgracia que han provocado entre todos, ninguno se siente responsable porque, total, yo sólo pinté, yo sólo revelé dónde vivía, yo sólo le dije unas palabras”.

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ya había abordado el tema de la soledad de las víctimas y el clima de rechazo social al no nacionalista en el País Vasco en dos de sus obras anteriores: la colección de cuentos “Los peces de la amargura” (2006) y la novela “Años lentos” (2012). Sin embargo, con “Patria” el escritor donostiarra culmina una extensa y completa narración que incluye casi todas las vertientes de esos largos años de terror y barbarie. “Patria” cuenta la historia de dos familias muy unidas cuya amistad se rompe porque la aparición de la violencia sitúa a ambas en bandos enfrentados. Por un lado, el Txato y Bittori; por el otro, Joxian y Miren. Ambos, matrimonios gobernados por las mujeres: el famoso matriarcado vasco. El primero tiene dos hijos: Xavier y Nerea; el segundo, tres: Arancha, Joxe Mari y Gorka. Todo se rompe cuando el Txato, empresario tenaz y generoso, es asesinado por ETA. Además, Joxe Mari pasa de la “kale borroka”, quemando autobuses en San Sebastián, a militar en ETA. Tras participar en varios atentados, es detenido por la policía y enviado a una lejana cárcel del sur de España. Su madre Miren, que nunca antes había mostrado inclinación política, se hace acérrima defensora de su hijo y exaltada fanática del nacionalismo independentista vasco. Enseguida encuentra el apoyo de muchos de sus vecinos, de la Herriko Taberna de su pueblo y del cura de la parroquia, melifluo y halitósico justificador de los asesinatos en nombre de la supuesta opresión secular a la patria vasca. ¡Qué triste y radicalmente anticristiano el papel de buena parte de la iglesia vasca en esos terribles años de plomo!

Los cinco hijos de los dos matrimonios, condicionados ya para siempre por los efectos de la violencia en sus familias, se añaden a los cuatro padres como protagonistas de la novela, que abre así nueve líneas narrativas sobre otras tantas vidas; aunque una, la del Txato, queda truncada en plena narración. Todos ellos, además de la voz externa y omnisciente, son narradores por momentos, dotando de esta manera a la novela de una estructura innovadora y aparentemente compleja, pero que logra naturalidad, fluidez y ritmo. A ello contribuyen la brevedad de los capítulos, la sencillez de la prosa y los muchos coloquialismos incorporados, como el frecuente uso del condicional por el pretérito imperfecto de subjuntivo. (“Ni me dejaron preparar el entierro. Cogieron a mi hijo y montaron con él un numerito patriótico. Les vino de perlas que se 'moriría'”). Hasta el propio escritor Aramburu hace un cameo y se convierte por un momento en personaje fugaz de la novela.

Y, aunque no evita temas como las torturas a los detenidos ni el rechazo injusto y generalizado a todo lo vasco en algunos lugares de España, el lector tiene claro de dónde procede esa locura colectiva que llevó a buena parte de la sociedad vasca a mostrar una mayor o menor complicidad, por fanatismo activo o por temerosa y cobarde omisión, con la violencia política. Un episodio histórico reciente de vergonzosa e inaceptable degradación moral que la novela deja fijado en sus páginas para la posteridad. Aunque el final del relato dibuje un futuro posible de esperanza y reconciliación que ojalá ya no tenga marcha atrás.

“Patria” no es sólo una lectura muy recomendable. Es una lectura absolutamente imprescindible.

Carlos Bravo Suárez