viernes, 21 de julio de 2017

TRAVESÍA TRANSFRONTERIZA POR EL PUERTO DE SALCORZ: DEL VALLE DE PARZÁN AL VALLE DE MOUDANG

 
 Cascada del barranco de Sacorz al inicio de la excursión
 Subiendo por el pinar



 Cascada del barranco de Salcoz al salir del pinar
 Vista del pico Robiñera
 Vista de los valles de Pinarra (Puerto Viejo) y de Barrosa
 Subiendo con el Puerto Viejo de Bielsa al fondo

 Vista del pico La Munia
 Llegando al ibón de Salcorz
 Ibón de Salcorz

 Tramo final al puerto de Salcorz

 Vista de Cotiella
 Llegando al puerto con el pico Salcorz a la derecha
 En el puerto de Salcorz


 Restos del mecanismo de transporte del mineral, ya en el lado francés

 Bajando al valle de Moudang, en el lado francés.








 Llegando a las granjas de Moudang
 Granjas de Moudang
 Grupo en las granjas de Moudang
 Granjas de Moudang
 Iniciando la bajada por la pista desde las granjas al puente de Moudang
 Por la pista de bajada final

El pasado domingo, una veintena de excursionistas realizamos una bonita travesía de montaña desde el valle de Parzán, en Bielsa, al valle de Moudang, en la vertiente francesa de la cordillera pirenaica. Cruzamos la frontera por el puerto de Salcorz, al que nuestros vecinos denominan port de Héchempy y que en la zona de Bielsa también se conoce como el puerto del Burro, por su silueta en forma de albarda invertida. Este paso montañoso, situado a 2.470 m. de altitud, fue utilizado a principios del siglo XX para transportar a Francia por cable aéreo el mineral de plomo y plata que se extraía de las minas de Parzán. Tanto en lo alto del puerto como en el inicio del descenso por el lado francés, quedan aún algunos restos herrumbrosos de aquel mecanismo de transporte de tiempos no tan lejanos.

La excursión estuvo organizada por el club Montañeros de Aragón de Barbastro y en ella participamos tres miembros del Centro Excursionista Ribagorza de Graus, que nos incorporamos en Aínsa al autobús que a las siete de la mañana había salido de la capital del Somontano. A las 8.30 horas, el autobús nos dejó un kilómetro antes de la boca sur del túnel de Bielsa, junto a una visera antialudes a cuya izquierda queda una pequeña explanada donde hay un panel informativo y pueden aparcar varios vehículos.  En el lado derecho de la carretera, y con marcas blancas y amarillas, a 1600 m. de altitud, arranca el PR-HU181, señalizado hasta la cima del puerto por el lado español. El sendero arranca en fuerte subida y durante todo el primer tramo, que hicimos siempre por la sombra, recorre un espeso bosque de pino negro. Junto a una bonita cascada, cruzamos el barranco de Salcorz y salimos a zona abierta y herbosa, con bastantes rododendros, desde la que fuimos teniendo estupendas vistas de los valles de Pinarra y Barrosa, del puerto Viejo y de los picos Robiñera y La Munia. Sobre las once de la mañana, llegamos al pequeño ibón de Salcorz, donde hicimos una pequeña parada para reponer fuerzas y continuar la subida. Tras varios zigzags por camino algo desdibujado entre la hierba, a las doce alcanzamos el puerto de Salcorz, junto al pico del mismo nombre que brillaba a nuestra derecha. Algo más al oeste, y no visible desde el puerto pero sí desde buena parte de la subida, destaca el pico Bataillence.

 En el puerto hicimos una nueva parada y disfrutamos de amplias vistas de las dos vertientes del Pirineo, contemplando ya el valle de Moudang por el que íbamos a bajar y comprobando que el día estaba absolutamente despejado en ambos lados de la cordillera. No hay camino visible en el primer tramo de descenso, así que bajamos campo a través por terreno herboso y no demasiado incómodo. A nuestra izquierda dejamos el Lac de Héchempy que, escondido en una elevada cubeta, no llegamos a ver en ningún momento. Tras un rato de descenso, conectamos con un sendero estrecho que, entre grandes matas de rododendro y algunos serbales silvestres, ya pudimos seguir sin mayores problemas. Atravesamos varias veces el barranco que baja desde el lago y aumenta su caudal con las aguas brotadas de una curiosa surgencia en la roca y, ya casi llaneando, a las tres de la tarde, llegamos a las granjas de Moudang (Granges du Moudang), una agrupación de alrededor de una docena de bordas de montaña que, a 1.560 m. de altitud, tendrían en su momento gran importancia como lugar de pastos estivales para el ganado. Junto a una de las tres bordas nuevas, construidas algo alejadas del grupo original, hicimos la parada para comer y hacernos una foto de grupo.

           Por una pista de 5,5 km que transita por un precioso, húmedo y sombrío bosque de hayas y abetos, bajamos hasta el puente de Moudang, un área recreativa, a 1053 m. de altitud, junto a la carretera que lleva a Saint-Lary. Habíamos recorrido 16 km (5,5 de subida y 10,5 de bajada) en algo más de ocho horas con numerosas, y a veces largas, paradas. Según el GPS, el desnivel acumulado de subida había sido de 1.062 m. y el de bajada, de 1.584 m. Tras mojarnos los pies y refrescarnos un poco en las frías aguas del río, volvimos a España en autobús, cruzando ahora la frontera por el túnel de Bielsa.


(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)


Mapa y datos de la excursión:


domingo, 16 de julio de 2017

LEGNA RODRÍGUEZ Y SU BULLDOG FRANCÉS


Siempre a la búsqueda de nuevos fenómenos literarios y de llamativos reclamos comerciales, la promoción editorial de “Mi novia preferida fue un bulldog francés” se refiere a la autora de esta sorprendente novela como “el tsunami Legna”. Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, Cuba, 1984), que emigró de su Cuba natal a Miami en 2015, ha publicado poesía, teatro, cuentos y novelas. Ha recibido diversos premios y parece querer abarcar todos los géneros literarios con el uso de un lenguaje nuevo y unas formas expresivas radicales y modernas, tal vez demasiado imbuidas de un excesivo deseo de originalidad e innovación. Pero si estas características pueden ser, quizá por la propia juventud de la autora, su mayor defecto, son también, sin duda, su principal atractivo y su elemento literario más diferenciador y singular. 

Aunque presentada como una novela, “Mi novia preferida fue un bulldog francés” es en realidad un conjunto de quince relatos breves a los que no es fácil, si no es por el estilo y la subjetividad comunes, encontrar interconexiones y un mismo hilo argumental. Son cuentos extraños y no siempre fáciles de entender, con diferentes voces y personas narrativas. Entre cada uno de ellos hay una página en la que se intercala, con grandes rasgos tipográficos, una frase breve y sorprendente. Es al final del libro, tras la lectura del último de los relatos, cuando estas frases adquieren todo su significado para el lector.

El primero de los cuentos (“Política”) es narrado en primera persona por un muerto, un patriarca cubano de noventa años que acaba de fallecer y, aún de cuerpo presente, relata su vida pasada y lo que observa a su alrededor en su velatorio. De la misma manera, en “Wanda”, una mujer asesinada por su exmarido, que luego se suicida, narra su historia prolongada también al velatorio conjunto que comparten los familiares de ella y los de su expareja. En el relato “Monstruo” se hace una crítica irónica y corrosiva de la kafkiana burocracia del régimen cubano. Las relaciones familiares aparecen en varios de los textos. Especialmente interesante es el titulado “Dios”, donde una madre pide con frecuencia a sus hijas, casi siempre por chat, que se cuiden y se respeten, pero ella las deja solas continuamente porque tiene que irse a sucesivas misiones políticas por todo el mundo. Tantas son esas misiones salvadores que el pueblo ha quedado medio desierto. “Miami” relata un rápido viaje de la narradora a la ciudad estadounidense, en la que, entre otras cosas, se hace poner un piercing en la nariz. En “Clítoris”, la joven narradora cuenta el vergonzoso análisis ginecológico que tuvo que pasar hasta que descubrieron la verdadera causa de una infección en sus genitales. “Lepidóptero” incluye algunas duras descripciones del desarrollo de la enfermedad en un enfermo de cáncer. Toda una disertación sobre los tatuajes aparece en el relato así titulado, “Tatuaje”. Un cambio de tema radical encontramos en “Árbol”, en el que se recuerda al grupo de teatro “El Ciervo Encantado” y se hace referencia al escritor cubano Severo Sarduy, del que se dice que ejerció gran influencia sobre ese grupo teatral. “Mala” incluye toda una descripción de la personalidad de la narradora. El magnífico relato “Soba”, narrado por el bulldog francés, cierra el libro. Para no hacer spoiler (es decir, para no destripar el final), sólo diré que hay referencias literarias a Chejov y, sobre todo, a Coetzee, el escritor preferido de la protagonista del libro, que bastante tendrá que ver con la propia Legna Rodríguez, aunque se supone que no todo.

En resumen, el libro gana a medida que se avanza en su lectura, a pesar de que algunos relatos no sean fáciles de entender y en ocasiones el estilo tal vez peque de un deseo excesivo de transgredir e innovar en el lenguaje y en las formas. Veremos por dónde continúa la carrera de esta prometedora y original escritora cubana. 

“Mi novia preferida fue un bulldog francés”. Legna Rodríguez Iglesias. Alfaguara. 2017.  144 páginas.