domingo 12 de julio de 2009

NOTAS DE GUERRA

Los papeles de España, Erich Arendt, Tropo Editores, Zaragoza, 2009, 136 páginas
Fueron numerosos los escritores europeos que participaron en la Guerra Civil española y plasmaron literariamente esa experiencia bélica. Con diferentes tendencias políticas, la mayor parte luchó en las filas del bando republicano. El más destacado de esos autores es sin duda el británico George Orwell y su libro Homenaje a Cataluña.
En los últimos años se están publicando nuevos textos de algunos escritores extranjeros menos conocidos que también lucharon en aquella guerra. Uno de ellos es Erich Arendt (1903 – 1984), escritor, traductor y fotógrafo alemán que huyó de su país tras la llegada de Hitler al poder y se refugió en España, donde le sorprendió el levantamiento militar del 36. Militante comunista convencido, se enroló en la columna “Carlos Marx”, después convertida en 27 División del Ejército del Este. Con ellas estuvo durante gran parte del conflicto por tierras altoaragonesas.
Tropo Editores acaba de publicar Los papeles de España de Erich Arendt en su colección Biblioteca del Olvido, en la que antes había editado el Álbum de radiografías secretas de Ramón J. Sender, también reseñado en esta sección. Arendt fue una figura importante en la Alemania del Este, donde tradujo a poetas de habla hispana como Neruda, Vallejo, Alberti, Hernández o Góngora. En nuestra provincia fue dado a conocer hace unos años por José María Establés Elduque en la revista “Serrablo”, comarca en la que Arendt pasó parte de la guerra.
El libro contiene veintidós textos breves del escritor alemán. Todos ellos, menos el último –un poema dedicado a Zaragoza escrito en 1941 tras su fugaz y clandestino paso por la capital aragonesa –, se refieren a episodios de la guerra civil y tienen como escenario las tierras del Alto Aragón. Esas referencias a muchas poblaciones oscenses y su valor documental será probablemente lo más interesante del libro para los lectores altoaragoneses.
Los textos de Arendt relatan episodios bélicos de la 27 División en un tono a veces realista pero, en general, con evidente intención de propaganda. No hay que olvidar que muchos de esos escritos eran publicados en aquel momento en la retaguardia catalana. Destacan los que cuentan algunas graciosas anécdotas del frente y los que se refieren a episodios de alfabetización, a la defensa de los derechos de las mujeres o a las colectivizaciones. Pero casi siempre hay en ellos, en mi opinión, una excesiva carga ideológica y doctrinaria que lastra en buena medida su interés literario. El pretendido tono épico-heroico predominante en el libro puede acabar cansando al lector –así le ocurrió a quien esto escribe –; entre otras cosas, porque uno lo encuentra, igual o parecido, en todos los relatos de todas las guerras y de todos los bandos.

Carlos Bravo Suárez

jueves 9 de julio de 2009

LAS NOVELAS OSCENSES DE MICHEL DEL CASTILLO

Michel del Castillo (Madrid, 1933) es un magnífico escritor con una larga carrera literaria que incluye un buen número de novelas y algunos ensayos. Hijo de madre española y padre francés, eligió el apellido materno para su nombre de autor. Aunque vivió en España algunos años de su infancia y juventud, posteriormente se instaló definitivamente en Francia, donde reside en la actualidad. Ha escrito en lengua francesa todas sus obras, pero algunos de sus mejores libros han sido traducidos al español. Si bien en Francia es un autor reconocido y galardonado con numerosos e importantes premios, en España no ha tenido el éxito que merece.
Su novela más conocida es, sin duda, “Tanguy” (1957), con la que inició su brillante carrera como escritor. En ella, en tercera persona y con un punto de vista aparentemente externo, narra los terribles años de su infancia en España, Francia y Alemania. Abandonado por sus padres, acabó siendo internado en un orfanato en Barcelona y más tarde en un colegio jesuita en Úbeda. Tras abandonar este último, en un viaje en tren de Madrid a Barcelona, conoció a una mujer que resultó ser la jefa de la Sección Femenina del Movimiento en la ciudad de Huesca. Ella, al verlo tan desvalido y solo, le dio su tarjeta y le ofreció su ayuda si las cosas no le iban bien en Barcelona. Tras trabajar en una fábrica de cemento en Vallcarca, cerca de Sitges, el joven perdió el empleo y recordó aquel ofrecimiento. Viajó a Huesca y encontró a la mujer del tren. Ésta lo envió en un primer momento a Jaca, a una colonia de verano que dirigía un sacerdote. Tras el periodo estival en el Pirineo, el cura lo llevó consigo a su parroquia, en un pueblo de la sierra próximo a Huesca. Finalmente fue acogido en casa de un conocido falangista de la ciudad, uno de los más sanguinarios represores del bando franquista en los terribles días de la Guerra Civil. Con esta familia oscense vivió el joven durante los años 1951 y 1952. Tras abandonar Huesca, Michel del Castillo sólo ha vuelto en alguna ocasión puntual a la capital altoaragonesa.
Huesca dejó sin embargo una huella indeleble en el escritor francés. Desde el punto de vista literario, sus vivencias de aquellos años en la ciudad han resultado bastante productivas. Tres de las principales novelas de Michel del Castillo están ambientadas en la capital altoaragonesa. Se trata de “El tiovivo español”, “La noche del decreto” y “El crimen de los padres”, publicadas en Francia en 1977, 1981 y 1993 respectivamente. De todas ellas existen posteriores ediciones en castellano. (1)
Prácticamente toda la acción de “El tiovivo español” transcurre en la ciudad de Huesca. Sólo en algunos momentos la acción se desplaza a la cercana sierra de Guara o a Madrid. En la novela, Michel del Castillo hace una sátira feroz de la sociedad oscense de los años de posguerra. Sobre todo de la burguesía, el clero y algunas autoridades locales que son objeto de una crítica implacable. Sin embargo, es posible que Huesca tenga en el relato un valor metonímico, como símbolo de la sociedad española en toda su extensión. Los personajes de la sociedad madrileña que aparecen en la narración no son menos ridiculizados que los que residen en la capital oscense.
La novela es en cierta manera coral, sin un protagonista explícito. Excepto Carlos Sánchez, que mezcla bondad extrema y locura, el resto de personajes se mueve por su ambición desmedida y su afán de poder. La atmósfera asfixiante de una sociedad pequeña como lo era entonces la oscense alcanza a todos los personajes. Unas beatas cotillas y alcahuetas siempre pendientes de las vidas de los demás y llevando dimes y diretes de aquí para allá, unos clérigos falsos, ambiciosos e intrigantes, y unos burgueses preocupados hasta el extremo por su dinero, el qué dirán y la posición social componen un fresco de una sociedad presidida por el culto a las apariencias, la hipocresía, la vulgaridad y una absoluta bajeza moral.
Abundan las descripciones de la ciudad y de muchos de sus lugares más conocidos: el parque, el Coso, las calles que suben a la catedral, la estación, algunos bares… Pueden quizás establecerse algunos paralelismos entre la Huesca de “El tiovivo español” y la Vetusta (Oviedo) de “La Regenta” de Clarín. En cuanto a las sociedades descritas y a que en ambas novelas hay un único personaje (Carlos Sánchez y Ana Ozores, respectivamente) que se mantiene exento del egoísmo y la falsedad imperantes. Pero en la novela del autor francés el realismo se mezcla desde el primer momento con el sarcasmo y la sátira, presentes ya desde la misma denominación antroponímica de casi todos los personajes. Probablemente la Huesca descrita en la novela no diferiría demasiado de cualquier otra pequeña ciudad española de provincias en los años de la posguerra.
“La noche del decreto” es una novela policiaca. Más por ser policías sus dos personajes principales que en el sentido genérico del término. Santiago Laredo, que narra la historia en primera persona, y Avelino Pared son dos agentes que van a coincidir en la Brigada de la Policía Judicial de Huesca en la segunda mitad de la novela. Ésta comienza en Murcia, ciudad en la que trabaja Laredo, quien sin embargo debe incorporarse en breve a su nuevo destino en la capital altoaragonesa. Allí lleva muchos años el mítico policía Avelino Pared, personaje enigmático y ambiguo que dirigió con crueldad la represión franquista en los años de la posguerra en la provincia. Muchos creyeron ver en él al falangista oscense que acogió en su casa al escritor en los primeros años cincuenta. Sin embargo, éste aparecerá de manera explícita, si bien con el nombre literario de Antón Olivar, en “El crimen de los padres”, la posterior novela de Michel del Castillo a la que enseguida me referiré más extensamente.
“La noche del decreto” está ambientada en 1975, año de la muerte de Franco. El fallecimiento del dictador se produce justo en los días previos a la llegada de Laredo a la capital oscense tras su paso anterior por Zaragoza y Sangüesa. La ciudad está bien descrita, tanto física como socialmente, y se muestran algunos de los cambios que ha sufrido desde los difíciles tiempos de la posguerra. Hay bastantes referencias a algunos de sus bares y restaurantes más conocidos, así como a su clima y a la proximidad del Pirineo, que empieza a ser en los nuevos tiempos un importante reclamo turístico. Pero, a diferencia de “El tiovivo español”, aquí el escritor se ha centrado sobre todo en sus dos personajes principales, especialmente en Avelino Pared, cuya presencia se convierte en obsesiva a lo largo de la novela.
“El crimen de los padres” es la más compleja y literariamente más rica de las tres novelas oscenses del escritor francés. Narrada en primera persona y absolutamente autobiográfica, es un ajuste de cuentas del escritor, con intenciones catárticas, con sus años de estancia en Huesca, y en menor medida en Zaragoza, a principios de la década de los cincuenta. Se combinan dos planos cronológicos: la visita a la capital altoaragonesa a principios de los años noventa con motivo de la presentación de la edición española de “El tiovivo español” y los recuerdos de los años pasados en ella desde su encuentro en el tren con la falangista oscense hasta su marcha de España. El personaje más importante del libro, además del propio escritor, es Antón Olivar. La relación entre éste y el autor es intensa y ambigua. Antón parece haber encontrado en el joven Miguel al hijo varón que tanto desea tener y que llegará por fin unos años más tarde. Miguel tal vez vea en Antón al padre ausente que lo abandonó siendo un niño. El propio escritor se pregunta con cierto desasosiego al final de la novela por las causas reales de la calurosa acogida inicial y de la ruptura posterior dos años después. Algunos ven un exceso de ambigüedad en la reacción del escritor francés ante Antón cuando se encuentra con él en su última visita a Huesca y ya conoce la verdad de su sanguinario comportamiento durante la guerra. Creo, sin embargo, que ése es uno de los mayores logros de la novela: esa ambigüedad no es más que la consecuencia de la complejidad que pueden llegar a alcanzar en ocasiones las relaciones humanas, y las diferentes caras que pueden encontrarse incluso en los seres con el pasado más abyecto. La buena literatura recoge con frecuencia estas situaciones. Varios ejemplos de ello encontramos en algunas novelas de Dostoievski, un autor muy citado y querido por Michel del Castillo.
Más allá de la existencia real de los personajes y de su valor autobiográfico, la novela tiene una enorme fuerza literaria. La ciudad de Huesca vuelve a aparecer como marco principal de los acontecimientos narrados. Vemos de nuevo sus lugares más conocidos a los que se añaden ahora algunos interiores más o menos descritos por el autor: el piso de la familia Olivar (“la casa barco del Coso”), la vivienda de Lisa detrás de la iglesia de San Lorenzo, la pensión en la que vive Miguel cuando deja la casa de Antón, la nueva casa de éste en la última visita del escritor a la ciudad, o el piso de Candi, la hija menor de Antón, cuyo papel adquiere gran relevancia al final de la obra.
Tras la lectura de las tres novelas hay algunas descripciones que, por repetidas, quedan especialmente grabados en la memoria del lector. En mi caso, han sido la estación de ferrocarril, alejada en aquellos años de la ciudad y cuyo desolado aspecto recibe a los personajes que llegan a Huesca por primera vez, y, sobre todo, la visión de los mutilados de guerra que dormitan en las escalinatas del edificio del Casino, que muestran al desnudo la crudeza de los tiempos de la posguerra.
Parece que Huesca, como España y lo español en general, suscita en Michel del Castillo una reacción encontrada de amor y de odio. Tal vez sea ésta la causa principal de la fecunda influencia literaria que la capital altoaragonesa ha tenido en la obra literaria del escritor francés.

NOTA: (1)
De “El tiovivo español” existe una edición en español en Mira Editores (Zaragoza, 1991) con traducción de Nieves Ibeas y Antonio Gaspar. De “La noche del decreto” hay dos ediciones en castellano: una en Grijalbo (Barcelona, 1982) y otra más reciente en la editorial Ikusager (Vitoria 2006). También en Ikusager está editada “El crimen de los padres” (Vitoria, 2005)
Es muy recomendable empezar la lectura de las obras de Michel del Castillo por su primera novela “Tanguy”, su edición más reciente en español es la de Ikusager (Vitoria 1995). En “Tanguy” se narran los años anteriores a la llegada a Huesca del escritor francés.
Sobre la presencia de la capital altoaragonesa en las tres novelas comentadas en este artículo, existe un breve trabajo, que yo he leído en Internet, titulado “Huesca o el embrujo español en Michel del Castillo”, de Juan Manuel Borda Lapébie. En él se defiende, entre otras cosas, el valor metonímico, representativo de la España de la época, que adquiere Huesca en los tres relatos citados.

Carlos Bravo Suárez

sábado 4 de julio de 2009

UN VIAJE FASCINANTE

Tren nocturno a Lisboa, Pascal Mercier, El Aleph, 2008, 525 páginas

Tren nocturno a Lisboa es una magnífica novela, de esas que quedan en el rincón de la memoria reservado a las obras más selectas. El libro tuvo hace unos años un considerable éxito en Alemania y se tradujo a varios idiomas. Aunque existía una edición argentina, la novela no se editó en España hasta el pasado año y, más por el boca oreja que por la promoción editorial, está llegando a un creciente número de lectores en nuestro país.
El autor de Tren nocturno a Lisboa es Pascal Mercier, en realidad un pseudónimo literario, ya utilizado en otras obras, del escritor suizo Peter Bieri (Berna, 1944), profesor de Filosofía del lenguaje en la Universidad de Berlín.
La novela está narrada en primera persona por Raimund Gregorius, un rutinario profesor de lenguas clásicas en un instituto de Berna. Un día conoce fugazmente a una mujer portuguesa y encuentra un viejo libro de un escritor, también luso, llamado Amadeu Prado. El libro contiene una serie de reflexiones filosóficas y existenciales que Gregorius irá intercalando en su relato. De manera repentina, el profesor suizo, al que algunos malévolamente llaman “El Papiro”, abandona Berna y toma un tren nocturno en dirección a Lisboa. En la capital portuguesa, Gregorius seguirá la pista de Amadeu Prado, cuya vida irá recomponiendo como si fuera un puzzle a partir de las personas que lo conocieron. Prado fue un médico, escritor y poeta que participó en la resistencia a la dictadura de Salazar. Fue un hombre vitalista y brillante, pero también atormentado y víctima de sus contradicciones, que dejó una huella imborrable entre quienes lo trataron. De manera retrospectiva, la vida de Prado, fallecido al final de la dictadura salazarista, se convierte en el tema principal de la novela. Buscando su identidad como si de un detective literario se tratara, Gregorius irá conociendo a una serie de personajes que componen un atractivo mosaico humano en la capital portuguesa.
El viaje a Lisboa, además de físico y geográfico, es también un viaje interior y existencial para Gregorius, que provoca una transformación en su personalidad, reflejada metafóricamente por el cambio en la montura de sus gafas. Salvando las diferencias, uno no puede evitar establecer una vinculación literaria entre Gregorius y el protagonista homónimo de La metamorfosis de Kafka.
Además de Lisboa, ciudad siempre literaria y protagonista espacial de la novela, el autor hace breves paradas en Coimbra y Salamanca, dos lugares con el fuerte sabor cultural que impregna todo el relato. Simbólicos y premonitorios son los dos viajes, de Prado y de Gregorius, al cabo Finisterre. La ciudad persa de Isfahán queda para el mundo de la imaginación en que el viejo profesor gusta refugiarse con frecuencia.
Una novela fascinante, para saborear despacio y deleitarse en ella.
Carlos Bravo Suárez

domingo 28 de junio de 2009

LAS DOS ERMITAS DE SALANOVA

Salanova es una pequeña aldea despoblada perteneciente al municipio ribagorzano de Lascuarre. Se puede llegar hasta ella por la carretera A-1605 que lleva de Graus al valle de Arán por el alto de Bonansa. El lugar se sitúa a la derecha de la citada vía, desde donde sale una pista de tierra que conduce enseguida hasta el pequeño caserío. Salanova se encuentra a unos dieciséis kilómetros de Graus y a unos tres de Lascuarre.
Las referencias históricas al lugar son muy escasas. En un documento del monasterio sobrarbense de San Victorián, en referencia a Santa María de Obarra, se cita a un Berengario de Salanova en 1204. Sabemos también que en el año 1900 vivían en Salanova 19 personas.
El lugar estuvo habitado hasta los años sesenta del pasado siglo XX y contaba con tres casas. La mayor de ellas, todavía en pie aunque en progresiva ruina, es la casa Fidalgo, más conocida como casa del Arrendador. Es un gran edificio construido en los siglos XVI o XVII, con puerta de arco de medio punto y escasez de ventanas, casi todas en el piso superior cerca del tejado. Tiene aspecto de haber sido en su momento una importante casa fuerte de la zona. Las otras casas, más pequeñas y en peor estado de conservación, eran casa Llacera y casa Laideba, aunque en los inicios del siglo XX los propietarios de la primera compraron la segunda que pasó a denominarse como aquélla.
En medio del pequeño caserío hay dos grandes encinas o carrascas. Una de ellas es verdaderamente impresionante y creo que está catalogada, debería estarlo si no es así, entre las más destacadas de nuestra provincia. También hay algunos pequeños cipreses junto a la ermita de San Macario, a la que enseguida nos vamos a referir. Entre Salanova y Lascuarre se encuentra la llamada Torre de los Moros o Castell dels Moros, de planta cuadrangular y recientemente restaurada. Aunque algunos creen que pudo ser una torre de vigilancia en tiempos medievales, parece más probable que se trate de una construcción posterior, seguramente del siglo XVII.
Muy próxima a las casas de Salanova se encuentra la ermita de San Macario, Sant Macari en el habla de la zona. Se sitúa junto a la carretera A-1605, de la que sólo la separa un pequeño talud. Sin embargo, desde la calzada puede ser fácilmente confundida con una pequeña borda o una caseta de monte. La ermita es de dimensiones reducidas y de aspecto algo rústico. Es de estilo románico popular, tiene planta rectangular con bóveda de cañón y un pequeño ábside semicircular con bóveda de horno canónicamente orientado al este. Construida sencillamente con mampostería, presenta sin embargo algunos sillares grandes, principalmente en sus esquinas. Parece datar del siglo XIII. La puerta, contraria al ábside, es de arco de medio punto y grandes dovelas, de construcción posterior al resto de la ermita. El reducido espacio interior del edificio está encalado y en estado de abandono. Sólo presenta una pequeña ventana abocinada en su pared meridional y conserva, aparentemente en buen estado, su tejado de losas a dos aguas. Para levantar esta ermita es muy posible que se utilizaran algunos materiales de otra más antigua conocida como San Macario viejo.
Las ruinas de San Macario viejo se encuentran algo más alejadas del pueblo, aproximadamente a medio kilómetro de éste. Se levantan sobre un pequeño promontorio rocoso en dirección sureste. No hay camino para acceder hasta ellas. Desde Salanova hay que atravesar un pequeño barranco, casi siempre seco, y subir un corto tramo campo a través. Poniendo atención, las ruinas son visibles tanto desde el pueblo como desde la carretera.
Los restos de San Macario viejo son bastante exiguos. En algún momento, la ya pequeña nave rectangular fue acortada y se cerró con un muro su parte más oriental, donde se encuentra el ábside. Probablemente este pequeño recinto cerrado se usaría para guardar ganado. De este espacio se conserva una parte de los muros y del ábside, todo ello construido con mampostería muy irregular y de apariencia no demasiado consistente. De la otra parte de la ermita sólo pueden verse algunos montones de piedras en el suelo. La puerta primitiva estaría en el muro meridional. En el centro del ábside puede observarse una curiosa hornacina, muy rustica, hecha con tres piedras sobre una pequeña losa. Delante del ábside se encuentra, caída en el suelo pero íntegra, la losa rectangular que servía como altar en las celebraciones religiosas. La ermita podría fecharse tal vez en el siglo XII, dentro de un estilo románico muy popular y sencillo.
Las dos ermitas de San Macario de Salanova son una muestra de la presencia en tiempos pasados de pequeñas construcciones religiosas en cualquier lugar habitado por pequeño que éste fuera. En la mayoría de los casos se trataba de ermitas u oratorios muy sencillos y austeros, en los que importaba más la función religiosa para la que estaban destinados que cualquier ornamentación innecesaria. Son esa sencillez y rusticidad las que confieren a estas viejas construcciones su atractivo y su encanto.

Carlos Bravo Suárez

(Foto: Ermita de San Macario nueva)
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

domingo 21 de junio de 2009

UNA NOVELA PSICOLÓGICA

Elegía para un americano, Siri Hustvedt, Anagrama, 2009, 388 páginas

Elegía para un americano no es una novela de lectura fácil. Puede considerarse en cierta manera como un relato psicológico, que profundiza más en el carácter y los pensamientos de los personajes que en las acciones que éstos realizan. Su autora es Siri Hustvedt, escritora estadounidense de origen noruego cuyas novelas anteriores habían sido publicadas en España por la editorial Circe.
La novela está narrada en primera persona por Erik Davidsen, psicoanalista que vive en Nueva York y sufre de soledad tras haberse divorciado de su mujer. El segundo personaje principal del libro es Inga, hermana de Erik y viuda de un famoso escritor, escritora también ella y madre de una adolescente que empieza a hacer sus primeros pinitos en la poesía. Los dos hermanos pertenecen a una familia de emigrantes noruegos que se instalaron en Estados Unidos como granjeros. Al inicio de la novela se produce la muerte del padre de Erik e Inga, quien había dejado escritas unas memorias para sus más allegados. Estas notas autobiográficas del padre se irán intercalando en la narración de Erik y permitirán al lector observar la evolución de una saga familiar que ha pasado del mundo rural de las anteriores generaciones al mundo neoyorquino urbano en el que se mueven los dos hermanos protagonistas del relato.
Las cosas cambiarán para Erik cuando Miranda y su pequeña hija se conviertan en sus nuevas vecinas. Miranda es una atractiva mujer negra de origen jamaicano que hace unos extraños dibujos sobre el mundo de los sueños. Está separada de un inmaduro y excéntrico artista que la somete a un extraño acoso fotográfico. También cambian las cosas para Inga cuando descubre que su marido había tenido una relación amorosa paralela con una joven actriz.
Todos los personajes que aparecen en la narración de Erik son intelectuales, escritores y artistas de Nueva York. Algunos, como los dos hermanos, con una fuerte tendencia a la introspección y con unos mundos interiores ricos pero complejos y difíciles, que por momentos recuerdan a algunos personajes de las películas de Bergman. Sin embargo, otros artistas de la novela muestran un cierto esnobismo, muy propio de determinados sectores de la modernidad urbana. Sólo el grotesco y sudoroso Burton proporciona al libro sus muy escasas notas de humor y simpatía.
Por lo que la autora confiesa en los agradecimientos finales de la novela, las referencias a las memorias del padre son totalmente autobiográficas. Tal vez también lo sean algunos aspectos referidos a Inga, como el hecho de haber estado casada con un escritor de éxito y dedicarse ella también a la escritura. Aunque Siri Hustvedt tiene una narrativa personal y propia, es también conocida por ser la mujer del famoso escritor Paul Auster.
Elegía para un americano es una novela que posiblemente sólo gustará a un determinado tipo de lectores, pues se aleja en buena medida de las preferencias actuales del gran público.

Carlos Bravo Suárez

domingo 14 de junio de 2009

DOS PEQUEÑAS JOYAS INGLESAS

Una lectora nada común y La dama de la furgoneta, Alan Bennett, Anagrama, 2008 y 2009

Alan Bennett (Leeds, 1934) es conocido sobre todo como autor de teatro, guionista de cine y actor. Desde hace unos años lo es también por sus novelas cortas. Las dos últimas, publicadas en España por Anagrama el pasado año y hace unos meses, son Una lectora nada común y La dama de la furgoneta. He leído ambas una tras otra y me han parecido dos pequeñas joyas literarias, llenas de un ingenio y un sentido del humor típicamente británicos, muy poco frecuentes en la literatura de nuestro país.
Ambas novelas están protagonizadas por mujeres: la primera nada menos que por la reina Isabel de Inglaterra; la segunda por una extravagante vagabunda que vive en el interior de una vieja furgoneta. Los dos relatos derrochan imaginación e ironía, aunque Una lectora nada común es más original y atrevida, además de ser un alegato en defensa de la literatura y de su capacidad para transformar a las personas. El autor imagina, con gracia y estilo ágil y dinámico, que la actual reina británica se convierte en una adicta a la lectura, en una devoradora de libros, en una apasionada de la literatura. Esa incontenible afición entrará en conflicto, llevado por el autor hasta las últimas consecuencias, con las estrictas obligaciones que su cargo le impone. Además de ser un verdadero catálogo de autores y obras, británicos la mayoría, el libro reivindica el poder subversivo -en el sentido más etimológico de la palabra- que la literatura tiene, y que parece completamente incompatible con la política actual al uso. La reina descubre el placer de leer y el atractivo creciente de escribir, y eso la lleva a constatar la inconsistencia real de su vida cotidiana: aparentar interés por las cosas sin verdaderamente tenerlo, leer discursos insustanciales y sin ninguna calidad literaria, tener conversaciones que van dejando de interesarle a medida que comprueba la ignorancia que sobre el mundo de los libros muestran casi todos los políticos y cargos que la rodean... Todo ello llevará a la soberana británica a una decisión final sorprendente, que acerca la novela al género del cuento fantástico. Un relato cuya lectura resulta muy aconsejable para los tiempos que corren, dominados casi siempre por el pragmatismo y la banalidad.
La dama de la furgoneta está narrada en primera persona por el propio autor, a modo de notas de un diario muy espaciado en el tiempo, que abarca desde 1969 a 1989 más un breve epílogo posterior. Miss Shepherd es un personaje real, una mujer vagabunda que vivía en una furgoneta aparcada junto a la casa del escritor, quien, fascinado por la dama y también compadecido por los ataques que ésta sufre por parte de algunos jóvenes y borrachos del barrio, permite a la desaliñada y excéntrica mujer aparcar su viejo vehículo en un cobertizo de su jardín. Una situación que se prolongó durante quince largos años, contados por Alan Bennett en breves y sugerentes pinceladas literarias.
Dos relatos breves llenos de ironía y fino sentido del humor. Dos pequeñas joyas literarias, tan británicas que difícilmente encontrarían parangón en la literatura de cualquier otro país.



Carlos Bravo Suárez

domingo 7 de junio de 2009

DE CASTIGALÉU A MONTAÑANA POR EL GR-1

Ya he escrito en otras ocasiones en estas mismas páginas sobre el GR-1 o Sendero Histórico. Se trata de un largo itinerario que atraviesa la península ibérica por el norte desde el Mediterráneo hasta el Atlántico. El GR-1 recorre también la provincia de Huesca de este a oeste, o viceversa, por la zona prepirenaica. Voy a describir aquí el tramo más oriental de este histórico sendero en nuestra provincia, el que une las poblaciones ribagorzanas de Castigaléu y Montañana, en este caso en dirección al este, hasta llegar prácticamente al límite entre las comunidades de Aragón y Cataluña.
Castigaléu es un pequeño pueblo casi equidistante de Graus y Benabarre, las dos principales poblaciones ribagorzanas. Desde Graus se accede por carretera pasando por Lascuarre; desde Benabarre se puede llegar por Tolva y Luzás. El elemento arquitectónico más destacado de Castigaléu es su iglesia parroquial dedicada a San Martín. Es un edificio de estilo gótico-renacentista, muy parecido a las iglesias vecinas de Lascuarre y Laguarres. Castigaléu tiene también varias ermitas repartidas por su extenso término municipal. Destacan la de San Isidro, a las afueras del pueblo en un lugar de vistas excelentes; la de San Andrés, no lejos de la población; y la de San Miguel, en la misma localidad, en un rincón de gran encanto al que se accede por una bonita calle empedrada.
Nuestra excursión comienza en la plaza de Castigaléu, junto a un panel informativo sobre los senderos de la zona. Por unas escaleras abiertas en un muro bajamos a la carretera que deberemos atravesar. Enseguida se inicia un camino que desciende hasta el río Cajigar, Quixigá en el habla de la zona. En su margen derecha confluyen dos senderos importantes: el GR-18 y el GR-1 que nosotros vamos a seguir. Para ello debemos cruzar el río, normalmente con poco caudal, e iniciar un camino de subida que lleva hacia una aldea abandonada conocida como La Menlla o La Anmella. El sendero asciende entre paredes de piedras -ésta y los bosques de quejigos serán dos constantes en nuestra excursión- hasta desembocar en una pista que, por la izquierda, se dirige a las casas de La Menlla. Antes de llegar a ellas, en un punto en que las marcas están borradas y puede haber confusión, hay que tomar, a la derecha, otro camino murado que asciende hacia una pequeña collada para descender después al barranco de Subirana. Tras cruzar éste, subimos de nuevo hasta un campo de labor. Aquí desaparecen momentáneamente las marcas y hay que bordear el citado campo por su linde norte, a nuestra izquierda. Enseguida llegaremos a la ermita de San Antonio, aquí de Sant Antoni. que pertenece ya a Monesma. Fue restaurada en 2005, tiene un amplio porche con varias arcadas sobre la puerta de acceso y se encuentra en un lugar muy acogedor, propicio para hacer una relajante parada en nuestra caminata.
Dejando atrás San Antonio, el camino desciende hasta llegar a la carretera que va de Castigaléu a Monesma y Cajigar. La atravesamos y seguimos bajando unos metros hasta el barranco de San Antonio, que cruzamos junto a una pequeña cascada. El camino vuelve a subir y, siempre atentos a las marcas, nos lleva en una media hora hasta el núcleo despoblado de Las Badías. Las Badías fue la capital administrativa del disperso municipio de Monesma, un conjunto de mases y pequeñas aldeas diseminadas por un extenso y hoy despoblado territorio. Pascual Madoz, en su famoso Diccionario Geográfico de 1850, cifra en 32 su número de casas en aquel tiempo. Las Badías, además de tres casas de vecinos, albergaba el ayuntamiento o concejo, la escuela -edificio más moderno todavía bien conservado-, la iglesia parroquial del siglo XVIII y el cementerio, hoy arreglado y todavía en uso. El conjunto de edificios forma una bonita plaza que conserva algunos viejos bancos de piedra, testigos en otros tiempos de animadas tertulias.
Salimos de Las Badías por la carretera que hasta allí accede y de inmediato, a la derecha, tomamos una pista agrícola en cuyo arranque veremos un panel informativo. No tardamos en dejar la pista para seguir a nuestra izquierda por un sendero que va subiendo por la ladera occidental del desnudo tozal de Monesma. El sendero nos lleva a El Puyol (1140 m.), aldea de cinco casas, una de las cuales, casa Sarroca, permanece habitada. El actual trazado del GR-1 no pasa por el castillo de Monesma, sin embargo desde El Puyol sale una pista a la izquierda que en un escaso cuarto de hora conduce hasta lo alto del tozal en que se encuentran sus restos. Subir hasta allí merece sin duda la pena.
En lo alto del tozal, a 1232 metros, encontramos lo poco que se conserva de lo que fue un recinto amurallado con forma ovalada y orientación norte-sur. De las paredes que rodeaban la fortaleza, posiblemente levantada en el siglo XI, sólo quedan algunas piedras caídas. En el extremo sur del recinto pueden verse los escasos restos de la base de la torre de vigilancia del castillo. En el extremo norte queda una parte del ábside románico de la que sería la antigua iglesia castrense, que probablemente se integraría en el perímetro de la muralla. El ábside conserva una bonita ventana en su centro. Cerca de los restos de esta vieja iglesia se levanta la ermita de Santa Valdesca, de construcción muy posterior. Es un pequeño edificio rectangular bien conservado, con la cabecera orientada al norte y una puerta meridional de arco de medio punto.
Desde el castillo de Monesma pueden contemplarse unas vistas verdaderamente excepcionales. De los numerosos castillos y torres defensivas que hay en Ribagorza, es éste el que abarca visualmente una mayor extensión de terreno. Se entiende por ello la gran importancia estratégica que el lugar tuvo en tiempos pasados.
Para continuar nuestra excursión debemos retornar a El Puyol y desde allí iniciar nuestro descenso hacia un cruce de caminos donde hay un pilaret o peirón. Desde aquí tomaremos una pista que cruza entre las sierras de La Pallaroa y Chiró. Tras un rato de bajada llegaremos al antiguo santuario de Nuestra Señora de la Pallaroa. Se trata de un conjunto de edificios entre los que destaca la iglesia, probablemente del siglo XVII, que tiene un atrio con tres arcos que servía de esconjuradero para la protección de los campos. Junto a la iglesia se conserva la casa del ermitaño y algunas otras dependencias. La Pallaroa fue sin duda un importante lugar de paso en otros tiempos.
Desde La Pallaroa el camino desciende y bordea por el lado izquierdo un extenso campo de labor. Siguiendo en dirección este, veremos sobre un cerro la aldea despoblada de La Mora de Montañana. Hasta hace poco el GR-1 pasaba junto a su caserío en ruinas. En la actualidad, el sendero ya no asciende hacia el poblado, una de cuyas casas ha sido restaurada, sino que bordea por poniente el cerro sobre el que se levanta. Atentos a las marcas, llegaremos a un bonito camino enmarcado por muros de piedras. Encontraremos sucesivos bosques de quejigos y pasaremos por varias parideras para el ganado. A nuestra izquierda veremos el profundo tajo que abre el barranco de San Juan y muy pronto asomará a lo lejos la magnífica torre de la iglesia románica de Santa María de Baldós de Montañana.
Después de muchos años de olvido absoluto, Montañana es hoy uno de los lugares más conocidos y admirados de nuestra provincia. Se trata sin duda de un extraordinario conjunto medieval, bien restaurado en fechas recientes y todavía pendiente de nuevas actuaciones. No voy a detallar aquí, ya lo he hecho otras veces, los diversos elementos arquitectónicos de gran valor que el lugar alberga. Nuestra excursión entra en el pueblo por la iglesia de Nuestra Señora de Baldós y va descendiendo hasta visitar finalmente la ermita de San Juan, al otro lado del barranco homónimo.
Un detenido paseo por el núcleo medieval de Montañana es un broche de oro para la excursión que acabamos de proponer.

Carlos Bravo Suárez
(Foto: Ermita de San Juan de Montañana)
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)