domingo, 27 de diciembre de 2009

EL FIN DE UNA ÉPOCA

El rey de las Dos Sicilias, Andrzej Kusniewicz, Anagrama, 2009, 307 páginas

La editorial Anagrama ha iniciado una nueva colección literaria denominada “Otra vuelta de tuerca”. En ella pretende reeditar algunos “tesoros escondidos” que fueron celebrados en su momento pero que hoy resultan difíciles de encontrar. El título elegido para iniciar la colección no puede ser más acertado. Se trata de El rey de las Dos Sicilias, una extraordinaria novela que el escritor polaco Andrzej Kusniewicz publicó en 1978 y que es considerada por muchos como una de las obras maestras de la literatura centroeuropea del siglo XX.

Andrzej Kusniewicz (1904-1993) pertenecía a una familia aristocrática. En la II Guerra Mundial colaboró activamente con la resistencia francesa, fue detenido por los alemanes y deportado a Mauthausen. Tras la guerra fue durante unos años cónsul polaco en Francia y retornó a su Polonia natal. Allí inició tardíamente su carrera como escritor. Publicó su primer libro de poemas con 52 años y posteriormente varias novelas, entre las que destaca “El rey de las Dos Sicilias”.

La novela está ambientada en las vísperas de la I Guerra Mundial y pone en relación dos hechos casi simultáneos pero de repercusión muy distinta: el asesinato del heredero al trono austro-húngaro en Sarajevo, que desencadenó la Gran Guerra, y el de una joven prostituta y ladronzuela zíngara que aparece misteriosamente muerta junto a una balsa. El principal personaje de la narración es Emil R., un joven vienés de buena familia que se ha enrolado como oficial en El rey de las Dos Sicilias, un regimiento de ulanos del ejército imperial. Emil es un joven ilustrado y culto que, sin embargo, vive atormentado por el sentimiento de culpa producido por la pasión incestuosa que desde niño siente por su hermana Elisabeth.

Con una técnica narrativa que combina la simultaneidad cinematográfica con las confesiones personales de Emil, el autor compone un mosaico magistral de los últimos días del imperio austro-húngaro, que supusieron el desplome definitivo del mundo decimonónico. Conocemos el ambiente del ejército en una pequeña ciudad junto al Danubio, las tabernas y prostíbulos donde los soldados pasan los días previos al conflicto, la variedad de lenguas y culturas que componen el imperio y su ejército, los contrastes sociales que van desde una aristocracia refinada y rica hasta unos gitanos sin otra ocupación que recoger las colillas y las sobras que dejan los militares a su paso.

La novela está escrita en un estilo elaborado y rico, de gran calidad literaria. Se ha situado a Kusniewicz a la altura de algunos de los grandes narradores centroeuropeos como Musil, Roth o Zweig. El rey de las Dos Sicilias pertenece sin duda a ese reducido grupo de novelas que pueden calificarse como obras maestras sin temor a caer en la exageración.

Carlos Bravo Suárez.

sábado, 19 de diciembre de 2009

EN BUSCA DEL PASADO PERDIDO

Calle de las Tiendas Oscuras, Patrick Modiano, Anagrama, 2009, 233 páginas

Varios libros de Patrick Modiano han sido publicados recientemente en nuestro país. Tras el éxito obtenido en 2008 por Un pedigrí, Anagrama ha editado en este año que termina su última novela En el café de la juventud perdida -reseñada en esta sección el pasado verano- y uno de los títulos más famosos del magnífico escritor francés: Calle de las Tiendas Oscuras, que obtuvo el premio Goncourt en 1978 cuando el novelista contaba con tan solo 33 años y que permanecía todavía inédito en España.

Calle de las Tiendas Oscuras contiene ya muchos de los temas preferidos por Modiano y desarrollados en sus obras posteriores: la preocupación por el pasado y su conocimiento siempre fragmentario, la visión poliédrica y plural de los individuos a través de la mirada de los otros, el marasmo urbano de la gran ciudad (siempre París) con personajes solitarios entre miles de vidas insignificantes que se cruzan cada día sin encontrarse, y, aquí también, como en otros textos suyos, la época de la ocupación nazi y el colaboracionismo francés con los alemanes. Una cuestión del pasado reciente de su país que Modiano nunca ha esquivado y ha tratado con valentía y rigor. Ya en sus inicios literarios encontramos su estilo elegante y medido, con su habitual economía de lenguaje y una sobriedad que resulta literariamente eficaz y atractiva.

“No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café”. Con estas dos frases se inicia Calle de las Tiendas Oscuras, historia narrada en primera persona por un personaje que desconoce su pasado porque sufre amnesia y ha perdido la memoria. Durante años ha trabajado de ayudante de un detective que se apiadó de él y le proporcionó una falsa identidad y una ocupación, y que ahora cierra el negocio y se jubila. El narrador sin memoria se dedica entonces a investigar su pasado a partir de unas escasas pistas. Es una situación paradójica y extraña: la identidad del investigador será el objeto de su propia investigación.

Así el narrador va visitando, primero en París y luego en otros lugares, a diferentes personajes que puedan ayudarlo en su desesperada búsqueda. Y poco a poco va reconstruyendo fragmentos de ese pasado hasta recuperar una parte del mismo y revivir el momento en que sus recuerdos se quebraron.

Una novela magnífica de un autor con un estilo y un mundo propios. Esperemos que, ahora que comienza a ser más conocido y apreciado por los lectores, sus obras sigan editándose con regularidad en nuestro país.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 13 de diciembre de 2009

LA ERMITA DE LA PIEDAD DE SANTALIESTRA

Situada a 15 Km de Graus en dirección al norte, la localidad ribagorzana de Santaliestra extiende su caserío, dividido en varios barrios, en la margen izquierda del río Ésera, entre el cauce del río y la carretera A-139.

La población, acogedora y armoniosa en su conjunto, tiene algunos edificios de interés, como la casa Blasco, con puertas de arco de medio punto y notables dinteles con inscripciones. La iglesia parroquial, del siglo XVI reformada en el XVIII, se encuentra aislada de la población, prácticamente equidistante de sus diversos barrios. Junto al río Ésera hay un agradable rincón, acondicionado no hace mucho, que alberga la fuente, un antiguo lavadero y un puente colgante o “palanca” del siglo XIX, todo ello ilustrado con algunos paneles explicativos.

Santaliestra constituye municipio y su término incluye localidades deshabitadas como La Corona y Caballera. En las afueras de la primera se encuentra la interesante ermita de Santiago, con magníficas vistas sobre el valle. La segunda, habitada temporalmente, conserva, restaurados hace unos años, los interesantes restos del antiguo monasterio de San Martín, situados a unos cuatro kilómetros del pueblo y a los que se accede por una pista en no muy buen estado (algo más de media hora andando desde el pueblo). Según algunos, este lugar correspondería al monasterio medieval de Esvu que se cita en algunos documentos históricos. Otros, sin embargo, sitúan este antiguo cenobio en el lugar donde hoy se levanta la ermita de San Saturnino, a poca distancia del despoblado de Aguilar, en la actualidad perteneciente al municipio de Graus. San Martín de Caballera y San Saturnino de Aguilar se encuentran casi uno frente al otro, en dos puntos elevados en las márgenes opuestas, derecha e izquierda respectivamente, del río Ésera.

Entre ambos lugares se sitúa la ermita románica de la Piedad, a la que nos vamos a referir aquí con algo más de detenimiento. La Piedad se encuentra a unos dos kilómetros del núcleo urbano de Santaliestra. Para llegar a ella hay que seguir la carretera A-139 en dirección norte hasta la entrada de un túnel, a un kilómetro y medio de la población. A la izquierda de la boca sur de dicho túnel tomamos la antigua carretera y enseguida, a unos cien metros, continuamos, también a la izquierda, por una pequeña pista que luego se convierte en camino escalonado, con peldaños de troncos y barandilla de madera, que en diez minutos nos lleva a la ermita. Ésta fue restaurada en el año 2005, quedando más visible y despejado todo su contorno en una pequeña y limpia explanada que se sitúa en lo alto de un cerro, rodeado prácticamente en la mitad de su base por el río Ésera, cuyo cauce traza en este punto una pronunciada curva. Desde el lugar, que ofrece bonitas vistas, se controla cualquier posible paso por el valle en una u otra dirección.

La ermita es de una sola nave de planta rectangular, con bóveda de cañón y ábside semicircular orientado canónicamente al este. El edificio original parece haber sido bastante transformado. Sobre todo por su parte occidental, donde quedan los muros de una dependencia anexa. También parece haber sido sucesivamente elevado sobre su nivel inicial. En la última restauración se ha recuperado la puerta primitiva de acceso al interior de la ermita, de arco de medio punto, que se abre en el muro meridional con dos pequeños escalones. Antes de esta acertada reforma, la puerta de entrada se hallaba en la fachada de la ermita situada a poniente.

El edificio está construido en mampostería y sillarejo, con uso de piedra toba en algunos puntos. Los sillares son regulares y se disponen en hileras bien alineadas. Las paredes exteriores de la ermita son prácticamente lisas. Sólo una ventana de doble derrame y arco apuntado se abre en la mitad del ábside y otra más pequeña en la fachada orientada al sur.

El elemento más destacado y original de la ermita de la Piedad es sin duda el campanario con doble espadaña que, curiosamente y de manera muy poco frecuente, se levanta casi con independencia del edificio, en perpendicular a su fachada meridional. Tiene dos ventanas de arco de medio punto para las campanas y una puerta, también de medio punto, que permite atravesar su muro a ras de suelo.

La ermita pertenece a un estilo románico popular cuya primera construcción tal vez pueda remontarse al siglo XI o incluso antes, si bien buena parte del edificio que nos ha llegado corresponda probablemente a los siglos XII o XIII. Es muy posible que ésta fuera la primera iglesia del lugar dedicada a San Quílez y que más tarde adquiriera su denominación actual.

A unos metros de la ermita, hacia el este, se observan los restos de algunos muros que podrían corresponder al antiguo castillo de Santaliestra. La existencia de un castillo en la localidad aparece documentada en la Colección Diplomática de Obarra en el año 1020. Es bastante probable que dicha fortificación se encontrara donde hoy se levanta la ermita de la Piedad, y que ésta fuera en su origen una construcción religiosa de tipo castrense integrada en el conjunto defensivo.

La zona en que se sitúa la ermita tuvo gran importancia estratégica en los tiempos medievales de frontera. Según algunas hipótesis, el caudillo árabe al-Malik pasó por Esvu y Santaliestra en su devastadora expedición de castigo o razzia que lo llevó hasta Roda y Obarra en el año1006.

Para terminar diré que, según he podido leer en algunas publicaciones catalanas, como “Catalunya romànica” (Enciclopedia catalana, 1996), se conserva en Barcelona, en la colección privada Gòdia, una talla de madera policromada denominada “Mare de Déu de Santaliestra” que podría proceder de la ermita de la Piedad. Es una imagen sedente de la Virgen, en la que parece faltar el niño que estaría sentado en sus rodillas, y que podría datar de finales del siglo XII o principios del XIII.

La ermita de la Piedad de Santaliestra se encuentra entre las muchas construcciones medievales que proliferan en la comarca altoaragonesa de la Ribagorza. Su acceso bien acondicionado y las reformas realizadas en los últimos años en el edificio y su entorno hacen más fácil y disfrutable su visita.

Carlos Bravo Suárez

(Fotos: Ermita de la Piedad en la actualidad y antes de su restauración y panorámica de Santaliestra)

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, 13 -12 - 2009)

sábado, 12 de diciembre de 2009

CRÓNICA DE UNA TRANSFORMACIÓN

La tierra retirada, Merçè Ibarz, Editorial Minúscula, 2009, 117 páginas

Merçè Ibarz es una escritora nacida en la localidad oscense de Zaidín, o Saidí, como se denomina en el habla de la zona, que vive en Barcelona y escribe en lengua catalana. En este idioma publicó en 1993 un pequeño pero magnífico libro sobre las transformaciones que han sufrido su pueblo y su comarca desde el final de la década de los sesenta hasta el inicio de los años noventa del pasado siglo XX. La tierra retirada, más que una novela, es una sugerente crónica personal, escrita con voluntad literaria y alguna intención crítica, sobre esas tierras del Bajo Cinca, donde la cultura aragonesa y la catalana se encuentran y, de manera natural, se entrecruzan y mezclan.

Saidí, así se sigue denominando en la traducción castellana del libro, es una población de origen árabe que se benefició, como toda la comarca, de la construcción del canal de Aragón y Cataluña a principios del siglo XX. Merçè Ibarz es hija de agricultores. En el pueblo pasó su infancia y su adolescencia. Luego fue a estudiar a Lérida y más tarde a Barcelona. Desde esta ciudad en plena fiebre olímpica, recuerda en primera persona, sin nostalgias ni sentimentalismos, la metamorfosis que la agricultura de su pueblo sufrió en los veinticinco años que abarca su libro. Cómo su padre arrancó los olivos que su abuelo había trabajado con ahínco y cómo el cultivo de la fruta acabó imponiéndose a todos los demás. La autora escribe sobre las subvenciones en el campo, los extraños vaivenes del mercado de la fruta, la llegada de inmigrantes para su recogida y los primeros brotes de racismo, el cambio del papel de la mujer en la nueva sociedad rural. Rememora la matanza del cerdo en cada casa y la construcción de granjas para las nuevas demandas del consumo. Observa con emoción y lirismo el paisaje y su transformación, los caminos, las carreteras, el urbanismo creciente y salvaje. Constata los cambios producidos en el ocio: el magnífico cine de su pueblo que tuvo que acabar cerrando, las fiestas mayores y sus bailes, las peñas al aire libre. Hasta llegar a las grandes discotecas. En especial, la Florida de Fraga, donde los jóvenes de los pueblos vecinos se juntan siempre en el mismo lugar de un macroespacio que recuerda el decorado de la película West Side Story.

Hay entrañables recuerdos familiares: la relación de la escritora con su hermano que se quedó en el pueblo, alguna discusión con su padre, los muchos familiares muertos en accidente de tractor. El estilo es sobrio, de frases cortas, con tendencia a un cierto lirismo y con ambición literaria y escritura convincente. Un pequeño libro que encierra todo un microcosmos, un mundo que en tan solo un cuarto de siglo experimentó una transformación vertiginosa.

Carlos Bravo Suárez

sábado, 5 de diciembre de 2009

UNA CHICA AMERICANA

Al pie de la escalera, Lorrie Moore, Seix Barral, 2009, 427 páginas

La escritora estadounidense Lorrie Moore (1957) obtuvo en 1998 un gran éxito de crítica y público con su libro de relatos Pájaros de América. Tras más de una década de silencio acaba de publicar Al pie de la escalera, su primera novela larga. Aunque con algunos altibajos, el libro constituye una interesante y atractiva narración sobre algunos aspectos de la compleja sociedad norteamericana actual.

El relato está narrado en primera persona por Tassie Keltjin, una joven de veinte años que estudia en la universidad de una pequeña ciudad del Medio Oeste, y abarca el periodo comprendido entre las navidades del año 2001 y las del 2002, poco después del 11-S y justo antes de la invasión militar de Irak. Tassie es hija de una familia de campesinos que cultiva hortalizas para vender a algunos restaurantes. La joven, para ayudarse a costear sus estudios, acepta trabajar como canguro cuidando a una niña mulata que acaba de ser adoptada por una familia blanca, en cuyo pasado hay un terrible suceso que Tassie y los lectores no conocerán hasta casi el final de la novela.

Al pie de la escalera muestra muchos aspectos de la vida de la clase media norteamericana en dos pequeñas ciudades muy próximas del interior de Estados Unidos: el pueblo natal de Tassie, donde viven sus padres y ella pasa las vacaciones ayudando en las tareas del campo, y la ciudad en la que estudia y comparte piso con una amiga. La joven vivirá una intensa relación amorosa con un compañero de Universidad, supuestamente brasileño pero que resulta ser un fanático integrista musulmán. Los recientes sucesos ocurridos en una base militar de Texas dan mayor actualidad y verosimilitud a este personaje. Por otro lado, el hermano de Tassie, campechano pero mal estudiante y vitalmente desorientado, acaba enrolándose en el ejército y siendo enviado a Afganistán. Podemos observar también en la novela la pervivencia de algunos problemas raciales, incluso en una ciudad supuestamente progresista y de mayoritario voto demócrata.

Todo ello, en un estilo muy personal, con un tono finamente irónico y continuas muestras de humor e ingenio, que seguramente pierden parte de su fuerza al ser traducidas del inglés.

Lorrie Moore sigue con brillantez y espíritu crítico la estela de algunos grandes narradores de su país, como el veterano Philip Roth o el recientemente desaparecido John Updike, que tan magníficamente han descrito la complejidad de la sociedad estadounidense contemporánea.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 29 de noviembre de 2009

AÑOS DE INTERNADO

Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy, Tusquets, 2009, 118 páginas

Fleur Jaeggy (Zurich, 1940) es un escritora suiza que escribe en lengua italiana y que responde probablemente a lo que, tal vez en términos algo pedantes, suele denominarse autor de culto. Es poco conocida, no tiene demasiada obra publicada, rehúye aparecer en los medios de comunicación, cultiva una literatura original y diferente y no tiene muchos lectores aunque absolutamente fieles y apasionados. Los hermosos años del castigo es su novela más conocida. Fue publicada en Italia en 1989 y ahora Tusquets, con su buen gusto habitual, la ha reeditado en su colección Andanzas.

Los hermosos años del castigo es una novela corta, escrita en primera persona por una narradora que desde su madurez recuerda los años que en su infancia y adolescencia pasó en diversos internados femeninos, principalmente en el Bausler Institut, situado en el cantón suizo de Appenzell, junto al lago Constanza, y destinado a hijas de familias ricas. El lugar es un microcosmos cerrado donde las jóvenes adolescentes, alejadas de un mundo exterior que apenas visitan, establecen entre sí relaciones de amistad, exclusión, rechazo, atracción o simpatía. Verdadera fascinación, mezcla de devoción intelectual y atracción erótica, es lo que siente la narradora por Frédérique, una nueva interna que destaca por su autodisciplina y una inteligencia y una belleza hieráticas, una casi perfección fría y distante que excluye de su mundo al resto de compañeras. Pese a todos los intentos por conquistarla, la narradora nunca acaba de ser aceptada por Frédérique, que se convierte en la verdadera protagonista de la novela.

Fleur Jaeggy cultiva una escritura de extraña y fascinante belleza, que destila una pasión contenida y una aguda sensibilidad, con un estilo breve y conciso, de frases cortas y afiladas como sentencias o epitafios. En la novela se describe, siempre en menor medida que a Frédérique, a otras internas, como la igualmente atractiva pero caprichosa e insípida Micheline, o a la pareja que regenta el internado. Asoman también unos padres ricos cuyas situaciones familiares sólo permiten dedicar a sus hijos, siempre desde la lejanía, más dinero que cariño.

Ya en el inicio del libro, con la referencia al escritor suizo Robert Walser, que estuvo recluido en un manicomio cercano al internado y se dejó morir sobre la nieve, se apuntan de manera premonitoria temas como la locura y el suicidio que, en una estructura narrativa circular, reaparecerán con fuerza al final del relato.

Los hermosos años del castigo lleva la paradoja implícita en su título. En sus páginas, también la belleza y la destrucción acabarán fundiéndose.

Carlos Bravo Suárez

sábado, 21 de noviembre de 2009

POESÍA PROPIA


Fámulo, Francisco Ferrer Lerín, Tusquets, Nuevos textos Sagrados, 2009

El escritor barcelonés Francisco Ferrer Lerín, afincado en Jaca desde hace años, fue, como se recuerda con frecuencia, un autor influyente en los poetas que, tras la famosa antología de J. M. Castellet publicada en 1970, fueron conocidos como los novísimos. Algunos críticos denominaron a Ferrer Lerín madre nutriente de aquel movimiento y otros llegaron a considerarlo como el décimo novísimo. Tal vez por no ser del todo asimilable a ella no fue incorporado a tan privilegiada nómina.

Ferrer Lerín publicó tres libros de poesía en 1964, 1971 y 1987, y en el año 2006 reunió una selección de su obra poética anterior en Cuidad propia, libro que, en sus páginas finales, contenía algunos textos inéditos. En su último libro Fámulo se incluyen unos cuantos de esos poemas, entre ellos el que da título al poemario. Tres poemas de Fámulo aparecen también en la antología Veinte años de poesía, recientemente editada por Tusquets y reseñada aquí hace unas semanas. Tras un largo silencio, Ferrer Lerín ha vuelto con fuerza a la creación literaria y ha publicado, además de Ciudad propia, varias obras de diferente condición en los últimos años: la novela Níquel, El Bestiario, el misceláneo Papur y, ahora, su nuevo poemario Fámulo.

La poesía de Ferrer Lerín, como toda su obra literaria, se aleja de los cánones ortodoxos y su lectura debe abordarse desde posiciones no convencionales. Fámulo es un libro de lectura estimulante, aunque no siempre de comprensión fácil. Su temática es variada y múltiple el enfoque de los asuntos que trata. Se mezclan en él la seriedad y el humor, la crítica y el tono paródico o burlón, el lenguaje culto y el coloquial, los recuerdos del ayer y el presente más rabioso. Y todo ello en unos versos en los que los encabalgamientos sucesivos fragmentan unas frases que podrían leerse como prosa. A veces, como definiciones de enciclopedia o de diccionario.

Abundan las enumeraciones asindéticas y heterogéneas, con elementos sorprendentes en el conjunto enumerado. Hay mucha presencia de animales, y no sólo de pájaros, aunque el poema dedicado al cuervo, protagonista de otros textos del autor, resulte especialmente conseguido. Destaca el uso de nombres propios, topónimos y antropónimos, reales en ocasiones, inventados en otros, pero siempre de fonética sugerente. Y hay muchas referencias culturales pero también parodias del culturalismo al uso. En Fámulo podemos encontrar a veces una cosa y su contraria.

Un libro para leer dejándose llevar por la corriente de las palabras que se encadenan en sus versos.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 15 de noviembre de 2009

TRAS LOS PASOS DE JACK LONDON

El río de la luz, Javier Reverte, Plaza y Janés, 2009, 500 páginas.

Los libros de viajes de Javier Reverte están entre mis lecturas favoritas. Son magníficos los relatos de sus recorridos por Centroamérica, África, Grecia o el río Amazonas. En su último libro, El río de la luz, el escritor madrileño narra, con la maestría habitual, el viaje que en el año 2006 realizó por las tierras de Alaska y Canadá.

Como en obras anteriores, una buena parte del itinerario seguido en El río de la luz tiene una motivación literaria. Si en Vagabundo en África Reverte seguía los pasos del protagonista de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y en Corazón de Ulises el periplo de La Odisea de Homero, en El río de la luz el autor sigue la estela de Jack London, quien a finales del siglo XIX participó en la carrera del oro (gold rush) que llevó a miles de personas a los yacimientos descubiertos en Alaska y Canadá. Fue en aquel viaje cuando London decidió hacerse escritor y contar los días de la fiebre del oro en unos inolvidables relatos ambientados en las frías tierras de América del Norte.

Reverte empieza la narración en la ciudad canadiense de Vancouver, desde donde, por el famoso paso del noroeste, continúa viaje hacia Alaska. Allí irá en busca del río Yukon, que nace en Canadá pero que transcurre en su mayor parte por el estado de Alaska. Emulando a los antiguos buscadores de oro y a su admirado Jack London, Reverte navega en canoa en compañía de algunos amigos por un tramo del poderoso río, entre rápidos y acantilados vertiginosos. Una aventura que resulta vivificadora para el escritor, quien ha titulado su nuevo libro El río de la luz en contraposición a su anterior El río de la desolación, pues en su navegación por el Amazonas contrajo entonces el paludismo por la picadura de un mosquito.

Reverte es un viajero siempre preocupado por conocer los aspectos culturales de los lugares que visita. Igual que en sus anteriores libros viajeros, el lector, a la vez que sigue al escritor en su recorrido, va recibiendo interesantes y amenas lecciones de geografía, de historia o de literatura. En este libro, como corresponde a la rica y salvaje naturaleza de Alaska y Canadá, también de flora y de fauna. Especialmente interesantes son las referencias a los distintos tipos de osos que pueblan aquellas lejanas tierras del Gran Norte.

Acompañar a Javier Reverte en sus diferentes viajes por el mundo constituye siempre un verdadero placer y una fascinante aventura literaria.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 8 de noviembre de 2009

UNA INTRIGA EN SALAMANCA

El manuscrito de piedra, Luis García Jambrina, Alfaguara, 2009, 316 páginas

El manuscrito de piedra fue la novela ganadora del V Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza que se otorgó la primavera pasada. El autor del libro es Luis García Jambrina (Zamora, 1960), profesor de literatura española en la Universidad de Salamanca. Aunque había publicado numerosos ensayos y un par de libros de relatos, ésta es su primera novela, una interesante intriga ambientada en la Salamanca de finales del siglo XV, una época en que la agonizante Edad Media se resiste a dejar paso a las nuevas corrientes humanísticas que traerán el Renacimiento.

El protagonista de la novela es Fernando de Rojas, el enigmático autor de La Celestina, que es presentado aquí como un brillante estudiante al que, aprovechándose de que sus padres pueden ser denunciados por ser conversos, el obispo salmantino obliga a aceptar la investigación del asesinato de un famoso teólogo de la ciudad. La novela presenta así una intriga detectivesca enmarcada en una espléndida recreación histórica. Este segundo aspecto del libro es en mi opinión muy superior al primero.

Si la trama casi policial de la novela, a pesar de mantener siempre la intriga, puede parecer algo endeble en su desenlace, la inmersión histórica en la Salamanca de la época es verdaderamente notable. El autor recrea con precisión, tanto geográfica como socialmente, la vieja y hermosa ciudad castellana, sede en aquel tiempo de una de las principales universidades europeas. Se describen sus calles y plazas, sus iglesias y universidad, los alojamientos de los estudiantes, las salas de tortura de la Inquisición, las tabernas y los prostíbulos. Por cierto que la abundancia de estos últimos llevó a la construcción, por orden real, de una casa de mancebía en las afueras de la ciudad, uno de cuyos primeros visitantes será el príncipe Juan, un hijo de los Reyes Católicos que muere durante su visita a Salamanca. En la novela se atribuye a otras causas una muerte que fue considerada entonces como un caso de tuberculosis.

Aparecen en el libro algunos de los principales temas de la España de la época: la represión inquisitorial, la persecución a judíos y conversos –convertidos con frecuencia en cabezas de turco-, las diferencias entre dominicos y franciscanos, las rivalidades entre teólogos, la picaresca y los mundos marginales, los primeros fumadores del tabaco que Colón acababa de traer de América, etc. También los iniciales atisbos de un humanismo renacentista que en la Salamanca de la novela permanecen todavía, literalmente, en las catacumbas de la ciudad.

En resumen, una buena novela histórica. Más aún por su acertada recreación del pasado que por la propia ficción que narra.

Carlos Bravo Suárez

sábado, 7 de noviembre de 2009

IRONÍA Y PERDEDORES

La sombra de lo que fuimos, Luis Sepúlveda, Espasa, 2009, 174 páginas

La sombra de lo que fuimos, premiada el pasado año por la editorial Espasa Calpe, es la última novela publicada en España por Luis Sepúlveda. El escritor chileno afincado en Gijón es autor de una extensa obra literaria, con novelas de éxito como El viejo que leía novelas de amor o Patagonia Express. Su penúltimo libro La lámpara de Aladino (Tusquets, 2008) es una muy recomendable colección de relatos de viaje.

La sombra de lo que fuimos es una novela corta, casi un divertimento literario, que trata sobre el reencuentro en Santiago de tres chilenos sesentones a quienes ha tocado vivir los recientes cambios políticos de su país. Desde una férrea militancia izquierdista en los años anteriores a la llegada de Salvador Allende al poder hasta un largo y obligado exilio por diversos países europeos tras el golpe militar del general Pinochet, después de años de fracasos colectivos y personales, vuelven a encontrarse en un viejo almacén de la capital chilena. Allí esperan a un viejo y mítico anarquista -cuyo abuelo participó en 1925 junto a los españoles Durruti, Ascaso y Jover en el primer atraco con fines políticos cometido en Chile-, que los ha convocado para un supuesto plan.
Estos personajes, sobre quienes podría esperarse un tratamiento serio, dramático y algo triste, son mirados sin embargo por Sepúlveda con una ironía y un sentido del humor que provocan la sonrisa del lector en muchos momentos del libro. Y, aunque a veces rocen lo grotesco, el autor, con su manifiesta vocación cervantina, vierte siempre sobre ellos una indulgente mirada de simpatía y ternura.

Conocemos sus años de delirante militancia, su creencia casi religiosa en los principios socialistas, las peleas entre las diferentes tendencias de la izquierda chilena, las expulsiones -como excomuniones papales- sobre las corrientes divergentes del partido. Unas disputas que hacen exclamar a uno de ellos: “La única lección que me dejó la derrota es que nosotros mismos formamos una poderosa quinta columna, la del sectarismo”.

Hay un personaje añadido que, como un Quijote moderno, sólo ve la realidad a través del cine, y dos polis buenos: un viejo detective a punto de jubilarse y una joven ayudante que forma parte de una nueva generación policial que tiene las manos limpias tras la dictadura.

Sepúlveda muestra su habitual dominio de los registros lingüísticos del español de su país y de otros recursos narrativos que hacen que esta novela ligera, que disfrutarán más los lectores con determinados recuerdos políticos, se lea con gusto y, durante muchos momentos, con una sonrisa dibujada en el rostro.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 1 de noviembre de 2009

VEINTE AÑOS DE POESÍA

Veinte años de poesía. Nuevos textos sagrados (1989-2009), Tusquets, 2009, 509 páginas.

Con motivo del veinte aniversario de su colección poética Nuevos Textos Sagrados, la editorial Tusquets ha editado una espléndida antología en la que se reúne una amplia selección de poemas de una cincuentena de poetas.

El editor del libro es Andrés Soria Olmedo, catedrático de literatura española en la Universidad de Granada y gran autoridad en la materia. En el prólogo, Soria hace un rápido recorrido, en erudita síntesis, por cada uno de los poetas seleccionados, que representan tendencias y estilos muy diversos. Es una variedad que “no deriva del eclecticismo sino del respeto a la pluralidad de las voces que confluyen desde diferentes lugares”.

Los cincuenta poetas del libro, españoles e hispanoamericanos, se agrupan en cuatro bloques sucesivos atendiendo a un criterio cronológico. En el primer grupo se encuentran cinco poetas ya desaparecidos: Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Rosa Chacel, Enrique Molina y Virgilio Piñera. En el segundo, aparecen poetas que pertenecen, con diferentes procedencias, a la llamada generación de los cincuenta. Los poemas de la antología corresponden a una etapa tardía de su producción, cuando su estilo y sus temas se muestran más individualizados. Entre los nombres más conocidos están Carlos Bousoño, Ángel González, J. M. Caballero Bonald, Alfonso Costafreda, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, Francisco Brines o Claudio Rodríguez.

En el tercer bloque se agrupan poetas formados entre el 68 y el inicio de la Transición, con recorridos poéticos también personales y diversos, más notables en las composiciones más recientes recogidas en el libro. Figuran entre ellos Antonio Martínez Sarrión, Clara Janés, Juan Luis Panero, Antonio Colinas, Guillermo Carnero, Eloy Sánchez Rosillo, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, Ángel Rupérez o Andrés Trapiello. También el barcelonés afincado en Jaca Francisco Ferrer Lerín, cuyo último poemario Fámulo ha sido publicado posteriormente a esta antología que, sin embargo, recoge tres de sus poemas.

En el último grupo se incluyen autores cuya obra es posterior a la muerte de Franco y que alcanzan su madurez literaria en los finales del siglo XX y los inicios del XXI. Entre ellos cabe destacar a Luis García Montero, Álvaro Valverde, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, José María Micó, Jorge Riechman o Vicente Valero.

Una atractiva y variada muestra de poesía reciente. Un reconfortante refugio donde cobijarse del frío exterior y de la intemperie hostil.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 25 de octubre de 2009

EL CONGO DEL REY LEOPOLDO

Siete casas en Francia, Bernardo Atxaga, Alfaguara, 2009, 255 páginas

Bernardo Atxaga cambia de registro narrativo en su última novela y lleva la acción de Siete casas en Francia al Congo belga, en los inicios del siglo XX, en pleno colonialismo europeo sobre el continente negro. Sin embargo, el magnífico escritor vasco no utiliza ni el tono dramático ni la denuncia vehemente con que el tema colonial ha sido abordado con frecuencia. Lo cual no significa que la historia que cuenta carezca de dramatismo ni que el libro no muestre claramente la explotación a la que los europeos, y en especial los súbditos del rey Leopoldo II de Bélgica, sometieron a extensas zonas de África durante aquel periodo.

La historia transcurre en Yangambi, una estación de la Force Publique belga junto al río Congo, en plena selva centroafricana. Los militares se dedican principalmente a reclutar nativos que son obligados a extraer caucho para enviar a la metrópoli. El lugar está al mando del capitán Lalande Biran, un curioso personaje con aspiraciones poéticas al que su mujer apremia desde Europa para que amase una fortuna que les permita comprar siete casas en Francia. Al margen de su sueldo, Birtan, ayudado por el teniente Van Thiegel, exlegionario borrachín, mujeriego y violento, envía sucesivas partidas de caoba y de marfil que satisfagan las ambiciones de su esposa y del socio que desde Bélgica coordina las operaciones. Este expolio añadido nunca es cuestionado por sus conciencias colonialistas y en ningún momento es explícitamente criticado por el autor de la novela, que se limita a contar los hechos con la misma naturalidad con que los militares explotan las riquezas del Congo.

A ello se suma el abuso sexual de las jóvenes negras. El capitán Lalande, para evitar los frecuentes contagios venéreos, exige una nativa virgen a la semana que calme sus apetitos sexuales. El gigantón, servil y mezquino Donatien se encarga de traerle muchachas de los poblados indígenas. A estos personajes se añade Crhysostome, un nuevo soldado procedente de la Bélgica rural que es un excepcional tirador pero que, a ojos de sus compañeros, tiene una extraña actitud hacia las mujeres cuyas causas el lector irá paulatinamente descubriendo.

Asistimos también a la llegada desde la metrópoli de un obispo y un periodista de cámara, portadores de una imagen de la Virgen que proteja los territorios colonizados. Entretanto el deseo de venganza irá tomando forma en Livo, un nativo negro que trabaja como sirviente de los blancos.

Si no es un viaje al corazón de las tinieblas, el libro puede leerse como una gran metáfora de la explotación a la que, en esos años sin escrúpulos morales, los europeos sometieron al continente africano.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 18 de octubre de 2009

DE BERANUY A LA ERMITA DE SIS

Situada al este de la comarca oscense de la Ribagorza, la sierra de Sis es una de las muchas estribaciones exteriores de la cordillera pirenaica. Con una orientación norte-sur, separa los valles de los ríos Isábena y Noguera Ribagorzana, casi en el extremo nororiental de nuestra provincia. Sus puntos más elevados son L’Amurriadó (1791m.) y Puyalto (1782 m.).

Según la etimología popular, el nombre de la sierra haría referencia a los seis pueblos que tenían parte en ella: Pardinella, Beranuy, Morens, Calvera, Obis y Soperún. Esta interpretación se basa en que la palabra “sis” significa “seis” en el habla de la zona, considerada por muchos como una variante del catalán o muy próxima a él. Sin embargo, en este idioma nos encontramos a veces con el término homófono Cis, en lugar de Sis, para referirse por escrito al topónimo.

En el corazón de esta sierra, junto al barranco que lleva su nombre, se esconde, en un lugar recóndito y envuelto en vegetación, la ermita de la Virgen de Sis. El paraje pertenece al término de Beranuy, uno de los pueblos que integran el municipio de Veracruz. Desde Beranuy se puede acceder a la ermita por un bonito camino que se corresponde en su mayor parte con el PR-HU47, señalizado, como todos los itinerarios de pequeño recorrido, con rayas blancas y amarillas.

La pequeña población ribagorzana de Beranuy extiende su caserío sobre una ladera en la margen izquierda del río Isábena, en las faldas de la cara occidental de la sierra de Sis. La población ha ido descendiendo desde lo alto de la ladera, donde se encuentra su iglesia parroquial, hasta la carretera A-1605 y la orilla del río Isábena, cuyo cauce cruzan dos puentes, uno moderno y otro más antiguo de origen medieval.

La documentación histórica de Beranuy se remonta al siglo X, en concreto a los años 929 y 936, en que ya aparecen sendas referencias escritas al llamado “valle Veranoi”. La población está situada en un lugar de gran importancia en los inicios del antiguo condado de Ribagorza: muy cercana al monasterio de Obarra, en la entrada del congosto homónimo, donde supuestamente se situaban los castillos de Ripacurtia y Pagá, y no lejos de Roda de Isábena, antigua capital del condado.

El elemento arquitectónico más destacado de Beranuy es la iglesia parroquial de Santa Eulalia y su magnífica torre de estilo románico lombardo. La iglesia, hasta no hace mucho en ruina, ha sido recientemente restaurada, lo que ha permitido la consolidación de la torre adosada a ella por su parte meridional. El templo tiene claros orígenes románicos aunque fue muy modificada en el siglo XVI. Una de esas reformas fue la conversión de su anterior ábside semicircular en el actual de tipo poligonal. En el lado de poniente, junto a la puerta de entrada, queda el muro sur de la antigua abadía anexa a la iglesia. Junto al ábside de ésta se encuentra el cementerio de la localidad.

Lo más interesante de la iglesia de Beranuy es sin duda su torre medieval. Es, como se ha dicho, de estilo románico lombardo, probablemente de finales del siglo XI o principios del XII. Constituye un elemento singular dentro del románico aragonés y presenta algunas similitudes con las torres de las iglesias próximas del valle de Boí. Tal vez sería también parecida la que hubo en tiempos en el vecino monasterio de Obarra, de la que escasamente quedan algunos restos de sus cimientos.

La torre de Beranuy es de planta cuadrangular con cuerpo prismático, aunque con una ligera tendencia a una forma tronco-piramidal. Los dos últimos pisos del campanario tienen aberturas por sus cuatro costados. En el penúltimo piso hay grandes ventanales, uno de los cuales tiene una campana en la actualidad. El último nivel de la torre tiene cuatro ventanas dobles o geminadas, con una pequeña columna separadora o parteluz en su centro. El tejado forma una pequeña cúpula piramidal de pequeñas losas. Todo el conjunto es muy armonioso y afortunadamente se ha podido salvar del peligro de ruina que lo amenazaba.

Junto a la iglesia pasa el PR-HU47 y unos metros más arriba arranca el sendero que sube a la sierra de Sis por el denominado “grau” o grado. Es éste un término muy utilizado en la zona para referirse a caminos que permiten atravesar las sierras. Lo encontramos en otras poblaciones del valle del Isábena como Serraduy o Capella. El camino del “grau” de Beranuy está bien acondicionado y resulta muy atractivo para el caminante. El sendero asciende trazando lazadas y ganando rápidamente altura, pasando por algunas cuevas excavadas en la roca. En poco más de una hora ascendemos de los 995 metros de Beranuy a los 1471 de las denominadas bordas de Beranuy. Poco antes de llegar a éstas, sale a nuestra derecha un sendero señalizado que en cinco minutos nos lleva al mirador del Mallo, desde donde se contemplan espléndidas vistas del valle del Isábena. Un panel ilustrativo nos permite identificar los diversos lugares divisados desde esta magnífica atalaya.

Las bordas de Beranuy son un conjunto de edificios, casi todos en ruinas, que tiempo atrás estaban habitados durante buena parte del año. Había allí incluso una pequeña ermita, dedicada a San Miguel, de la que quedan unas exiguas ruinas casi inapreciables. Desde las bordas desciende un sendero, en la actualidad bien señalizado, que en media hora nos lleva hasta la escondida ermita de la Virgen de Sis. El camino parte del lado derecho del PR-HU47 que continúa su itinerario ascendente hasta confluir en Puyalto con el GR-18, el cual en dirección al norte lleva a Bonansa y al sur a Cajigar por el coll de Vent.

El camino que desciende desde las bordas hasta la ermita discurre por una zona húmeda, de vegetación muy frondosa. La ermita se encuentra junto al llamado barranco de Sis, en su margen derecha. Según el padre Faci, el templo fue obra de un monje (Pere el Monche) que procedía de Poblet y habría sido también el constructor de la iglesia de Cajigar.

La ermita de Sis es de planta rectangular con ábside canónicamente orientado al este. La nave es de bóveda de cañón pero con la peculiaridad de tener el arco ligeramente apuntado. Las paredes no son de sillares regulares sino de las piedras propias del lugar, algunas de ellas de las llamadas piedras tobas. La puerta original sería la que se abre sobre el muro meridional. En la actualidad, esta puerta lleva a un edificio anexo, hoy en ruinas, que se añadiría posteriormente como vivienda del ermitaño. En esa época se abriría en la fachada occidental del edificio la actual puerta principal adovelada, sobre la que se levanta una espadaña de un solo ojo. La ermita tiene dos ventanas: una sobre la puerta principal y otra, de piedras tobas, en el centro del ábside semicircular. El tejado, que se encuentra en fase de reparación, es de losas y a dos aguas. Una vertiente parece ya reparada pero no así la otra que, como pude comprobar este verano, presenta algunas goteras. En los últimos tiempos, creo que por parte de Peña Guara, se ha procedido a la limpieza del entorno y a una serie de actuaciones para mejorar el estado de esta interesante ermita románica, cuya construcción original parece remontarse al siglo XII.

La ermita albergaba una talla de la Virgen en madera policromada. La imagen, del siglo XIV, se venera actualmente en la iglesia parroquial de Beranuy y tiene la peculiaridad de mostrar a la Virgen con una especie de gorro en lugar de corona. La Virgen de Sis fue en tiempos objeto de gran devoción en la zona y el martes anterior al día de la Ascensión se celebraba una importante romería a la que asistían gentes de los diversos pueblos de la sierra.

Aunque la ermita se encuentra en el término de Beranuy, el cuidado de la misma corría a cargo de este pueblo y del vecino Pardinella, desde el que llega otro camino que permite realizar una interesante excursión casi circular entre ambas poblaciones. Ese recorrido puede ser una manera de ampliar y hacer todavía más atractivo el que en este artículo acabamos de proponer y describir.

Carlos Bravo Suárez
(Fotos: Beranuy, Puente de Beranuy, Iglesia y torre de Beranuy y ermita de la Virgen de Sis)
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, 29 -11-09)

sábado, 17 de octubre de 2009

OCHO ESPLÉNDIDOS RELATOS

Aeropuerto de Funchal, Ignacio Martínez de Pisón, Seix Barral, 2009

Ignacio Martínez de Pisón es, sin duda, uno de los mejores escritores aragoneses actuales. Afincado en Barcelona desde hace años, el zaragozano tiene a sus espaldas una importante obra literaria. En ella, además de novelas y algún ensayo, se incluye un buen número de cuentos o relatos breves. El propio autor ha seleccionado ocho de ellos para confeccionar su último libro Aeropuerto de Funchal.

Los buenos escritores son con frecuencia los mejores críticos de sí mismos. Como tal ha actuado Martínez de Pisón desde una perspectiva de presente: éstos son los cuentos en los que el escritor que él es en la actualidad más y mejor se reconoce entre todos los que ha escrito hasta ahora. El más antiguo de todos ellos se remonta a su primer libro de relatos de 1985. Otros tres pertenecen a distintos libros publicados en los años noventa, y los cuatro restantes corresponden a los últimos diez años y habían aparecido dentro de diversos libros colectivos.

El conjunto de los ocho relatos reunidos constituye una magnífica antología en la que se muestran las grandes dotes narrativas del autor, notables también en las distancias cortas. Con un estilo claro y preciso, sin florituras innecesarias y superfluas, Martínez de Pisón relata unas historias originales e intensas, magníficamente construidas, con los ingredientes precisos y las dosis justas para componer unas excelentes piezas breves en las que ni falta ni sobra nada porque todo está en la proporción adecuada.

El propio escritor confiesa en la nota personal que cierra el libro que en estos cuentos ha desaparecido “esa tendencia a la fantasía y al suspense de mis relatos más antiguos: frente al trazo vistoso y enérgico de la muy noble tradición de Poe, he acabado prefiriendo la pintura sutil del otro gran maestro de la narrativa breve, Chéjov”. Aunque eso es cierto para el conjunto de los relatos, la fantasía, el suspense y también algo de Poe están presentes en uno de los mejores cuentos del libro, el titulado Siempre hay un perro al acecho.

Si hay un tema que parece repetirse en todos los relatos es el de la familia: padres e hijos, primos adolescentes o cínicos, parejas con problemas e incluso un falso familiar, que se autoinvita a las bodas y se hace pasar sin serlo por pariente de los novios. Todo ello, en geografías variadas que van desde Barcelona a Valladolid o a la isla de Madeira, como ocurre en el cuento que cierra el libro y le da título.

Ocho espléndidos relatos, cualquiera de los cuales merecería probablemente formar parte de una antología que abarcara los últimos veinticinco años de la narrativa breve española.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 11 de octubre de 2009

LOS DEMONIOS DE BERLÍN

Los demonios de Berlín, Ignacio del Valle, Alfaguara, 2009, 427 páginas

Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) se confirma con su último libro, Los demonios de Berlín, como uno de los valores más sólidos de la nueva narrativa española. En su sexta novela -todas las anteriores obtuvieron premios literarios- nos propone un vertiginoso descenso a los infiernos de los últimos días del Berlín nazi, al hundimiento definitivo del sueño totalitario y delirante de Hitler y los suyos que supuso el término de la Segunda Guerra Mundial en el continente europeo.

El protagonista absoluto de Los demonios de Berlín es el teniente Arturo Andrade, que ya había protagonizado El tiempo de los emperadores extraños, la anterior novela del autor. Se trata de un español de origen extremeño que, tras participar con la División Azul en la campaña rusa, es reclutado por las SS de Berlín para resolver el misterioso asesinato de un científico alemán que participaba en el desarrollo nuclear del III Reich, última esperanza de los nazis para dar la vuelta a una guerra que tenían ya irremediablemente perdida.

Además de las investigaciones de Andrade, que mantienen el interés y el suspense del libro hasta el final, el lector asiste a una verdadera orgía de destrucción y violencia en las calles de Berlín, sometida a continuos bombardeos por el ejército ruso que se encuentra a las puertas de la ciudad. Las escenas de acción se suceden de forma trepidante y están narradas con detenimiento, de una manera muy cinematográfica. En cierto modo recuerdan a los libros de Sven Hassel, que algunos leímos en nuestra adolescencia tras los tebeos de Hazañas Bélicas.
Pero la novela tiene mucho más empaque que las de Hassel. Hay sin duda un gran trabajo de documentación sobre el nazismo y su filosofía, así como sobre los sucesos históricos que marcaron sus días finales. Y, entre tanta acción, hay también espacio para las reflexiones sobre la condición humana y los sueños y los fracasos de los individuos y de las sociedades.

Ante tanto derrumbamiento, Andrade sobrevive y encuentra consuelo a su soledad final en la música de Bach. Aunque el autor ha manifestado querer aparcarlo de momento, tal vez volvamos a encontrarnos con él en un futuro próximo. Andrade es un verdadero héroe que sobrevive, a veces de manera milagrosa, a todas las dificultades que se le presentan. Eso sí, acaba perdiendo aquello que más quiere: el amor de Silke, una mujer alemana que durante un tiempo es su única esperanza y proyecto de futuro.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 4 de octubre de 2009

UNA NOVELA TURCA

La bastarda de Estambul, Elif Shafak, Editorial Lumen, 2009, 381 páginas

Hay países de los que normalmente sólo sabemos lo poco que sobre ellos aparece cada cierto tiempo en los medios de comunicación. En algunos casos podemos llegar a conocerlos directamente, casi siempre de manera superficial, gracias a algún viaje que suele resultar breve. Hay escritores, como el maestro Naguib Mahfuz, cuyos libros nos permiten adentrarnos en sociedades tan complejas como la egipcia. Turquía es también un país extenso y complejo, lleno de contrastes, al que la lectura de La bastarda de Estambul puede ayudar a entender y conocer algo mejor.

La autora de esta atractiva novela es Elif Shafak, nacida en 1971 en Estrasburgo e hija de padres turcos. Actualmente vive entre Turquía y Estados Unidos y alterna en sus obras el uso del turco y del inglés. La bastarda de Estambul es su último libro, que, traducido a varios idiomas, está obteniendo un importante éxito internacional.

El relato cuenta la historia de una familia formada sólo por mujeres que vive en el centro de Estambul. Está constituida por la abuela, la madre y cuatro hermanas. Estas últimas son muy distintas entre sí y representan en cierto modo la compleja diversidad de la Turquía actual. Zeliha es atea, fuma, viste con minifalda, lleva piercing y tiene un taller de tatuaje; Banu es absolutamente religiosa, lee El Corán y practica los rezos musulmanes; Feride tiene un carácter variable y cambia continuamente de peinado siguiendo las modas televisivas; Cevriye es profesora de Historia y defiende la Turquía moderna surgida del régimen de Attaturk. Al inicio de la novela, Zeliha tiene una hija bastarda llamada Asya, a cuyo padre nadie conoce y que se va a convertir en el principal personaje femenino de la narración.

El único hermano varón de las cuatro mujeres fue enviado a Estados Unidos para ser salvado de la maldición que pesa sobre los hombres de la familia, que suelen morir prematuramente. En Arizona se casa con una estadounidense divorciada de un armenio con quien tuvo una hija. De esa manera se introducen en la novela muchos aspectos de la cultura armenia. También la difícil relación existente entre los turcos y los armenios por el recuerdo histórico de las matanzas que éstos sufrieron a manos de aquéllos en la segunda década del pasado siglo.

De todo ello va surgiendo un relato bien trabado, con inesperados enredos que ponen en relación a todos los personajes y conducen a un sorprendente final. La novela nos permite conocer mejor a la sociedad turca, incluidos algunos de sus gustos culinarios, y recorrer las calles de Estambul, una ciudad populosa que constituye en sí misma un verdadero cruce de civilizaciones y culturas.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 2 de octubre de 2009

EN EL INFIERNO DE CHECHENIA

La guerra más cruel, Arkadi Bábchenko, Galaxia Gutemberg, 2008, 470 páginas

La guerra más cruel es un impactante libro sobre la reciente guerra de Chechenia. Contiene un conjunto de relatos escritos por Arkadi Bábchenko (Moscú, 1977), un joven periodista ruso que publica sus artículos en el mismo diario opositor en que lo hacia Anna Politkóvskaya, misteriosamente asesinada hace tres años.

Bábchenko participó como soldado de reemplazo en la primera guerra de Chechenia en 1996 y como voluntario en la segunda que comenzó tres años más tarde. El relato de su experiencia resulta impresionante y no puede ser más crítico con el gobierno y el ejército rusos. En sus meses de instrucción, antes de ser enviados al frente, los reclutas son sometidos a toda clase de humillaciones por los soldados veteranos y los mandos del ejército. Allí impera la llamada “dedovschina”, un equivalente a lo bestia de lo que aquí conocemos como novatadas. Los soldados reciben continuas palizas de los veteranos, que se hacen extensivas a todos los militares de cualquier graduación por parte de sus superiores. Además, entre todos los estamentos militares las borracheras son continuas y la corrupción absoluta. Hay una completa falta de control sobre las armas y los hombres. Las deserciones son abundantes y los soldados trafican vendiendo munición, incluso al enemigo, para conseguir comida, vodka o marihuana. Los soldados pasan en algunos momentos tanta hambre que llegan a comer carne de perro o pasta de dientes con sabor a fresa. Todo el que puede pagar el correspondiente soborno se libra de ir al frente, y los militares hacen negocio con una guerra en la que mueren sobre todo jóvenes reclutas que ni siquiera saben para qué han sido enviados al frente.

Aunque el libro se centra en lo que ocurre en el bando militar ruso, muestra también la crueldad extrema de los chej o guerrilleros chechenos, que nunca hacen prisioneros y mutilan y matan a los rusos y luego escriben junto a sus cadáveres la frase Alá es grande. Vemos también a heroicas madres de soldados vagando por el frente en busca de los cadáveres o de noticias de sus hijos. El compañerismo entre algunos soldados es tal vez el único aspecto humano positivo de esa guerra sucia y cruel.

El libro tiene mucha acción, pero también algunas reflexiones finales sobre los efectos que la guerra produjo en quienes lograron sobrevivir a ella. La escritura de aquella terrible experiencia ha servido a Arkadi Bábchenko para exorcizar sus demonios y denunciar la crueldad de un conflicto que arrastró a muchos jóvenes rusos a una muerte tan inútil como injusta.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 27 de septiembre de 2009

EL ACOSO DE LOS CACHORROS

La jauría y la niebla, Martín Casariego, Algaida, 2009, II Premio Logroño de Novela

Martín Casariego (Madrid, 1962) trata en su última novela un tema de bastante actualidad: el acoso escolar y sus consecuencias. La jauría y la niebla se ambienta en una pequeña población vasca y cuenta tres historias paralelas que transcurren en un solo día y cuyos relatos confluyen en algunos momentos del libro.

Son las historias de Ander, Leandro e Ignacio Mayor. Ander es un estudiante de bachillerato que siempre ha estado integrado con sus compañeros de clase pero que, de repente y por motivos que el autor sólo apunta para que el lector vaya adivinando, comienza a ser hostigado y marginado por ellos. Ander vive en silencio esa tortura sin que nadie externo al grupo –ni sus agobiados padres ni los profesores del centro- sea capaz de detectarla e impedirla. Leandro es el hermano pequeño de Ander y su mayor preocupación es resolver una duda que lo angustia: si los Reyes Magos son o no los padres. Una metáfora que simboliza claramente el final de la inocencia. Ignacio (o Iñaki) Mayor es un escritor ya entrado en años que ese día visita la escuela y el instituto de la localidad para hablar a los alumnos sobre el libro que acaba de publicar.

Como telón de fondo de la novela aparece la situación en el País Vasco. Se puede observar en algunos pasajes del libro la intolerancia que sufren, aunque quienes la ejercen crean paradójicamente lo contrario, los que no se muestran como nacionalistas vascos. Entre ellos están los padres de Ander. La denuncia de esa situación no es aquí tan evidente como en el magnífico libro de relatos Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, pero se adivina su presencia decisiva y se muestra explícitamente en algunas situaciones: la madre que abofetea a su hijo por hablar en castellano, el monitor que vigila que los niños sólo hablen eusquera en el patio o el escritor Ignacio Mayor que ya no puede volver a visitar el instituto porque no escribe en vasco.

Las tres historias se van contando en paralelo alternándose en los sucesivos capítulos, de manera ágil y fluida. El tema del acoso escolar, cuyo tratamiento en algunas ocasiones puede derivar hacia un cierto sensacionalismo, es tratado aquí con bastante rigor y verosimilitud. Todo ello hace de la “La jauría y la niebla” una novela de lectura recomendable.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 20 de septiembre de 2009

INDIGNACIÓN Y CASTIGO

Indignación, Philip Roth, Mondadori, 2009, 165 páginas

Philip Roth (Newark, 1933) es una de las grandes voces de la narrativa estadounidense actual. Su última novela, Indignación, es otra muestra más de su enorme talento literario, que se mantiene intacto con el paso de los años.

Indignación es un relato breve, aparentemente una simple novela de iniciación que transcurre en los primeros años cincuenta del pasado siglo XX. Sin embargo, en las pocas páginas del libro se condensan algunos grandes temas, muchos de ellos ya presentes en otras obras del autor: la necesidad de emanciparse de la familia, la fuerza casi incontenible del sexo, los primeros amores, las relaciones del individuo con la sociedad, el afán del poder de manipular al individuo en nombre de los intereses del grupo inmiscuyéndose en los aspectos privados de su vida, la dificultad de ser y mostrarse independiente, el imparable deterioro que produce la edad, las reacciones impulsivas y sus consecuencias, la angustia existencial o el temor a la muerte. Y, como telón de fondo, el puritanismo de la sociedad americana entre la Segunda Guerra Mundial y la llegada de John Kennedy a la presidencia del país.

El protagonista de Indignación es Marcus Messner, un joven judío de Newark, en Nueva Jersey. Marcus es el único hijo de una familia trabajadora y honrada que regenta una carnicería. Ante la agobiante preocupación de su padre por evitarle cualquier riesgo, el joven decide ir a estudiar a la lejana universidad de Winesburg, en Ohio, en la America más rural y puritana. Marcus sólo se preocupa por aplicarse y conseguir unas notas brillantes que le permitan mejorar la situación social de su familia y evitar ser enviado como soldado a la guerra de Corea. Sin embargo, su vida solitaria y su rechazo a formar parte de cualquier asociación, a realizar deportes de grupo o a participar en las ceremonias religiosas obligatorias hacen que el decano de los alumnos lo llame a su despacho. Las dos entrevistas, sobre todo la primera, entre el decano Caudwell y Marcus son dos de los mejores momentos de la novela. El joven estudiante hace una argumentada defensa de la individualidad y de la independencia de criterio, con citas a Bertrand Rusell, frente a los intentos de injerencia en la privacidad que cercenan la libertad del individuo. La aparición de la joven y compleja Olivia y las consecuencias de sus indignadas respuestas a Caudwell complicarán aún más las cosas a Marcus y precipitarán su desgraciado final.

La lectura de los libros de Philip Roth no suele dejar indiferente. De alguna manera consigue siempre agitar la conciencia del lector. Ese es, sin duda, uno de sus mayores logros.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 13 de septiembre de 2009

CIEN AÑOS DE "LAS TARDES DEL SANATORIO" DE SILVIO KOSSTI

Silvio Kossti fue el pseudónimo utilizado por Manuel Bescós en sus escritos literarios. Con él publicó en 1909 su primer libro, una obra miscelánea, sorprendente y algo extraña titulada “Las tardes del sanatorio”. El propio Bescós costeó con 968,45 pesetas de su bolsillo la impresión de 1300 ejemplares del libro en la sucursal que tenía en Huesca la imprenta zaragozana Tipografía Blasco. Desde su publicación, hace ahora cien años, sólo una vez ha sido reeditada esa obra. Fue en 1981 en la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses de Guara Editorial, con una magnífica introducción del profesor José Carlos Mainer.

Manuel Bescós Almudévar había nacido en Escanilla en 1866. Aunque su familia tenía su domicilio en Huesca, vino al mundo en esa pequeña localidad sobrarbense porque su padre dirigía en aquel tiempo las obras de la carretera entre Naval y Mediano. Don Francisco Bescós era un destacado carlista que acabó exiliándose en Francia, donde montó un próspero negocio de exportación e importación de vinos y aceites. El pequeño Manuel pasó en el país vecino los años de la infancia y después fue enviado a Zaragoza a continuar sus estudios con los jesuitas. Licenciado en Derecho, Manuel Bescós fue un hombre activo y emprendedor, ejemplo de una burguesía productiva que históricamente ha sido muy poco frecuente en nuestra tierra. Como hijo primogénito, heredó los negocios de su padre, que supo ampliar y reconvertir, y disfrutó de una desahogada situación económica. En lo político fue un regeneracionista, deseoso de acabar con el caciquismo y la corrupción política tan arraigados en nuestra provincia. Se mostró siempre como un acérrimo defensor de las ideas de Joaquín Costa, al que idolatraba y con quien mantuvo una interesante correspondencia que fue publicada hace unos años por George J. G. Cheyne (“Epistolario Joaquín Costa – Manuel Bescós (1899-1910)”, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1979). Bescós llegó a ser alcalde de Huesca en 1923. Fue una experiencia breve y poco feliz, pues dimitió a los cuatro meses de haber ocupado el cargo. Murió en la capital altoaragonesa en 1928.

Manuel Bescós fue un hombre con una gran formación cultural y literaria. Viajó por gran parte de Europa y fue un ávido lector, sobre todo de los clásicos, tanto antiguos como modernos. Dominaba el latín y algunos idiomas vivos como el francés, el inglés o el italiano. Tenía también conocimiento de materias tan diversas como la filosofía, la medicina, la electricidad, la física o el cine. En lo religioso se mostró siempre, desde posturas polemistas, irónicas e iconoclastas, como anticlerical y ateo. Y, de manera menos clara y explícita, como defensor de un vitalismo entre hedonista y epicúreo, próximo al nietzschismo finisecular tan presente en algunos autores del Modernismo y el 98.

Además de “Las tardes del sanatorio”, Silvio Kossti publicó otros dos libros: “La gran guerra” (1917) y “Epigramas” (1920). Él mismo mandó retirar esta última obra tras su publicación por temor a que su contenido pudiera dañar la carrera de dos hijos suyos que habían entrado en el ejército. De estos “Epigramas” existe una edición moderna de 1999, publicada en Huesca por La Val de Onsera con prólogo de Juan Carlos Ara. Kossti es también autor de un pequeño cuento titulado “Los espirituados de Santa Orosia”, editado en Zaragoza en 1910 dentro del libro colectivo “Cuentistas aragoneses”.

Manuel Bescós propuso a Joaquín Costa escribir conjuntamente una novela que se titularía “El último tirano”. Llegó a enviar incluso a su admirado amigo un amplio plan del argumento del libro, que se puede leer en la correspondencia entre ambos publicada por Cheyne. Por distintos motivos el proyecto no llegó a cuajar. Además, Bescós escribió multitud de artículos en diversos diarios y publicaciones de su tiempo. La mayoría de tipo político, pero también algunos de crítica literaria y de otros temas.

Silvio Kossti pertenece a un cierto renacimiento de la literatura aragonesa que se produjo a finales del siglo XIX y principios del XX y que ha sido bien estudiado por el profesor José Luis Calvo Carilla en su libro “El Modernismo literario en Aragón” (Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1989). Sobre la interesante figura de Manuel Bescós ha escrito la profesora Carmen Nueno Carrera el excelente trabajo “Aproximación a la vida y la obra de Manuel Bescós (Silvio Kossti)”, publicado en el libro “Homenaje a José Manuel Blecua” (Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1986). De la misma autora es el texto “Los artículos políticos de Manuel Bescós” (Revista Argensola, n. 93, Huesca, 1983). Estas dos últimas referencias pueden consultarse también a través de Internet.

“Las tardes del sanatorio” tuvo una gestación lenta y difícil. Como su título indica fue escrito con motivo de la convalecencia de Bescós tras ser sometido a una delicada operación quirúrgica. Los médicos que lo operaron fueron Joaquín Montestruc y Ricardo Royo Villanova, ambos eran amigos del autor y a ellos corresponden las iniciales de la dedicatoria del libro.

“Las tardes del sanatorio” no tuvo demasiado éxito cuando apareció, aunque disfrutó de alguna crítica favorable. Se trata sin duda de un libro original y bien escrito, donde el autor muestra su amplia cultura y su gran erudición, pero de lectura hoy algo pesada en algunas de sus páginas. Silvio Kossti mezcla elementos muy variados en los 18 textos que componen la obra. Hay una parte más científica y filosófica y otra más narrativa y literaria que es la que se lee hoy con mayor gusto. Este cierto desequilibrio ya fue observado por Costa, a quien su amigo envió enseguida el libro para someterlo a su juicio, que fue en general muy favorable. Sin embargo, Don Joaquín, mucho más recatado en esos temas, criticó la excesiva impudicia erótica de algún texto de la obra (“El Pithecanthropos”) y la utilización de algunos arcaísmos y galicismos innecesarios y algo pedantes. El autor defendió su uso apoyándose en que escritores de renombre, como su admirado Valle-Inclán, también los habían utilizado en sus obras.

En la contraportada de la edición moderna de 1981 hay un párrafo que a mi parecer resume perfectamente el heterogéneo contenido del libro. Lo transcribo en su integridad: “‘Las tardes del sanatorio’ es un libro misceláneo donde se habla con desenvoltura de antropología criminal y de experimentos médicos, se defiende un ateísmo combativo y se postula una curiosa filosofía vitalista y “científica”, apoyada en referencias a Darwin, Kropotkin, Spencer, Faure, y todo un significativo parnaso finisecular. Y todo ello, al modo de un moderno “Decamerón”, se ilustra con chistes e historietas picantes, poemas y dramatizaciones, y hasta con una novela corta de lubricidad tan sabrosa como la que componen el cuadrilátero erótico de un sabio antropólogo alemán, su mujer criolla, un criado negro… y un orangután de Borneo”. Una mezcla de elementos que dan al libro su innegable originalidad pero también una cierta falta de unidad entre materiales tan diversos. Entre ellos aparece incluso el relato de la famosa “justicia de Almudévar”, que procede de la tradición popular y que ya encontramos en el “Pedro Saputo” de Braulio Foz. Tampoco faltan en el libro referencias a ciertos temas de moda entre los círculos modernistas de la época. Así ocurre, por ejemplo, con la sugestión mediante hipnosis o la alusión a la existencia de enfermedades físicas producidas por el nerviosismo o la histeria.

En cuanto a su pensamiento religioso, éste aparece algo más explícito en el “Epílogo” del libro. En él Kossti rechaza el dualismo cristiano que distingue entre la materia y el espíritu y aboga por una concepción unitaria del Universo, una “Verdad Monista”, tal vez próxima al panteísmo, que supere en el futuro lo que él llama “el error religioso en sus diferentes ramas aberrantes”. Bescós cree firmemente en el futuro y en el progreso científico y social de la humanidad. Si bien no tanto en el campo de la Belleza, la sensibilidad y el arte, donde coincide con Heinrich Heine a quien cita: “Siempre la Humanidad estará dividida en dos enormes bandos: los Bárbaros y los Helenos”.
El libro del escritor oscense, como era de prever, no gustó nada a la jerarquía eclesiástica provincial y regional. En el Boletín Eclesiástico del Obispado de Huesca del 15 de junio de 1909 puede leerse lo siguiente: “Habiendo sido examinado el libro titulado “Las tardes del sanatorio” impreso y publicado en esta ciudad; su autor, Silvio Kossti, pseudónimo de persona a quien muy bien conocemos; libro cuyo asunto es la negación del alma y del libre albedrío, la afirmación y defensa del materialismo, la necia pretensión de prescindir de Dios y de toda religión positiva, la burla de cuanto se refiere a la Iglesia e institutos religiosos, cuentos y situaciones pornográficos, y el desatinado empeño de convertir al mundo al antiguo paganismo, doctrina contraria al dogma católico, venimos en condenarlo y prohibir su lectura a todos nuestros diocesanos, y mandamos entregar los ejemplares que alguno tuviese, a su confesor o párroco para ser inmediatamente destruidos”. El Boletín del Arzobispado de Zaragoza repetía dos días más tarde la misma condena.

Manuel Bescós (Silvio Kossti) fue un hombre moderno y avanzado en todos los terrenos, abierto a las innovaciones científicas y culturales de su tiempo, al que tocó vivir en una sociedad todavía muy reacia a unos cambios que el país necesitaba con urgencia. Hace cien años publicó “Las tardes del sanatorio”. Ni el libro ni su autor merecen quedar del todo en el olvido.

Carlos Bravo Suárez

DOS SOLEDADES

La soledad de los números primos, Paolo Giordano, Salamandra, 2009, 281 páginas

La soledad de los números primos está siendo uno de los éxitos editoriales del año. El joven italiano Paolo Giordano (Turín, 1982), licenciado en Física Teórica, ha sorprendido a todos con su primera novela, muy premiada en su país y triunfadora en toda Europa. Una novela que trata principalmente de la soledad de dos personajes, Mattia y Alice, marcados por sendos sucesos ocurridos en su infancia.

Con esos dos hechos determinantes comienza la novela. La narración va dando después sucesivos saltos en el tiempo siguiendo a los personajes en su difícil peripecia vital. Compleja en sus relaciones con los demás, en su incapacidad para comunicarse, para alcanzar el amor, para salir de sí mismos y de su cerrado mundo. Son dos almas gemelas que se reconocen y atraen, pero cuyo acercamiento se presenta complicado y difícil.

El autor, físico él y brillante matemático el protagonista masculino de su novela, recurre desde el título a la metáfora de los números primos, aquéllos que no pueden ser descompuestos en otros, que son diferentes a los demás, distintos a la mayoría. A veces, en la larga serie numérica, encontramos parejas de números primos muy próximos, pero siempre separados por otros, como dos líneas paralelas muy cercanas pero incapaces de converger. Así son, en su singularidad definitiva, Mattia y Alice.

La historia está contada a un ritmo fácil y atractivo. Con capítulos cortos, lenguaje cotidiano y situaciones cargadas de emotividad. De esas que atrapan a la mayoría de los lectores, deseosos de seguir la peripecia sentimental de unos personajes a quienes toma cariño desde el principio y acompaña en su sufrimiento. Porque, aunque desea que esos seres desvalidos y solitarios salgan de su agonía, también sabe que nunca podrán escapar a la trágica fatalidad que su destino les depara.

El autor busca atrapar al lector tocando sus fibras más sensibles. Esas que casi siempre por desgracia se van perdiendo con el paso de los años y que la literatura, sobre todo buena parte de la literatura de éxito, se encarga en ocasiones de hacer que afloren a la superficie. Por eso, esta novela gustará a la mayoría y emocionará a muchos. Discutir sobre si en ella hay o no determinados rasgos de la mejor literatura sería entrar en cuestiones más específicas y restringidas. Y probablemente menos importantes.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 6 de septiembre de 2009

DESUNIÓN EN EL FRENTE

Cartas de Grossi, Sariñena Editorial, Salvador Trallero Editor, 2009.

Las Cartas de Grossi constituyen un interesante documento sobre algunos aspectos de la pasada guerra civil en el frente de Huesca. Su reciente publicación se debe al loable empeño personal de Salvador Trallero y su Sariñena Editorial.

Manuel Grossi Mier (Oviedo, 1905 – Brignoles, 1989) era un combativo minero asturiano que emigró a Barcelona donde se convirtió en destacado militante del POUM, partido comunista de inspiración trotskista. Al estallar la guerra civil, fue uno de los cabecillas de la milicia de su partido que se dirigió al frente de Aragón. Posteriormente, escribió una serie de notas sobre aquellos terribles días que él vivió en primera línea de combate. Esas notas, que conforman un interesante diario de guerra, se encontraban olvidadas en el Instituto de Historia Social Europea de Ámsterdam. De allí las ha rescatado Salvador Trallero para su publicación en el libro que aquí nos ocupa.

El libro se abre con una espléndida introducción histórica a cargo de Pelai Pagès, profesor de la Universidad de Barcelona, y una breve biografía de Grossi del historiador asturiano Ernesto Burgos, y se cierra con una galería de personajes y otra fotográfica.

Grossi insiste en sus notas en que su versión constituye la verdad de lo ocurrido en el frente en aquellos días de guerra. Sin duda se trata de su propia verdad. Son opiniones sinceras y sentidas pero también subjetivas y personales. El asturiano es un hombre de partido y defiende siempre las actuaciones de los milicianos del POUM. No así las de sus líderes militares, a algunos de los cuales critica abiertamente. Censura asimismo la actitud de los anarquistas, a quienes considera demasiado arrogantes por creer que ellos solos podían ganar la guerra. Así se lo manifestó Durruti a Grossi al inicio de la contienda. También el PSUC es blanco de sus críticas. Aunque este partido hizo al principio buenas migas con el POUM, se convirtió después en su enemigo al ponerse los comunistas españoles al servicio de la estrategia de Stalin, que pretendía deshacerse de los trotskistas, acusándolos de vendidos y traidores. A ello achaca Grossi la continua marginación sufrida por sus milicianos en los repartos de armas. Objeto de críticas es también el coronel Villalba, jefe de la guarnición de Barbastro, considerado culpable de algunos de los reveses militares de los republicanos.

Hay en el libro muchas referencias a poblaciones como Sariñena, Grañén, Robres, Leciñena, Huesca o Siétamo. Cartas de Grossi es una obra interesante, que aporta, desde una perspectiva personal y subjetiva, nuevos datos sobre la guerra civil en nuestra provincia.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 3 de septiembre de 2009

ELOGIO DE CERVANTES A LOS HERMANOS ARGENSOLA

Como es sabido, celebramos este año el 450 aniversario del nacimiento de Lupercio Leonardo de Argensola, el mayor de los dos hermanos Argensola, ilustres poetas y escritores nacidos en Barbastro en el siglo XVI. En relación con esta efemérides quiero referirme aquí a la alabanza que Miguel de Cervantes, el más ilustre de los escritores españoles, hizo de ambos hermanos en algunas de sus obras literarias.

Miguel de Cervantes y Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola fueron coetáneos. El autor de El Quijote había nacido en 1547, doce y quince años antes que Lupercio y que Bartolomé respectivamente. Sin embargo, Lupercio fue el primero en morir, en 1613, tres años antes que Cervantes y dieciocho antes que su hermano pequeño. Los tres pertenecen a ese momento de máximo esplendor de nuestras letras que hemos venido en llamar Siglo de Oro, que abarca fundamentalmente la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII. Cervantes probó fortuna en el teatro y en la poesía y la halló, rebotado de esos géneros en los que no pudo triunfar, en la novela. Su extraordinario Quijote, con el que logró la gloria literaria, es, sin embargo, un libro tardío: su primera parte vio la luz cuando el escritor tenía ya 58 años, y diez años más tarde apareció su continuación. Los Argensola destacaron sobre todo como poetas en un siglo en que la poesía alcanzó muy elevadas cimas.

Nacieron Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola en la ciudad de Barbastro. Su primer apellido, Leonardo, es de origen italiano; el segundo, Argensola, por el que son conocidos, es el materno. Lupercio estudio en Huesca y Zaragoza. Trabajó en la corte y fue secretario del duque de Villahermosa y de la emperatriz María de Austria. También, más tarde, del conde de Lemos, virrey de Nápoles. En esta ciudad vivió varios años y en ella fundó la llamada Academia de los ociosos. Fue allí donde murió y donde, según Bartolomé, hizo quemar antes sus poemas. Tradujo del latín la poesía de Horacio, cuya lectura siempre recomendaba. Bartolomé estudió en las universidades de Zaragoza y Salamanca, hizo carrera eclesiástica, fue rector de la capilla de los duques de Villahermosa y confesor de la emperatriz María de Austria. Vivió en Madrid, en Nápoles, donde fue capellán del conde de Lemos, y pasó los últimos años de su vida en Zaragoza, ciudad en la que murió. Fue Gabriel Leonardo, hijo de Lupercio, quien en 1634 publicó en Zaragoza en un libro titulado Rimas los poemas de su padre que se salvaron de la quema y los de Bartolomé, que nunca quiso imprimir en vida, muy retocados. Sus versos fueron muy elogiados por Lope de Vega. Ambos practican una poesía de similar estilo, marcado corte clásico y gran perfección formal, aunque alejados del culteranismo gongorino; tal vez algo fría -más la de Lupercio- pero con momentos brillantes y vigorosos. Destacan los dos en el cultivo de la sátira y de la epístola poéticas, y dominan el soneto con maestría. Ambos fueron también historiadores: Lupercio escribió Información de los sucesos del reino de Aragón en los años de 1590 y 1591 y Bartolomé fue autor de La conquista de las islas Malucas, Alteraciones populares de Zaragoza en 1591 y continuador, como cronista de Aragón durante los años 1516 a 1520, de los Anales de Alonso de Zurita. Lupercio, como veremos luego, escribió también tres piezas teatrales alabadas por Cervantes en la primera parte de El Quijote.

En 1585, aparece publicada en Alcalá de Henares La Galatea, primera novela cervantina, del género pastoril entonces tan en boga. Casi al final del libro, en un largo poema escrito en octavas reales y titulado Canto de Calíope, se alaba a una serie de ingenios de la época entre los que están los hermanos Argensola. Cervantes les dedica dos estrofas:

Serán testigos de esto dos hermanos,
dos luceros, dos soles de poesía,
a quien el cielo con abiertas manos
dio cuanto ingenio y arte dar podía.
Edad temprana, pensamientos canos,
maduro trato, humilde fantasía,
labran eterna y digna laureola
a Lupercio Leonardo de Argensola.
Con santa envidia y competencia santa
parece que el menor hermano aspira
a igualar al mayor, pues se adelanta
y sube do no llega humana mira.
Por eso escribe y mil sucesos canta
con tan suave y acordada lira,
que este Bartolomé menor merece,
lo que al mayor, Lupercio, se le ofrece.

Veinte años más tarde, en 1605, se publica en Madrid la segunda novela cervantina, la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En ella, en el Capítulo XLVIII, el titulado Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de ingenio, Cervantes pone en boca del cura una nueva alabanza del mayor de los Argensola. No cita su nombre, pero sí los títulos de tres de sus tragedias. En la continuación de su magnífica y juiciosa crítica literaria, el canónigo dice que él ha tenido la tentación de escribir un libro de caballerías e incluso tiene más de cien hojas escritas, pero que, no obstante, decidió dejarlo por el motivo que a continuación explica y que reproduzco en una larga cita, en mi opinión muy ilustrativa de los gustos literarios del momento, que termina en una loa a la obra teatral de Lupercio Leonardo de Argensola:

"Pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena a mi profesión como por ver que es más el número de simples que el de los prudentes, y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me lo quitó de las manos y aún del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo 'Si todas estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan ni pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que los representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les esta mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser mi libro, al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos y vendré a ser el sastre del cantillo [Se refiera Cervantes al refrán "como el sastre del cantillo, que cosía de balde y ponía el hilo]. Y aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que sigan el arte que no con las disparatadas, ya están tan asidos y encorpados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que un día dije a uno de esos pertinaces: 'Decidme, ¿no os acordáis que ha pocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso un famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales que admiraron, alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dinero a los representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después se han hecho?. 'Sin duda - respondió el autor que digo - que debe de decir vuestra merced por "la Isabela", "la Filis" y "La Alejandra" 'Por esa digo - le repliqué yo -, y mirad si guardan bien los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo. Así que no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa".

Las citadas Filis, Alejandra e Isabella son tres obras teatrales del mayor de los Argensola. Se trata de tragedias de corte humanista y senequista, escritas en la primera mitad de la década de los ochenta del siglo XVI. El texto de Filis se ha perdido, las otras dos tienen tres actos. Alejandra se desarrolla en el antiguo Egipto y trata sobre intrigas cortesanas. Tiene un momento de máxima tensión cuando la reina Alejandra, envenenada por orden de su esposo, antes de morir, se muerde la lengua hasta cortársela y la arroja sobre el marido asesino. Isabella transcurre en la Zaragoza musulmana, en la corte del rey moro Alboacén. El personaje protagonista es una doncella cristiana, que debe decidir si acepta entregarse y sacrificar su virginidad a la lujuria del rey moro para salvar de la persecución y la muerte a los cristianos de la ciudad. Al mostrarle Alboacén los cadáveres ensangrentados de sus padres y su hermana, Isabela decide morir como mártir. Según se desprende de las palabras del canónigo en El Quijote, estas obras obtuvieron gran éxito entre el público de la época cuando fueron representadas. Pese a ello y a las loas cervantinas no presentan gran calidad ni interés para los lectores actuales y están muy por debajo de la poesía de los dos hermanos.

Hemos visto el aprecio que Cervantes sentía por los Argensola, a los que posiblemente trató directamente. De la frase "maduro trato" de su alabanza a Lupercio tal vez pueda deducirse relación personal con él. Es muy posible que conociera a Bartolomé en el tiempo en que éste vivió en Madrid, donde trató, entre otros, a Lope de Vega. En el capítulo III de Viaje al Parnaso, libro de poesía escrito años antes pero publicado en 1614 tras el éxito de El Quijote, Cervantes hace otra referencia a los hermanos Argensola. Aunque de forma no del todo clara, parece dolido con Bartolomé porque éste no habría intervenido suficientemente en su favor ante el conde de Lemos para que lo llevara con él a Nápoles como era su deseo.

Sea como fuere, el escritor alcalaíno apreciaba la obra de los barbastrenses, y por ello los elogia en La Galatea y en la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, el más universal e importante de todos los libros que a lo largo de la historia nuestra literatura ha dado.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en el número especial de El Cruzado Aragonés con motivo de las Fiestas de Barbastro, septiembre 2009)