sábado, 31 de diciembre de 2011

DE LAS VILAS DEL TURBÓN A OBARRA POR UN SENDERO CON HISTORIA

De nuevo con mis amigos del Centro Excursionista de la Ribagorza, realicé hace unos meses una recomendable y atractiva excursión por algunos parajes poco conocidos del valle del Isábena. Se trató de un recorrido por un tramo del PR-HU123 que fue acondicionado no hace mucho y que conecta algunas pequeñas poblaciones ribagorzanas situadas entre las faldas del Turbón y las orillas del río Isábena.

Iniciamos la caminata en Las Vilas del Turbón, población conocida por sus aguas mineromedicinales y su balneario. Situado a los pies del Turbón, a 1.378 metros de altitud, su caserío se distribuye en dos barrios. En el más oriental se encuentra la arruinada casa Garuz, un notable edificio del siglo XVII que fue reproducido en el Pueblo Español de Barcelona con motivo de la Exposición Internacional de 1929.

De Las Vilas a Brallans, poblaciones ambas del municipio de Torre la Rivera, hay aproximadamente dos kilómetros que se pueden hacer por una pequeña carretera asfaltada o por el PR-HU123 que desemboca en ella. Pertenecen ya a Brallans dos lugares que se encuentran a la derecha de nuestro camino. Por un sendero señalizado llegamos en pocos minutos a la ermita de San Antonio, construcción popular situada en un mirador con un panel explicativo. Poco antes de entrar en Brallans y junto a la carretera, se encuentra la fuente del Molladal, topónimo que significa lugar húmedo, construida con las piedras de una anterior ermita en ruinas dedicada a San Julián.

Brallans, cuya primera cita documentada como Villa Bradillanis se remonta al año 1004, es una pequeña localidad de cuatro casas denominadas Pallás, Campet, Nadal y Chuanvigo. Desde el punto de vista arquitectónico la más destacada es la casa Campet, construida en 1780 y conservada con pocos cambios. El PR-HU123 se toma a la entrada del pueblo a la izquierda de la carretera que viene de Las Vilas y, tras pasar junto a las dos únicas casas del lugar que quedan habitadas, desciende hacia el barranco de la Llera, que se atraviesa por un pequeño puente.

Desde Brallans a las Casas de San Aventín hay aproximadamente una hora de camino. San Aventín, hoy deshabitado, constituía antiguamente una casa única perteneciente a una importante familia ribagorzana. De ese núcleo original salieron posteriormente tres casas: la llamada propiamente de San Aventín o casa Pedro y las casas Juan y del Arrendador. Hoy hay una cuarta que pertenece a una familia procedente de Brallans y residente en Graus.

La primera cita histórica de San Aventin es del año 1007. Su iglesia es una construcción destacable que tiene un origen románico y que principalmente durante el siglo XVI sería ampliamente reformada y transformada. La visita del interior del templo resulta hoy algo peligrosa, pero exteriormente muestra todavía un aceptable grado de conservación. Tiene un ábside poligonal con dos pequeñas capillas laterales que componen una llamativa cabecera trebolada. Sobre la portada original de arco de medio punto queda hoy un hueco que antes ocupaba un crismón trinitario que, según algunas viejas fotografías, contenía las letras VE (Victorian Eclessiae), indicadoras de la dependencia de esta iglesia del lejano y poderoso monasterio sobrarbense de San Victorián. En el lado de poniente se levanta una espadaña de doble ojo. Tanto por este lado como por el sur el templo está rodeado por otros edificios adheridos que lo constriñen en exceso y le restan algo de atractivo.

Caminando por el PR-HU123, desde San Aventín hasta Visalibons tardamos poco más de media hora. Entre ambos lugares dejaremos a nuestra derecha la ermita de San Saturnino, perteneciente a la segunda de estas localidades. Es una construcción reformada recientemente y situada en lo alto de un cerro que ofrece excelentes vistas del valle del Isábena. El 29 de noviembre, día del santo patrón, los habitantes de los lugares próximos siguen subiendo a la ermita en romería.

Visalibons es un pequeño pueblo que mantiene algunos habitantes permanentes y presenta en la actualidad la mayor parte de sus casas arregladas como segunda residencia. Es algo destacable su iglesia parroquial dedicada a Santa María. En el Archivo Histórico Nacional de Madrid se conserva su acta de consagración que data del 1 de julio del año 1060. Se trata de un edificio de origen románico muy modificado en los siglos posteriores. La parte más antigua parece ser la de poniente, en la que se levanta una espadaña de doble ojo. El actual ábside poligonal -en la línea del que hemos visto antes en San Aventín- sustituiría al original a finales del siglo XVI. En la puerta de acceso, orientada hacia el sur, figura la fecha de 1590.

Justo junto a la iglesia de Visalibons arranca el tramo del PR-HU123 que nos conduce al despoblado Raluy, perteneciente ya al municipio de Beranuy, hasta hace poco denominado Veracruz. Es tal vez, desde el punto de vista paisajístico, la parte más bonita de nuestro recorrido, que aquí transita siempre por un hermoso bosque de quejigos. En aproximadamente una hora y media llegaremos a Raluy, topónimo que algunos estiman una alteración del original Larruy. A la entrada del pueblo encontramos un pequeño local para cazadores, única construcción reciente del lugar. El resto está absolutamente en ruinas y penetrar en él resulta cada vez más complicado y difícil. No es fácil, por tanto, acceder a la arruinada iglesia parroquial de San Clemente, cuyos orígenes son claramente románicos y muy antiguas sus primeras referencias históricas.

Las primeras citas documentales de Raluy, situado en pleno corazón del entonces incipiente Condado de Ribagorza, son del siglo X. Por esa misma documentación medieval sabemos que su primitiva iglesia fue destruida por el caudillo árabe Abd al-Malik en su famosa y devastadora incursión del verano del año 1006. Sin embargo, según otro interesantísimo documento también conservado en el Archivo Histórico Nacional en Madrid, fue un martes 25 de noviembre del año 1007, sólo un año y medio después del destructor ataque sarraceno, cuando se procedió a la consagración de la nueva iglesia de San Clemente de Raluy. El acto contó con la presencia de Aimerico, obispo de Roda, del abad Galindo de Obarra y de los condes ribagorzanos Toda y Sunyer, unidos, a una edad ya madura, en un reciente matrimonio de conveniencia. Al año siguiente, los condes vendieron la villa como si fuera un yermo al abad Galindo y a la comunidad de Obarra para que procedieran a su repoblación. El ambicioso abad Galindo conseguiría así su verdadero objetivo que al parecer no era otro que el de quedarse como único dueño y señor de Raluy, lugar del que era originario.

Desde Raluy se puede descender a la carretera A-1605 por una pista de tierra. También es posible continuar hasta el pueblecito de Ballabriga y desde él bajar a Obarra por el GR-18. Nosotros tomamos otro camino que nos llevó igualmente a la citada carretera, junto a la llamada caseta de los pescadores, un poco más abajo del monasterio de Obarra. La visita a este histórico lugar ribagorzano, sobre el que ya he escrito en alguna ocasión en estas páginas, sería el mejor broche para terminar la excursión que aquí se ha descrito.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón.

Fotos: Las Vilas con la casa Garuz a la izquierda, Ermita de San Antonio, Casa Campet de Brallans, Iglesia de San Aventín -conjunto y puerta-, Iglesia de Visalibons -frente y ábside- Raluy y Obarra. Todas las fotos son del día de la excursión, excepto las dos primeras.

domingo, 18 de diciembre de 2011

AGRADECIMIENTO POR EL PREMIO ESTEBAN DE ESMIR

A la hora de decir unas palabras, hay en este momento una que predomina sobre todas las demás: GRACIAS. Gracias al Ayuntamiento de Graus por haberme dado este premio. Gracias a quienes me propusieron para el mismo. Gracias a las muchas personas que me han mostrado en estos días su sincero aprecio y su alegría verdadera por este galardón que no sé si merezco, pero que me satisface y me halaga sobre todo porque procede del mismo lugar en que vivo, del pueblo que hace ya doce años elegí libremente para establecer mi residencia, y donde me encuentro plenamente integrado y correspondido en convivencia cordial y mutuo aprecio.

Porque desde que me instalé en Graus con mi familia, ha ido creciendo en mí el afecto a esta comunidad, a su cultura, a su patrimonio, a sus paisajes y, sobre todo, a su gente, que tan bien nos ha acogido a lo largo de estos años. En este tiempo he procurado, a través de diferentes medios y de manera divulgativa, comprensible para la mayoría y siempre desde la total independencia, difundir los valores y atractivos de esta tierra, para que fueran más conocidos y apreciados, tanto por las gentes de fuera como por los que aquí viven y en ocasiones no valoran de manera suficiente lo que tienen cerca, porque siempre piensan que es mejor lo que está lejos. Yo he vivido aquí y allí y os puedo asegurar que también aquí he encontrado suficientes motivos y alicientes para disfrutar de una vida de calidad, digna y agradable en todos los sentidos.

Es un orgullo y un honor para mí recibir un premio que lleva el nombre de Esteban de Esmir, un hombre que hizo mucho por difundir la cultura en Graus, que impulsó la construcción de la Basílica de la Peña y fundó el colegio de los jesuitas porque creía en la necesidad imperiosa de educar y preparar a los jóvenes de esta tierra, entonces muy alejada de los centros del saber y la cultura. Él sabía, como buen humanista, que la cultura y la educación nos hacen mejores y contribuyen a sacar lo mejor de nosotros mismos. Un hombre que defendió y protegió a otro hombre sabio y culto como Baltasar Gracián cuando la maldita envidia, que en todas partes anida, se volvía contra él y pretendía destruirlo. Con el fin de alejarlo de sus enemigos, envió Esteban de Esmir a Graus a su amigo y protegido en 1652, para ayudar a poner en marcha el colegio jesuita de nuestra villa. Esmir, cuyos restos reposan en la basílica de la Virgen de la Peña, murió dos años más tarde y ya no pudo ayudar de nuevo al escritor belmontino cuando éste regresó a Graus en 1658 en peores circunstancias, desterrado por atreverse a desafiar a sus superiores publicando la tercera parte de su magna obra “El Criticón”, cuya parte segunda tal vez hubiera escrito en su anterior estancia en el colegio grausino.

También es para mí un honor y un orgullo suceder en este premio a don José María Auset Viñas, descendiente de nuestro gran Joaquín Costa, el más ilustre de los hijos de de esta tierra y de esta villa, que aunque por azar no nació en ella, a ella vino a morir y a la que siempre quiso con pasión, empeño y deseos de mejora y de progreso. Cuando modestamente me interesé por algunos aspectos de la vida de Costa y de su estudioso y biógrafo George Cheyne, el señor Auset me abrió las puertas de su casa, me proporcionó algunos libros y me honró con su amabilidad y con su conversación sabia y serena.

Quiero compartir este premio en especial con mi familia, con mi madre, con mi mujer y mis dos hijos, con mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos. Y quiero tener un especial recuerdo para mi padre, un hombre íntegro y honrado, que me trasmitió que estos valores deben estar siempre por encima de cualquier interés material o pasajero.

No quiero olvidarme en este momento de mis amigos del Centro Excursionista de la Ribagorza, con quienes he disfrutado, en armonía y fértil convivencia, de instantes inolvidables, recorriendo nuestros hermosos paisajes y conociendo el rico patrimonio cultural de nuestra tierra.

Y, en fin, quiero compartir este premio con todos los grausinos y los ribagorzanos, con quienes este galardón y reconocimiento estrecha aún más si cabe los fuertes lazos de aprecio y de cariño que a ellos me unen. Este premio es para mí un acicate para seguir dando a esta comunidad, que tan bien me acoge y a la que tanto debo, lo mejor que en el futuro pueda seguir sacando de mí mismo.

Muchas gracias y buenas noches.

Palabras pronunciadas tras la entrega del premio Esteban de Esmir a la difusión de la cultura en Graus.

domingo, 11 de diciembre de 2011

EL DOLMEN DE SEIRA

Seira es una pequeña población ribagorzana dividida en dos núcleos: el Seira nuevo, situado junto a la carretera N-260, y el llamado Seira el Viejo, aproximadamente a un kilómetro del anterior por la carreterita que lleva a Barbaruens y al macizo de Cotiella. La población situada junto a la carretera nacional, muy encajonada y sinuosa en este tramo, es conocida también como la Colonia y data de la época en que la empresa Catalana de Gas y Electricidad construyó en el lugar una importante central hidroeléctrica. Sus obras comenzaron en 1914 y su inauguración se produjo en 1918. De la importancia de esta central da una idea el hecho de que cuando en el verano de 1929 descargó una fuerte tormenta sobre Seira se quedaron sin luz algunas instalaciones de la Exposición Universal que se estaba celebrando en Barcelona. La construcción de la central supuso un cambio extraordinario para la pequeña localidad ribagorzana, a la que llegaron más de mil personas procedentes de toda España. Junto a la carretera, que se había construido a principios de siglo, se levantaron nuevas viviendas, chalés para los ingenieros, tiendas, fondas y hasta un casino.

En fechas recientes realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una excursión circular por los alrededores de Seira, por la zona conocida como la Montañeta, en la margen derecha del río Ésera. Casi al final del recorrido, antes de volver al inicio del itinerario y muy cerca de Seira el Viejo, pasamos por el llamado dolmen de Seira, al que se conoce también como el dolmen de San Nicolau, por estar situado en una partida de ese nombre donde al parecer había antiguamente una ermita dedicada a dicho santo. Como creo que se trata de un monumento megalítico muy poco conocido, y sin ser yo ningún “experto” en estas construcciones funerarias prehistóricas, me ha parecido oportuno dedicarle, con fines exclusivamente divulgativos, unas pocas líneas en estas páginas dominicales.

El dolmen de Seira se encuentra a escasamente dos kilómetros de Seira el Viejo, muy cerca de la orilla derecha del río Ésera. Desde la carretera que va a Barbaruens se toma un camino a la izquierda, aproximadamente a la altura del cementerio de Seira, y en un trayecto corto y señalizado en dirección suroeste se llega fácilmente hasta el dolmen. El monumento megalítico, cerca del cual encontramos los restos de un antiguo horno de cal, se halla junto a un pequeño bosquecillo en el que predominan los bojes, en un amplio claro, en medio de un cercado de madera junto al que encontramos un panel explicativo con más información sobre los dólmenes en general y su método de construcción que sobre el que allí se levanta en particular. Del citado panel, y de algunos otros lugares consultados, extraigo varios de los datos que vienen a continuación.

Los dólmenes son sepulcros megalíticos prehistóricos utilizados para inhumaciones colectivas que se construyeron principalmente en la vertiente atlántica europea durante el final del Neolítico y el Calcolítico o Edad del Cobre, entre dos y tres mil años antes de Cristo. Los dólmenes encontrados en nuestra provincia se sitúan en la zona pirenaica. Algunos, en los altos valles septentrionales; otros, en las sierras exteriores más meridionales. Su distribución suele coincidir con el itinerario de caminos tradicionales, cabañeras para el ganado o pasos importantes y estratégicos. Esto hace pensar que estas construcciones tal vez tuvieran relación con la vida pastoril y que, además de su carácter funerario, sirvieran también como posible delimitación de territorios. En este sentido, el dolmen de Seira se encontraría en el camino que unía los valles fluviales del Ésera y el Cinca.

La palabra “dolmen” procede etimológicamente del bretón. Los términos “dol” y “men” significan respectivamente “mesa” y “piedra”. El dolmen de Seira, como todos los dólmenes pirenaicos, es de los considerados de construcción sencilla. Tiene una planta prácticamente cuadrangular y consta de dos grandes losas de piedra laterales, llamadas ortostatos, sobre las que se coloca una losa de mayores dimensiones denominada cubierta. Destaca en éste la gran diferencia entre el aspecto pesado y voluminoso de la losa horizontal y los ortostatos relativamente pequeños que la soportan. La parte posterior del dolmen se cierra con piedras, dejando de esta manera una única cámara que comunica directamente con el exterior. Como suele ser habitual en este tipo de construcciones, esta abertura se orienta en dirección al este.

En el recientemente publicado y muy recomendable libro Cinco rutas con los cinco sentidos por el valle de Benasque y la Ribagorza, de la escritora ribagorzana Carmen Castán, leo que fue en el año 1997 cuando Pablo Perigot, educador y experto en arte, y José Antonio Castán, entonces párroco de Seira, dieron a conocer la existencia de este dolmen. Fueron los arqueólogos José Luis Ona y María Fernanda Blasco quienes reconocieron el monumento megalítico que posteriormente fue estudiado en mayor profundidad por la doctora Blasco. El dolmen de Seira pasó a ser catalogado como monumento funerario prehistórico y como tal aparece en el libro Megalitos del Alto Aragón, editado por Prames en 2007 inaugurando la colección Losa Mora.

Hay en la Ribagorza otras construcciones prehistóricas de gran interés como el menhir de Merli, en el municipio de Isábena, y los dólmenes escondidos en los impresionantes bosques de Cornudella de Baliera, en el término de Arén. También en las proximidades de Benabarre se encuentran los dólmenes del Mas de Abad y del Mas de Balón. En los Llanos del Hospital de Benasque y en las laderas del monte Turbón, sendos círculos de piedras han sido considerados asimismo como monumentos megalíticos prehistóricos.

Carlos Bravo Suárez.

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón.

lunes, 5 de diciembre de 2011

CARIBOU ISLAND

Caribou Island. David Vann. Mondadori. 276 páginas.

Con Caribou Island, su segunda novela, David Vann se ha revelado como un magnífico escritor a tener muy en cuenta dentro del panorama narrativo estadounidense actual. Aunque hoy vive en San Francisco, Vann nació y pasó su infancia en Alaska, lugar donde ha ambientado sus dos novelas publicadas hasta la fecha en nuestro país. En realidad, Sukkwan Island, editada a comienzos de este mismo año por la editorial Alfabia, formaba originalmente parte de un conjunto de relatos que en inglés se tituló Legend of a Suicide.

Caribou Island cuenta la historia de Irene y Gary, un matrimonio que lleva treinta años casado pero cuya relación se ha ido complicando hasta un punto que parece irreversible. Gary se empeña en construir una cabaña en la pequeña, salvaje e inhóspita isla que da título al libro y que se halla en medio de un frío lago de Alaska. Deseoso de revivir la experiencia de frontera de los antiguos pioneros, se embarca con su mujer en una aventura sin sentido que destapará todas sus frustraciones y desconfianzas mutuas.

Además de Gary e Irene, sus dos hijos -sobre todo Rhoda y en menor medida Mark-, tienen un importante papel en la novela. Rhoda, que aspira a no pasar apuros económicos, se ha prometido con Jim, un dentista que desde el primer momento planea serle infiel con mujeres más jóvenes. Mark se busca la vida en los trabajos de pesca y en el tiempo libre se coloca con la bebida y las drogas sin ninguna otra aspiración en la vida. Los otros personajes de la novela son una pareja joven que pasa unos días de vacaciones en un camping junto al lago. Monique es una chica caprichosa que aprovecha su atractivo para buscar experiencia excitantes cuyos gastos nunca corren de su cuenta. Carl es una víctima de sus devaneos que acaba finalmente abriendo sus llorosos ojos a la realidad.

El relato muestra unas relaciones en las que el egoísmo impera por encima de la sinceridad y los sentimientos. La novela destaca sobre todo por la penetración psicológica con que se retrata a los personajes. Con trazos profundos e intensos en el caso de Irene y Gary, y con pinceladas más breves pero suficientemente explícitas en los demás. A veces parece detenerse en exceso en la descripción de los trabajos de construcción en la cabaña en la isla, pero inmediatamente la acción avanza de nuevo, sobre todo en el plano psicológico. También Alaska y sus paisajes tienen una importante presencia en el relato.

Heredero de algunos de los mejores novelistas estadounidenses, David Vann logra crear en Caribou Island una fascinante historia que entreteje relaciones diversas. Algunas, atormentadas y complejas; otras, más frívolas e interesadas. En cualquier caso, siempre convincentes y literariamente brillantes.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 1 de diciembre de 2011

LA ELECCIÓN AL SENADO

En las pasadas elecciones deposité mi papeleta en la urna correspondiente al Congreso de los Diputados; me abstuve, sin embargo, de votar al Senado. Apenas he visto reflejados en los medios de comunicación en los días posteriores a los comicios los resultados electorales de la Cámara alta. ¿Tiene hoy el Senado alguna utilidad? En estos tiempos de ahorro necesario, ¿no sería una buena medida suprimir este gasto inútil o convertir esa Cámara en algo necesario y eficaz? ¿O es que hay que colocar a determinados políticos en una poltrona para premiarlos por los servicios anteriormente prestados? Por mi parte, no pienso volver a votar al Senado hasta que no vea de verdad que su existencia sirve para algo. No se me ocurre de momento, como ciudadano de a pie, otra forma de protestar que dejando de depositar mi voto en la urna correspondiente a dicha Cámara. Tal vez si fuéramos muchos los que lo hiciéramos así, se replantearía su actual existencia. O quizás ni nos enteraríamos del dato de esa abstención porque ningún medio de comunicación la recogería y le daría la difusión necesaria.

Carlos Bravo Suárez

Carta publicada hoy en el diario El País.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/eleccion/Senado/elpepuopi/20111201elpepiopi_12/Tes

miércoles, 30 de noviembre de 2011

TIERRA INALCANZABLE

Tierra inalcanzable. Czeslaw Milosz. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores. 435 páginas.

Czeslaw Milosz es uno de los grandes poetas europeos de los últimos tiempos. En su larga y azarosa vida escribió casi una veintena de libros de poesía además de varios ensayos y un par de novelas. En 1980 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura como reconocimiento a una larga trayectoria que todavía se iba a prolongar casi veinticinco años más a pleno rendimiento.

Milosz había nacido en 1911 en Lituania, en el seno de una familia de orígenes polacos. Aunque utilizó el inglés en otros géneros literarios, toda su extensa obra poética está escrita en la lengua polaca. Estuvo en Varsovia en los trágicos años de la Segunda Guerra Mundial, vivió los primeros tiempos de la Polonia comunista y no tardó en manifestar su disidencia política frente al estalinismo. Se exilió primero en París y después Berkeley, en los Estados Unidos, y en 1993 regresó a Polonia donde murió en 2004.

La poesía de Czeslaw Milosz apenas había sido traducida hasta ahora al castellano. En España solamente podía leerse una breve colección de poemas publicada por Tusquets en 1981. Por fin, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores ha reunido en una completa edición una amplia y representativa antología de la poesía del gran escritor polaco. Con el título de Tierra inalcanzable, tomado de uno de sus libros principales, se recoge una extensa selección de poemas ordenados cronológicamente desde su primer libro de 1933 hasta el último, ya póstumo, publicado en 2006.

La dilatada obra poética de Czeslaw Milosz es enormemente diversa y variada. Abarca desde largos poemas narrativos hasta poemas extremadamente breves de apenas un par de versos. Son también muchos los temas presentes en su poesía, aunque, simplificando en exceso, tal vez sean dos los contenidos más presentes en su obra: las hermosas descripciones de la naturaleza, sobre todo de los bosques y los ríos, y las profundas reflexiones de tipo filosófico y metafísico-religioso. Ya en alguno de sus primeros poemas el autor manifiesta la insuficiencia del lenguaje para su quehacer poético (“No hay lengua que baste para la belleza”). Se observa sin duda una clara tendencia hacia la simplicidad en los últimos años de su poesía. Sin embargo, la muerte de su mujer le lleva, en ese último periodo, a escribir una hermosa recreación del mito de Eurídice y Orfeo en un largo poema narrativo.

La traducción del polaco al español, sin duda complicada y difícil, la selección y el prólogo de la antología han corrido a cargo de Xavier Farré. Aunque con algunos mínimos detalles seguramente mejorables, la edición en español de la poesía de Czeslaw Milosz constituye un importante acontecimiento literario que nos permite conocer al menos en parte a una de las grandes voces de la poesía europea del último siglo.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 24 de noviembre de 2011

EL VALLE DE LAS SOMBRAS

El valle de las sombras. Jerónimo Tristante. Maeva. 2011. 380 páginas.

Jerónimo Tristante (1969) se ha convertido en uno de los mejores escritores españoles actuales en el género narrativo de intriga y misterio. Hace aproximadamente un año reseñamos en esta sección su anterior novela, El enigma de la calle Calabria, tercera de una serie protagonizada por el detective madrileño Víctor Ros. Desde sus inicios literarios en 2001, Tristante va alternando las aventuras de este sagaz investigador decimonónico con otras novelas en las que construye brillantes tramas de resolución de misterios en diversas épocas históricas que el escritor murciano recrea de manera precisa y documentada. “El valle de las sombras”, ambientada en el periodo de la construcción del Valle de los Caídos, es su última narración, donde se vuelven a mezclar con excelentes resultados la historia, la investigación, la intriga y el misterio.

El valle de las sombras narra la relación de amistad entre Juan Antonio Tornell y Roberto Alemán. Ambos se conocen en 1943 en el Valle de los Caídos, el faraónico mausoleo que el general Franco mandó construir en Cuelgamuros, en la sierra madrileña, no lejos de San Lorenzo del Escorial. Tornell, policía de éxito antes de la guerra, es un preso republicano que, tras sobrevivir a los peores campos de concentración del franquismo, ha sido enviado a trabajar a las obras del Valle de los Caídos. Alemán es un héroe de guerra del bando nacional que debe investigar una posible malversación de fondos en el poblado obrero de Cuelgamuros. Una serie de extraños asesinatos pone a los dos personajes, que viven situaciones personales totalmente antagónicas, en una misma línea de investigación.

Tristante recrea con bastante realismo y verosimilitud las condiciones de vida de los presos políticos que trabajaron en las obras del Valle de los Caídos. El valle de las sombras no es, sin embargo, un libro más sobre la Guerra Civil y los primeros años de postguerra. Sobre todo, porque trata de superar el frecuente maniqueísmo de este tipo de relatos y presenta sin los partidismos habituales las atrocidades que ambos bandos cometieron en la contienda. Además, pretende mostrar cómo buena parte de la población estuvo en uno u otro bando por puro azar o por motivos que no eran estrictamente políticos. La extraña y sorprendente amistad entre los dos protagonistas tiene un cierto valor simbólico de llamada a la reconciliación entre los dos bandos enfrentados.

No obstante, lo mejor de la novela es cómo logra, a través de varias tramas paralelas que despistan tanto a los investigadores como al propio lector, mantener la intriga y el suspense hasta el último momento.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 18 de noviembre de 2011

ALATRISTE EN ITALIA

El puente de los asesinos. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara. 384 páginas.

El puente de los asesinos es la séptima entrega de Las aventuras del capitán Alatriste. Su autor, Arturo Pérez-Reverte, tiene prevista la publicación de dos nuevos títulos antes de cerrar definitivamente la exitosa serie. Con ella ha demostrado que se puede escribir una novela de aventuras en español que no desmerece en absoluto ante los grandes clásicos del género. Además de entretener y divertir, el escritor cartaginense logra recrear con bastante verosimilitud un periodo crucial de nuestra historia, cuyo conocimiento todavía hoy nos permite entender mejor parte de nuestro presente y muchos de los defectos y virtudes de nuestra idiosincrasia nacional.

Tal vez El puente de los asesinos sea una de las mejores novelas de la serie Alatriste. Encontramos al bregado capitán cada vez más desencantado y escéptico, sabedor de que la muerte está al acecho y su final tal vez no muy lejano. Aunque a veces se revuelva con indolente ironía, no puede sino resignarse estoicamente a seguir en manos de quienes dirigen los rumbos del país y usan a sus subordinados como carne de cañón, sin arriesgar ellos nunca sus vidas y sus fortunas. En esta novela más que en ninguna otra dan ganas de gritar de Alatriste aquello que se escribe del Cid en su cantar: ¡Dios, qué buen vasallo si tuviera buen señor!

No abundan en nuestra historia los buenos gobernantes, y son frecuentes los nobles vasallos enviados directamente al matadero. Porque eso es lo que ocurre en esta magnífica novela de intrigas palaciegas y políticas cambiantes basadas más en la conveniencia que en la ética, la dignidad o el decoro. En este caso, es la defensa de los intereses españoles en Italia lo que en el año 1627 lleva a Alatriste a Nápoles, Roma, Milán y, sobre todo y finalmente, a la hermosa y traicionera Venecia, donde una arriesgada y difícil misión le deparará nuevos encontronazos y algún otoñal lance de amor entre góndolas, canales y oscuros y estrechos callejones.

Tal como debió de ocurrir en aquel tiempo, aunque escribirlo hoy pueda parecer reaccionario a algunos reinventores a su gusto de la historia, en la novela se destaca la plural procedencia geográfica de los hombres de Alatriste: un aragonés –el noble y rudo Sebastián Copons–, un catalán, un vasco, un moro, un portugués y un par de andaluces que luchan juntos en defensa de los mismos intereses. Junto a esos curtidos personajes que sostienen al país pese a la desvergüenza y la falsedad de quienes los gobiernan, volvemos a encontrarnos a viejos conocidos como Malatesta o Quevedo. Y por supuesto, al joven narrador Iñigo Balboa, quien, en un párrafo perdido en medio del relato, nos adelanta la futura muerte de su antiguo amo, cuyas aventuras aún podremos disfrutar sus seguidores al menos en dos nuevas novelas.

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA NADA Y LOS SIGNIFICADOS

Nada. Janne Teller. Seix Barral. 2011. 158 páginas. 

Nada es en principio una novela dirigida a lectores adolescentes. Su publicación en Dinamarca en el año 2000 suscitó una fuerte polémica y algunos consideraron que su lectura podía ser nociva para los jóvenes. En otros países, como Suecia o Alemania, también tuvo el libro detractores muy activos. Sin embargo, años después, tal vez como reacción a esas enconadas campañas en su contra, Nada se ha convertido en un considerable éxito literario que ha transcendido en buena medida los límites de la novela juvenil. 

Todos los personajes de Nada son jóvenes estudiantes de catorce o quince años. Janne Teller (1964), la escritora danesa autora del libro, explica en una nota final que intentó ponerse en la piel de los adolescentes de esa edad al escribir la novela. El punto de arranque de ésta es una frase del joven estudiante Pierre Anthon que ha decidido renunciar a cualquier actividad y ver pasar la vida desde lo alto de un ciruelo: “Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”. 

Los compañeros del joven nihilista pretenden demostrarle que la vida sí tiene sentido. Para ello deciden reunir un montón de significados en una nave abandonada a las afueras de la pequeña ciudad danesa donde transcurre el relato. Cada joven elige de manera encadenada lo que otro compañero debe aportar a esa especie de altar de los sacrificios personales. Las peticiones de lo que cada uno ha de desprenderse comienzan siendo inocentes, pero las solicitudes pasan a ser cada vez más dolorosas y truculentas. Se pone así de manifiesto el aspecto más cruel y despiadado de esos adolescentes en su relación entre ellos mismos. La novela va tomando de ese modo un tono cada vez más sombrío, inquietante y macabro. 

El relato de Janne Teller tiene más fuerza como metáfora con pretensiones filosóficas que como obra literaria de fuste. Aunque pueden observarse indudables coincidencias en el tratamiento de la infancia y de la adolescencia con algunos clásicos del género como El señor de las moscas, su calidad literaria es notablemente inferior a la de la novela de William Golding. No obstante, Nada tiene muchos elementos de interés y es probable que por su temática y por su estilo fácil y fluido su lectura sea del agrado de muchos lectores, sobre todo de los jóvenes a quienes va principalmente dirigida. 

Carlos Bravo Suárez

martes, 8 de noviembre de 2011

LA ACABADORA

La acabadora. Michela Murgia. Salamandra. 2011. 190 páginas.

Cada cultura y cada momento de la historia tienen una determinada relación con la muerte. En la isla italiana de Cerdeña, la muy presente religión católica no logró al parecer terminar con algunas prácticas seculares que permitían hasta hace muy poco aliviar el dolor del último tránsito a los moribundos. Era en cierto modo un acto de compasión cuando no había más alternativa que el sufrimiento prolongado e irreversible del enfermo.

El título de la primera novela de la escritora sarda Michela Murgia hace referencia a Bonaria Urrai, una modista que cuando se lo piden y ella lo cree necesario reconforta a algunos enfermos del pequeño pueblo de Soreni con una intervención que hoy denominaríamos eutanasia o muerte dulce. La acabadora es una magnífica novela que ha tenido un enorme éxito en Italia, donde ha ganado algunos de los más prestigiosos premios literarios del país. Además de una brillante reflexión sobre la muerte y el sufrimiento de los seres humanos, el libro narra la relación entre la citada Bonaria Urrai, una mujer que se ha quedado sola en la vida, y la joven María Listru, adoptada por Bonaria con el consentimiento de su humilde familia. Esta forma de adopción se da -o se daba- al parecer con cierta frecuencia en Cerdeña y la criatura adoptada era conocida como “fill’e e anima” o “hija del alma”.

La novela, que está espléndidamente escrita y construida, permite conocer también algunos aspectos de la sociedad rural sarda. En la cultura y las costumbres de la isla perviven supersticiones ancestrales y violentas disputas entre campesinos. En un lenguaje realista, que por momentos recuerda a algunos escritores clásicos italianos como Giovanni Verga, vivimos una historia de amor, salpicada de algunos rechazos, entre dos magníficos personajes femeninos.

El tema de la muerte es abordado de manera directa y sin rodeos, con realismo y crudeza. La labor de la acabadora puede entenderse como una forma de compasión y en cierta medida como un servicio a la comunidad que la requiere y la acepta tácitamente. Un tema tan de actualidad como la eutanasia aparece aquí tratado en el seno de un pequeño pueblo sardo que vive entre la tradición y los primeros atisbos de modernidad, pero en un momento en que los enfermos todavía morían en su casa al cuidado de sus familiares, en el propio pueblo, lejos de hospitales y tratamientos médicos modernos. Y si las comadronas ayudaban a nacer a los niños, es la acabadora quien ayuda a morir a los habitantes de esa pequeña comunidad rural que tan bien describe Michela Murgia en esta su primera y magnífica novela.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL CASTILLO DE MUÑONES


Según la documentación medieval, el castillo de Muñones fue una de las fortalezas más importantes situadas al norte de la Barbitaniya, el distrito musulmán de la marca superior de al-Ándalus cuya capital era Barbastro. Con diferentes denominaciones que suponemos coincidentes, el castillo aparece citado en algunas fuentes árabes de los siglos VIII al X y en la documentación latina de finales del XI y los comienzos del XII. A partir del año 1132, las referencias escritas a la fortaleza, que geográficamente situaríamos hoy en la zona meridional de la actual comarca de la Ribagorza, desaparecen por completo.

Por algunos documentos cristianos bastante fiables, sabemos que la conquista del Castro Muñones a los musulmanes se produjo probablemente en el año 1081 y que su toma, junto a la de otros castillos próximos, resultó determinante para la conquista definitiva de Graus en el año 1083. El rey aragonés Sancho Ramírez no quiso caer en lo que consideraba un error de precipitación de su padre, Ramiro I, que encontró la muerte en su intento de tomar Graus en 1063. Por ello, recurrió a la estrategia de someter a un cerco asfixiante a la plaza grausina, conquistando antes los diferentes castillos que la circundaban y cerrando así los caminos que pudieran traer refuerzos desde el sur hasta la capital ribagorzana como le había ocurrido, unos años antes y para su desgracia, a su progenitor. En esa táctica resultaba fundamental la conquista de las fortalezas de Muñones, Lumbierre y Castro, que controlaban el acceso a Graus desde las importantes plazas árabes más meridionales. De los citados documentos se desprende que el monarca aragonés recurrió incluso a la compra de traidores, cuyos nombres se citan y a los que luego se recompensó por su favor, para acelerar la caída de estos estratégicos enclaves.

Si no hay ninguna duda de la ubicación de los antiguos castillos de Lumbierre -lugar al que dediqué hace unos años un artículo en estas mismas páginas- y Castro, uno a cada lado de la actual presa del embalse de Barasona a la entrada norte del congosto de Olvena, no ha estado nunca muy claro dónde se encontraba la importante fortaleza de Muñones. En el siglo XVI, el historiador zaragozano Jerónimo Zurita escribió escuetamente que se hallaba “cerca de Secastilla”. El doctor Cardús, en un artículo publicado en 1955 en “El Cruzado aragonés”, la sitúa en la partida denominada El Castiello, a algo más de tres kilómetros de dicha población ribagorzana. Desde entonces, tradicionalmente, se ha creído que el castro de Muñones se encontraba en ese lugar. Así lo consideró también Concepción Giménez Batarech, en su trabajo “El castillo de Muñones” publicado en 1988 en la revista “Argensola”, y algunos otros historiadores y estudiosos.

Los restos del castillo de Secastilla situados en la partida denominada El Castiello son bastante escasos. Se encuentran en un cerro rocoso visible desde Secastilla y a una hora de camino desde esta localidad. Se llega andando por el PR-HU77 que va de Secastilla a Puy de Cinca, siguiendo primero el cauce seco del río Sosa y subiendo después por su margen derecha. Tras una empinada subida, y cuando el camino comienza a llanear, podemos ver a la izquierda del sendero el citado cerro rocoso y los escasos restos del viejo castillo. En lo alto del roquedo queda en pie un lienzo de sillares de conglomerado perteneciente a la fortaleza. Un poco más abajo, hacia la base del cerro y entre la vegetación, pueden verse algunos otros restos de muros. Según los entendidos que han escrito sobre él, se trataría de un castillo árabe, probablemente del siglo X o principios del XI. Siguiendo por el mismo PR-HU77, unos doscientos metros más hacia delante y muy cerca del camino pero ahora a su derecha, se encuentran las ruinas de la ermita de San Valero. De estilo románico, conserva parte de sus gruesos muros con su ábside orientado al este. Una magnífica descripción de los restos del castillo y de la ermita puede encontrarse en la página web de Juan José Omedes (romanicoaragones.com), con texto y fotografías de Francisco Martí, cuyas precisas indicaciones que desde aquí agradezco me permitieron encontrar el enclave sin demasiada dificultad.

Según cuenta José Miguel Pesqué Lecina en su libro “Secastilla. Recuerdos y vivencias”, editado por la Diputación de Huesca en 2009, en la partida de El Castiello estuvo antiguamente el originario pueblo de Secastilla, cuyo topónimo habría sido antes Socastiello, derivado del latín “sub castellum”, es decir, “debajo del castillo”. Pesqué rechaza la etimología popular que vincula el topónimo Secastilla con “septa castella” (“siete castillos”) y descarta que la fortaleza de la partida de El Castiello se corresponda con el castillo de Muñones. Tampoco cree que éste se encontrara en el cerro del Calvario de La Puebla de Castro, al que enseguida nos vamos a referir, y estima que el enclave defensivo de Muñones sería muy probablemente, por su situación estratégica, el llamado castillo de Castro, ligeramente más al sur, en el término municipal de esa misma población ribagorzana, en el lugar donde se halla perfectamente conservada la magnífica ermita románica de San Román.

Como se sabe, en la ladera meridional del cerro del Calvario de La Puebla de Castro se encuentran los restos de la antigua ciudad romana de Labitolosa. En las excavaciones que desde 1991 se realizan cada verano en la zona, se descubrieron hace unos años, en lo alto del citado cerro, en su parte más occidental, las ruinas de una antigua torre musulmana. Las sucesivas excavaciones posteriores han ido confirmando la existencia en el lugar de una importante fortaleza árabe del periodo medieval. Ángeles Magallón Botaya, que dirige los trabajos arqueológicos en Labitolosa, y José Ángel Asensio Esteban publicaron, en el número especial de San Lorenzo de este diario del año 2007, un artículo titulado “La fortaleza hispano-musulmana de La Puebla de Castro” en el que consideraban que dicho conjunto fortificado se correspondía con el castro Muñones de la documentación medieval. Los mismos profesores, junto a Fernando López Gracia, profundizaron en esa misma tesis en un completo trabajo publicado en el nº 20 de la revista “Aragón en la Edad Media” que llevaba el explícito título de “La fortaleza andalusí del Cerro Calvario (La Puebla de Castro, Huesca). Propuesta de identificación de la misma con Castro Muñones”. J. A. Asensio y M. A. Magallón acaban de publicar, ahondando en el mismo tema, el libro “La fortaleza medieval del cerro Calvario, en La Puebla de Castro: un hisno en el extremo norte de la Marca Superior de al-Andalus” (Colección Perfil de Las Guías de Patrimonio Aragonés, nº 3).

El término “Muñones” puede tener el significado de “muñón o protuberancia”, que en este caso estaría referida a una elevación de terreno, acorde con su ubicación en lo alto de un cerro. Sin embargo, el nombre también podría vincularse con el antropónimo romano Munio, y de esta manera establecerse una posible conexión con alguno de los personajes importantes documentados en la ciudad romana de Labitolosa.

Por las dimensiones y características que van tomando los restos hallados en el cerro del Calvario de La Puebla de Castro, parece que podría tratarse de un “hisn” musulmán, es decir, una fortaleza central y más importante de la que dependerían otras menores de segundo orden. El conjunto fortificado musulmán habría mantenido su importancia durante un tiempo tras su conquista cristiana para caer después en el abandono y el olvido, como siglos antes le había ocurrido a la vecina Labitolosa.

Los descubrimientos arqueológicos recientes y los estudios citados de Asensio y Magallón parecen confirmar definitivamente la hipótesis de que fuera en el cerro del Calvario de La Puebla de Castro donde se encontrara el antiguo castillo de Muñones, una importante fortaleza andalusí de la zona norte de la Barbitaniya cuya toma a finales del siglo XI supuso un fuerte impulso para la expansión territorial de los cristianos aragoneses.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón.

Imágenes: Cerro del calvario con los restos del castillo de Muñones - dos fotos; en la segunda, los restos del castillo en lo alto a la izquierda y los de Labitolosa a la derecha-, cerro donde se encuentran los restos del castillo de Secastilla, lienzo del castillo de Secastilla y restos de la ermita de San Valero -dos últimas fotos-.

jueves, 3 de noviembre de 2011

EL CASO EZRA POUND

El espía. Justo Navarro. Anagrama. 2011. 215 páginas.

Ezra Pound (1885-1972) es uno de los principales poetas del siglo XX. Pionero en el uso del verso libre en composiciones largas, su poesía conceptual y fragmentaria tiene gran modernidad y vigencia. Sin embargo, la personalidad del escritor estadounidense resulta contradictoria, incómoda y, sin duda, moralmente reprochable. Pound fue desde los años treinta hasta el final de la Segunda Guerra Mundial un vehemente defensor del fascismo y, como ocurrió con Louis-Ferdinand Céline, un recalcitrante y peligroso antisemita en una época en que la persecución a los judíos alcanzó espantosas dimensiones de holocausto.

Sobre Ezra Pound trata la última y espléndida novela del escritor granadino Justo Navarro. Lo que en un primer momento puede parecer una visión novelada de una parte de la vida del poeta norteamericano gira luego hacia la hipótesis, lo que pudo ser sin que pueda afirmarse por completo que fue así . El relato se centra en el periodo de la Segunda Guerra Mundial, cuando Pound vivía en Italia y desde la radio fascista lanzaba soflamas antisemitas en inglés en programas dirigidos a las poblaciones de Inglaterra y Estados Unidos. Su oratoria desordenada y a veces incomprensible llegó a hacer sospechar a los propios seguidores de Mussolini la posibilidad de que el autor estadounidense fuera un agente doble y lanzara en realidad mensajes cifrados al enemigo.

¿Pudo ser esto verdad? Nada permite afirmarlo pero, a diferencia de su maestro, el locutor fascista inglés conocido como Lord Haw-Haw, que fue ejecutado tras ser detenido, Pound estuvo unas semanas encerrado en una jaula en Pisa, luego internado en un centro de prisioneros y, ya trasladado a Estados Unidos, liberado al considerar los jueces que no estaba en sus cabales. Sorprende asimismo que el agente de la CIA James Angleton, encargado de su detención y posterior interrogatorio, hubiera sido también poeta y gran admirador del propio Pound. Además, el autor de los “Cantos pisanos” recibió pocos años después un importante galardón literario en su país, que lo había juzgado poco antes como un traidor a su patria.

Sobre esa hipótesis y sobre la realidad bien documentada de la propia biografía de Pound, construye Justo Navarro “El espía”. En ella se introduce al final del relato el propio autor con sus iniciales J. N. Se sirve para ello de un hecho real que fue el detonante de la novela. En el año 2009 Justo Navarro residió en Pisa prácticamente durante los mismos meses que en 1945 estuvo Ezra Pound encarcelado en esa ciudad.

Una novela magníficamente estructurada, que atrapa al lector de principio a fin y que consolida a Justo Navarro como uno de los mejores escritores españoles actuales.

Carlos Bravo Suárez

lunes, 31 de octubre de 2011

LA BICICLETA ESTÁTICA

La bicicleta estática. Sergi Pàmies. Anagrama. 2011 128 páginas.

Novelista, autor de relatos, articulista, colaborador televisivo, Sergi Pàmies (1960) es uno de los escritores catalanes actuales más populares y conocidos. Sus libros, esperados y con frecuencia premiados en Cataluña, se editan simultáneamente en catalán y en castellano y es el propio autor el encargado de traducirlos de uno a otro idioma. Tras el éxito de su anterior libro de relatos Si te comes un limón sin hacer muecas, Pàmies ha publicado este año La bicicleta estática, una sugerente colección de diecinueve relatos breves que lo confirman como un consumado maestro de las historias cortas.

Tal vez el tema más presente en La bicicleta estática sea, en relación directa con la edad del escritor, el de la madurez de los cincuenta, con sus achaques de salud, el cuidado de los hijos, la vejez y muerte de los padres, el desamor, las separaciones, la custodia de los hijos o la pérdida de las ilusiones. Pàmies utiliza con brillantez y agudeza una ironía marca de la casa y mezcla según convenga las dosis de realidad y fantasía en sus relatos.

Son varios los cuentos del libro en que el autor introduce algunos aspectos autobiográficos identificables por el lector que conoce su biografía. El escritor catalán es hijo del conocido político comunista Gregorio López Raimundo y de la escritora Teresa Pàmies. En el magnífico relato Cuatro noches, explica que sus padres lo engendraron en París después de ver en un cine de las capital francesa la película Le notti di Cabiria de Federico Fellini. En El mapa de la curiosidad, Pàmies recuerda sus años de infancia en el barrio periférico parisino donde sus padres vivían exiliados. Sobre la muerte del padre, fallecido en 2007, trata Las canciones que le gustaban a Lenin y, sobre todo, Cien por cien seda natural.

Hay una fina ironía mezclada con amargura y desencanto en Benzodiazepin, donde el narrador queda consigo mismo a través de Internet; en Supervivencia, o la búsqueda de sí mismo llevada al extremo; y en Ataraxia, estado que se consigue tras una operación quirúrgica que extirpa del ser humano la nostalgia y la esperanza. Las difíciles relaciones de pareja están presentes en La mujer de mi vida, Acostarse temprano, Lo que no hemos comido, Tres maneras de no decir te quiero o Deberías haber insistido. La metaliteratura aparece en Papiroflexia, donde el narrador confiesa su incapacidad, pese a sus reiterados intentos, para leer El Pricipito, y en Unplugged donde se identifican la concepción de un cuento y la de un hijo. Fantasía pura encontramos en Un año de perro equivale a siete años de persona o en Voluntarios.

La bicicleta estática constituye un conjunto de relatos breves que se leen con placer y que en muchos momentos provocan no poca diversión en el lector.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 27 de octubre de 2011

HABLADLES DE ELEFANTES...

Habladles de batallas, de reyes y elefantes. Mathias Enard. Mondadori. (2011). 182 páginas.

Mathias Enard (1972), hasta hace poco profesor de lengua árabe en la Universidad Autónoma de Barcelona, políglota y gran conocedor de Oriente Próximo, ha conseguido un importante éxito de crítica y lectores, tanto en su Francia natal como en otros países europeos, con su quinta novela titulada Habladles de batallas, de reyes y elefantes, ganadora del prestigioso premio Goncourt des Lycéens en el país vecino.

Habladles de batallas, de reyes y elefantes, que toma su título de una cita de Kipling, es una novela que puede situarse entre la ficción histórica y la narración poética. Mathias Enard rellena con su invención narrativa un episodio desconocido de la vida de Michelangelo Buonarroti, el gran artista del Renacimiento italiano que en España conocemos como Miguel Ángel. A partir del escueto dato biográfico de la estancia del creador florentino en Constantinopla, invitado por el gran sultán turco Beyazid para construir un puente sobre el Bósforo, el escritor francés crea una historia de contraste de culturas -siempre Oriente y Occidente- y de reflexiones poéticas sobre la creación artística y las difíciles relaciones del artista con el mundo circundante. Miguel Ángel vivirá en la populosa y mestiza Constantinopla de principios del siglo XVI una historia de incertidumbres creadoras, dependencias incómodas del poder y pasiones ambiguas con un final precipitado y abrupto. Despechado por un ingrato y mal pagador papa Julio II, el arquitecto, pintor y escultor toscano, al que se presenta como muy poco dado a la higiene personal, acepta la invitación del gran sultán turco que había rechazado antes un proyecto de su gran competidor Leonardo da Vinci.

En la última página del libro, Enard indica brevemente lo que de verdad histórica hay en su novela. Cita en esas líneas a su compatriota Pierre Michon, quien en su última novela Los once, reseñada aquí hace unos meses, lleva a cabo, en este caso en los días del Terror de la Revolución Francesa, un ejercicio de invención histórica a partir de algunos personajes y datos reales. Sin embargo, Michon y Enard tienen estilos bien distintos: frente a la frase larga del primero, el segundo usa un periodo breve, con abundancia de elipsis, concisión y síntesis. Además, en Habladles de batallas, de reyes y elefantes encontramos una hermosa prosa poética llena de sentimiento, lirismo y ambigüedad.

Como se dice en la parte intermedia del relato, los hombres son como niños a los que hay que hablarles de batallas, de reyes, de elefantes y de seres maravillosos, y también del amor como promesa de olvido y saciedad. Pero, en el fondo, “todo eso no es más que un velo perfumado que esconde el eterno dolor de la noche”.

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 19 de octubre de 2011

ARTE, DINERO Y SOLEDAD

El mapa y el territorio. Michel Houellebecq. Anagrama. 380 páginas.

Aunque su obra parece ir siempre acompañada de polémica, Michel Houellebecq (1958) es sin duda en una de las grandes revelaciones de la literatura francesa de los últimos años. Sus tres novelas anteriores -Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma- han tenido una excelente acogida entre los lectores y la crítica del país vecino. Con El mapa y el territorio, su último libro, Houellebecq obtuvo el pasado año el prestigioso Premio Goncourt y se ha consolidado como una referencia ineludible dentro del panorama literario europeo actual.

El mapa y el territorio cuenta la historia de Jed Martin, un fotógrafo y pintor francés que logra la fama y el éxito económico con su obra artística, entre la que destacan una serie de fotografías para los mapas de carreteras Michelín y una colección de retratos de personas importantes en diferentes profesiones. Uno de sus cuadros más famosos es Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática. El mundo del arte se presenta en el libro como muy estrechamente ligado al de las finanzas, y los ricos pagan verdaderas fortunas por conseguir sus retratos. Hay también mucha ironía y cierta mala uva a la hora de tratar a los críticos de arte, en especial al del influyente diario Le Monde.

Houellebeck recurre también a la denominada autoficción y se convierte en un importante personaje de su novela. El propio Jed Martin pintará su retrato. En su tercera parte, la narración adopta un cierto tono de novela negra y el policía Jasselin adquiere un notable protagonismo como encargado de esclarecer un extraño y oscuro asesinato.

Las referencias al sexo son frecuentes y directas, sin tapujos ni eufemismos, incluso con algunos detalles que podrían considerarse de mal gusto. Houellebeck intenta diseccionar la sociedad moderna postindustrial describiendo sobre todo el mundo de los ricos y, en especial, de la burguesía parisina. Un mundo en el que predomina el afán por el negocio y el dinero, algo que encontramos hasta en la aplicación de la eutanasia en una clínica suiza a la que acude el padre del protagonista. Al final del libro, su personaje principal se proyecta hacía el futuro inmediato. El autor parece pretender así ejercer de visionario de los tiempos venideros. Por momentos, aunque siempre dentro de la ficción narrativa, el libro adopta un tono y un enfoque casi ensayísticos, en una sugerente y productiva mezcla de géneros literarios.

Finalmente, los principales personajes de la novela acaban en la más absoluta soledad. Tal vez el tratamiento que Jed Martin, reencontrado en cierto modo consigo mismo y con la naturaleza, da a sus últimas fotografías sea la respuesta a un mundo que parece caminar hacia una progresiva e imparable descomposición moral y ética.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 14 de octubre de 2011

UN VIAJE AL ÁRTICO

En mares salvajes. Javier Reverte. Plaza y Janés. 448 páginas.

Los libros de viajes de Javier Reverte están entre mis devociones literarias. Tras su magnífico El río de la vida, en que narraba su viaje por Alaska y Canadá siguiendo el curso del río Yukon y las huellas de la fiebre del oro y de la literatura de Jack London, el escritor madrileño ha publicado recientemente En mares salvajes, donde describe su periplo por el océano Ártico y las tierras más septentrionales del Canadá.

El progresivo calentamiento del planeta ha permitido desde el año 2007 la navegación por el océano Ártico durante el corto verano boreal. A causa del cambio climático, el legendario Paso del Noroeste que une el océano Atlántico con el Pacífico puede ahora ser atravesado surcando los diversos canales marítimos del norte canadiense. En el año 2008, Javier Reverte consiguió billete en el Akademik Ioffe, un barco ruso, alquilado por una compañía turística australiana, que iba a ser el segundo crucero en la historia que navegaba, con cerca de un centenar de pasajeros, desde el Atlántico hasta el Pacífico por los fríos y salvajes, aunque cada vez menos helados, mares del Ártico.

Como siempre, Javier Reverte narra su viaje con destreza y amenidad, no pocas dosis de ironía y unas precisas descripciones de los lugares que visita y de las gentes que conoce en su recorrido. Además, con su habitual tono exquisitamente didáctico y pedagógico, ilustra al lector sobre diversos aspectos geográficos e históricos relacionados con el itinerario de su viaje por el Gran Norte canadiense. En este caso no hay una referencia literaria que seguir y el principal contenido de las informaciones, muchas y completas, versa sobre la larga y trágica epopeya del descubrimiento de esas ignotas tierras septentrionales y los sucesivos intentos por encontrar un paso hacia el noroeste que abriera una ruta marítima más corta entre Occidente y Oriente. Conocemos las historias y peripecias de numerosos navegantes que ya desde el siglo XVI intentaron surcar esas heladas aguas nórdicas. Muchos de esos aventureros han quedado para siempre en los mapas de la zona, dando nombre a islas, estrechos, penínsulas, bahías o poblaciones costeras. Algunos, como John Franklin, representan las numerosas tragedias que acaecieron en esos remotos lugares hasta que el noruego Roald Amundsen, a principios del siglo XX, logró completar el recorrido del mítico Paso del Noroeste.

Javier Reverte escribe como un viajero que aúna sencillez y cultura, totalmente alejado de la insoportable pedantería de muchos de los turistas de hoy, nuevos ricos de dudoso gusto estético y muy escasa sensibilidad.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 9 de octubre de 2011

UNA GRAN PÉRDIDA

Durante años he leído casi todos los jueves las magníficas reseñas literarias de Félix Romeo en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón. A veces también leía su artículo dominical en ese mismo periódico. Su novela Amarillo, en la que narra el suicidio de su amigo Chusé Izuel en una Barcelona que yo conocí directamente, me impresionó sobremanera. Uno, que ama la lectura sobre todas las cosas y modestamente escribe reseñas sobre los libros que lee, tenía a Félix Romeo como una referencia en la crítica literaria, un maestro indiscutible por su saber y su cultura. Sólo puedo decir que echaré de menos sus artículos semanales y los libros que habría escrito en el futuro. Y que la muerte prematura e injusta de Félix Romeo supone una gran pérdida para el mundo de la cultura en general y de las letras aragonesas en particular.

(Publicado en Diario del Alto Aragón y Heraldo de Aragón)

LA ERMITA DE SAN ESTEBAN DE ESTAÑA


Estaña es una pequeña localidad de la Ribagorza oriental perteneciente al municipio de Benabarre, lugar del que dista unos quince kilómetros. Se accede por la carretera N-230 que lleva de Benabarre a Lérida. Poco después de pasar Purroy de la Solana, es necesario tomar un desvío a la izquierda en dirección a Estopiñán del Castillo. Antes de llegar a este pueblo hay que girar de nuevo a la izquierda para seguir por una estrecha carretera que, a los pocos minutos, termina en el propio Estaña y continúa, como pista de tierra transitable para vehículos, hasta el despoblado Caserras del Castillo.

Lo más destacado del lugar son las sorprendentes y hermosas lagunas que le dan nombre. Estaña viene del latín “stagna”, plural de “stagnum”, que significa “lago”. De este vocablo, y con el mismo significado, procede el término catalán “estany”. Las lagunas de Estaña constituyen un espacio natural de gran interés y una especie de oasis en un terreno que presenta en general bastante sequedad.

Desde el punto de vista arquitectónico, lo más interesante de esta pequeña localidad ribagorzana es su ermita de San Esteban. Esta construcción religiosa de estilo románico se encuentra situada a las afueras del pueblo, a una media hora de camino, en lo alto de un cerro bastante vestido de vegetación, a la derecha de la llamada laguna grande y más cerca aún de la laguna pequeña que, al menos en mi última visita al lugar, carecía por completo de agua.

Para llegar a la ermita hay que tomar una pista en dirección sudeste a la derecha del PR-HU45 que conduce a Caserras, justo a la entrada de Estaña. Lo más rápido es seguir a los pocos metros por otra pista también a la derecha que lleva a un almacén agrícola y que se encuentra cerrada por una cadena para los vehículos. Si seguimos por la pista de la izquierda, dejaremos la ermita en un pequeño cerro, siempre a nuestra derecha, al que tendremos que ascender campo a través. En cualquier caso, el último tramo del camino hay que hacerlo obligatoriamente de esta improvisada manera y no resulta demasiado cómodo y fácil para quien no conozca la zona y visite por primera vez el lugar.

La ermita de San Esteban se encuentra en el lado sur de un lugar documentado históricamente como Cabestany, donde hubo un castillo medieval, del que quedan algunos restos, y probablemente una pequeña población fortificada desaparecida en fecha indeterminada. Algunos creen que incluso antes pudo haber allí un poblado ibérico, un antiguo “oppidum”, es decir, un lugar elevado cuyas defensas naturales fueron reforzadas por la intervención del hombre y que servía para dominar las lagunas y las tierras de cultivo y como refugio fortificado con algunas partes habitables.

El topónimo Cabestany aparece documentado con la forma latina Caput Stagnum, que vendría a significar literalmente “cabeza del lago” o también, de manera geográficamente descriptiva, “en lo alto del lago” o “al cabo o al final del lago”. El castillo medieval de Estaña sería en realidad el de Cabestany, conquistado a los musulmanes a mediados del siglo XI por Arnau Mir de Tost, vizconde de Àger y señor feudal vasallo del conde de Urgel. Cabestany aparece documentado en varias ocasiones durante la segunda mitad del siglo XI y el siglo XII, y las referencias escritas al lugar llegan hasta el siglo XV. En una zona de importantes castillos bajo los que crecieron poblaciones como Caserras del Castillo o Estopiñán del Castillo, la fortaleza de Cabestany sería quizás de segundo orden en el aspecto defensivo, pero cobraría mayor importancia por custodiar las valiosas lagunas próximas.

Los restos del castillo, algunos muros adaptados el terreno y poco visibles por el exceso de vegetación, se encuentran en lo alto del cerro, al norte de la ermita, en una pequeña planicie. Unos metros al sur o suroeste de la ermita hay unas curiosas formaciones rocosas, cuyas paredes -alguna incluso con algún agujero en forma de ventana- parecen casi cerrar un pequeño recinto que posiblemente fuera utilizado como antiguo refugio casi del todo natural. Es probable que en esa zona se encontrara el citado poblado medieval tal vez de origen más antiguo.

Entre los restos del castillo y el posible poblado, se levanta, perfectamente conservada, la actual ermita de San Esteban. Se trata de un edificio de planta rectangular algo irregular que se acerca a la forma casi cuadrada. Tiene bóveda de cañón y ábside preceptivamente orientado al este, con un arco presbiteral ligeramente apuntado. Las paredes son de sillares bien alineados, aunque más pequeños e irregulares en las hileras superiores de la pared norte. Da la sensación de que este muro sería algo elevado sobre el original, probablemente en una reforma que convertiría el antiguo tejado a dos aguas en el actual a cuatro vertientes con tejas redondeadas. La puerta de la ermita se abre en la pared de poniente y es de arco de medio punto ligeramente apuntado. La construcción sólo tiene dos ventanas: una en el centro del ábside y otra en el muro meridional. El interior, que puede verse desde la reja de hierro de la puerta de entrada, está encalado y luce algunas policromías recientes.

Los entendidos fechan la construcción de esta ermita entre la segunda mitad del siglo XI y los primeros años del XII. Aparece históricamente documentada en el año 1091. Fue durante siglos una dependencia exenta de la abadía de Sant Pere de Àger, en la provincia de Lérida. Una de las posibles causas de la conservación de la ermita es la fidelidad con la que los vecinos de Estaña, aún hasta la fecha, acuden a ella el día de su patrón, el 26 de diciembre, en pleno periodo invernal.

La visita a Estaña merece la pena no sólo por la ermita de San Esteban, sino también por sus magníficas lagunas de origen kárstico. En el término de Estaña se encuentra además la conocida como ermita de Terrers, de orígenes románicos pero muy reformada posteriormente. Se sitúa al noroeste del pueblo, en dirección a la localidad de Pilzán. El PR-HU45 une Estaña con Caserras del Castillo y pasa junto a las citadas lagunas. Desde Caserras, por el PR-HU202, podemos acercarnos a la ermita románica de Santa Sofía, situada junto al camino que lleva a Antenza, a la que tal vez dedique un artículo en próximas fechas en estas mismas páginas.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

Imágenes: ermita de San Esteban, probable muro próximo a la ermita, abrigos rocosos, laguna y pueblo de Estaña.