domingo, 30 de noviembre de 2008

"PAPUR", EL UNIVERSO LITERARIO DE FERRER LERÍN

“Papur” es un libro sorprendente, distinto, heterodoxo, extrañamente bello. De género literario inclasificable, misceláneo, original, a ratos inquietante, a ratos divertido, fascinante en todo caso. Su autor es Francisco Ferrer Lerín, escritor barcelonés residente en Jaca, y ha sido publicado hace unos meses por la nueva editorial aragonesa Eclipsados, en una bonita y cuidada edición.

Prácticamente, descubrí a Ferrer Lerín (Barcelona, 1944) con su novela “Níquel” (Mira Editores, Zaragoza, 2005), sobre la que escribí en el “Diario del Alto Aragón” poco después de que fuera publicado. Luego he leído otras obras suyas y he conocido su importancia en el mundo literario desde los ya lejanos tiempos de los novísimos de Pere Gimferrer, Félix de Azúa, Leopoldo María Panero y compañía. Aunque no figurara en la famosa antología de José María Castellet, Ferrer Lerín fue considerado por algunos como el décimo novísimo. El escritor tiene fama de ser un verdadero personaje, singular y polifacético, siempre alejado de lo común y lo convencional. Enrique Vila-Matas o Félix de Azúa le han dedicado algunas páginas en algunos de sus libros más conocidos. Pablo Amatller, protagonista de “Níquel”, era un trasunto literario bastante fiel, al parecer, a la realidad biográfica del autor de la novela. En uno de los textos que aparecen al final de “Papur”, el personaje denominado Gran Lerín, en el juego literario padre de otro personaje llamado Lerín a secas, es presentado, en una rápida definición, como un “escritor maldito, ornitólogo especializado en grandes aves necrófagas y jugador de póquer”. Sobre los datos biográficos del escritor afincado en Jaca desde hace años, ya escribí en el mencionado artículo que en su momento dediqué a “Níquel”. Recomiendo a quien desee conocer más cosas sobre él una visita a su completo e interesante blog (http://ferrerlerin.blogspot.com/).

Desde la aparición de “Níquel” a finales de 2005, Ferrer Lerín ha publicado una recopilación de su obra poética en “Ciudad propia. Poesía autorizada” (Santa Cruz de Tenerife, Artemisa, 2006) y “El bestiario de Ferrer Lerín” (Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2007). En “Ciudad propia” se reúnen sus tres poemarios anteriores -“De las condiciones humanas (1964), “La hora oval” (1971) y “Cónsul” (1987)- y se añaden casi una treintena de poemas inéditos. En la personal poesía del escritor barcelonés se combina el uso del verso y de la prosa. “El bestiario de Ferrer Lerín”, exquisitamente editado en formato pequeño con tapa dura de color rojo y dibujo en negro, tiene su origen en una proyectada tesis doctoral del autor sobre los ornitónimos, o términos referidos a los pájaros, que aparecen en el Diccionario de Autoridades. Brillantes, certeros y diferentes son los artículos que hasta no hace mucho ha venido publicando en la edición oscense de “Heraldo de Aragón” y que hoy algunos ya comenzamos a añorar. A su condición de poeta, narrador y articulista hay que sumar la menos conocida de traductor de obras de escritores como Eugenio Montale, Tristan Tzara, Saint-Jhon Perse, Jacques Monod, Paul Claudel o Gustave Flaubert.

El motivo de estas líneas es la reciente aparición de “Papur”, el último libro de Ferrer Lerín, sobre el que escribo como un modesto lector que ha disfrutado con su lectura. Del libro destaca en primer lugar, como se ha dicho, su cuidada edición, elegante en cierto modo, estéticamente atractiva y de precio asequible, cuestión no menor en estos tiempos de crisis. Sus últimas páginas, aproximadamente la tercera parte del libro, están escritas sobre un color gris que contrasta con el blanco habitual del resto de la obra. Si en “Níquel” se observaban algunos ligeros descuidos formales y sintácticos, debidos tal vez a una edición no demasiado esmerada, no puede decirse lo mismo de “Papur”. Todo lo contrario: el libro está escrito de manera impecable, con un perfecto equilibrio entre unos contenidos sugerentes y heterogéneos y unas logradas formas estilísticas, casi siempre concisas, contenidas y elegantes.

El libro se divide por este orden en los siguientes apartados: “Proemio”, “Bibliofilias”, “Facsímiles”, “Series”, “Varios” y la citada última parte, en páginas grises, “Die rabe y dos breves guiones”. El nombre propio Papur que da título al libro aparece en su “proemio” como apellido de dos de los personajes que se citan en la relación de judíos -a la mayoría de cuyos nombres se añade la sorprendente apostilla “ya fallecido”- que constituyeron el 15 de enero de 1475 la judería de Jaca en la sinagoga mayor de esta ciudad pirenaica.

En “Bibliofilias”, y en general en todo el libro, se constata la gran erudición libresca del autor, que en su caso no parece, como ocurre con frecuencia, contraponerse con sus vivencias personales, intensas y variadas. Los diversos textos que componen “Papur”, prácticamente breves todos ellos, nos muestran un mundo personal, singular y propio, a veces recurrente pero no repetitivo, y una magnífica capacidad literaria. En las páginas del libro se suceden entremezcladas numerosas referencias bibliográficas, lingüísticas, pictóricas, naturalistas, mitológicas, periodísticas, científicas o históricas. Aparece con frecuencia el mundo de las rapaces y de las aves necrófilas, que el autor tan bien conoce por su condición de ornitólogo y sus trabajos en la naturaleza y que ya encontrábamos en algunas páginas de su anterior novela “Níquel”.

En un amplio abanico de registros que abarca desde el estudio científico hasta el relato de terror, hay también espacio para el sentido del humor, la ironía, el erotismo y la sexualidad. Entre la abundante erudición y las observaciones científicas se dan -en los que para mi gusto son los mejores momentos del libro- repentinos giros, rápidos y sorprendentes, que nos transportan hacia el mundo de la imaginación y la creación literaria. No siempre le resulta fácil al lector modesto diferenciar con claridad lo que es verdadero de lo que es ficción o producto de la imaginación del autor. Creo que algunos de los textos de “Papur” que responden a esta mezcla tan bien resuelta en unas pocas líneas son verdaderamente magistrales y merecen figurar en las mejores antologías de relatos breves. Algunas de estas pequeñas joyas literarias se resuelven en una página y sólo en algún caso, como en el magnífico “Lisa en el pozo”, alcanzan una extensión ligeramente mayor. En esta última y en algunas otras historias del libro asoman mundos sombríos de espeluznantes horrores, que también emergían de manera inquietante y notable en algunos pasajes de la magnífica novela “Níquel”.

Algo menos atractiva puede resultar para el lector, esa ha sido al menos mi impresión, la lectura de la última parte del libro, aunque sea notable el breve guión final “Se describe una vida extraña”, escrito a partir del aún más breve texto del mismo título que Ferrer Lerín había publicado en su libro de 1971 “La hora oval” y recogido recientemente en “Ciudad propia”, y que se añade en “Papur” a las doce secuencias cinematográficas que cierran la obra.

En “Papur”, como ya ocurriera en “Níquel”, aparece en varias ocasiones la geografía altoaragonesa. Sobre todo, en el guión cinematográfico “Die Rabe”, que se ambienta en la ciudad de Jaca (casino, calles, polideportivo, estación de ferrocarril) y en algunos lugares próximos a la villa pirenaica (Canfranc, Museo de Dibujo del castillo de Larrés, Campo de Jaca, Canal de Berdún, Abay, La Paúl de Artaso, Macizo de San Juan de la Peña y explanada del Monasterio Nuevo, Sescún, Oroel, Ascara). Según se lee en la nota biográfica que cierra “Ciudad propia”, “Die Rabe” fue escrito en 2001 por encargo del artista Federic Amat y sirvió de base a su autor para su posterior novela “Níquel”. Espléndido es el texto de un par de páginas titulado “Ingesta de carne humana a cargo de aves en las provincias de Lérida y Huesca”.

En resumen, “Papur”, como ya se ha dicho al principio de este artículo, es un libro distinto, heterodoxo y heterogéneo, con momentos de una gran brillantez literaria, que confirma que su autor se encuentra en un buen momento creativo. Esperamos y deseamos que de la polifacética personalidad de Ferrer Lerín surjan nuevos libros que sigan poblando uno de los universos literarios más ricos y singulares del panorama literario español actual.

Papur, Francisco Ferrer Lerín. Editorial Eclipsados. Zaragoza, 2008. 190 páginas.

Carlos Bravo Suárez


viernes, 14 de noviembre de 2008

GEORGE ORWELL EN EL FRENTE DE HUESCA

Celebramos este año el centenario del nacimiento del gran escritor británico George Orwell (India, 1903 - Londres, 1950), autor de obras tan importantes para la literatura del siglo XX como Rebelión en la granja y 1984. En 1938 se publicó Homenaje a Cataluña, reeditado recientemente, en el que Orwell narra sus experiencias en la Guerra Civil española. Aunque el título del libro, algo engañoso, pueda hacer creer otra cosa, toda su estancia en el frente bélico en nuestro país transcurrió en tierras aragonesas: en la Sierra de Alcubierre al principio y en el asedio a la ciudad de Huesca después.

Comienza el relato en Barcelona, a finales de diciembre de 1936, cuando Orwell ingresa en la milicia antifascista del POUM, partido de orientación trotskista con cierta implantación en Cataluna, sobre todo en la provincia de Lérida. A principios del 37, y tras un largo y lento viaje en tren, el escritor llega a Barbastro, lugar que, a pesar de su relativa lejanía del frente, le parece "lúgubre y desolado". En el inicio del segundo capítulo del libro, Orwell explica de manera muy gráfica sus primeras impresiones sobre la guerra y la realidad de los pueblos altoaragoneses: "Mi compañía fue enviada en camión a Siétamo, y luego hacia el oeste hasta Alcubierre, situada justo detrás del frente de Zaragoza. Siétamo había sido disputada tres veces antes de que los anarquistas terminaran por apoderarse de ella; la artillería la había reducido en parte a escombros y la mayoría de las casas estaban marcadas por las balas. (...) El frío era riguroso y densos remolinos de niebla parecían surgir de la nada. (...) Era de noche cuando llegamos a Alcubierre. (...) Ya estábamos cerca del frente, lo bastante cerca como para sentir el olor característico de la guerra, según mi experiencia, una mezcla de excrementos y alimentos en putrefacción. Alcubierre no había sido bombardeada y su estado era mejor que el de la mayoría de las aldeas cercanas a la línea de fuego. Con todo, creo que ni siquiera en tiempos de paz sería posible viajar por esta parte de España sin sentirse impresionado por la miseria peculiar de las aldeas aragonesas. Están construidas como fortalezas: una masa de casuchas hechas de barro y piedras, apiñadas alrededor de la iglesia. Ni siquiera en primavera se ven flores. Las casas no tienen jardines, sólo cuentan con patios donde flacas aves de corral resbalan sobre lechos de estiércol de mula. (...) El constante ir y venir de las tropas había reducido la aldea a un estado de mugre indescriptible. Esta no tenía ni había tenido nunca algo similar a un retrete o un albañal. No había ni un solo centímetro cuadrado donde se pudiera pisar sin fijarse donde se ponía el pie. Hacía ya mucho que la iglesia se usaba como letrina, y lo mismo ocurría con los campos en medio kilómetro a la redonda. Al evocar mis primeros dos meses de guerra, nunca puedo evitar el recuerdo de las costras de excrementos que cubrían los bordes de los rastrojos."

Las decepciones de Orwell continuarán en los días posteriores, cuando por fin se reparten armas entre los nuevos milicianos: "Estuve a punto de desmayarme cuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fechado en 1896; ¡tenía más de cuarenta años! Estaba oxidado, tenía la guarnición de madera rajada y el cerrojo trabado y el cañón corroído e inutilizable". El espigado miliciano británico nos muestra un frente con escasa actividad bélica en esos primeros días de 1937; los verdaderos enemigos eran el lodo, los piojos -con la llegada de la primavera su presencia se hará casi insoportable-, el hambre y el frío. La mayoría de los milicianos eran muy jóvenes -él cree que el promedio de edad estaba por debajo de los veinte años-, entusiastas pero mal vestidos y peor preparados: "Parecía increíble que los defensores de la República fueran esa turba de chicos zarrapastrosos, armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar". Resulta llamativo el uso frecuente que, según se explica en el libro, hacían los combatientes republicanos de los megáfonos en el frente de guerra. Con ellos, los milicianos intentaban convencer, a veces con cierto éxito, al enemigo -pueblo llano en su mayor parte- para que se pasara a su bando, que entendían era el que por su baja condición social verdaderamente les correspondía .

Las cinco principales preocupaciones en las trincheras eran en esos días, por este orden, la leña, la comida, el tabaco, las velas y, por último, el enemigo. Deseoso de acción, Orwell describe la monotonía de la vida en el frente: "Montar guardia, patrullar, cavar; cavar, patrullar, montar guardia". Y nos ofrece, a continuación, esta imagen tan descriptiva de esos días invernales en el páramo aragonés: "En la cima de cada colina, fascista o leal, un conjunto de hombres sucios y andrajosos tiritaba en torno a su bandera y trataba de entrar en calor". La desorganización y la falta de medios eran completas en esos primeros meses de guerra. Los milicianos del POUM no sólo no disponían de artillería, sino que escaseaban las municiones y las granadas -se decía que las que tenían eran imparciales pues mataban tanto al enemigo como a quien las arrojaba- y carecían del material bélico más indispensable. Por eso, cuando Orwell vuelve a Barcelona y observa que en la retaguardia abundan las armas y se lucen flamantes uniformes, después de enfurecerse por tan evidente contrasentido, empieza a preguntarse por las causas de esa situación incomprensible.

Tras unos primeros meses en la Sierra de Alcubierre -su posición se encontraba en Monte Oscuro, a la vista de Zaragoza-, a mediados de febrero de 1937, la milicia de Orwell fue enviada a integrar el ejército de las diversas columnas de milicianos que sitiaban Huesca: "A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huesca brillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes, cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales había comentado alegremente: 'mañana tomaremos café en Huesca'. Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y 'mañana tomaremos café en Huesca' se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España -escribe Orwell con ironía-, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca."

En los alrededores de la capital altoaragonesa estuvo Orwell unas seis semanas. Su sector utilizaba como cuartel general un establecimiento de campo llamado La Granja. En ese tiempo sólo se realizó una verdadera acción de combate en esa parte del frente: la toma momentánea por asalto del Manicomio de Huesca, que enseguida se tuvo que abandonar al no recibirse el esperado apoyo de otros grupos milicianos. La escasez de casi todo continuaba: "Nuestros uniformes se caían a pedazos, y muchos de los hombres carecían de botas y usaban sandalias con suela de esparto". A finales de marzo se le infectó una mano y tuvo que pasar unos días en el llamado hospital de Monflorite, que era en realidad un centro de distribución de heridos. Sorprende al escritor inglés la ausencia absoluta de religiosidad en la zona -habían desaparecido hasta las inscripciones religiosas de los cementerios- y sobre ello hace una interesante reflexión: "Es posible que la creencia cristiana fuera reemplazada en cierta medida por el anarquismo, cuya influencia está ampliamente difundida y que, sin duda, posee un matiz religioso". Aparecen citados lugares como la fortaleza medieval de Montearagón, tomada por las milicias y donde se instaló uno de los pocos cañones utilizados por los republicanos; según Orwell, tan viejo y tan lento que daba la sensación de que se podía correr a la par de los proyectiles que expulsaba. Tras ciento quince días en el frente, sin apenas entrar en combate, pero padeciendo en abundancia el frío y la falta de sueño, Orwell partió de permiso hacía Barcelona donde vivió los violentos sucesos de mayo, en los que anarquistas y trotskistas por un lado y comunistas por otro se enfrentaron en las calles de la capital catalana.

Abatido por dichos acontecimientos de la retaguardia y terminado su permiso, el escritor inglés volvió al frente de Huesca, en el que las cosas no habían cambiado mucho. A los pocos días de su regreso y estando en el vértice de un parapeto, a las cinco de la mañana, al asomar la cabeza, recibió un disparo en la garganta que lo hirió de gravedad. Salvó la vida milagrosamente y con una inyección de morfina fue enviado a Siétamo. Al anochecer, y tras un viaje infernal por caminos destrozados, realizado a falta de ambulancias en un bamboleante camión en el que entendió por qué muchos heridos morían en su traslado a los hospitales, llegó a Barbastro, desde donde fue enviado a Lérida y más tarde de nuevo a Barcelona.

Aún volvió poco tiempo después el narrador inglés a nuestra provincia durante cinco días, a mediados de junio, en busca del certificado de incapacidad física que debían sellarle en su unidad de combate. Lo enviaron de un hospital a otro: Siétamo, Barbastro, Monzón, de nuevo Siétamo y Barbastro y finalmente Lérida. Durmió una noche en el hospital de Monzón y pasó un día entero, esperando el único tren diario a Barcelona, en la capital del Somontano, que contempló, cerrando así su periplo altoaragonés en el mismo lugar en que lo había comenzado, con ojos bien distintos a los de su primera visita: "Ahora me resultaba extrañamente diferente. Caminando sin rumbo fijo, descubrí agradables y tortuosas callejuelas, viejos puentes de piedra, bodegas con grandes toneles goteantes, altos como una persona, e intrigantes talleres semisubterráneos con hombres haciendo ruedas de carro, puñales, cucharas de madera y las clásicas botas españolas de piel de cabra. Me puse a observar cómo un hombre hacía una de esas botas y así me enteré, con gran interés, de que el exterior de la piel se coloca hacia dentro, de modo que uno bebe pelo de cabra destilado. Las había utilizado durante meses sin saberlo. Y detrás de la ciudad había un río color verde jade, poco profundo, del cual emergía un risco perpendicular, con casas construidas en la roca, de modo que desde la ventana del dormitorio se podía escupir hacía el agua que corría treinta metros más abajo. Innumerables palomas vivían en los huecos del risco". Este es casi el único momento en que George Orwell pudo pasear con tranquilidad por una de nuestras poblaciones. Cuando unas semanas más tarde abandonó España por la frontera francesa, huyendo de las purgas desatadas en Barcelona contra los trotskistas tras la ilegalización del POUM, sólo lleva consigo dos recuerdos del país que nunca volvería a pisar: "una bota de piel de cabra y una de esas lámparas de hierro en las que los campesinos aragoneses queman aceite de oliva y cuya forma es casi idéntica a la de las lámparas de terracota usadas por los romanos hace dos mil años".

El gran escritor inglés -genio visionario para unos, loco idealista para otros- se llevó dos preciados recuerdos de aquellos pueblos altoaragoneses: una bota de vino y un candil de aceite. Justo es que, en el año de su centenario, recordemos su paso por estas tierras en unos tiempos convulsos en que la barbarie de la guerra se apoderó de un país que, afortunadamente, ha dejado atrás, esperemos que para siempre, aquellos días aciagos de sangrientas luchas fratricidas.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 7 de diciembre de 2003 con motivo del centenario de George Orwell)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

GEORGE J. G. CHEYNE, EL HISPANISTA QUE ESTUDIÓ A COSTA

Hace 15 años que murió George J. G. Cheyne, el gran hispanista inglés que estudió, como nadie lo había hecho antes, la vida y la obra del ilustre polígrafo y pensador altoaragonés Joaquín Costa. Su muerte se produjo a finales de diciembre de 1990 en la localidad inglesa de Newcastle upon Tyne, donde residía y de cuya universidad fue doctor en Filosofía y Letras y más tarde director del Departamento de Estudios Hispánicos y Latinoamericanos. Había nacido en 1915 y contaba, por tanto, con 75 años de edad cuando se produjo su fallecimiento.

No es necesario celebrar ningún aniversario para recordar la extraordinaria labor investigadora llevada a cabo por Cheyne, merecedora de reconocimiento permanente por quienes aprecian la cultura en general y están interesados en la obra y el pensamiento de Costa en particular. Su figura es, sin duda, respetada y admirada por los costistas, que lo consideran el primero entre los suyos, pero Cheyne sigue siendo un desconocido para una gran mayoría de aragoneses y españoles. Tras su muerte, se dio su nombre a una calle de Graus, lugar que el británico visitó ininterrumpidamente durante los últimos treinta veranos de su vida y donde Costa pasó buena parte de la suya hasta el fin de sus días en 1911. Son, sin embargo, muchos los grausinos que ni siquiera conocen por su nombre actual dicho pasaje, pues sigue utilizándose su anterior denominación popular y una placa oscura impide leer la inscripción con claridad. Merecería el gran hispanista, que tanto quiso a Graus y a Costa, un lugar más relevante en la memoria del pueblo. Gran acierto es, sin duda, dar su nombre a la biblioteca de la sede de la UNED en Barbastro. Es proverbial la falta de gratitud de los aragoneses con los suyos e incluso también, a veces, tal vez menos, con algunos foráneos que han hecho mucho por destacar nuestra cultura.

Es cierto, por otro lado, que coincidiendo con su muerte, los estudiosos de Costa rindieron merecido homenaje a Cheyne. Fue en la revista "Anales de la Fundación Joaquín Costa", en su número 7, publicado en Madrid en 1990. En una docena de páginas, mostraban su admiración por el hispanista devotos de Costa - algunos también descendientes suyos - en sentidos artículos firmados por Alfonso Ortega Costa, José María Auset Viñas, Josep Fontana - de quien se reproducía parte de su elogioso prólogo a la biografía de Costa escrita por el inglés -, Gloria Medrano y Lorenzo Martín-Retortillo Baquer. Este último hizo también loa del hispanista fallecido en una magnífica colaboración publicada al año siguiente en el BILE (Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). Todos ensalzaban su dedicación y su rigor intelectual, pero también su calidad humana y su simpatía. Especialmente interesante es el artículo del grausino José María Auset Viñas, que afirma con absoluto acierto que en los estudios sobre Costa se observan dos épocas bien diferenciadas: la anterior a Cheyne, en la que, salvo alguna excepción, muchos de los trabajos que a él se dedicaron contribuyeron más que a otra cosa a crear confusión sobre su figura; y la época posterior a los estudios del inglés, quien sentó las bases para un análisis más objetivo, riguroso y sistemático tanto de la vida como de la obra del ilustre polígrafo. Aprovecho para mostrar aquí mi gratitud al señor Auset por su amabilidad, las informaciones que sobre Cheyne me facilitó y los libros que me prestó, y para destacar el cariño que ha mostrado siempre hacia la figura de su tío-abuelo, cuyo legado ha conservado con esmero. A sus más de noventa años sorprende la lucidez de su conversación y la claridad de sus recuerdos y opiniones. Por encima de todo lo demás, el señor Auset destaca en Cheyne su gran humanidad: a su elevada estatura física unía un gran corazón. También su paciencia y su desconocimiento de la prisa, y la gran importancia que en su vida y en su trabajo intelectual tuvo su mujer, Asunción Vidal, doctora en psiquiatría y colaboradora codo con codo con su marido, algunas de cuyas obras y artículos tradujo, espléndidamente, del inglés al español. Durante treinta años, de 1960 a 1990, en el mes de agosto Cheyne nunca faltó a su cita grausina.

Como el propio hispanista indica, fue fundamental en su elección de Costa como objeto de estudio el hecho de haber conocido en 1960 en Barcelona a su hija Pilar, cuya franqueza y bondad le causaron honda impresión y quien le ayudó, al igual que sus hijos, en su labor investigadora. Si Cheyne conoció a la única hija de Costa fue debido a la familia de su mujer, cuyo padre, Joan Françesc Vidal i Jové, era amigo de doña Pilar. El hijo de ésta, Alfonso Ortega Costa, reproduce en su artículo de la revista "Anales" en homenaje a Cheyne la carta de presentación que el señor Vidal envió a su madre en 1959 y parte de cuyo texto es el siguiente: " Entre las cosas pintorescas que me han salido con los años, he de citar un yerno inglés que se llama G.J.G. Cheyne, muchacho encantador y con el grave defecto de ser inteligente, que casó con mi hija Asunción (la que es médico). Recientemente ha conseguido la licenciatura de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Londres y, al preparar su tesis para el doctorado, ha elegido como tema la obra y vida de Joaquín Costa". La hija del gran polígrafo recibió a Cheyne a instancias de su suegro y, como hemos dicho, el conocimiento directo de aquélla reafirmó al estudioso británico en su idea de convertir a Costa en tema de su tesis doctoral.

Rememora el nieto de Costa en el mismo artículo el primer viaje de Cheyne desde Barcelona a Graus y Monzón en el verano de 1960 para conocer los principales lugares costistas de ambas localidades. En un Citroen "dos caballos", realizaron el viaje el matrimonio Cheyne y los nietos de Costa, Rafael y Alfonso. Visitaron primero su casa natal en Monzón y la iglesia de Santa María del Romeral, donde Cheyne tomó fotografías de la pila en que fue bautizado el escritor y habló con el vicario de la iglesia sobre el deficiente estado de conservación de su partida de bautismo. En Graus, visitaron la plaza Mayor, la plaza de Coreche, donde se halla la casa en la que vivió la familia Costa Martínez, la casa donde murió don Joaquín - como a Cheyne gustaba llamarlo -, en la calle que ahora lleva su nombre, y el monumento a él dedicado que preside la calle Salamero.

A este primer viaje sucedieron, como hemos dicho, muchos otros, y Cheyne fue teniendo acceso a los legajos del archivo grausino de Costa, que en gran medida fue microfilmado por el hispanista para su mejor estudio y su preservación de cualquier contingencia. Una de las cosas que me comentó el señor Auset fue el gran conocimiento que tenía Cheyne de los papeles del archivo de Costa en Graus, pues a veces le escribía para solicitarle algún dato y le indicaba con absoluta precisión el lugar donde éste se hallaba. Viajó el estudioso inglés en busca de documentación e informaciones que contribuyeran a su mejor conocimiento de Costa a los lugares que hizo falta: sobre todo a Madrid, pero también, cuando fue necesario, a La Solana, en La Mancha, donde Costa vivió un prolongado pleito que consumió durante largo tiempo muchas de sus energías. De sus frecuentes visitas a Huesca, cuenta L. Martín-Retortillo en el citado artículo en el BILE que Cheyne decía que dormía mucho mejor desde que en la ciudad había un importante equipo de baloncesto, pues eso había obligado al hotel en que solía hospedarse a instalar camas especiales para personas de elevada estatura. Al margen de esta graciosa anécdota hay que insistir en que el inglés dedicó mucho tiempo de su vida al conocimiento objetivo y riguroso de la compleja figura de Costa. Y el resultado son sus magníficos libros en los que, además de plasmar toda esa gran dedicación y entrega, trasmite al lector sus conocimientos con claridad y de forma amena, haciendo fácil e inteligible a todos la gran complejidad vital e intelectual de la rica personalidad del gran jurista y orador aragonés. Ese es, en mi opinión, su mayor logro. Cheyne huye de cualquier pedantería y lejos de la farragosidad de muchos de los textos que sobre el llamado "León de Graus" se han escrito, redacta sus obras con sencillez y precisión, a la vez que con exquisita corrección y elegancia.

La primera obra de Cheyne sobre Costa fue su tesis doctoral "A bibliographical Study of the Writings of Joaquín Costa", editada en Londres en 1972 y traducida al español por su mujer en 1981 como "Estudio bibliográfico de la obra de Joaquín Costa (1846-1911)". Se trata de un extraordinario trabajo de recopilación, ordenación e inventario de toda la ingente, dispersa y variada obra de Costa, y supone un ejemplo de dedicación, metodología y rigor. El libro constituye una herramienta imprescindible para quien quiera abordar en toda su extensión la obra escrita del ilustre altoaragonés.
En el mismo año de 1972, se publicó "Joaquín Costa, el gran desconocido", al que se añadía el subtítulo de "esbozo biográfico" que podía hacer pensar en unos meros apuntes sobre la vida del personaje estudiado. Nada más lejos de la realidad: el libro es un extraordinario acercamiento a la figura humana del escritor, a sus humildes orígenes, a su infancia en un mundo hostil a su extraordinaria inteligencia, a su voluntad de hierro para superar los obstáculos físicos y materiales que padecía, a sus desengaños, a las injusticias sufridas por su humilde cuna, su procedencia y su vinculación al ideario krausista y librepensador de la Institución Libre de Enseñanza, a su frustrado amor con Concepción Casas por esos mismos motivos, a su paternidad casi clandestina, a sus sinsabores políticos, a su soledad, a su descomunal capacidad intelectual y de trabajo, a su integridad y honradez tal vez obsesivas pero siempre ejemplares y modélicas, a los intentos de manipulación de su pensamiento y su figura, tanto en vida como después de su muerte, a su enfermedad degenerativa que lo convirtió en una ruina física como él, en los momentos de desánimo, decía de sí mismo. Ninguna biografía anterior ni estudio posterior sobre su vida nos ha acercado tanto al Costa hombre, al sabio incomprendido, al titán en lucha solitaria y sufriente contra la hipocresía y la falsedad del mundo. Es sintomático de la cultura de un país o de una comunidad que una biografía ejemplar sobre uno de sus hijos más ilustres lleve más de treinta años sin ser reeditada y sea hoy imposible de encontrar en las librerías, y eso cuando un año tras otro políticos de todos los colores y pelajes se llenan la boca hablando de alguien a quien, a buen seguro, si volviera a vivir ignorarían o harían la vida imposible como ya le sucedió en vida.

Publicó Cheyne tres epistolarios de Costa con tres importantes personajes de la época con los que mantuvo una estrecha relación: Manuel Bescós, Francisco Giner de los Ríos y Rafael Altamira. Las cartas intercambiadas con Bescós vieron la luz en 1979 con el título de "Confidencias políticas y personales: Epistolario Joaquín Costa - Manuel Bescós (1899 -1910)". Cheyne dedicó el libro a José María Auset Viñas. Manuel Bescós Almudévar (Escamilla, 1866 - Huesca, 1928) era un abogado y hombre de negocios, viajero y culto, que llegó a ser alcalde de Huesca por algunos años. Su padre, que ayudó a Costa a su llegada a la capital altoaragonesa, era carlista convencido y por ese motivo rompió con aquél cuando evidenció posturas liberales y krausistas. Sin embargo, Bescós (hijo) fue siempre devoto seguidor de Costa y admirador de su pensamiento. Podríamos decir que era el hombre de confianza de Costa en la ciudad de Huesca para sus proyectos regeneracionistas. Por eso predominan los temas políticos en su epistolario y en él podemos conocer la verdadera opinión, espontánea y sin tapujos, del gran polígrafo sobre la situación política y sobre algunos personajes de la época (especialmente negativas son sus impresiones sobre Alba y Paraíso, sus dos acompañantes en la frustrada aventura de la Unión Nacional). En una carta de 1907, enviada desde su retiro de Graus, Costa muestra su agradecimiento a Bescós, pero deja traslucir su intensa sensación de fracaso tras sus sucesivas intentonas políticas: "Fracasé, ha fracasado el republicanismo; ha fracasado España. Y no me cumple ya más sino hacer honor a ese mi fracaso, doblándole la frente, sometiéndome decorosamente, sin patalear, a la fatalidad de mi impotencia, ahogar la ira en el silencio y oscuridad de este rincón, maldecir a los traidores de 1899-1900 y a los infieles de 1903-1907, llorar los años de vida perdidos en perseguir una utopía -la resurrección de un cadáver putrefacto-, y expresar a usted una vez más el testimonio de mi agradecimiento como español por su concurso de entonces, como por su ofrecimiento y buena memoria de ahora". Pero no todo es política en la correspondencia entre los dos ilustres altoaragoneses, hay siempre referencias a su amistad, a sus situaciones personales e incluso a los temas literarios. Así, Bescós envía a Costa su libro "Las tardes del sanatorio" sobre el que Costa ejerce su crítica literaria, en algún momento algo severa, y que el discípulo encaja sin reparo como todo lo que viene de su maestro. Incluso en 1910 envía a éste un proyecto de novela que pretende titular "El último tirano" y sobre el que Costa, cada vez más enfermo, no llega a contestar, tal vez molesto porque Bescós interfiera en sus propios planes novelísticos. Bescós, que adoptó el nombre literario de Silvio Kossti, no convirtió ese proyecto en realidad, pero sí escribió dos nuevas obras (además de "Las tardes del sanatorio", de la que existe una edición de 1981 en Guara Editorial): "La gran guerra" (1917), donde proclama su germanofilia, y "Epigramas", que mandó retirar al poco de su publicación y que fue editado en 1999 en La val de Onsera.

En 1983, Cheyne publicó "El don de consejo. Epistolario de Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos (1878 -1910)". Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839 - Madrid, 1915) era una de las figuras más señeras de la cultura española del momento, profesor de la Universidad, fue fundador y director de la Institución Libre de Enseñanza. Cuando Costa llegó a Madrid, encontró en Giner al maestro y al hombre íntegro que buscaba como modelo y referente. Al ser el malacitano apartado de la docencia universitaria en 1875 por cuestiones políticas, en solidaridad con él -y pese a lo mucho que necesitaba el puesto-, Costa renunció a la plaza de profesor supernumerario de la Universidad madrileña y se vinculó a la Institución Libre de Enseñanza. Este hecho será determinante para su futuro, pues los conservadores ultramontanos consideraban a los librepensadores krausistas poco menos que demonios y procuraban cerrarles todas las puertas. Aunque años después Costa se alejó de la Institución, siempre mantuvo su amistad con Giner. El epistolario publicado por Cheyne arranca con una carta cuyo grado de confianza muestra que entre los dos personajes existía ya una amistad consolidada. En dicha epístola, de enero de 1878, Costa, que va a cumplir 32 años, explica a Giner su enamoramiento de una muchacha de Huesca llamada Concepción Casas, por la que cree ser correspondido pero cuyo padre, "aunque médico y catedrático, es ultramontano intransigente" y, al saber la pertenencia de Costa a la Institución Libre de Enseñanza, impide la continuidad de la relación. Ante el sufrimiento que ello le provoca, Costa solicita la opinión de Giner -"que posee el don de consejo"- para saber la actitud que debe adoptar ante el rechazo. La respuesta de Giner tarda en llegar y en ella, con buenas palabras, aconseja a Costa que desista de forzar la situación y que "abandone el campo resueltamente y sin insistencias, que serían ya una ofensa a la conciencia de esa señorita, y envolverían una persecución impropia de un hombre de honor". Giner termina diciendo que "sentiría vivamente ver que usted decayese ante los demás como ante sí mismo", porque "los hombres deben guardar para la intimidad sus penas y dolores: en público, morir, si es preciso, con la sonrisa en los labios, con gracia y sin sensiblería". La carta de respuesta de Costa se inicia con una sentencia para referirse a la frialdad exigida por Giner: "Usted no es un hombre, es una categoría". Pero el aragonés acepta el consejo de su amigo con una mezcla de resignación e ironía: "Es verdad, nada de comunión de penas; nada de válvulas, sonría la primavera sobre el cráter; ya que nacemos llorando, muramos riendo; seamos héroes, no mujeres: tengamos corazón para sufrir y esconder el sufrimiento". Me he detenido en estas primeras cartas que muestran el grado de absoluta confianza que reina entre los dos personajes e ilustran sobre la frustrada relación amorosa de Costa con Concepción Casas. La correspondencia entre ambos -son 124 las misivas reproducidas en el libro- continuará hasta la muerte del aragonés. Éste siempre busca el magisterio y la aprobación de Giner a sus proyectos políticos e intelectuales y halla en sus consejos un refreno a su carácter a menudo demasiado impulsivo y temperamental. Sin embargo, en ocasiones las diferentes procedencias sociales de ambos -Giner venía de una familia acomodada - afloran y provocan un cierto resentimiento en Costa: "Tengo una fisiología diferente de la de ustedes, y con ello unos tiempos y unos medios muy diferentes. Me he resignado hace tiempo a vivir fuera de la comunión de los que han tenido fisiología y psicología y economía acomodadas al medio y pueden hablar el lenguaje de su planeta y moverse en él".

La muerte sorprendió a Cheyne cuando estaba preparando la edición del epistolario de Costa con el gran historiador y jurista Rafael Altamira (Alicante, 1866 - México, 1951), que pudo ver la luz en 1992, dos años después del fallecimiento del estudioso británico. El libro lleva el título de "El renacimiento ideal: epistolario de Joaquín Costa y Rafael Altamira (1888-1911)" y contiene un gran número de cartas entre ambos, a veces simples notas a entregar en mano que desempeñaban una función que años después vino a sustituir el uso del teléfono. Altamira es más joven que Costa y se considera su admirador y discípulo; su gran preparación intelectual le llevó a seguir una rápida y brillante carrera. La relación entre ambos es, sobre todo, intelectual y erudita, y menos personal e íntima que en los dos casos anteriores. Sin embargo, su amistad crece con el trato, a la vez que el respeto mutuo por la solidez de sus respectivas formaciones. No obstante, en algunas cartas se observa el intento fallido de Costa de involucrar más a Altamira en sus proyectos políticos, que hace que se sienta decepcionado por la falta de verdaderos apoyos obtenidos entre la élite universitaria.

En 1991, un año después de la muerte de Cheyne, se publicó el libro "Ensayos sobre Joaquín Costa y su época", en el que se recogen -con una magnífica introducción de Alberto Gil Novales- once escritos del hispanista, algunos publicados en prensa y otros transcripciones de conferencias y presentaciones de libros. Estos trabajos contribuyen a ampliar algunos aspectos de la vida y la obra de Costa que Cheyne ya había tratado en su biografía y en sus libros anteriores. En algunos de los ensayos que leemos en esta recopilación podemos ver, entre otras cosas, la derrota de Costa frente a Marcelino Menéndez Pelayo en su lucha por el premio extraordinario del doctorado de Filosofía y Letras, a pesar de que el erudito cántabro no se había ajustado al tema propuesto para examen. También conocemos la decisiva intervención del aragonés para salvar de la muerte al anarquista catalán Pere Corominas, condenado a la pena capital tras ser considerado autor moral de un atentado con bomba en Barcelona en 1896; o cómo, de las dos cartas enviadas por Galdós a Costa en 1901, se deduce una sincera y sólida amistad entre ambos. Muy esclarecedor es también el trabajo en el que Cheyne explica las causas del fracaso de la Unión Nacional que resume en dos: su falta de constitución en verdadero partido y la precipitada y poco organizada cuestión de la resistencia al pago. Costa nunca estuvo de acuerdo con ese procedimiento, pero -desmintiendo a quienes le acusan de soberbio- se sometió a la decisión de la mayoría y aceptó una propuesta que, como él preveía, constituyó un estrepitoso fracaso. Complemento de su libro biográfico es el artículo "Enfermedad y muerte de Joaquín Costa y la tragicomedia de su entierro en Zaragoza". En él, Cheyne defiende la tesis de que el gobierno de Madrid, ante el temor a verse desbordado por las manifestaciones contrarias si Costa -con gran predicamento moral entre las clases populares- era enterrado en la capital como se había decidido, instigó la detención del cortejo fúnebre en Zaragoza y el entierro en la misma del ilustre finado.

Sin hacer referencia a otras colaboraciones, artículos o prólogos de obras ajenas, hemos visto la importancia capital de la obra de Cheyne para el conocimiento de Costa. Por eso, es de lamentar que sus libros no se reediten y que su figura no sea todo lo reconocida y recordada que merece. George Cheyne es, sin duda, un ejemplo de dedicación rigurosa y honesta al estudio y a la difusión de la figura de Joaquín Costa, una de las más grandes e importantes personalidades que el Alto Aragón ha dado a lo largo de la historia.

BIBLIOGRAFÍA DE GEORGE J. G. CHEYNE

- "A bibliographical Study of the Writings of Joaquín Costa". Tamesis, Londres, 1972.
- "Joaquín Costa, el gran desconocido". Ariel, Barcelona,1972.
- "Confidencias políticas y personales: Epistolario J.Costa-M.Bescós, 1899-1910". Institución Fernando el Católico, Zaragoza,1979.
- "Estudio bibliográfico de la obra de Joaquín Costa". Guara Editorial,Zaragoza,1981.
- "El don de consejo: Epistolario de Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos". Guara Editorial, Zaragoza,1983.
- "Ensayos sobre Joaquín Costa y su época". Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1991.
- "El renacimiento ideal: Epistolario Joaquín Costa y Rafael Altamira (1888-1911). Instituto de Cultura "Juan Gil-Albert", Alicante, 1992.

No incluyo en esta lista otros trabajos escritos por Cheyne a lo largo de sus años de dedicación a Costa: artículos, conferencias, colaboraciones en obras colectivas o prólogos a obras ajenas. No hay que decir que todos ellos, aunque tal vez de menor envergadura, tienen también un indudable interés.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo, algo corregido y ampliado, publicado el 10 de agosto de 2005 en el Diario del Alto Aragón, en el número especial de las fiestas de San Lorenzo)

Artículo colgado en la página de la biblioteca de la UNED de Barbastro: http://www.barbastro.unedaragon.org/Default.aspx?id_servicio=143

José María Auset, sobrino nieto de Costa y citado en este artículo, falleció en Graus el 20 de febrero de 2007. Había nacido en la capital ribagorzana en 1912.

martes, 4 de noviembre de 2008

SENDEROS DE CAPELLA


El senderismo es una actividad en auge. En los últimos años se ha procedido a acondicionar y señalizar viejos caminos para facilitar su tránsito a los nuevos caminantes, que recorren ahora los antiguos senderos no por obligación como antaño sino por placer y diversión, como una saludable práctica deportiva que permite disfrutar de bellos paisajes y conocer nuevos lugares.

También en nuestra comarca ribagorzana han sido balizados numerosos caminos de un tiempo a esta parte. Se ha establecido así una red de senderos que permite realizar diversos y variados recorridos a los amantes del excursionismo. Hay, fundamentalmente, dos tipos de caminos señalizados según su longitud: los senderos de gran recorrido (GR) y los de pequeño recorrido (PR). Los primeros están indicados con marcas constituidas por dos rayas paralelas, una de color rojo y otra de color blanco. En los segundos, las rayas son blancas y amarillas. Hay además algunos senderos locales que se suelen indicar con líneas verdes.

El más importante de los senderos de largo recorrido aragoneses es el GR-1 o sendero histórico. Este largo itinerario atraviesa transversalmente toda la provincia de Huesca por la zona prepirenaica. En paralelo, pero más al norte y por territorio plenamente montañoso, discurre el GR-11 o senda transpirenaica. Capella es lugar de paso de una de las etapas en que suele dividirse el GR-1 para facilitar su recorrido.

El GR-1 aragonés arranca, si lo tomamos de este a oeste, de Puente de Montañana, en la frontera natural que el Noguera Ribagorzana establece con la vecina Cataluña. Enseguida entra el camino en el viejo Montañana, lugar emblemático del pasado medieval de estas tierras y cuyo conjunto arquitectónico está cargado de historia, arte y belleza. En las sucesivas etapas, y siempre hacia poniente, el histórico sendero pasa, en este orden y antes de llegar a Capella, por Monesma, Castigaleu, Luzás, Lascuarre, Laguarres y Pociello. Tras Capella, el camino continúa hacia Portaspana, Graus, Grustán y Pano. Ya en Sobrarbe, Troncedo, Formigales, Tierrantona, Muro de Roda, Humo de Muro, Palo y Ligüerre de Cinca jalonan un recorrido que continúa hasta adentrarse en la sierra de Guara y proseguir su largo itinerario hacia occidente.

El GR-1 llega a Capella procedente de Laguarres, tras siete kilómetros de camino y con un corto tramo de carretera entre Pociello y el puente de Torrelabad. Uno de los puntos más atractivos del recorrido es, sin duda, el puente románico de Capella, el más grande y bello de los puentes medievales ribagorzanos. Desde allí, y siempre por la margen izquierda del río Isábena, el camino prosigue, en otros siete kilómetros, hacia Portaspana y Graus.

En Laguarres puede tomarse un ramal del GR-1, el llamado GR-18.1 procedente de Benabarre, que desciende hasta el Isábena y obliga al caminante a descalzar sus pies para cruzar el río. Asciende después hacia el disperso Güel y llega a la histórica población de Roda de Isábena, cuya magnífica catedral corona el pueblo. Son en total dieciséis kilómetros y medio, que se recorren sin prisa en unas cinco horas. Es muy posible que fuera este viejo camino, en su totalidad o en parte, el que anduviera el obispo San Ramón en su huida a Roda desde Barbastro, de donde el obispo Esteban de Huesca lo obligó a escapar a sangre y fuego. Conocida es su parada en Capella y la hospitalaria acogida que esta población deparó al santo. Éste sería también en parte el camino seguido por las gentes de Capella en su antigua romería anual a Roda de Isábena, en recuerdo del periplo que el obispo Ramón se había visto obligado a realizar en los inicios del siglo XII. La romería a Roda desde diferentes pueblos próximos, hoy ya perdida, sería una de las más importantes de las que antiguamente se realizaban en Ribagorza y eran los romeros procedentes de Capella los que en ella tenían el mayor protagonismo.

Arranca también de Capella un interesante sendero de pequeño recorrido: el PR-HU124. Desde el citado GR-1, podemos tomarlo muy cerca del gran puente románico, en sentido ascendente hacia la sierra de Laguarres. Es un sendero que se eleva hasta lo alto de la sierra, que atraviesa por el llamado paso de El Grau o El Grado, y desciende luego por la otra vertiente hacia Castarlenas y Torres del Obispo. Hasta esta localidad hay unos nueve kilómetros y medio de camino, que se recorren andando en algo más de dos horas.

Desde el puente medieval de Capella, donde se ha colocado un pequeño panel informativo alusivo, se ha señalizado muy recientemente el sendero que lleva a la ermita rupestre de San Martín. En el inicio del itinerario, durante aproximadamente dos kilómetros, el camino coincide con el PR-HU124 que acabamos de describir. Después, es preciso tomar una pista a la derecha y, enseguida, un sendero ascendente a la izquierda. Tras unos pocos minutos de subida, otro sendero a la derecha nos lleva a la ermita y a los abrigos rocosos situados junto a ella, en un paraje de gran belleza y muy buenas vistas. Si hubiéramos seguido el sendero ascendente hubiéramos llegado al paso de la Canal, que permite cruzar la sierra y, continuando hacia la derecha, llegar a Graus por la pista que lleva al repetidor de Las Forcas o, en algo más de tiempo, por la del llamado barranco Fondo y Llobera.

El mismo PR-HU 124 parte de Capella en sentido opuesto al de El Grau y la ermita de San Martín y en poco más de cuatro kilómetros nos lleva a Bellestar, desde donde el camino continúa hasta La Puebla de Fantova. En un punto del recorrido se halla la llamada Cruz de Benabén, cruce de caminos procedentes de Graus, Capella, Benavente, Bellestar y la Casa de L'Heréu.

Para quienes quieran conocer con más detalle los caminos aquí citados y otros próximos, existen al menos cuatro libros en los que se explican: ”Paseos y excursiones por el Pirineo y el Prepirineo. Río Isábena”, "Senderos de La Ribagorza. GR 18", "Sendero Histórico. GR-1. 1ª Fase" y "Paseos y excursiones por La Ribagorza. Valle del Ésera-Graus-Turbón-Campo". Los cuatro están editados por Prames y contienen varios mapas.

Hay por descontado en Capella y sus alrededores muchos otros caminos además de los que aquí hemos descrito. La mayoría son idóneos para la práctica del senderismo y muchos de ellos pueden también ser recorridos a caballo o en bicicleta de montaña.


Carlos Bravo Suárez


(Fotos: Puente románico de Capella, Ermita de San Ramón en las afueras de Capella y Piedra, expuesta en el exterior de la ermita, donde según la tradición se sentó San Ramón a su paso por la localidad)