domingo, 8 de marzo de 2009

LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA

En el 450 aniversario de su nacimiento

Se celebra este año el 450 aniversario del nacimiento de Lupercio Leonardo de Argensola. Unido su nombre para siempre al de Bartolomé, los hermanos Argensola son dos importantes escritores del Siglo de Oro español. Nacidos ambos en Barbastro, Lupercio y Bartolomé destacaron en una época en que nuestra literatura brilló de manera extraordinaria con autores excepcionales como Cervantes, Lope de Vega, fray Luis de León, Góngora o Quevedo.

La poesía de los hermanos Argensola fue publicada en los años setenta del pasado siglo XX en la colección Clásicos Castellanos de Espasa Calpe por otro ilustre aragonés: el profesor José Manuel Blecua, gran especialista en la poesía española del Siglo de Oro que ejerció durante años un inolvidable y modélico magisterio en la Universidad Central de Barcelona. Los sonetos de Lupercio y Bartolomé pueden leerse hoy cómodamente en Internet en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en una espléndida edición de Ramón García González.

En cuanto a los estudios biográficos, hay que destacar el ya clásico del hispanista Otis H. Green Vida y obras de Lupercio Leonardo de Argensola, publicado por la Institución Fernando el Católico en 1945. La biografía más reciente sobre los ilustres escritores barbastrenses, de la que extraigo algunos datos de este artículo, es la titulada Los Hermanos Argensola (Unaluna Ediciones, Zaragoza, 2006), de la profesora María Soledad Catalán.

Aunque sean más conocidos por el segundo, era Leonardo el primero de los apellidos de Lupercio y Bartolomé. La familia Leonardo pertenecía a la nobleza y, al parecer, procedía de Italia. Fue el bisabuelo de los poetas quien llegó a España y se instaló en Barbastro. Disfrutaría seguramente de una buena situación económica y social, pues participó con el rey Fernando el Católico en la conquista de Granada con tropas mantenidas a sus expensas. La familia Argensola pertenecía a la nobleza catalana y había prestado numerosos y recompensados servicios a la Corona aragonesa.

Del matrimonio entre Juan Leonardo y Aldonza Tudela de Argensola nacieron cuatro hijos: Lupercio, Bartolomé, Pedro y Ana María. Bartolomé se ordenó sacerdote y Pedro fue fraile agustino. Ana María se casó con el barbastrense Jusepe Trillo, que fue juez en la corte del Justicia de Aragón.

Lupercio fue el mayor de los hermanos y nació en Barbastro el 14 de diciembre de 1559. Probablemente realizó estudios sucesivos en Barbastro, Huesca, Zaragoza y Madrid. Tal vez también en Salamanca, donde sabemos que estudió su hermano Bartolomé, que conoció allí al gran fray Luis de León. Lupercio recibió una exquisita educación humanística y terminó estudios de Filosofía, Jurisprudencia, Retórica e Historia. Ambos hermanos tenían una sólida formación clásica y un profundo conocimiento de los autores latinos. Eran sus preferidos Horacio, Juvenal, Persio y Marcial, que influyeron notoriamente en sus creaciones literarias.

Lupercio Leonardo de Argensola desempeñó diversos cargos al servicio de importantes personajes de la nobleza de la época. Entre 1584 y 1592 fue secretario de Fernando de Gurrea y Aragón, duque de Villahermosa. En 1585 acompañó al duque a las Cortes de Monzón para reclamar el condado de Ribagorza, del que don Fernando era titular y cuyos vasallos se habían sublevado. En este periodo, conocido como las Alteraciones del Reino, se produjo una gran agitación en todo el territorio aragonés. Lupercio vivió muy de cerca algunos de los violentos sucesos de esos días y escribió más tarde sobre ellos en su condición de cronista oficial del Reino de Aragón, cargo para el que fue nombrado en 1599 y que ocupó hasta su muerte.

En 1587 Lupercio Leonardo se casó con doña Mariana Bárbara de Albión, viuda de Luis Zaporta. Sólo tuvieron un hijo llamado Gabriel, aunque doña Mariana dio a luz unos años más tarde a una niña que murió a los dos días tras un parto prematuro. Aunque ignoramos la fecha de su muerte, sabemos que su esposa sobrevivió bastantes años a la muerte de Lupercio.

Entre 1592 y 1603, el barbastrense fue secretario de la emperatriz María, hija del rey Felipe III y hermana de Felipe IV. Tras la muerte de ésta, Lupercio se marchó a la localidad zaragozana de Monzalbarba, donde tenía una quinta junto al río Ebro en la que llevó una vida retirada durante un tiempo. La torre, que Lupercio describió con detalle en sus versos, desapareció en 1936 por una crecida del río Ebro. En 1610 el conde de Lemos lo llamó para que fuera su secretario y lo llevó con él a Nápoles, de donde acababa de ser nombrado virrey. Allí murió Lupercio en 1613, víctima de una repentina enfermedad. Su hijo Gabriel le sucedió como secretario del conde de Lemos, cargo que su inesperado fallecimiento había dejado vacante.

Lupercio mostró muy pronto interés por la literatura. Su primer poema data de 1578 y es una alabanza a don Martín de Bolea y Castro, dentro de cuyo Libro de Orlando determinado fue incluido. También de sus años jóvenes son sus tres tragedias Filis, Isabella y Alejandra, la primera de las cuales no se ha conservado. Estas obras dramáticas fueron alabadas por Cervantes en El Quijote, en el capítulo XLVIII, [en el que el canónigo y el cura hablan sobre los libros de caballerías y las reglas que se deben observar en el teatro.

Sin embargo, Lupercio, unos años más tarde, se muestra contrario a la comedia, género teatral entonces de moda. Lo hace en un Memorial que se dio a S.M. el Rey D. Phelipe segundo contra las comedias que el barbastrense se encargó de redactar. Parece que, desde su visión moralista y religiosa, la comedia presentaba excesivas situaciones impúdicas y los actores y personas relacionadas con el teatro llevaban una vida demasiado licenciosa y poco recomendable.

La poesía de Lupercio Leonardo trata muchos de los temas habituales del Siglo de Oro. Destaca el uso de un tono crítico y moralista, a veces satírico, pero siempre frío, grave y severo, implacable con los defectos y vicios de la sociedad de su tiempo. Critica los comportamientos hipócritas de algunos miembros de la iglesia, la simonía, el afán por aparentar, la embriaguez, la dependencia de España de la banca extranjera, el arribismo de quienes van a la corte en busca de cargos al precio que sea, la inseguridad de los caminos. Uno de los asuntos más criticados en algunos de sus poemas más conocidos es el uso excesivo de afeites y ungüentos por parte de las mujeres, tema ligado a la falsedad de las apariencias en el que Quevedo fue el indiscutible maestro. La poesía amorosa de Lupercio responde a los esquemas petrarquistas y neoplatónicos de la época, pero en su caso exenta de cualquier sensualismo o asomo de apasionamiento o sentimiento sincero. En su escritura aparece con frecuencia el tema del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, derivado en parte del Beatus ille de Horacio, su poeta más admirado. Uno de los aspectos en los que sobresale su poesía es en algunas descripciones de la naturaleza y en su deseo de disfrutar de ella. Sirvan como muestra los dos cuartetos de uno de sus mejores sonetos; “Lleva tras sí los pámpanos octubre, / y con las grandes lluvias, insolente, / no sufre Íbero márgenes ni puente, / mas antes los vecinos campos cubre./ Moncayo, como suele, ya descubre / coronada de nieve su alta frente; / y el sol apenas vemos en oriente, / cuando la dura tierra nos lo encubre.” Gustaba mucho a Azorín la descripción en tercetos que Lupercio hizo de Aranjuez en una composición de alabanza al rey de España (“Hay un lugar en la mitad de España / donde Tajo a Jarama el nombre quita, / y con sus ondas de cristal lo baña / (…).

Lupercio concedió mucha importancia a su trabajo como historiador y cronista. Sabemos que tradujo los Anales de Tácito y que dedicó mucho tiempo a escribir una Historia general de la España Tarraconense, que debía preceder a los Anales de la Corona de Aragón de Jerónimo Zurita. También escribió el libro Preeminencias regias, donde recogía los diferentes servicios prestados al Rey por los aragoneses. Ninguno de estos libros se ha conservado. Sobre 1604 terminó la Información de los sucesos de Aragón en los años de 1591 y 1592 que le habían pedido los diputados aragoneses por su condición de cronista del reino. Al explicar los hechos referidos a Antonio Pérez y a la ejecución de Juan de Lanuza, Lupercio debe hacer equilibrios para que su versión de los violentos sucesos no descontente ni a los diputados aragoneses ni al rey de España, pues a ambos se debe como historiador oficial.

Formó parte el mayor de los Argensola de algunas de las academias literarias que, importadas de Italia, se pusieron de moda en aquel tiempo. Parece que en Madrid perteneció a la de los Humildes, en la que su hermano tuvo el cargo de fiscal, y es seguro que fue el principal impulsor de la Academia de los Ociosos de Nápoles.

Siguiendo el modelo horaciano, Lupercio de Argensola es un escritor que defiende la corrección continua de los textos hasta lograr un resultado satisfactorio. Por eso recomienda a los jóvenes “que lean mucho, escriban y amen borrar mil veces cada palabra”. Para la escritura poética busca la inspiración en la vida retirada, porque las musas de la poesía “quieren bosques y amenidades y acá [en Madrid] no los hay, sino mucho estruendo e inquietud”.

Lupercio no se preocupó nunca por la conservación de sus textos escritos. Menos aún por sus poemas, cuyos manuscritos al parecer intentó quemar en su estancia en Nápoles. Se han perdido casi todos sus escritos históricos, pero su hijo Gabriel consiguió salvar de las llamas algunos poemas de su progenitor. Fue él quien en 1634 publicó en Zaragoza el libro Rimas de Lupercio y del doctor Bartolomé de Argensola, donde reúne poemas de los dos hermanos, noventa y cuatro de los cuales son de su padre.

Sirvan estas líneas como recuerdo y homenaje a la figura de Lupercio Leonardo de Argensola, ilustre escritor que nació en Barbastro hace 450 años.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 8 /3 /2009)