jueves, 27 de diciembre de 2012

JOAQUÍN COSTA, BREVE BIOGRAFÍA DE JUVENTUD






















Tal vez pueda parecer redundante escribir de nuevo sobre Joaquín Costa tras haberse celebrado el pasado año con tanta profusión el primer centenario de su muerte. Sin embargo, al ser sin duda Costa uno de los más importantes personajes que nuestra provincia altoaragonesa ha dado a la historia de España, merece estar siempre en nuestra memoria y ser objeto de nuestra atención y análisis, independientemente de si este recuerdo coincide o no con alguna efemérides que contribuya a realzar y difundir aún más su ilustre figura.

Por otra parte, algunos aspectos del pensamiento y de los principios que presidieron la vida y el comportamiento de Joaquín Costa siguen estando hoy en mi opinión muy de actualidad. Porque aunque sean afortunadamente muchas las diferencias entre la España que él vivió y la España actual, continúan presentes en nuestra sociedad, y en estos últimos años parecen incluso haberse acentuado, algunos defectos atávicos que han hecho que los principales valores que definen a Costa, como son el esfuerzo, la constancia, el estudio, la honradez, la independencia y el mérito como factores necesarios de promoción personal, sigan siendo hoy relegados con demasiada frecuencia a un segundo plano en favor de otros mucho menos dignos y decentes  -en el sentido primero y más general que esta palabra tiene-,  basados, hoy igual que ayer, en criterios económicos, amiguismos u oportunismos políticos de diversa índole, pelaje y condición.

Joaquín Costa fue un hombre íntegro que escribió sobre temas muy diversos, que amó a su país con sinceridad inusual y luchó por regenerarlo y modernizarlo en una época de atraso y de pobreza, de incultura y escasa educación, de caciquismo y corrupción política generalizada, instalada de manera permanente en el sistema. A lo largo de su vida vio frustradas muchas de sus aspiraciones y proyectos, pero nos dejó su ejemplo, su obra y su rico, variado y a veces contradictorio pensamiento, del que muchos han querido apropiarse sin poder conseguirlo, porque Costa es de todos pero no es en exclusiva de ninguna ideología, de ninguno de los diferentes “ismos”, que suelen contaminar de interés y sectarismo casi todo aquello a lo que se acercan con la intención de hacerlo suyo y usarlo en su provecho.

Tal vez porque soy profesor y enseñante, y porque sé que en cierta manera esos valores a los que acabo de referirme se forjan en la persona desde los primeros años, siempre me ha atraído especialmente el Costa joven y sus denodados esfuerzos por estudiar y aprender, superando los obstáculos casi invencibles que suponían la pobreza de su familia y la enfermedad que le aquejaba desde que era casi un niño. Costa es un ejemplo de tesón y lucha, de esfuerzo titánico para sobresalir intelectualmente en un mundo y una sociedad donde el origen social y la cuna determinaban casi siempre el futuro y la vida entera de las personas. Hoy, que los estudiantes tienen tantos medios a su alcance y disponen de todo el tiempo para dedicarse a su formación, creo que aún destaca más la fuerza de voluntad de un hombre que tuvo que realizar sus estudios con muy escasos medios y con casi todos los elementos en su contra.En este aspecto, Joaquín Costa es un ejemplo a imitar, un modelo imperecedero de pundonor, tesón, esfuerzo y afán de superación en el estudio y la cultura.

Me centraré, por tanto, en esta breve biografía, en el Costa joven, en sus primeros años en Monzón y seguidamente en Graus, en su juventud en Huesca y en su época universitaria en Madrid. Para terminar, me referiré a su frustrada experiencia amorosa con una muchacha oscense, en un episodio que pudo haber cambiado el curso de la vida de un hombre que estuvo buena parte de su existencia condenado a la soledad, la enfermedad y los apuros económicos y, en consecuencia, a arrastrar consigo un poso casi permanente de amargura y de tristeza. Condenado a sufrir demasiadas frustraciones humillantes para una persona de su valía, de su inteligencia, integridad y honradez. Pero la vida es a menudo injusta, y con el Costa vivo lo fue mucho más que con el Costa muerto, este que, ahora que ya no puede resultar a nadie incómodo, todos nos afanamos en alabar y recordar, incluso aquellos que están en las antípodas de su ejemplar comportamiento.

Joaquín Costa nació en Monzón el 14 de septiembre de 1846. Su padre, natural de Benavente de Aragón, un pequeño pueblo a pocos kilómetros de Graus, se llamaba Joaquín Costa Larrégola y era conocido con el sobrenombre de El Cid. Fue un pequeño agricultor, trabajador y honrado, gran conocedor del derecho de costumbres y de las tradiciones rurales de la comarca ribagorzana. La madre, María Martínez Gil, había nacido en el mismo Graus y era la segunda mujer del Cid, que había enviudado recientemente. Joaquín y María se casaron en Graus y se fueron a vivir a Monzón, donde el padre de Costa había heredado algunas pequeñas propiedades. Cuando el pequeño Joaquín tenía seis años, sus padres volvieron a Graus para quedarse. Al parecer, porque las cosas tampoco les iban demasiado bien en Monzón y porque doña María no se adaptaba al lugar y añoraba su pueblo natal y a su familia. El matrimonio tuvo once hijos, de los cuales seis murieron al poco de nacer y otro, Juan, lo hizo de viruela cuando sólo tenía diez años. Sobrevivieron finalmente cuatro de estos hijos: dos varones (Joaquín y Tomás) y dos mujeres (Martina y Vicenta).

Tras sus primeros años en Monzón, Joaquín Costa vivió en Graus desde los seis hasta los diecisiete años, entre 1852 y 1863. Al regresar de la capital montisonense, la familia Costa se instaló en una casa alquilada de la placeta de Coreche, en el actual nº 6 que hace esquina con la calle del Prior, que actualmente creo que se conoce como casa Fernandito. Según sus propias confesiones, este fue un periodo bastante desdichado de su existencia. La vida en Graus y su comarca era muy dura para la mayor parte de sus habitantes en aquellos años de la segunda mitad del siglo XIX. El inglés George Cheyne, el hispanista que mejor ha estudiado a Costa, hace una espléndida descripción de las características sociales y económicas del Graus decimonónico, en un capítulo de su interesante biografía “Joaquín Costa, el gran desconocido”, recientemente reeditada. Aunque como importante centro comarcal habría en la villa algunos comerciantes prósperos, buena parte de los grausinos vivía del campo, con pequeñas y poco rentables propiedades agrícolas. El principal cultivo del lugar era entonces la vid. Lo fue hasta que a principios del siglo XX y procedente de Francia llegó la devastadora plaga de la filoxera. Seguían, como cultivos secundarios, el olivo y el trigo y otros cereales.

La familia Costa tenía pocas tierras, con pequeñas fincas bastante alejadas entre sí. Eran pobres y vivían con lo justo. Al ser el mayor de los hermanos varones, Joaquín parecía destinado a ayudar a su padre en las faenas del campo. Fue a la escuela con el maestro Julián Díaz, que se percató de las grandes cualidades intelectuales del muchacho. Se cuenta una anécdota que quizá no fuera cierta, pero que según algunos biógrafos pudo tener su posterior importancia en el sentido muchacho. Una tarde en que don Julián iba de paseo, se encontró con su discípulo que volvía con un asno de ayudar a su padre en las tareas agrícolas y le preguntó:

- ¿Qué haces Joaquinón?
- He ido al campo con una carga de estiércol en el burro y ya estoy de vuelta  -respondió el chico.
Al parecer el maestro, algo socarrón, dijo entonces al muchacho:
- Si con burros vas, burro serás.

Tal vez el pequeño Costa decidiera desde ese momento que de ninguna manera quería ser un burro en el futuro. Se aplicó con interés y ganas al estudio y la lectura, aunque el ambiente rural de Graus y la situación de su familia no eran los más propicios para tan digno empeño. Así lo cuenta el propio Joaquín en algunas notas autobiográficas en que recuerda aquellos años:

“Lee, lee libros como quiera que sean, de cualquier cosa que traten, lee; lee, no repares en nada. ¡Ay! ¡Qué lastima que este instinto no haya sido observado y tomado en consideración! Qué lástima que mi inteligencia no haya sido dirigida convenientemente de principio en principio… ¿De qué me servían las humildes lecciones de la escuela primaria regida por la palmeta, concurrida hasta los 15 o 16 años? Me asombro al considerar lo que hubiera yo podido aprender desde los 10 a los 22 años si me hubieran dirigido…
Mi afición a los libros era desmesurada. Los que podía encontrar en Graus no servían ni bastaban a llenar ese deseo infinito de saber que bullía en mi alma… Es para mí un espectáculo la humanidad mía en su infancia recostada con mi libro bajo la cepa de una viña, a la sombra del nogal del campo, sobre la yerba de los ribazos, al sol de la colina o encima de la cama. Unas veces apacentando mi asno, otras tomando el sol. Ora en la siega, mientras los otros echan un trago me veo registrando las hojas de la Física de Rodríguez, ora en el hogar de la cocina, mientras mi madre preparaba la cena, me percibo colgado del candil gruñendo si se lo llevan porque leo “Los secretos de la Naturaleza” o algún tomo suelto de “Los Girondinos”. Aún me parece verme marchar con mi libro debajo de la chaqueta a un punto desconocido donde nadie me encuentre para que mejor pueda saborear mi lectura. Aún me parece ver mi mal genio y mi mal humor cuando tenía que dejar el libro para tomar alguna faena. Leía, leía yo libros o mejor dicho librachos o librotes, eso cuando tenía la dicha de hallarlos, que no siempre la tenía, y buscaba, buscaba, buscaba en su fondo alguna cosa que satisficiera el instinto de mi deseo, las necesidades de mi espíritu…Este cuadro triste viene a completarse cuando añadimos el maligno rasgo de que a nadie ha llamado seriamente la atención esa afición, y esa facilidad si se quiere. Yo era el primero y el más aplicado de la escuela: los maestros lo proclamaban, desde el de los párvulos en Monzón (¡pobre don Florentín!) hasta el de latinidad en Zaragoza: los condiscípulos lo proclamaban igualmente: también la voz pública. Éste me decía fraile porque siempre estaba en casa con mis libros; el otro me decía afanoso porque me dolía el tiempo de comer: ¡Afanoso era en verdad, afanoso de saber, pero cuán poco me ha valido! Y este afán era natural, innato en mí. Nadie me lo había comunicado ni estimulado; él formaba mis delicias…”

El maestro aconsejaría al padre de Joaquín que hiciera todo lo posible para que el chico pudiera estudiar porque tenía aptitud para ello. Su progenitor, sin embargo, estimaba que lo adecuado era que le ayudara en los trabajos del campo. El joven, por su lado, manifestaba al parecer su deseo de hacerse militar para escapar del limitado mundo grausino. Hay un factor que probablemente fue determinante para que Costa ni se dedicara a los trabajos agrícolas ni pudiera entrar en el ejército: su enfermedad, que ya por esos años empieza a manifestarse en toda su magnitud, y que poco después le libraría de hacer el servicio militar obligatorio y le condicionaría negativamente durante todo el resto de su vida.

Su dolencia era una distrofia muscular progresiva, enfermedad sobre la que no se sabía mucho en aquel tiempo. Su principal efecto era una disminución gradual y progresiva de la fuerza muscular, ya que el músculo adelgaza y degenera. Tiene una lenta pero imparable evolución, aunque afortunadamente no afecta ni a los centros nerviosos ni a la mente.

En el joven Joaquín empezó a manifestarse al parecer en los hombros  y los brazos, sobre todo el derecho, que en algunos momentos apenas podía levantar. Luego le atacó a la cintura y los muslos, haciendo que el simple hecho de andar se convirtiera con frecuencia en un tormento. Más tarde le afectó al cuello y le obligaba a mantener la cabeza muy levantada y a apoyarla, siempre que le era posible, en el respaldo de la silla o en la pared  –en la de su despacho de Graus aún queda una pequeña mancha debido a ese frecuente contacto-. La dolencia obligaba a Costa a mantener la cabeza muy erguida, cosa que algunos entendían erróneamente como un signo de altivez y orgullo.

Pero volvamos a Graus, de donde Costa deseaba irse aunque su padre se resistía a permitirlo. En esto, un pariente lejano de la familia, llamado don Hilarión Rubio, maestro de obras o aparejador acomodado en Huesca, necesitaba un criado que le cuidase el caballo y le ayudara en sus trabajos de construcción. El padre parece resistirse a la petición del lejano pariente oscense, aunque finalmente cede a las presiones del maestro de su hijo y decide enviar a éste a Huesca, donde, además de ayudar a don Hilarión, podrá dedicarse a estudiar y dispondrá de mayores oportunidades de futuro. Al joven Joaquín  –que ya comenzaba por entonces a manifestar mucho amor propio–  no le entusiasma la idea de ir a Huesca a, como él dice, mendigar un apoyo que le parece humillante, pero acaba obedeciendo a su padre y trasladándose a la capital de la provincia en diciembre de 1863, cuando aún no había cumplido los dieciocho años.
Joaquín Costa vivió en Huesca desde 1863 hasta 1867, entre los diecisiete y los veintiún años. El sentimiento de humillación nunca le abandona y considera que tanto la familia de don Hilarión como las visitas de la casa y los mismos criados lo tratan con desdén. Le avergüenza su pobreza y su dependencia de los demás. En la casa, trabaja como criado sin sueldo, por la comida y la cama. Como cae enfermo varias veces y por su dolencia muscular en ocasiones no puede hacer algunas de sus labores de criado, don Hilarión le reduce su apoyo y tiene que buscar trabajo fuera para poder pagar los gastos de la comida.

Trabaja como peón en la reconstrucción del castillo de Montearagón, fabrica jabón de lavar, hace de albañil y prepara planos para diversas edificaciones. No le importa realizar trabajos manuales y siempre se exige a sí mismo realizarlos con la mayor perfección posible. Sin embargo, su máximo deseo sigue siendo cultivar su mente y poder cursar estudios.

Aprueba el examen de ingreso en el Instituto General y Técnico de Huesca y a la vez que estudia se le encarga dar algunas clases de dibujo por enfermedad del profesor titular. También estudia y enseña francés, idioma que le gusta mucho y que empieza a dominar con soltura. Es probable que en el Instituto se sintiera molesto por ser un estudiante de más edad que la mayoría y por ser más pobre que los demás. Sin embargo, destaca en los estudios y gana premios en francés, geometría y trigonometría. El joven Joaquín, con una fuerza de voluntad fuera de lo común, tiene que  estudiar sobre todo de noche, porque durante el día debe realizar diferentes trabajos para ganar algo de dinero, que utiliza casi siempre para comprar algunos de los libros que necesita.

De la estancia en Huesca hay que destacar sobre todo que fue allí donde nació el Costa escritor. Empezó a escribir un tratado de agricultura, materia por la que siempre mostró gran interés, y compuso una gramática y un diccionario de la lengua francesa. Funda con varios amigos el Ateneo Oscense y escribe algunos artículos en el diario “El Alto Aragón”, desde un escrito sobre una máquina de segar hasta varios cuentos literarios.

Con motivo de la Exposición Universal de París de 1867, el gobierno convoca un concurso para seleccionar a doce artesanos como observadores españoles en la citada Exposición. Joaquín Costa se presenta como albañil y, aunque con apuros y suspense hasta el último momento, consigue con el número 11 la anhelada plaza de artesano.

Con veintiún años y prácticamente sin haber salido nunca de la provincia oscense, Costa viaja a París para asistir a la Exposición Universal. Durante nueve meses residió en la capital francesa y el contacto directo con  un país que en aquel tiempo estaba mucho más adelantado que el nuestro le causa un enorme impacto. Este viaje le reveló sin duda la considerable distancia que en riqueza y en cultura separaba a España del país vecino y de buena parte del resto de Europa. Costa constataría sin duda la necesidad urgente de modernización de nuestra patria y, en sus posteriores proyectos regeneracionistas, casi siempre identificó el progreso de España con su necesaria europeización.
Una de las anécdotas más curiosas de la estancia de Costa en París fue su descubrimiento de la bicicleta que entonces, en sus primeras versiones, se denominaba velocípedo. No hace mucho que Antón Castro publicó un interesante artículo titulado “Joaquín Costa o el albañil que descubrió la bicicleta en París” (Heraldo de Aragón, 2-2-2011), y que por su curiosidad reproduzco aquí en buena parte:

“Quizá uno de sus grandes descubrimientos en su estancia parisina fue que en la Exposición Universal de 1867 vio las nuevas transformaciones de la bicicleta. Buen dibujante, se dice que sacó un papel de fumar y que copió el aparato que había creado Ernest Michaux en 1860, la primera bicicleta a pedales, la “michaulina”. Nada más regresar, en 1868, en la imprenta Arizón, publicó las ‘Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca’.

Agustín Sánchez Vidal, estudioso de la obra literaria de Costa, dice: «La noticia del diseño del velocípedo (antecedente de la bicicleta), que Costa envió a unos amigos oscenses, la recoge Vicente Cajal, en su libro ‘Un oscense’ (publicado en 1967). Según él, la primera bicicleta de España, con el nombre de ‘velocífero’, la habría construido el mecánico oscense Mariano Catalán, basándose en el diseño que Costa había hecho sobre un papel de fumar, tomándolo del natural en la exposición parisina». En este extremo han coincidido diversos especialistas y estudiosos oscenses: Julio Brioso, Luis Gracia Vicién, Juan Carlos Ara, Bizén d’o Río… El propio José Antonio Llanas, ex alcalde de la ciudad de Huesca y erudito local, escribiría en un artículo publicado en ‘Nueva España’ de Huesca en 1978 que el padre de un costista célebre como ‘Silvio Costi’, llamado Francisco Bescós, manejó uno de esos velocípedos, con el que arrolló a un peatón oscense conocido como ‘El Miñón’, en el Paseo de la Estación, causándole la muerte. Añade Sánchez Vidal que «la víctima está enterrada en el antiguo cementerio de ‘Las Mártires’ de Huesca, y en la lápida pone: Tomás Félix ‘El Miñón’. Pepín y Antonio Bello contaban que su padre y Silvio Kossti (el seudónimo era un homenaje a Costa porque su verdadero nombre era Manuel Bescós Almudévar) habían fabricado una bicicleta con el diseño de Costa». El experto en ciclismo Ángel Giner afirma que Huesca es la pionera en la construcción de bicicletas en España, a raíz del dibujo de Joaquín Costa, y ha precisado que el mecánico “y herrador” Mariano Catalán, con sus hermanos Nicomedes y José, reprodujo tres bicicletas “y fueron una gran novedad”.

La estudiosa María José Calvo Salillas, en su texto ‘El Círculo oscense y el modernismo. La historia de un siglo’, registra una curiosa anécdota: cita a Gregorio Barrio Crespo, secretario oficial del ayuntamiento y compañero de aventuras de Mariano Catalán, y dice que ambos emprendieron una expedición ciclista “histórica” el 20 de marzo de 1868: “A las cuatro de la madrugada parten hacia Zaragoza en la primera excursión de un velocípedo registrada. Los excursionistas llegan hasta la plaza de Santa Engracia, regresando a las cinco de la tarde».

Aquellos croquis de Joaquín Costa iban a recorrer kilómetros de realidad y de leyenda. Eso sí, Huesca contó con el Club Velocipedista Oscense al menos desde 1889, presidido por Juan Antonio Pla, y en 1896 empezó a editarse la revista “El pedal”, que publicó la correspondencia de Costa con los ciclistas de Huesca y Barbastro”.

Me he extendido un poco en este curioso hecho porque, ahora que este vehículo vuelve a estar tan de moda y por el que yo siento bastante afición, muestra el papel pionero que tuvieron la ciudad y la provincia de Huesca en la introducción y el uso de la bicicleta en España.

La estancia de Joaquín Costa en París durante la Exposición Universal de 1867 estimuló todavía más su deseo de saber. El altoaragonés escribe por aquel tiempo en su diario lo siguiente:

“Soy de 21 años y quisiera saberlo todo. ¡Pero el día es tan corto! Y aún es preciso emplearlo en ganar el sustento. Quisiera estudiar todos los autores de agricultura, estudiar el modo de escribir el español tan certero como Caballero y Oliván, los autores de historia relativa a Egipto, los poemas que me pueden dar alguna luz e indicaciones, etc., etc.”

A esta pasión por saber se añade en Costa, como escribe George Cheyne, una cierta amargura por ser consciente de que ha empezado demasiado tarde y que está condenado a la soledad en su aprendizaje, pero hay una resolución casi feroz de estudiar, resolución del Costa venidero que llegará a dedicar hasta dieciséis horas diarias al trabajo intelectual.

Su enfermedad le afecta cada vez más y necesita ayuda económica para poder realizar sus estudios. Así, al año siguiente de volver de París escribe:

“La parálisis de este brazo derecho me mata también. Si lo tuviera bueno… estaría contento porque no tendría tan triste limitación en el círculo de mis recursos. Tal vez habría yo enviado a paseo a esta gente altanera, presumida e ignorante, si hubiera podido servir de jornalero o artesano”.

Don Hilarión y muchos de su círculo están incluidos sin duda entre esos altaneros, presumidos e ignorantes, pero Costa quiere estudiar como sea y no puede hacer ya trabajos físicos, por lo que necesita que le ayuden económicamente. Consigue que Bescós le preste dinero para ir a Madrid  y allí visita a su tío, el sacerdote don José Salamero, quien le ofrece un puesto de profesor en el Colegio Hispano-Americano de Santa Isabel.

Para Costa esta experiencia en la enseñanza no fue demasiado buena, pero le abrió el camino para hacerse bachiller y empezar luego, en 1870, una carrera universitaria. Dice Cheyne que a Costa no le desagradaba enseñar sino que lo que le disgustaba enormemente era que, mientras él con gran sacrificio se preparaba a fondo para sus estudios, veía a los niños ricos y mimados desaprovechando las oportunidades que él no había tenido. Así lo explica en su diario:

“Si los alumnos supieran cuánto hondo penetran sus majaderías y malos instintos, si ellos supieran que se están preparando a escalar las alturas del presupuesto, mientras uno está trabajando por el hambre y caminando hacia la miseria…Ayer hice la guardia ¡Cuánto sufrí! Lo digo de verdad…sería preferible volverse salvaje en las tribus africanas que vivir de tal manera…El mejor día cometeré, sin poderlo remediar, una imprudencia: saldré del colegio emprendiendo a bofetadas a algún alumno…”

Tampoco su situación en el colegio era económicamente demasiado buena. Escribe que tiene “pocos honorarios y muchas obligaciones”. Aprovechó sin embargo su preparación de las clases y el estar un curso completo en el citado colegio madrileño para lograr el título de Bachiller y después el de maestro. Para ello necesitaba pasar un examen que debió realizar en Huesca, a donde tuvo que desplazarse. Aprueba sin dificultad y logra el título de Bachiller que le permitirá continuar estudios en la universidad. Pero el problema sigue siendo, además de su enfermedad, su permanente y para él humillante carencia de medios económicos.

Por fin consigue que le presten un poco de dinero para volver a Madrid, pero allí ya no encuentra ningún trabajo. Su situación es desesperada e incluso piensa en el suicidio. Llega a escribir a un monasterio benedictino francés rogando que acepten su ingreso en él para dedicarse al estudio, pero la respuesta es negativa. El joven desea estudiar a todo trato. “Si no he de estudiar, no quiero vivir” escribe en su diario.

Cheyne hace este interesante retrato del joven Costa que llega a Madrid con poco más de veinte años:

“Costa ni fumaba ni bebía, ni iba a los bailes, ni jugaba a las cartas, porque tales distracciones le hubieran quitado el dinero necesario para los libros y el tiempo que le hacía falta para cultivarse. Es igualmente cierto que su resolución era inflexible y eso le convertía en estoico, salvaje y algo antisocial. El sentimiento de la pobreza de sus padres y, por tanto, de la suya, le dio una visión tal de la sociedad que le privó de participar y disfrutar incluso de convenciones más sanas, haciendo de él un solitario que únicamente hallaba placer en los libros. No cabe duda tampoco de que el genio –o el mal genio– de Costa no mejoró con la humillación constante de tener que pedir dinero prestado, ni con una enfermedad cada vez más dolorosa, y ese mal genio estallaba con cierta facilidad.”

Los años pasados en la Universidad no difieren mucho de los anteriores, salvo en que Costa se vuelca en el estudio y en prácticamente cuatro años logra las licenciaturas de Derecho y Filosofía y Letras. Esta última carrera incluía entonces casi todas las disciplinas humanísticas y, junto a sus continuas y abundantes lecturas, le  proporciona una amplia cultura que se añade a su gran conocimiento del derecho y de las leyes. Lo que logró Costa en cuatro años y sin ninguna clase de recomendaciones es impresionante y es consecuencia sin duda de su gran capacidad y su prodigiosa memoria, pero también, y sobre todo, de su total aplicación al estudio y de su tesón inquebrantable, que no permitía que nada le apartara del camino escogido.

Sin embargo, los tres factores que le acompañaron casi toda su vida  –la soledad, la pobreza y la enfermedad– tampoco lo abandonan en su época de universitario. Están por el contrario más presentes que nunca. En sus Diarios explica episodios que reflejan la absoluta pobreza de aquellos días. Cheyne resume algunas de estas penurias:  “Allí se le ve haciendo una visita importante con pantalones descoloridos y remendados porque no tiene otros, se le ve poseedor de dos botas en buen estado, pero para el mismo pie y teniendo que poner una en remojo por la noche para poder ponérsela en el otro pie al día siguiente, se le ve en el crudo invierno madrileño, sin calcetines, sin zapatos, sin ropa de lana ni brasero, metiéndose en la cama por la tarde para escapar del frío, se le ve sin medios para pagar una copia del certificado del bachiller, y más tarde no podrá sacar los diplomas del doctorado porque no puede pagarlos.”

Los padres de Costa, agricultores cada vez más pobres, apenas han podido ayudarle en esos años de estudiante universitario en Madrid, aunque al parecer llegaron incluso a vender una finca para contribuir materialmente a los estudios de su hijo. El biógrafo del León de Graus, Luis Ciges, con la ayuda de las notas escritas por el propio Joaquín, describe un dramático cuadro familiar tras una visita hecha a Graus por el joven universitario en un periodo vacacional.

“El hogar es todo decrepitud y miseria. El padre, enfermo; el hermano Juan que ayudaba al Cid, recién muerto de viruelas, envejecida y acabada la madre. Padre, madre y demás familiares, hacinados en mitad del cuarto que tuvieron antes, del cual quiere expulsarlos ahora el propietario, que también busca pleitos negándoles deuda alguna por su trabajo”

Delante de esta situación, Costa, que ha venido a Graus desde Madrid, se siente culpable y escribe:

“Acordéme del gasto loco hecho por nosotros en el viaje de Madrid hasta aquí. No podía consolarme en la cama; me arrancaba el cabello de la cabeza, me escondía la cara en las manos como avergonzándome de mí mismo, aun en la oscuridad”. “¡Ay! ¡Quisiera no haber venido! ¡Quisiera no haber estudiado, y que mis manos ganasen el sustento de mis padres!”

Ante este panorama familiar, Costa tuvo que pedir de nuevo dinero prestado a quienes podían ayudarle, entre otros a su tío Salamero, con quien cada vez mantenía mayores diferencias políticas y religiosas. Al joven Joaquín le molestaba mucho que su tío se vanagloriara ante los demás de las ayudas que prestaba a su sobrino. Tener que pedir dinero a él y a otros le producía un enorme sufrimiento. Su obsesión con no deber nada a nadie le llevaba a apuntar todos los préstamos recibidos en esos días con la intención de devolverlos en cuanto pudiera hacerlo.

Por fin, las cosas mejoraron algo y el ya licenciado en Derecho y  Filosofía y Letras empieza a trabajar en la universidad como profesor supernumerario. Sin embargo, en 1875, Francisco Giner de los Ríos, pedagogo y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, es apartado de la Universidad de Madrid por sus ideas krausistas y liberales. Costa, que  siente gran respeto y admiración por su antiguo maestro, se solidariza con Giner y renuncia a su puesto de profesor. Él mismo explica su frustración en su diario:

"¡Pero qué desventurada criatura que soy! Cuando al cabo he llegado a auxiliar, cuando se acerca junio, y con él el derecho de ser jurado en tribunales de examen y sacar 50 o 60 duros, voy a tener que renunciar al título de profesor supernumerario".

Decide presentarse entonces a las oposiciones para Oficiales Letrados de la Administración Económica y obtiene el segundo puesto. Por real orden del 12 de septiembre de 1875, fue nombrado oficial letrado para la provincia de Cuenca. En ese mismo mes, perdió el premio extraordinario del Doctorado de Filosofía y Letras frente a Menéndez Pelayo, en una decisión que Costa siempre consideró injusta. Por estos años, su gran aspiración era convertirse en catedrático de la Universidad y hacia ese empeño orienta su futuro laboral. Sin embargo, la institución universitaria estaba en aquel tiempo dominada por los sectores más conservadores que postergaban a quienes tenían fama de liberales o krausistas. Aunque, pasado el asunto Giner, nuestro paisano fuera propuesto por dos veces para convertirse en catedrático y tuviera para ello más méritos que nadie, el decreto que dejaba en manos del ministro la designación de este cargo entre una terna de candidatos le cerraba cualquier posibilidad real de lograr su deseo. Esto supuso sin duda una gran injusticia y privó a la Universidad española de contar con los servicios de una de las mejores mentes de la época. Desengañado y sin esperanzas, el altoaragonés abandonó definitivamente sus aspiraciones universitarias para trabajar primeramente como oficial letrado, después como abogado y más tarde como notario.

En este relato biográfico del Costa joven voy a referirme ahora a un episodio de su vida que tuvo para él una gran importancia en el plano humano y sentimental. Fue su frustrado amor por la joven oscense Concepción Casas.

Hasta la aparición de Concha Casas en sus notas y en su epistolario hay pocas y casi irrelevantes referencias a mujeres en la vida de Joaquín Costa. Cuando está en París, habla de comprarle unos pendientes a una tal Pilar, que algunos creen podría ser la hija de Don Hilarión. El propio Costa estima como imposible esa relación por ser él pobre y rica su pretendida.

Sin embargo, se percibe ya en el joven estudiante una imperiosa necesidad de amar y una dificultad en encontrar correspondencia a ese sentimiento. En 1868, escribe con la típica grandilocuencia romántica:                 

"¡Amor, amor! ¡Dicha! ¡No huyáis de mí! ¿Qué mal os he causado? ¡Ah! No me escuchéis, no: es preciso que sufra, es preciso que mi alma se vea torturada. ¡Amor, amor! ¡Habías de ser tú verdugo! ¡tú! ¡Ay! ¿De qué te sirve el amar? Amas, sí, amas intensamente, pero sólo el vacío, el horrible vacío responde a tu amor... (...)".

En 1870, Costa anota en su Diario la admiración que siente por Isabel Palacín, a quien siempre llamó Elisa: "¡Bellísima mujer! ¡corazón sensible!". Isabel es la mujer de su amigo y protector Teodoro Vergnes (o Bergnes, como a veces se le cita) y por ello no se permite nunca llevar más allá esa atracción platónica. Como se sabe, más tarde, cuando ella quedó viuda, de las relaciones entre Joaquín y Elisa nacería Pilar Antígone, única hija del escritor y jurista, a la que sin embargo nunca reconoció públicamente.

Por esos años, primera mitad de los setenta, cobra cierta relevancia en la vida del polígrafo la presencia de otra mujer: Fermina, que, como Pilar, aparece siempre en sus diarios sólo con su nombre de pila. Se trata de Fermina Moreno, a la que Costa conoció en casa del canónigo don Modesto de Lara, de quien era prima y doméstica en ese momento. En su Diario, Costa añade significativamente la frase "and his wife". Fermina era mayor que Joaquín y entre ambos surge una relación de ternura que el escritor parece considerar más como materno-filial que como ninguna otra cosa. Costa la tiene como "mujer de gran talento y exquisita sensibilidad", y ambos se confiesan sus penas y sus preocupaciones. Ella siempre cree en él y le ayuda a no caer en el desánimo por su pobreza; él la consuela cuando su primo el canónigo la abandona y deja sola. Cheyne no cree que la relación fuera más allá y reprocha a Ciges y a Olmet que en sus respectivas biografías del altoaragonés dejen entrever que hubo algo más entre ellos que una amistad que se fue paulatinamente enfriando.

Pese a estas breves y poco consistentes referencias anteriores a otras mujeres, puede decirse casi con total seguridad que Concepción Casas fue el primer y probablemente el único gran amor en la vida de Joaquín Costa. Veamos qué ocurrió entre ambos y por qué ese amor no pudo llegar a materializarse nunca.

A finales de agosto de 1876, Joaquín asistió en Graus a la boda de su hermana Martina y a su regreso a Cuenca, donde trabajaba como oficial letrado, hizo una parada en Huesca, donde conoció a Concepción Casas, a la que él llamará casi siempre Concha. Ella, hija del médico Serafín Casas, de una conocida familia oscense, tenía dieciocho años; él iba a cumplir los treinta en el mes de septiembre. Costa tenía el propósito de acercarse a Madrid, donde Francisco Giner de los Ríos le había ofrecido ser profesor en la Institución Libre de Enseñanza y sumar así un complemento a su sueldo de letrado. Logró el traslado a San Sebastián y más tarde a Guadalajara, acercándose de este modo a su objetivo en la capital de España. Sin embargo, inesperadamente, Costa aceptó una vacante como letrado en Huesca. El motivo no era otro que no haber podido olvidar a Concepción y querer acercarse a ella.

En junio de 1877, "El Diario de Huesca" se hace eco de la llegada a la ciudad de "uno de los hijos de la provincia que más la honran". Costa publicó varios artículos en dicho diario y desarrolló una activa vida social en la capital oscense. Contra sus austeras costumbres, gastó en ropa, bailes, teatros y conciertos más de lo que podía, y frecuentó los domicilios de algunas familias acomodadas, como los Casas y los Tolosana. Todo por estar más cerca de Concha y lograr la aceptación de su familia. Pero a la fama de su inteligencia y su talento, pronto se unió la desconfianza y el rechazo de algunos sectores de la ciudad hacia su racionalismo y sus ideas krausistas. También se criticó que no asistiera con regularidad a las misas de las fiestas de guardar. Ello no pasó desapercibido a la familia Casas, de condición muy religiosa y conservadora. Pronto Joaquín pasó de la euforia a la amargura, y vio cómo el amor con que Concepción parecía corresponderle empezaba a tener que superar obstáculos cada vez más difíciles de franquear.

Ante la adversidad amorosa, Joaquín Costa buscó el consejo de su maestro Francisco Giner de los Ríos. La carta que envió al pedagogo malagueño en diciembre de 1877, publicada como el resto de las aquí citadas por Cheyne en el libro “El don de consejo” (Guara Ediciones, 1883), es el mejor documento para entender cuál era el problema desde su perspectiva de enamorado. Es necesario reproducirla en buena parte porque en ella Costa explica con claridad las causas de su pena:

 "Usted que posee el don de consejo, y que es acaso mi único amigo, habrá de tomarse el trabajo de asistirme con sus luces en un asunto delicado que sólo con usted y con otra persona distante puedo consultar. (...) Usted no recordará ya que días antes de partir para Cabuérniga, en Cuenca, le dije (...) que vivía en Huesca una niña que me merecía tan vivas simpatías, que a ella uniría mi suerte, caso de acceder ella y su familia. Lo que no le dije fue que por verla y tratarla me había hecho trasladar a Huesca, alegando otros pretextos: se había despertado ya en mí verdadera pasión hacia ella y luego ha ido creciendo y desarrollándose en términos que acaban de ahogarme. Intimé su trato y frecuenté su casa, dando tiempo para conocerla  y que me conociese: comprendí su mérito, y se hizo una necesidad imperiosísima para mi alma, a punto de vincular en ella todo mi porvenir: le inspiré simpatías: las gentes nos tenían ya por prometidos. En este estado, hablé a su madre, por razones que no son del caso, y después de varios incidentes y alternativas que me han robado el sueño y el estímulo del trabajo (hace un mes que lo tengo todo interrumpido y en suspenso) me ha declarado ella, la niña, que también sufre por causa mía, que también ha luchado y lucha, pero que ha surgido entre los dos un abismo que parece imposible de llenar. El abismo es éste:

El padre, aunque médico y catedrático, es ultramontano intransigente, si bien supo transigir con D. Alfonso porque no le embargasen los bienes por carlista: la niña no es hermosa; no es rica: sus atractivos y su mérito están en sus condiciones de carácter, discreción, talento, cultura, sentido práctico e idealidad, al par que atesora, y es una de sus cualidades suyas, el ser religiosa, sin ser mojigata. La familia es modelo, entre los modelos de las familias españolas; de ella forma parte un canónigo, hermano del padre; viven todos de un mismo pensamiento; son amigos de mi tío Salamero. Con estos elementos, comprenderá usted el género de nube que se ha interpuesto entre los dos y el abismo que ella me ha señalado: le han dicho que no concuerdan con las suyas mis opiniones religiosas, que hago propaganda de la Institución Libre de Enseñanza, en la cual se explican doctrinas anticatólicas o se admite la posibilidad de explicarlas, etc., y que por tanto, ni ella podría hacerme feliz, ni yo a ella. Es la historia de siempre, la historia de la decadencia del gentilismo, la historia de los tiempos en que estamos entrando..."

En enero del siguiente año llegó la respuesta de Giner. En ella amonesta a Costa por "enamorarse hasta la pasión sin cerciorarse previamente del modo cómo esa señorita había de juzgar y recibir la divergencia de sentido religioso". Y porque "usted no debió entregarse y dar aliento a sus primeras simpatías, hasta asegurarse de que esa señorita reunía todas las condiciones esenciales para hacer su vida con la de usted una sola". Además, Giner añade que "a la oposición de los padres, doy ciertamente valor (...), pero, si la mujer responde a nuestros sentimientos esa oposición se desvanece siempre". Por eso, continúa, "la grave, es la actitud de esa señorita". Y finalmente da a su amigo el consejo que le había solicitado: "El principio de conducta es éste: dada la situación actual, si usted cree poder persuadir a esa señorita de que puede irse a la gloria casada hasta con un ateo, persuádala y cásese". Pero, "si no hay fundados motivos para suponer que volverá sobre su primer modo de comprender las cosas, abandone usted el campo resueltamente y sin insistencias, que serían ya una ofensa a la conciencia de esa señorita, y envolverían una persecución impropia de un hombre de honor". Giner se despide con la esperanza de que Costa no decaiga ni ante los demás ni ante sí mismo, porque "los hombres deben guardar para la intimidad sus penas y dolores" y "en público, morir, si es preciso, con la sonrisa en los labios, con gracia y sin caer en la sensiblería".

Giner pone de relieve en su carta que pese a la oposición de sus padres, que Costa estima decisiva, es probablemente la propia Concepción quien rechaza a su pretendiente por la discrepancia religiosa que se abre entre ambos. La respuesta del altoaragonés al pedagogo rondeño lleva implícito un cierto tono de reproche: "Usted no es un hombre, es una categoría", empieza escribiendo Costa. Pese a todo, acepta sus consejos con una mezcla de resignación e ironía: "Es verdad: nada de comunión de penas; nada de válvulas, sonrisa de primavera sobre el cráter; ya que nacemos llorando, muramos riendo; seamos héroes, no mujeres: tengamos corazón para sufrir y para esconder el sufrimiento". En la siguiente carta, última en la que aparece este asunto sobre el que ya no vuelve a tratarse en su larga correspondencia, Giner rechaza haber censurado la actitud de Costa y hace a éste una confidencia personal, casi insólita en persona tan discreta y reservada con su intimidad y, según Cheyne, poco destacada por sus biógrafos: "Conozco por experiencia ese género de contrariedades y con ellas lucho ahora mismo: con la diferencia de que yo voy a tener pronto 40 años y usted tiene 30. Esto es: yo comienzo a dudar de poder resolver mi asunto; y usted se casará con esa señorita o con otra. Dígame pues de todo; ánimos, cuídese y déjese de tonterías."

La otra persona a la que Costa pide consejo es el canónigo don Modesto de Lara. Al ser éste amigo de la familia Casas, Costa busca que interceda ante ella en su favor. El canónigo llama a Joaquín a Zaragoza, donde ahora reside, y le propone un plan un tanto maquiavélico: Costa debe escribirle dos cartas desde Huesca con fecha falsa, dirigiéndose a él como si fuera su confesor y explicándole su problema. Don Modesto las hará llegar a Don Serafín y a su hermano don Bruno Casas, canónigo de la catedral de Huesca, para que vean que el pretendiente de Concepción no es tan poco religioso como de él se dice. Por su parte, Don Modesto contestará a Joaquín en los términos adecuados para que éste pueda enseñar las cartas a Concepción y poder influir sobre ella. Costa, enamorado hasta la médula, acepta el plan, aunque no sin mostrar escrúpulos: "El plan era magnífico, pero también miserable y contrario a la sinceridad y al honor y a la conciencia, puesto que él y yo mentíamos y armábamos acechanzas a una conciencia, si bien preocupada y fanática. Amo tanto a Concha Casas que todo me parecía perdonable". Y no deja de resultarle paradójico que mientras un racionalista le aconsejara "con la voz de Dios y fuera su conciencia objetiva", un clérigo se pusiera de su parte pero "con la voz del diablo" y fuera "la lisonja de su pasión y su provecho".

Sin embargo, la estrategia de Don Modesto no funciona, y Costa conoce directamente la opinión del padre de Concha por la carta que éste envía al canónigo puesto a celestino. La respuesta no puede ser más contundente. Tras alabar la inteligencia, la erudición y las "costumbres severas y fino trato social" del pretendiente de su hija, Don Serafín pasa a mostrar sus aspectos negativos y los motivos de su rechazo:

"Oscurece sin embargo este hermoso cuadro la educación científica y literaria recibida en la Universidad Central, de profesores krausistas ... así como el pertenecer en cuerpo y alma a la Institución Libre, cuerpo docente completamente librepensador, y por tanto refractario a toda autoridad superior a la ciencia y a la razón, únicas deidades a las que rinden culto (...) Y como yo soy ...católico, apostólico, romano rabioso, ultramontano, como se dice, ... y por tanto hijo sumiso de la Iglesia, (...), partidario de la infalibilidad del Papa, etc., de ahí que me haga mal y deplore, que tan simpático joven, a quien mi corazón busca, mi cabeza rechace... Pero ha tenido la desgracia de que sus antecedentes conocidos en cuanto al sesgo dado a sus estudios y a algunos de sus escritos hayan puesto en guardia aquí a los católicos eclesiásticos y laicos, y pasa fatalmente por adalid y aun propagador de la filosofía alemana en esta localidad..."

Acaba Don Serafín aludiendo a la existencia de otro proyecto matrimonial para su hija y rogando a Don Modesto que haga desistir a Joaquín de sus intenciones. El asunto parece, por tanto, concluido y sin esperanzas para el joven Costa. Sin embargo, éste sigue viendo a Concha y ella le confiesa que también sufre por la situación creada, aunque cada vez muestra más frialdad hacia su pretendiente. A la mente de Joaquín acuden los complejos que, tal vez no siempre con motivo, suelen acompañarle, y achaca el distanciamiento a sus problemas físicos y a la pobreza económica de su familia. Incluso, olvidando los consejos de Giner, pierde los papeles y ofende a Concepción enviándole unas "Meditaciones y Confidencias" que precipitan la ruptura definitiva. Él mismo reconoce su error: "He perdido la calma, me he vengado, fingiendo un odio que no abrigo, escribo cobarde una carta insultante, pero ¡ay! esta carta no era sino otra vez el amor." Ella le contesta enfadada que "como mujer no olvidaré nunca jamás...que es usted el único hombre que se ha permitido prodigarme sin ningún derecho tamañas ofensas".

Aunque la ruptura se produce y Costa abandona Huesca en 1879, aún se mantiene entre ellos una esporádica correspondencia epistolar. Joaquín escribe a Concepción algunas cartas, varias en francés, y en una de ellas,  esta vez en español y desgraciadamente no fechada, hace un resumen de las causas que en su opinión impidieron que la relación continuara: "...hay entre usted y yo un tío que me odia por liberal, un padre a quien inspiro yo repugnancia invencible por igual motivo y una mamá que me aprecia como hombre, pero que me desdeña por pobre, y si bien a usted la conceptúo mejor que a todos tres, y con ánimo para saltar por encima de estos dos obstáculos, no así para pasar por encima de aquellas tres personas"

En 1893, quince años después del relatado episodio de amor frustrado entre Joaquín Costa y Concepción Casas, se produjo la muerte de ésta. Sobre un poema que ella le había mandado en el momento de su ruptura, Costa anota un escueto "Ha muerto". Y, en la misma carta de ruptura de Concepción, escribe con fecha de junio del 93: "¡Pobrecilla! Se casó hace dos o tres años con un magistrado o fiscal, se fue con él a Ultramar, creo que a Puerto Rico, y acabo de saber que ha muerto, parece que de sobreparto. ¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!...".

Por lo que yo sé, en su familia se transmitió la idea de que Concepción era una mujer de gran personalidad y que ella misma y por sí sola decidió la ruptura con Costa, por sus desavenencias religiosas y, sobre todo, por la preocupación que le producía el tipo de educación que los futuros hijos de ambos pudieran recibir. Es muy probable que así fuera, pero aunque hubiera sido ella menos piadosa parece difícil pensar que una mujer de su edad y en aquellos tiempos pudiera rebelarse contra la autoridad familiar, que a la postre decidía casi siempre el matrimonio de las hijas casaderas.

Coincido con Cheyne en la importancia que este episodio tuvo para el joven Costa. Fue una frustración que sin duda le marcó y que, sumada a otras sufridas en otros aspectos de su vida, contribuyó a aumentar su amargura y la percepción de que, por su condición humilde y por sus ideas, la fatalidad, en un país que no perdonaba ciertas cosas, le perseguía pese a su reconocido talento.

Costa no vio cumplido ya nunca su deseo de casarse y formar una familia, aunque de su relación casi clandestina con Isabel Palacín, viuda de su amigo y protector Teodoro Bergnes, nació en 1883 una hija. Joaquín quiso que se llamara Antígone, pero el sacerdote no aceptó ese nombre y se la bautizó como María del Pilar. Costa tenía 37 años e Isabel Palacín, a la que él siempre llamaba Elisa, había cumplido ya 36 cuando nació la niña. La pareja, por causas que no se conocen bien del todo, nunca llegó a casarse y ambos apenas vivieron juntos. El padre nunca reconoció a la hija y sólo, cuando años más tarde ésta se casó, le dio su consentimiento pero  considerándola como hija adoptiva.

Joaquín Costa tenía treinta años cuando vivió el episodio amoroso sin final feliz que acabamos de contar y que aparece explicado con mucho más detalle en las “Memorias” del polígrafo altoaragonés editadas recientemente por Juan Carlos Ara en la colección Larumbe. Este es el límite temporal que he querido marcarme para esta resumida biografía del joven Costa. El llamado León de Graus aún vivió treinta y cinco años más, en los que escribió y reflexionó sobre muchos temas, impulsó varios proyectos políticos que nunca llegaron a fructificar y acabó, bastante desengañado de todo y cada vez más mortificado por su enfermedad muscular, retirándose con su soledad a cuestas a su casa familiar de Graus. Allí murió el 8 de febrero de 1911. Dos días después fue enterrado en Zaragoza, donde, en el cementerio de Torrero, descansan sus restos.

Costa había dejado escrito, tal vez con intención metafórica, que quería ser enterrado en Las Forcas, las montañas de Graus que él, en sus últimos años, veía todos los días desde las ventanas de su casa. Sin embargo, sus seguidores y amigos, sobre todo en Madrid, insistieron en que debía ser trasladado al Panteón de Hombres Ilustres de la capital de España y así se decidió finalmente. De Graus a Barbastro, la gente salía a las orillas de la carretera para rendir tributo y despedir al fallecido. En Barbastro, su cadáver fue subido al tren para llevarlo a Madrid, pero al llegar a Zaragoza, una multitud, movilizada en parte por el alcalde Basilio Paraíso, se plantó en medio de la vía para impedir que el féretro saliera de Aragón. El gobierno de Madrid, preocupado por posibles incidentes con los republicanos si el entierro tenía lugar en la capital, dejó que la gente se saliera con la suya y Costa fue finalmente enterrado en el cementerio de Torrero de Zaragoza.

Joaquín Costa, sin embargo, no murió del todo en 1911 y, como comprobamos el pasado año con la celebración de su centenario, permanece aún muy vivo en nuestro recuerdo. En el monumento que se levantó en Graus en 1929, aparecen las dos palabras que resumen el proyecto regenerador que nuestro ilustre paisano tenía para España. Estos términos son Escuela y Despensa. Es decir, cultura y educación por un lado, y riqueza que proporcione alimento y bienestar a todos los españoles por el otro. Progreso cultural y progreso material para un país que carecía de ambos en su época. Desde entonces hasta hoy la cultura y la despensa han mejorado en la sociedad española hasta límites que en aquel tiempo nadie podía ni siquiera imaginar. En la actualidad, corremos el riesgo de que en ambos aspectos España retroceda por primera vez en muchas décadas. Probablemente, si la mayoría de los dirigentes políticos y de quienes han tenido responsabilidades en las principales instituciones del país en los últimos tiempos se hubieran regido por los principios éticos y los valores humanos que Costa forjó en sus años de juventud y mantuvo siempre a lo largo de su vida, no habríamos llegado a esta situación actual tan lamentable. España parece necesitar otra vez una profunda regeneración moral y ética que, teniendo como base el verdadero amor al país y la honradez más absoluta, permita superar la crisis en que se halla inmersa por culpa, en buena medida, de quienes, careciendo de los principios éticos básicos y muchas veces hasta de la formación adecuada, anteponen su interés particular al general de todos.

Hombres pundonorosos, íntegros, cultos y honrados como lo fue Joaquín Costa Martínez son hoy más necesarios que nunca o, mejor dicho todavía, son hoy tan necesarios como lo fueron ayer y como lo seguirán siendo siempre.

Carlos Bravo Suárez

Publicado en siete entregas en Diario del Alto Aragón.

Imágenes: Padre de Joaquín Costa, Costa joven, Casa natal de Costa en Monzón, Casa de Graus en la que vivió entre los 4 y los 17 años, Campesinos ribagorzanos de la época, Libros en el despacho de Costa, Graus en la época, Recinto de la Exposición Universal de París de 1867, Entrada a la Exposición de París, Velocípedo, Cuadro de Ramón Casas, Mosén José Salamero, Madrid a finales del XIX, Manifestación en la calle Alcalá de Madrid, Graus y la basílica de la Virgen de la Peña en la época, Huesca a fines del XIX, Francisco Giner de los Ríos, Huesca en la época, Duelo por la muerte de Costa en las calles de Zaragoza, Tumba de Costa en el cementerio de Torrero de Zaragoza y Monumento a Costa en Graus.

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