En su última novela, la escritora uruguaya
Fernanda Trías nos ofrece un hermoso texto que transita del realismo social al
misticismo panteísta
Fernanda Trías ((Montevideo, 1976) es una de las voces emergentes de la nueva literatura hispanoamericana. Forma parte de una pléyade de escritoras nacidas en los años 70 y principios de los 80, entre las que figuran las argentinas Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Selva Amada y Dolores Reyes; las mejicanas Fernanda Melchor, Valeria Luiselli y Guadalupe Nettel; la boliviana Liliana Colanzi; o la colombiana Pilar Quintana. Nacida en Uruguay, pero residente en Colombia desde hace una década, Fernanda Trías, profesora y traductora, ha publicado cinco novelas y un libro de relatos. Entre sus novelas destacan “La azotea” (2001), “Mugre rosa” (2020) y la reciente “El monte de las furias” (2025). Las tres han sido publicadas en España por Random House y las dos últimas han obtenido el prestigioso Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México.
“El monte de las furias” es una novela con dos protagonistas: una mujer que vive y trabaja en lo alto de una montaña y la propia montaña. La mujer, cuyo nombre de pila nunca se cita, se encarga de cuidar los lindes de la zona más elevada de un monte, propiedad de una empresa que explota una cantera. Ella escribe en primera persona lo que le pasa, en un cuaderno que constituye la mayor parte del libro. Intercalados entre los cuatro cuadernos de su relato, encontramos textos más breves en los que, aunque en tercera persona, la protagonista exclusiva es la montaña, dotada de voz propia y consciencia. En sus textos, la mujer escribe sus actividades del presente y sus recuerdos desde la infancia. En ese pasado, se contraponen las figuras de la madre y la abuela. La primera llevaba una mala vida y no trataba bien a su hija; al contrario que su abuela, que la quería mucho y la animaba a estudiar. Lo mismo que la maestra Nidia, a quien recuerda con cariño. Su vocación de saber quedó truncada, pero el gusto por el lenguaje y las palabras hacen que, aunque no pudiera realizar más estudios, escriba sus cuadernos con la mayor precisión y esmero. Ahora vive sola en una cabaña y su único contacto con el exterior son las visitas al celador, que trabaja en la cantera y vive un poco más abajo, y con quien mantiene una relación algo ambigua, y dos mujeres testigos de Jehová que suben a verla de vez en cuando para intentar llevarla a su religión. De repente, la tranquila vida de la narradora se ve alterada por la sorprendente aparición de sucesivos cadáveres en el terreno de vigilancia que tiene asignado.
La novela conjuga un plano narrativo más realista, de descripciones sociales y económicas de precariedad y explotación en un pequeño marco rural y geográfico, con un plano de fondo más trascendente y simbólico, en el que subyace, de manera más o menos explícita, una relación simbiótica, de carácter panteísta o místico, entre la mujer protagonista y la propia montaña. En el plano más realista se trasluce una cierta denuncia política, social y ecológica que, afortunadamente para el resultado final del texto, nunca deriva hacia el alegato panfletario o activista. En el plano simbólico, y más fructífero desde el punto de vista literario, vemos en la narradora un cierto tránsito entre la cordura y el delirio, entre la realidad y la locura. La sucesiva aparición de los cadáveres lleva el relato a este terreno lindante con la alucinación, pero en ningún caso a un relato negro o de investigación policiaca. Y este carácter de historia oscura y ambigua, de esa fusión íntima envuelta en bosque, niebla y muerte, convierten a la novela en una singular y potente experiencia estética y literaria.
Otro aspecto destacado del libro es su lenguaje lírico y poético, que concede un gran valor a las palabras a la hora de describir paisajes y emociones. La narradora, como le pedía su maestra Nidia, cuida con devoción y celo las palabras. Y eso a pesar de reconocer la inefabilidad o insuficiencia del lenguaje: “Porque en mi mente no hay dos árboles iguales, no hay dos plantas del mismo verde. Y puedo decir: acacia, aliso, romero, pero esos nombres no van a reflejar ni el color ni la textura de las hojas, no van a reflejar los agujeros que dejan las mandíbulas de las hormigas ni la rugosidad exacta de los troncos”. En cuanto a los paisajes, la propia autora nos dice que escribió “El monte de las furias” en Bogotá, entre 2020 y 2023, contemplando desde su ventana los Cerros Orientales, y dedica también en parte su libro a los bosques de niebla (solo el 2,5% de los bosques tropicales del mundo tienen niebla perenne) que son el marco natural donde se desarrolla la novela.
Como ella misma ha explicado, su narrativa “es heredera de la literatura que trabaja con la extrañeza y lo insólito” y engarza con cosmovisiones indígenas latinoamericanas donde la naturaleza es concebida como una entidad viva. Fernanda Trías dedica tiempo y mimo a la confección de sus novelas. El resultado es más que convincente y “El monte de las furias” constituye un nuevo eslabón en su notable progresión literaria y una de las mejores novelas publicadas en nuestra lengua durante el pasado año.
“El monte de las furias”. Fernanda Trías. Random House. 2025. 248 páginas

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