domingo, 9 de marzo de 2008

"O.P.", LA NOVELA CARCELARIA DE SENDER

Recientemente ha sido reeditada por la modesta editorial Virus la novela “O.P. (Orden Público)”, de Ramón J. Sender. Su primera edición se produjo en 1931 en la madrileña editorial Cenit, cuando la Segunda República acababa de ser proclamada en España. Diez años después, en 1941, la novela se reeditó en Méjico, país en el que Sender se había exiliado tras la Guerra Civil española. Desde entonces no había vuelto a ver la luz y se había convertido, probablemente, en una de las obras menos conocidas del prolífico novelista oscense.

Varias obras escritas por Sender durante el convulso periodo de los primeros años treinta han vuelto a ser editadas en los últimos tiempos. Es el caso de “Imán” (1930), “Siete domingos rojos” (1932) o “Casas Viejas” (1933), todas ellas publicadas por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en su colección Larumbe. A esta recuperación reciente de parte de la narrativa más política y social de Sender puede añadirse “Los siete libros de Ariadna” (1957), que supone en buena medida un verdadero ajuste de cuentas del escritor aragonés con sus viejos camaradas comunistas, a quienes se había acercado en los años de la Guerra Civil y de quienes renegó durante el resto de su vida.

La reciente edición de “O.P.” cuenta con una presentación, breve pero clara y certera, a cargo de José María Salguero Rodríguez, autor de diversos trabajos sobre el escritor de Chalamera, entre los que cabe destacar “El primer Sender”, publicado en cuatro partes por la revista oscense “Alacet” entre los años 1995 y 1998. Tras la presentación de Salguero, el libro incluye también el interesante prefacio escrito por el propio Sender para la edición mejicana de 1941.

La novela “O.P.” se sitúa dentro de la etapa anarquista de Sender, quien tras su vuelta del servicio militar fue simpatizando cada vez más con el movimiento libertario. En 1930, Sender abandona el diario liberal “El Sol” para ser redactor-corresponsal en Madrid del periódico barcelonés “Solidaridad obrera”, la famosa e influyente “Soli”, órgano oficial de la Confederación Nacional del Trabajo. Dentro del anarquismo español existían entonces dos corrientes diferenciadas: la individualista, más próxima a la FAI, y la sindicalista de la CNT, considerada más posibilista y eficaz. El novelista altoaragonés se situó al principio en la primera de estas tendencias, pero fue desplazándose con el tiempo hacia la segunda. A partir de 1934, desilusionado por la desorganización y la esterilidad de la estrategia libertaria, Sender se aproximó al Partido Comunista, del que, como hemos dicho, se alejó definitivamente durante la Guerra Civil. En su exilio americano siempre renegó del estalinismo y de su breve experiencia comunista, pero, pese a la paulatina evolución del escritor hacia posiciones más conservadoras y apolíticas, nunca hizo lo propio con el anarquismo y su pasado libertario.

En su prólogo a la edición mejicana de “O.P.” de 1941, Sender, al referirse a la situación de la década 1926-1936 que concluyó con la tragedia de la Guerra Civil, reconoce que “los errores de aquel tiempo dejan sobre todos nosotros una responsabilidad grave y los aciertos, si los hubo, una tímida gloria”. Se muestra alejado de los análisis y conclusiones que sobre España hacen los llamados “hombres políticos” y afirma con rotundidad que “no era ni soy hombre de partido”. Y al referirse a las conclusiones que puedan extraerse de ese pasado escribe estas bellas palabras, que suenan modernas y definen en parte sus nuevas posiciones: “¿Quién de vosotros las tiene? El que las crea tener que levante el brazo. Ese que lo levanta lleva en la bocamanga una insignia de partido o un distintivo de lacayo. Nada de eso nos interesa. Hablamos del brazo desnudo. Los arroyos pasan por nosotros, como los campos de espigas, como el aire de los espacios, sin producir en nuestro físico más que una armonía que le empuja a seguir buscando con más eficacia el agua, las espigas y el aire fresco”. Sin embargo, unas líneas antes ha dejado claro que “aunque a veces busque la soledad y la cele y la cuide”, no es ya posible en los tiempos que corren vivir aislado en una torre de marfil.

Como “Imán”, “Siete domingos rojos” o “Viaje a la aldea del crimen”, “O.P.” está inspirada en unos hechos reales y se mezclan en ella lo autobiográfico y la ficción. La novela recrea literariamente la estancia de Sender, que tenía entonces 26 años, en la Cárcel Modelo de Madrid durante el mes de septiembre y los primeros días de octubre de 1926, acusado de conspirar contra la Dictadura del general Primo de Rivera. En su condición de periodista del diario “El Sol”, se vio implicado en un conflicto que estalló entre el cuerpo de Artillería y el dictador por discrepancias insalvables sobre el sistema de ascensos. Para los oficiales artilleros estos debían basarse únicamente en criterios de antigüedad, mientras que el general en el poder defendía unos criterios de calidad que podían fácilmente convertirse en arbitrarios.

Muchos de los personajes que aparecen en la novela están sin duda extraídos de la realidad y de la experiencia carcelaria de su autor. En una entrevista televisiva con el periodista Joaquín Soler Serrano en 1976, Sender se refería a la existencia real de uno de los tipos que aparecen en la novela: el guitarrista flamenco “El Tripa”, que acompañaba en sus actuaciones a la famosa bailaora Pastora Imperio. También recordaba el novelista altoaragonés su situación de privilegio en la cárcel: “La Asociación de la Prensa me mandaba comida del restaurante Molinero que era el más caro de Madrid, tomaba baños de sol en el patio y aprendí muchas cosas de sociología rebelde”. La cárcel fue para él como estar “en un sanatorio de lujo” y, al parecer, llegó a engordar cuatro kilos en su breve estancia de poco más de un mes. Las gestiones realizadas ante Primo de Rivera por sus compañeros periodistas aceleraron su puesta en libertad, que se produjo a principios de octubre de 1926.

“O.P.” es una novela con escasa trama. En ella se da una mezcla entre la creación lírica y la denuncia política de una represión que el sistema ejercía sin contemplaciones sobre los individuos que luchaban contra él, a menudo también con métodos violentos. Las tesis políticas defendidas por Sender son radicales desde una perspectiva actual y, como se ha dicho, están muy próximas al anarquismo o casi del todo identificadas con él. Late también en la novela un claro anticlericalismo, que puede observarse en la mayor simpatía con que se trata a un anarquista que está preso por matar a un cardenal que a los llamados presos burgueses, abogados o banqueros estafadores y corruptos. Como en las otras novelas de este periodo que se han citado antes, Sender nos muestra una sociedad marcada por la lucha de clases, dogma casi incuestionable para buena parte de la izquierda y también para los anarquistas en aquel momento convulso y políticamente fanatizado que caminaba inexorablemente hacia la Guerra Civil. Es casi imprescindible transcribir el siguiente párrafo de la novela que muestra a las claras los pronósticos y deseos de Sender y de los anarquistas para el futuro inmediato del país: “Tres vueltas a España. La primera dejará al país republicano radical, en la segunda quedará España ultraconservadora. En la tercera - a la tercera va la vencida - alcanzará su decisiva y genuina faz: Confederación Sindical Ibérica. Entonces será un país de trabajadores, rico, próspero, culto”. Casi suenan a profecía las dos primeras etapas, pero la tercera vino a desmentir trágicamente los sueños de utopía, que una vez más acabaron en terrible pesadilla.

Todos los personajes de la novela aparecen siempre nombrados por sus apodos. El protagonista del relato, si no lo es la propia cárcel y el conjunto coral de sus inquilinos, es el llamado Periodista, trasunto claro del joven Sender. El Periodista - que en un momento recibe la visita de su madre procedente de la aldea - es un preso que disfruta de ciertos privilegios; dispone de dinero y gracias a ello los guardianes le hacen favores especiales, como permitirle tomar duchas. Por las páginas de la novela desfila, de manera rápida y casi siempre superficial, toda una galería de presos de diferente tipo y condición. Hay un claro interés en destacar la represión que se ejerce sobre ellos, que culmina tras la visita del obispo a la prisión, motivo de una protesta de los reclusos y de duras represalias posteriores, y con la muerte por torturas continuadas del preso apodado “El Chavea”. Se cita en la novela, sólo con sus iniciales, al temido represor del anarquismo Martínez Anido, impulsor de la llamada “ley de fugas” y ministro de Gobernación con Primo de Rivera y más tarde en el primer gobierno de Franco.

Otro personaje que aparece a lo largo de toda la novela, y que pretende aportar a ésta un cierto tono lírico, es el Viento. Constituye una personificación que actúa, de manera algo tópica, como símbolo de la necesidad permanente de libertad. Su presencia es más frecuente en los primeros capítulos del libro, en los que adquiere gran protagonismo y conversa con frecuencia con el Periodista. Al parecer, el personaje procede de un relato que comenzó a escribir Sender en el periódico “La Libertad” y que se tituló “El viento en la Moncloa”.

“O.P.” - una parte de cuyo material, desposeído de su carga política, fue incluido por Sender en su novela posterior “El verdugo afable” (1952) - es una obra menor dentro de la narrativa del escritor altoaragonés. Pese a la brillantez y al ingenio que muestra en muchas de sus páginas, la obra se resiente de una excesiva carga ideológica y partidista, y está muy lejos de la calidad y los grandes logros narrativos de su anterior novela “Imán”, una de las mejores del autor. De todas maneras, su reedición permite conocer un eslabón más de una narrativa densa y prolija y, tal vez por eso, también con frecuentes altibajos y vaivenes. A la vista de la tragedia que desangró a España poco tiempo después, “O.P.” constituye, como otras novelas senderianas de esos años, una clara evidencia de los negros presagios que se avecinaban, y que terminarían con unos sueños que tal vez ya contenían en su seno la pesadilla en la que más tarde se convirtieron.

NOTA: “O.P.”. Ramón J. Sender. Virus Editorial. Barcelona, diciembre de 2007

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado por el Diario del Alto Aragón el 9 de marzo de 2008)

martes, 4 de marzo de 2008

ERASMO Y SERVET


Miguel Servet (Villanueva de Sijena, 1511 - Ginebra, 1553) es uno de los personajes más ilustres que el Alto Aragón ha dado a la cultura universal. No sólo por su descubrimiento de la circulación menor de la sangre, sino por sus aportaciones teológicas, que él siempre consideró más importantes que sus hallazgos científicos y que le llevaron a la muerte en la hoguera a manos de los fanáticos calvinistas y a su quema simbólica por un catolicismo intransigente al que había intentado, acaso con excesiva pasión y vehemencia, combatir y regenerar.

La difusión de la obra y el pensamiento servetianos en el extranjero contrasta con el desconocimiento que de ellos se tiene todavía en nuestro país. No obstante, de un tiempo a esta parte, la figura del sabio sijenense está generando una creciente bibliografía también en España y en español. Algunos de los autores que en los últimos tiempos se han interesado por Servet son, además, aragoneses. El primero y principal, el profesor turolense Ángel Alcalá, catedrático emérito por la Universidad de Nueva York, editor de las obras completas del teólogo y científico monegrino y máximo servetista en la actualidad. También sobre Servet ha escrito su paisano Francisco Carrasquer, cuyo libro más reciente, “Servet, Spinoza y Sender. Miradas de eternidad” (PUZ, 2007), es una interesante, abierta y densa reflexión sobre las conexiones posibles entre el pensamiento y la obra de estos tres grandes escritores, principalmente entre Servet y el gran filósofo holandés de origen judío-español Barucc Spinoza. En el inicio de su libro, Carrasquer escribe un brillante poema “in memoriam” de Miguel Servet Conesa. En él destacan unos versos en los que lamenta el ostracismo al que el sijenense ha sido siempre sometido por sus propios compatriotas: “¡Baldón a España, mala madre, que no te ha conocido, / ni aún menos ha dado a conocer tu genio y tus atisbos / como el primer Renacentista de sus hijos y su Humanista / más cabal! ¡Y más baldón, si cabe, porque han sido / extranjeros, como Voltaire, los que han roto una lanza / por ti, Servet, mientras tus compatriotas ni rechistan!”.

Precisamente sobre la defensa que en el siglo XVIII hizo Voltaire de Miguel Servet frente al intolerante Calvino, escribió hace ya unos años el profesor José Antonio Ferrrer Benimeli el libro “Voltaire, Servet y la tolerancia”, publicado en 1980 por el Instituto de Estudios Sijenenses “Miguel Servet”. Esta misma institución, que realiza desde hace tiempo una muy meritoria labor, publicó en 2006 un magnífico ensayo que, por su rigor y didactismo, merece un lugar destacado entre la bibliografía dedicada al sabio altoaragonés. Se trata de “La influencia de Erasmo en las obras de Miguel Servet”, escrito por el barcelonés Jaume de Marcos Andreu. El libro, en versión bilingüe español-inglés, es el resultado de un máster en Historia de las Religiones realizado por su autor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre las tesis que en él se defienden con claridad y buena prosa, pretende tratar brevemente este artículo.

Erasmo de Rotterdam (1469- 1536) es probablemente la figura más importante de la cultura europea del Renacimiento. La influencia del gran humanista holandés alcanza a la mayor parte de los pensadores y escritores de la época, y se deja sentir principalmente en el terreno religioso. Erasmo está en la base de buena parte de los movimientos reformistas cristianos que surgen en Europa en un periodo especialmente convulso para el continente. Casi sin que su autor se lo propusiera, el pensamiento erasmista sobre la urgencia de recuperar la pureza y la autenticidad del cristianismo original y la necesidad de volver a las fuentes evangélicas de las que la Iglesia se había alejado serán el punto de partida de una reacción contra el poder y la corrupción vaticana que alcanzará su máxima expresión con la Reforma protestante de Martín Lutero. Moderado en el fondo y partidario de una regeneración de la Iglesia desde dentro de la propia institución, el enfrentamiento entre los diversos sectores cristianos y el radicalismo creciente llevarán a Erasmo a recibir, sin embargo, virulentas críticas de uno y otro lado, frente a las que el holandés intentará mantener siempre su independencia de criterio.

Dentro de la efervescencia religiosa que recorre la Europa del siglo XVI, irrumpirá con tremenda fuerza la figura del médico aragonés Miguel Servet, conocido con el sobrenombre de “Revés”. Su absoluto rechazo del dogma de la Trinidad y su llamamiento a una restauración radical que regenerara por completo el cristianismo decadente y corrompido de la época le acabaron llevando irremediablemente a un trágico final en la hoguera. Menos diplomático y ambiguo que Erasmo -y sin su experiencia, fama y reconocido prestigio- la pasión y el terco empeño con que defendió sus propuestas religiosas, además de una considerable imprudencia para los tiempos que corrían, le impidieron escapar al afán inquisidor con que el fanatismo religioso, cultivado desde todos los bandos, perseguía cualquier disidencia o heterodoxia.

Es seguro que Servet leyó muy pronto a Erasmo. Posiblemente ya en su adolescencia, cuando sirvió al clérigo Juan de Quintana, quien según Ángel Alcalá era oscense y agustino. Era también humanista y seguidor de Erasmo, doctor por la Sorbona y miembro de las Cortes de Aragón, y llegaría a ser confesor de Carlos I. El emperador defendió a los erasmistas hasta que el triunfo de Lutero los convirtió en sospechosos y comenzó su persecución. Servet acompañó a Quintana a la coronación de Carlos I en Bolonia en 1530. La pompa y el lujo del cortejo papal en la ceremonia alejaron para siempre al aragonés de la ortodoxia católica. Algo parecido, aunque menos radical y con una respuesta literaria más satírica y menos apasionada, le había ocurrido a Erasmo unos años antes en Roma al ser testigo ocasional de un desfile de la comitiva del papa Julio II. Ambos rechazaban por completo el lujo y la ostentación del Vaticano, pero Servet lo hace con mayores dosis de radicalidad y desprecio.

No hay constancia de que Erasmo y Servet llegaran a conocerse personalmente, y aunque es muy posible que Erasmo leyera el libro del aragonés “De Trinitatis Erroribus”, publicado en 1531, las delicadas circunstancias del momento harían poco prudente dar su opinión sobre una obra que arremetía con dureza contra el sagrado e incuestionable dogma trinitario. Jaume de Marcos, en su magnífico libro, establece cinco puntos sobre los que comparar las posiciones respectivas de Erasmo y Servet: el método filológico en el discernimiento de la verdad, la restauración del puro cristianismo, la cuestión trinitaria, las tentaciones irenistas y el libre albedrío y las buenas obras.

Como la mayoría de los humanistas del Renacimiento, Erasmo y Servet defienden la vuelta a las fuentes evangélicas originales, como parte de un retorno a un cristianismo más primitivo y puro y a una religiosidad más sencilla, basada en los hechos y no en las falsas apariencias y las ceremonias fastuosas. Erasmo, tras aprender la lengua griega sólo para ese propósito, realizó una celebrada edición del Nuevo Testamento a partir de su original heleno. No se vio capaz, sin embargo, de aprender también el hebreo. Servet superó en este aspecto a Erasmo, pues además del latín en el que ambos escribían, el aragonés dominaba tanto el griego como la lengua hebrea, lo que le permitía utilizar abundantes citas evangélicas originales en sus argumentaciones teológicas.

Ambos coinciden, como se ha dicho, en la urgente necesidad de restituir un cristianismo puro frente a la decadencia y la corrupción existentes. Sin embargo, sus propuestas son distintas: más moderada e irónica la de Erasmo, radical y apasionada la de Servet. El de Rotterdam defiende una reforma desde dentro de la propia Iglesia; sin rupturas, precisamente para prevenir y evitar las que inevitablemente se avecinan si los cambios no se producen con premura. Servet, en su “Restitución del Cristianismo”, llama a la rebelión de todos los cristianos para lograr una vuelta a los orígenes y conseguir una restitución total, que disuelva “la cautividad de la impía Babilonia y destruya del todo al Anticristo y a sus secuaces”.

En la cuestión de la Trinidad también las posturas de ambos son distintas. Erasmo, aunque en algunos escritos parece dudar del dogma trinitario, no llega nunca a rechazarlo del todo y muestra siempre cautela ante este delicado asunto que podía acarrearle consecuencias peligrosas. Como también se ha dicho, Servet se postula desde sus primeras obras como totalmente contrario al dogma trinitario, y califica a sus defensores de trideístas y, por tanto, politeístas y paganos.

El término “irenismo” viene del griego “eirene”, que significa “paz”, y designa una actitud teológica que busca hacer prevalecer las similitudes por encima de las diferencias entre corrientes religiosas distintas. Sean éstas el islamismo, el judaísmo y el cristianismo, o diferentes corrientes de un mismo credo. Erasmo defendió siempre posiciones irenistas y buscó, sobre todo, un equilibrio entre los protestantes luteranos y los católicos vaticanistas. Sin embargo, solamente encontró desconfianza y rechazo en ambos bandos, como suele ocurrir cuando las posiciones se radicalizan y el fanatismo crece. Servet defendió también un cierto irenismo y, en el juicio que le condenó a morir en la hoguera, fue recriminado por Calvino por haber escrito que, al contrario que el islamismo y el judaísmo, era la iglesia católica la que había errado en su defensa del dogma de la Trinidad y se había alejado así de su monoteísmo inicial.

En cuanto al libre albedrío, las buenas obras y la gracia divina, tanto Erasmo como Servet defienden una actitud “cooperante” del ser humano en su salvación, pero también aquí el sijenense va más lejos y postula que en todo ser humano hay una porción de Dios y de divinidad. Sus contrarios le recriminaron ese intento de divinizar al hombre, y algunos han querido ver en ello neoplatonismo cristianizado e incluso un cierto panteísmo. En este punto se podrían establecer, tal vez, algunas conexiones con la filosofía de Spinozza. Además de por su común defensa de la libertad de pensamiento, en épocas distintas pero en ambos casos con dosis de modernidad y de adelanto considerable a su tiempo.

Erasmo y Servet son dos gigantes del Renacimiento europeo que, sin embargo, fueron víctimas, más el segundo que el primero, del triunfo de las corrientes dogmáticas y ortodoxas que ambos intentaron combatir sin éxito. El germen de libertad que hay en su pensamiento aún tardaría varios siglos en dar sus frutos en Europa.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes de Erasmo de Rotterdam y Miguel Servet)

(Publicado en Diario del Alto Aragón, el 17 de febrero de 2008)
(Reproducido http://www.servetus.org/en/news-events/articulos/20080315.htm)

LAS CONDESAS RIBAGORZANAS EN LA NOVELA "VOCES TRAS LAS SOMBRAS"

“Voces tras las sombras” es una interesante novela histórica. Se trata de un relato en el que se recrean de forma amena los primeros tiempos del condado de Ribagorza. Y se hace, sobre todo, a través de las voces - recuperadas en la ficción literaria - de algunas de las mujeres que tuvieron un protagonismo destacado en aquellos oscuros tiempos medievales, en los que, en pleno dominio musulmán de la península, nació una primigenia entidad ribagorzana en un alejado rincón de las tierras pirenaicas del norte.

La autora de la novela - que va por la segunda edición - es Marisa García Viñals. Según se lee en la solapa del libro, nació en los Pirineos y se trasladó después a Lérida, donde se hizo maestra e historiadora del arte. Ha escrito varios ensayos en catalán y ahora, tras su vuelta al Pirineo aragonés y cinco años de investigación histórica, acaba de publicar su primera obra narrativa.

“Voces tras las sombras” desarrolla su acción en dos planos temporales. El relato de los acontecimientos pasados se va alternando con el presente cotidiano de la autora y con el devenir de sus propias investigaciones sobre la historia contada. Es éste un esquema que alcanzó gran éxito con la novela “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas, y que también han seguido algunas novelas aragonesas recientes como “Por escribir sus nombres”, de Víctor Juan Borroy. Pero en “Voces tras las sombras” se lleva a cabo con una mayor polifonía; porque en el plano del pasado son las voces de las propias mujeres protagonistas las que, en diálogo entre ellas mismas o con la narradora, van contando los hechos desde sus propios puntos de vista.

La narradora vive en el pequeño pueblo ribagorzano de Sos, muy cercano a Castejón de Sos y Benasque, en la margen izquierda del río Ésera. El lugar tuvo importancia histórica en época medieval y su castillo se documenta ya en el siglo X. La comarca circundante era denominada en aquel tiempo Sositania o valle Sositano, y tenía una cierta autonomía dentro del pequeño condado ribagorzano que pugnaba por extenderse hacia el sur. Según se desprende de algunos documentos históricos, en ese lugar tuvo su última residencia la condesa Mayor, y allí habría muerto y estaría enterrada. Esa posible tumba, o las voces que de ella parecen provenir, es lo que mueve a la investigación a la narradora, que ha comprado una casa en Sos con la intención de alejarse un poco de la especulación inmobiliaria y del gregarismo “todo a cien” de otros lugares más turísticos del valle. En el pueblo viven ocho familias y la escritora se mueve a gusto entre sus hospitalarias gentes. En una cueva próxima cree oír ecos del pasado, y sobre la historia medieval de esas tierras ribagorzanas decide indagar y construir su novela.

La narradora muestra especial interés por el universo femenino y, por ello, las protagonistas de su novela son mujeres. En primer lugar, las condesas ribagorzanas a las que enseguida nos referiremos con mayor detalle, pero también, en menor medida, las laboriosas y activas mujeres de Sos, que simbolizan la importante función desempeñada por la mujer en las sociedades rurales. Además, las principales referencias culturales del libro fuera del ámbito medieval son siempre femeninas: María Zambrano y Hanna Ardent, como pensadoras y escritoras de gran talla intelectual, y Electra o Lady Macbeth, como símbolos literarios universales.

Quien adquiere el principal protagonismo en el relato es la condesa Mayor, pero también su hija Mayor II y, algo menos, las condesas Ava y Toda. Contra la tendencia general de unos historiadores tal vez demasiado rutinarios, en la narración aparecen, a partir de la observación del profesor Antonio Ubieto en su libro “Historia de Aragón”, dos condesas, madre e hija, con el mismo nombre de Mayor. Eso parece casar mejor con las fechas que figuran en algunos documentos históricos, y permite a la novelista presentar a dos mujeres homónimas, cada una con voz e historia propias, en su creación literaria.

El relato se inicia en junio del año 960 con la boda entre la condesa Ava, hija de Ramón II, conde titular de Ribagorza, y García Fernández, heredero al condado de Castilla. La ceremonia va a celebrarse en Roda, adonde la comitiva se desplaza desde el castillo de Ripacurza, situado sobre los congostos de Obarra y su importante monasterio. Es una boda concertada, como todas en la novela, por motivos de alianzas y estrategias que convienen a la casa condal ribagorzana. La misa es oficiada por el obispo Odesindo, hermano de Ava, y a ella asiste el resto de sus hermanos: Unifredo, Arnaldo, Isarno y Toda. Su madre, Garsenda de Fezensac, entrega a Ava un viejo códice que aparecerá repetidamente en la narración, como elemento ilativo entre las sucesivas generaciones de mujeres de la dinastía condal.

No le fueron demasiado bien las cosas a Ava en tierras castellanas, donde siempre fue considerada una extranjera. Incluso parece haber inspirado una desafortunada leyenda en la que aparece como traidora a Castilla y a su marido y es acusada de mantener relaciones con los musulmanes y su caudillo Almanzor. Podría haber ocurrido en realidad que Ava, procedente de unas tierras en las que la convivencia con el Islam era más fluida - su abuelo Raimundo I se había casado en segundas nupcias con la hija del señor musulmán de Lérida -, hubiera defendido una política de aproximación a los árabes que habría sido rechazada de plano por la nobleza castellana, en esos momentos enemiga acérrima e irreconciliable de los sarracenos.

Sin adquirir un gran protagonismo, la condesa Toda tiene a lo largo de la novela una repetida presencia. Tras la muerte de sus hermanos varones, Toda se vio obligada a acceder a la titularidad del condado en un momento especialmente difícil para éste, en vísperas de la anunciada y temida “razzia” de Abd-al Malik. El conde Isarno, hermano menor de Toda, había muerto luchando contra el belicoso caudillo musulmán en las proximidades de Monzón, en un desesperado intento por evitar lo inevitable. En 1008, dos años después de la devastadora incursión del hijo de Almanzor sobre Ribagorza, Toda decidió contraer matrimonio con su tío el conde Suñer de Pallars, viudo y padre de tres hijos. La boda, a la que ambos llegaban con bastante edad, permitía restablecer la unión de los dos condados y proporcionaba un sólido punto de apoyo a la desamparada Toda. Suñer murió dos años después, tras haber dividido sus posesiones entre sus tres hijos. Ante los deseos pallareses de anexionarse Ribagorza, el abad Galindo de Obarra, hombre ambicioso e intrigante pero siempre celoso defensor de la independencia ribagorzana, propuso a Guillermo Isárnez, hijo ilegítimo de Isarno, como el nuevo conde, a quien todos los ribagorzanos parecen dispuestos a aceptar. Guillermo, que había sido educado en la corte castellana junto a su tía Ava, será recibido casi como un salvador en la maltrecha Ribagorza. Toda abandona la escena y se retira al valle de Chistau. Desde allí se mantendrá siempre atenta a la política ribagorzana, y presta a intervenir cada vez que la situación lo requiera.

En casi todos los libros de historia sólo se hace referencia a una condesa Mayor. Es hija de Ava, y por lo tanto nacida en Castilla. Viene a Ribagorza a petición de su tía Toda para casarse con Raimundo III, conde de Pallars. Tras la muerte de Guillermo Isárnez, asesinado en extrañas circunstancias cuando se dirigía al Valle de Arán, es repudiada por su marido y se refugia en Sos, donde la nobleza sositana se rebela contra ella. Cede el poder a Sancho de Navarra, que reclama Ribagorza por estar casado con Munia, nieta de Ava y sobrina de Mayor, y se retira al monasterio burgalés de San Miguel de Pedroso, de donde fue abadesa hasta su muerte.

Pero en “Voces tras las sombras”, que es una novela y no un libro de Historia, aparecen - como se ha dicho - dos mujeres llamadas Mayor, madre e hija, como no es del todo descartable que pudiera haber ocurrido en la realidad. En el libro, Mayor I se casa con Gassián, importante señor de Benasque, y juntos administran la Sositania. Mayor es propietaria de los castillos de Sos, Dos y Benasque . Cuando muere Guillermo Isárnez, y tanto el conde de Pallars como Sancho el Mayor de Navarra amenazan la independencia de Ribagorza, Mayor se mantiene fuerte en su reducto sositano. Pero tras una rebelión de los nobles contra ella, probablemente inducida por intereses espurios, y pese a resistir hasta el límite en su castillo de Benasque, acaba cediendo el poder a su sobrina Munia y, por tanto, a Sancho el Mayor de Navarra. Hasta la muerte de éste, Mayor continúa formando parte de la corte ribagorzana, para recluirse más tarde en el citado cenobio burgalés donde acabó sus días.

Su hija Mayor II es quien se casa en la novela con Raimundo III, conde de Pallars. Vive, sobre todo en unas ardientes jornadas en el castillo de Fantova, una intensa pasión amorosa con Guillermo Isárnez, que escandaliza al abad Galindo de Obarra y sin duda llega a oídos de su marido. Tal vez fue ésta la causa, o una de las causas, de la posterior muerte violenta del apuesto conde ribagorzano. Más tarde, cuando Raimundo III ve defraudadas sus ambiciones sobre Ribagorza, Mayor es repudiada por su esposo por consanguinidad entre ambos y por no haberle proporcionado el hijo varón que deseaba, aunque juntos tuvieran una hija llamada Ricarda. Es entonces, en el verano del año 1028, cuando Mayor II se refugia en Sos, donde permanece hasta su muerte. Ella es, pues, la dama allí enterrada y cuya voz, si se presta atención, aún se escucha tras las sombras.

La ficción narrativa permite conectar presente y pasado, y pasar de uno a otro con suma facilidad. Así ocurre en el último capítulo del libro, en que la narradora salta de Sos a Fantova y al zoco medieval de Graus, lleno de vida y de color, para regresar de nuevo a Sos, donde surgieron unas sombras del pasado que han ido adquiriendo forma literaria. Un sugerente relato en el que varias voces femeninas nos cuentan cómo fueron, o pudieron haber sido, los oscuros y lejanos orígenes del viejo condado de Ribagorza.

NOTA: “Voces tras las sombras. Tragedia y pasión de la condesa Mayor en el valle de Benasque”. Marisa García Viñals. Editorial Milenio, Lérida, 2007

Carlos Bravo Suárez