sábado, 27 de agosto de 2011

EL CURIOSO CASO DEL GENERAL MUR Y SU YERNO FILIPINO

Hace algún tiempo escribí en el Diario del Alto Aragón un largo artículo, publicado en dos entregas, sobre algunos de los personajes más ilustres que a lo largo de la historia han nacido en la villa de Graus. En él mencionaba, casi de pasada y sólo citándolo por su nombre, al militar Esteban Mur Martínez, que vivió entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX y alcanzó el grado de general.

Un tiempo más tarde me abrí un blog donde colgué muchos artículos que había escrito hasta entonces y al que voy sumando los que sigo publicando en la prensa con regularidad. Entre los primeros figuraba el titulado “Algunos grausinos ilustres” al que me acabo de referir. Hace cosa de un año, primero en ese artículo y después en el último añadido al blog en aquel momento, encontré sendos comentarios del señor Victorino Manalo. El primero estaba escrito en inglés y el segundo en un español algo arcaico e inseguro. En ellos, el señor Manalo, que abreviaba su nombre en Ino, me decía que escribía desde Filipinas y me solicitaba amablemente la información de la que yo dispusiera sobre el general Mur Martínez, quien según afirmaba era su tatarabuelo. Llevaba tiempo buscando sin conseguirlo noticias históricas sobre él y se lamentaba de que en su país mucha documentación hubiera sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial. En ambos comentarios, el señor Manalo dejaba su dirección de correo electrónico para que yo pudiera ponerme en contacto con él.

Así lo hice, indicándole que debía buscar entre mis papeles las informaciones que tenía sobre el general Mur Martínez, cuya procedencia no recordaba en ese momento, y que en cuanto las encontrara se las enviaría sin dilación. En su respuesta, el señor Manalo me proporcionaba los datos de los que él disponía sobre su tatarabuelo. Me decía que Leonor Mur, hija del general grausino, se había casado en 1893 en Barcelona con su abuelo Felino Cajucom, un filipino natural de la provincia de Nueva Écija que había viajado a España formando parte de un grupo de jóvenes nativos enviados a nuestro país para realizar estudios. Hay que recordar que en aquella época las islas Filipinas eran todavía una de nuestras últimas colonias de ultramar. Como es sabido, el lejano archipiélago asiático y las posesiones americanas de Cuba y Puerto Rico, únicos vestigios del gran imperio español, se perdieron definitivamente en el año 1898.

Al señor Manalo le parecía una cosa maravillosa que un nativo filipino se hubiera casado con una mujer española. La pareja, según me decía, se había trasladado a Filipinas tras su matrimonio en Barcelona. Sin embargo, poco tiempo después, entre 1896 y 1898, se produjo la rebelión isleña contra el dominio español. En esos años, Felino Cajucom se convirtió en uno de los generales del ejército revolucionario filipino que lucharon contra las tropas españolas. Y ahora llegaba la cuestión más importante para el señor Manalo: según creían sus familiares era muy probable que el general Mur hubiera estado en esos años en las Islas Filipinas luchando contra los rebeldes. De ser así, suegro y yerno habrían combatido en bandos enfrentados durante aquel violento conflicto. Y eso era lo que él quería saber con seguridad y para lo que reclamaba mi ayuda y colaboración.

Tras recibir su interesantísimo correo, me puse de inmediato a buscar más a fondo entre mis papeles. Tal y como creía, encontré información sobre el general Mur Martínez en unos apuntes mecanografiados sobre la historia de Graus que hacía unos años me había facilitado el señor Juan José Arenas Gambón. El señor Arenas, que ha muerto hace unos meses y a quien quiero dedicar este artículo en agradecido recuerdo, fue un hombre estudioso, gran conocedor de la historia de Graus y autor de algunos interesantes artículos en varios números de este Llibré de Fiestas. En sus apuntes encontré algo más de dos caras completas de un folio dedicadas al general Mur. Las leí con atención, las escaneé y, por correo electrónico, se las envié al señor Manalo.

En esas informaciones, en resumen, podía leerse que Esteban Mur Martínez había nacido en Graus a mediados del siglo XIX en el seno de una familia humilde. En su casa de nacimiento, sita en el nº 15 de la calle que hoy lleva su nombre, se colocó tiempo atrás una placa en su honor. Como otros muchos en su época, el joven Esteban Mur entró en el ejército para intentar mejorar su situación económica y las escasas expectativas de futuro que le ofrecía su pueblo natal. El joven logró ir ascendiendo trabajosamente en el escalafón militar a lo largo de su dilatada carrera de armas. Su primer destino fue Cataluña, donde participó en algunas escaramuzas contra la guerrilla carlista. Ingresó en el ejército colonial y en 1879 fue enviado a Cuba, logrando allí ascender a capitán. Regresó a España en 1886 y fue destinado nuevamente a Cataluña hasta que en 1896 fue enviado a Filipinas para participar en la guerra contra los rebeldes isleños que se acababa de iniciar. Su destacado papel en algunas acciones militares, que se detallan en las notas citadas, le valió su ascenso a comandante. ¡Las sospechas del señor Victorino Manalo quedaban confirmadas! Su tatarabuelo y su bisabuelo, suegro y yerno uno del otro, habían coincidido en el archipiélago filipino y habían luchado en los dos bandos enfrentados en aquella guerra finisecular.

En los apuntes del señor Arenas se dice que el militar grausino fue repatriado a España desde Filipinas por haber contraído una enfermedad en su larga estancia en aquellas lejanas islas. Es de suponer que su vuelta a nuestro país se produciría en 1898, coincidiendo prácticamente con el final del conflicto y la derrota definitiva del ejército español. Esteban Mur fue destinado de nuevo a Cataluña, donde alternó estancias entre Barcelona y Tarragona. Continuó logrando sucesivos ascensos en el escalafón militar y el 28 de junio de 1928 fue nombrado general de brigada de la primera reserva. Según se recoge en los citados apuntes, su permanencia en activo en el ejército se prolongó durante cuarenta y cinco años, dos meses y dos días.

Por dos esquelas publicadas en el diario “La Vanguardia”, que pude localizar en la hemeroteca digital de dicho periódico barcelonés, sabemos que el general Mur murió en Barcelona el 24 de enero de 1936. En esas notas necrológicas se cita a sus dos hijos Ángel y Leonor y a sus hijos políticos Aurora Serra y Felino Cajucom. Junto a los nombres de Leonor y Felino se añade entre paréntesis la palabra “ausentes”. La esposa del general, Doña María Estaña de Mur, había fallecido también en Barcelona en junio de 1905.

Gracias a la hemeroteca digital del citado diario catalán he podido conocer también otros datos interesantes de la familia. En las notas de sociedad del año 1893 se recogen la graduación de Leonor Mur como concertista de piano en el Liceo de Barcelona y la del joven Felino Cajucom como nuevo licenciado en Derecho. En diciembre de ese mismo año se produjo la boda entre ambos en la ciudad condal, a la que siguió un viaje a París como luna de miel. Ni el señor Victorino Manalo ni yo hemos podido averiguar la fecha exacta de su traslado a Filipinas, pero éste se produciría poco tiempo después, ya que en 1896, cuando se inicia el levantamiento filipino contra la ocupación española, Felino Cajucom Sarena es uno de sus más destacados cabecillas. La rebelión filipina contra los españoles fue encabezada, como es sabido, por las clases más acomodadas de aquella sociedad isleña.

Tras recibir las informaciones sobre su tatarabuelo, el señor Manalo me contestó muy agradecido y satisfecho por tener la confirmación definitiva de que sus dos antepasados habían tomado parte en la guerra filipina en los dos bandos enfrentados, como él y su familia sospechaban desde hacía un tiempo. En su correo de respuesta añadía otra información según la cual sus padres creían que, en pleno conflicto, el general Felino Cajucom había tenido que pedir permiso a su suegro para que las tropas españolas dejaran pasar a su mujer y a sus tres hijos que deseaban regresar a España.

Por otros contactos con el señor Manalo hemos reconstruido parte de la historia de su familia en Filipinas. Después de vivir unos años en Barcelona, en una casa de la calle Muntaner, Leonor Mur de Cajucom y sus tres hijos (Alfonso, José y María) volvieron al archipiélago filipino tras la guerra contra España y la posterior invasión estadounidense de las islas. De los tres hijos de Felino y Leonor, Alfonso murió joven, José se casó en Barcelona y María se casó, con gran enfado de su padre que intentó por todos los medios evitar ese enlace, con un primo hermano llamado Antonio Manalo. De ese matrimonio nacieron seis hijos: Felino, Elena, Antonio, Leonor, Basilio y María Julia. Todos se casaron y tuvieron grandes familias, salvo Elena, que se convirtió en monja franciscana. De los seis, sólo Elena y María Julia siguen viviendo en la actualidad.

Basilio Manalo y Cajucom, padre de mi interlocutor Victorino Manalo, fue un gran violinista y un importante profesor de música en Filipinas. Realizó estudios en Estados Unidos, fue profesor en varias universidades filipinas, violinista de la Orquesta Sinfónica de Manila y director de la Orquesta Filarmónica de Filipinas. Murió en 2008. Su hijo, el señor Victorino Manalo, es licenciado en Humanidades y ha realizado estudios en Estados Unidos. Ha sido director del Museo Metropolitano de Manila y recientemente, hace solo unos meses, ha sido nombrado director del Archivo Nacional de Filipinas. Es también un reputado escritor de cuentos y ensayos que ha recibido diversos premios literarios en su país.

Cuando ya dábamos por cerrada esta historia, hace pocas fechas nos llegó un añadido inesperado. La familia Mur, que vive en la casa La Sopa de Graus, me facilitó muy amablemente un retrato del general Esteban Mur Martínez, hecho en Barcelona en 1918. Lo escaneé y se lo mandé al señor Manalo, que lo recibió con gran satisfacción pues su familia no tenía ningún recuerdo gráfico de su lejano antepasado español.

De este episodio, al que tal vez aún podamos añadir algún detalle nuevo en el futuro, pueden extraerse al menos dos conclusiones: que las nuevas tecnologías hacen posibles los contactos más insospechados y que las vidas de algunas personas podrían servir de argumento a una novela. Como se dice con frecuencia, la realidad puede llegar a superar a la ficción. Así ocurrió en el curioso caso del general Mur y su yerno filipino que acabamos de contar en estas líneas.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en El Llibré de las Fiestas de Graus de 2011. Ligeramente modificado sobre otro del mismo título publicado en el especial San Lorenzo del pasado año en Diario del Alto Aragón, y puesto en este blog un poco más abajo con algunas ilustraciones más.

Fotografía del general Mur, tomada en Barcelona en 1918.

EL CER Y LOS NOMBRES DE LOS GRANDES PICOS DEL PIRINEO

El Centro Excursionista de la Ribagorza (CER) se congratula de volver a saludar a los grausinos y ribagorzanos desde las páginas de este querido Llibré de Fiestas. En los últimos tiempos, nuestro club ha seguido progresando tanto en la cantidad de actividades organizadas como en su número de socios. Mantenemos un calendario estable de más de veinte excursiones por año y alcanzamos los casi 350 asociados de muy diferentes edades y procedencias geográficas.

Hemos dejado de contar con la colaboración de la Comarca de la Ribagorza, pero hemos encontrado el apoyo del Patronato Municipal de Deportes, al que queremos dar las gracias por su inmediata ayuda tras un momento delicado para nuestro club. También agradecemos a sus trabajadores el tiempo que dedican a organizar con nosotros unas excursiones que cuentan con una participación cada vez más numerosa.

Como en ocasiones anteriores, queremos contribuir con una modesta colaboración a enriquecer, en la medida de lo posible, las páginas de este Llibré. Lo haremos esta vez con unas líneas que tratan sobre los nombres de algunos de los grandes picos de nuestro Pirineo, su posible origen y su significado.

La toponimia es un terreno proceloso y difícil. Es fácil caer tanto en elucubraciones como en interpretaciones demasiado simples. En el caso de los picos del Pirineo, buena parte de sus denominaciones actuales son relativamente recientes. Además, las montañas reciben nombres distintos según desde donde se las mire: desde Francia o desde España, desde un valle o desde el vecino. A esto hay que añadir la obsesión de los pirineístas franceses del siglo XIX por bautizar con sus nombres los picos de una cadena montañosa que recorrían con febril afán descubridor. Por todo ello, estas montañas tienen a veces dos y hasta tres denominaciones diferentes. Nos centraremos en esta colaboración, siguiendo un orden decreciente en su altitud, en seis de los grandes picos de nuestra cordillera pirenaica.

El Aneto, con sus 3404 metros, es el pico más alto de los Pirineos. Sin embargo, tardó algún tiempo en lograr ese reconocimiento. Su posición poco individualizada y no demasiado visible desde la lejanía, hizo que otras cimas fueran consideradas antes como las primeras de la cordillera. En un principio ese honor recayó en Monte Perdido, y más tarde en la Maladeta. Fue el geógrafo francés Henry Reboul quien, en 1817, confirmó la supremacía del Aneto. Y quien le puso el nombre. Consultando los mapas españoles, vio que, en línea recta, el pueblo más próximo al pico era la pequeña localidad de Aneto, en el valle del río Noguera Ribagorzana, casi en la frontera con Cataluña. Por ese motivo denominó a la montaña como pico de Aneto. El nombre hizo fortuna, aunque los franceses pronto lo convirtieron en Néthou. Enseguida surgieron leyendas cuyo protagonista era un ser mitológico homónimo.

La primera ascensión al Aneto se produjo en 1842. La realizaron conjuntamente un antiguo militar ruso de nombre Platón de Tchihatchchieff y un botánico aristócrata francés llamado Albert de Franqueville. Fueron acompañados por otras cuatro personas, contratadas como guías y porteadores. Al llegar al final de su ascensión, vieron que una estrecha y peligrosa arista los separaba de la cima. Fue el ruso quien comparó aquel angosto paso con el estrecho puente, cortante como un sable, que, según escribió Mahoma en "El Corán", sólo los musulmanes justos podrán cruzar para alcanzar el paraíso. Franqueville reprodujo el comentario de su compañero en un librito sin pretensiones que narraba aquella ascensión. El libro tuvo un éxito inesperado y la expresión Puente o Paso de Mahoma se convirtió en nombre propio y parte inseparable de la mitología pirenaica.

La segunda cima de la cordillera es el pico Posets o Llardana (3375 metros). Desde el valle de Chistau se denominaba pico de los Posets, en referencia a los pozos o a las "posetas" (rellanos pastoriles) de sus laderas. Sin embargo, desde los valles más orientales, su nombre era Llardana, es decir "quemado", un término cuya raíz es "lar" o "llar" ("hogar" o "fuego"). El ya citado Henry Reboul adoptó la primera de las denominaciones, que a la postre resultó triunfadora, aunque la segunda va hoy ganando adeptos.

Durante varios años el Monte Perdido (3355 metros) fue considerada la máxima elevación pirenaica. El nombre tiene origen francés y resulta paradójico en España. Desde el sur, su silueta y la de sus dos acompañantes son muy visibles desde muchos lugares. En la toponimia aragonesa, esas tres cumbres fueron siempre las Tres Serols o las Tres Sorores ("las tres hermanas o las tres monjas"). El geógrafo Labaña ya usó el nombre en el siglo XVII, y Lucas Mallada en el XIX. En el XX, Ramón J. Sender tituló así una de sus novelas, e incluso denominó a las sorores Ana, Clara y Pilar. Sin embargo, para los primeros pirineístas galos, con Ramond de Carbonnièrs a la cabeza, se trataba de una montaña alejada y perdida, poco visible desde el norte francés del que ellos procedían, un remoto "mont perdu". Con este nombre aparece ya en el mapa de Aragón de Sánchez Casado de 1898, y su traducción a Monte Perdido ha resultado desde entonces inamovible. Sus cimas compañeras son el Cilindro de Marboré y el pico Añisclo, llamado también Soum de Ramond, en honor a Ramond de Carbonnièrs, proclamado primer conquistador del Mont Perdu en 1787. El francés estaba entonces convencido de haber alcanzado la primera cima pirenaica.

Un tiempo después ese honor fue para la Maladeta (3308 metros). Hasta que en 1816 Fiedrich von Parrot y el mítico guía Pierre Barrau pisaron su cima, desde donde vieron otra cercana de apariencia algo mayor. Era el Aneto. Parece que el nombre Maladeta procede de "mala eta", que significaría "la montaña más alta", y que luego se italianizó en Maladette con el significado de "maldita". Triunfó esta segunda forma y por extensión se denominó Montes Malditos al conjunto de montañas circundantes, y con ese nombre pasaron a los mapas. Parecía una denominación acertada: se trataba de una montaña difícil, casi inaccesible, donde no había pastos ni riqueza, sólo innumerables peligros. En 1824, la montaña hizo honor a su nombre y una grieta de su glaciar se tragó al mítico guía Barrau. No devolvió su cadáver hasta 107 años después, en 1931. Este hecho frenó a sus pretendientes, aterrados por la terrible fama de la montaña maldita, y retrasó por un tiempo la conquista del Aneto.

La toponimia del Vignemale (3298 metros) es complicada. Estrictamente el nombre designa a todo el macizo, compuesto de varias cimas, la mayor de las cuales es el pique Longe. Sin embargo, a veces, usando el todo por la parte, llamamos a esta cima Vignemale. El término se remonta a 1290, cuando en un documento sobre límites se escribe "Vinhe Male". A finales del XIX, los españoles Heredia y Zamora utilizan Villa Mala y Villamana, respectivamente. El significado del término puede derivar de "bigno" ("giba") o "vinia" ("roca") y "mala" (montaña). También aquí el topónimo francés ha desplazado al español. En la vertiente aragonesa, la montaña se llama Comachibosa. Parece un topónimo descriptivo que tal vez venga a significar lo mismo que el término francés.

El nombre de Perdiguero (3222 metros), que ya aparece en el mapa de Labaña del siglo XVII, tiene fundamentalmente dos explicaciones. Como derivado de perdiz, quizás aludiendo a la abundancia en otro tiempo de perdices nivales en sus laderas. O, como parece más probable, por deformación de "pedriguero". Tantas son las piedras de esta montaña que hay quien dice, exagerando se supone, que piedra a piedra podría desmontarse por completo y quedar reducida a la nada.

Bienvenido Mascaray, en sus interesantes libros sobre toponimia ribagorzana, explica algunos de estos nombres como derivados de un idioma ibero-vasco prerromano. Así, el nombre Aneto procedería de "ain-eto" ("altura terrible o pendiente tremenda"); Llardana, de "llarde-da-ana" ("el que está despellejado o desollado"); Maladeta, de "mala-dets-a" ("tierra y piedras arrastradas por un torrente poderoso"); Vignemale o Biñamala, de “b-iñar-mala” (“la fuerza o la potencia de los glaciares”); Perdiguero, de "pertika-ero" ("forma de aguja o conjunto de puntas").

Para terminar estas líneas queremos desear a todos los grausinos y ribagorzanos unas magníficas fiestas mayores.


(Artículo publicado en El Llibré de las Fiestas de Graus 2011)

Foto: El Aneto y los Montes Malditos desde el Portillón de Benasque.

jueves, 18 de agosto de 2011

LOS EFECTOS DEL TOTALITARISMO


Purga. Sofi Oksanen. Salamandra. 2011. 384 páginas.

Purga es una novela que narra con gran eficacia literaria la dramática historia de la república báltica de Estonia a lo largo de buena parte del siglo XX. Su autora es Sofi Oksanen, nacida en Finlandia en 1977 e hija de padre finlandés y madre estonia. Había publicado anteriormente dos novelas editadas en España: Las vacas de Stalin en 2003 y Baby Jean en 2005. Purga, que fue primero una obra de teatro representada en Helsinki en 2007, se convirtió más tarde, ampliando la historia y profundizando en los personajes, en una narración que está obteniendo un gran éxito de crítica y público en toda Europa.

Aunque su autora sea nórdica, Purga no es una novela negra o policiaca, sino un relato que combina con soltura elementos del thriller con otros de la novela psicológica y la novela histórica. Sucede casi íntegramente en Estonia -salvo algunos breves momentos en Berlín o Vladivostok- y principalmente, debido a su origen teatral, en el interior de una casa de una población rural próxima al bosque. La novela empieza y termina en 1992, un año después de la independencia de Estonia y tres más tarde de la caída del muro de Berlín, pero en los muchos capítulos breves que la componen se suceden los flash-back que sitúan la acción desde el final de los años treinta hasta el citado 1992. Asistimos a la Segunda Guerra Mundial con la invasión nazi y, sobre todo, a la anexión a la URSS y la aplicación en la pequeña república báltica de la más estricta doctrina estalinista.

Es la crítica a este estalinismo feroz -con su sistema de interrogatorios, torturas, delaciones, adoctrinamiento y deportación de disidentes- el aspecto más destacado de la novela. Sus protagonistas son fundamentalmente dos mujeres con un parentesco ya prácticamente olvidado, que se remonta a una pasada ruptura familiar consecuencia de una deportación por motivos políticos y ocultos deseos amorosos. Aliide Truu es una anciana que vive sola en una pequeña localidad de la Estonia rural y que ha experimentado en sus carnes a lo largo de su vida la trágica historia de su país. Zara es una joven que abandonó Vladivostok tentada por las riquezas del mundo occidental y acabó trabajando de prostituta y esclava sexual en Berlín. Por un azar del destino, ambas mujeres se encuentran y se descubren mutuamente. A la vez, el lector va conociendo, en sucesivos saltos cronológicos, el pasado de ambas y la verdadera vida al otro lado del telón de acero.

La novela tiene ritmo e intriga. La autora utiliza bien los recursos que atrapan al lector y dan agilidad al relato. Para rellenar huecos narrativos se recurre a veces a los diarios personales de uno de los personajes y, al final del libro, a una sucesión de informes de la policía secreta estalinista. Sin duda, lo mejor de la novela es cómo muestra los devastadores efectos psicológicos y humanos que el totalitarismo soviético produjo durante décadas en la sufrida sociedad estonia.

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 10 de agosto de 2011

LAS DOS ESTANCIAS DE BALTASAR GRACIÁN EN GRAUS

Sabemos con total seguridad que el gran escritor jesuita Baltasar Gracián (Belmonte,1601 – Tarazona,1658) estuvo cumpliendo castigo en Graus a principios del año 1658. Tras publicar en agosto del año anterior la tercera parte de “El Criticón”, con el seudónimo de Lorenzo Gracián y de nuevo sin pasar la censura previa de la Compañía, Gracián fue desposeído de su cátedra de Escritura en Zaragoza, reprendido públicamente por sus superiores y trasladado, con castigo a pan y agua, al entonces frío e incómodo colegio jesuita de Graus. Allí, con la exigencia estricta de que se le impidiera escribir, se ordenó incluso revisar sus manos por si hubiera en ellas manchas de tinta que delataran su desobediencia. Fue el padre Jacinto Piquer, provincial de la Compañía de Jesús en Aragón, quien propuso este severo castigo. En una carta fechada en Roma el 16 de marzo de 1658, el padre Goswin Nickel, entonces general de la Compañía, contesta al padre Piquer dando por adecuada la sanción y añadiendo a ella aún mayores muestras de severidad.

“Harto manifiestos son los indicios que hay para creer que el autor de aquellos libros 1ª, 2ª y 3ª parte de ‘El Criticón’ es el padre Baltasar Gracián y Vuestra Reverencia hizo lo que debía dándole reprensión pública, y un ayuno a pan y agua y privándole de la cátedra de Escritura y ordenándole que saliese de Zaragoza y fuese a Graus. Si él tiene juicio y temor de Dios, no ha menester otro freno para no escribir ni sacar a la luz semejantes libros que el que ha puesto V. R. de precepto y censura. Pero como se sabe que no ha guardado el que se le puso cuando sacó dicha Segunda Parte, conviene celar sobre él, mirarle a las manos, visitarle de cuando en cuando su aposento y papeles y no permitirle cosa cerrada en él, y si acaso se le hallase algún papel o escritura contra la Compañía o contra su gobierno, compuesta por dicho Padre Gracián, Vuestra Paternidad le encierre y téngale encerrado hasta que esté muy reconocido y reducido, y no se le permita mientras estuviere incluso tener papel, pluma ni tinta; pero antes de llegar a esto, asegúrese bien V. R. que sea cierta la falta que he dicho, por la cual se le ha de dar este castigo. Para proceder con mayor acierto será muy conveniente que cuando haya tiempo, oiga V.R. el sentir de sus consultores, y después nos vaya avisando de lo que ha sucedido y de lo que ha obrado. El valernos del medio de la inclusión, ya que otros no han sido de provecho, es medio necesario y justa defensa de la Compañía, a la cual estamos obligados en conciencia los Superiores de ella…”

Esta carta está recogida por Adolphe Coster en su libro “Baltasar Gracián”, traducido del francés por Ricardo del Arco y editado por la Institución Fernando el Católico en 1947. En un apéndice del mismo se publican algunos extractos de la correspondencia que entre 1651 y 1660 mantuvieron los generales de los jesuitas con los provinciales de Aragón.

Se deduce de esta misiva que el castigo impuesto a Gracián no es tanto por el contenido de “El Criticón” como por ser el belmontino reincidente en la desobediencia a las obligaciones que exigía la orden. En una época en que la Compañía extrema la censura y pretende restablecer la más estricta disciplina ante el avance del jansenismo, Gracián es juzgado como un rebelde que se salta las normas y los procedimientos ortodoxos.

Sobre esta reiterada falta de obediencia de Gracián en la publicación de sus libros, el padre Miquel Batllori, estudioso de Gracián y jesuita como él, cree que podía deberse a dos motivos. Por un lado, a lo difícil que resultaba conseguir la licencia para imprimir libros debido a la lentitud de la correspondencia entre Roma y las ciudades españolas. Por otro, a la desconfianza de Gracián en la capacidad de algunos censores para entender la materia tratada en sus obras. Probablemente pesara más la segunda cuestión que la primera, pero en cualquier caso resulta algo extraño, y parece incluso un desafío, que tras las amonestaciones recibidas anteriormente el escritor se atreviera a publicar la tercera parte de “El Criticón” recurriendo de nuevo al pseudónimo de Lorenzo Gracián, con el que ya no podía engañar a nadie.

Como consecuencia de su estado de depresión y abatimiento, Gracián pidió incluso a sus superiores el permiso para abandonar la Compañía y solicitar su ingreso en otra orden religiosa. Así se deduce de otra carta del general Níckel al provincial de Aragón, fechada el 10 de junio de 1658, cuando Gracián ya no estaba en Graus, aunque la petición a la que se alude habría sido formulada desde su reclusión en la villa o inmediatamente después de que acabara su destierro en ella.

“El P. Baltasar Gracián ha sentido mucho la penitencia que se le ha dado, y me pide licencia para pasarse a otra Religión de los monacales o mendicantes; no le respondo a lo del tránsito, pero le digo cuán merecidas tenía las penitencias que se le han impuesto por haber impreso sin licencia aquellos libros y por haber faltado al precepto de santa obediencia que se le había puesto. Y porque él refiere lo que ha trabajado en la Compañía y las misiones que ha hecho, también se lo agradezco, y después añado lo que he dicho. V. R. nos avise del estado y disposición de este sujeto y si ha habido alguna novedad…”

El padre Batllori cree que esta solicitud de cambio de orden religiosa, al parecer a los franciscanos, es una respuesta extrema y pasajera de Gracián, a quien la severidad de la condena que se le había impuesto habría herido profundamente en su amor propio. Finalmente al escritor belmontino le fue levantado su castigo y a mediados de abril de ese mismo año fue trasladado al colegio jesuita de Tarazona. Su nombre aparece en un memorial escrito con motivo de la visita que en esas fechas realizó el padre Piquer a la ciudad turiasonense. Su destierro en Graus habría durado por tanto aproximadamente tres meses, desde mediados de enero hasta mediados de abril de 1658.

Gracián recuperó en parte la confianza de sus superiores y se le otorgó, entre otros, el cargo de Prefecto de Espíritu del colegio de Tarazona, aunque es posible que el severo castigo de Graus hiciera mella en su salud y dejara graves secuelas en la misma. Así lo cree Coster, quien escribe que el destino de Tarazona era de los peor considerados dentro de la provincia jesuita aragonesa, por lo que la rehabilitación de Gracián tal vez no fuera del todo completa. Los biógrafos posteriores creen en general que sí lo fue, en cierta medida por la intervención a su favor del anciano y prestigioso padre Franco, si bien su destierro habría contribuido a debilitar su ya precaria salud de una manera irreversible. Sea como fuere, Baltasar Gracián murió en el colegio jesuita de Tarazona el día 6 de diciembre de ese mismo año de 1658.

Además de esta estancia en Graus en los tres primeros meses del último año de su vida, parece más que probable que Gracián ya hubiera estado en la villa ribagorzana seis años antes en unas circunstancias bien distintas.

Adolphe Coster, en su libro antes citado, sitúa a Gracián en Graus en el año 1652. Cita una carta a Lastanosa, fechada en la población ribagorzana el 23 de noviembre de ese mismo año, en la que Gracián informaba al mecenas oscense sobre la epidemia de peste que en ese momento asolaba Graus y su comarca. Miguel Batllori y Ceferino Peralta, en su libro conjunto, y Emilio Correa Calderón y Conrado Guardiola, en sus respectivas biografías de Gracián, siguen al estudioso francés y señalan que el escritor jesuita se encontraba en Graus a finales de 1652. Según Coster, que lo aventura como hipótesis, Gracián habría sido enviado a la población ribagorzana por su amigo Esteban de Esmir, grausino de nacimiento y entonces obispo de Huesca y destacado protector de los jesuitas.

Esmir, consciente de las necesidades educativas de Graus y su comarca, había donado los terrenos necesarios para construir un colegio jesuita en su villa natal y financiado los gastos de las obras, dotando al colegio con veinte mil ducados y destinando otros mil para cada año de su construcción. El obispo habría expresado su deseo de que fueran enviados al nuevo colegio algunos padres jesuitas elegidos por él mismo. Coster cree que entre ellos estaba Gracián. Tal vez con el encargo de poner en marcha el nuevo colegio, pero también con la intención de alejarlo de los problemas que ya tenía con sus superiores por la reiterada publicación de sus libros sin licencia y por algunas denuncias presentadas contra él por sus muchos enemigos en la Compañía. En todo caso esta estancia en Graus no sería muy larga porque al año siguiente ya encontramos a Gracián en Zaragoza.

Sobre la construcción del nuevo colegio de Graus, el más septentrional de la provincia jesuita aragonesa, Coster y otros estudiosos dan algunas noticias de interés. Las opiniones sobre el lugar en que se iba a levantar el edificio eran contradictorias. Así se constata en unas líneas de una carta enviada por el general de los jesuitas al ya citado padre Franco, entonces provincial de la orden en Aragón:

“Muy debido era al señor Obispo de Huesca darle gusto enviando al nuevo colegio de Graus los sujetos que deseaba su ilustrísima para dar principio a aquella fundación. Lo mucho bueno que della y de la bondad de su sitio y disposición escribe V. R. como testigo de vista es materia de gozo; si bien nos lo ha aguado en parte otra información diferente de la que da V.R. porque dicen que el sitio es muy desacomodado, fuera de la villa, sin agua, debajo de un monte o peña muy alta, donde en invierno se han de helar de frío los moradores y en verano abrasar de calor, con otros achaques; y concluyen que ha de ser el destierro de la provincia, y que la elección de tan mal sitio se ha hecho porque era más barato”

Esta primera estancia de Gracián en Graus se habría producido a finales de 1652 y tal vez se habría prolongado algunos meses de 1653. Como en la primavera de ese año se publicó en Huesca la segunda parte de “El Criticón”, puede pensarse con cierta lógica, y en Graus es tradición transmitida, que el libro o alguna de sus partes, tal vez el final, fuera escrito en la villa ribagorzana.

Además de estas dos visitas de Gracián a la localidad, hay en Graus una presencia permanente del gran escritor jesuita. Se trata de un retrato que se encuentra en la actualidad en el Espacio Pirineos, sito en la llamada placeta de la Compañía (de Jesús) de la población altoaragonesa. El cuadro procede del antiguo colegio jesuita de Graus del que sólo se conservó su iglesia, convertida tras recientes reformas en el actual Espacio Pirineos. Tras el abandono sufrido por el colegio grausino y su posterior desmantelamiento a principios de los años setenta del pasado siglo, el retrato, rescatado casi milagrosamente y muy deteriorado, permaneció un tiempo en la sacristía de la iglesia parroquial de San Miguel. Con motivo de la celebración en 2001 del cuarto centenario del nacimiento de Gracián, fue restaurado en Zaragoza, recuperando el brillo que los años de ostracismo le habían arrebatado. Hoy puede contemplarse en el mismo edificio, totalmente remodelado, del que procedía, aquél en que residió el propio Gracián en sus dos estancias en la villa grausina.

El retrato fue pintado posiblemente a finales del siglo XVII o principios del XVIII. En la inscripción latina de la parte inferior del cuadro puede leerse con claridad "Gradibus Criticon Escripsit", esto es, que Gracián escribió “El Criticón” en Graus. Esta frase, con todas las reservas obligadas por la apretada escritura sobre una anterior frase borrada, vendría a reforzar la tesis de la estancia de Gracián en Graus en 1652 y la posibilidad de que, como la tradición ha trasmitido, allí escribiera la segunda parte de su magna obra “El Criticón”.

Sea como fuere, y por si no hubiera suficiente con las dos estancias en Graus que aquí hemos comentado, este retrato vincula para siempre con las tierras ribagorzanas al más ilustre y excepcional de los escritores aragoneses, reconocido maestro de algunas de las mejores mentes del pensamiento europeo de los últimos siglos.

Bibliografía:

Batllori, Miguel y Peralta, Ceferino, “Baltasar Gracián en su vida y en sus obras”, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1969.

Correa Calderón, Evaristo, “Baltasar Gracián, su vida y su obra”, Gredos, Madrid, 1970.

Coster, Adolphe, “Baltasar Gracián”. Traducción y notas de Ricardo del Arco, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1947.

Egido, Aurora y Marín, María Carmen (coords.), “Baltasar Gracián: Estado de la cuestión y nuevas perspectivas”, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2001

Guardiola Alcover, Conrado, “Baltasar Gracián, recuento de una vida”, Librería General, Zaragoza, 1980.

Laplana Gil, José Enrique, “Gracián y sus cartas. Problemas editoriales con una carta casi inédita de Manuel de Salinas a Gracián”, en Françoise Cazal (ed.), “Homenaje a / Hommage à Francis Cerdan”, Toulouse, CNRS - Université de Toulouse-Le Mirail, 2008, pp. 493-536.

Carlos Bravo Suárez
(Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona)
Artículo publicado hoy en el número especial de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón

Imágenes: Retrato de Baltasar Gracián expuesto en Espacio Pirineos de Graus y Colegio de los jesuitas en Graus, derruido a principios de los años setenta del pasado siglo XX y cuya iglesia es hoy en Espacio Pirineos de la capital ribagorzana.