lunes, 4 de mayo de 2009

CONTRA EL EXCLUSIVISMO

“Los vivos y los m(íos)”, José Cruz, Publicaciones de la ADE, Madrid, 2008.

Aunque el teatro es uno de los tres grandes géneros literarios, sus diferencias con la narrativa y la poesía son notables. Sobre todo porque todo texto teatral está pensado para su posterior representación escénica y es en ésta cuando alcanza su verdadero valor artístico. Por ello, salvo los libros de los grandes autores clásicos, los textos teatrales no suelen tener demasiados lectores, y algunos de ellos no se publican hasta que no han sido antes llevados a la escena. No es el caso de “Los vivos y los m(íos)”, del joven dramaturgo madrileño José Cruz, texto dramático que ha sido editado por la Asociación de Directores de Escena de España (ADE) y que ha obtenido el IV Premio Lázaro Carreter de Literatura Dramática 2008, convocado por el Centro Dramático de Aragón.

Se trata de una tragedia ambientada en un remoto pueblo al que llega una joven con la intención de enterrar en su cementerio las cenizas de su abuelo que transporta en una maleta. Las fuerzas vivas del lugar –encarnadas por el cura, el alcalde y el boticario-, y en general el conjunto de sus habitantes, se opondrán tajantemente a las pretensiones de la muchacha. Su llegada devuelve al presente unos hechos violentos ocurridos en el pasado que se han convertido en tabú para la población. La presencia de la joven rompe la monotonía y la tranquilidad de un pueblo que prefiere callar y olvidar unos sucesos cuyo recuerdo sólo produce incomodidad.

Aunque la obra puede hacer pensar en un determinado episodio trágico de nuestra historia reciente, lo mejor del drama es que pretende trascender los datos geográficos e históricos concretos para buscar una dimensión más universal y absoluta. Ya desde su título, con esa sustitución de los “muertos” por los “míos”, el texto puede entenderse como un alegato contra cualquier exclusivismo. Es muy cierto, sin embargo, que en la historia de nuestro país, y no sólo en un episodio determinado ni en una única dirección, han predominado con frecuencia posiciones excluyentes que llevan a la división entre los propios y los otros y crean un maniqueísmo casi siempre pernicioso para la sociedad.

En ese afán de superar lo concreto, hay en la obra una ausencia absoluta de nombres propios, tanto topónimos como antropónimos. Está concebida para ser representada por seis actores y un coro de voces. Los personajes son el joven, la vieja, la muchacha, la mujer, el muchacho, el cura, el alcalde y el boticario. Los tres últimos deben ser representados por el mismo actor. Las intervenciones de los personajes son breves, en la mayoría de los casos de una escueta oración simple. Sin embargo, con este lenguaje tan desnudo y un cierto esquema de corte clásico, se logra una atmósfera tan densa y asfixiante que conduce inexorablemente a la tragedia final.

Es de esperar que a esta obra sucedan otras aún mejores de su joven y prometedor autor.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 19 de abril de 2009

UNA HERMOSA BALADA SOBRE UNOS TIEMPOS DIFÍCILES

Balada de la guerra hermosa. Eugenio Suárez-Galbán Guerra. Tropo Editores. 2009.

Balada de la guerra hermosa es una espléndida novela corta. Aunque en 1982 ganó el Premio Sésamo de novela y fue publicada al año siguiente por la editorial Fundamentos, la obra no alcanzó demasiada difusión y había quedado, como tantas otras, en un inmerecido olvido. Tropo Editores la rescata ahora con el acierto y el buen gusto literarios que comienzan a ser habituales en esta joven editorial.

El autor de Balada de la guerra hermosa es Eugenio Suárez-Galbán Guerra. Nacido en 1938 en Nueva York, es hijo de padre español nacido en Cuba y de madre canaria. Doctor en Lenguas y Literaturas románicas por la Universidad de Nueva York y en Literatura por la Universidad de Leiden, Suárez-Galbán es crítico, editor, poeta y novelista, y ha publicado numerosos artículos y varios libros. Cuando llevábamos un sueño en cada trenza es su novela más reciente.

Balada de la guerra hermosa cuenta la vida de Mencey, un canario que estuvo de matón de Batista en Cuba, desertó del ejército nacional en la Guerra Civil, pasó a Portugal con un grupo de gitanos, vivió un tiempo de robar a prostitutas en Marsella, fue apresado por los nazis y deportado a un campo de concentración tras hacerse pasar por gitano, volvió a España con el maquis, estuvo en la clandestinidad y acabó convertido en un personaje mítico en su Canarias natal. Una serie de aventuras que pueden resumir una parte de la vida de algunos españoles a quienes tocó la desgracia de vivir una sucesión encadenada de guerras y situaciones dramáticas.
La novela está contada a varias voces que se convierten en interlocutoras entre sí. La principal es la de un amigo de Mencey que vivió a su lado sus primeras aventuras y que luego siguió el rastro que dejaba su antiguo compañero de fatigas. Las otras voces narradoras son las de dos mujeres que amaron a Mencey, una trágicamente y otra en una inquebrantable espera de su regreso. El mayor logro de la novela es la forma en que está narrada, que proporciona al relato un tono de confidencia y en algunos momentos de hondo lirismo. Usando siempre un lenguaje coloquial, con abundantes expresiones canarias -mi niño, mi niña, gofio o godos- y con un estilo fluido de relato oral que hace que el lector crea a veces estar escuchando la historia más que leyéndola. Son ese tono y esas formas narrativas las que convierten en una hermosa y poética balada una historia llena de sucesos brutales y dramáticos, sobre un periodo histórico muy presente en la novela española que pocas veces ha sido contado con tanta originalidad y belleza literaria. Mencey es un personaje que alcanza la dimensión y la aureola míticas de algunos de los héroes de las mejores narraciones orales.

Un espléndido libro que muestra el milagro del que es capaz la literatura: transformar en belleza algunas de las peores tragedias que pueden vivir los seres humanos.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 12 de abril de 2009

POESÍA DE LOBOS


Lobotomía. Javier Barreiro. Editorial Renacimiento. Sevilla, 2008, 44 páginas.

El lobo siempre ha sido un animal literario. Y lo sigue siendo, aunque con variaciones que a veces lo alejan de su tradicional aureola mítica de fiereza. Hace poco escribí en estas páginas una reseña sobre la magnífica novela El lobo, de Joseph Smith. Hoy lo haré sobre Lobotomía, un breve y original poemario de Javier Barreiro, profesor de Literatura y autor de numerosos libros sobre temas diversos. También de otros libros de poesía como Dientes en un cofre y Ángel huido del infierno.

Lobotomía es un conjunto de veinte poemas que tienen como único protagonista al lobo. Sin embargo, si buscamos en el diccionario la palabra lobotomía, ésta no hace referencia al animal sino a una operación del cerebro que supuestamente rebaja la agresividad de las personas. Un procedimiento bárbaro que se practicó hace unos años y que hoy parece definitivamente desterrado de la medicina moderna. Tal vez pueda resultar excesivo decir que algunos de los lobos que desfilan por el poemario de Barreiro parecen fieras a las que se haya practicado la lobotomía, desposeyéndolas así de su proverbial ferocidad. Son lobos temerosos, lobos que beben más de la cuenta -qué bello poema y qué humana borrachera la de Lobo en curda-, lobos que se disfrazan de magos, que ya no provocan miedo como antaño sino risa, compasión o pena. Y, claro, son lobos humanizados, tan ridículos y desvalidos como lo somos las personas con frecuencia. Lobos avergonzados de haber dejado de ser lo que eran, de haber perdido su legendario prestigio. Porque del lobo feroz y mítico, como parece indicar ya el primer poema del libro, sólo quedan los retratos de otros tiempos. El lobo de algunos poemas de Lobotomía puede compararse con el famoso lobito bueno de José Agustín Goytisolo y remite, por tanto, a un mundo al revés. Los niños ya no temen al lobo sino a la inversa.

Pero el contenido del libro es complejo y su intención ambigua. Es posible que cada lector dé interpretaciones distintas a sus poemas y metáforas. En eso, entre otras cosas, radica la calidad del poemario del escritor zaragozano. Y en la poesía misma: en el ritmo, musicalidad y armonía verbal que alcanzan sus versos. También en una acertada combinación de registros, con sabia mezcla de lo formal y culto con lo más coloquial y prosaico.

Hay mucha ironía en muchos de los versos de Lobotomía. A veces mezclada con reflexiones metaliterarias. Así ocurre en Lobo alobado, con esa guarida decorada con postal y recorte de Lon Chaney y José Luis López Vázquez que acaban “arruinando el poema”.

Un libro breve de poemas breves, en el que –como en la máxima graciana– lo breve resulta ser doblemente bueno.

Carlos Bravo Suárez


lunes, 6 de abril de 2009

CIEN AÑOS DE LA MUERTE DE HENRY RUSSELL

Hace un tiempo escribí en estas mismas páginas el artículo “Henry Russell, el enamorado de los Pirineos” en el que, a partir de la publicación del libro “Yo, Henry Russell” (Prames, 2005), de Alberto Martínez Embid, me referí a los aspectos más destacados de la vida del ilustre pirineísta francés. Con motivo del primer centenario de su muerte, haré aquí un breve resumen de algunos datos biográficos del excéntrico y polifacético montañero y escritor.

Henry Russell-Kilough nació en Toulouse en 1834 en el seno de una familia aristocrática. Era hijo de padre irlandés y de madre francesa y poseía el título de conde. Tras una juventud aventurera en la que viajó por todo el mundo, a finales de 1861 fijó su residencia en la localidad francesa de Pau. Desde allí desarrolló una febril e inagotable actividad montañera que le llevó a recorrer sin descanso la cordillera pirenaica en toda su extensión.

Ataviado con una llamativa indumentaria, con sus botas de clavos y su bastón de madera de fresno, se lanzó a la conquista de las cumbres pirenaicas y a escribir después sobre sus múltiples andanzas y aventuras. Russell pasa por ser el inventor del saco de dormir, que en realidad copió de un aduanero español a quien vio pernoctar envuelto en un saco hecho con la lana de varias ovejas. Tomándolo como modelo, se hizo fabricar uno igual con las pieles cosidas de seis corderos. Al parecer lo probó una gélida noche en la cima del Aneto. También se dice de él que fue el iniciador de las ascensiones invernales a las cumbres pirenaicas. Eran asimismo famosos su apetito voraz, su poca afición a madrugar, su gusto por el "chartreuse", el ponche y los cigarrillos y su costumbre de hacer noche en la cima de los picos a los que ascendía.

Después de recorrer casi todas las montañas de los Pirineos, se obsesionó con una de ellas: el Vignemale, denominada Comachibosa en Aragón. La subió treinta y tres veces y logró una simbólica concesión de propiedad sobre doscientas de sus hectáreas en las que mandó perforar hasta siete cuevas, bautizadas con nombres como Ville Russell, Belle-Vue, Paradis o Cueva de las Damas.

Tras largos años de descomunal esfuerzo montañero, las fuerzas del conde comenzaron a decaer y una enfermedad incurable le obligó a retirarse a Biarritz, donde siempre había pasado temporadas de descanso. Henry Russell murió a principios de febrero de 1909 a los 75 años. Su cadáver fue trasladado a Pau, en cuyo cementerio fue enterrado en el panteón familiar. En 1901 el gobierno galo ya le había concedido la Legión de Honor. Tras su muerte, diversas calles y plazas francesas recibieron su nombre en Lourdes, Luchon, Tarbes, Toulouse, Biarritz o Bagnères-de-Bigorre. En España, en el macizo de la Maladeta, el pico que él denominó Pequeño Aneto, conocido también como Tuca del Cap de la Vall, pasó a llamarse Pico Russell aún en vida del insigne montañero y escritor.

Paralelamente a su pasión excursionista, Russell desarrolló una destacada actividad literaria y se convirtió en cronista de sus propias gestas. Escribió numerosos libros, colaboró en diversas publicaciones montañeras y recopiló artículos y trabajos que sirvieron de base para su magna obra y gran legado literario "Souvenirs d'un montagnard", cuya edición definitiva apareció en 1908. Del libro hay una edición resumida en español (“Recuerdos de un montañero”, Editorial Barrabés, 2002). Russell contribuyó también a la creación de varios clubes alpinos o sociedades de montaña e impulsó la construcción de algunas cabañas que fueron embrión de futuros refugios para montañeros.

Henry Russel es una figura legendaria del pirineísmo de la segunda mitad del siglo XIX. Con motivo del centenario de su muerte, la sociedad francesa de Les Amis du Livre Pyréneen ha editado dos obras suyas hasta ahora inéditas en dos lujosas ediciones. Se trata de “Deux semaines dans les Pyrénées (de Luchon à San Sebastián)” y “Pau, Biarritz, Pyrénées”, a partir de las versiones originales de 1868 y 1890 respectivamente.

Desde este lado de la cordillera pirenaica que él tanto amó, también queremos recordar a Henry Russell cuando se cumple un siglo de su desaparición.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

domingo, 29 de marzo de 2009

LA NOVELA PÓSTUMA DE CABRERA INFANTE

La ninfa inconstante, Guillermo Cabrera Infante, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2008.

Si no hubiera muerto en 2005, Guillermo Cabrera Infante cumpliría ahora 80 años. El escritor cubano dejó dos de las mejores obras de la literatura hispanoamericana del pasado siglo: Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto. A finales de 2008 se publicó La ninfa inconstante, una novela póstuma que algunos han situado a la altura de los dos títulos citados. No creo que esta novela alcance realmente la cima que lograron aquéllas. En cualquier caso, La ninfa inconstante es una de las obras más destacadas de su autor y participa de casi todas las características de su universo literario.

La novela cuenta la breve relación de un verano entre el narrador y Estela, una niña que aún no ha cumplido los dieciséis años. El mejor relato sobre las relaciones entre un hombre maduro y una “nínfula” es, sin duda, Lolita, de Vladimir Nabokov. Sólo en el tema coincide esta novela genial con la de Cabrera Infante. La ninfa inconstante no tiene en ningún momento ni la intensidad dramática ni la atmósfera densa de la obra de Nabokov. Las pretensiones de ambas novelas son también diferentes, como lo son sus respectivos finales.

Sin embargo, La ninfa inconstante sirve al escritor cubano para mostrar el amor y la devoción que siempre sintió por su ciudad, La Habana, que vuelve a ser aquí la verdadera protagonista de la novela. El narrador recorre sus calles y avenidas, sus cafés y locales nocturnos, paseando o en máquina de alquiler, como son llamados los taxis. De nuevo La Habana jaranera y bulliciosa anterior a 1959, aunque en algunas páginas del libro ya se vislumbra la revolución. El escritor parece desear su llegada, pero ya sabemos que luego las cosas cambiarían para él. Desde su exilio londinense Cabrera Infante recreó palmo a palmo la ciudad que tanto quiso y tanto añoró en la distancia.

Y además de La Habana y de algunos elementos autobiográficos están los otros dos amores del novelista: el cine y los boleros. Y está sobre todo su estilo inconfundible, su personal manera de escribir. Aquí más que nunca se suceden los juegos de palabras, los equívocos, las paronomasias, las rimas internas, las aliteraciones. Casi hasta la saciedad. Incluso en los diálogos entre los dos protagonistas, casi siempre inverosímiles y absurdos. Toda la novela es un continuo ejercicio literario, una exhibición de ingenio léxico, un juego permanente con el lenguaje y las palabras.

En esta novela póstuma, la personal literatura de Guillermo Cabrera Infante se muestra tal vez en su estado más puro y genuino.


Carlos Bravo Suárez


LA ERMITA DE SAN MARTÍN DE CAPELLA

Hace unos meses que fue señalizado el acceso a la ermita de San Martín en la sierra de la localidad ribagorzana de Capella. Se procedió a la colocación de varios postes indicadores a lo largo de un corto itinerario que arranca del magnífico puente medieval de esta localidad, en cuya entrada, junto a un acogedor merendero, se instaló un pequeño panel informativo con algunos datos sobre la ermita y sus alrededores.

Lo más recomendable para visitar las ruinas de esta construcción románica y el hermoso paraje rocoso en que se encuentran es realizar un agradable paseo desde el citado puente. Es un corto recorrido de unos dos kilómetros y medio de ascensión por la cara norte de la sierra del Castillo de Laguarres. La ermita se encuentra casi enfrente de la localidad de Capella, ligeramente hacia el oeste, debajo del llamado tozal del Soldau (864 m.), en la margen izquierda del río Isábena.

Tras cruzar el río por el puente medieval, llegamos al GR-1 que seguimos unos metros hacia la derecha. Enseguida encontramos otra pista a la izquierda que coincide con el PR-HU124, camino que atraviesa la sierra por el llamado paso de El Grau y lleva a Castarlenas y Torres del Obispo. Seguiremos este camino hasta poco después de dejar a nuestra izquierda el depósito de aguas de Capella. Tomaremos luego una pista a la derecha, dejando a la izquierda la continuación del PR-HU124 y un campo de almendros con un pequeño almacén. Tras unos 200 metros de pista, después de atravesar el cauce seco del barranco de la Heredad, veremos a la izquierda el inicio de un sendero más estrecho que seguiremos en ascenso. Después de un tramo de cierta pendiente, llegamos a un punto en que el sendero se bifurca. El camino de la derecha nos lleva a la ermita de San Martín. Si tomáramos el de la izquierda llegaríamos a lo alto de la sierra por La Canal, corto y encajonado paso entre dos rocas.

Si queremos aproximarnos en vehículo lo más cerca posible de la ermita, debemos cruzar el Isábena por el puente que hay a la entrada de Capella, a la derecha de la carretera que llega procedente de Graus. Ya al otro lado del río, debemos seguir a la izquierda por el GR-1 y luego, a unos doscientos metros, girar a la derecha para continuar por la pista ascendente (PR-HU124) que acabamos de describir, hasta llegar al lugar en que arranca el sendero más estrecho también citado. Desde allí hasta la ermita queda solamente un kilómetro de camino.

La ermita románica de San Martín se halla en estado de ruina y envuelta en maleza. Se levanta sobre un pequeño espolón rocoso cuyo acceso suele estar resbaladizo. Se trata de un edificio de nave rectangular con un ábside semicircular que se conserva íntegro. Su cubierta está totalmente hundida, aunque permanece el cuarto de esfera que cubre el hemiciclo absidial. Algunos sillares caídos fueron aprovechados para acortar la nave, cerrando con un muro la parte más próxima al ábside. Por debajo de éste, otro muro con una puerta de arco de medio punto cierra lo que sería probablemente la entrada al recinto. Los estudiosos suelen fechar la construcción de la ermita en el siglo XII, aunque algunos la adelantan a los finales del XI.

Junto al templo, unas cuevas excavadas en la roca han sido cerradas con paredes de mampostería quedando convertidas en abrigos naturales, usados durante tiempo por los pastores para resguardar el ganado. En las paredes de estas cuevas se observan algunas entalladuras que indican que en algún momento hubo en ellas varios pisos o plantas. En el segundo abrigo y a la altura del primer piso, pueden verse algunos curiosos grabados que probablemente no tengan demasiada antigüedad. Fueron dibujados en la pared rocosa sobre la superficie oscurecida por el humo. Pueden adivinarse dos posibles escenas de adoración con algunas figuras postradas ante lo que parecen imágenes de Cristo y de la Virgen.

Un poco antes de llegar a la ermita, a la izquierda del camino, hay una pequeña fuente. Encima de la arruinada construcción religiosa, en un hueco de la roca al que se puede acceder por un paso bastante peligroso, fue excavado un pequeño aljibe que serviría para recoger el agua que baja por las paredes de las rocas. El paraje es bastante húmedo y en él suele haber abundante musgo y una vegetación muy frondosa.

También antes de llegar a San Martín, muy cerca de la bifurcación del sendero que lleva a La Canal y a la derecha del que conduce a la ermita, en el lugar denominado Santa Eulalia, quedan algunos restos de lo que probablemente fue otra construcción religiosa o tal vez defensiva. Se trata de los cimientos de unos gruesos muros que quedan hoy ocultos por numerosos matorrales y arbustos.

Antes de llegar al depósito de aguas, sale una pista a la derecha que lleva a unos campos de labor. Atravesándolos se llega a un cerro conocido como Corona Castiella. Allí, entre arbustos, se esconden los restos de algunos muros que tal vez correspondan a otra vieja ermita. El lugar se conoce como San Chulíán, topónimo que aparece en documentos medievales para referirse a una de las varias aldeas de las proximidades de Capella. Antes de llegar a estas ruinas, pueden verse algunas oquedades excavadas en un suelo rocoso que quizás pudieran ser tumbas antropomórficas.

Aunque nos movemos en parte en el terreno de las hipótesis, no hay duda de que la ladera de la sierra que va desde el puente románico de Capella hasta las ruinas de la ermita de San Martín contiene numerosos vestigios históricos que parecen indicar su importancia estratégica en épocas pasadas.

La excursión hasta la ermita de San Martín desde el puente de Capella es corta y no supone mucho esfuerzo para el caminante. Resulta muy recomendable no sólo por el valor histórico que el enclave tiene, sino también por las espléndidas vistas que desde él se contemplan. Llegar hasta allí resulta ahora más fácil, sólo hay que seguir los sucesivos indicadores que nos conducen, sin posibilidad de pérdida, hasta las ruinas de la vieja ermita.

Carlos Bravo Suárez
Foto: La ermita de San Martín, envuelta por la vegetación.
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 29 de marzo de 2009)




domingo, 22 de marzo de 2009

PEQUEÑAS LECCIONES DE HISTORIA

Costa, Azaña y el Frente Popular, Gabriel Jackson, Crítica, Barcelona, 2009

Gabriel Jackson (Nueva York, 1921) es un hispanista de reconocido prestigio. Afincado desde hace años en Barcelona, ha publicado numerosos estudios sobre la cultura y la historia de nuestro país. Ahora Crítica reedita su obra en la Biblioteca que lleva su nombre. Uno de los libros de esa colección es Costa, Azaña y el Frente Popular y otros ensayos, una decena de trabajos breves que habían visto la luz en 1976.

El libro se inicia con dos espléndidos ensayos sobre Joaquín Costa. En el primero, Costa y su revolución desde arriba, Jackson intenta precisar un concepto político que nuestro polígrafo nunca estableció con claridad. Porque “por más que reflexionara y escribiera sobre los principales problemas de España, hubiera hecho falta que sus ideas en los terrenos político y social estuvieran tan bien definidas como sus doctrinas en materia agrícola”. Sobre el concepto citado, “su pensamiento es deshilvanado, a menudo contradictorio; rico en sugerencias y carente de síntesis”. Sin embargo, España necesitaba un cambio de gobernantes, un mejor aprovechamiento de sus recursos y un profundo programa educativo. Costa desconfiaba de todos los grupos sociales para emprender esas urgentes reformas. Cree que es el propio poder quien debe tutelar los cambios. Encuentra algunos ejemplos en el exterior (Cromwell, Washington o Bismarck) y uno, sorprendente, en nuestra propia historia: la reina Isabel la Católica, en cuya cruzada contra el poder feudal Costa cree ver un ejemplo de la lucha que debía emprenderse contra el caciquismo.

En el segundo ensayo sobre el pensador altoaragonés, Jackson repasa algunos de sus proyectos para la recuperación española y concluye que, aunque fue escuchado y admirado en gran parte del país en el 98 y los años posteriores, “Costa no era ningún organizador de hombres y no tenía otro respaldo político que el desorganizado afecto de aquellos que aplaudían su sinceridad, su visión y sus propuestas económicas llenas de sentido común”.

Hay en el libro un breve estudio sobre la experiencia de Azaña al frente del gobierno de la República, sus logros políticos y sus fracasos. Un magnífico ensayo es el que trata sobre los orígenes del anarquismo en nuestro país. En él se destaca el carácter casi religioso, próximo al cristianismo primitivo, de algunos de los primeros libertarios, verdaderos “santos laicos” que vinieron a llenar el vacío que la Iglesia había dejado entre los pobres al aliarse en su mayor parte con los poderosos. Ecuánime y sin prejuicios es el trabajo sobre las colectividades anarquistas durante la Guerra Civil.

Completan la obra breves artículos sobre libros de hispanistas y sobre los historiadores Américo Castro y Vicens Vives. Muy sugerente es el ensayo que cierra el libro, donde se traza un curioso paralelismo entre la persecución a los erasmistas en la España del siglo XVI y la “caza de brujas” de los años cuarenta en los Estados Unidos.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 8 de marzo de 2009

LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA

En el 450 aniversario de su nacimiento

Se celebra este año el 450 aniversario del nacimiento de Lupercio Leonardo de Argensola. Unido su nombre para siempre al de Bartolomé, los hermanos Argensola son dos importantes escritores del Siglo de Oro español. Nacidos ambos en Barbastro, Lupercio y Bartolomé destacaron en una época en que nuestra literatura brilló de manera extraordinaria con autores excepcionales como Cervantes, Lope de Vega, fray Luis de León, Góngora o Quevedo.

La poesía de los hermanos Argensola fue publicada en los años setenta del pasado siglo XX en la colección Clásicos Castellanos de Espasa Calpe por otro ilustre aragonés: el profesor José Manuel Blecua, gran especialista en la poesía española del Siglo de Oro que ejerció durante años un inolvidable y modélico magisterio en la Universidad Central de Barcelona. Los sonetos de Lupercio y Bartolomé pueden leerse hoy cómodamente en Internet en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en una espléndida edición de Ramón García González.

En cuanto a los estudios biográficos, hay que destacar el ya clásico del hispanista Otis H. Green Vida y obras de Lupercio Leonardo de Argensola, publicado por la Institución Fernando el Católico en 1945. La biografía más reciente sobre los ilustres escritores barbastrenses, de la que extraigo algunos datos de este artículo, es la titulada Los Hermanos Argensola (Unaluna Ediciones, Zaragoza, 2006), de la profesora María Soledad Catalán.

Aunque sean más conocidos por el segundo, era Leonardo el primero de los apellidos de Lupercio y Bartolomé. La familia Leonardo pertenecía a la nobleza y, al parecer, procedía de Italia. Fue el bisabuelo de los poetas quien llegó a España y se instaló en Barbastro. Disfrutaría seguramente de una buena situación económica y social, pues participó con el rey Fernando el Católico en la conquista de Granada con tropas mantenidas a sus expensas. La familia Argensola pertenecía a la nobleza catalana y había prestado numerosos y recompensados servicios a la Corona aragonesa.

Del matrimonio entre Juan Leonardo y Aldonza Tudela de Argensola nacieron cuatro hijos: Lupercio, Bartolomé, Pedro y Ana María. Bartolomé se ordenó sacerdote y Pedro fue fraile agustino. Ana María se casó con el barbastrense Jusepe Trillo, que fue juez en la corte del Justicia de Aragón.

Lupercio fue el mayor de los hermanos y nació en Barbastro el 14 de diciembre de 1559. Probablemente realizó estudios sucesivos en Barbastro, Huesca, Zaragoza y Madrid. Tal vez también en Salamanca, donde sabemos que estudió su hermano Bartolomé, que conoció allí al gran fray Luis de León. Lupercio recibió una exquisita educación humanística y terminó estudios de Filosofía, Jurisprudencia, Retórica e Historia. Ambos hermanos tenían una sólida formación clásica y un profundo conocimiento de los autores latinos. Eran sus preferidos Horacio, Juvenal, Persio y Marcial, que influyeron notoriamente en sus creaciones literarias.

Lupercio Leonardo de Argensola desempeñó diversos cargos al servicio de importantes personajes de la nobleza de la época. Entre 1584 y 1592 fue secretario de Fernando de Gurrea y Aragón, duque de Villahermosa. En 1585 acompañó al duque a las Cortes de Monzón para reclamar el condado de Ribagorza, del que don Fernando era titular y cuyos vasallos se habían sublevado. En este periodo, conocido como las Alteraciones del Reino, se produjo una gran agitación en todo el territorio aragonés. Lupercio vivió muy de cerca algunos de los violentos sucesos de esos días y escribió más tarde sobre ellos en su condición de cronista oficial del Reino de Aragón, cargo para el que fue nombrado en 1599 y que ocupó hasta su muerte.

En 1587 Lupercio Leonardo se casó con doña Mariana Bárbara de Albión, viuda de Luis Zaporta. Sólo tuvieron un hijo llamado Gabriel, aunque doña Mariana dio a luz unos años más tarde a una niña que murió a los dos días tras un parto prematuro. Aunque ignoramos la fecha de su muerte, sabemos que su esposa sobrevivió bastantes años a la muerte de Lupercio.

Entre 1592 y 1603, el barbastrense fue secretario de la emperatriz María, hija del rey Felipe III y hermana de Felipe IV. Tras la muerte de ésta, Lupercio se marchó a la localidad zaragozana de Monzalbarba, donde tenía una quinta junto al río Ebro en la que llevó una vida retirada durante un tiempo. La torre, que Lupercio describió con detalle en sus versos, desapareció en 1936 por una crecida del río Ebro. En 1610 el conde de Lemos lo llamó para que fuera su secretario y lo llevó con él a Nápoles, de donde acababa de ser nombrado virrey. Allí murió Lupercio en 1613, víctima de una repentina enfermedad. Su hijo Gabriel le sucedió como secretario del conde de Lemos, cargo que su inesperado fallecimiento había dejado vacante.

Lupercio mostró muy pronto interés por la literatura. Su primer poema data de 1578 y es una alabanza a don Martín de Bolea y Castro, dentro de cuyo Libro de Orlando determinado fue incluido. También de sus años jóvenes son sus tres tragedias Filis, Isabella y Alejandra, la primera de las cuales no se ha conservado. Estas obras dramáticas fueron alabadas por Cervantes en El Quijote, en el capítulo XLVIII, [en el que el canónigo y el cura hablan sobre los libros de caballerías y las reglas que se deben observar en el teatro.

Sin embargo, Lupercio, unos años más tarde, se muestra contrario a la comedia, género teatral entonces de moda. Lo hace en un Memorial que se dio a S.M. el Rey D. Phelipe segundo contra las comedias que el barbastrense se encargó de redactar. Parece que, desde su visión moralista y religiosa, la comedia presentaba excesivas situaciones impúdicas y los actores y personas relacionadas con el teatro llevaban una vida demasiado licenciosa y poco recomendable.

La poesía de Lupercio Leonardo trata muchos de los temas habituales del Siglo de Oro. Destaca el uso de un tono crítico y moralista, a veces satírico, pero siempre frío, grave y severo, implacable con los defectos y vicios de la sociedad de su tiempo. Critica los comportamientos hipócritas de algunos miembros de la iglesia, la simonía, el afán por aparentar, la embriaguez, la dependencia de España de la banca extranjera, el arribismo de quienes van a la corte en busca de cargos al precio que sea, la inseguridad de los caminos. Uno de los asuntos más criticados en algunos de sus poemas más conocidos es el uso excesivo de afeites y ungüentos por parte de las mujeres, tema ligado a la falsedad de las apariencias en el que Quevedo fue el indiscutible maestro. La poesía amorosa de Lupercio responde a los esquemas petrarquistas y neoplatónicos de la época, pero en su caso exenta de cualquier sensualismo o asomo de apasionamiento o sentimiento sincero. En su escritura aparece con frecuencia el tema del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, derivado en parte del Beatus ille de Horacio, su poeta más admirado. Uno de los aspectos en los que sobresale su poesía es en algunas descripciones de la naturaleza y en su deseo de disfrutar de ella. Sirvan como muestra los dos cuartetos de uno de sus mejores sonetos; “Lleva tras sí los pámpanos octubre, / y con las grandes lluvias, insolente, / no sufre Íbero márgenes ni puente, / mas antes los vecinos campos cubre./ Moncayo, como suele, ya descubre / coronada de nieve su alta frente; / y el sol apenas vemos en oriente, / cuando la dura tierra nos lo encubre.” Gustaba mucho a Azorín la descripción en tercetos que Lupercio hizo de Aranjuez en una composición de alabanza al rey de España (“Hay un lugar en la mitad de España / donde Tajo a Jarama el nombre quita, / y con sus ondas de cristal lo baña / (…).

Lupercio concedió mucha importancia a su trabajo como historiador y cronista. Sabemos que tradujo los Anales de Tácito y que dedicó mucho tiempo a escribir una Historia general de la España Tarraconense, que debía preceder a los Anales de la Corona de Aragón de Jerónimo Zurita. También escribió el libro Preeminencias regias, donde recogía los diferentes servicios prestados al Rey por los aragoneses. Ninguno de estos libros se ha conservado. Sobre 1604 terminó la Información de los sucesos de Aragón en los años de 1591 y 1592 que le habían pedido los diputados aragoneses por su condición de cronista del reino. Al explicar los hechos referidos a Antonio Pérez y a la ejecución de Juan de Lanuza, Lupercio debe hacer equilibrios para que su versión de los violentos sucesos no descontente ni a los diputados aragoneses ni al rey de España, pues a ambos se debe como historiador oficial.

Formó parte el mayor de los Argensola de algunas de las academias literarias que, importadas de Italia, se pusieron de moda en aquel tiempo. Parece que en Madrid perteneció a la de los Humildes, en la que su hermano tuvo el cargo de fiscal, y es seguro que fue el principal impulsor de la Academia de los Ociosos de Nápoles.

Siguiendo el modelo horaciano, Lupercio de Argensola es un escritor que defiende la corrección continua de los textos hasta lograr un resultado satisfactorio. Por eso recomienda a los jóvenes “que lean mucho, escriban y amen borrar mil veces cada palabra”. Para la escritura poética busca la inspiración en la vida retirada, porque las musas de la poesía “quieren bosques y amenidades y acá [en Madrid] no los hay, sino mucho estruendo e inquietud”.

Lupercio no se preocupó nunca por la conservación de sus textos escritos. Menos aún por sus poemas, cuyos manuscritos al parecer intentó quemar en su estancia en Nápoles. Se han perdido casi todos sus escritos históricos, pero su hijo Gabriel consiguió salvar de las llamas algunos poemas de su progenitor. Fue él quien en 1634 publicó en Zaragoza el libro Rimas de Lupercio y del doctor Bartolomé de Argensola, donde reúne poemas de los dos hermanos, noventa y cuatro de los cuales son de su padre.

Sirvan estas líneas como recuerdo y homenaje a la figura de Lupercio Leonardo de Argensola, ilustre escritor que nació en Barbastro hace 450 años.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 8 /3 /2009)

domingo, 1 de marzo de 2009

AMOR CORTÉS, HEREJÍA Y MUERTE EN EL LANGUEDOC

El juglar de Languedoc, Joaquín Sánchez Vallés, Ediciones Irreverentes, Madrid, 2008, 315 páginas

Dediqué mi anterior reseña literaria en este blog al libro El rey conquistador, biografía novelada de Jaime I. El juglar de Languedoc, la novela sobre la que hoy escribo, se ambienta en los últimos años del siglo XII y los primeros del XIII. Su capítulo final, o coda, relata la muerte en Muret del rey aragonés Pedro II frente a los franceses al mando de Simón de Montfort, quienes con la excusa de acabar con la herejía cátara habían emprendido una cruzada para anexionarse los territorios del sur. La muerte de su padre en defensa de sus vasallos del otro lado de los Pirineos convertía al pequeño Jaime en el nuevo monarca aragonés. Escribo esto porque la lectura de estas dos espléndidas novelas -una termina donde casi empieza la otra- constituye un perfecto complemento para sumergirse en un apasionante periodo histórico, que bien pudo haber cambiado las fronteras del Reino de Aragón.

El autor de El juglar de Languedoc es Joaquín Sánchez Vallés, nacido en Huesca y actualmente profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Zaragoza. Ha publicado varios libros de poesía y un par de novelas premiadas. Su último libro en prosa es El hombre-lobo de Huesca, una colección de relatos publicada el año pasado.

Podríamos decir que, por su magnífica ambientación, El juglar de Languedoc es una novela histórica. En este género narrativo, muy en boga en la actualidad, se incluyen a veces novelas muy diferentes. En la que nos ocupa aparecen algunos personajes y hechos históricos reales, pero el personaje principal y la mayor parte de los sucesos que en ella se narran son inventados. En este sentido, El juglar de Languedoc es menos novela histórica que la anteriormente citada sobre el rey Jaime I. La novela de Sánchez Vallés contiene más elementos de ficción y tal vez pueda decirse por ello que es más literaria que aquélla. Y en verdad que El juglar de Languedoc es literatura de la buena; de la mejor, en mi modesta opinión.

El lector acompaña al juglar Peirol Calders por las tierras de Languedoc en un recorrido fascinante por caminos, castillos, campos y ciudades. Con él, conoce a juglares y trovadores, taberneras y prostitutas, caballeros y damas, monjes y obispos, señores y reyes. Y se encuentra con los cátaros: los perfectos y “bons homes” que dan ejemplo de austeridad y renuncian a los placeres de la carne. Muy en contraste con los poetas que cantan a la “fin’ amors”. Como el loco Peire Vidal, que a veces recuerda al Quijote, loco éste por la caballería y aquél por el amor cortés. O Folquet, que en clara muestra del nuevo signo de los tiempos cambia la viola de juglar por la mitra episcopal.

Porque la novela empieza con humor, describiendo situaciones jocosas que divierten al lector y le hacen reír con gusto. Pero pronto adquiere tonos sombríos y la alegre realidad de los inicios se torna desoladora y triste con la llegada de los cruzados, portadores violentos de muerte y destrucción.

La historia está contada en un estilo elaborado y brillante. El autor muestra gran dominio del vocabulario y maneja a la perfección el registro sintáctico del texto. El buen lector disfrutará sin duda del regalo literario que encierran las páginas de El juglar de Languedoc.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 22 de febrero de 2009

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ANTONIO MACHADO

En el setenta aniversario de la muerte del poeta

Hace setenta años, el 22 de febrero de 1939, murió en Collioure, un pequeño pueblo de la costa mediterránea francesa, el gran poeta español Antonio Machado.

Nacido en Sevilla en 1875, Machado es autor de dos de los mejores libros de la poesía española del siglo XX: Soledades y Campos de Castilla. Su vida y su obra se vieron marcadas, principalmente, por su educación en la Institución Libre de Enseñanza, su juventud algo bohemia, sus viajes a París, su estancia en Soria -donde conoció a su esposa Leonor de la que muy pronto enviudó-, su tardío amor por Pilar Valderrama -la Guiomar de sus poemas- y la tragedia de una guerra civil que precipitó su muerte.

Machado fue un hombre austero y digno, influenciado literariamente por el Modernismo y la Generación del 98, pero con una voz poética diferenciada y propia, que prefería la naturaleza al arte y la sencillez al boato y la apariencia. Nunca apreció el dinero, y murió, como él mismo había profetizado, ligero de equipaje.

Su vida y su obra han sido tratadas ampliamente en una bibliografía extensa, siempre abierta a nuevos estudios. En este año del setenta aniversario de su muerte, quiero recordar en este artículo cómo fueron los últimos días del poeta.

El levantamiento militar de julio del 36 cogió a casi toda la familia Machado en Madrid. Allí se había instalado Antonio tras los años vividos sucesivamente en Soria, Baeza y Segovia. Ante la gravedad de la situación en la capital, asediada por las fuerzas rebeldes, el gobierno de la República prepara la evacuación a Valencia de los intelectuales y científicos que aún permanecen en ella. El 22 de noviembre, la expedición, entre la que se encuentra la familia Machado, se dirige en autobús a la capital del Turia. En la ciudad levantina, los intelectuales son instalados en la Casa de la Cultura. Machado, cansado y deseoso de paz y tranquilidad, solicita hospedarse en otro lugar y es trasladado a Rocafort, a las afueras de Valencia. Allí lo acompañan, además de su madre, su hermano José con su mujer y sus tres hijas.

Ante el avance de los nacionales, el gobierno republicano se traslada a Barcelona a finales de octubre de 1937. A mediados de febrero del 38, Antonio y los suyos viajan a la capital catalana, donde son instalados en el hotel Majestic, en el Paseo de Gracia. Allí, el excesivo trajín se le hace al poeta insoportable. Como había ocurrido en Valencia, las autoridades republicanas le buscan un lugar más adecuado a su actividad literaria. Será la torre Castañer, una vieja y desvencijada mansión situada en el Paseo de San Gervasio.

En Barcelona, Machado siguió colaborando en la revista Hora de España, que se había trasladado a la ciudad condal, y escribió brillantes artículos en La Vanguardia, donde recuperó de manera póstuma a su alter ego Juan de Mairena. Tras la fuerte ofensiva franquista sobre Cataluña y los frecuentes bombardeos aéreos sobre su capital, Machado y los suyos se ven obligados a abandonar Barcelona. En la medianoche del 22 de enero de 1939, salen de la ciudad varios vehículos que transportan a algunas importantes personalidades del mundo de la ciencia y de la cultura. La caravana se dirige a Gerona por carretera. La entrada a la ciudad está colapsada por una multitud de vehículos y de personas que huyen hacia la frontera francesa. Ante la imposibilidad de seguir avanzando, los coches llegan a Cervià de Mar, a diez kilómetros de Gerona. Machado y los demás son instalados en Can Santamaría, masía del pequeño pueblo de Raset. En los días siguientes, llegan al lugar otros intelectuales procedentes de Barcelona, entre los que se encuentran el escritor Corpus Barga, el filólogo Tomás Navarro Tomás y el poeta catalán Carles Riba. En Can Santamaría, el grupo permaneció cuatro días. El día 26, llegó allí la noticia de la caída de Barcelona. Ese mismo día, los refugiados se trasladan al Mas Faixat, entre los pueblos de Orriols y Viladasens, donde pasaron la noche del 26 al 27 de enero. Fue la última noche de Antonio Machado en España.

Al amanecer del día 27 se dirigieron a la frontera. El tiempo empeoró de repente; hacía frío y llovía con fuerza. Los refugiados tuvieron que bajar de los vehículos, que no podían seguir avanzando, y continuar a pie hasta la aduana. La frontera estaba custodiada por guardias senegaleses que no trataban demasiado bien a los españoles. Sin embargo, Machado, al que Corpus Barga presentó al jefe de estación como un gran poeta, es dispensado junto a su madre de pasar el obligado control sanitario.

En la estación de Cèrbere, Machado y los suyos pasan la fría y lluviosa noche en el interior de un vagón vacío. Al parecer, la mañana del 28 de enero, Corpus Barga y Navarro Tomás se desplazan a Perpiñán para realizar algunas gestiones. Consiguen algo de dinero y el compromiso de que la Embajada española en París se hará cargo de los gastos de Machado y su familia. A su vuelta, toman la decisión de ir en tren hasta Coullioure. Probablemente, el estado de salud del poeta, y aún más de su anciana madre, hacía recomendable buscar un lugar donde pudieran descansar cuanto antes.

Los refugiados llegaron a Collioure la tarde del 29 de enero de 1939. Desde la estación tuvieron que andar hasta el pueblo en medio de una fuerte lluvia. Corpus Barga llevaba en brazos a doña Ana que, en su acelerada demencia, preguntaba cuándo llegarían a Sevilla. En Collioure, los Machado fueron acogidos en un pequeño hotel, cuya propietaria, Pauline Quintana, simpatizaba con los republicanos españoles. Antonio y su madre y José y su mujer se alojaron en dos habitaciones contiguas de la primera planta. De la situación de estrechez en que se hallaban da idea el hecho de que, cuando llegaron a Collioure, Antonio y José sólo tenían una camisa cada uno. Cuando lavaban la de uno, el otro debía esperar a que su hermano terminara de comer para ir al comedor.

Por su propio testimonio, sabemos que un ferroviario francés de Collioure, estudioso de la literatura española, prestó a Machado los últimos libros que posiblemente éste leyó antes de morir: El mayorazgo de Labraz y El amor, el dandismo y la intriga, de Pío Baroja, Los vagabundos, de Gorki, y una pequeña biografía de Vicente Blasco Ibáñez.

Antonio Machado, que había sido muy fumador y sufría de asma, ve debilitarse su salud con rapidez. El médico que lo visita certifica la gravedad de su estado. Machado muere la tarde del 22 de febrero de 1939. Su madre, que llevaba varios días en coma, fallece tres días después. Antonio tenía 65 años; doña Ana, 89.

Una amiga de madame Quintana cedió un nicho para que el poeta pudiera ser enterrado en Collioure. Su madre recibió sepultura en una fosa, en la zona del cementerio destinada a los pobres. En 1958 sus cuerpos fueron trasladados a las tumbas que hoy ocupan.

En el bolsillo de su viejo gabán, su hermano José encontró el último verso escrito por Antonio:”Estos días azules y este sol de la infancia”.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón.

(Fotos: Última imagen tomada de Antonio Machado y tumba del poeta en Collioure)

domingo, 15 de febrero de 2009

EL LOBO EN PRIMERA PERSONA

El lobo es una novela sorprendente y distinta. Se trata de la primera narración de Joseph Smith, joven escritor británico (Londres, 1980) y profesor de Filosofía. La obra ha sido traducida a varios idiomas y está obteniendo un considerable éxito sobre todo entre los jóvenes lectores europeos. Ahora acaba de ser publicada en España.

La novela está narrada en primera persona, pero no por un narrador humano sino por el propio lobo que protagoniza el relato. Joseph Smith se aleja, sin embargo, de otros autores anglosajones que han tratado el mundo de los animales, a veces también humanizándolos, como Kipling o Jack London. Aunque no a la manera tradicional y clásica, hay bastante de fábula moral en una narración de lectura profunda, intensa y conmovedora.

El libro es un único monólogo, el largo soliloquio de un lobo hambriento en un invierno duro y difícil para la supervivencia. Si debe de ser cierto que los animales no piensan, no lo es menos que tienen sensaciones. Aquí el lobo nos describe su hambre terrible, su miedo, su dolor, su enorme sufrimiento. Pero, además, el fiero depredador de la novela nos trasmite sus pensamientos, sus desconfianzas, el placer que siente cuando domina y mata, su orgullo y su vergüenza. Y, como no hay otro parámetro posible, sus pensamientos resultan muy humanos, inquietantemente humanos. Pero la pregunta puede formularse de manera inversa: no cuánto de humano hay en el lobo sino cuánto de lobo hay en el hombre.

El relato es literariamente rico, lleno de símbolos, de imágenes potentes, de metáforas, hasta convertirse en una bella y cautivadora alegoría de la existencia. La novela tiene una arrebatadora fuerza estética, pero también una lectura moral, filosófica, existencial.

En el relato, además del hombre -odiado y temido más que nada por el narrador- aparecen otros animales que mantienen en parte su simbología clásica y tradicional: el astuto zorro y el elegante y bello cisne. Al símbolo de libertad del bosque nevado en que el lobo realiza sus cacerías, se añade en las últimas páginas del libro el de la gruta, sucia charca de aguas fétidas, tal vez trasunto de la clásica caverna de Platón.

Los animales no hablan, pero descubren todo su interior en sus miradas. Simulan, esconden, dominan y, en algún momento, hasta parecen sentir piedad, compasión y clemencia. El relato es minucioso en lo físico y más aún en lo interior y profundo, iba a escribir en lo psicológico. La narración es la historia de una agonía y también, en el sentido etimológico de esta palabra en griego, de una tremenda lucha por la vida.

El lobo es una novela corta pero intensa. Que deja huella en el lector y que probablemente perdure mucho tiempo en su memoria.

El lobo, Joseph Smith, Mondadori, Barcelona, 2009, 121 páginas

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 11 de febrero de 2009

LA BIOGRAFÍA NOVELADA DE JAIME I

El pasado año se celebró el ochocientos aniversario del nacimiento del rey Jaime I. Con ese motivo, se realizaron numerosos actos en los diferentes territorios que hoy componen la antigua Corona de Aragón. Entre los varios libros que se editaron sobre la figura del monarca destaca El rey conquistador (La crónica oculta de Jaime I), de los aragoneses Ángel Delgado y José Damián Dieste, autores en 1999 de una magnífica obra sobre Ramiro II el Monje.

Se trata de una larga novela histórica, en una atractiva edición de tapa dura, con letra grande y punto de lectura. Propicia para leer cómodamente en largas tiradas que sumergen al lector en los múltiples avatares que vivió el reino aragonés bajo el mandato del rey Jaime. Un reinado decisivo para la definitiva configuración geográfica de la Corona aragonesa, que había nacido unos siglos antes en las remotas montañas pirenaicas. El libro es un completísimo recorrido por la azarosa vida del monarca y por la convulsa y apasionante historia de casi todo el siglo XIII. Conocer ese periodo resulta fundamental para entender el mapa actual de los territorios del viejo reino, sus peculiaridades y similitudes, sus nexos comunes y sus notables diferencias.

En el libro de Delgado y Dieste se utiliza un recurso literario que resulta muy beneficioso para el conjunto del relato. Según se dice en el proemio, el autor de la crónica que leemos es el escriba aragonés Aymerico de Botayuela. Además del Libro de los hechos del rey don Jaime, crónica oficial escrita para enaltecer y adular al monarca, el sensible y honesto Aymerico maneja otra desconocida que él mismo encontró casualmente en un viejo arcón del monasterio de Sigena. Con ambos documentos y su propia experiencia junto al monarca, y más tarde junto a su hijo bastardo Ferrán de Castro, Aymerico compone una crónica que conjuga las alabanzas a la ingente labor conquistadora del rey con algunas razonadas críticas a otros aspectos menos brillantes de su reinado.

Una de las cuestiones más controvertidas son las difíciles y tormentosas relaciones que el rey Jaime mantuvo siempre con la nobleza aragonesa. El monarca acusaba a los ricoshombres aragoneses de obstaculizar su labor con continuas muestras de altivez, vanidad y soberbia. Estos echaban en cara al monarca la postergación de Aragón en el reparto de sus conquistas y sus permanentes intentos de derogar los viejos fueros, que consideraba inservibles para los nuevos tiempos. El cronista, que proclama su condición aragonesa, suele tomar partido por sus paisanos que, entre otras cosas, vieron frustrados sus deseos de que Aragón alcanzara el mar tras la conquista de Valencia.

Otra crítica continua del escriba al rey es su pasividad ante el avance de los franceses en las tierras del Languedoc, que contrasta con su febril afán expansionista en los dominios musulmanes de Levante y Mallorca. El rey Jaime no sólo fue conquistador de tierras, también lo fue de numerosas mujeres. Sus conquistas femeninas ocupan un destacado lugar en el libro de su vida.

La novela de Delgado y Dieste es espléndida desde todos los puntos de vista. Su lectura resulta una experiencia apasionante, enormemente provechosa para el conocimiento de la historia de la antigua Corona de Aragón.

El rey conquistador, Ángel Delgado y José Damián Dieste, Edhasa, 2008, 830 páginas.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 1 de febrero de 2009

LA ERMITA DE LA TERNUDA

La Ternuda a la que aquí nos referimos es una partida de terreno situada en la comarca de la Ribagorza, en la cara norte, aunque casi en el cambio de vertiente, de la sierra del Castillo de Laguarres. En ella se encuentran las ruinas de una antigua casa y de una ermita románica. La casa de la Ternuda y la ermita de San Marcos, o Sant Marc como se la denomina en la zona, pertenecen hoy al municipio de Benabarre, pese a que geográficamente se encuentren quizás ligeramente más próximas a las poblaciones de Lascuarre y Laguarres.

El topónimo Ternuda parece derivar de “terna” y referirse precisamente a un lugar situado en la confluencia de tres poblaciones. En este caso, de los términos de Benabarre, Lascuarre y Laguarres. En nuestra provincia hay al menos otra partida también denominada la Ternuda, en los límites entre Monzón, Selgua y Castejón del Puente.

Llegar a la Ternuda en la actualidad no es del todo fácil. Se puede acceder a ella desde cualquiera de las tres poblaciones citadas. En cualquier caso hay que tomar el GR-18.1, antigua vía cabañera de paso del ganado. Si se va desde Lascuarre o Laguarres hay que seguir el GR-1 y llegar hasta el llamado Castesillo. Muy cerca de esta antigua casa, hoy deshabitada y algo en ruinas pero no del todo abandonada, se encuentra un cruce de caminos donde se alza una enorme carrasca que seguramente ha proporcionado buena sombra a multitud de caminantes a lo largo de los tiempos. Desde aquí hay que seguir durante algo más de un kilómetro por el GR-18 (marcas rojas y blancas), actualmente también señalizado como ruta hípica, en dirección a lo alto de la sierra (el llamado Coll) y a Benabarre. Al cruzar el barranco de la Rivera, vemos a la izquierda, sobre un cerro, los dos edificios que componen la casa y la ermita de la Ternuda. Ascender hasta allí puede suponer una pequeña aventura. Hay que subir campo a través como buenamente se puede, guiados siempre por el objetivo que vemos en lo más alto. Al parecer, antes de llegar al barranco, salía de la izquierda del camino una antigua senda que conducía hasta la ermita dando un rodeo. Hoy, o está borrada o yo no he sabido encontrarla.

Si se accede a la Ternuda desde Benabarre, hay que tomar el denominado camino del Coll, histórico sendero que pasa sucesivamente por San Medardo (ermita y agradable merendero), las ruinas del convento de Linares, el mas de Cirilo y el mas del Coll. Para llegar a la ermita no queda otro remedio que salir del camino principal y recorrer el último tramo campo a través.

La antigua vía hoy señalizada como GR-18.1 sería durante siglos una de las más transitadas de la comarca. Servía para unir Roda de Isábena y Benabarre, dos lugares de gran importancia en el viejo condado de Ribagorza. Por ella pasaban los ganados que hacían la trashumancia y multitud de personas de la más variada condición. Este sería probablemente el origen de la Ternuda y la causa de su importancia estratégica en el pasado. La casa vigilaba desde lo alto el transitado sendero en las proximidades de uno de sus puntos principales, el Coll por el que se cruzaba la sierra.

Las referencias históricas a la Ternuda son escasas. En sendos documentos relacionados con Roda de Isábena de 1166 y 1202, se cita a un Guillem Bonfill de la Ternuda junto a su hijo Muntaner y a un “Pere de la capella de la Ternuda”. Ambos documentos muestran la vinculación del lugar al obispado de Roda en esos primeros tiempos medievales. Del segundo se podría deducir que la ermita de San Marcos ya existía a principios del siglo XIII. Posteriormente, el lugar quedaría vinculado a Benabarre. Así aparece ya en 1280, en una relación de iglesias que participan en una recaudación de dinero para las cruzadas.

La casa de la Ternuda es un edificio abandonado y en ruinas, aunque buena parte de sus muros aún resiste en pie. Sobre un pequeño cerro contiguo se levanta la ermita de San Marcos, bastante más arruinada que la vieja casa. Es un edificio de planta rectangular con la techumbre totalmente hundida. Quedan en pie parte de los muros laterales y el ábside semicircular, orientado canónicamente al este.

La nave, que en un principio era más grande, fue reducida en algún momento a algo más de su mitad, como ocurrió con la no muy lejana ermita de San Martín de Capella, en la misma sierra de Laguarres. El ábside tiene una bonita ventana central que constituye uno de los elementos destacados de la iglesia. En cada uno de los muros laterales se observan dos refuerzos a modo de contrafuertes. Los sillares son pequeños y regulares, bastante bien alineados. La obra parece datar del siglo XII y es una construcción románica algo más culta y menos rústica que otras ermitas próximas. Dada su ubicación y su casi general desconocimiento, su progresiva y definitiva ruina resulta casi inevitable.

La Ternuda es una más de las muchas casas que quedaron abandonadas con el cambio de los tiempos. Probablemente su mayor valor en el pasado fue estar junto a un importante y transitado camino. La pérdida de esta condición, su alejamiento y la ausencia de buenas tierras de cultivo harían que quedase pronto olvidada. Sin embargo, sus dos viejos edificios, aunque maltrechos por el paso de los años, siguen vigilando desde lo alto de la sierra. Alegrándose quizás cada vez que algún nuevo caminante levanta sus ojos hacia ellos, acaso recordando aquellos tiempos pasados en los que el movimiento de gentes nunca cesaba por los caminos del condado.

Carlos Bravo Suárez
(Fotos: Ermita y casa de de la Ternuda en lo alto, casa de cerca, casa desde la ermita, tres fotos de la ermita -la última, de la ventana del ábside) )

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, 1-2-09)

ALQUIMIA, SEXO Y CATEDRALES

José Luis Corral es probablemente el más importante de los autores españoles de novela histórica en la actualidad. En este género ha publicado obras tan conocidas como El salón dorado, El Cid o ¡Independencia!. Sin embargo, y aunque pueda parecerlo, su última novela, Fulcanelli. El dueño del secreto, no es estrictamente una novela histórica. Los hechos que en ella se narran son completamente ficticios, aunque en muchas páginas del libro el autor despliegue sus muchos conocimientos sobre el mundo medieval, sus catedrales y los símbolos que éstas encierran.

La novela toma el título de un enigmático alquimista del siglo XX que supuestamente murió en una buhardilla de París en 1932. En dicho apartamento se instala a principios del 2007 el profesor de Historia del Arte David Carter, un estadounidense hijo único de una rica familia de viticultores californianos. En la capital francesa Carter conoce a la atractiva licenciada Michelle Henry, quien le propone que dirija su innovadora tesis doctoral sobre la influencia de la alquimia en la construcción de las catedrales góticas. Ellos son los dos protagonistas de la novela, muchas de cuyas páginas recogen las conversaciones entre ambos sin que aparezcan apenas otros personajes secundarios.

El libro contiene muchos elementos de las novelas de éxito más recientes. Una importante dosis de esoterismo, con referencias a la alquimia y a la piedra filosofal; un cierto grado de misterio, con continuas alusiones al enigmático Fulcanelli cuya verdadera identidad nadie parece conocer; y mucho sexo explícito, con momentos que en términos cinematográficos modernos denominaríamos como tórridos. Ingredientes todos ellos que podrían hacer de la novela un auténtico best-seller o superventas.

La mayor parte del relato transcurre en París, aunque aparecen otros escenarios secundarios como Estados Unidos -California y Nueva York- , Chartres y Sevilla. Las catedrales góticas tienen un gran protagonismo y se describen con detalle las de Notre-Dame de París y Chartres y, algo menos, la de Sevilla. Hay también en el libro varias referencias a algunos de los tenebrosos cuadros del pintor barroco hispalense Juan de Valdés Leal.

Tal vez le falte a la narración un poco más de trama, pues, como se ha dicho, buena parte de la misma es un continuo diálogo entre los dos fogosos protagonistas. Su relación, y ese parece un elemento de modernidad, va evolucionando desde el sexo, siempre ardiente y encendido, hacia el amor más sosegado.

El libro está escrito en un estilo ágil, con frases cortas y mucho diálogo, para leer con facilidad y rapidez. Seguramente Fulcanelli no es la mejor novela de José Luis Corral, pero es probable que se convierta en una de las más vendidas del prolífico escritor zaragozano.

Fulcanelli. El dueño del secreto, José Luis Corral, Edhasa, Barcelona, 2008.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 25 de enero de 2009

REFLEXIONES SOBRE ESPAÑA

De nuevo el tema de España. De Unamuno a Azaña pasando por Ortega, sin olvidar a nuestros Costa y Mallada, el asunto parece no perder nunca actualidad. Reaparece en “España al desnudo”, una brillante y personal reflexión de Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza y autor de un buen número de ensayos y artículos periodísticos.

El libro es una sugerente reflexión sobre el periodo que va desde la proclamación de la Segunda República hasta nuestros días. El autor analiza los últimos años de nuestra historia alejándose de la vigente dictadura de la corrección política, que tan difícil hace cualquier discrepancia sin que los “correctos” maniqueos sitúen de inmediato al discrepante en el bando contrario al suyo. Pese a ello, tampoco el libro está en la línea del reciente revisionismo que parece querer darle la vuelta al estudio de la historia como si fuera un calcetín. Las argumentaciones de Ramírez, con las que el lector podrá estar más o menos de acuerdo, parecen casi siempre, desde la subjetividad y la moderación, sólidas, sensatas y bien fundamentadas.

En los inicios del libro el autor muestra entre sus deseos el de “una España que, como en el verso de León Felipe, se supiera todos los cuentos y detestara a todos los cuentistas”. Después declara su independencia con cita de Camus: “Se podría formar el partido de los que no están seguros de tener razón, sería el mío”.

Antes de entrar más a fondo en el periodo objeto de su estudio, el profesor Ramírez se refiere a tres ocasiones históricas que España no supo aprovechar: la Constitución de 1812 -del “Viva la Pepa” se pasó enseguida al “Vivan las caenas”-, el sexenio revolucionario de 1868 a 1874 y la Segunda Republica de 1931. Esta última se analiza con más detalle y se muestran sus aciertos y sus errores, entre los que destaca su incapacidad para el consenso y la integración.

El Franquismo se presenta como un sistema autoritario y dictatorial pero no fascista ni totalitario, pues sacrificó la ideología falangista inicial a su deseo de permanencia a toda costa. En sus últimos años surgió una amplia clase media que rechazaba cualquier aventura política y que fue clave para el triunfo de la transición posterior. Esta fue un éxito porque logró superar el pasado sin revanchismos, a través del acuerdo y de la concordia.

Y de la España actual del “pan y todos los deportes” el autor ve con preocupación el afán por desenterrar el pasado, el reparto de cuotas entre partidos que no premia los méritos sino el servilismo, el auge de lo mediocre al igualarlo todo por abajo o el problema autonómico nunca del todo resuelto. A veces asoma una excesiva nostalgia por algunos valores del pasado, pero parece indudable que la pérdida de algunos de elos no ha tenido buenas consecuencias para el presente.

El libro se lee con facilidad por su lenguaje sencillo y su tono didáctico. Y, sobre todo, invita a la reflexión y, en todo caso, al debate sereno.

España al desnudo (1931-2007). Manuel Ramírez. Editorial Encuentros, Madrid, 2008, 204 páginas

Carlos Bravo Suárez



domingo, 18 de enero de 2009

UNA BUENA NOVELA HISTÓRICA

El último templario de Aragón. José Antonio Adell. Editorial Pirineo. 2008

En este año que acabamos de comenzar se celebra el setecientos aniversario de la caída del castillo templario de Monzón en manos de las tropas del rey aragonés Jaime II. Cuando en mayo de 1309 se produjo su rendición, dicha fortaleza constituía el último reducto de la orden religioso-militar en el Reino de Aragón. Con motivo de tal efemérides, el escritor José Antonio Adell acaba de publicar El último templario de Aragón, una muy interesante y bien construida novela histórica que intenta recrear el largo asedio al que el ejército real sometió al enclave templario montisonense.

José Antonio Adell es un escritor con una larga trayectoria literaria que ha escrito numerosas obras -muchas de ellas junto a Celedonio García-, principalmente sobre costumbres, leyendas y otros temas aragoneses. Esta es, sin embargo, su primera novela. Y el escritor literano supera la prueba con buena nota. El último templario de Aragón es una bien ambientada novela que intenta reproducir con fidelidad el contexto histórico en que se produjeron los hechos que se narran. Escribir el libro ha supuesto sin duda un importante esfuerzo de investigación y documentación. La detallada ambientación geográfica de la novela es consecuencia del conocimiento directo que el autor tiene sobre los lugares, muchos y precisos, que aparecen en el libro. Sobre todo la ciudad de Monzón, pero también Binéfar y otras muchas poblaciones de las comarcas del Cinca Medio y la Litera, y, en menor medida, de las vecinas tierras de Lérida y de algunos lugares ribagorzanos como Estopiñán. Los nombres de los personajes, según se explica al final del libro, son también reales en su mayor parte.

Pero además de esa detallada ambientación el libro, como novela que es, tiene un adecuado desarrollo narrativo y logra un difícil equilibrio entre su parte más puramente histórica y la más novelesca y ficticia. El relato está narrado en primera persona por el joven Arnau Guillén. El joven binefarense es ordenado caballero de la orden al inicio de la novela y vive el largo asedio al castillo montisonense dando numerosas muestras de entereza y valentía. El joven Arnau es presentado como un templario íntegro, que se debate entre sus inclinaciones humanas y el sometimiento a los estrictos votos de pobreza, obediencia y castidad que acaba de jurar. La orden del Temple, acusada de diversos delitos sobre todo por quienes ambicionaban sus posesiones y riquezas y por aquellos que esperaban librarse de pagar sus diezmos, es tratada en general con simpatía en el libro, destacándose sobre todo su labor de ayuda a los más pobres y necesitados. Pese a ello, también se muestran las divisiones y envidias existentes entre los templarios de Monzón y su manifiesta misoginia. Además, el libro narra una apasionada e intensa historia de amor. Un amor que acaba triunfando sobre todas las adversidades.

En fin, El último templario de Aragón permite conocer mejor un episodio histórico del que se cumplen ahora setecientos años y pasar un buen rato leyendo una entretenida novela.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 11 de enero de 2009

ENSAYOS DEL JOVEN SENDER

En su encomiable labor de reeditar a Sender, Larumbe ha publicado recientemente otro libro del prolífico escritor altoaragonés. En este caso, Proclamación de la sonrisa, una colección de ensayos que desde su aparición en 1934 no había vuelto a editarse. El libro reúne un total de cincuenta y siete artículos de opinión y un prólogo del propio autor. Casi todos habían sido publicados los años anteriores en el diario La Libertad y sólo unos pocos lo habían hecho en algunos periódicos provinciales.

Como de costumbre, la edición de Larumbe es espléndida. Magnífica y didáctica la introducción del experto senderiano José Domingo Dueñas Lorente, y de gran valor informativo las notas a pie de página. Una edición crítica modélica, que permite contextualizar perfectamente los artículos del escritor de Chalamera.

Sender, que había nacido en 1901, acababa de cumplir los treinta años cuando escribió los ensayos que componen el libro. Era ya entonces un periodista activo, un prolífico escritor y un joven combativo. Justo en esos años se alejaba de los anarquistas para aproximarse al comunismo. Esa actitud política, que no se nota en exceso en el libro, se observa sin embargo casi siempre en los criterios por los que juzga los temas que trata. Sender se muestra seguro de poseer la verdad, cree que la sociedad burguesa está a punto de desaparecer y que será sustituida en breve por un mundo nuevo. El adjetivo burgués, que el escritor usa con reiteración, sirve para designar a todo lo que se estima caduco. La cultura burguesa defiende lo “fáustico”, lo puramente esteticista, lo “espiritual”, lo religioso, el dinero y los privilegios de clase. Frente a ella emerge un nuevo orden: lo proletario y el materialismo marxista. Como sabemos, Sender no tardará mucho en renegar de esos principios en los que, sin embargo, creía ciegamente en esos años.

Ha sido una experiencia interesante leer este libro poco después de Álbum de radiografías secretas, sobre el que escribí aquí hace unas semanas. Uno no puede evitar recordar a Sender en Estados Unidos, sus opiniones sobre el estado soviético y su amistad con muchos exiliados rusos cuando lee algunas páginas de admiración y simpatía por la revolución bolchevique e incluso por Stalin. Se comprueba una vez más que, para bien o para mal, las personas cambiamos mucho con el paso del tiempo.

Sin embargo, Proclamación de la sonrisa no es un libro político. En sus ensayos se tocan muchos temas y la literatura es uno de los principales. Ese es para mí el aspecto más interesante de la obra. Hay muchas reseñas de libros, muchas opiniones sobre escritores y mucha cultura literaria en los artículos de Sender. Referencias a Goethe, Cervantes, Garcilaso, Teresa de Jesús, Nietzsche, Bernard Shaw, André Gide o Rabelais. Y a autores del 98. Sobre todo a los que despiertan en el autor reacciones encontradas: el admirado Valle-Inclán y el siempre denostado Unamuno.

Hay también destacables referencias a la sierra de Guara, como en Sierra niña, bonito artículo que cierra el libro. Y por encima de todo, se coincida o no con sus opiniones, está la magnífica escritura de Sender. Eso sí que no cambió a lo largo de su extensa obra literaria.

Proclamación de la sonrisa. Ramón J. Sender, Larumbe, 2008.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 4 de enero de 2009

ISIDRO COMAS MACARULLA, "ALMOGÁVAR", UN ARAGONESISTA LITERANO EN BARCELONA

Editado por Rolde de Estudios Aragoneses con la colaboración del Centro Aragonés y la Casa de Aragón de Barcelona, ha sido publicado recientemente el libro “Isidro Comas, Almogávar. La poética vida de un aragonesista de Tamarite de Litera”. Su autor, al que me he referido en alguna otra ocasión en estas páginas, es Valeriano C. Labara Ballestar, natural de Candasnos y afincado en Cataluña, donde trabaja como profesor. Labara ha publicado varios trabajos relacionados con diversos personajes de su villa natal y de la comarca del Bajo Cinca. Además, es un destacado heraldista, en la actualidad representante de la provincia de Huesca en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.

El libro pretende dar a conocer, de manera rigurosa y amena, la vida y el pensamiento de una de las principales figuras del aragonesismo en Cataluña durante el primer tercio del siglo XX. A lo largo de los diez capítulos de la obra, conocemos con detalle la biografía y la actividad literaria de Comas y su vinculación a las diferentes entidades aragonesas que se crearon en esos años en la ciudad condal. Se hace referencia a su relación con un buen número de personajes aragoneses de la época, afincados en Cataluña en unos casos y residentes en Aragón en otros, y se muestran algunos rasgos del ideario de Almogávar a través de sus colaboraciones periodísticas, sus conferencias y sus poesías. El libro se ilustra con un buen número de fotografías y se cierra con una pequeña selección de textos “de obligada lectura”.

Aunque Isidro Comas usó otros pseudónimos en sus numerosas colaboraciones escritas, fue el de Almogávar su preferido y por el que se le conoció como escritor. La elección del apodo ya es significativa de su espíritu combativo y de su pasión por el pasado esplendor de Aragón, que tanto añoraba y que con tanto anhelo deseó ver algún día resurgir.

Isidro Comas Macarulla nació en Tamarite de Litera en 1878. Tanto su abuelo como su padre ejercieron en la capital literana el oficio de zapatero. Fue en los años ochenta del siglo XIX cuando sus padres emigraron a Barcelona. Sabemos que Isidro recibió su primera educación con los escolapios de Tamarite y que después ingresó en el seminario de Zaragoza con intención de seguir estudios religiosos, que más tarde abandonó. Primero en Zaragoza y después en Barcelona, se ganó la vida como empleado de banca. Almogávar se casó en primeras nupcias con Encarnación Cuartero Paco, nacida en Zaragoza y muerta de manera repentina a los 36 años. Al quedar viudo, Isidro contrajo matrimonio con Julia Cuartero, hermana menor de la difunta. De su primer matrimonio nacieron el pequeño Ángel, que falleció a los ocho meses, y su hija Pilar. Con su segunda mujer tuvo otra hija llamada Enriqueta. Isidro Comas murió en Barcelona en 1932 tras una dolorosa enfermedad. Está enterrado en el cementerio de Montjuic.

La actividad literaria y aragonesista de Isidro Comas está absolutamente ligada a las diversas asociaciones creadas por la numerosa colonia aragonesa residente en Barcelona. El propio Comas cifraba en 1918 en 45000 el número de paisanos suyos establecidos en la capital catalana. La cifra había aumentado a unos 120000 en 1930, dos años antes de la muerte de Almogávar. Varias fueron las entidades aragonesas creadas en la ciudad condal en el primer tercio del siglo XX. La más importante fue el Centro Aragonés de Barcelona, fundado en 1909, del que Comas fue uno de sus socios iniciales, primer bibliotecario y principal redactor de su Boletín durante sus primeros años de existencia. Fue también uno de los principales animadores de las Tertulias Aragonesas que se celebraban en el Centro semanalmente. Sin embargo, tal vez por discrepancias insalvables, Almogávar se dio de baja en el Centro Aragonés en 1919 y ya nunca más volvió a pertenecer a la entidad. Aunque no sabemos si formó parte de él, mantuvo una estrecha relación con el Centro Obrero Aragonés de Barcelona que se había creado en 1913 y que tras la Guerra Civil se convirtió en la Casa de Aragón.

Como el Centro Aragonés no colmaba las cada vez mayores aspiraciones aragonesistas de algunos emigrantes aragoneses en la ciudad condal, surgió la Unión Regionalista Aragonesa de Barcelona, que más tarde se denominó Unión Aragonesista. Una de las diez personas que se reunieron en Barcelona el 1 de diciembre de 1917 para fundar la URA fue Isidro Comas, que fue también su primer presidente. No estaban entre ellas ni Gaspar Torrente ni Julio Calvo Alfaro, quienes se incorporaron más tarde convirtiéndose en las figuras más conocidas del aragonesismo en Cataluña. Como bien resume Labara, las principales preocupaciones de la URA eran la regeneración de Aragón, la lucha contra el caciquismo, las buenas relaciones con Cataluña y la pronta consecución de la autonomía aragonesa. Un rasgo destacado es el carácter apolítico que se pretende dar en un principio a la entidad. Poco después, bajo el impulso inicial del benabarrense Manuel Cosials, nació también en Barcelona la Juventud Regionalista Aragonesa.

El órgano de expresión de la URA fue la revista “El Ebro”. Almogávar fue su primer director en los años 1917 y 1918 y volvió a serlo desde 1925 hasta 1932, año de su muerte. Fueron muchos los colaboradores de esta importante revista. La mayor parte residía en Barcelona o Zaragoza; pero también los había de otras poblaciones aragonesas. De la lista que establece Labara, reproduzco aquí los nombres de los colaboradores que “El Ebro” tuvo en la provincia de Huesca. Cinco de ellos eran de Graus: Vicente Barrós, Joaquín Español, José María Pérez Bufill, Vicente Salinas y Joaquín Samblancat. Desde Huesca colaboraban Vicente Cajal, Ramón Casaus, José María España y Vicente Tena. Además, lo hacían también Manuel Cosialls (de Benabarre), Miguel Blanchs (de Campo), Ramón Menac Pallars (de Boltaña) y Sebastián Amella (de Tamarite). Almogávar fue el principal colaborador de la revista “El Ebro”, escribió en ella multitud de artículos sobre diversos temas. Como se decía en una nota necrológica que apareció tras su muerte, “El Ebro” y Comas Macarulla fueron “carne de la misma carne”.

Destaca en Isidro Comas su gran afición a la Historia y su defensa de un estudio de la misma que beba, siempre que sea posible, de las fuentes y los documentos originales. En cuanto a su aragonesismo, podríamos decir que es de cariz moderado. Comas, aunque continúa en la URA cuando ésta da un cierto giro del regionalismo al nacionalismo, sobre todo con Gaspar Torrente, no se identifica con esa corriente algo más exaltada y vinculada a tendencias nacionalistas catalanas de sesgo más radical. Almogávar se muestra próximo al pensamiento costista -en 1929 asiste a la inauguración del monumento a Joaquín Costa que se levantó en Graus-, tanto en su anticaciquismo como en un regeneracionismo que se circunscribe sobre todo a Aragón. Como literano se muestra claramente identificado con la política hidráulica del León de Graus. Además, el aragonesismo de Comas tiende a lo apolítico, a una defensa de Aragón por encima de cualquier partidismo. En muchos de sus escritos se observa un claro escepticismo respecto a la política y los políticos, cuando no un cierto rechazo teñido de amargura y desencanto.

Otra faceta interesante de Isidro Comas fue su afición al excursionismo y su promoción de los atractivos turísticos de Aragón. Estuvo siempre muy vinculado al Centro Excursionista de Cataluña y mantuvo amistad con algunos divulgadores del patrimonio cultural y paisajístico del Alto Aragón, como mosén José Castán, cura párroco de Benasque y autor de un libro sobre los atractivos de ese rincón pirenaico. El propio Isidro Comas creó un grupo excursionista llamado Ordesa, por ser este valle uno de sus lugares preferidos del Pirineo. En 1931,fue nombrado Delegado en Barcelona del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón.

En lo que respecta a las relaciones entre Aragón y Cataluña, Almogávar, que admiró siempre la pujanza y la laboriosidad de los catalanes, muestra su claro rechazo ante las ideas expansionistas de algunos nacionalistas extremos que pretenden incluir en Cataluña los territorios orientales de Aragón. Llega a dudar de que sea catalán el idioma hablado en esas tierras limítrofes, y considera que, aunque así fuera, eso no puede significar que esos territorios dejen de ser aragoneses, pues lo son por su historia y por el deseo de sus habitantes.

Es destacable el hecho de que ya en 1922 la URA, la JAB y el Grupo Ordesa enviaran un telegrama al obispo de Lérida protestando por el “continuo extrañamiento del patrimonio artístico-arqueológico aragonés”. Se reclamaban en concreto el retablo de Estopiñán y el tesoro de San Valero y San Vicente de Roda de Isábena.

La magnífica labor investigadora de Valeriano Labara ha dado como resultado un libro interesante que nos permite conocer a una de las más importantes figuras del aragonesismo en Cataluña. Un hombre que puso su amor a Aragón y a lo aragonés por encima de todo lo demás.

Carlos Bravo Suárez

“LOS GUERREROS DEL IMAM”, UNA NOVELA AMBIENTADA EN GRAUS Y SU COMARCA

Los guerreros del imam es una interesante novela que podría incluirse en el género narrativo de la ciencia-ficción. La encontré en una librería de Graus y me llamó la atención que en su portada apareciera la peña del Morral de la capital ribagorzana. Sobre la característica silueta de la basílica de la Virgen de la Peña, en la cima de la montaña, puede verse una fortaleza en el lugar donde en tiempos medievales estuvo el castillo grausino.

La lectura del libro transporta a una situación ficticia en la que Graus, como mil años atrás, es de nuevo la frontera entre los mundos musulmán y cristiano. En el relato, el Islam ha conquistado el mundo, Estados Unidos incluidos, y sólo una pequeña parte de Europa -Free Europe - ha quedado a salvo de la expansión musulmana. España vuelve a ser Al-Ándalus y Barbastro es una de las poblaciones más importantes de su frontera norte. Graus está en la primera línea defensiva de los cristianos españoles, cuyo rey se ha refugiado en Alemania. En Graus y sus alrededores va a librarse una importante batalla, tal vez decisiva, entre los dos ejércitos enfrentados.

El autor del libro es Francisco Pedro Castaño, nacido en Vitoria y residente en Barcelona. Según los datos de la contraportada, está casado con una grausina y, como se demuestra en el relato, conoce bien la geografía ribagorzana. También el mundo musulmán, que al parecer ha estudiado y visitado con frecuencia. Creo que es ésta su primera novela, editada, más de veinte años después de ser escrita, en una editorial modesta.

La mayor parte de la narración transcurre en Graus y sus alrededores. Aparecen muchos de los pueblos de los contornos de la villa ribagorzana: Pueyo de Marguilén, Torres del Obispo, Aguinalíu, Estadilla, Capella, Panillo y, sobre todo, aunque no se cita por su nombre, la pequeña aldea de Puycremat, en un montículo cercano a Graus que corona la pequeña ermita románica de Santa Clara. También el pantano de Barasona adquiere un destacado protagonismo en el desarrollo de la novela. Y algunos pueblos de la Ribagorza Oriental y de La Litera, como Baldellou o Baells. La ambientación geográfica de la narración parte, por tanto, de un conocimiento directo, minucioso y preciso, de la situación real de los lugares que se nombran.

El libro se divide en treinta capítulos y un epílogo, y mantiene, como las buenas novelas de aventuras, la tensión y la intriga hasta el final. Sólo hay que ponerle una pequeña pega ortográfica: la frecuente ausencia de tilde diacrítica en algunos monosílabos que la precisan. Pero en conjunto la novela se lee con agrado y logra captar la atención del lector. Creo que gustará sobre todo a quienes conozcan el territorio en que se desarrollan los hechos. Y además, ¿acaso la situación que el libro plantea -Dios y Alá no lo permitan- no podría llegar a producirse alguna vez en el futuro?

Los guerreros del imam. Francisco Pedro Castaño. Andrés Morón Editor. Barcelona, 2008, 285 páginas, 9 €.

Carlos Bravo Suárez