jueves, 11 de diciembre de 2008

PEDRO CUBERO SEBASTIÁN, EL ARAGONÉS QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO

España ha dado a lo largo de la Historia, sobre todo en los siglos XVI y XVII, algunos grandes viajeros y descubridores. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en otros países, salvo unas pocas excepciones, muchos de ellos apenas son hoy recordados y no han tenido el reconocimiento histórico que merecen.

Así ocurre, por ejemplo, con el jesuita Pedro Páez, que a principios del siglo XVII fue el primer europeo que llegó a las fuentes del río Nilo, aunque otros se atribuyeran después el descubrimiento. El libro de Javier Reverte “Dios, el diablo y la aventura: La historia de Pedro Páez, el español que descubrió el Nilo Azul.”, publicado en 2001, logró sacar ligeramente del olvido al jesuita madrileño. Esa misma condición de olvidado tiene el religioso aragonés Pedro Cubero Sebastián, quien a finales del mismo siglo XVII dio la vuelta al mundo en sentido inverso al que entonces era habitual. Cubero recorrió el continente euroasiático de oeste a este, atravesó el Pacífico hasta llegar a Méjico y regresó a España por el Atlántico. De ese largo viaje escribió una larga crónica titulada “Peregrinación del mundo”, que no hace mucho ha sido publicada por Miraguano/Polifemo Ediciones (Madrid, 2007) (1). Antes, de una manera literaria y dialogada, José María Serrano había recordado al viajero aragonés en “El insólito viaje de Pedro Cubero alrededor del mundo” (Mira Ediciones, Zaragoza, 1996).

Pedro Cubero Sebastián, según dato que él mismo ofrece al inicio de su libro, había nacido en la localidad zaragozana de El Frasno, cerca de Calatayud, en 1645. Estudió Gramática y Filosofía en Zaragoza con los jesuitas y, más tarde, Teología en la Universidad de Salamanca, donde se ordenó sacerdote. Su deseo de propagar la fe cristiana hizo que en 1670 viajara por tierra a Roma para conseguir el título de Predicador Apostólico y poder ejercer como misionero en las Indias Orientales. Logrado su propósito, continuó viaje hacia Oriente hasta culminar la vuelta completa al planeta con su regreso a España en 1679. Casi de inmediato viaja de nuevo a Roma para informar al Papa Inocencio XI de su largo periplo anterior. Cubero continuó viajando por Europa en diversas misiones religiosas y lo encontramos sucesivamente en Constantinopla, Nápoles, Flandes o Inglaterra. Pasa en Cataluña parte de la Guerra de los Nueve Años y realiza estancias en Madrid, Valencia, Ceuta y Cádiz. En 1697 se publicó en Valencia una “Segunda Peregrinación del Doctor Don Pedro Cubero Sebastián”, cuya próxima edición creo que se está preparando. A partir de 1699 dejamos de tener noticias suyas y desconocemos la fecha de su muerte.

De “Peregrinación del mundo” se hicieron en vida del autor al menos tres ediciones: en 1680 en Madrid, en 1682 en Nápoles y en 1688 en Zaragoza. A diferencia de otros viajeros de la época que caen con frecuencia en la exageración y la fantasía, restando credibilidad a sus escritos, Pedro Cubero Sebastián narra el viaje que le llevó a dar la vuelta al mundo con bastante rigor y veracidad. A su misión religiosa une un espíritu descubridor, consciente de recorrer unas tierras que en muchos casos son totalmente desconocidas en España. Así, cuando en Rusia navega a través del Volga, va anotando con detalle todas las poblaciones que encuentra en sus orillas y las distancias existentes entre ellas. Su deseo de aportar datos que sirvan al desarrollo de la Geografía de su tiempo queda claro en estas palabras: “He puesto este viaje lo más extenso que he podido inquirir, por ser la cosa más peregrina para nuestra España, y mucho más el haberla hecho un Padre español. Y porque en todas cuantas mapas he visto, este río, tan célebre en el mundo, lo ponen desierto, y despoblado: así me parece que los estudiosos lo agradecerán, pues en toda mi peregrinación ninguna cosa escribí con tan particular cuidado, y con más aplicación, que esta navegación por este río Volga, o Raaha, hasta el emporio de Astracán. Si acaso hubiera en él algún yerro, no fue culpa mía, sino del intérprete que me lo decía: y de noche navegando no pude sacarlo con más primor: podrá mi Nación Española recibir la buena voluntad que puse en servirla”.

El libro de Cubero es un interesante documento para conocer el mundo de su tiempo. El viajero aragonés es ante todo un misionero católico, convencido de la superioridad de su religión sobre las demás y deseoso de ejercer su labor apostólica. Por eso, aunque describe con rigor las costumbres de otros pueblos, utiliza a menudo el calificativo de herejes y en ocasiones otros más duros para referirse a ellos. Es necesario destacar su gran valentía por atreverse a predicar en tierras en que eso podía acarrearle graves problemas. De hecho, estuvo encarcelado en varias ocasiones y nunca renunció a polemizar y a defender con encono su fe católica, tanto frente a otras religiones como, lo que le supuso sus mayores apuros, frente a los cristianos protestantes holandeses de las costas orientales de Asia. A pesar de todo ello, y comparándolo con otros misioneros y religiosos de su tiempo, puede considerarse en buena medida al Padre Cubero como un hombre bastante abierto, tolerante y diplomático dentro del pensar general de su época. Sería erróneo juzgarle desde patrones modernos que tardarían mucho tiempo en imponerse.

Cubero describe con detalles las principales ciudades que visita, que son muchas y variadas, con sus monumentos y construcciones más importantes. Aunque en la reciente edición del libro se ha actualizado la ortografía, no se ha hecho lo mismo, de manera acertada, con los nombres geográficos, manteniendo las formas españolizadas que se usaban en la época. Así escribe León de Francia (por Lyon), Versavia, Moscua, Malaca o Sincapura. En algún caso, como en la ciudad rusa de Cassin, no resulta fácil saber a qué población actual corresponde dicho nombre, hoy creo inexistente. También se ha mantenido en la reciente edición el femenino, propio del castellano de la época, en palabras como “puente” o “mapa”.

En los dos primeros capítulos da algunos datos sobre su vida pasada y hace una protocolaria alabanza del Reino de España y de su Monarquía. A partir del capítulo cuarto, comienza a narrar su viaje a Roma para lograr la autorización que le permita ir a Asia. La narración del viaje comienza en los Pirineos, que el autor atraviesa para pasar a Francia. Esto es lo que Cubero escribe sobre la cadena montañosa: “Llegué a los tan nombrados Montes Pirineos, tan célebres entre los cosmógrafos antiguos, que dividen España de Francia; por otro nombre les llaman los puertos de Haspa, no sé si lo dicen por su aspereza, pues puedo asegurar al lector, ser bien ásperos de pasar; y por eso hay un adagio que dice ‘puertos de Haspa, muchos los ven y pocos los pasan’ y con razón, porque son de las ásperas montañas que he visto, cuyas cumbres parece se están deslizando para caer sobre los pasajeros: no se encuentra otra cosa que calaveras de hombres muertos que, o el rigor del tiempo les quitó la vida, o algún duro peñasco les sirvió de mortaja: es cierto que da horror el pasarlos. Pero dejada la aspereza de esos montes, entré en el delicioso, cuanto fructífero y abundante, Reino de la Francia”. Sobre los Pirineos franceses escribe: “En estos montes se hallan muchos baños y venas de agua caliente, que son muy salutíferas para curar muchas enfermedades de nuestra frágil naturaleza; como por experiencia lo vi, pues muchos con diversos achaques, bañándose en esas aguas, restauraron felizmente su salud”.

Antes de dirigirse a Roma, Cubero visita Francia, sobre todo París, donde en Versalles le recibe Luis XIV que le firma un salvoconducto el 6 de junio de 1670, y Lyon, de donde, como hombre culto que es, destaca la abundancia de librerías e de impresiones de libros en la ciudad. De camino a Roma visita también Ginebra, Milán y Florencia.

En febrero de 1671 se encuentra en Roma, donde recibe la autorización que buscaba, patentes firmadas por diversas órdenes religiosas y la bendición del Papa Clemente X. De la ciudad eterna se dirige a Venecia, Alemania, Viena, Hungría y, por el Danubio, a Constantinopla, que los turcos, dice, llaman Estambol. Se admira de la grandeza de esta ciudad y de sus enormes mezquitas, y aprovecha para escribir un capítulo sobre Mahoma y una condena de su libro “Alcorán”.

De Constantinopla el viajero religioso marcha a Transilvania y al Reino de Polonia, donde visita Varsovia y Cracovia. Llega más tarde a Moscú; allí permanece tres meses y medio y es recibido por el Zar. Por el Volga se dirige a Astracán y tras cruzar el mar Caspio llega a Derbent y se adentra en Persia, visitando ciudades como Qazwin e Isfahán, de cuyo rey dice que “no es muy observante en el Alcorán, pues el vino lo bebía muy bien, y no era muy desafecto a los cristianos, y los europeos, que ellos llaman franchis, en ninguna parte de Oriente son más estimados que en Persia”. Por el mar de Ormuz, y tras casi dos años de caminar por tierra, se dirige a las Indias, llegando a Surat, lugar en que encontró a algunos católicos portugueses. Continúa por Damao, Bombay, Goa, Ceylán y Santo Tomé hasta llegar a Malaca. Aquí es donde tuvo mayores problemas y fue encarcelado por los holandeses, de cuyo protestantismo aborrece, pues cree que son más tolerantes con los paganos que con los católicos. Expulsado de Malasia, cruza el estrecho de Singapur y llega a las españolas islas Filipinas, donde es hospedado en casa de don Francisco Antonio de Egea, cargo real y natural de Barbastro. La noche del 29 de noviembre de 1677 fue testigo del tremendo terremoto que sacudió la ciudad de Manila. Aunque no llegó a visitarlo, Cubero dedica varios capítulos a realizar una descripción de interés geográfico y cultural del gran Imperio de la China, entonces enfrentado a los belicosos tártaros.

Desde Filipinas embarcó hacia Méjico (Nueva España) en el famoso galeón de Acapulco. Fue una larga travesía que duró medio año y en la que de las aproximadamente cuatrocientas personas que iban en el barco llegaron vivos ciento noventa y dos, nueve de las cuales murieron al arribar a Acapulco y otras llegaron tan enfermas que ya no se restablecieron.

Desde Acapulco, Cubero atravesó Méjico y en el puerto de Veracruz se embarcó hacía España. Tras una parada de nueve días en La Habana, cruzó sin mayores problemas el Atlántico y arribó al puerto de Cádiz. El 13 de enero de 1680, el viajero aragonés se encontraba ya de nuevo en Madrid, tras haber culminado un extraordinario viaje alrededor del planeta.

NOTA: “Peregrinación del mundo”, Pedro Cubero Sebastián, Miraguano Ediciones/ Ediciones Polifemo, Madrid, 2007. Existe otra edición de 1993, publicada por la misma editorial. Hay una edición más antigua, de 1943, en la Colección Cisneros.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 2 de agosto de 2009)

8 comentarios:

aragónliterario dijo...

Estimado Carlos:
Tienes que perdonarme, ahora me siento avergonzado. Hasta hoy, que he descubierto tu nombre en el suplemento literario del Diario del Altoaragón no había descubierto tu nombre. Por ahora sólo quiero dejarte mi saludo (avergonzado) y mi absoluta admiración. Espero, poco a poco, ir leyendo tu trabajo.
Un cordial saludo.
Atentamente.
Luis Borrás

carlos bravo suarez dijo...

Amigo Luis, no tienes que avergonzarte de nada ni pedirme disculpas. He entrado en tu blog y me ha gustado. Gracias por incluir mi enlace.
Un amistoso y cordial saludo.

Victorino dijo...

Senor Carlos Bravo Suarez:

Yo me llamo Victorino Manalo. Soy de Filipinas. Puedo pedir mas informacion sobre Esteban Mur y Martinez. El fue mi abuelo. Usted escribo sobre Senor Mur en su blog sobre los paisanos de Graus (Feb 2008). Mi email es
inomanalo2@hotmail.com
Muchas Gracias

Victorino

carlos bravo suarez dijo...

Señor Victorino:
Ha sido una gran alegría recibir su comentario desde Filipinas. Estoy buscando entre mis papeles más información sobre su abuelo.
En cuanto la encuentre se la mandaré por email.
Cuente con mi amistad y mi colaboración en todo lo que me sea posible.

Carlos

fidelio dijo...

Estimado Carlos:
Deseaba felicitarle por su blog. Verdaderamente sus investigaciones son de gran importancia.
Felicitaciones

carlos bravo suarez dijo...

Muchas gracias,Fidelio, por visitar mi blog y por su amable comentario. Aunque no creo que mis investigaciones sean tan importantes como dice.

ser palafoxiano dijo...

si todavía andas por ahí, después de mi enhorabuena por tu gran comentario, a ver si sabes que peregrino de marqués de ariza tiene mucho que ver con este tuyo. Me encantó leerte

Unknown dijo...

¡Muy buenas!
Descubro a través de su brillante sinopsis que esta joya de la literatura de viajes ha sido finalmente publicada como se merecía.
En mi familia tuvimos la suerte de contar con mi abuelo, Carlos Fernández Gómez, profundo y humilde estudioso de la lengua española, y quien estudió en profundidad nuestra lengua publicando en solitario los vocabularios completos de los tres grandes de la literatura española:Lope de Vega, Cervantes y Quevedo.

Un día, y tras su muerte, mi hermana y yo descubrimos entre sus cosas una transcripción que él mismo hizo a máquina (años 50) de esta, repito, joya digna de ser hecha película.
Hubo una época, sobre el año 2000, que estuvimos viendo junto a un amigo, productor de cine, la posibilidad de llevarlo al la pequeña pantalla en formato cuaderno de bitácora tipo "Ruta quetzal" , y aunque se hicieron avances, al final todo quedó por desgracia en aguas de borraja.

Comparto la opinión de que este señor tenía una visión muy avanzada para la época, y que era un profundo cristiano. Sin embargo creo que mi lectura es que, más que la fe, le movía las ganas de descubrir mundo, y siempre, mi hermana y yo, le catalogamos cómo el primer mochilero de la humanidad... ¿Por qué será que mi hermana y yo salimos viajeros empedernidos? Yo ya más tranquilo por tener familia pero ella una auténtica viajera por principios... ¡saludos a mi hermanita Mónica que anda por Burkina Fasso!
Supongo que este libro no debe de ser fácil de conseguir, por lo que si alguien quisiera leerlo puede pedírmelo en tradesolutions@gmail.com

Muchas gracias por aportar este grano de arena al divulgar esos orgullos tan poco explotados que nuestra cultura y País entraña.