domingo, 7 de diciembre de 2008

UNA EXCURSIÓN DE PEDRO PACH, UN RIBAGORZANO EN EL CENTRO EXCURSIONISTA DE CATALUÑA

Del Ésera al Isábena a través del Turbón

Hace un tiempo cayó en mis manos un pequeño libro titulado “Pere Pach i Vistuer: Articles Ribagorçans i altres escrits”, publicado en 1991 por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en edición de Hèctor Moret i Coso. Del libro me atrajeron sobre todo dos aspectos que comparto con su autor: su condición de ribagorzano y su afición al excursionismo.

Pedro (o Pere, como fue llamado siempre en Cataluña) Pach nació en Roda de Isábena en 1862 y murió en Barcelona en 1945. Su padre fue carpintero de Roda hasta que un accidente laboral lo dejó ciego. Su madre era originaria de la también ribagorzana población de La Puebla de Fantova, próxima a Graus. En 1874, tras la muerte de su padre, el pequeño Pedro, al que llamaban en la comarca “Periquet de Sarroca”, emigró con su madre a Barcelona, donde ya estaban instalados sus hermanos mayores. Allí trabajó varios años en una serrería y a partir de 1893 ocupó el puesto de conserje del Centro Excursionista de Cataluña, trabajo que desempeñó durante cincuenta y dos años hasta su muerte. Su trabajo y dedicación de tantos años le fueron reconocidos con la entrega en 1933 de la Medalla de Oro del Centro, galardón que sólo recibían personas de gran significación cultural en Cataluña.

Aunque en su infancia apenas pudo recibir educación escolar, su prolongado contacto con la prestigiosa asociación excursionista, de fuerte vocación cultural, y su formación autodidacta le permitieron escribir algunos artículos de diferente extensión y temática. Cuatro de ellos, escritos en catalán, se reproducen en el libro editado por Moret. Son los titulados “Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó”, “El bisbat de Roda”, “Autobiografia” y “La nit de Nadal a Núria y Ull de Ter”. Pach publicó, además, dos artículos en castellano: “Reseña histórica de la antigua e ilustre ciudad (hoy villa) ribagorzana de Roda” y el póstumo e inacabado “Itinerarios por la cuenca del Noguera Ribagorzana”.

De todos ellos, dos me han interesado especialmente: “Autobiografia”, donde Pach explica en primera persona el tramo de su vida que va desde su infancia en Roda hasta su entrada como conserje en el Centro Excursionista de Cataluña, y, sobre todo, “Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó”, en el que narra una larga excursión, realizada junto a su hijo a principios del siglo XX o finales del XIX.

En su actividad como conserje del Centro Excursionista de Cataluña, Pach se impregnó de los relatos de viajes que publicaba el boletín de la asociación. Leyó también sin duda a los pirineístas franceses, que estaban de moda en aquellos años. Uno de los principales, Maurice Gourdon, es citado por Pach en el artículo que aquí se destaca y que tiene bastantes similitudes con algunos de los trabajos del gran excursionista galo.

“Excursió de l’Ésera a l’Isàvena a través del Turbó” fue publicado por el Boletín del CEC en 1923. Posteriormente fue traducido al castellano por el escritor y político tamaritano Isidro Comas Macarulla, que firmaba con el pseudónimo “Almogávar”, en la revista “Ebro”, publicación aragonesista editada en Barcelona. Sin embargo, el artículo sería escrito algunos años antes. Aunque el autor nos dice que era el mes de agosto, en ningún momento especifica el año exacto en que realizó la excursión que relata en su artículo. Por distintos motivos puede deducirse que se produjo a finales del siglo XIX o a principios del XX. En un momento del artículo Pach dice que algunos años antes, en 1889, ya había ascendido al Turbón con un amigo desde el pueblecito de Espés.

En su relato, Pach aporta bastantes datos sobre las poblaciones y lugares por los que transcurre su larga caminata. Aunque todas sus informaciones son de interés, resumiré aquí los aspectos del trabajo del excursionista rotense que más han llamado mi atención.

La primera intención del autor era efectuar una fácil travesía desde el valle del Ésera al del Isábena y realizar de camino la ascensión al Turbón. El itinerario se inicia en la villa de Campo, donde los caminantes se hospedan en “la nueva fonda de Antonio Canales, situada en la carretera, modesta y muy recomendable”. Tanto la villa, de unos 800 habitantes, como sus alrededores son descritos con bastante detalle. Destaca la concesión histórica al lugar de una feria o mercado semanal que la falta de ganado obligó a convertir en anual. Por celebrarse a finales de octubre, época habitualmente lluviosa, se acuñó la expresión “Feria de Campo, feria de fango”.

Tras dos horas y media de caminata desde Campo, los excursionistas llegan a Egea, pequeña población situada en el centro de la Vall de Lierp. Seis pueblos componen el valle: Egea, Espluga, Paderníu, Piniello, Serrate y Las Vilas del Turbón. En Egea los caminantes buscan hospedaje en casa de Sebastián Serena, “persona muy simpática”, de la que ya tenían buenas referencias anteriores.

Al declarar su propósito de ascender al Turbón, varias personas del pueblo se ofrecen a acompañarlos: el párroco Arcadi Alemany, el señor Serena y su hija Pilar, el señor Ariño y su hermana Consuelo, y, más tarde, el señor Garanto, uno de los principales propietarios del valle. Desde Egea los caminantes se dirigen al vecino pueblo de Serrate y al cabo de una hora se encuentran en el collado de la Creueta. Otra hora más les cuesta llegar a la fuente de la Pedreña, donde descansan y reponen fuerzas. Hora y media después, tras una fuerte subida por una tartera de piedra fina, alcanzan la cima del Turbón. Allí permanecen durante dos largas horas, recreando la vista en todas las direcciones. Pach describe con minucioso detalle el impresionante panorama divisado desde la cumbre de esta espléndida y mítica montaña ribagorzana.

Eligen para comer una pequeña fuente situada algo más abajo, en la Forada de San Adrián. En ese paraje se hallan los restos de la ermita homónima, que según Pach fue edificada por el monje Pedro, venido desde el monasterio sobrarbense de San Victorián en 1138 para santificar un lugar que se decía era muy frecuentado por las brujas. Nadie se había atrevido antes a vivir en un sitio tan frío durante todo el invierno y, según se contaba, los cánticos y las oraciones del anacoreta eran confundidos por quienes los oían con voces y lamentos de brujas y demonios.

Desde la cima del Turbón descienden por una canal que les enseña un pastor y se dirigen a Ballabriga, adonde llegan a las seis y media de la tarde. En el pueblo no hay hostal ni fonda, pero son acogidos con hospitalidad en casa Pellicer, donde encuentran “personas amables, buena comida y limpieza”. Desde Ballabriga, en una corta excursión de una hora entre la ida y la vuelta, se acercan al paso de la Croqueta, único camino que permitía cruzar el aislado congosto de Obarra. El paso tiene algún peligro y “de vez en cuando cae un macho con su carga al fondo del río”, pero ahí queda todo; “así ha sido siempre y, por desgracia, así seguirá siendo en el futuro”, concluye el autor con fatalismo.

Al día siguiente, los caminantes bajan a Obarra, cuyo monasterio es visitado con detenimiento y desde donde deciden continuar su excursión siguiendo el curso descendente del Isábena. Van pasando en su camino por los pueblos próximos a las orillas del río. El primero es Las Ferrerías, cuyo antiguo molino, a diez horas de camino desde Graus, se ha convertido en el hostal más recomendable de la zona. Poco después llegan a Beranuy, que “gallardea en lo alto a unos trecientos metros del río” y cuyo hostal o venta, situado junto al puente, no es muy recomendable por ser en él “la limpieza cosa poco conocida”.

Continúan su camino por la orilla del río, dejando sin visitar algunos pueblos que se divisan en lo alto. Cuando pasan cerca de Visalibons, Pach señala que en 1743 ocurrió en el pueblo un extraño fenómeno: sus casas, salvo la iglesia, se deslizaron unos 500 metros al abrirse la montaña, seguramente -opina el excursionista- a causa de algún temblor de tierra o movimiento sísmico.

Un lugar muy destacado por el viajero son las fuentes de San Cristóbal, que “en general brotan pausadamente, pero que, a veces, en épocas de lluvias, son tan abundantes que llegan a inundar el camino por completo, dificultando el paso”. Tras cuatro horas de caminata desde Obarra, Pach y su hijo llegan a Serraduy, donde se detienen en el hostal de Antonio Barrabés. El pueblo, sus barrios y sus alrededores son descritos con pormenor y simpatía.

Por camino llano, en tres cuartos de hora alcanzan La Puebla de Roda, cuyas “casas están colocadas una sobre otra y alineadas a ambos lados de una calle única, larga y empinada”. Desde allí ascienden hasta Roda de Isábena, que el autor no reseña por haberlo hecho ya en otros escritos. Es su propósito dirigirse a Graus, a seis horas de camino. Con la intención de aligerar su carga, entregan sus mochilas al correo para que las lleve en burro hasta Lascuarre y desde allí sean transportadas en tartana hasta Graus por carretera.

Ya sin peso, deciden cambiar de itinerario y, tras cruzar el Isábena por el puente románico de Roda, se dirigen, pasando por la masía del Villar, a San Esteban del Mall y Cajigar, pueblo este del que se destacan su iglesia, con elevado campanario, y su feria de buhoneros y quincalla que se celebra el 25 de julio. De Cajigar descienden a Monesma y, pasando por las casas de La Morera, Sallant, Llenero y Estaña, llegan a Castigaleu, desde donde se dirigen a Lascuarre, villa comercial de 580 habitantes que celebra una importante feria para San Martín. Allí se hospedan en la posada de Antón Lasheras. Escribe Pach que, aunque el gobierno hace cincuenta años que tiene aprobada la carretera de Graus a Vilaller por el Isábena y otro tramo de Lascuarre a Arén por Puente de Montañana, sólo ha construido los catorce kilómetros que separan Graus de Lascuarre, y eso en épocas de elecciones y porque el terreno es llano y no presenta dificultad.

En vez de seguir la citada carretera, los caminantes toman el camino que lleva de Lascuarre a Benabarre, pasan por la casa de La Ternuda y ascienden a lo alto de la sierra, contemplando desde allí un espléndido panorama. Descienden a Laguarres y continúan hasta Capella, villa de 500 habitantes, de la que son notables el gran puente románico de ocho arcadas y el magnífico retablo gótico que alberga su iglesia parroquial.

Por la orilla del Isábena, y tras una hora de camino, los viajeros llegan a Graus. Aquí, el río cuyo curso han seguido desde el monasterio de Obarra entrega sus aguas a las del Ésera, y la excursión de los caminantes llega también a su fin.

Carlos Bravo Suárez
 (Artículo publicado en Diario del Alto Aragón el 20 de marzo de 2005) 

2 comentarios:

Santiago Noguero dijo...

Como ya te dije, me he hecho "seguidor" tuyo, así que alguna vez que otra te enviaré comentarios.
Interesante la descripción de este itinerario, lo que me lleva a pensar, si sería factible una travesía, por etapas, que circunvalara la Ribagorza.
Un saludo.

carlos bravo suarez dijo...

Gracias por ser seguidor de mi blog.Estaré encantado de leer tus comentarios.
La circunvalación de la Ribagorza tal vez fuera posible, aunque por la parte norte serían etapas algo más duras, que podrían coincidir con el GR-11 ya señalizado.El límite oriental es el Noguera Ribagorzana y el occidental las sierras que separan Ribagorza de Sobrarbe. Sería cuestión de estudiarlo, pero probablemente no fuera del todo fácil.
Un saludo.