lunes, 14 de septiembre de 2020

CUANDO LOS NOMBRES CAMBIAN SU SIGNIFICADO ORIGINAL



Las palabras y construcciones de un idioma han experimentado, en mayor o menor medida, una serie de cambios o modificaciones desde su estado original o etimológico hasta la forma que presentan en la actualidad. Estas transformaciones suelen obedecer casi siempre a fenómenos de carácter semántico o fonético. Es decir, a aspectos referidos a su significado o a su pronunciación. En ocasiones, el resultado de estos cambios es verdaderamente curioso, por llamativo y sorprendente. Así ocurre en algunos topónimos o nombres de lugares de nuestra comarca o de comarcas próximas a los que me voy a referir en este artículo.

Se trata de casos en los que el hablante ha sustituido la palabra o expresión inicial por otra de pronunciación y sonido parecidos, aunque de significado totalmente diferente. Algunos incluyen este fenómeno lingüístico en lo que se suele denominar como corrupción toponímica, pero en realidad consiste en una confusión entre los dos términos por su similitud fonética y porque el significado del término nuevo resulta para el hablante más familiar o fácil de comprender que el del original. Lo vamos a entender enseguida con los cinco ejemplos que voy a analizar brevemente a continuación.

Empezaremos con un topónimo genuinamente grausino como es la Peña del Morral, lugar inconfundible y emblemático de la estampa física de nuestra villa, que alberga y cobija la basílica de la Virgen de la Peña y en cuya cima emerge la figura recientemente restaurada del Cristo o Sagrado Corazón. Se podría pensar que la denominación de “morral” obedece a algún tipo de similitud de la montaña con esa bolsa o zurrón que usan, o usaban, los pastores, cazadores y caminantes para llevar la comida o poner la caza, ropa u otros elementos. O, tal vez, porque quienes subían a ese lugar, por ejemplo para ir a la ermita de San Pedro, llevaran este aparejo que hoy ha sido sustituido casi por completo por las modernas y anatómicas mochilas. Pero nada más lejos de la realidad lingüística y del verdadero origen del término. Como la mayoría de los lectores ya sabe, el término “morral” procede en este caso de la construcción anterior “mur alt”, es decir, “muro alto” o “pared alta”, una denominación toponímica claramente descriptiva del lugar. En algún momento de nuestro pasado, los hablantes empezarían a confundir ambos términos por su similitud fonética y porque el segundo les resultaría ya mucho más familiar y reconocible que el primero. Y, de esta manera, el topónimo Peña del Mur Alt fue sustituido por el actual, y tal vez más sugerente, de la Peña del Morral con el que ha llegado hasta nuestros días.

Otro curioso cambio de significado en un nombre de lugar ribagorzano es el del Coll de Toro, de donde surgen también las denominaciones Ibón del Coll de Toro o, directamente, Ibón de Toro. Este es uno de los más espectaculares parajes del valle de Benasque, ya en su frontera más nororiental con el vecino valle de Arán. El nombre actual hace pensar en alguna vinculación con el toro, animal menos frecuente en esta zona que las numerosas vacas que pastan en prados próximos durante el verano, pero casi siempre presente en número reducido entre esos rebaños vacunos. Pues bien, el nombre originario de este bello paraje nada tiene que ver con el animal astado. Se trata en realidad de un topónimo que procede de la lengua aranesa. En aranés, el  lugar se denomina Coll deth Oro. Donde “deth” se corresponde con la contracción castellana “del” y “Oro” significa “agujero”, de la misma raíz latina de la que procede el sustantivo castellano “orificio” o el verbo “horadar” o “agujerear”. Se trata, otra vez, de un topónimo claramente descriptivo que ha cambiado su significado por otra confusión fonética. Al pronunciarse igual ambas expresiones, la “t” de la contracción “deth” ha pasado a unirse a “Oro”, dando como resultado el nuevo sustantivo “toro”. De esta manera, el más prosaico y descriptivo Coll deth Oro del aranés se ha convertido en el más sugerente y hasta algo poético Coll de Toro del castellano.

Ya en Sobrarbe, en la vecina La Fueva, hay un topónimo que también ha experimentado una curiosa y llamativa transformación. Se trata de El Humo de Muro, pequeña localidad situada en la ladera de la impresionante fortaleza de Muro de Roda. En este caso, el cambio de significado se produjo probablemente en el proceso de castellanización del término, pues en aragonés ha conservado su denominación original de Lumo de Muro. Nada tiene que ver el topónimo original con el “humo” que aparece en su forma castellana actual, sino con el “lomo” o “loma”, de procedencia latina (lumbus > lumus > lomo)  y cuyo significado sería “lomo”, “loma” o “ladera”. Otro topónimo que describe el relieve y la geografía y otra confusión que modifica por completo el significado del nombre original o primigenio. El mismo fenómeno lingüístico se ha producido en el vecino El Humo de Rañín.

También en Sobrarbe, pero mucho más al norte, encontramos un destacado cambio significativo, motivado por el mismo proceso de confusión fonética, en el topónimo La Punta de las Olas, la montaña de 3002 m. de altitud que se encuentra entre las Tres Sorores o Tres Serols (Cilindro, Monte Perdido y Soum de Ramond o Pico Añisclo) y el tajo orográfico del Cañón de Añisclo. Al parecer, la denominación inicial de esta montaña era la punta de las Solas o de la Sola, pues, estando agrupadas las otras tres montañas como hermanas o sorores, esta se encontraba más solitaria y sin tanta compañía. También en este caso ha habido un traslado de una consonante, pero en esta ocasión la “s” de “solas” o “sola” ha pasado a fundirse con la del artículo “las”, quedando un poético “las olas”, que parece remitirnos a un lejano pasado marino.

Para terminar, me referiré al curioso caso de un topónimo del vecino valle de Arán.  Se trata, ahora en catalán, del conocido como Coll del Fred, es decir, del Frío. Seguro que esta denominación se corresponde con la temperatura que debe de haber en este lugar en buena parte del año. Pero, en su origen, esta vez el topónimo no era descriptivo, pues su denominación anterior fue la de Coll d’Alfred, nombre puesto en honor del viajero francés Alfred Tonellé (1831 – 1858), que fue escritor y poeta e ilustre pirineísta que recorrió nuestra codillera, tanto en su vertiente francesa como en la parte española aragonesa y catalana, a mediados del pasado siglo XIX. De Alfred Tonellé hay traducido al catalán un hermoso libro titulado “Tres mesos als Pirineus. Diari de viatge, 1858”, en el que narra su último viaje a nuestro Pirineo antes de su prematura muerte en Marsella de unas fiebres repentinas. El parecido de su nombre con la palabra catalana “fred” (“frío”) ha hecho que los hablantes, ya desconocedores de su verdadero origen, hayan cambiado la denominación primera que sus compañeros le pusieron al lugar en su honor y recuerdo. Un nuevo capricho del idioma ha motivado la metamorfosis semántica de este topónimo.

Podría añadir algunos ejemplos más en nuestra comarca ribagorzana. Como el pico Mulleres, que nada tiene que ver con la palabra “mujeres” (“mulleres” en ribagorzano), sino que posiblemente sea una derivación de “molieres”, procedente de “moles”, es decir, de piedras o rocas de grandes dimensiones. O el lugar, situado entre Lascuarre y Luzás, conocido hoy como La Avellana, cuyo nombre originario sería al parecer La Bellana. O la calle de Torres del Obispo a la que llamamos Faramuro, que es una deformación de Foramuro, es decir, aquello que se halla situado extramuros o fuera de la muralla o de los muros  que protegían la población.

Sirvan estos ejemplos de lugares próximos de nuestro entorno para ilustrar este fenómeno lingüístico de curiosas  transformaciones de la forma y el significado en algunos nombres de lugar. Y, como es obligado en estas fechas, y a pesar de las atípicas circunstancias de las presentes, me despido deseando a todos los grausinos, ribagorzanos, visitantes y foráneos, unas muy felices Fiestas de Graus 2020.

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