viernes, 24 de septiembre de 2010

BARCELONA, AÑOS VEINTE


Una heredera de Barcelona. Sergio Vila-Sanjuán. Destino. 2010. 320 páginas.

Sergio Vila-Sanjuán (Barcelona, 1957) es un destacado periodista barcelonés que ha escrito en diferentes publicaciones de su ciudad y que actualmente dirige el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia, en el que cada semana firma una interesante columna. Aunque ha publicado diversos libros sobre el mundo editorial y cultural que tan bien conoce, “Una heredera de Barcelona” es su primera, y muy afortunada, incursión en la novela.

Perteneciente a una conocida saga de periodistas de la capital catalana, Sergio Vila-Sanjuán se inspiró para la creación del narrador y personaje central de su relato en la figura de su abuelo. Buceando entre el abundante material escrito que éste había dejado en su archivo, encontró un interesante filón del que tirar para escribir su libro. Para remarcar la condición novelesca del mismo, cambió el apellido de su ilustre antepasado convirtiéndolo en Pablo Villar. Este es, como aquél, un abogado y periodista políticamente conservador, monárquico y hombre de orden, pero también liberal y tolerante, que comulga con las ideas, para él socialmente avanzadas, del presidente Eduardo Dato, al que paradójicamente asesinó un anarquista catalán desplazado a Madrid para ese fin.

Una heredera de Barcelona es, sobre todo, una novela magníficamente ambientada en la capital catalana en los agitados y convulsos años veinte. Constituye un didáctico y ameno recorrido por diversos barrios de la ciudad, por sus pronunciados contrastes económicos, por sus diferentes clases sociales y sus grupos políticos. Con especial atención a una aristocracia barcelonesa, española y monárquica, que vive, en una cierta concomitancia narrativa con El gatopardo de Tomasi di Lampedusa, una decadencia otoñal previa a su desaparición. Conectados con esa clase social tan presente en la novela están su narrador protagonista y la mujer que le da título: Isabel Enrich, una joven soltera, rica e independiente, que usa su dinero para ganar su libertad pero también para ayudar a algunas causas sociales alejadas de su lujoso mundo.

El tercer personaje destacado de la novela es Ángel Lacalle, un sindicalista que representa la cara más moderada del anarquismo catalán, El movimiento anarquista, tan importante en la Barcelona de aquel tiempo, es presentado en sus múltiples facetas, en ocasiones casi antagónicas y enfrentadas entre sí. Un amplio espectro que va desde los violentos pistoleros partidarios de la acción directa hasta los grupos naturistas que cultivan un pacifismo “prehippie”, practican el nudismo y, en sus deseos de superar fronteras, estudian y enseñan el esperanto como lengua universal.

Todos esos ingredientes históricos aparecen perfectamente combinados en una novela amena y entretenida, estupendamente escrita y de fácil y cautivadora lectura.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 17 de septiembre de 2010

LA VIDA ENTERA


La vida entera. David Grossman. Lumen. 2010. 810 páginas.

La vida entera es probablemente una de las mejores novelas aparecidas en los últimos años. Se trata de la obra más ambiciosa hasta la fecha de David Grossman (Jerusalén, 1954), narrador y ensayista y, junto a Amos Oz, el más prestigioso de los escritores israelíes actuales.

En sus más de ochocientas páginas, que se leen de manera intensa y absorbente, se compone un amplio mosaico de los diversos sentimientos humanos. Con muy pocos personajes el lector recorre los últimos cincuenta años del estado de Israel, pero sobre todo se narra en el libro la estrecha relación entre Ora, Abram e Ilan, cuyas vidas, principalmente las de los dos primeros, quedan ligadas para siempre tras conocerse, en un estado enfermizo y febril, en un hospital judío en plena Guerra de los Seis Días, en 1967. Ese encuentro está contado, en un magnífico capítulo inicial, por medio de unos diálogos envueltos en una atmósfera casi onírica, emocionalmente hipnótica y brumosa.

Sin embargo, la novela da un salto cronológico para encontrarnos de nuevo, cinco décadas después, con los tres personajes citados. Ora, mujer de fuerte personalidad, ha sido madre de dos hijos, el segundo de los cuales, Ofer, tras licenciarse de su servicio militar obligatorio, pide participar voluntariamente en una operación especial del ejército judío. Atenazada por el miedo y los malos presentimientos, Ora va en busca de Abram, un hombre frágil y marcado por el drama personal vivido en una prisión egipcia tras la Guerra del Yom Kipur, en la década de los años setenta. Ambos, para intentar ahuyentar sus miedos y transmitirse mutuas esperanzas, inician un largo camino a pie por el territorio de Israel. A lo largo de las páginas del libro, caminando y hablando, Ora y Abram reconstruyen lo que han sido sus vidas desde aquel lejano y determinante encuentro de juventud. Las piezas que componen el puzzle del pasado van encajando de manera magistral hasta llegar al momento presente. La presencia ocasional del taxista árabe Sami muestra al lector algunos aspectos de la siempre difícil relación entre judíos y musulmanes, y permite vislumbrar la dramática situación de algunos miembros de la comunidad árabe en Israel.

Hay un componente biográfico del propio autor que no se puede soslayar al leer este libro. Cuando buena parte del mismo ya estaba escrita, un hijo de Grossman murió en una operación del ejército israelí en el sur del Líbano. El escritor terminó igualmente su novela, aunque “la caja de resonancia de la realidad en la que fue revisada la versión definitiva” había cambiado sustancialmente.

La vida entera es, en todos los sentidos, una gran novela de nuestro tiempo.

Carlos Bravo Suárez

domingo, 12 de septiembre de 2010

UNA NOVELA AFRICANA

Todo se desmorona. Chinua Achebe. Debolsillo. 2010. 208 páginas.

Chinua Achebe (1930) es considerado por muchos como el verdadero padre de la literatura africana moderna. El escritor nigeriano es autor de una importante y reconocida obra literaria en lengua inglesa que incluye narrativa, ensayos y colecciones de poemas. Mondadori, a través de su sello editorial Debolsillo, ha empezado a publicar en España sus cinco novelas en una colección que lleva su nombre. La primera de ellas es Todo se desmorona, la más conocida de las obras de Chinua Achebe y uno de los libros más leídos y traducidos de la literatura africana.

Todo se desmorona fue publicada por vez primera en 1958 y plantea, a través de la tragedia de Okonkwo, protagonista de la novela, las desastrosas consecuencias que la presencia colonial europea tuvo para el continente africano. Pero ese conflicto, presentado como un verdadero choque de civilizaciones, no se dibuja en el libro en los tan frecuentes términos maniqueos de buenos y malos: unas sociedades naturales, idílicas y paradisíacas, destruidas por el egoísmo voraz del hombre blanco. Los clanes y poblados del Bajo Níger, tan bien descritos por Achebe en buena parte de su libro, tienen unas sólidas estructuras religiosas, sociales y antropológicas, pero construidas en gran medida sobre amplias bases de ignorancia, superstición y violencia.

Sin embargo, el escritor nigeriano deja muy claro que los europeos, en este caso ingleses, apenas se preocuparon por entender un mundo y unas costumbres que destruyeron con una violencia y un desprecio bien poco civilizados. La llegada de los misioneros cristianos trajo también agentes represores que confundieron, como con amarga ironía Achabe pone en el pensamiento del comisario blanco de su novela, “la pacificación de las tribus primitivas del Bajo Níger con la destrucción de una cultura que, aunque en muchos aspectos equivocada, servía como elemento de cohesión de los diversos clanes de la zona". Éstos quedaron divididos y desorientados ante unos cambios radicales y bruscos, impuestos desde parámetros incomprensibles para los nativos. Así ocurre con Okonkwo, un agricultor orgulloso, autoritario y violento con sus esposas e hijos, defensor acérrimo de los valores “masculinos” de un mundo cuyo desmoronamiento es incapaz de admitir y soportar.

Todo se desmorona permite conocer con detalle la cultura igbo nigeriana, sus leyendas, sus dioses o sus costumbres, a veces tan crueles como el abandono de los gemelos recién nacidos o la mutilación de algunos bebés que han nacido muertos. Pero también nos muestra las consecuencias del conflictivo encuentro entre los colonizadores blancos y los nativos africanos. Un choque contado en esta ocasión desde la perspectiva del drama personal de uno de sus damnificados perdedores.

Carlos Bravo Suárez

sábado, 4 de septiembre de 2010

LA ENTRADA DE LOS "PASTORES" FRANCESES EN EL REINO DE ARAGÓN EN JULIO DE 1320

En la segunda mitad del siglo XIII y la primera del XIV, dentro de un clima de exaltación religiosa y en una situación de hambre y crisis económica, se produjo en Francia la llamada "cruzada de los pastores". Sus integrantes se denominaban a sí mismos con el diminutivo "pastorells", convertido en "pasteraux" en francés moderno. Toman el nombre por identificación con aquellos que, según el Evangelio, fueron elegidos para adorar a Cristo en su cuna de Belén. Sin embargo, estos “pastorells” medievales ni eran pastores de profesión ni eran todos jóvenes como su nombre puede hacer pensar. Se trataba en su mayoría de gentes humildes, aunque los hubiera también pertenecientes a la baja nobleza e incluso algunos clérigos. En España, donde su breve presencia ha sido muy poco estudiada, se conocen como "pastores" o "pastorcillos" y en los documentos de la época son denominados "pastorellos".

Se trata de un movimiento que, tras el fracaso de la séptima cruzada, congregó a miles de personas en el país vecino. Su primera aparición se produjo en 1251 tras el encarcelamiento en Tierra Santa del rey Luis IX. Verdaderas turbas de gentes sencillas, imbuidas de una religiosidad primaria y convencidas de estar predestinadas para liberar al rey, exigen al Papa ser protagonistas de una nueva cruzada. El movimiento, visto al principio con simpatía por buena parte de la población, derivó más tarde hacia formas extremas de renovación religiosa y social que no fueron aceptadas por el poder. La cruzada fue reprimida brutalmente y muchos de sus integrantes fueron colgados y sus cadáveres expuestos públicamente en los caminos.

Unos años después, en 1320, con la llegada del buen tiempo, entre los meses de mayo y septiembre, se produjo un rebrote del movimiento. Para los "pastores" era el momento de instaurar el reino de Dios en la tierra y ello debía hacerse sobre tres pilares básicos: la eliminación de los infieles, la redistribución de la riqueza y la conquista de Tierra Santa. Las principales víctimas de su primer objetivo fueron los judíos, sobre los que se realizaron matanzas en diversas poblaciones; el segundo consistía en expoliar a los ricos y eliminar a los clérigos que se habían aposentado en exceso y no daban ejemplo de pobreza; el tercero, en exigir al Papa y a las autoridades políticas que les organizaran una cruzada para recuperar los lugares santos en manos de los infieles. Tras unos momentos de vacilación, el movimiento fue de nuevo reprimido y aplastado. Sin embargo, durante el mes julio, un grupo de "pastores" franceses efectuó una inesperada entrada en España

Cuando muchos de ellos vagaban por el sur de Francia en busca de su objetivo, les llegó la noticia de que el rey de Aragón, Jaime II, estaba organizando una expedición, capitaneada por su hijo y heredero al trono, el infante Alfonso, para hacer frente a los moros del reino de Granada que, al parecer, pretendían adentrarse en tierras de Valencia. Los "pastores" encontraron en ello un motivo para ver cumplidos sus deseos de luchar contra el infiel y, en número de unos cinco mil, atravesaron los Pirineos y penetraron en el reino de Aragón para participar en la cruzada contra los sarracenos.

Los "pastorellos" conocerían la noticia de la organización de la campaña contra los moros de Granada a finales de junio de 1320. Su entrada en Aragón se produjo por los puertos de la cabecera del río Cinca, por los valles de Bielsa y Broto. Debió de tener lugar entre los días 29 de junio y 1 de julio. El día 2 se concentraron en Aínsa, donde pernoctaron. Su irrupción, no anunciada, cogió por sorpresa a la corte real aragonesa. Jaime II se encontraba en Calatayud. Desde allí siguió la crisis y delegó en el infante Alfonso su resolución directa.

Los "pastores" fueron bien acogidos en Aínsa, según se deduce de los procesos judiciales posteriores contra algunos de sus habitantes. En la villa no había judíos ni moros y los "cruzados" apenas permanecieron en ella. Quizás algunos regresaron a Francia al conocer la casi segura desconvocatoria de la expedición contra los musulmanes de Granada. Sin embargo, la mañana del día 3, un numeroso grupo se dirigió hacia Monclús, localidad situada a unos diez kilómetros descendiendo por el curso del río Cinca. En esta población, importante paso fluvial en la época y siglos después abandonada y desaparecida, había una aljama judía cuyos habitantes se dedicaban sobre todo al préstamo de dinero. Los "pastorellos" sitiaron el pueblo y el castillo donde se habían refugiado los judíos y, ante la pasividad o impotencia de las autoridades locales y con la participación de gentes de los alrededores, degollaron a todos los adultos que no quisieron bautizarse, saquearon sus casas y robaron sus pertenencias.

Según un documento real, en Monclús fueron asesinados 337 judíos. Tal vez la cifra de muertos fuera inflada por motivos económicos y, si tenemos en cuenta que solían ser un pequeño porcentaje de las poblaciones en las que vivían, no hubiera tantos judíos en Monclús. Aunque también podría ser que en esta población fueran mayoría y, además, es muy probable que allí se refugiaran algunos hebreos que habían sido expulsados de otros lugares o que escapaban de los pogromos del país vecino. En todo caso, no todos los judíos de Monclús fueron degollados: unos pocos aceptaron bautizarse y lo fueron por la fuerza todos los niños, a los que después, por orden real, se permitió vivir entre cristianos.

Tras la sangrienta matanza, camino de Barbastro, grupos de "pastores" pasaron por Naval, donde residía una pequeña y empobrecida comunidad morisca. Al parecer, a los musulmanes, que se habían refugiado en el viejo castillo, no se les persiguió y no se produjeron muertos en la villa, aunque su morería fue saqueada por los franceses y por las gentes del país que los acompañaban. Todas las autoridades del pueblo fueron luego encausadas en los hechos, si bien al final todo quedó, como en la mayoría de los casos, en el pago de una cantidad de dinero para evitar la condena efectiva.

Cuando el día 4 de julio los "pastores" -entre dos y tres mil según las declaraciones de los testigos- llegaron a Barbastro, las autoridades ya estaban advertidas y tomaron medidas para proteger a la población judía e impedir su entrada en la ciudad. Los “pastorellos” permanecieron en las afueras de la localidad, en las proximidades del convento de los franciscanos. Se toleró que la población les llevara alimentos y muchos aprovecharon para comprarles a bajo precio los bienes saqueados en Monclús y Naval. También parece que se produjo el soborno de algunos judíos a varias autoridades locales para que les otorgaran una mayor protección.

Aquí los "pastores" se enteraron de que la campaña contra los moros de Granada había quedado definitivamente cancelada. Ahora, la estrategia del poder real era procurar que abandonaran el país, para lo que se les puso como límite el final de ese mismo mes de julio. Puede decirse que en Barbastro quedó desactivado el grave peligro que suponía la entrada en el reino de estos grupos de exaltados religiosos, aunque el problema no desaparecería del todo hasta que cruzaran de nuevo la frontera.

Parece ser que, desde Barbastro, el grupo más numeroso se dirigió, bajo cierto control, a Huesca y luego a Jaca, ya de regreso a Francia. No hay noticias exactas de lo ocurrido en la capital de la provincia, pero tampoco hubo desmanes y los "pastores" no llegaron a entrar en la ciudad. Aunque en Jaca pudo haber algunos incidentes, no parece probable que su judería fuera atacada. El último lugar de la provincia del que se tiene constancia de algún suceso violento es Ruesta, ya en los límites de Aragón con Navarra. Allí algunos lugareños habrían participado junto a exaltados franceses en un ataque contra los judíos locales. Tampoco hubo muertes porque los judíos habían huido del lugar, y todo quedó en el saqueo de sus casas. Es muy posible que los "pastorellos" que atacaron las juderías de Ruesta y, tal vez, de Jaca pertenecieran a otros grupos entrados desde Francia por Somport, Con la noticia documentada del suceso de Ruesta se cierra el capítulo conocido de las estaciones de los "pastores" por territorio aragonés. Es de suponer que antes del final del mes, y atendiendo al ultimátum real, habían regresado a Francia.

Es justamente el 30 de julio cuando se dictan las primeras sentencias de muerte contra algunos de ellos, hechos prisioneros en los sucesos que se han relatado. El infante Alfonso mandó colgar a cuarenta en Barbastro, ordenando que varios fueran llevados a Huesca y Jaca para que sus cadáveres fueran expuestos públicamente y sirvieran de escarmiento. En un documento aparecen los nombres de 32 "pastores" declarados inocentes. Casi todos ellos tienen apellidos gascones. También fue condenado a muerte un hombre del país: Pedro Sánchez Lazcano, que les había servido de guía en los primeros días de sus andanzas. El rey ordenó que fuera colgado, pero, a petición del infante y por su condición de hijo de militar, aceptó que, para menor deshonra, fuera decapitado.

Los inculpados aragoneses por los sucesos ocurridos superaron en poco el centenar. En todo el proceso se observa la voracidad recaudatoria del poder real, la existencia de recomendaciones y de personajes "intocables", así como el intento de unos y de otros de aprovecharse de la situación creada. Los pastores se nos presentan movidos, sobre todo, por unos motivos religiosos que los llevan al fanatismo y a la eliminación física de los infieles -en consonancia con el espíritu de cruzada de la época-, pero a los que se teme, sobre todo, por sus proclamas sociales contra el poder establecido.

Aunque quedan muchas incógnitas por resolver, he intentado resumir en las líneas precedentes lo que se conoce de unos hechos que alteraron gravemente las tierras septentrionales del Reino de Aragón durante el mes de julio de 1320.

Bibliografía:

- El único libro monográfico sobre el tema, del que extraigo la mayor parte de los datos de este artículo, está escrito en catalán. Se trata de "Fam i fe. L'entrada dels pastorells. (Juliol de 1320)", del historiador Jaume Riera i Sans, editado por Pagès Editors en Lérida en 2004. Riera, en su magnífico libro, no hace referencia a la intervención de eclesiásticos y militares en los ataques de los "pastores" porque, al pertenecer a jurisdicciones especiales, no aparecen en los documentos que él tan a fondo ha estudiado.

- Hay algunas referencias a los "pastores" en el libro "Comunidades de violencia. La persecución de las minorías en la Edad Media", de David Nirenberg. (Península, Barcelona, 2001).

- Sobre la aljama judía de Monclús hay algunos datos interesantes en "La judería de Huesca", de Antonio Durán Gudiol, (Guara Editorial, Zaragoza, 1984, pág. 23-26).

- Sobre la ubicación y los restos del antiguo castillo de Monclús, puede consultarse "Torres y castillos del Alto Aragón", de Adolfo Castán. (Huesca, 2004, págs.344 -346).

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado "El Cruzado aragonés", en el número especial de las fiestas de Barbastro 2010)

viernes, 3 de septiembre de 2010

UNOS CUENTOS FASCINANTES

Carnaval y otros cuentos. Isak Dinesen. Nórdica. 2010. 335 páginas.

Isak Dinesen (1885-1962) es una de las voces más interesantes de la literatura europea del pasado siglo XX. Aunque por su exitosa adaptación cinematográfica su obra más conocida sea Memorias de África, la escritora danesa es también autora de un puñado de cuentos verdaderamente fascinantes. Con motivo del ciento veinticinco aniversario de su nacimiento, la editorial Nórdica ha publicado Carnaval y otros cuentos, un conjunto de once relatos que fueron editados póstumamente tras la muerte de la narradora en 1962.

Los cuentos de Isak Dinesen son de una gran belleza literaria, de escaso parangón con los de otros escritores contemporáneos. Combinan de manera magistral la realidad y la fantasía, la historia y la mitología, algunos recursos de la literatura oral y de la leyenda con una escritura primorosa y un gran dominio del ritmo narrativo. A la originalidad de Carnaval y otros cuentos contribuyen los finales abiertos, en ocasiones algo inesperados y abruptos, de varios de sus relatos. Son unas narraciones de extensión media, de alrededor de treinta páginas en la mayor parte de los casos. Sólo Carnaval, un verdadero juego literario cargado de ingenio y referencias cultas, y Anna, prácticamente una novela corta con una trama de enredo y un estilo casi folletinesco, son algo más largos que los demás textos del libro.

En Carnaval y otros cuentos aparecen diversas sociedades y geografías europeas de diferentes épocas históricas. Se retratan con elegancia los ambientes aristocráticos y refinados, de los que la autora danesa procedía socialmente, pero también otros estratos económicamente más bajos y desfavorecidos. Incluso en “La dama orgullosa” se dibujan de manera magistral en unas pocas páginas los cambios sociales producidos por la Revolución Francesa de 1789. En algunos cuentos del libro el lector puede toparse de manera inesperada con personajes conocidos como Kierkegaard, Lord Byron o Jack el Destripador. Caballos fantasmas y El oso y el beso se pueden considerar sin duda verdaderas obras maestras del relato breve. El segundo, absolutamente absorbente para el lector, se sitúa en los ambientes brumosos, cargados de leyendas y misterio, de los mares y bosques escandinavos de los confines de la Europa septentrional.

Hoy, que por motivos diversos tan de moda están algunos escritores nórdicos, leer los cuentos de Isak Dinesen significa disfrutar de la belleza atemporal de una literatura que satisface ampliamente los gustos más exquisitos de los lectores más exigentes.

Carlos Bravo Suárez

viernes, 27 de agosto de 2010

EL CURIOSO CASO DEL GENERAL MUR Y SU YERNO FILIPINO




Hace algún tiempo escribí en este mismo diario un largo artículo, publicado en dos entregas, sobre algunos de los personajes más ilustres que a lo largo de la historia han nacido en la villa ribagorzana de Graus. En él mencionaba, casi de pasada y sólo citándolo por su nombre, al militar Esteban Mur Martínez, que vivió entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX y alcanzó el grado de general.

Un tiempo más tarde, me abrí un blog donde colgué muchos artículos que había escrito hasta entonces y al que voy sumando los que publico con regularidad en este diario. Entre los primeros, figuraba el titulado “Algunos grausinos ilustres” al que me acabo de referir. Hace cosa de un año, primero en este artículo y después en el último añadido al blog en aquel momento, encontré sendos comentarios del señor Victorino Manalo. El primero estaba escrito en inglés y el segundo en un español algo arcaico e inseguro. En ellos, el señor Manalo me decía que escribía desde Filipinas y me solicitaba amablemente la información de la que yo dispusiera sobre el general Mur Martínez, quien según afirmaba era su tatarabuelo. Llevaba tiempo buscando sin conseguirlo noticias históricas sobre él y se lamentaba de que en su país mucha documentación hubiera sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial. En ambos comentarios, el señor Manalo dejaba su dirección de correo electrónico para que yo pudiera ponerme en contacto con él.

Así lo hice, indicándole que debía buscar entre mis papeles las informaciones que tenía sobre el general Mur Martínez, cuya procedencia no recordaba en ese momento, y que en cuanto las encontrara se las enviaría sin dilación. En su respuesta, el señor Victorino Manalo me proporcionaba los datos de los que él disponía sobre su tatarabuelo. Me decía que Leonor Mur, hija del general grausino, se había casado en 1893 en Barcelona con su bisabuelo Felino Cajucom, un filipino natural de la provincia de Nueva Écija que había viajado a España formando parte de un grupo de jóvenes nativos enviados a nuestro país para realizar estudios. Hay que recordar que en aquella época las islas Filipinas eran todavía una de nuestras últimas colonias de ultramar. Como es sabido, el lejano archipiélago asiático y las posesiones americanas de Cuba y Puerto Rico, únicos vestigios del gran imperio español, se perdieron definitivamente en el año 1898.

Al señor Manalo le parecía una cosa maravillosa que un nativo filipino se hubiera casado con una mujer española. La pareja, según me decía, se había trasladado a Filipinas tras su matrimonio en Barcelona. Sin embargo, poco tiempo después, entre 1896 y 1898, se produjo la rebelión isleña contra el dominio español. En esos años, Felino Cajucom se convirtió en uno de los generales del ejército revolucionario filipino que lucharon contra las tropas españolas. Y ahora llegaba la cuestión más importante para el señor Victorino Manalo: según creían sus familiares era muy probable que el general Mur Martínez hubiera estado en esos años en las Islas Filipinas luchando contra los rebeldes. De ser así, suegro y yerno habrían combatido en bandos enfrentados durante aquel violento conflicto. Y eso era lo que él quería saber con seguridad y para lo que reclamaba mi ayuda y colaboración.

Tras recibir su interesantísimo correo, me puse de inmediato a buscar más a fondo entre mis papeles. Tal y como creía, encontré información sobre el general Mur Martínez en unos apuntes mecanografiados sobre la historia de Graus que hacía unos años me había facilitado el señor Juan José Arenas Gambón. El señor Arenas, con quien en aquel tiempo establecí una relación intelectualmente muy fructífera, es nieto de Marcelino Gambón, amigo y brillante discípulo de Joaquín Costa y fundador y primer director de la centenaria publicación escrita “El Ribagorzano”. Desgraciadamente, el señor Arenas es hoy un anciano enfermo alejado de cualquier relación social, pero durante buena parte de su vida ha sido un hombre estudioso y gran conocedor de la historia de la villa de Graus. En sus apuntes encontré algo más de dos caras completas de un folio dedicadas al general Esteban Mur Martínez. Las leí con atención, las escaneé y, por correo electrónico, se las envié al señor Manalo.

En esas informaciones, en resumen, podía leerse que Esteban Mur Martínez había nacido en Graus a mediados del siglo XIX en el seno de una familia humilde. Como otros muchos en su tiempo, entró en el ejército para intentar mejorar su situación económica y las escasas expectativas de futuro que le ofrecía su pueblo natal. El joven logró ir ascendiendo trabajosamente en el escalafón militar a lo largo de su dilatada carrera. Fue destinado primero a Cataluña y en esa región participó en algunas escaramuzas contra la guerrilla carlista. Ingresó en el ejército colonial y en 1879 fue enviado a Cuba donde ascendió a capitán. Regresó a España en 1886 y fue destinado nuevamente a Cataluña, lugar en el que permaneció hasta 1896. En este año fue enviado a Filipinas y allí participó en la guerra que contra los rebeldes isleños acababa de comenzar. Su destacado papel en algunas acciones militares, que se detallan en las notas citadas, le valió su ascenso a comandante. ¡Las sospechas del señor Victorino Manalo quedaban por lo tanto confirmadas! Su tatarabuelo y su bisabuelo, suegro y yerno uno del otro, habían coincidido en el archipiélago filipino y habían luchado en los dos bandos enfrentados en aquella guerra finisecular.

En los apuntes del señor Arenas se dice que el militar grausino fue repatriado a España desde Filipinas por haber contraído una enfermedad en su larga estancia en aquellas lejanas islas. Es de suponer que su vuelta a nuestro país se produciría en 1898, coincidiendo prácticamente con el final del conflicto y la derrota definitiva del ejército español. Esteban Mur fue destinado de nuevo a Cataluña, donde alternó estancias entre Barcelona y Tarragona. Continuó logrando sucesivos ascensos en el escalafón militar y el 28 de junio de 1928 fue nombrado general de brigada de la primera reserva. Según se recoge en los citados apuntes, su permanencia en activo en el ejército se prolongó durante cuarenta y cinco años, dos meses y dos días.

Por dos esquelas publicadas en el diario “La Vanguardia”, que pude localizar en la hemeroteca digital de dicho periódico barcelonés, sabemos que el general Mur Martínez murió en Barcelona el 24 de enero de 1936. En esas notas necrológicas se cita a sus dos hijos Ángel y Leonor y a sus hijos políticos Aurora Serra y Felino Cajucom. Junto a los nombres de Leonor y Felino se añade entre paréntesis la palabra “ausentes”. La esposa del general, Doña María Estaña de Mur, había fallecido también en Barcelona a finales de mayo de 1905.

Gracias a la hemeroteca digital del citado diario catalán he podido conocer también otros datos interesantes de la familia. En las notas de sociedad del año 1893 se recogen la graduación de Leonor Mur como concertista de piano en el Liceo de Barcelona y la del joven Felino Cajucom como nuevo licenciado en derecho. En diciembre de ese mismo año se produjo la boda entre ambos en la ciudad condal, a la que siguió un viaje a París como luna de miel. Ni el señor Victorino Manalo ni yo hemos podido averiguar la fecha exacta de su traslado a Filipinas, pero éste se produciría poco tiempo después, ya que en 1896, cuando se inicia el levantamiento filipino contra la ocupación española, Felino Cajucom Sarena es uno de sus más destacados cabecillas. La rebelión filipina contra los españoles fue encabezada, como es sabido, por las clases más acomodadas de aquella sociedad isleña.

Tras recibir las informaciones sobre su tatarabuelo, el señor Manalo me contestó muy agradecido y satisfecho por tener la confirmación definitiva de que sus dos antepasados habían tomado parte en la guerra filipina en los dos bandos enfrentados, como él y su familia sospechaban desde hacía un tiempo. En su correo de respuesta añadía otra información según la cual sus padres creían que, en pleno conflicto, el general Felino Cajucom había tenido que pedir permiso a su suegro para que las tropas españolas dejaran pasar a su mujer y a sus tres hijos que deseaban regresar a España.

Por otros contactos con el señor Victorino Manalo he reconstruido parte de la historia de su familia en Filipinas. Después de vivir unos años en Barcelona, en una casa de la calle Muntaner, Leonor Mur de Cajucom y sus tres hijos (Alfonso, José y María) volvieron al archipiélago filipino tras la guerra contra España y la posterior invasión estadounidense de las islas. De los tres hijos de Felino y Leonor, Alfonso murió joven, José se casó en Barcelona y María se casó, con gran enfado de su padre que intentó por todos los medios evitar ese enlace, con un primo hermano suyo llamado Antonio Manalo. De ese matrimonio nacieron seis hijos: Felino, Elena, Antonio, Leonor, Basilio y María Julia. Todos se casaron y tuvieron grandes familias, salvo Elena, que se convirtió en monja franciscana. De los seis, sólo Elena y María Julia siguen viviendo en la actualidad.

Basilio Manalo y Cajucom, padre de mi interlocutor Victorino Manalo, fue un gran violinista y un importante profesor de música en Filipinas. Realizó estudios en Estados Unidos, fue profesor en varias universidades filipinas, violinista de la Orquesta Sinfónica de Manila y director de la Orquesta Filarmónica de Filipinas. Murió en 2008. Su hijo, el señor Victorino Manalo, ha sido hasta hace poco tiempo director del Museo Metropolitano de Manila, a cuya gestión continúa ligado. Es licenciado en Humanidades y ha realizado estudios en Estados Unidos. Es también un reputado escritor de cuentos y ensayos que ha recibido diversos premios literarios en su país.

De esta historia pueden extraerse al menos dos conclusiones: que las nuevas tecnologías permiten a veces los contactos más sorprendentes e insospechados y que la vida de algunas personas puede parecerse en ocasiones al argumento de una novela o una película. Como se dice con frecuencia, la realidad puede llegar a superar a la propia ficción. Así ocurrió en el curioso caso del general Esteban Mur Martínez y su yerno filipino que acabamos de contar en estas líneas.

Carlos Bravo Suárez

(Imágenes: Retrato del general Mur Martínez en 1918, retrato de Felino Cajucom, esquelas del general Mur y de su esposa publicadas en La Vanguardia en 1936 y 1905 respectivamente, estado actual de la casa de Graus en la que nació el general Mur en el actual nº 15 -ahora conocida como casa de la Francha- de la calle que hoy lleva su nombre y placa en su honor colocada en su fachada)


(Artículo publicado en el número especial de las fiestas de San Lorenzo del Diario del Alto Aragón, el 10 de agosto de 2010)

Casi un año después de escribir este artículo, la familia Mur, de casa La Sopa de Graus, me facilitó la fotografía del general Mur que he colgado al inicio de esta entrada. La foto estaba en la casa citada y, como puede leerse en ella, fue realizada en Barcelona en 1918.

domingo, 1 de agosto de 2010

SAN GREGORIO, UNA ERMITA PRÓXIMA A FANTOVA

La fortaleza de Fantova es uno de los lugares históricamente más relevantes de la comarca de la Ribagorza. Situado a poco más de dieciséis kilómetros de Graus y a unos cinco de La Puebla de Fantova, es uno de los enclaves defensivos más interesantes de la línea fronteriza que en torno al año 1000 separaba a cristianos y musulmanes en este territorio prepirenaico. Desde hace unos años, la existencia de una pequeña carretera asfaltada hace más fácil el acceso, la visita y el conocimiento del lugar. El lector que lo desee encontrará también sin demasiada dificultad algunos trabajos escritos sobre este destacado conjunto defensivo de tan importante significación histórica en los lejanos tiempos medievales.

Sin embargo, son menos conocidas algunas ermitas románicas que se encuentran en las cercanías del castillo de Fantova pero que resultan más difíciles de localizar y visitar. Las tres geográficamente más próximas a la fortaleza son las de San Gregorio, San Clemente de la Tobeña y San Pedro de Sarrau. Las tres tienen grandes similitudes constructivas. A la primera voy a referirme en este artículo. La segunda, a la cual es preferible acceder por las pequeñas localidades de Bellestar y Colloliva, y la tercera, perteneciente al disperso núcleo de Güel, las dejo para próximos artículos.

La ermita de San Gregorio se encuentra a poco más de dos kilómetros de la antigua “civitas” de Fantova, a 1011 metros de altitud, en lo alto de un cerro que se levanta casi enfrente de la citada fortaleza, al otro lado del barranco de la Bodegueta en dirección sureste. Para llegar hasta ella hay que seguir la estrecha carretera que desde Fantova continúa hacia Güel y el valle del Isábena. Primero en una suave bajada y después en rápido ascenso hasta llegar a la Portiella, lugar así llamado por ser el punto en que se produce el cambio de vertiente entre el valle del Ésera y el del Isábena. Sólo unos metros antes de alcanzar la Portiella, arranca a nuestra derecha una pista de tierra que debemos seguir unos doscientos metros para continuar después por un camino, también a la derecha, que se va estrechando y asciende entre árboles hasta llegar a la ermita. Desde la carretera, donde no hay ninguna indicación y desde donde la ermita no llega a verse por la vegetación que la envuelve, solamente habremos tenido que andar alrededor de un cuarto de hora para encontrarnos, casi de repente, frente al ábside de esta pequeña construcción religiosa.

La ermita de San Gregorio, que pertenece al término de La Puebla de Fantova y por tanto al municipio de Graus, se sitúa en el extremo oriental de un pequeño altozano situado en el cerro del mismo nombre. Se levanta sobre un espolón rocoso que muestra su mayor caída por el lado sur, hacia donde se abre la puerta de entrada de la ermita. Desde allí contemplamos unas magníficas vistas del valle del Isábena, que la sierra del Castillo de Laguarres cierra por su parte meridional. Hacia el este, nuestra mirada se topa con las escarpadas paredes de los cercanos morrones de Güel, en cuyas faldas y muy próximas entre sí, pueden identificarse las casas Buira y Betrán, a las que llegaríamos enseguida si continuáramos por la carretera que nos ha traído desde Fantova. Ambas pertenecen ya a Güel, una localidad hoy casi del todo despoblada que cuenta con aproximadamente una treintena de casas diseminadas por un extenso y solitario territorio. En un cerro más bajo, y también en dirección al sur, se esconde la antes citada ermita de San Pedro de Sarrau.

Desde la pequeña explanada que corona el cerro donde se encuentra la ermita de San Gregorio, veremos claramente la silueta del recinto de Fantova, compuesta por su magnífica torre circular y la ermita románica de Santa Cecilia. La conexión entre ambos lugares y el dominio que desde San Gregorio se tiene sobre las tierras del Isábena hacen pensar que tal vez desde aquí se complementaran y ampliaran las labores de vigilancia que en su momento ejercía sobre el territorio la cercana fortaleza de Fantova.

La ermita de San Gregorio es de una sola nave rectangular cubierta con bóveda de cañón y con ábside canónicamente orientado al este. Está construida con sillares bastante grandes, algo irregulares pero bien alineados. Sobre el muro occidental se levanta una espadaña de un único ojo con arco superior. Esta parte de la ermita parece haber sido construida algo más tarde que el resto del edificio. Muy cerca del citado muro aparecen restos de otras paredes de piedra cuya antigua función es difícil de determinar. La techumbre de San Gregorio es de losas con doble caída, reforzada con algunas tejas.

La puerta de la ermita se abre, como se ha dicho, en su fachada meridional. Es de arco de medio punto y tiene varios escalones que permiten acceder a ella. El interior del templo está iluminado por dos ventanas, una en el centro del ábside y otra, enfrente, en la pared occidental. En un extremo de su muro norte se abre una cavidad en arco de medio punto que contiene un sarcófago de piedra. Algunos fragmentos de la lápida que lo cubría se apoyan sobre el borde exterior del féretro. Hay que decir que de un tiempo a esta parte el interior de la ermita ya no presenta el aspecto tan descuidado que tuvo durante años.

San Gregorio, como el cercano castillo de Fantova, es un lugar con mucho encanto, con espléndidas vistas, donde se respira una paz y un silencio en los que quien esto escribe gusta de perderse con frecuencia.

Carlos Bravo Suárez

Fotos: La ermita -ábside y puerta- en primavera y en otoño, lado occidental, interior y sarcófago.

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)