domingo, 1 de mayo de 2011

UNA EXCURSIÓN POR EL BIELLO SOBRARBE

Hace unas fechas, con el Centro Excursionista de la Ribagorza, primero en pequeño grupo explorando el terreno y luego en una salida oficial del club, realicé una bonita excursión por tierras de la comarca del Sobrarbe que voy a explicar brevemente en el espacio de este artículo. La caminata, de algo más de cinco horas de duración, transcurrió por varios pueblos y algunos hermosos parajes del Viejo y Bajo Sobrarbe. Viejo o biello, por su rico pasado histórico; bajo, por su situación geográfica al sur de la comarca sobrarbense.

El itinerario comienza en Santa María de la Nuez, pequeña población perteneciente al municipio de Bárcabo y situada en la entrada nororiental del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. Lo más interesante de la localidad es el santuario del que toma su nombre. Santa María de la Nuez, Santa María de Dulcis en Buera y Nuestra Señora del Pueyo junto a Barbastro constituyen los tres principales santuarios marianos del valle del río Vero.

El santuario de Santa María de la Nuez es un edificio de dos plantas construido en el siglo XVI y remodelado en las dos centurias siguientes. Distribuye sus diversas dependencias a partir de un patio central descubierto con escalera al fondo. En el lado oriental se encuentra la iglesia, encalada y con cromáticas pinturas en su cabecera. Además de cuadra, bodega y cementerio, el resto del edificio alberga diversas dependencias denominadas casales, utilizados por los diferentes pueblos que acudían a la importante romería que se celebrada en mayo. Según la tradición, una imagen de la Virgen fue escondida en época musulmana en el hueco del tronco de un nogal. Cuando tiempo después el árbol fue talado, apareció esa misma imagen con la Virgen aguantando en su mano una ramita de nogal de la que colgaba una nuez.

Para iniciar nuestra caminata, buscamos la tablilla del PR-HU58 que nos indica que desde aquí hasta Almazorre, el siguiente pueblo de nuestra ruta, tardaremos una hora y cuarenta y cinco minutos. Atravesamos el escaso caserío de Santa María con varias casas blasonadas y, siempre en dirección al este y con magníficas vistas del Pirineo, nos adentramos progresivamente en un bonito bosque de carrascas, algunos enebros y abundantes bojes. Relacionada con este arbusto, floreció en el siglo XIX en Santa María de la Nuez una pequeña industria que tuvo vigencia hasta la pasada Guerra Civil. Los redondeados nudos de las raíces del boj eran convertidos en pequeñas bolas y exportados a Francia donde se utilizaban para un juego de petanca. Por este motivo, esta zona del alto Vero fue denominada Tierra Bucho.

Al cabo de poco más de una hora, y siguiendo siempre las tablillas que indican Almazorre, llegaremos al cauce del río Vero, en cuya orilla derecha se alzan unas paredes bastante agrestes. Atravesaremos de un salto el escaso caudal del río y ascenderemos hacia Almazorre por una corta subida que en pocos minutos nos dejará en el pueblo. Poco antes de llegar a él, veremos indicado el camino que lleva al dolmen conocido como “la caseta de las balanzas”, así llamado porque la losa superior mantenía sobre las laterales un equilibrio bastante precario. Almazorre es una bonita localidad cuyo bien arreglado caserío se distribuye en dos barrios, el alto y el bajo. Nuestro camino nos ha dejado en lo más alto del pueblo, junto a la restaurada iglesia románica de San Esteban. Es una construcción de los siglos XII o XIII con algunos añadidos posteriores como la torre campanario. Su interior alberga fragmentos de pinturas románicas en el ábside y en el arco preabsidal. En el centro del ábside puede distinguirse buena parte del Pantocrátor y, en un lateral, un fragmento de la figura de un guerrero a caballo. A pocos metros de la iglesia se conserva un esconjuradero, usado antiguamente para bendecir los campos y tratar de alejar las tormentas.

Descendemos al barrio bajo de Almazorre donde se encuentra la pequeña iglesia de la Esperanza y, enseguida, tomamos el sendero señalizado que en un cuarto de hora nos lleva al tejar y al molino de la localidad. Ambas construcciones han sido recientemente restauradas y se encuentran a orillas del río Vero. El edificio más grande alberga en realidad dos molinos en dos dependencias independientes, cada una con su propia puerta de acceso. En el lado más próximo al río se encuentra el molino harinero que funcionaba con la fuerza hidráulica del agua del río. El molino de aceite, que conserva una magnífica prensa y funcionaba con tracción animal, ocupa la otra mitad del edificio. En los dinteles de ambas puertas aparece la fecha de 1846. Merece la pena conseguir en el pueblo la llave de este magnífico molino doble perfectamente conservado.

Para dirigirnos a Hospitaled, podemos tomar una pista de tierra que conecta con el PR HU-54 que desciende desde Almazorre. El camino nos lleva hasta una explotación ganadera donde debemos tomar el camino de la derecha. En poco tiempo salimos a la carretera que enseguida nos deja en Hospitaled. Se trata de una población muy pequeña que al parecer surgió como hostal o posada en la ruta del ganado que unía el somontano y la montaña. La iglesia, del siglo XVI y de poco interés, queda un algo alejada del escaso caserío. Al entrar en el pueblo, junto a una cruz de término, veremos el indicador de PR-HU55 que nos dirige hacia el castillo de Esplubiello.

Los restos del castillo de Esplubiello quedan a la derecha de nuestro camino. Para visitarlos hay que salirse de él y adentrarse en unos campos de labor. De la antigua fortaleza medieval, muy mimetizada hoy con el terreno, quedan los restos de dos torres circulares y una cuadrangular que sería la del homenaje. A la derecha del castillo se hallan las ruinas de una antigua ermita probablemente tardorrománica. Tiene una gran puerta adovelada de arco de medio punto en su fachada meridional. En el interior, totalmente invadido por la vegetación, se conservan dos grandes arcos apuntados. Muy cerca de la ermita hay unas rocas con algunas pequeñas cuevas. Al parecer, hubo aquí un poblado troglodita con viviendas excavadas en la roca, tal vez ibérico o quizás de época musulmana. En el periodo medieval encontramos documentado el lugar de Espluguiello o Esplubiello, que habría desaparecido alrededor del siglo XV. En documentos antiguos se denomina al actual pueblo de Hospitaled como Spitaled de Spluguiello. Los topónimos Espluguiello y Esplubiello están relacionados con el término latino “spelunca”, que significa cueva y de donde derivan los numerosos Espluga y Esplugas de nuestra geografía.

Retornando a la pista de tierra que hemos abandonada para ver el interesante y algo enigmático lugar de Esplubiello o Espluguiello, llegaremos en menos de una hora a la localidad de Olsón. Dejando a nuestra izquierda la solitaria casa Pena, ascenderemos a lo más alto del pueblo donde se levanta la magnífica iglesia de Santa Eulalia, conocida por sus grandes dimensiones como la catedral del Sobrarbe. Construida en el siglo XVI por el arquitecto Joan Tellet, destaca en ella sobre todo un bello y bien labrado pórtico-retablo de estilo renacentista. El interior del templo es elegante y sobrio. Si subimos a lo alto de la torre, hasta donde se accede por una estrecha escalera de caracol, divisaremos una extraordinaria panorámica. Magnífica es también la que podemos contemplar desde detrás de la iglesia, en lo alto del cerro donde quedan algunos restos del antiguo castillo medieval y de su iglesia castrense, y en cuyo extremo septentrional hay un espléndido mirador con un panel informativo que permite identificar numerosos puntos del Pìrineo y de la geografía más próxima.

Olsón y su magnífica iglesia parroquial constituyen un broche de oro para nuestra caminata por estas hermosas tierras del Biello Sobrarbe.

Carlos Bravo Suárez.

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

FOTOS: Santa María de la Nuez (Santuario: exterior e iglesia), Almazorre (Iglesia de San Esteban, pinturas del interior, esconjuradero, iglesia de la Esperanza, molino y tejar -tres fotos), Esplubiello (cuevas, ermita y restos del castillo) y Olsón (casa Pena e iglesia de Santa Eulalia -exterior e interior)

sábado, 30 de abril de 2011

LITERATURA PROPIA

Familias como la mía. Francisco Ferrer Lerín. Tusquets Editores. 2011. 332 páginas

Sobre Francisco Ferrer Lerín he escrito ya en varias ocasiones en este diario. La última, en la reseña de Fámulo, libro que ganó el pasado año el premio de la Crítica de poesía; la primera, hace ya más tiempo, a principios de 2008, con motivo de la publicación en Mira Editores de su novela Níquel, cuando el barcelonés afincado en Jaca era todavía muy poco conocido como escritor en nuestra provincia y no eran muchos quienes aquí sabían de su etapa literaria anterior. En los últimos tiempos, y para fortuna de sus seguidores, Ferrer Lerín ha intensificado su actividad creadora y ha alcanzado un cierto protagonismo en el panorama literario de nuestro país.

Familias como la mía no puede, sin embargo, considerarse del todo como un libro nuevo del autor. En realidad consta de la ya citada novela Níquel, con algunas pequeñas variaciones y añadidos que mejoran levemente el texto original, y de Nora Peb, novela o conjunto de textos hasta ahora inéditos que en algunos momentos se refieren a personajes, situaciones o aspectos de Níquel. Para mi gusto, esta segunda parte rompe tal vez demasiado con el contenido de la primera y resta sentido de unidad al libro. Níquel me pareció una magnífica novela en mi anterior lectura y aún me lo ha parecido más en esta segunda. Sin embargo, y para ser sincero, Nora Peb, segunda parte de Familias como la mía, aun con momentos espléndidos en algunas de sus hiperbólicas fantasías, se me ha hecho algo más pesada en su conjunto.

Quien haya leído algo suyo ya sabe que Ferrer Lerín es un escritor diferente, atípico y nada convencional. En Familias como la mía se cuenta la historia de Pablo Amatller Moragas, alter ego, no sabemos hasta qué punto, del propio escritor y ornitólogo. Sobre el fondo de la Barcelona y la España de los años sesenta y primeros setenta, conocemos una historia de partidas de póquer clandestinas, salidas campestres para la observación y protección de las aves rapaces necrófagas, inquietantes peripecias de espías que incluyen una extraña aventura tras el asesinato de Carrero Blanco, algunos excitantes lances erótico-sexuales o la relación de algunas de las lecturas que conforman la formación literaria y bibliófila del protagonista del libro. No faltan algunas críticas al creciente nacionalismo catalán de una ciudad, Barcelona, que ya en los primeros años setenta empezaba a mostrarse menos preocupada “por conseguir una imagen de europeidad que una imagen claramente diferenciada de la odiada Madrid” y seguía “avanzando en su incorporación al parnaso de la conversión lingüística”.

En resumen, otra incursión en el singular universo literario de Francisco Ferrer Lerín, un escritor heterodoxo y diferente, con una literatura propia, personal y absolutamente intransferible.

Carlos Bravo Suárez

martes, 26 de abril de 2011

CUENTOS NIHILISTAS

Tanta pasión para nada. Julio Llamazares. Alfaguara. 2011. 157 páginas.

Aunque Julio Llamazares es conocido sobre todo como novelista, su obra literaria contiene también poesía, ensayos, libros de viajes y algunos cuentos. El último libro publicado por el escritor leonés corresponde a este último género y reúne, con el poco optimista título de Tanta pasión para nada, doce relatos breves y una fábula brevísima de apenas siete líneas.

Se trata de unos cuentos escritos a lo largo de los años, que en unos pocos casos ya habían sido publicados en la prensa o en alguna antología colectiva y en otros habían permanecido inéditos hasta la fecha. El denominador común de todos ellos, perfectamente definido en el acertado título del libro, es un cierto nihilismo existencial que, por otro lado, impregna el conjunto de la obra del autor de La lluvia amarilla.

En estos trece relatos está casi todo el universo literario de Llamazares: el mundo rural, los pueblos abandonados, la guerra civil, el maquis, la soledad, la búsqueda de la evasión. Los personajes de estos cuentos son casi siempre unos tristes perdedores, individuos cuyos afanes han sido a la postre un estéril esfuerzo en vano. Personajes con unas pasiones inútiles, con ilusiones y esperanzas que con el paso del tiempo se han quedado irremisiblemente en nada. Derrotados por la vida porque la vida tal vez sea ya en sí misma una derrota inevitable, un absurdo viaje sin sentido.

El primer relato del libro es un cuento de fútbol. Su protagonista es Djukic, un jugador que ha quedado en el recuerdo por fallar un penalti decisivo en el último minuto de un partido decisivo. El público del estadio asiste a una tragedia moderna, una metáfora de la tragedia humana, del individuo solo y desvalido ante un terrible destino implacable y cruel. Ese será el tono de todo el libro. Encontraremos a un hombre que llega tarde al reencuentro con el amor de su vida. A un escritor que ha perdido la inspiración y hace de esa pérdida el tema del que tal vez sea su último relato. A personajes que encuentran su perdición cuando creen estar salvándose, que siguen señales engañosas que los llevan a la boca del lobo del que creían haber escapado. Crueles ironías paradójicas de un destino que suele jugar malas pasadas.

Llamazares rinde un homenaje a su paisano el escritor Antonio Pereira en la introducción del libro y, en el último cuento, A Primout no vuelve nadie, aparece un poeta ovetense llamado don Ángel que no puede ser otro que Ángel González. Pereira y González han muerto recientemente y Llamazares ha querido mostrarles también a posteriori su admiración y su tributo. La brevísima fábula que cierra el libro es en realidad un poema abierto al futuro, que se puede prolongar infinitamente en el tiempo.

Tal vez toda pasión acabe resultando siempre inútil, pero el lector agradece la que ha puesto el autor al escribir estos cuentos.

Carlos Bravo Suárez

miércoles, 20 de abril de 2011

LOS ONCE

Los once. Pierre Michon. Anagrama. 2010. 144 páginas.

Pierre Michon (1945) es uno de los escritores más interesantes y atípicos de la literatura francesa actual. El pasado año se publicaron dos obras suyas en nuestro país: Abades y Los once. La primera había sido publicada en Francia en 2002; la segunda es su último libro, con el que ganó el pasado año el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa.

Los once es un relato extraño y engañoso. Su título es el de un gran cuadro que se encuentra en el Louvre y representa a los once miembros del Comité de Salvación Pública que figuraban al frente del gobierno revolucionario en el año II (1794) de la Revolución Francesa, cuando se instauró en Francia el periodo conocido como el Terror. El autor de ese retrato colectivo es Fançois-Élie Corentin, un pintor de origen humilde, criado, en ausencia del padre, por dos mujeres que lo llenaron de mimos infantiles. Al famoso cuadro de Robespierre, Saint-Just y demás amigos revolucionarios dedicó doce páginas de su Historia de la Revolución Francesa el famoso historiador Jules Michelet.

Sin embargo, todo lo escrito en el párrafo anterior es falso. Ni existe un cuadro titulado “Los once” ni existe un pintor llamado Corentin, ni el historiador Jules Michelet pudo por tanto escribir nada sobre ellos. Todo es un invento, a la manera borgiana, de Pierre Michon. Pero que lo anterior sea falso no significa que nada sea verdad en la novela. Son reales los once personajes que sembraron de terror el país galo tras la revolución de 1789. Once personajes que creyendo encarnar al pueblo no significaron, sin embargo, más que la “vuelta del tirano global que se hace pasar por el pueblo”. No se trata de once apóstoles, sino de once papas.

Hay mucha erudición y muchos conocimientos de historia y de arte en las páginas de este pequeño libro. No se destaca únicamente el terror de los once tiranos del cuadro, también la enorme diferencia de clases en la Francia prerrevolucionaria, la explotación laboral a la que eran sometidos los limusines que construyeron, hundidos en el barro y en la miseria, los canales fluviales del río Loira.

Pierre Michon escribe en una prosa rica y cuidada, de frases muy largas y registro culto, con alusiones directas a un interlocutor que puede ser el propio lector o un destinatario que en ningún momento se explicita.

Un libro que contiene todo un mundo, que recuerda al mejor Borges y que mezcla en un todo indisoluble la realidad y la ficción literaria. Porque Los once es un cuadro que nunca fue pintado, pero el libro puede leerse como si lo hubiera sido y nos halláramos ante el más importante de los lienzos que cuelgan de las paredes parisinas del Louvre.

Carlos Bravo Suárez

martes, 12 de abril de 2011

UNA NOVELA CUENTO


Tan cerca del aire. Gustavo Martín Garzo. Plaza y Janés. 2010. 300 páginas.

Gustavo Martín Garzo (1948) es uno de los valores más sólidos de la literatura española actual. En su último libro, Tan cerca del aire, el escritor vallisoletano pone otra vez de manifiesto sus grandes dotes de fabulador con una novela que, en la línea de otras anteriores como La princesa manca o El valle de las gigantas, retorna a una literatura enraizada en el cuento popular y repleta de imaginación y belleza, de lirismo y sensibilidad.

Con su habitual finura y delicadeza, Martín Garzo inventa una hermosa historia envuelta en la atmósfera mágica de los cuentos infantiles, donde se mezclan la realidad y la fantasía y se derriban las fronteras entre lo material y lo onírico para penetrar en los insondables misterios escondidos detrás de las apariencias y la superficie de las cosas. Un mundo fantástico y oculto en el que sólo los niños y los enamorados, las almas sensibles y los escritores con verdadera intuición poética son capaces de penetrar y, en este último caso, de descifrar y convertir en creación literaria.

Tan cerca del aire cuenta la historia de Jonás, un niño rural que ha heredado de su padre el oficio de cartero. Así conoce a Doña Paula, una mujer que vive sola a las afueras del pueblo y que tiempo atrás estuvo enamorada del padre del muchacho que acaba de morir. Jonás descubre sorprendido la historia de su familia y en especial de su madre, muerta poco después de que él naciera. Gabriela, como la bautizó Doña Paula, fue una mujer misteriosa y delicada que mantenía una especial y extraña relación con las garzas que su hijo parece haber heredado. La novela transita luego por extraños y mágicos vínculos entre Jonás y las garzas que revolotean a su alrededor, maravillosos descubrimientos, sorprendentes metamorfosis y amores imposibles que sólo brevemente se pueden llegar a consumar.

Lo mejor del libro son las magníficas descripciones de la naturaleza y la casi delirante inventiva del autor, adornada con algunas frases y reflexiones de gran hondura y belleza. Lo peor es tal vez el excesivo endulzamiento de la historia, sobre todo en sus momentos finales, que puede llegar a convertirla en almibarada y algo empalagosa a ojos de algunos lectores.

De todas maneras, no hay que olvidar en ningún momento que Tan cerca del aire es una novela que pertenece al maravilloso mundo de los cuentos y los sueños, y que el libro se inscribe perfectamente en esos parámetros narrativos.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 7 de abril de 2011

ADIÓS A JUAN JOSÉ ARENAS GAMBÓN

Juan José Arenas Gambón ha muerto en Graus a los 85 años. Con su muerte desaparece un gran conocedor de la historia grausina. Un hombre culto que conocía como pocos el pasado de su pueblo, la historia de sus principales edificios y de sus muchas tradiciones. Era nieto de Marcelino Gambón Plana, primer director de “El Ribagorzano” y gran costista, autor de la primera biografía de Joaquín Costa, publicada el mismo año de la muerte de su maestro. Juan José Arenas tenía muchos libros y documentos históricos de gran valor en su casa de Graus. Él mismo escribió unos apuntes de la historia grausina que algunos hemos utilizado para extraer datos de interés para nuestros escritos y que merecerían ser publicados. Aunque llevaba ya tiempo sin salir de su casa y siempre fue un hombre muy suyo, yo recuerdo con agradecimiento que cuando me instalé en Graus hace ya casi doce años, él me facilitó los apuntes que acabo de citar, de los que guardo celosamente una copia, y me abrió las puertas de su casa para consultar algunos datos históricos. Descanse en paz.


Carlos Bravo Suárez

(Carta publicada en Diario del Alto Aragón)

domingo, 3 de abril de 2011

DEL ISÁBENA AL ÉSERA POR CHORDAL Y MERLI


Hace unas semanas realicé con el Centro Excursionista de la Ribagorza una larga excursión desde La Puebla de Roda, junto al río Isábena, hasta Morillo de Liena, en las orillas del Ésera. Se trata de un recorrido que, siempre en sentido este-oeste, une los valles de estos dos importantes ríos ribagorzanos.

La vertiente del río Isábena de nuestro itinerario está comunicada por una estrecha y sinuosa carretera que lleva desde La Puebla de Roda hasta Merli pasando por Esdolomada. Desde Merli hasta Morillo de Liena, la vertiente del río Ésera, del todo deshabitada excepto Bacamorta y Morillo, sólo dispone de una pista de tierra en bastante mal estado. Ya muy cerca de Morillo, este camino descendente desemboca en una carretera asfaltada que muere en Bacamorta, localidad en la que viven todavía unos pocos vecinos y que junto a Morillo de Liena pertenece ya al municipio de Forada del Toscar.

Nuestro recorrido andando se inicia a la salida de La Puebla de Roda en dirección al norte. Casi a la altura del camping de esta población, a la izquierda de la carretera A-1605, encontraremos la tablilla indicadora del PR-HU123 que lleva a Villacarli. Este sendero es una vía pecuaria o cabañera y una parte del antiguo camino histórico que unía Roda de Isábena con Saint Bertrand de Comminges. Siempre en sentido ascendente, y con magníficas vistas del valle del Isábena, seguiremos sus marcas unos tres kilómetros hasta el collado de la Portella. En este punto, el PR-HU123 se desvía hacia nuestra derecha, mientras que nosotros seguiremos la pista principal en dirección al despoblado Rin de la Carrasca, cuyas ruinas asoman en lo alto de un cerro próximo. Al cabo de pocos metros encontraremos a nuestra derecha, en medio de un tupido robledal, una magnífica casa de piedra de reciente construcción. Atravesando el terreno vallado de esta propiedad particular llegaríamos en pocos minutos a Rin de la Carrasca, desde donde se tienen magníficas vistas del Turbón y del valle de Villacarli que se abre a nuestros pies.

Si no subimos a Rin y continuamos por la pista que venimos andando desde La Puebla, dejaremos a nuestra derecha una borda recientemente arreglada e iniciaremos el ascenso hacia la sierra de Chordal. Es éste un espacio de amplios pinares cuyo punto más elevado alcanza los 1550 metros. Encontraremos en su cumbre un pequeño refugio y unas antenas de telefonía y, si nos adentramos unos metros en el bosque en dirección al norte, veremos el valle de Lierp debajo de nosotros y disfrutaremos de unas preciosas vistas del Turbón y de Cotiella, como elementos más destacados de una amplísima y hermosa panorámica.

Retornando al refugio, tomaremos una pista descendente que, tras conectar con el PR-HU48 que procede de Roda, nos llevará en pocos minutos al famoso menhir de Merli, que se levanta en un campo de labor a la izquierda de nuestro camino. Tras contemplar este importante monumento megalítico prehistórico, llegaremos enseguida al pequeño pueblo de Merli, situado a 1250 metros de altitud en la divisoria de aguas del Isábena y el Ésera. El lugar conserva dos importantes casas torreadas -casa Turmo y casa Coma- y en su iglesia parroquial destacan una portada de estilo románico y una puerta de madera con decoración de estilo mudéjar, muy similar a la puerta de la vecina catedral de Roda. En lo alto de un cerro quedan exiguos restos del que sería antiguo castillo medieval de la localidad. Merli tuvo ayuntamiento propio hasta los años sesenta del pasado siglo. Hoy, sus escasos habitantes forman parte del municipio de nuevo cuño denominado Isábena.

Desde Merli iniciamos el descenso hacía el río Ésera por una pista de tierra que se sigue con facilidad. No tardaremos mucho en llegar al despoblado Nocellas, cuyo caserío disperso presenta en su mayor parte un aspecto bastante arruinado. Junto al camino, vemos el núcleo principal del pueblo, donde se hallan la iglesia parroquial y las casas Badía y Soltero. La iglesia, dedicada a Santa María y hoy muy deteriorada, conserva la bóveda de cañón de claro origen románico y una bonita torre de planta rectangular con algunos de sus ventanales cegados. A la izquierda del camino, sobre un pequeño tozal, se agrupa la otra parte del caserío de Nocellas conocida como el Tozalet, con las casas Ferraz y Lacuesta. Separadas de los dos núcleos citados, se hallan la casa Torrueco y el Castellaz, pequeña agrupación de un par de casas que en tiempos más antiguos llegaron a ser tres.

Según consta en algún documento medieval, la iglesia de Nocellas fue destruida en la expedición de castigo que el caudillo musulmán al-Malik dirigió contra estas tierras en el año 1006. El acta de consagración de la nueva iglesia de Santa María, levantada tras la devastadora incursión sarracena, lleva la fecha de 1023. El templo habría logrado recuperarse en poco tiempo de la destrucción sufrida unos años antes. Parece del todo imposible que pueda resurgir del estado de ruina en que hoy se encuentra.

Siguiendo el camino descendente hacia el río Ésera, encontraremos las ruinas de las distintas edificaciones que formaban el núcleo conocido como El Solano de Bacamorta. Lo constituían las casas Fortuño. Planeta, Felip y Terraza. Esta última, documentada ya en el periodo medieval, sería la más importante del conjunto. Próxima a sus ruinas se levanta, a la izquierda de nuestro camino, la interesante iglesia de San Saturnino, también denominada iglesia de Terraza o iglesia de San Martín de Terraza. Se trata de una construcción religiosa perteneciente al estilo románico lombardo, con un bonito ábside coronado por una serie de arquillos ciegos tallados en piedra tosca o toba. Sobre una pequeña capilla de su lado meridional se alza su torre campanario. Junto a él se encuentra un pequeño cementerio invadido por la vegetación. Es una verdadera lástima que esta pequeña joya románica presente su actual estado de abandono y parezca inexorablemente abocada a una ruina completa y definitiva, aunque me consta que los descendientes de la casa Terrraza están haciendo esfuerzos por rehabilitar la iglesia e incluso planean abrir una página web para buscar ayudas a su loable empeño. Ojalá tengan suerte en su proyecto.

En lo alto de la ladera izquierda de nuestro camino, en una ubicación orientada al norte y sorprendentemente sombría, se encuentra el caserío principal de la localidad de Bacamorta. Sobre el origen y significado de su curioso y llamativo nombre hay diversas interpretaciones y alguna leyenda sin visos de realidad. Para algunos, el topónimo significaría “obaga de pastos pobres”; según otros, el nombre procedería del lugar que las vacas que pastaban por el valle solían elegir para morir.

La larga pista de tierra que habíamos tomado en Merli desemboca, a la altura de casa Matías, en la pequeña carretera que viene de Bacamorta y que en poco más de media hora nos deja en Morillo de Liena. Habremos culminado así una larga excursión transversal que nos ha permitido unir los valles del Isábena y del Ésera, dos ríos que en la villa de Graus, unos kilómetros más abajo, acabarán uniendo sus aguas.

Carlos Bravo Suárez

(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón)

Fotos: El valle del Isábena desde el camino a Rin, cuatro vistas desde la cima de Chordal (dos con Cotiella al fondo y dos del Turbón), menhir de Merli, puerta mudéjar de la iglesia de Merli, iglesia de Nocellas e iglesia de San Saturnino del Solano de Bacamorta.