martes, 19 de febrero de 2008

EL ALTO ARAGÓN EN LA NOVELA "IMÁN"

No hace muchas fechas, a propósito del libro que recientemente ha publicado sobre el tema el melillense Vicente Moga, escribí en estas mismas páginas un artículo sobre la estancia del escritor Ramón J. Sender en África. En esa colaboración, indicaba que la mejor consecuencia literaria de la experiencia africana de Sender se produjo unos años más tarde con la aparición de su novela "Imán". El libro fue publicado en 1930 y constituye una crítica a la actuación militar española en Marruecos en el desastre de Annual de 1921 y, por extensión -lo que hace que la novela transcienda los momentos y lugares en que se publica y se ambienta-, al concepto mismo de lo bélico. En el paseo por la desolación y la muerte de su protagonista, soldado en África, el lector vive la verdadera esencia, cruda y descarnada, de la guerra, lejos de cualquier épica o heroísmo: "Nosotros somos lo que en la prensa y en las escuelas llaman héroes. Llevar sesos de un compañero en la alpargata, criar piojos y beber orines, eso es ser héroes".(1)

El personaje central de "Imán " se llama Viance; así, a secas, sin que el autor nos dé más información sobre su nombre. Nos la da, sin embargo, sobre su procedencia: Viance es altoaragonés. Y, aunque la novela nos explica los tres años largos de su servicio militar en Marruecos, hay referencias en ella a un antes y a un después de la estancia africana del soldado. Al antes, en la primera parte de la novela, cuando Viance le cuenta al narrador Antonio sus desgracias familiares; al después, al final del libro, cuando el soldado, ya licenciado y convertido en "un pelele, exprimido y sin jugo", vuelve a su tierra natal.(2)

En ese juego literario tan caro a Sender  -recordemos "Crónica del alba"-, "Imán" tiene dos narradores: uno, en primera persona, al que creo que sólo una vez se llama por su nombre, Antonio, y que parece un trasunto literario del propio autor -paisano de Viance, primero soldado y luego ascendido-; y otro, el propio Viance, en tercera persona y verdadero y único protagonista de la novela. Al principio de la misma, éste se refiere a cómo había sido su vida antes de ser destinado a tierras norteafricanas. Viance es de un pequeño pueblo de la provincia de Huesca cuyo nombre no se cita hasta el final del libro. En sus confidencias familiares a Antonio, el lugar de referencia es Barbastro -él dice siempre Balbastro, "una población con ferrocarril y con obispo"-, adonde ha ido a trabajar como herrero tras abandonar su pueblo en busca de una vida mejor. En la aldea quedan sus padres, pobres campesinos que laboran las tierras de un duque, y su hermano  -"tuvo una enfermedad de pequeño y ha quedao un poco alelao"- y "una hermanica", ambos menores que el protagonista. La situación económica y vital de la familia es estremecedora. Sender parece haber querido mostrar, como hizo más tarde en su famoso "Réquiem por un campesino españok", la pobreza y las condiciones casi feudales de la España rural de las primeras décadas del siglo XX. El padre de Viance trabaja de sol a sol, intentando arrancar cosechas a una tierra siempre ingrata por uno u otro motivo, y con un administrador que, implacable en toda ocasión, reclama sus pagos sin demora. El hijo no consigue convencer a su progenitor para irse a Barbastro: " 'Allí trabajará usted menos y estoy seguro de que antes de seis meses se podrá comprar un traje nuevo'. Yo de pequeño, tenía esa preocupación con padre. Como hacía treinta años que no se había mercao un triste pantalón, iba muy mal. Remiendos de corborán, de lona de carro y hasta de saco. Pero él siempre decía lo mismo: 'Este año paice que la tierra está harta y el trigo apunta bien'. Un día me marché yo a Balbastro".

Y Viance está orgulloso de su trabajo en la ciudad, aunque apenas le quede dinero para él. Empezó como aprendiz en una fragua, sin sueldo, por la comida. Va mejorando hasta llegar a ser oficial primero, pero envía casi todo lo que gana a su familia que no logra salir de la pobreza. Su madre cae enferma y Viance coge el tren hasta Villerán - topónimo inventado por el autor y, con Barbastro, único que se cita en esta parte del libro - y, en medio de una nevada, llega a su pueblo a medianoche. Encuentra un triste panorama: "Mi padre, sentao en la cocina, con los ojos clavaos en las abarcas, que aún me lo represento. Madre había muerto. El médico decía que había anticipao la muerte bebiendo agua helada y levantándose desnuda; y padre que la conocía bien, lo creía...Después me lo dijo: 'se vio sin remedio y no quiso que se gastaran en botica las pocas pesetas que con tantas privaciones había ido juntando pa comprarle a tu hermana alguna ropica decente'. La chica ya tenía quince o dieciséis años".

Es en Barbastro donde a Viance le ponen el mote de "Imán" que da título a la novela: "Tuvo dos accidentes. El eje de un carro le cayó en un pie y dos falcas saltaron del torno y le dieron en la cabeza. ' Rediós, paices de piedra imán'. Un día reflexionó sobre esas palabras y vio que tenían un sentido mucho más exacto y más extenso. Viance atraía el hierro - la desgracia, la violencia - a su alrededor. Pero no era él sólo, sino tantos otros labradores, operarios de su clase". Se observa aquí con claridad el afán de Sender por convertir a su personaje en paradigma general de una situación. Cuando llega a su regimiento en Marruecos, él cree que puede trabajar en su oficio en la armería, "sin necesidad de arrastrar la tripa por los calveros", pero ya había once soldados destinados al taller, aunque "el más entendido fue, en Barcelona, camarero de bar".

El relato de su drama familiar continúa con la muerte de su hermana: "Ya ve usted: era la única satisfacción de mi padre ¿Querrá usted creer que se murió también? Aquel día estaba padre como loco. Siempre ha sido cumplidor con la Iglesia. Pero aquel día...Aún lo veo paseando por la cuadra, muy amarillo y el señor cura consolándole: 'Dios nos prueba la virtud de mil maneras; paciencia'. Padre se echó a gritar: '¿Dios? ¿Pero esto hace Dios? ¡Dónde está, señor cura, dónde está Dios, que le voy a morder los sesos!'". Quedó el padre aferrado al pueblo y a los muertos, en la más absoluta miseria, sólo con el hermano, "dislocado por la meningitis". Mientras, en Barbastro, Viance conoce el amor y se fija en "una muchacha rubia y dulce como un racimo de prietas uvas". Pero tampoco eso habría de salirle bien: la chica prefiere la mejor posición del teniente Díaz Ureña, que además resultó ser su instructor. Juró vengarse de él, pero, bien al contrario, un día hubo de encajar sin rechistar dos sonoras bofetadas de su superior. Vio Viance, sin embargo, morir tiempo después al teniente en la carnicería de Annual. También en África se enteró del triste destino de su padre: "Mi hermanico se marchó cuando vio que no había pan y los civiles le hicieron volver. Una tarde encontraron a mi padre muerto en la linde del campo. Me escribieron que de un mal al corazón; pero fue de hambre. No me lo decían, porque se tiene por vergüenza para un pueblo dejar que un vecino se muera así. Aquel año cogieron un cosechón borracho - mueve la cabeza con desesperación - ¡La farsa de la vida!".

La geografía altoaragonesa no vuelve a aparecer en el libro hasta sus páginas finales, cuando Viance, terminado su servicio militar en África y tras cuatro días y tres noches de incómodo viaje en tren, vuelve a su pueblo. Y ahora sí se dice el nombre de éste: Urbiés. No hay - al menos yo no lo he encontrado - ningún pueblo con tal nombre en nuestra provincia - existe un Urbiés en Asturias -, aunque la terminación "és" sea muy frecuente en la toponimia del Alto Aragón y varios son los nombres que se parecen al citado. Cuando su tren se acerca a la estación de destino, Viance ve desde la ventanilla unas obras que, según le dice un viajero, son las del canal de las Bardenas. Más tarde, terminado el recorrido en ferrocarril y cuando se dirige andando hacia su pueblo, se detiene a su lado un automóvil desde el que "el chófer le pregunta si lleva buen camino para Azuara". Viance asiente: primero está Bicar, luego Urbiés y al final Azuara. Tampoco parece haber pueblo alguno llamado Bicar; hay, en Zaragoza, un Azuara; y en Huesca, no lejos de Barbastro, un Azara. Hasta ahora la toponimia senderiana parece inventada en su mayor parte, si bien los nombres mantienen formas propias de las tierras oscenses. Viance debe seguir su camino a pie porque, al decir a los del coche que viene licenciado de Marruecos, el conductor lo deja en tierra alegando que "debe ir cosido de piojos".

Sin embargo, cuando Viance está cerca de Urbiés y espera ver aparecer su campanario, se encuentra con movimiento de obras y, en el lugar del pueblo, una laguna quieta y sucia. "La impresión es tan honda que se resuelve en una estúpida indiferencia. El pueblo está ahí, debajo de las aguas quietas. Al oír arriba un chirrido de vagonetas comprueba la infamia. Han expropiado el pueblo para hacerlo desaparecer en uno de los embalses del plan de riegos. Urbiés está debajo". Los obreros le informan de que los del pueblo se fueron a trabajar a Barcelona, aunque los que quedaron en las obras están en Tormos y dos familias se encuentran en LaViolada. Éstos son ya nombres reales. Le dicen luego a Viance los trabajadores del pantano que puede ir con ellos a Urbiés pues "los papeles del Ayuntamiento y todo lo demás ha pasao al poblao obrero de esa zona, que es como si fuera el mismo Urbiés, o mejor aún, porque éste tiene café cantante y puedes tomar vermú y todo el copón". Allí se va el pobre licenciado y, entre las risas y las burlas de todos, termina su paso por la novela.

El territorio al que se refiere Sender en esta última parte del libro es, en gran medida y con una mezcla de nombres inventados y reales, el de los Riegos del Alto Aragón que él mismo había visitado y sobre el que había escrito varios artículos para el diario "La Tierra" en marzo de 1922, un año antes de su partida hacia Marruecos. En esos artículos, Sender hace referencia al pantano de La Sotonera y menciona concretamente Tormos, o "lo que propiamente constituye el pueblo con los enormes almacenes de material, talleres y albergues".(3)

"Imán" es una novela y no un documento histórico, y por ello su autor parte de unos materiales reales - sacados sobre todo de su experiencia militar africana de 1923 y, sólo para una pequeña parte de su libro, de su visita a los Riegos del Alto Aragón de 1922 - para confeccionar una obra de ficción extraordinaria, una de sus mejores novelas, donde consigue, como muy pocos artistas han logrado, mostrar al lector de cualquier época los verdaderos desastres de la guerra.

NOTAS:
(1) Además de la original de 1930 en la madrileña editorial Cenit, existen otras dos ediciones de "Imán": la de Destino (Barcelona, 1979), con prólogo de Marcelino Peñuelas, y la más reciente del Instituto de Estudios Altoaragoneses en la colección Larumbe (Huesca, 19929), realizada por Francisco Carrasquer Launed. Todas las citas de este artículo están tomadas de esta última. Ésta que cierra el primer párrafo, de la pág.113.
(2) A partir de aquí las citas referidas al "antes" aparecen entre las páginas 40 y 50 de la edición de Carrasquer ; las referidas al "después", de la pág. 274 a la 284.
(3) "Viendo las obras de los grandes riegos" en "Ramón J.Sender. Primeros escritos (1916-1924)",Edición de Jesús Vived Mairal, IEA, Larumbe, Huesca,1993, págs. 112 - 137.

Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 9 de enero de 2005.

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