miércoles, 20 de febrero de 2008

SENDER, EL SUEÑO LIBERTARIO Y LOS PRESAGIOS DE LA GUERRA CIVIL

Los años 30 fueron convulsos en España y en Europa. El auge de las ideologías extremistas y de las tensiones políticas y sociales llevaron primero al desastre a nuestro país y a todo el continente europeo inmediatamente después. Las posiciones de mayor moderación fueron pronto desbordadas por los extremismos de derecha y de izquierda. En España, la II República, recibida en un principio con entusiasmo por buena parte de la población, se vio muy pronto incapaz de resistir los embates que desde ambos lados se lanzaban contra ella. En la derecha, los partidarios de recurrir a la solución militar y los grupos inspirados en los modelos fascistas europeos, hasta entonces muy minoritarios, fueron ganando adeptos con rapidez. Por la izquierda, los anarquistas, con la CNT como gran sindicato de masas, y los comunistas, pocos pero bien organizados y apoyados por la URSS, consideraban al partido socialista como un defensor del orden burgués que ellos pretendían derribar mediante la revolución. Los socialistas se debatían entre un ala moderada y otra que fue escorándose a la izquierda a medida que la situación general se radicalizó. En este panorama, uno de los hechos diferenciales más relevantes de la política española fue el gran protagonismo y la importante presencia que en nuestro país tuvo el movimiento anarquista y libertario.

En este contexto, forzosamente esquematizado en las líneas anteriores, hay que situar la aparición en los primeros años 30 de "Siete domingos rojos" y "Casas Viejas", dos libros de fuerte contenido político y social del escritor altoaragonés Ramón J. Sender que acaban de ser reeditados. Ambos -junto al posterior "Los cinco libros de Ariadna"- han aparecido recientemente en la colección Larumbe de clásicos aragoneses, en magníficas ediciones críticas con espléndidos estudios preliminares, profusa anotación y gran aparato crítico (1). La edición de "Siete domingos rojos" reproduce el texto de su versión original de 1932 en la colección Balagué de Barcelona. Sender sometió el libro a notables modificaciones en una segunda edición argentina de 1970, y lo reelaboró hasta convertirlo en otra novela, "Las Tres Sorores", que publicó en España la editorial Destino en 1974. La edición de "Casas Viejas" de Larumbe toma el texto del libro de ese título que vio la luz en febrero de 1933 y que recogía los reportajes escritos un mes antes por Sender para el periódico "La libertad". Al año siguiente, con el renovado y explícito título de "Viaje a la aldea del crimen", se publicó de nuevo el libro con algunos añadidos y modificaciones que la actual edición incorpora en apéndices.

Las dos obras tratan sobre episodios protagonizados por anarquistas. En "Siete domingos rojos", la muerte de tres militantes libertarios por disparos de la policía tras una manifestación desemboca en una huelga general que acaba en estrepitoso fracaso. En "Casas Viejas", la proclamación del comunismo libertario en una remota aldea andaluza se salda con la brutal matanza de una veintena de campesinos por las fuerzas del orden. La primera es una novela con evidentes elementos biográficos de su autor, de quien el protagonista Lucas Samar parece un claro trasunto, y muestra un conocimiento de primera mano de los métodos de acción directa empleados por los anarquistas. La segunda es, sobre todo, un reportaje documental que Sender escribió como periodista tras visitar el lugar donde unos días antes habían ocurrido los trágicos sucesos (2). Se presentan así los dos frentes de la lucha libertaria: la ciudad y el campo, la lucha obrera y la campesina. Representados en este caso por Madrid - aunque el paradigma anarquista urbano fue Barcelona - y Andalucía.

Es sabido que Sender se hallaba en esos años muy cercano al pensamiento libertario (3). Fue corresponsal en Madrid de "Solidaridad Obrera", periódico anarcosindicalista y órgano de la CNT, y formó parte del grupo denominado "Espartaco". Pero no es menos cierto que el escritor se mostró muy pronto crítico con la estrategia anarquista, que juzgaba estéril y poco eficaz, y se fue aproximando a las posiciones, más pragmáticas y organizadas, de los comunistas, de los que más tarde también se alejaría de manera virulenta. Como alguien ha escrito, en los años de publicación de los dos libros Sender estaba diciendo adiós al anarquismo y, en cierto modo, saludando a sus nuevos compañeros comunistas.

Aunque muchos han considerado ambos libros como obras anarquistas, hay en ellos una crítica, solapada o evidente, a algunos de los métodos utilizados por los libertarios. En ninguno de los dos hechos narrados consiguen los anarquistas los objetivos pretendidos, y ambas intentonas revolucionarias acaban en fracaso y represión. De manera más clara se observa esa crítica en "Siete domingos rojos", donde sus propios compañeros consideran a Samar algo marxista y en cuyo relato se muestran evidentes contradicciones en la manera de actuar de algunos personajes. Sobre todo, en el llamado Villacampa, que, además de su absoluto culto a la violencia, tiene obsesión por trepar en el esquema organizativo del sindicato al que pertenece. Así, llega a despreciar a Estrella cuando, al inicio del libro, dice de su compañera: "Es demasiado ignorante para ser mi novia. Yo he estado a punto de que me nombrasen delegado de mi Sindicato para la Federación Local y, aunque con otro cargo inferior, soy del comité". De hecho, aunque los objetivos revolucionarios fracasan y muchos compañeros han muerto en el intento, Villacampa y su novia se muestran satisfechos por haber ascendido en su sección sindical. Samar, por el contrario, ha sacrificado su amor por Amparo y se inmola al escapar de la cárcel al significativo grito de "¡Por la libertad, a la muerte!" También queda en evidencia en la novela la figura del viejo anarquista de la melena blanca que, desde una supuesta pureza inoperante, pone continuas trabas a los planes de Samar, que llega a recriminarle que se exprese como un cura.

En ambos libros, se pone de manifiesto un cierto mesianismo visionario de algunos sectores anarquistas. Algo de eso tiene la precipitada proclamación del comunismo libertario en Casa Viejas. Algunos autores han querido ver en el éxito del anarquismo español algún sustrato religioso: la permuta de una religión que promete el cielo en la otra vida por otra que lo promete en ésta. Las metáforas y comparaciones de los anarquistas con los cristianos son frecuentes en "Siete domingos rojos". En el capítulo VIII, Samar responde a un compañero que lo acusa de no ser anarquista: "El anarquismo como negación del Estado está bien. El anarquismo integral es una religión que no me interesa porque como todas las religiones se basa en la superstición y toca, por arriba, en la utopía." Las actitudes religiosas alcanzan su paroxismo en el capítulo XV ("La Virgen de la Ira Propicia. Frente único en la oración. Antifonario"), cuando los sindicalistas se postran reverentes ante la Virgen Joquis, marca de una nueva ametralladora que acaban de adquirir. Incluso al proclamar uno de ellos que "existe otra arma de índole moral más eficaz: la cultura", todos ríen y desean que la nueva máquina destructora les ayude a hundir "el engaño burgués" de la cultura (4).

Hay un concepto omnipresente en estos libros que alcanza su máxima expresión beligerante en los años 30 en que se sitúan los hechos: la lucha de clases. Sender presenta ambos episodios dentro de una guerra que lleva a odiar en grado máximo al enemigo de clase, al que se puede e incluso se debe eliminar (5). De ahí la enorme violencia que estalla ambos sucesos: en las fuerzas del orden -paradójicamente, guardias de asalto republicanos- que abrasan vivos a "Seisdedos" y a su familia y aniquilan a otros campesinos del misérrimo poblado andaluz, y en los anarquistas que, pistola en mano, disparan sobre policías y "burgueses" sin sentir remordimiento ni compasión algunos por el dolor que causan. Vemos en Casas Viejas a dos bandos irreconciliables en el odio mutuo: unos pocos y ricos propietarios apoyados por la guardia civil y una mayoría de hambrientos campesinos que habitan inmundas chozas infrahumanas. Uno de los momentos que mejor ilustran la verdadera situación es cuando el alcalde, único republicano y partidario de la legalidad del lugar, dice a los guardias que "los campesinos deben ser tratados humanitariamente" y "el sargento le acompaña a la puerta, le da un pitillo" y le responde: "Si pasa algo, venga usted aquí". Aparece el mandatario local como un pobre iluso, sin poder alguno sobre los dos bandos que, envenenados por el odio, quieren destruirse el uno al otro. Símbolo claro de una república cada vez más sola y asediada, y presagio evidente del desastre que se avecina.

Ya en el primer capítulo de "Siete domingos rojos", el anarquista Villacampa, que "al venir la república ya sabía que todo seguiría igual", siente la curiosidad de visitar el parlamento. Al salir, contesta a un compañero que le pregunta por lo visto: "No creas que está mal. Son gentes finas que hacen gestos como en el teatro". Pero enseguida sentencia: "A pesar de todo, tendremos que pegarle fuego a aquello". Los prejuicios de clase impiden a Samar disfrutar del amor que le profesa Amparo, porque ella es hija de un coronel. Tras hablar con el militar, conspirador contra la República, Samar destaca que sólo hay dos cosas comunes entre ambos: "su odio al régimen actual y el amor a su hija". Los motivos de ese odio son, por supuesto, diferentes. Los anarquistas tienen objetivos revolucionarios que pasan por destruir el sistema que ellos llaman reformista. Pero también vemos en estos libros a una República que defraudó pronto algunas de las esperanzas que obreros y campesinos habían depositado en ella. Que no pudo aplicar una reforma agraria que sacara al campo español de una pobreza endémica, y que siguió aplicando con frecuencia una salvaje represión como la de Casas Viejas o como la ley de fugas que se relata en uno de los capítulos de "Siete domingos rojos".

La muy recomendable lectura actual de estos dos libros permite entender mejor la génesis de una guerra civil que en ellos se presagia y que ensangrentaría pocos años después a todo el país en una vorágine de odios largamente fermentados.

NOTAS:
(1) "Casas Viejas". Ramón J. Sender. Estudio preliminar de Ignacio Martínez de Pisón. Edición de J. Domingo Dueñas y A. Pérez Lasheras. Notas de Julita Cifuentes. Larumbe. Clásicos Aragoneses. 2005.
"Siete domingos rojos". Ramón J. Sender Edición de J. M. Oltra Tomás. Introducción de Francis Lough. Larumbe, 2005.
(2) Los sucesos de Casas Viejas contribuyeron a precipitar la caída del gobierno de Azaña que recibió fuertes críticas no sólo desde la izquierda sino también de una derecha que, aunque pedía mano dura ante los alborotos, vio la oportunidad de debilitar al gobierno y aprovechar la situación en su beneficio.
(3) Sobre el tema, ver "El anarquismo en las obras de R. J. Sender", Michiko Nonoyama, Playor, Madrid, 1979. También "La revolución imposible. Política y filosofía en las primeras novelas de R. J. Sender (1930-1936)", F. Lough , I.E.A., Huesca, 2001. Y los libros de J. Vived Mairal y de J. D. Dueñas Lorente.
(4) La presencia recurrente del término "burgués" (se registra más de cien veces) en la primera edición de la novela obligó a Sender a eliminar bastantes de sus apariciones en la segunda edición de los años 70.
(5) La primera edición de "Casas Viejas" de 1933 aparece dentro de la colección "episodios de la lucha de clases" de la editorial Cenit. Sobre este concepto es muy ilustrativo el cambio de ideas de Sender unos años después, en 1957, en el prólogo de "Los cinco libros de Ariadna", donde escribe: "Lo que hay que hacer es no actuar como hombres de una clase social sino como un ser humano elemental y genérico" y "Por encima de los intereses de clase están los de la especie". Justo al revés que Samar y sus compañeros.
Carlos Bravo Suárez

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