jueves, 21 de febrero de 2008

MAYO DE 1888: VIAJE ALREDEDOR DEL TURBÓN


En el siglo XIX se produce un verdadero descubrimiento de los Pirineos por parte de un nutrido grupo de viajeros franceses a quienes se ha dado en llamar pirineístas. Además de explorar la cordillera, son muchos los que escriben, casi siempre con buena pluma, el relato de sus itinerarios y aventuras.

Maurice Gourdon fue uno de ellos. Nacido en Nantes en 1847, tras un primer viaje a los Pirineos sintió la irresistible atracción de sus montañas y pasó largas temporadas en la villa de Luchon (1). Su condición de rentista le permitió dedicar buena parte de su tiempo a recorrer la cordillera. Hombre de gran curiosidad, preparación y cultura, realizó estudios científicos (geológicos, botánicos, minerológicos) sobre unas montañas que recorrió con pasión. Fue, además, buen dibujante y pintor, y un pionero de la fotografía pirenaica. Un buen número de sus dibujos, litografías y trabajos fotográficos se conserva en el museo de Luchon, del que fue uno de los fundadores. Su extensa colección de minerales se guarda en un museo de Nantes. Fue también un prolífico escritor, autor de 170 títulos que incluyen relatos de excursiones y estudios de las diversas disciplinas científicas que cultivó. Los aires sanos del Pirineo le propiciaron una larga vida: murió en Nantes en 1941 a los 93 años.

En el excelente libro "El Pirineo aragonés antes de Briet" (Edición de Alain Bourneton, Prames, 2004) se traducen al español tres textos en los que Gourdon relata otros tantos viajes por la vertiente sur de la cordillera. Son los titulados "Una excursión a los alrededores de Luchon. La Maladeta", "Doce días en Aragón. Junio de 1890" y "Alrededor del Turbón. Mayo de 1888". Así aparecen en el citado libro, aunque se altere en los dos últimos el orden cronológico en que se realizaron. En este primer artículo voy a referirme al último de esos trabajos, el que relata la excursión que el francés realizó a finales de mayo de 1888 alrededor del Turbón, una de las montañas más emblemáticas de la Ribagorza. Resumiré a grandes rasgos el texto del pirineísta, usando en ocasiones sus propias palabras.

En el verano de 1876, en uno de sus viajes al Pirineo español, y desde la cima del pico Gallinero, Gourdon se sintió atraído por un "vasto e imponente macizo cuya mole gris cerraba el horizonte". Se trataba del pétreo y solitario Turbón. Según le dijeron, su cima, de casi 2500 metros de altitud, no presentaba dificultades de ascensión y desde ella se contemplaba una panorámica inmejorable. Embarcado en sucesivas expediciones por los Pirineos catalanes y andorranos, fue posponiendo su proyecto de recorrer aquel macizo meridional del Pirineo aragonés. Por fin, doce años más tarde, pudo llevarlo a cabo. Además de conquistar su cima, decidió emprender un viaje alrededor de aquella montaña solitaria y recorrer así una región hasta entonces apenas explorada por sus colegas franceses.

Gourdon pretendía realizar un recorrido poco frecuente entre los pirineístas de la época, casi siempre empeñados en empresas de mayor envergadura. Aunque las cosas, como él mismo escribe, estaban cambiando y "desde hace unos años, los excursionistas pirenaicos parecen comprender que, aparte de las grandes cimas de moda, a las que más de uno sube para hacer como los demás, existen otros lugares dignos de llamar la atención".

Acompañado de un guía y un porteador (padre e hijo), salió de Luchon el 22 de mayo de 1888. Con abundante nieve todavía, atravesó la frontera hasta alcanzar Benasque tras nueve horas de camino. Encontró el valle del Ésera tan "maravillosamente bello y pintoresco" como de costumbre. El tiempo era lluvioso y casi frío, y así iba a continuar a lo largo del viaje. Entre Benasque y Eriste se cruzaron con grupos "de arrieros y sus reatas de mulas engalanadas". Transportaban a Francia fardos de lana y botas de vino, pero al cabo de unos meses llevarían a Luchon la uva negra de la tierra baja, muy apreciada por los clientes de los balnearios del otro lado de la frontera.

En su descenso por el valle del Ésera, Gourdon escribe algunas notas sobre los lugares que sucesivamente visita: Eriste, atravesado siempre deprisa por los montañeros que bajan del Posets; Guayente, con una leyenda religiosa sobre su posible origen; Sahún, donde "el Ésera describe una gran parábola y rodea al pueblo con un ribete de espuma"; La Solana, "todo un enjambre de pueblos diseminados al azar, a media altura de las laderas vecinas"; Villanova, "acurrucada en un auténtico nido de verdor"; Chía, "adosada a las escarpaduras de color gris rosáceo de la sierra vecina, a la que debe su nombre"; y Castejón de Sos, "con su vieja puerta de entrada, negra como una cárcel medieval, su placita ornamentada con una cruz de piedra y sus casas montadas unas encima de otras, alineadas a lo largo de una larga y única calle en subida, por la que baja un claro riachuelo".

Momento culminante del viaje es el paso por "las fantásticas gargantas de El Run", por un camino que "sube serpenteando a través de los bosques hasta la Peña de Ventamillo", en una de "las más fabulosas gargantas de los Pirineos españoles". "Es un lugar típicamente pirenaico de líneas simples y armoniosas, de imponente grandeza; paisaje austero y solemne, pero tristemente severo. Sus montañas impregnan el alma de una indescriptible impresión melancólica".

Para satisfacer por completo sus emociones románticas, una fuerte tormenta descarga a su paso por el majestuoso desfiladero. Así describe Gourdon ese "espectáculo de sublime belleza": "Una auténtica tromba caía en las gargantas de El Run, la lluvia y el granizo caían con violencia, rebotando en el suelo; el viento soplaba como en una tempestad, un relámpago seguía instantáneamente a otro y cada trueno retumbaba en las paredes; es como si la montaña entera se derrumbara a nuestro alrededor, desmoronándose en el abismo. ¡Ah, Doré ! (2) ¡Tú no viste las gargantas de El Run durante la tempestad!".

Tras la tormenta, los viajeros llegan al Mesón de Abi, dos casas escondidas bajo unos nogales. La primera venta está llena de arrieros y deben buscar posada en la segunda. Allí nadie les responde. Entran en la planta baja donde chapotean unos cerdos. Suben "los grasientos peldaños de la escalera interior" y penetran "en un cuarto que desprende un olor nauseabundo y pútrido. En un ángulo de la oscura y deteriorada habitación, tres o cuatro seres humanos semidesnudos yacían sobre miserables camastros y, cerca de la estrecha ventana, había una anciana sentada, vestida de harapos, cuya mirada inexpresiva ni siquiera conseguía dar un atisbo de vida a su negra y apergaminada figura de edad indefinida. Taburetes cojos, andrajos sucios colgados en la pared o revueltos en el suelo con los utensilios de cocina; un gato de una delgadez inverosímil tumbado en el hogar vacío... ése era el mobiliario de ese cuchitril donde la miseria y la enfermedad se habían instalado". A toda prisa, y entre nauseas, abandonan la casa. Supieron luego que la viruela negra se había apoderado de ella.

Ante la situación creada, deciden pasar la noche en Seira. Pueden cruzar el Ésera por los restos inestables de una pasarela que la tormenta ha dejado muy maltrecha. Cenan y duermen, en una noche lluviosa, en la posada Castillón. A la mañana siguiente, intentan volver a cruzar el río, pero la tormenta se ha llevado por completo la pasarela. Van a retroceder cuando alguien grita con júbilo que se acerca el juez de paz. No entienden el motivo de esa alegría hasta que aparece un hombretón que agarra sucesivamente a cada uno de los viajeros, los sube sobre sus hombros y los pasa al otro lado de las impetuosas aguas del río. Gourdon resume así la escena: "Imagínense, queridos lectores, a cada uno de nosotros, por turnos, a hombros del buen hombre, que caminaba dignamente con el agua hasta la cintura y su bastón en la mano: era como un San Cristóbal de viaje". Prefiere no imaginar lo que hubiera ocurrido si el corpulento juez llega a resbalar en un momento de su peculiar transporte.

Continúan viaje hacia el sur y, ya cerca de Campo, deben vadear el Rialgo, o Río Albo, por donde sólo hay dos pilares de un puente en construcción. Sorprende a los viajeros que se les obligue a pagar peaje. Por eso el francés exclama: "Qué país más raro! Los jueces de paz ponen amablemente sus hombros al servicio de los viajeros cuando el torrente se ha llevado la pasarela, mientras que los pastores cobran por pasar sobre un puente que no existe todavía". Junto a Campo, el sendero se convierte en la nueva carretera que debe llegar en el futuro hasta Benasque.

Desde Morillo de Liena, los viajeros remontan el valle de Bacamorta hasta la vertiente del Isábena y descienden a La Puebla de Roda. En las cercanías del pueblo, Gourdon recoge fósiles y plantas para sus estudios científicos. Al llegar a Puente de Serraduy queda fascinado por el lugar, "uno de esos rincones ignorados, exquisitamente pintorescos, hecho para intentar plasmarlo con la pluma o con el pincel". La rigurosa prohibición establecida y la presencia de dos gendarmes en el pueblo le impiden satisfacer su deseo (3). Tras cruzar el Isábena por una sencilla pasarela de dos troncos apenas desramados, los viajeros alcanzan Villacarli. El mal tiempo y la falta de visibilidad les impide cumplir su deseo de subir a la cima del Turbón. Caminan hasta Egea y regresan a Campo. Por el valle de Bardají se dirigen al collado de La Muria y duermen en San Felíu de Veri. Pese a las recomendaciones contrarias de los lugareños, se levantan de madrugada e inician el camino de subida al Turbón. El ascenso resulta tan fácil como esperaban, a pesar del tiempo frío y de la pervivencia de un nevero cerca de la cima. En la bajada se detienen junto a las ruinas de la ermita de San Adrián y regresan luego a San Felíu. Entre la ida y la vuelta han sido siete horas de marcha con descansos incluidos.

Ese mismo día los viajeros llegan a Bisaurri y se hospedan en casa Chinac. Por la mañana, con el equipaje amarrado a un macho, toman rumbo al norte, atraviesan Benasque y van a dormir al Hospital de Los Llanos. En la jornada siguiente, no sin dificultades por el peso y la nieve acumulada, cruzan el puerto y regresan a Francia. Dos años más tarde, casi por las mismas fechas, Maurice Gourdon volvería con los mismos acompañantes a las tierras que acababa de recorrer. Sobre ese viaje tratará mi próximo artículo en estas páginas.

NOTAS:
(1) Utilizo el topónimo en francés, por eso no le pongo tilde.
(2) Gustave Doré, famoso pintor, dibujante y viajero romántico francés del siglo XIX que realizó, entre otras obras, unas conocidas ilustraciones de “El Quijote”.
(3) Aunque Gourdon no lo explica, parece que para un extranjero estaba prohibido reproducir en dibujos, pinturas o fotografías determinados lugares considerados más o menos estratégicos; hacerlo podía convertirlo en sospechoso de espionaje y acarrearle graves consecuencias.

Carlos Bravo Suárez
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 15 de abril de 2007)
(Foto: El Turbón)

3 comentarios:

Antonio Banus Pascual dijo...

Fantástico relato. Me ha gustado muchos
!

carlos bravo suarez dijo...

Muchas gracias. Saludos.

Pilar Ciutad dijo...

Un relato precioso. Con tu permiso, una vez más me lo guardo para próximos"Caixigares" de Troncedo.